El fuego crepita, crece y se refleja en
los ojos de los presentes. La noche, fuera de los alrededores de la pira, es tan
cerrada que hasta las estrellas han muerto heridas de oscuridad. Se empiezan a
escuchar los primeros murmullos y todas las miradas, de reojo, acaban en el
cuerpo de Salila, la joven viuda Salila.
Ella, por su parte, sólo piensa.
Recuerda. Mientras el cadáver de su marido arde en la pira, las llamas le traen
añoranzas de su niñez, cuando entonaba cancioncillas infantiles mientras echaba
ramitas al fuego de la cocina. “Na-na-na-na”... Canturrea mentalmente al tiempo
que la pira funeraria de su marido se viste de incendio.
Pero, también, el fuego le hace
rememorar la noche que dio inicio su calvario. Era una niña aún, recién salida
de la pubertad, con sus pechitos mínimos y su vello incipiente. Era una niña
aún, y él era un viejo que había aceptado casarse con ella sin aceptar más dote
que su belleza adolescente. Era una niña aún, escondida bajo telas demasiado
gruesas y pesadas, enjoyada con abalorios que le hacían daño en cuello y orejas,
cuando, de la mano de su reciente marido, daba los siete pasos alrededor de la
hoguera. Era una niña aún. Sólo una niña.
Ahora Salila no da vueltas a la hoguera.
En los cánones está escrito que tiene que hacer otra cosa. Pero ella ha decidido
no hacerla. ¿Qué sentido tiene llevar a cabo el “sati” por alguien a quien jamás
ha amado? ¿Por qué tiene que morir ella, tan joven? ¿Sólo porque su familia la
casó con un anciano?
“¿Por qué no salta?”
“¿A qué espera?”
“No lo va a hacer...”
“¿Quién se ha creído esa fulana?”
Indignación, sorpresa, rechazo. Sus
vecinos la miran como a una paria. Alguien detrás de ella la empuja para ver si
reacciona, pero ni por esas. Salila sigue en pie, sin moverse, mirando fijamente
el fuego que se alimenta de madera y carne. La carne de su difunto marido.
Su cuñado y su sobrino tratan de
acercarse a ella. Su suegra (una ancianísima mujer) lo impide mascullando “tiene
que decidirlo ella”, aunque no pierde ocasión de fulminar con la mirada a su
joven nuera.
El fuego alcanza su mayor altura. Los
cánticos han cesado. Los murmullos y los insultos se acaban imponiendo. Salila
no se mueve. No le importa lo que le diga nadie. ¿Por qué habría de importarle
lo que diga aquella otra anciana vecina que incluso se había atrevido a acusarla
de la muerte de su marido?
“Sus instintos adolescentes han acabado
con el pobre Xayj... le ha terminado absorbiendo la vida con su lujuria”
¿Qué sabría ella? ¿Qué sabría nadie lo
que Salila había tenido que soportar? Xayj, incluso en la misma noche de bodas,
la había poseído siempre con crueldad, premura y desinterés por algo que no
fuera él mismo Jamás Salila pudo saborear aquello que la gente llamaba “placer”.
Jamás Salila pudo sentir otra cosa que desprecio hacia aquél hombre cuyo cuerpo,
después de mancillar por la fuerza a Salila tantas veces, arde en la pira
funeraria. Aquél cuerpo que, afortunadamente para Salila, tan poco ha tardado en
caer bajo la enfermedad que lo aquejaba.
La pira comienza a marchitarse,
consumida ya la mayor parte de la madera de la que se alimentaba. La gente
marcha hacia su casa sin decirle a la viuda ni una palabra. Ni una palabra que
ella quiera oír. Son comunes, en cambio, los “estúpida”, “fulana”, “puta
malagradecida”, “deshonra”... Sólo cuando se siente sola, Salila rompe a llorar.
No llora por su marido -él no lo merece-, llora por ella misma. Duda que su
familia la deje volver a casa, y los hermanos de su marido tampoco permitirán
que se quede en la casa que había compartido con Xayj.
Salila no tiene lugar a dónde ir. Tenía
que haberlo pensado antes. Mientras ve consumirse las brasas, por primera vez
piensa que habría sido mejor arrojarse a las llamas. ¿Qué va a hacer ahora?
Cuando ha llorado suficiente, y sus ojos
quedan secos e hinchados, trata de regresar a casa de su familia. Ese viejo
camino que tantas veces había seguido, de niña, hasta volver al hogar, nunca le
había parecido tan oscuro. “Na-na-na-na”... cantaba cuando era niña y corría por
el sendero, y su madre la esperaba en la puerta para abrazarla.
Pero esa noche nadie la espera en la
puerta. Toda su familia está dentro, llorando la deshonra que Salila ha
significado para ellos. No ha cumplido con el Sati, ha faltado a todo lo que le
enseñaron ¿Y por qué? Sólo Salila, esa joven loca y cruel, que durante tanto
tiempo ha sido hija, nieta, hermana, lo sabe. Sólo ella.
- ¡Vete de aquí! ¡Ya no perteneces a
esta familia! ¡Nos has deshonrado a todos, maldita desagradecida! ¡Tenías que
haberle seguido! ¡Nos has hundido en la vergüenza!- grita su padre tras la
puerta, negándose a abrir a su propia hija.
Salila ni siquiera insiste. En el mismo
silencio en el que ha venido, se marcha, con la cabeza baja, y ocultando sus
lágrimas. No obtiene mejor bienvenida en la que, desde su boda, había sido su
casa, la que compartía con Xayj. Como sospechaba, los hermanos y sobrinos del
difunto están allí, y ni la dejan acercarse.
La primera pedrada roza la sien de
Salila, la segunda y la tercera se quedan cortas, pero la cuarta le da de lleno
en el hombro.
- ¡Fuera de aquí, puta! ¡No te mereces
nada! ¡Mala esposa! ¡Fulana indigna!- grita la familia de su marido, mientras el
lanzamiento de piedras prosigue.
Salila se aleja corriendo también de
allí, agarrándose el hombro herido, destilando lágrimas de dolor y despecho de
sus jóvenes ojos negros. Esa noche duerme sobre la tierra, incómoda, sucia,
aterida de frío, bañada en lágrimas y, de nuevo, pensando que hubiera sido mejor
lanzarse a las llamas donde ardió su esposo.
La despierta el sonido de un carro
pasando muy cerca de ella. Salila hubiera preferido nunca despertarse, estaba
soñando que era de nuevo niña y canturreaba “na-na-na-na” mientras jugaba sin
preocupaciones, sin saber que, años después, esa misma niña que jugaba, sería
desnudada y poseída por la fuerza en su propia noche de bodas.
- ¿Le pasa algo, señori...?- empieza en
conductor del carro, pero cuando Salila alza su rostro, y él puede reconocerla,
arruga la nariz.- Ah... eres tú.
El conductor escupe a la joven viuda y
arrea a su caballo para alejarse cuanto antes de esa “apestada”. Salila no tiene
dónde ir. Ese pueblo le cierra todas las puertas.
Marcha al río para limpiarse la arena
que se ha quedado pegada a su sudor y lágrimas. Mientras contempla la corriente,
piensa en cómo sería hundirse en ella, dejarse llevar por el río hasta una
muerte lenta y agonizante, pero muerte al fin y al cabo.
Juguetea con sus pies en el lecho del
río, levantando algo de arena. No. No puede suicidarse. El suicidio conlleva una
reencarnación terrible, llena de dolor y tristeza. ¿Acaso ella no estará pagando
ahora un suicidio en su vida pasada? Seguramente. Salila se lava la cara y
vuelve al pueblo. Sus ropas están tiradas en la calle, a la puerta de la casa de
su ya ex-marido. Salila las recoge (necesita tres viajes para llevarlas fuera
del pueblo) mientras sus vecinos la miran con una mezcla de burla y desprecio.
Luego, regresa a las afueras y allí empieza a, sin ninguna ayuda, construirse
una choza. Tarda poco en habilitar un techo y un lecho. Cuando termina, el
hambre ya carcome sus entrañas.
Dos días después, sin haber comido
absolutamente nada, Salila paseaba por el pueblo. Vencida, impotente y
hambrienta se desmaya ante la tienda de un brahmán. Éste se compadece (si cabe
compasión para una viuda que no ha realizado el tan venerado Sati) de la bella
joven y le da el trabajo más sucio del pueblo. Salila tiene que recoger los
excrementos de vaca que el intocable, luego, mezcla con paja y seca para
venderlas como combustible.
Es un trabajo que apesta, pero era el
único que, en ese pueblo, Salila puede aspirar a tener. Con ese cometido, Salila
consigue algo de comida con la que seguir subsistiendo. Así pasan los días.
Entre mierda de vaca y burlas de vecinos. Salila aprende a mirar siempre al
suelo, a no responder la mirada a nadie. Salila aprende a pasar desapercibida
mientras la vida en el pueblo continúa. También, sin darse cuenta, Salila se
olvida de sonreír.
Aquel día todo cambia. Salila marcha al
río a limpiarse los frutos de su trabajo. Se mete en el río vestida con un
delgado paño. El río está calmado, los peces saltan y esquivan las piernas de
Salila. Shiva está feliz y el río que baja de su cabeza yace tranquilo. La joven
viuda escudriña su reflejo en el agua. Su piel aceitunada, sus ojos negros, sus
facciones dulces, sus dientes blanquísimos... se sabe aún bella. Pero también
sabe que nadie va a fijarse en eso. Las viudas no tienen belleza. Sólo deshonra.
En esas está cuando alguien, a su
derecha, metros arriba de la corriente, llama su atención. Un hombre. Un hombre
de tez tan oscura como la propia Kali. Salila tiembla al ver la noche disfrazada
de hombre. De hombre musculoso, grande, negro y calvo. Además, tiene esa mirada
triste que parece calcamonía de la de los ojos de Salila.
- Ho-hola...- saluda la joven.
El negro se vuelve hacia la hindú y
sonríe tontamente. Está claro que no entiende el idioma de Salila. A ella no le
importa. Levanta la mano y la agita en un saludo universal que, ahora sí, el
musculoso hombre devuelve sonriendo, añadiendo un:
- ¡Márhaba!
- ¡Márhaba!- sonríe Salila, aún sin
saber lo que significa, mientras el negro inspecciona el cuerpo que perfila la
prenda mojada, pegada a las curvas de Salila. Ella se sonroja y sale del río. Se
coloca de nuevo el sari y desliza el faldón hasta taparse la cara.
Es extraño. Bajo la tela que oculta su
rostro, la sonrisa se niega a abandonar los labios de Salila, como si tuviera
miedo de no volver a ser vista en mucho tiempo. Con ella en la boca, Salila
vuelve a su choza. No se atreve a cantar, pero en su mente, dan vueltas y
vueltas las canciones de su infancia: “Na-na-na-na”.
Al día siguiente, Salila regresa al río.
Allí está, de nuevo, ese hombre dando agua a sus músculos de ébano. Metido hasta
la cintura en el agua, el negro juega con la corriente. Ella se queda parada,
dejando su vista resbalar por cada recoveco de la musculatura del hombre.
Nota el corazón en la garganta y un
fuego que crece dentro de ella. Un fuego que no conocía, un fuego que nada tiene
que ver ya con las cacniones de su infancia ni con su marido.
El hombre va saliendo del río. Está
desnudo. Está desnudo y su verga hinchada es un ariete que apunta al cielo. A
Salila se le acelera la respiración. “Aquello”es gigantesco comparado con el
miembro raquítico de Xayj. No lo comprende. Por mucho que lo intenta, Salila no
lo entiende. No entiende cómo aquello no le da el miedo que merece. Al
contrario. Pese a que su experiencia con Xayj le enseñó que ese bálano no era
más que otra arma que hacía daño -mucho daño-, ahora lo ve, tan grande y negro
como su portador, y no lo teme. Al contrario. Desea tenerlo en sus manos. Desea
abrazarse a él y que pasen los días.
El negro y la india miran lo mismo. Con
parsimonia, el negro agarra su miembro y comienza a acariciarlo con suavidad, de
arriba abajo, recorriendo su extensa longitud. Salila sigue su instinto y hunde
una mano entre sus ropas para acceder a aquel rincón que tantas veces mancilló
sin amor Xayj.
Allí, de pie, el negro se masturba.
Allí, de pie, Salila se masturba. El negro cierra los ojos -sus tristes ojos
negros- y se concentra en sus caricias. Salila no quiere cerrar los ojos. Ella
nunca ha podido ver nada parecido, y seguramente no tendrá más oportunidades que
esa que ahora se le ofrece a la vista, en forma de africano masturbándose.
Sólo sigue las directrices de su
instinto. No necesita más. Salila mueve su mano sobre su sexo y poco a poco, su
propio cuerpo le dice dónde tiene que tocar.
El negro goza sin preocuparse de nada.
Salila goza, mirando al negro gozar. A ella le tiemblan las piernas, él muestra
los dientes (tan blancos que su contraste con el cuerpo es casi cegador). A ella
los gemidos le resbalan entre los labios, a él los músculos se le marcan en
tensión. Goza ella, goza él. Repite el negro palabras en ese idioma suyo que a
Salila le parece poesía.
La viuda no puede detenerse. Su mano es
un frenesí entre sus piernas. Gime, suspira, vuelve a gemir y se tapa la boca
para que el negro, que se masturba con los ojos cerrados, no la escuche.
Salila no puede comprender cómo nadie
nunca le había enseñado algo tan fácil y placentero como eso. Es tan fácil. Es
tan bueno. Es tan... Sus dedos no la dejan pejnsar más.
Gime Salila, gruñe y rebufa el negro.
Ella conoce por primera vez lo que es un orgasmo, dedicándoselo al africano. Él
vomita borbotones de semen de su colosal miembro, ensuciando tierra, miembro,
pierna y mano.
Salila cae de rodillas. Aún le tiemblan
las piernas y aún sigue el negro sin verla, con los ojos cerrados. Él se gira
para lavarse de nuevo en el río, y entonces la ve. Se queda paralizado. No sabe
lo que Salila ha podido o no ha podido ver.
Pero a Salila no le importa. Ella está a
cuatro patas sobre la tierra, agotada. La cabeza mirando a la tierra que la
sostiene: Su ropa, húmeda a la altura de su pubis... La sonrisa satisfecha
remachada en sus labios indios.
El negro se oculta con la mano su
media-erección. No sabe qué más hacer. Su ropa está unos metros más arriba, el
río aguarda a su izquierda, per él sólo hace que mirar a esa belleza india que,
a cuatro patas, parece prometerle sumisión. Esa sumisión de la que él tanto
sabe.
Al final, antes de que la viuda alce la
cabeza, el negro se mete en el río, a ocultarse de cintura para abajo. El agua
fría ayuda a reducir las dimensiones de su miembro. Salila se levanta y ve de
nuevo al negro en el río. Mirándola con miedo, con curiosidad también. Se
desnuda y, ella también, se deja mecer por la corriente metiéndose en el río.
- ¡Márhaba!- saluda Salila, sonriente,
mirando fijamente al africano. No es capaz de describir la sensación que el río,
frío y caliente como sólo puede serlo el agua, causa en su piel desnuda. Pero
sus pezones, ya bastante engordados por el placer anterior, se erizan sin
pudor.
- Márhaba.- responde el negro, y va
avanzando, ayudado por la corriente, hacia Salila que lo espera con las piernas
en el agua y los pechos al aire.
Sólo basta una palabra. Cada uno sólo
conoce una palabra del otro, y ya se atraen como un imán. Él llega donde ella,
con sus ojos tristes y su cuerpo negro. Salila está temerosa. Ve al negro y se
ve a ella y piensa que la diferencia de tamaño es insalvable.
- Márhaba.- sólo sabe decir Salila
cuando ve al negro frente a ella.
- Márhaba.- él sonríe. Sus dientes son
blancos como la leche.
Traga saliva ella, y parece verse
reflejada en las cotitas de agua que salpican los anchos pectorales del
africano. Cuando siente las dos pieles tan juntas, negro y aceituna sobre el
azul transparente del cielo, todos sus miedos se evaporan.
- Márhaba.- repite ella y, subiendo sus
manos a la nuca del negro, lo atrae hacia su boca.
La hindú y el africano se besan como
antiguos amantes. Quizá en otra vida fueron marido y mujer, quizá en otra vida
fueron dos enamorados. En ésta, son sólo dos desconocidos que se besan, ardiendo
en deseo.
El negro (no tiene nombre, o por lo
menos no lo recuerda, desde niño fue usado como esclavo de toda índole, sin
derecho a hablar ni a escuchar, hasta que, según dicen, enfermó y lo echaron del
palacio), abraza a Salila. Se siente de nuevo hombre amante y amado. Se apega
más a su cuerpo, siente la opresión de sus pechos, pequeños, jóvenes, firmes,
pegados a su torso. Salila, por su parte, también nota otra opresión más abajo,
allí donde la dormida serpiente negra despierta de su letargo.
La nota resbalar entre sus piernas. Casi
piensa que podría apoyarse en ella sin ningún problema, de la dureza que está
logrando.
Es grande, es extranjera, es prohibida,
y Salila se muere por tenerla en su interior. Lo lleva fuera del agua, sin
decirle nada. Ni él ni ella podrían entenderse hablando, así que prefieren
entenderse en el universal idioma del sudor y los besos y el calor de los
cuerpos desnudos.
El negro se sienta sobre una roca a la
orilla del río. Su verga erecta, enorme y caliente, golpea su vientre. Salila la
mira con lujuria, con miedo, con impaciencia. Se coloca a horcajadas sobre el
negro y apunta su miembro hacia ella. Es imposible. No entra. Aquello es muy
grande para el estrecho sexo de la joven viuda.
El africano le da la vuelta a Salila,
hasta que queda de espaldas a él, sentada en su regazo. El glande rosado
cubierto de piel negra asoma entre las piernas de la hindú. Manos negras decoran
el vientre aceituna de Salila. Los colores se mezclan cuando los dedos del
hombre siguen bajando y se entremezclan en el vello púbico de Salila,
confundiéndose en su negrura.
Salila da un respingo. Los dedos del
negro han tocado el cielo. Jueganíndice y anular con los labios mientras el más
largo, como una culebra grande y negra, traba animosa amistad con el clítoris de
la india.
Gime Salila. Eso es placer. Suspira
Salila. Eso es amor. Se mueven las manos del negro entre las piernas cada vez
más abiertas de la india. Un dedo se cuela en el sexo mojadísimo de la viuda, y
Salila da un respingo. Sólo su marido había entrado ahí. Sólo él y, ahora, este
oscuro (de piel, que no de alma) desconocido.
Boquea como un pez Salila y entre
respiraciones se le escapan gemidos y jadeos. Gira la cabeza para buscar con su
boca la del amante africano. La encuentra y a un metro de ahí, otro dedo
encuentra el camino para acompañar a su hermano.
Dos dedos negros (tan gruesos cada uno
como el instrumento que la desvirgó) hurgan en las entrañas de la india. Salila
tiembla, gimotea con su lengua entrelazándose con la del negro, mientras las dos
manos del africano atacan su punto más vulnerable. Agudizando su ataque, toma el
slítoris de Salila entre sus dedos y lo soba con la delicadeza merecida.
Salila no soporta más. Se rompe en un
orgasmo atronador que no se oculta de gritar a los cuatro vientos. Le tiemblan
las piernas y todo su cuerpo se convulsiona en el regazo del negro.
Sonríe Salila satisfecha. Sonríe el
hombre feliz. La hindú baja la vista y observa su sexo, lubricado, abierto,
hambriento de más. Con delicadeza, rodea con su mano el poderoso falo que se
desliza entre sus piernas y desciende del cuerpo del negro sólo para volver a
subir dándole frente.
Se empala. Salila se empala en la gruesa
estaca del africano. Eleva un gemidito que se pierde en el río como un acorde de
sitar en el silencio. Nota en su propio pecho el latir acelerado del corazón del
africano. Tum-tum. Tum-tum. Parece entonar música de timbales, de canciones
rituales alrededor de la hoguera. “Na-na-na-na” intenta murmurar Salila, pero
sólo le salen gemidos. Gemidos inclasificables.
Latidos y gemidos. Timbales y sitar.
Negro y aceituna. El africano y la hindú. Su amante y Salila. Hombre y mujer. El
mundo se reduce a ellos dos. A sus dos cuerpos desnudos, juntándose,
dentro-fuera, haciendo del placer un arte en el que mecer a los dos.
Le falta el aliento al negro. Besa el
cuello de Salila. Se le escapa una tos justo antes de explotar. Gruñe, grita,
murmura algo que a Salila le suena como “Ahb-bi anti”, e inunda el sexo hindú
con su semen extranjero.
Salila se siente llena, los trallazos de
semen en su interior parecen golpear algún punto débil porque ella también
estalla en un clímax que los envuelve a los dos, que los azota a los dos, que
los agota a los dos.
Los dos vuelven, por enésima vez, al río
que los unió. Allí limpian los efectos de su acción. Se despojan de sudor y
suciedad y se vuelven a llenar con palabras bonitas que ninguno de los dos
entiende, pero que, saben, están llenas de cariño y amor.
La noche empieza a caer. Salila se
despide con un beso de su negro amante y vuelve a su choza. Mira a su alrededor
y se siente sola. No es la primera vez desde que murió su marido, por supuesto,
pero sí que es la primera vez que, decididamente, le importa. ¿Por qué? ¿Por qué
debe ella quedarse en ese pueblo que la señala con el dedo, que le cierra cada
puerta que abre, que la trata como una basura?
Allí lejos, al norte, está Vrindavan,
una ciudad bajo el amparo de Krishna. Vrindavan, la ciudad de las viudas,
Krishna la protegerá, y no se sentirá sola por que estará con otras que han
pasado (quizá, con mala suerte) lo mismo que ella.
Lo decide. Se decide. Se echa a dormir,
por primera vez en mucho, muchísimo tiempo, con una sonrisa en sus labios.
Al amanecer recoge sus cosas en un saco.
Las que no le cabe las apila fuera de la casa y les prende fuego. “Na-na-na-na”
canturrea, con su sonrisa de niña, esa sonrisa que jamás debió borrar con
brutalidad Xayj. “Na-na-na-na”. Sus enseres menos útiles pasan por el acto
purificador del fuego mientras el sol tiembla aún sobre el horizonte.
Salila sonríe y canturrea mientras sus
cosas se van haciendo humo que el viento lleva a la ciudad, como si, por fin,
los dioses se confabularan con ella y la ayudaran a decirle a todo el pueblo que
no han podido con ella, que Salila se marcha a ser feliz, a encontrar el hueco
en el mundo que no tenía en las llamas de la pira de su esposo.
Salila anda hacia el norte, cantando
como cuando niña. A la orilla del río, el hombre negro, de rodillas, sufre un
violento ataque de tos. Salila se arrodilla a su lado.
- ¿Qué te pasa? ¿Te duele algo?
Él no contesta, pero sonríe entre tos y
tos por que Salila está allí. La besa tiernamente en los labios, todavía
arrodillados los dos y le dice algo en su idioma. El idioma que Salila no
entiende y que hubiera dado la vida por entender.
Tras ese primer beso, los labios parecen
imantarse. Vuelven a besarse, en un beso más largo. Ya no hay tos, ya no hay
dolor. Los dos desconocidos se besan y caen sobre la hierba. Salila no sabe de
medicina, en ese momento sólo sabe de amor y con ello quiere sanar a su amante
desconocido.
Deja tumbado al hombre sobre la hierba y
desenrolla la tela de algodón que hace las veces de pantalones. El negro (aunque
su piel, algo más pálida, ya no parezca tan negra) no dice nada, se abandona a
las caricias de Salila que, en poco tiempo, hace despertar a la bestia de entre
sus piernas. Sonríe de nuevo el pálido negro al sentir la lengua de Salila sobre
su bálano. Se estremece.
Salila se monta de nuevo sobre su amante
africano. Aquél que tantos kilómetros ha recorrido para acabar endulzando su
vida. Aquél cuyo rostro le hace parecer a punto de empezar el viaje a una nueva
vida. Aquél que suaviza el gesto en mueca de placer cuando nota el apretado sexo
de Salila abrazar el suyo.
Y son de nuevo dos desconocidos
alegrando una vida. Esta vez le toca al extranjero africano, que prepara,
alfombrado de amor, su camino hacia su próxima reencarnación. Nadie le ha dicho
a Salila que él espera que Azra'il, el ángel de la muerte, lo lleve al paraíso a
disfrutar con las huríes que, si Allah tiene algún gusto, y seguro que lo tiene,
se parecerán a Salila.
Pero ahora, ni uno ni otro piensan en
dioses, ni en ángeles, ni en nada que no sean sus cuerpos morenos uniéndose de
nuevo cerca del río. No tarda mucho el africano en derramarse nuevamente en el
interior de Salila. Con espasmos débiles, acaba dentro de la hindú, que le
sonríe y le besa amorosamente.
- Sukram. Sukram janila.- carraspea él
en su bello idioma. Salila no entiende, pero lo toma por un “Gracias”.
- ¿Cómo te llamas?- pregunta Salila, aún
desnuda como el africano, tumbada a su lado.
Él no logra entender. Encoge los hombros
y sonríe, mueca forzada en su rostro adolorido. Salila se señala y dice:
- Yo, Salila.- Salila. “lágrima”. El
hombre asiente y repite el gesto.
- Habib.- Habib. “amado”.
Habib y Salila se besan. Por fin se han
conocido. Ella se queda cuidándolo todo el día. Le lleva agua, le da algo de la
comida que lleva, hace incluso un té para ayudarlo a dormir y esquivar así el
dolor. Habib sólo repite “Sukram janila” cada vez con un hilillo de voz ronca.
Salila le canta las canciones de su infancia y su voz aguda y suave llena el
bosque. “Na-na-na-na”. Los pájaros en las ramas le silban la melodía a Salila,
ayudándola a cantarle a su negro amado.
Ya hace horas que el sol está cayendo
cuando Habib cierra los ojos. Salila le toca el pecho y nota que los timbales
que ayer sonaban hoy se han callado. Sigue cantándole mientras llora. Una
lágrima tuerce por su cara y le moja la mejilla, cayendo justo en los labios de
Habib.
Salila busca ramas por el bosque.
Prepara la pira sin dejar de cantar. Con mucho esfuerzo, pone al africano en el
interior de la torreta de piedra y saca unos aceites de su saco. Hace fuego como
los hombres primitivos, con un palo y hierbas secas. Unta de aceite el cuerpo de
Habib y, abrazándose a él, prende fuego a la pira.
“Na-na-na-na”... canta Salila mientras
el fuego la une, para siempre, con su amado africano.
Adaptación libre de un cuento
tradicional hindú.