Todo se detuvo durante un momento. "Ahora...te toca a ti"…sus
palabras se repetían una y otra vez en mi cabeza y desde diferentes ángulos,
como en estéreo. El alcohol, ya se sabe. La verdad es que no me lo acababa de
creer del todo. Pero desde luego que había pasado, vaya si había pasado. Marta,
aquella niña sonriente y de grandes ojos azules que era una hermanita pequeña,
estaba delante de mí, con el vestido recogido por encima de la cintura,
mirándome a los ojos mientras se humedecía los labios y apartaba sus braguitas
negras con una mano ofreciéndome su cuerpo. Iba a pasar de darle la merienda…a
merendármela. Ese es el tipo de ocurrencias estúpidas que me vienen a la cabeza
en momentos así (así de tensos, quiero decir, porque no me había visto en una
igual en la vida), y en cualquier otra ocasión me hubiera reído. Esta vez no. No
podía dejar de mirarla…y es que seguía tan excitado como al principio.
No tuvo que repetírmelo, avancé un paso y me arrodillé ante
ella. Me tenía completamente rendido a sus encantos de adolescente. Puse las
manos sobre sus rodillas y comencé a besar sus muslos, muy despacio, saboreando
cada pedacito de su piel, suave, cálida. Noté que sus piernas temblaban
ligeramente a medida que mi boca iba subiendo con besos y caricias ansiosas. La
miré. Estaba nerviosa, pero no apartó sus ojos de los míos. Vi cómo en ellos se
mezclaban miedo y deseo, cómo por un instante asomaba una leve sombra de duda,
de remordimiento quizás…que quedó pronto consumida por un fuego que se había
encendido ya sin remedio. Mis labios no dejaban ni un solo centímetro de su piel
sin besar, dibujando el camino hacia su sexo con la punta de la lengua,
humedeciendo aquellos muslos ardientes que se abrían cada vez más, suplicando
que me apresurara, que no la hiciera esperar. No pude resistirlo y mis besos se
fueron convirtiendo en pequeños mordiscos, mis dientes se clavaban en esa piel
blanca, fresca, jugosa, arrancando unos hondos suspiros y haciendo que sus
caderas se adelantaran levemente buscando sentirme más cerca aún. Seguí subiendo
hasta llegar al borde de sus braguitas, podía notar el calor que desprendía su
sexo, húmedo y brillante por la excitación. Volví a mirarla. La respiración
agitada, la boca entreabierta, anhelante…ya no había dudas en su mirada, solo un
profundo deseo, un deseo salvaje que me arrastraba. Aquella imagen me tenía
hipnotizado. Me despertó el sentir su mano en mi cabeza, aferrándose a mi pelo y
tirando de él hacia ella, suavemente pero con firmeza, hasta hundir mi cara
entre sus piernas.
"Cómeme, por favor…por favor…", dijo, con palabras
entrecortadas
La sensación que me inundó cuando mi lengua se abrió paso
dentro de ella, el aroma, el sabor de su sexo se grabaron a fuego en mi mente.
Cerré los ojos y me abandoné. Mi lengua recorría los bordes de su coñito, de
arriba abajo, siguiendo el contorno pero sin decidirse a entrar, saboreándolo,
moviéndose en círculos alrededor de su clítoris, pero evitando tocarlo, haciendo
una presión más intensa en cada movimiento, separando poco a poco sus labios,
haciendo que se abrieran del todo para mí. Su respiración se convirtió primero
en cortos y pequeños gemidos, en suspiros cada vez más fuertes después, a medida
que mi lengua se clavaba más y más dentro. Sus muslos se cerraban en torno a mi
cabeza y sus manos me apretaban contra ella, con fuerza, con desesperación…y yo
seguía devorándola con mi lengua, con mis labios, con mis besos, sintiendo cómo
se deshacía en mi boca, cómo sus caderas se levantaban y comenzaban a moverse de
atrás hacia delante, con un ritmo lento, pausado
"Si…si…sigue…Dios, no te pares…"
Nada hubiera podido hacerme parar, aunque ahora era casi ella
la que lo hacía todo…mi lengua continuaba moviéndose en su interior, recorriendo
hasta el último rincón de aquel dulce y caliente coñito, entrando y saliendo sin
parar, buscando su clítoris, rozándolo con la punta de la lengua, dándole suaves
golpecitos y atrapándolo entre mis labios, palpitante, hinchado…Sus dedos
pasaban de mi cabeza a sus pechos, los acariciaba con la palma de la mano,
rozando aquellos pezones pequeños y rosados, endurecidos por la excitación,
pellizcándolos y retorciéndolos con suavidad. El balanceo de sus caderas se iba
acelerando por momentos hasta que se convirtió en una sucesión de movimientos
descontrolados…
"Dani…me…me…voy a correr…", oí que decía con voz ahogada.
Sus manos volvieron a hundirse en mi pelo y tiraron de mí
queriendo quitarme…pero no dejé que lo hiciera… Giré la cabeza y la miré
fijamente a los ojos sin apartarme de ella. Pareció comprender y con un suspiro
echó la cabeza hacia atrás. Los jadeos se hicieron continuos ya, y entre gemidos
la escuché decir…
"Dani…no puedo aguantar más…me..me corro…"
Sus piernas se cerraron a mi alrededor durante unos
instantes, con fuerza, mientras yo notaba las oleadas de placer que invadían su
cuerpo, como se derramaba en mi boca…
Me incorporé y la besé, ahora era su lengua la que ávidamente
recorría mis labios, saboreando su propio placer. La cogí de la mano,
levantándola y la apreté contra mí. Los dos seguíamos muy excitados y nuestras
manos se movían sin parar, yo acariciaba su espalda, su cintura, sus caderas,
llegando hasta sus nalgas, apretando mis dedos con fuerza en ellas…las suyas se
deslizaban por mis hombros, por mi pecho…y con sus muslos buscaba el contacto y
el calor de mi sexo, que volvía a estar duro, deseoso de sus caricias, sus
besos…y de fundirse con el suyo.
Sin poder pensar en nada más que en eso la llevé a la pared,
casi en volandas, subiendo sus piernas y colocándola alrededor de mi cintura,
ardiendo de ganas de poder por fin disfrutar del todo de ese cuerpo, tan fogoso
y delicado a la vez.
Era una locura, lo sé, hacerlo así, sin protección y tardando
aún más tiempo del que habíamos pasado ya allí…pero no quedaba nada de cordura
ya en ninguno de los dos…
Afortunadamente llamaron a la puerta
(continuará)