LOQUITO POR EL COÑO DE MAMÁ
Una provocadora, sensual y voluptuosa madre ha logrado
desatar un deseo desmedido en su obediente hijo, a quién ocupa en menesteres de
alcahuete y asistente de vestuario. (Ilustraciones gráficas – Bill Ward)
Ahí estaba yo, chachondísimo y sumamente avergonzado.
Haciendo mi mejor esfuerzo por que los pasadores encajaran perfectamente en el
corsé que usaría mi madre esa noche para deleite de uno de sus clientes "A uno",
como ella los llamaba.
Conforme la prenda se iba ajustando al talle, los volúmenes
se amoldaban sensualmente resaltando aún más el contraste de sus voluptuosos
pechos y nalgas con respecto a su ceñida cintura. Bien dominaba yo esa maniobra,
total la venía realizando desde muy jovencito.

Al acomodar los bordes de encaje para que la prenda luciera
impecable, tenía que levantar uno a uno sus enormes senos para que reposaran
sobre las torneadas copas, procurando que las aureolas de sus orondos pezones
lucieran esplendorosas.
Luego de calzarle las medias nylon, mamá se sentaba en la
butaca alta del tocador y yo debía inclinarme frente a ella para abrochar
simétricamente las presillas del portaligas en los bordes de las calcetas que le
cubrían hasta medio muslo.
El brillo de su vello pubiano, la agradable fragancia de las
sales aromáticas de baño impregnada en su cuerpo y el húmedo rubor de su
protuberancia vulvaria que se asomaba ligeramente por sus entreabiertos labios
genitales, me tenían desquiciado.
En mi estado de evidente excitación resultaba imposible
tratar de disimular mi erección. No solo debido al férreo estado genital que
había logrado provocarme, sino también por las congénitas dimensiones con que la
naturaleza me había dotado.
Ya te he dicho bebé que no debes desear el coñito de
mamá. Eso para ti es fruta prohibida. – Y a continuación, la
consabida sonrisita cachacienta de mamita.

Si mi reina, perdóname. Trataré que no se repita.
- Así le contestaba yo, pero siempre ocurría lo mismo y era imposible evitar
la vergüenza que me producía tan embarazosa circunstancia.
Tal vez si nunca hubiese desempeñado ese oficio las cosas
para mí podrían haber sido diferentes, pero mis limitaciones intelectuales y mis
dificultades en el habla, no me daban opción a muchas alternativas. Dadas mis
limitaciones me resultaba sumamente difícil, sino imposible pretender otras
ocupaciones. Además ya había visto y olido el coño de mi madre muchas veces y
esas sensaciones se me habían convertido en una especie de adicción. Se me venía
el mundo guarda abajo, cuando mi madre en ocasiones bromeaba con quitarme el
empleo y reemplazarme con alguien mas calificado.
Sin duda mamá estaba en perfectas condiciones para contar con
los servicios de un o una verdadera profesional que la vistiera y maquillase,
pero teniéndome a mí en aquella funcioncilla mataba dos pájaros de un tiro: por
un lado me mantenía ocupado y con un ingreso económico suficiente para cubrir
mis gastos mas elementales y por el otro, se divertía mucho con mi morbo y las
subsiguientes torpezas que cometía.
Ella sabía como lograr ponerme muy cachondo y conocía también
a la perfección que en ese estado mis errores se sucederían uno tras otro.
Aquello se estaba convirtiendo en una especie de rito sado masoquista que ambos
disfrutábamos veladamente. Ella gozaba con su cruel rol de seductora inasequible
y yo con el de adicto sumiso, cautivo de la humillación que me significaba
evidenciar mi perversión incestuosa, previéndola despreciada.
El juego se hacía cada vez más audaz. En ocasiones, cuando me
negaba a reconocer mi estado de excitación, me obligaba a bajarme los pantalones
para dejar al descubierto mi estado de erección. Luego me ridiculizaba
resaltando mi reprobable trasgresión y empuñándome el miembro lo sacudía
vigorosamente y me increpaba por lo que ella calificaba de perversión.
¿Y esto mi niño? ¿Qué me dices de esto? Es el colmo del
cinismo querer negar que te estás excitando con el coño de tu propia madre.
Pero si es cuestión solo de ver semejante agarrotamiento para comprobarlo.
Mira pues ¿Y ahora que me dices de esto? ¿Eres capaz de seguir negándolo?
– Lo decía, a la vez que ejercía fuerte presión con la mano, dejándome el
bálano amoratado.

Mi vergüenza quedaba con creces compensada. El solo contacto
de sus suaves y tibias manos con mi órgano sexual me producía tan divina
sensación que no desperdiciaba la más inmediata oportunidad para masturbarme en
honor a ella.
Sinceramente he perdido la cuenta de las veces que me he
hecho la paja inspirado en ella. Y no es para menos. Es la mujer de mis más
fervientes fantasías. La tengo tan cerca y tan lejos a la vez. Ha estimulado en
infinidad de ocasiones no solo mi sentido de la vista, tacto y olfato mientras
la preparo para sus citas privadas. Su desenfadado vocabulario y hasta sus
coquetos quejiditos logran estimular mis oídos causando erógenos estragos en mi
desguarnecido cerebro.
He llegado a mi punto de quiebre cuando ha concretado alguna
de sus citas en su propio dormitorio. Esto no es frecuente, pero ocurre
especialmente cuando el afortunado marchante proviene del extranjero.
Una de mis más audaces travesuras fue la de ocultarme en un
emplazamiento que me permitía ver y oír lo que ocurría en la recámara de los
hechos.

Escuchar las estimulantes palabras que emplea mi madre para
preparar la sensualidad del ambiente, o las audaces proposiciones respecto a la
variedad del servicio, o sentir los gemidos con los que va expresando el
creciente placer real o fingido de la copulación, son motivo suficiente para
desearla como a ninguna otra en el mundo.
Pero verla en acción es algo indescriptible. No se si se
trata de una adicta al sexo con incontinencia orgásmica o si es una gran maestra
de la simulación. Pero de lo que si estoy seguro es que difícilmente alguna otra
mujer podría ser mas activa, expresiva y motivadora que ella. Descontando los
exuberantes atributos físicos con que la adornó la divinidad.

Para muchos resultará muy doloroso tener que ver a su propia
madre copulando con un extraño, pero ese no es mi caso. He aprendido a disfrutar
las situaciones más incómodas y denigrantes por que el dolor que me significan,
es nada comparado con el placer con que quedo gratificado. Verla y escucharla en
plena fornicación es tan estimulante para mí que confieso mi incapacidad de
soportar algún castigo que signifique la privación de tan erógena experiencia.
Hace algún tiempo, cuando mi madre notó por primera vez que
la acechaba durante su actividad sexual, montó en cólera y fue muy severa al
castigarme. Yo soporté estoicamente todo tipo de tortura pero me negué
rotundamente a dejar de espiarla.

A la larga se resignó y comprendió que jamás renunciaría a mi
cometido. Actualmente se ha amoldado a la situación y ha llegado a aceptarla.
Hay casos en que debe esmerarse para evitar que su eventual
visitante note mi irrupción, ya sea cobijándole la cara entre sus enormes senos,
cuando mi presencia pudiera hacerse visible o mediante estridentes expresiones
de gozo, en aquellas oportunidades en que llega a notar los ligeros gemiditos
que secundan mi efluvio seminal.

Por el contrario, en oportunidades saca provecho de la
situación con alguno de sus más entendidos visitantes, ofreciéndola como
sofisticada variante sexual.

En cierta ocasión, un visitante muy superado que había
aceptado emocionado exhibirse copulando ante un tercero y con mayor razón al
tratarse del hijo de su ocasional concubina, pidió que se me permitiese un mayor
protagonismo durante el acto sexual, incluso indagó la posibilidad de conformar
un trío superado pero mamá no lo consintió y limitó mi participación solo a
exhibir los genitales en erección y a hacerme ella personalmente la paja para
que su visitante pudiera ver y recibir en el cuerpo mi flujo eyaculatorio en el
momento en que él también la estuviera dando dentro de mamá.

Tengo mis dudas, pero me alienta pensar que aquel estridente
orgasmo colectivo no fue fingido y que se trató de un concierto tripartito de
goce culminante, con algún mérito por mi participación en ese memorable clímax
materno.
Mis aspiraciones no llegaban tan lejos como para pretender
penetrar genitalmente alguno de los íntimos orificios de mamá. Solo me limitaba
a soñar con ello. Yo sabía de antemano que eso ella jamás lo permitiría. Tal vez
no debido a sus convicciones morales que no eran muy sólidas, sino más bien, por
que su disfrute conmigo consistía en humillarme y hacerme sufrir provocándome
sexualmente sin permitirme ningún privilegio marital.
Pero algo me inquietaba y me atormentaba revoloteando
constantemente entre mis pensamientos. La había visto, tocado y olido por todas
partes y en diversidad de circunstancias. La había escuchado en sus momentos más
íntimos y privados. Ninguna de sus expresiones resultaba extraña para mí. Pero…
¡¡¡Y su sabor!!! ¿Cuál sería su más íntimo sabor? ¿Qué gusto tendría el néctar
proveniente de sus entrañas? Como deseaba meterme entre sus piernas y paladear
sus prominencias genitales. Degustarlas y estimularlas en un rito interminable.
Y si realmente sus orgasmos eran eyaculatorios, tal como ella pretendía
manifestarlos, con que gusto recibiría en la boca hasta la última gota de su
placer.
Tal deseo era imperativo, más fuerte que mi voluntad y que el
respeto por mi madre. Sabía el riesgo que me significaba tal pretensión, pero mi
instinto animal pudo más que mi razón y ecuanimidad.
En cierta oportunidad me encontraba vistiendo a mamá para una
de sus citas sexuales. Como de costumbre, yo estaba muy cachondo y en completo
estado de erección. Pude apreciar claramente aquel inconfundible bailecito, casi
imperceptible, en las pupilas de mi madre. Esto siempre le ocurría al verme
deseoso y excitado. Es ahí cuando empezaba con sus malévolas bromas. En esta
ocasión a diferencia de las otras se abstuvo de sus burlas, pero el titileo
ocular continuaba sin que ella se percatase de mi atención en aquel detalle.
Mi excitación iba en aumento y la verga me quería reventar.
Continuas contracciones genitales involuntarias dejaban en evidencia mi severo
estado de apetencia sexual. Hice un tremendo esfuerzo para que todo pareciera
natural. Pero sabía que ahí algo se estaba cocinando.
Como quien no quiere la cosa le pedí a mamá:
Mami que agradable es tu fragancia de baño… Por favor ¿Me
dejas sentirla en toda su intensidad?, ¿Si mami porfa?
Claro mi niño, puedes olerme cuanto quieras. Total
siempre lo haces y sin pedirme permiso. – Me respondió tratando de
darle a sus palabras la mayor naturalidad del mundo.

Ella estaba sentada al borde de la cama y yo de rodillas casi
metido entre sus piernas abrochando el portaligas a una de sus medias de nylon.
Sin mas palabras de por medio, estampé la nariz en uno de sus bombeados pezones
y jalé con las fosas todo el aire que pude.
Talvez ella no esperó tanta avidez de mi parte y la tomé un
poco por sorpresa. Le sentí un leve estremecimiento y me armé de valor. Di un
gran salto nasal desde aquel delicioso pezón hasta su brillante pendejera y con
las manos me aferré a sus poderosas caderas. Pude captar ese olor característico
en ella cuando estaba cachonda. Sentí aquella conjugación deliciosa de ambas
fragancias, la de las sales aromáticas y las de su coño cuando se ponía pedilón.
Al tenerme tan cerca de su más oculta intimidad, dudó un
instante y separó un poco los muslos como si se tratase de un acto reflejo, o
talvez queriendo retarme, segura de que no me atrevería a tanto. Pero eso me dio
la oportunidad de meter la cara entre sus piernas y mamarle la protuberancia
vulvaria como si mi boca fuese una verdadera sanguijuela. Me aferré a su
clítoris con toda la fuerza de mis labios, mientras lo abofeteaba enérgicamente
con la lengua.
Ejerció un resuelto repliegue, juntando decididamente las
piernas y empujándome la cabeza decididamente para alejarla de su cuerpo.
Mientras vociferaba alteradamente:
¡¡¡Animal!!!... Retira tu sucio hocico de ahí. Que te has
creído, ¿Como osas babosearme el coño? ¿Acaso no sabes que debo estar
impecable para mi cita? Ahora tendré que volver a higienizarme y estoy sobre
la hora. Pero luego ya hablaremos sobre esto. Con que te aloca mamarle el
coñito a mamá ¿Noooo?, Depravado… yo te voy a dar de mamar coño, pero bien
cargado de semen, a ver si eso te gusta y aprendes a respetar a tu madre.
Nunca antes una amenaza malévola me había sonado a tan
anhelada promesa. ¿Que tan radical y antagónica puede resultar tal diferencia de
criterios? La sanción con que mamá planeaba castigarme significaba para mí el
más dulce de los sueños. No me interesaba en lo más mínimo la cantidad de semen
que le chorreara de entre las piernas, en lo único que pensaba yo, era en tener
entre mis labios su exuberante sexualidad y poder juguetear a mis anchas con su
corpulento clítoris y si para eso debía beber litros de licor seminal no me
significaba ningún escarmiento comparado con el placer de entrar en contacto
oral con mi mas añorado tesoro. Durante toda aquella cita permanecí inquieto e
impaciente.

Sus típicas expresiones de satisfacción y los gemidos de
entrega a los que me tenía acostumbrado durante sus sesiones sexuales, ahora me
sonaban diferente. Las sentía como si estuviesen siendo dedicadas a mí. Aunque
en el fondo de mi corazón me debía resignar a aceptar que lo único que sentía
por mi era desprecio y lástima. El corazón me latía con fuerza, me sentía
sumamente excitado y no veía la hora en que el extraño terminase por largarse.
Oculto detrás de la cortina de su habitación pude apreciar la energía con que
sacudía sus caderas, cabalgando sobre el extraño, en su afán por brindarle el
máximo placer. Su voluptuosa expresión, sus sensuales movimientos y su
descontrolada y entrecortada respiración me dejaban saber que la cita estaba por
culminar. No pude evitarlo pero me bastaron unas cuantas jaladas de prepucio
para que me estallara el bálano en una interminable sucesión de chisguetazos
seminales.
Sin embargo, tal sería mi estado de apetencia que no bien
había terminado de retirarse el extraño visitante, ya me encontraba nuevamente
luciendo una tremenda erección. Luego de despedirse brevemente, mamá regresó
súbita a su recámara y me dijo:
Pasa de una buena vez mozuelo incorregible, ni pienses
que me he olvidado de tu castigo. Aquí te estoy esperando cargadita de
leche. ¿No me querías mamar el coño muchacho desvergonzado?... Pues ahora
vas a tener que hacerlo por las buenas o por las malas y ni pienses en
resistirte por que esta vez no podrás eludir la sanción.
Deseaba dar un salto felino y aferrarme a sus genitales de
manera que nadie pudiese separarnos, pero haciendo un gran esfuerzo me controlé
y me acerqué a ella cariacontecido y sin pronunciar palabra alguna.
Así es que queriendo pasarse de listo con su madre ¿No?
¡¡¡Perro descarado!!! Ya vamos que esperas, empieza a tragar toda esta leche
hasta que me dejes limpiecita. – Me lo dijo recostada sobre el
costurero, mientras separaba las piernas y se palmoteaba la vulva.

¡¡¡Cuidadito con querer mamarme el clítoris!!! -
Fueron sus primeras palabras.
Tú limítate a limpiarme bien el coño y solo puedes poner
tu lengua en la entrada vaginal. Ya sabes, eso, solo eso y nada más que eso.
Empecé obedeciendo sus instrucciones, pero no dejaba de
relamerle las inmediaciones del capullo, sin llegar a tocarle el botoncito
eréctil con la lengua. Solo le respiraba con fuerza en el coño y no
desperdiciaba oportunidad para rozarle el clítoris con la punta de la nariz.
Para mi regocijo noté que su crestita genital comenzaba a crecer y endurecerse y
a su vez se hacía evidente cierta inquietud en la hembra. Cimbreaba como yegua
de pura sangre. Solo atiné a decirle:
Mami… me duelen las rodillas. ¿Por favor podríamos
pasarnos a tu cama?
Levantó la mirada y yo ya estaba en pié, luciendo una
erección digna de exhibirla en un museo. Clavó la mirada en mi protuberancia
genital y luego se produjo el inconfundible temblorcito ocular.
¡¡¡Perro maldito!!! ¡¡¡Eres un perfecto perro maldito!!!
¿Armado como un animal en celo con el castigo que te impone tu madre? No se
que voy a hacer contigo. Acuéstate inmediatamente sobre la cama que yo te
voy a enseñar a tomar leche de coño. Y ni protestes por que la tienes bien
ganada. ¡¡¡Si que eres un verdadero perro, ahora te voy a hacer lamer como
un animal!!!
De un jalón me hizo caer sobre la cama y ella prácticamente
se sentó sobre mi cara. Tenía gran dificultad para respirar. La punta de mi
nariz quedaba prácticamente abotonada en su orificio anal, en tal forma que era
preciso levantarle las nalgas con ambas manos para separárselas y poder inhalar
oxígeno. Desde mi nueva posición, luego de lograr relativa comodidad, tenía yo
el más deslumbrante de los paisajes. Justo a la altura de mis ojos mami lucía su
sonrosado ano teniendo como marco sus orondas nalgas entreabiertas por mis
manos. Desde allí podía apreciar con certeza que aquel delicioso orificio
también había sido objeto de nutrido tráfico carnal.
Le pedí a mamá, casi le imploré que inclinara el tronco
ligeramente hacia delante para poder respirar. Aquel pretexto me resulto muy
útil también para darle buen curso al cunilingus que venía tratando de tramitar.
Con cada pasada larga de lengua por su intimidad, hacía un movimiento con las
manos para separar sus nalgas y luego juntarlas. El meneito fue tomando compás
con la ayuda de mi gran verga erecta que acompañaba el ritmo con coquetones
respingos. Ella había logrado su comodidad apoyando las manos a los costados y
colocando el cuerpo hacia delante, de modo tal que mi hinchado y juguetón
cabezón genital quedaba también a corta distancia de sus oscilantes ojos.
Emocionado descubrí que todas las sensaciones erógenas que
mamá se cuidaba de ocultar, quedaban registradas en sus involuntarias
pulsaciones anales. Y efectivamente cuando estas se hicieron más frecuentes e
intensas me animé a infringir sus órdenes y procedí a posar la boca sobre su
cuerpecillo eréctil y si que lo tenía bien parado y jugoso. Hinchado y duro como
una cresta de ganso, pero suave, terso y lubricado como una cereza en almíbar.
¡¡¡Ya suficiente castigo por hoy!!! - Dijo
decidida, interrumpiendo mi deleite.
Estoy seguro que aquella interrupción se debió a que había
notado que las fuerzas le flaqueaban y ya comenzaba a perder el control.
Mami porfa… déjame terminar mi castigo para que te puedas
burlar con ganas – Le pedí.
Muchas veces sus burlas solo terminaban después de haberme
visto eyacular, para que no quedara duda de que ella estaba en lo cierto. Es
decir que yo era un maldito depravado por desear el coño de mi madre.
Bueno muchacho, pero de prisa que esto ya es demasiado.
– Aclaró un tanto sofocada.
Si mamita me voy a dar mucha prisa. – Le
respondí.
Fiel cumplidor de mis órdenes, procedí al lengüeteo ágil y
vigorosamente, comprobando que había tomado la ruta acertada. Sus continuos e
involuntarios estremecimientos y la desacompasada vibración anal cada vez que mi
lengua le rozaba el sensibilizado clítoris, resultaban siendo inequívocas
señales de un bien encaminado orgasmo. De pronto la escuché decir:
Niño ya… acaba de una vez… ¡¡¡Niño sííííííí!!!... ¿Ya
acabasssss? – Pero me lo dijo en un tono que no era el que siempre
había usado conmigo.
Sí mami ya voy a acabar prontito, pero porfa ayúdame un
poquito ¿síííííííííííí´? – Le pedí con ternura, como siempre ella me
exigía que le hable.
¿Cómo le hago mi niño para que termine? – Me
preguntó cándidamente.
Tú sabes muy bien esas cosas mamita. Hazme como más te
guste. - Le respondí pensando que solo me jalaría el prepucio para
que me corra.
Grande y maravillosa fue mi sorpresa cuando se metió todo el
cabezón en la boca y se le vino un enorme orgasmo mientras me la chupaba
arreglándoselas para dar gritos desaforados. Mi emoción fue tan intensa que me
corrí de inmediato, a costa de dar por terminado mi grato castigo.
Compensatoriamente, mami también bebió abundante leche y lo
principal fue que el tabú sexual entre nosotros se quebró en aquella
oportunidad. Con el tiempo mamá le fue agarrando el gusto a mi verga y se
deleitaba mamándomela.

Mi compañía sexual se le hizo imprescindible y ahora soy su
marido en el pleno sentido de la palabra. Disfrutamos nuestra relación sexual en
todas sus formas y variantes. También hemos aprendido a diferenciar su actividad
laboral de lo que es nuestro disfrute sexual. Ella me asegura que todos los
supuestos orgasmos con sus visitantes son fingidos. A mi no me queda más que
creerle y admirarla por tan buenas actuaciones. Lo que si puedo asegurar es que
las corridas que se da conmigo son monumentales. Especialmente cuando la enculo.

Según me asegura, ahora es ella la que anda loquita por la
verga de su hijito, o sea por la mía peeeeee.

Pero debo confesar que la gran atracción sexual y ese
enfermizo e insaciable deseo carnal es reciproco. Ahora somos muy felices y en
la cama, ¡¡¡juntos somos dinamita!!!