Adorables colegiales
(Publiqué este relato en Internet hace algunos años, con otro
seudónimo, pero creo que merece la pena que esté en Todorrelatos, la página más
importante de relatos eróticos de la red)
Os contaré mi historia. Me llamo Raúl, y tengo 18 años. Estoy
en un buen colegio, en la ciudad de M..., y hace poco descubrí mi auténtica
sexualidad. Hasta ahora yo me había hecho algunas pajas con revistas de tías,
pero la verdad es que no me producía un gran placer que digamos. Sin embargo,
hace un mes estaba yo en el servicio del cole, dentro de uno de los reservados,
cuando, de repente, escuché algo raro en el compartimento de al lado. Parecía
como si alguien chupara algo; bueno, supuse que un compañero estaba comiéndose
un chupachups. Pero el caso es que oí entonces una voz, muy baja, casi un
susurro, que decía "Así, así, chúpala así, no pares". Me quedé intrigadísimo,
porque además enseguida reconocí la voz, que era la del profesor de gimnasia, un
hombre como de 25 años que había llegado este año nuevo al cole. Era alto y
espigado, guapo, y era sabido que las chicas del colegio se pirraban por él. Así
que lo primero que se me ocurrió era que el profe estaba a un metro de mí, tras
la pared, con una de las alumnas que se había rendido a sus pies (nunca mejor
dicho...). Pero me extrañaba que hubiera escogido los servicios de hombres.
Bueno, pues el caso es que enseguida el profesor elevó un poco sus jadeos,
aunque se notaba que se los aguantaba como podía, y poco después le oí decir:
"Me ha gustado muchísimo, lo repetiremos cuando tú quieras". Unos momentos
después se abrió la puerta del servicio donde estaba el profesor y su
acompañante, y yo, lleno de curiosidad, me asomé por encima de la puerta.
Y, en efecto, era el profesor de gimnasia, pero la chica
resultó ser un chico, concretamente Eugenio, uno de los más listos de mi clase,
rubito y bastante guapo. No sé cómo no me caí para atrás. El corazón empezó a
latirme con fuerza y no sé si me creeréis, pero se me puso la polla dura como
una piedra. El caso es que estaba tan excitado que me hice una paja, y fue la
mejor que me había hecho nunca, imaginando aquel chico rubito con su boquita de
piñón llena de polla.
A partir de ese día me dediqué a vigilarlos a los dos. Me di
cuenta entonces de cosas tales como que en la clase de gimnasia el profe
aprovechaba cualquier ocasión para dar un cachete en el culo a los chicos, como
apoyándolos cuando hacían algo bien o para confortarlos cuando no les salía tan
bien. Con Eugenio la cosa era casi descarada, si uno sabía lo que yo sabía:
siempre lo utilizaba a él para hacer el ejemplo del ejercicio que fuera, y se
ponía detrás para corregirle la posición, y me di cuenta de que se le pegaba al
culo y le refregaba disimuladamente la polla por las cachas... Todo esto a mí me
ponía cachondo, y en cuanto podía me iba al servicio a hacerme una paja. El caso
es que un día, tras la clase, estábamos en las duchas; casi todos habían
terminado, pero yo me hice el remolón porque no quería perder de vista a
Eugenio, que también se demoraba mucho. El caso es que llegó el momento en que
todos habían salido menos él y yo, y entonces entró el profesor. Cuando me vio
pareció que se le torcía la cara, pero pronto sonrió como si tal cosa.
--¿Qué pasa, Raúl? Hoy te estás quedando el último.
Yo miré a Eugenio, a modo de respuesta.
--Si, bueno, pero Eugenio siempre es el último, ya sabes que
es muy coqueto -dijo sonriendo el profe.
Total, que no tuve más remedio que terminar. Sin embargo, a
posta dejé en el vestuario mis botas de deporte. Salí, despidiéndome de los dos,
y al traspasar la puerta me quedé junto a una pared desde la que no me podían
ver. No me llegaba ruido alguno, pero eso mismo resultaba bastante sospechoso.
Me obligué a esperar cinco minutos, y, por fin, con el corazón casi saliéndoseme
por la boca y la polla dura como una roca, empecé a asomarme con cuidado. No se
veía a nadie en el vestuario, pero tenían que estar allí. Entré con suma
cautela, sabiendo que tenía la excusa de las botas "olvidadas". Pero en el
vestuario no había nadie, en efecto. Sin embargo, se oía ruido de agua cayendo
en la zona de duchas, y hacia allí me encaminé, con sumo cuidado. La zona de
duchas es una pared en la que hay una serie de grifos tipo alcachofa, y los
correspondientes platos de ducha. Tiene una pared a cada lado de la zona, así
que yo miré, con sumo cuidado, desde una de estas paredes. El espectáculo que vi
me dejó boquiabierto: Eugenio y el profesor estaban totalmente desnudos bajo la
ducha, y el hombre se la estaba metiendo por el culo, mientras mi compañero,
doblado sobre la cintura, culeaba y se pegaba constantemente a la polla de su
maestro; desde mi posición podía ver perfectamente el nabo del profe entrando y
saliendo entre las cachas de mi amigo. Era un rabo de exposición, enorme, como
los que se veían en las revistas guarras que yo había visto. Me fijé que Eugenio
tenía los ojos cerrados y que se pasaba una vez y otra la lengua por los labios.
El profe estaba a lo suyo, enterrando su rabo en aquel culo juvenil, sobándolo
con sus manos, agarrando a mi compañero por la cintura y atrayéndolo
lujuriosamente hacia sí.
No pude aguantarme y me saqué la polla del pantalón. Empecé a
hacerme una paja, y yo mismo cerré también los ojos para reconcentrarme mejor;
imaginaba que aquel rabo enorme me estaba entrado por mi estrecho culito, y tal
vez en esa fantasía descuidé un tanto mis defensas. El caso es que, según pude
darme cuenta después, había sacado medio cuerpo desde mi escondite, confiado en
que los amantes estaban a lo suyo. El caso es que, mientras estaba pajeándome,
de repente me encontré con que una mano me agarraba del brazo; abrí los ojos:
era el profe, chorreando agua, desnudo y con la polla tiesa ante mí. En su cara
había miedo, pero también ira; no sabía qué iba a pasar, ni yo tampoco. Yo, lo
confieso, estaba aterrorizado, confundido. Pero en éstas se acercó Eugenio y,
con toda la naturalidad del mundo, se agachó delante de mí y se metió mi polla
en su boca. Aquello fue mano de santo. El profe me soltó enseguida, cuando vio
que yo no oponía resistencia, y a mí se me fue el miedo en un santiamén. Sentir
aquella boca adolescente chupándome el nabo fue algo que me desinhibió
totalmente. El profe nos contempló un momento, y después, viendo que Eugenio
culeaba ostentosamente, se colocó tras él y le volvió a encalomar su vergajo
entre las cachas. Eugenio, que se tragaba mi polla hasta la empuñadura en cada
embolada que le pegaba por detrás el profesor, aprovechó para irme quitando el
pantalón y los zapatos. Yo me dejé llevar e incluso me quité la camisa que
llevaba puesta. Ya estábamos los tres desnudos. Eugenio dejó por un momento de
chupármela y me atrajo hacia sí: me dio un beso de tornillo, de los que se ven
en las películas, y aquella lengua juvenil dentro de mi boca hizo que mi polla
diera un respingo. Los dos me llevaron casi en volandas debajo de las duchas.
Las abrieron, y entonces Eugenio me condujo suavemente hasta delante del profe,
que me miraba con una sonrisa y una ansiedad extraordinarias; mi compañero me
obligó, suavemente, a agacharme, y yo quedé a diez centímetros de aquella
excepcional herramienta de carne. Pude entonces contemplar la hermosura del rabo
del profesor, un enorme mástil de carne brillante y suave, surcado por potentes
venas que le conferían una gran sensación de fuerza y virilidad. El glande,
rosado y rezumante de líquidos, parecía estar llamándome. Yo cerré los ojos y
abrí la boca, como llevado por un impulso. De inmediato sentí como se me llenaba
aquel escaso recinto bucal con una gran masa de carne caliente y palpitante, que
amenazó enseguida con ahogarme. Respiré por la nariz y abrí los ojos: el
panorama era impresionante. Delante de mí veía aquel vergajo enorme
semienterrado en mi boca, alejándose y acercándose conforme me follaba
oralmente.
Eugenio, detrás de mí, no perdía el tiempo. Colocó su cara
entre mis cachas, y pronto sentí un lengüetazo húmedo y superexcitante en el
agujero de mi culo. Sentí como un latigazo de placer y me retorcí; me di cuenta
entonces que aquella lengua, que exploraba mi agujero más íntimo, parecía
permitirme tragar más polla por la boca; parecía como si a cada lamida de
Eugenio en el interior de mi agujero mis amígdalas se abrieran un poco más. El
caso es que, entre oleadas de placer que me subían desde el culo, en cada
lametón, la polla del profe progresaba en mi boca. Noté entonces que el glande
había traspasado la campanilla, y me esforcé por engullir más y más aquella
tranca de carne palpitante; el profe se dio cuenta de mi gula, pues sus ayes se
hacían cada vez más altos. No tardé mucho en sepultar totalmente aquel vergajo
de exposición en mi minúscula boquita, mientras Eugenio, sin desmayo, proseguía
lamiéndome cada vez más profundamente en el agujero oscuro de mi culo.
Sin embargo, de repente el profesor me sacó su polla de la
boca; se alejó un poco y yo lo seguí con la boca abierta y la lengua totalmente
fuera, deseoso de que me volviera a llenar de carne.
--Espera, Raúl, que esto también te va a gustar -le guiñó un
ojo a Eugenio, y vi como entre ambos me daban la vuelta, colocándome al
contrario de cómo estaba antes: ahora tenía delante de mí la hermosa y juvenil
polla de Eugenio, más pequeña que la del profe pero también bonita y bien
proporcionada. No me lo pensé dos veces y la engullí con gula. Era deliciosa,
como un caramelo dulce, como un chupachups exquisito. Por detrás noté cómo el
profesor me metía un dedo por el culo, con facilidad porque la lengua de Eugenio
me había relajado el esfínter totalmente. Metió un segundo dedo y le costó algo
más. El tercero fue más difícil, pero finalmente entró: me folló entonces con
los tres dedos, y aquello era el nirvana. Los sacó de repente los tres y me
quedé como huérfano; si no hubiera tenido la boca llena con el nabo de mi
compañero habría protestado enérgicamente. Pero entonces noté otra cosa apoyada
en el umbral de mi agujero. Era algo grande y duro, y enseguida supe que iba a
conocer el dolor. El profe me metió de un solo golpe su enorme polla, y yo sentí
como si me abrieran en canal por detrás; sin embargo, al tiempo de sentir ese
dolor, me recorrió todo el cuerpo un placer inenarrable, como un
estremecimiento, un escalofrío que me puso los vellos de punta. El profesor
comenzó un metisaca, me follaba sin compasión, notaba como entraba en mis
entrañas aquella cuarta larga de polla, grande y gorda. Eché mi mano hacia atrás
y la toqué, y sentí un placer añadido en notar cómo aquel inmenso carajo se
introducía, contra toda razón física, en el pequeño agujero virgen de mi culo.
Por delante Eugenio empezó a jadear como un condenado y de
repente noté un churretazo de leche en mi boca. Estaba tan excitado que no lo
pensé y empecé a tragarme el semen, aunque enseguida reparé en que sabía muy
bien. Casi simultáneamente, el profesor también empezó a elevar sus jadeos y
sentí dentro de mi culo los trallazos de leche que me largaba su tremendo
vergajo. Cuando se salió, aún me quedaban ganas de aquella minga de exposición y
se la lamí, recuperando la leche sobrante. Mientras se la chupaba al profe,
Eugenio se agachó tras de mí y me metió la lengua en el culo, lamiendo allí la
leche que el adulto me había soltado dentro.
Desde entonces los tres nos hemos hecho íntimos, y raro es el
día que no montamos un "numerito". Eugenio me ayuda en mis tareas en casa, y
hacemos algo más que estudiar; y mi profe me da clases extra de gimnasia, y creo
que voy a sacar matrícula de honor...