La mañana se me hizo eterna, mi jornada laboral parecía que
no fuera a tener fin. Los minutos se sucedían uno tras otro casi a cámara lenta
como si tuvieran mas segundos de lo que dictan las leyes horarias.
Era incapaz de concentrarme en mis tareas habituales, mi
mente volaba una y otra vez a mi madre, pensando en como se había dejado enredar
tan cándidamente, pero sobre todo a que sevicias la estaría sometiendo mi Ama,
pues conociendo sus instintos tan bien como yo lo hacía, no en vano llevaba
padeciéndolos en mi propia carne ya varios meses, sabia de lo que podía llegar a
ser capaz aquella despiadada mujer ausente de toda moral.
Teco sin embargo se comportaba como si el incidente de
primeras horas de la mañana no hubiera existido y todo se desarrollara como
cualquier otro día, su trato conmigo era completamente normal aunque parecía que
había vuelto a recuperar su apático interés sexual por mi, ya que mientras
tomaba su café matutino, me hizo prodigarle una lenta y cadenciosa mamada para
luego correrse y depositar toda su leche en mi garganta.
Aquello me supo a gloria, después de muchos días sin tocarme
apenas, volvía a saborear el delicioso fruto de la verga de mi señor, aunque me
sentía culpable pues el precio que había pagado era demasiado alto, la libertad
de mi madre.
Finalmente terminó la larga jornada y nada mas llegar a casa
me dirigí con pasos apresurados a la cocina, estaba deseando ver como se
encontraba mi madre. Cuando cruzaba el salón me crucé con Marga quien se
encontraba cómodamente recostada en su sillón favorito leyendo una revista de
cotilleos.
-¿Adonde vas tan rápido, puta?-me espetó, aunque sin duda
sabía de antemano mis motivos
-Vv-voy a la cocina, mi ama, a prepararles el servicio de
comida. No quisiera que se retrasara ni un segundo la hora prevista de su
almuerzo – contesté medio tartamudeando rogando que mi pobre argumento
convenciera mínimamente a mi señora, pues ambas sabíamos el verdadero motivo
de mi prisa.
Marga se me quedó mirando en silencio, sonriendo levemente
con su característico gesto entre malvado y divertido. De sobras sabía el motivo
de mi nerviosismo y sin duda disfrutaba enormemente con la situación.
-Esta bien, perra. Sigue con tus obligaciones, pero
antes… quítate esas ropas tan poco apropiadas para la casa y ponte tu
habitual uniforme de perra.
Haciéndole una reverencia, me dirigí rápidamente con pasos
apresurados a mi cuartucho y me desnudé completamente. No me tomé la molestia de
ponerme el trajecito de doncella. Conocía de sobras a mi ama y ésta había sido
muy concreta al decir uniforme de perra en vez de uniforme de criada.
Además, ahora que mi madre ya conocía la verdad sobre mi
condición no hacía ninguna falta mantener las apariencias.
El espectáculo que ofrecía la cocina era todavía peor que la
imagen preconcebida que una y otra vez a lo largo de la mañana había imaginado
en mi mente.
Mi madre estaba de pie frente a la cocina con las piernas muy
abiertas debido a los consabidos consoladores que Marga ya le había instalado
incómodamente en sus respectivos agujeros, pero un revelador zumbido indicaba
que los había enchufado a toda potencia.
Debido a ello mi madre no podía mantenerse quieta y estaba
inmersa en una especie de baile sambito encadenando un orgasmo tras otro desde
Dios sabia cuanto tiempo, sin duda varias horas como mínimo. Muestra de ello era
los constantes flujos de fluido vaginal que le chorreaban sin cesar por la parte
interna de sus muslos hasta los pies donde empezaban a formar un pequeño
charquito.
Además mostraba su culo completamente repleto de numerosos
surcos entre rojos y amoratados por los numerosos varazos a los que había sido
sometida.
Supuse acertadamente que mi madre habría gritado y se habría
quejado mucho, cosa que desagradaba a mi Ama. Muestra de ello era la mordaza en
forma de monstruosa bola que llevaba insertada en su boca casi a punto de
desencajarle la mandíbula y de donde numerosos chorretones de baba le daban un
aspecto totalmente indefenso y desvalido.
Completaban la desalentadora imagen dos enormes pinzas
metílicas de cocodrilo que pellizcaban, seguramente muy dolorosamente, sus poco
acostumbrados pezones, que se veían hinchados apuntando hacia abajo debido al
peso de las disciplinas.
Hubiera querido abrazarla y consolarla de algún modo, pero el
ama tenia terminantemente prohibido toda demostración de efusión entre las
esclavas, el mas mínimo contacto físico e incluso pronunciar la mas mínima
palabra si no éramos previamente interpeladas.
Así que simplemente me quedé de pie frente a ella mirándola
fijamente y tratando de transmitirle mi pesar por, de alguna manera aunque
totalmente involuntaria, haberla abocado a la situación en la que ahora se
encontraba y ya de forma irreparable.
Lo más terrible de todo es que aun sabiendo como se habían
desarrollado los hechos, si ahora pudiera volver a atrás seguramente volvería a
actuar exactamente igual pues estaba fascinada con este tipo de vida al que me
había arrojado casi por casualidad y del que no quería renunciar.
Experimentaba un extraño bienestar siendo constantemente
humillada y utilizada como un mero objeto sexual sin voluntad alguna.
Traté de consolarme a mi misma diciéndome que siendo hija de
mi madre, quizá hube heredado de ella mis instintos masoquistas y sumisos y tal
vez ella misma los tuviera escondidos y dormidos en su fuero interno y poco a
poco se acostumbrara y disfrutara como yo misma de esta nueva vida.
Por otro lado la incorporación de mi madre a la cuadra alivió
no poco mis obligaciones pues al estar interna como yo misma mis tareas se
vieron reducidas a la mitad ya que las compartía con ella.
Por ejemplo antes yo era la única encargada de servir la mesa
y atender las libidinosas necesidades de mis amos.
Ahora éramos las dos quienes lo hacíamos y así mientras una
de nostras atendía a Marga la otra atendía a Teco.
También el ritual matutino sufrió cambios, ya que ambas nos
despertábamos a la misma hora, no en vano dormíamos juntas en mi pequeño
camastro lo que nos hacia inventar posturas imposibles para acomodarnos en él, y
no nos quedaba mas remedio que dormir estrechamente abrazadas como dos amantes.
Rápidamente nos dirigíamos a la habitación de los señores y
nos hacíamos receptoras de sus necesidades fisiológicas matutinas.
La primera vez que Marga meó en la boca de mi madre, que no
podía dar crédito al bajísimo nivel a que había sido sometida, le produjo un
acceso de arcada que afortunadamente pudo controlar milagrosamente , ya que si
hubiera vomitado, sin duda le hubieran hecho limpiar todo el estropicio con la
lengua.
Yo me solidaricé con ella, pues pese a recibir la orina de
ambos y de cualquier otra persona a quien mis amos quisieran cederme bastante a
menudo, incluso varias veces cada día, aun no me había acostumbrado al fuerte
sabor de los meados y me producía una cierta sensación de rechazo que había
aprendido a disimular como mejor podía, aunque como contrapunto, siempre me
excitaba incontroladamente siendo objeto de tal humillante trato.

Luego nos dividíamos el trabajo, yo alimentaba a los perros y
mi madre preparaba los zumos, y de esta manera yo ya estaba lista y preparada
cuando mi señor bajaba vestido y arreglado para ir a la oficina.
Pero mi madre no acababa de adaptarse a su condición y a sus
obligaciones en la casa, y mis amos discutieron sobre la posibilidad del
mandarla al mismo centro de entrenamiento en el que yo había sido tan duramente
adiestrada.
Al final Marga, que casi siempre tenía la última palabra
decidió que ella misma se encargaría de domarla y enseñarle como debía
comportarse.
Lejos de aliviarme sentí un escalofrío de temor por mi madre,
pues si bien el centro del bosque era duro, yo sabía con creces que Marga podía
ser infinitamente mas sádica y cruel que cualquier instructor de esclavas.
Y efectivamente, cada día después del trabajo, encontraba a
mi madre con algún cambio, bien en su físico, marcas de latigazos recientes,
hematomas y moretones de diferentes intensidades y colores, quemaduras de
cigarrillo en las partes mas intimas y sensibles, y también en su forma de
comportamiento.
Sus ojos estaban mas hundidos y en su rostro se cernía una
sombra de resignación y aceptación. No era raro verla postrada de rodillas
comiéndole el coño o el culo a su señora, tratando de aplicarse al máximo en
darle placer mientras Marga le daba azotes en el trasero con su corto e
inseparable látigo.
Una vez mas yo fui la eterna beneficiada de los suplicios de
mi madre, pues marga se encontraba tan ocupada ideando nuevas formas de
humillarla y romper su maltrecha autoestima que se olvidó, al menos por unos
días, de hacerme blanco de sus degenerados instintos.
Aunque a veces se le ocurrían perversos juegos en los que nos
hacia participar a las dos juntas, como las carreras de perras a cuatro patas
por el jardín con un enorme pepino metido en el culo, a modo de rabo, y con el
consiguiente castigo para la perdedora, que casi siempre era mi madre, pues a
pesar del parentesco y el amor que sentía por ella, yo en mi condición de
esclava estaba completamente adiestrada a demostrar un espíritu competitivo
frente a ella, y sabía que el castigo por dejarme ganar sería todavía mas
doloroso y cruel que el habitual.
Disfrutaba mucho forzándonos a mantener relaciones lésbicas e
incestuosas.
Al principio tuve que hacer un enorme esfuerzo de autocontrol
y pensar en mi madre como si fuera una extraña, pero al cabo del tiempo, me fui
habituando, y creo que mi madre le sucedió lo mismo, y mas que madre e hija nos
veíamos como lo que en realidad éramos, dos esclavas sin mas voluntad que
obedecer y agradar los deseos de nuestros amos.
Al cabo de unas semanas, mi madre estaba tan emputecida sino
más que yo, el duro tratamiento a que había sido sometida por el Ama dio sus
frutos.
Aceptaba cualquier vejación y degradación con más docilidad
que yo misma y hasta el observador mas avezado diría que disfrutaba con ello.
Había alcanzado tal sensibilidad mental y física que se
corría al más mínimo roce por parte de Marga, quien se había convertido en su
objeto de adoración.
Impresionaba ver a aquella madura pero atractiva mujer
completamente desnuda, desvivirse de tal manera por su señora y someterse a sus
depravaciones y tormentos de manera tan apasionada y dócil.
Sin duda Marga era una experta y había hecho un trabajo de
primera.
Como fin de entrenamiento Marga hizo traer a un experto en
piercings, que en una misma tarde nos agujereó a ambas, al estilo tradicional,
es decir con una aguja calentada al fuego y sin ningún tipo de anestesia, todas
nuestras zonas mas erógenas y sensibles:
pezones, labios vaginales, clítoris, ombligo, y lengua, e
instaló en cada agujero unas anillas de diferente tamaño y grosor según la zona
de oro y acero inoxidable.
A partir de ese día Marga a la hora de acostarnos siempre nos
unía las anillas de ambas con unos pequeñísimos mosquetones, lengua con lengua,
pezón con pezón y clítoris con clítoris, lo que nos hacia dormir estrechamente
abrazadas y en un morreo continuo que duraba toda la noche y donde a menudo
terminábamos haciendo el amor durante horas, pues la constante fricción y la
cerrada proximidad invariablemente nos hacia excitarnos aun sin quererlo y raro
era el día en que no nos corríamos mas de 5 o 6 veces cada una en la boca y el
coño de la otra.
Apenas llevaba mi madre un mes en la casa cuando una vieja
conocida volvió a formar parte de nuestras vidas.
Una tarde una furgoneta aparco en el jardín y de la parte
trasera bajaron a una esclava que en su momento no reconocí pues estaba muy
cambiada físicamente.
La bajaron completamente desnuda, a cuatro patas y tirando de
ella con una correa como si se tratara de una perra.
Solo cuando el vehiculo se marcho y al esclava quedo inmóvil
y tiritando en medio del jardín pude darme cuanta que no era otra que Lizette,
la joven cocinera a quien habían cedido a unos proxenetas. Aunque era apenas una
sombra de lo que había sido, extremadamente delgada, con el pelo muy coro y
enmarañado, sucia y maloliente.
A saber por que suplicios y pruebas había pasado, aunque
mejor prefería no averiguarlo nunca
Aparentemente Marga había decidido que la temporada de
castigo había expirado, pero esto solo era aparentemente.
Pues a partir de ese momento se convirtió en una perra más,
acompañando y viviendo con los otros dos auténticos perros que vigilaban la
propiedad.
Comía, meaba y cagaba con ellos y como ellos, y jamás se le
permitía entrar en la vivienda, el jardín y la caseta eran su único hábitat, e
incluso se convirtió en la concubina de ambos y no era raro verla siendo montada
por uno de ellos al mas puro estilo canino.
He llegado al final de mi relato y de mi historia, solo decir
que por el momento mi vida transcurre plácida y rica en experiencias y sexuales
sensaciones siempre con constantes innovaciones a las que tan aficionada es mi
Ama, al lado de mi madre, de la perra Lizette, y de alguna ocasional esclava que
a veces pasa alguna corta temporada con nosotras.
Si sucede algo que considere digno de mención ya mas adelante
y si mis amos lo permiten lo compartiré con los lectores.
Este es un relato ficticio aunque basado en ciertos aspectos
reales de la vida.
Quisiera comentar la sorpresa y el pesar por la polémica que
se suscitó a raiz de uno de los capítulos.
Y el desproporcionado ataque a mi modo de ver del que fui
objeto por uno de los lectores, ya que mis relatos no son ni mas cruentos ni
menos que los de la mayoría, y aparte de eso, ya claramente los publico en el
apartado de dominación, así que quien se mete a leerlos debería saber o intuir
al menos el contenido que descubrirá en ellos.
No obstante suelo aceptar toda clase de críticas, tanto las
positivas que no acabo de creerme demasiado, como las negativas que con
frecuencia me hacen reflexionar y tratar de mejorar la calidad de los escritos.
A lo que no me acostumbro es a las críticas que descalifican
destructivamente y con un tono hiriente e insultante.
De hecho, la vehemencia y el ataque del que fui objeto me
hizo pensar si el autor de dichas críticas no me conociera de algo y tuviéramos
alguna deuda pendiente.
En fin, como siempre mi única intención y el motor que me
anima a escribir es un afán de divertirme y divertir a los posibles lectores de
una forma sana e inocente.
Doy por sentado que quienes me leen son personas con la
suficiente y mínima inteligencia para discernir la realidad de la más absurda y
desbordada fantasía.
Y no trato de hacer apología de ningún tipo de vida, aunque
soy un ferviente defensor del libre albedrío, y de que todo ser humano tiene el
derecho a vivir y pensar como le de la gana, siempre que no sea a expensas de
coartar la libertad de los demás.
Gracias por su paciencia y atención.