MI MUJER ENSEÑA A SU SOBRINO (al menos eso cree)
Resulta que -por motivos de trabajo- mi cuñada tuvo que
desplazarse unos días de la localidad en la que vivimos y nos dejó al cuidado de
su hijo: mayor de edad, pero aún muy joven e irresponsable. No pudimos negarnos,
porque mi cuñada, madre soltera, no tiene parientes de más confianza y mi esposa
es la madrina del chaval.
Aparte de tal condición ella y el muchacho siempre se han
llevado muy bien; demasiado bien, diría yo, pues a veces me daba la impresión de
que los cariños que se prodigaban trascendían el parentesco. De todas formas,
como no soy un carca, eso no me molestaba; incluso –creo- que me ponía un
poquillo.
De manera que es imaginable que mi mujer estaba más que
contenta con la idea de tener en su casa a su ahijado varios días.
Vivimos en una zona residencial de clase media; en un
chalecito modesto con pequeña piscina y jardín. Era verano, de modo que, en
cuanto mi cuñada nos dejó a su hijo, sobre el mediodía, decidimos refrescarnos
en la piscina porque el calor era asfixiante.
Yo gasto bañador estilo pantalón deportivo, porque a mi edad
y con mi tipo no me veo marcando paquete. Sin embargo mi sobrino, que está
cachas, apareció con un "turbo" de los de competición. Pero lo que realmente me
sorprendió es que, al poco, llegó mi esposa con un bikini minúsculo, que no la
conocía, plateado, de tan fina materia que se le adivinaba lo poco que tapaba.
En fin; nos lanzamos a la piscina y ésto fue demasiado. A mi
mujer le hizo rápidamente efecto lo frío del agua, porque se le erectaron los
pezones bárbaramente, lo que no pasó desapercibido ni para el sobrino ni para
mí. Comenzamos a jugar, a chapotear, a salpicarnos, a darnos aguadillas; en
definitiva, como pueden imaginar, a sobarnos, aunque el "piscineo" lo
disfrazara.
Estaba convencido del calentón que teníamos los tres,
confirmado, al menos respecto a mi mujer, por ese brillo tan especial que lucen
sus ojos cuando está cachonda.
Al rato ella dijo que se estaba quedando fría y que se salía
de la piscina. Nosotros la seguimos y ya en el césped comenzamos a jugar con un
balón de fútbol.
Resultaba muy excitante ver a mi esposa cómo se movía durante
el juego: sus generosos pechos botaban al correr tras la pelota; su culo se nos
mostraba en todo su esplendor al agacharse para coger el balón. Ella era
consciente del efecto, pues se deleitaba mirando lujuriosamente lo empalmados
que estábamos; deteniéndose más en la contemplación del de su ahijado que en la
mía, lo que era comprensible, ya que, aparte del estilo de cada bañador, mi
sobrino tenía un pene bastante más grande que el mío.
Presa de unos celos infantiles, teniendo el balón junto a mis
pies y al muchacho enfrente, con toda la mala leche del mundo pegué un patadón a
la pelota que fue a estrellarse de pleno en su paquete. Primero me agradó, pero
al ver cómo el chaval se desmoronó al suelo del dolor, me dio pena, incluso me
preocupó que pudiera haberle lesionado.
Mi mujer me gritó:
- ¡Que bestia, tío!.
- Lo siento, ha sido sin querer.
Ambos corrimos hacia el sobrino para ayudarle. Mi mujer, muy
maternalmente, le daba besitos por la cara preguntándole si le dolía mucho;
trataba de consolarle. Pero él sólo se retorcía de dolor, asiendo su paquete con
ambas manos.
Mi esposa dijo que fuéramos a la casa para ver si le pasaba
algo grave. De manera que la ayude a llevar a su ahijado al interior. Les dije
que lo mejor es que metiera sus partes en agua fría, que esto le consolaría, por
lo que fuimos al baño y mi esposa le bajó el bañador, acercando su polla al
lavabo para refrescarle la zona herida.
La verdad es que, a pesar del pelotazo, el chaval tenía un
rabo enorme, siquiera no estaba empalmado.
Mi esposa comenzó a darle un masaje con agua fría,
preguntándole si se le iba pasando el dolor. El muy cabrón lo iba superando,
estaba seguro, pero le decía a su madrina que siguiera. Como ella no es tonta,
también se mordió la jugada, por lo que se prodigo en el manoseo, que ya –más
bien- parecía una masturbación, sobretodo viendo cómo se le estaba poniendo la
verga al muchacho.
A mi todo ésto me calentaba, de manera que cuando mis ojos y
los de mi mujer coincidieron, no pude evitar hacer un gesto de aprobación, lo
que ella tomó como pistoletazo de salida, porque se lanzó sin más a pelársela a
su ahijado, convencida de que de lesión no había nada.
Le cogía el rabo, que a duras penas apuñaba, replegándole la
piel del prepucio sobre el glande; una y otra vez, cada vez más y más.
Cuando el muchacho empezó a manar flujo su madrina le dijo
que estaba todo bien. Lo que él confirmó asintiendo simplemente con su cabeza.
Pero mi esposa ya se había desatado, por lo que nos dijo que
fuéramos al salón –sabiendo que yo aprobaba sus lujuriosos planes-; y allí nos
dirigimos.
El sobrino iba en pelotas y nosotros aún con los bañadores.
Ella sentó a su ahijado en medio del tresillo, siguiendo con su movimiento
masturbatorio. El chico ya no disimulaba; disfrutaba gimiendo cada bajada de
piel; empinando las caderas, como pidiendo que le rompiera la polla. Esto
indudablemente estimulaba a su madrina, que recorría el instrumento chorreante a
mil revoluciones.
Me senté al lado del sobrino y me quité el bañador,
comenzando a pajearme furiosamente ante el agrado de mi esposa. Este gesto
sirvió para que ella no tuviera duda de que los tres estábamos en el juego. De
manera que –mirándome como en celo a la cara- abrió su preciosa boca y la tapó
con el empapado glande de su ahijado, aplicándole en toda su amoratada
superficie un delicioso roce con sus carnosos labios. La polla del chaval se
tensó tanto que visualmente era perceptible el latido de las venas que la
irrigaban. La mamada era ya más rápida, más profunda; al igual que mi bajadas de
piel más bruscas. La lujuria inundaba el salón. ¡AAAAAHHHHHHHHH!, cómo me pongo
al recordarlo.
Al poco tiempo mi esposa se detuvo y preguntó a su ahijado:
- ¿Has visto las tetas a alguna mujer?.
- Bueno...ejem...sólo en películas y revistas.
- ¿Quieres vérmelas a mí, cariño?.
- ¡Claro!, me encantaría.
(¡Joder! y a mí, pensaba yo).
Mi mujer cambió el puesto a su ahijado, sentándose ella en el
tresillo y dejando al chaval de rodillas en la alfombra entre sus piernas.
Pausadamente echó sus manos atrás, deshaciéndose el broche
del sostén del bikini y deleitándonos con el bello paisaje de sus dos pechos
rebosantes, grávidos, enormes, presididos por sendos pezones excitados, rositas,
centro de unas aureolas divinas, ni grandes ni pequeñas: justas.
La reacción del sobrino no defraudó, lanzándose a amasar
tales protuberancias, a pellizcar los pezones, a estirarlos, lamerlos,
chuparlos, succionarlos...Los gemidos de su madrina lo ponían aún más (y a mí,
jjjajjajajjajajaj).
Después de varios minutos el chico sacó pecho y le espetó a
su tía:
- Madrina: ¡enséñame el coño!, por favor.
La respuesta no se hizo esperar. Mi esposa levantó el culete
y se sacó la braguita del bikini, quedando abierta de piernas ante la cara de su
joven ahijado. Este parecía embobado; no reaccionaba. Por ello su madrina le
dijo:
- ¿No te gusta lo que ves?.
- Sí, sí, me encanta...lo que pasa...es que...que no es cómo
los que he visto en "pelis" y revistas.
Mi mujer no pudo contener la carcajada y, levantando más las
piernas, se abrió los labios mayores de la vagina.
- ¿Y ahora?; ¿se parece más a los de las revistas?.
Los ojos del chico se llenaron de ilusión.
- Ahora sí, tía, ahora son igualitos.
- ¿Que te parece como huele?.
- Huele de maravillaaaaaaaa...
- Pues mejor sabrá, digo yo.
El muchacho se entregó a lamer la raja de mi esposa con
frenesí. De arriba a abajo. Con mucha saliva. Demostró una inesperada destreza
para extraer el clítoris de su funda. Lo besó, lamió, aspiró...
Mi mujer jadeaba, se convulsionaba, gritaba, lloraba de
placer. A mas su ahijado le pide permiso para meterle un dedito por ahí. Ella
responde que mejor dos y, al rato, lo acerca amarrado del rabo a la entrada; se
roza con el húmedo capullo y se lo ensarta, empujando al chico del culo con sus
talones.
La follada ya fue indescriptible...y duradera. Me corrí dos
veces viéndoles. Como se movían, como gritaban.
El sobrino advirtió que se corría. Mi mujer entonces se
amarró a él fuertemente, con pies y manos, impidiéndole que se saliera. Total,
tomaba la píldora y no había peligro; pero el chaval asustado decía:
- Tía, que te puedo preñar.
- Pues si eso pasa, ahijado, ya cuidaremos de lo que venga.
No te preocupes y apaga el fuego que has prendido.
El muchacho se entregó y yo diría que se corrieron a la vez,
quedando exhaustos.
El resto de los días pasó; sucumbiendo los tres a la lujuria,
ya sin excusas, disfrutando como nunca.
LLegó el momento en que mi cuñada volvió de sus ocupaciones y
vino a casa a buscar a su hijo.
Mientras el chico hacía su maleta, los tres tomamos una copa
en el salón.
Me sorprendió que mi esposa le comentara a su hermana lo del
balonazo en los huevos a su hijo; pero más nos sorprendió mi cuñada afirmando
que fingir el dolor era una habilidad suya para que le tocaras y todo lo demás;
añadiendo:
- Lo que, por cierto, vengo disfrutando desde varios años
atrás...
Esa noche mi mujer se sentía estafada, burlada...
Traté de animarla:
- ¡Mujer, que te quiten lo "bailao"!
PDTA.- EVIDENTEMENTE ESTE RELATO ES ABSOLUTAMENTE FICTICIO.