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Fecha: 16-Feb-07 « Anterior | Siguiente » en Amor filial

Abuelo y Nieta - nuestra primera cogida

Enrique
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Tiempo estimado de lectura: [ 14 min. ]
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En una lluviosa y fría tarde de invierno, el abuelo viudo y la nieta de 18 años buscan calentarse en la cama y terminan en una fabulosa relación del mejor sexo. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a
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Abuelo y nieta – nuestra primera cogida

Quería comenzar relatándoles mi bella relación sexual con mi nieta Carolina, contando lo qué hicimos y cómo gozamos el día de mi cumpleaños 67, hace poco, en enero de este año. Carolina, que coge conmigo ya 4 años y medio, tiene idéntica afición por el sexo, como lo tenía en vida mi esposa Juanita, o Juani, como familiarmente sigue llamándose, porque sabemis que, aunque físicamente ya no está aquí, desde alguna parte está con nosotros y goza tan intensamente con nosotros dos nuestras atrevidas aventuras sexuales, porque a ella también le encantaba el sexo loco.

Tengo prácticamente escrito el relato de las recurrentes cogidas que Caro me regaló para mi cumpleaños, y cómo yo se las devolví con creces. Tengo escrita, a poco de terminar, la historia de nuestra sexualidad sin tabúes, la de nuestra familia, quiero decir, que arranca allá por la mitad de la década de los 1960, cuando Juani y yo nos conocimos en una infernal orgía post-carnaval.

Pero creo que para no desorientarlos, mejor empecemos por este título, cuando Carolina, de 18 años entonces, me pidió por primera vez que la poseyera sexualmente. Así que, ahí va:

Poco después de la muerte de Juani, Carolina entró definitiva y raudamente en mi vida y le dio nueva alegría y nuevo sentido.

Carolina, Carito, es mi nieta mayor. Se parece muchísimo a Juani, física y psíquicamente. En lo físico es de la misma estatura como fue mi Juanita, más o menos 1,65 metro, las mismas caderas anchas y el culito redondo, respingadito, generoso. Hermosas piernas, una cinturita bien chiquita y unos buenos, opulentos, duritos pechos. Los de Carolina hasta son un poco más voluminosos y tentadores que los que tenía mi extinta esposa. Caro es igual de alegre, igual de fogosa e impulsiva, con un carácter quizá hasta un poco más fuerte aun que la finada abuela Juani.

Desde que Carolina nació, siempre hubo la mejor onda entre ella y mí, su abuelo, o simplemente "Henry", como ella me puso de apodo hace mucho tiempo. Una, porque fue la primera nieta, con la que siempre los abuelos suelen "chochear" más. Pero no sólo eso. Siempre... Desde bebé que aun no caminaba, siempre hubo una gran afinidad entre nosotros dos. Bastaba una mirada, que nuestros ojos se cruzaran y ya estábamos de acuerdo. Transmisión de pensamientos, comunión de ideas, como quieran. En sus juegos de criatura, en nuestras comunes travesuras, en darle yo sus gustos, sin que eso significara que yo la malcriaba. Pero había siempre una hermosa unidad de ideas, de criterios entre nosotros dos. Ya más grande Carolina, cuando se hablaba en familia de algún tema y Carolina opinaba, muchas veces me ganaba de mano, – me gana aun hoy – diciendo exactamente lo que yo pensaba, lo que yo estaba a punto de decir. Entonces yo la miro, ella me mira a mí... y una mutua sonrisa confirma nuestra afinidad.

Durante la primera infancia de Carito aun vivíamos todos en el campo y ella pasaba mucho tiempo con Juani y conmigo. De bebé dormía en nuestra cama, entre Juani y yo. Y la corríamos a un costadito o la poníamos unas horas en su cunita cuando cogíamos, durante nuestras constantes orgías de loco sexo. Al principio, Carolina bebé, ella no sabía qué pasaba con "Juani y Henry" y por qué estaban tan contentos y felices. Y por qué, si Henry la "pinchaba tanto con su pito", Juani aullaba de contenta.. Ya a partir de sus 3 añitos, cuantas veces no nos ponía en algún aprieto cuando contaba a todo el mundo con su infantil ingenuidad, "cómo y cuánto se amaban los abuelos". Por suerte, a mi hija y mi yerno les encanta coger con el mismo desenfreno y la falta de tabúes como nos gustaba a mi y a Juani cuando ella vivía. Y por eso también, Carolina pasaba largas temporadas en nuestra casa, en especial cuando ya nos habíamos mudado a la ciudad de Salta, cuando mi hija ya tenía varios hijos. Porque, como ella, la mamá de Carolina, es tan adicta al sexo, cuando está embarazada, ella no puede parar de coger y casi no tiene tiempo de atender los chicos. Basta que mi yerno esté en la casa, ya mi hija quiere coger. No sé que "fiebre" le da en su vagina, pero apenas se embaraza, se pone impresionantemente caliente. Y entonces mi yerno, que tampoco quiere desaprovechar ese estado de transfiguración, delega la mayoría del trabajo del campo en sus asistentes, mandaba a Carito, la mayor, a nuestra casa, y los dos se pasan días enteros en su cama, cogiendo, cogiendo, cogiendo. Es maravilloso y contagiante, escuchar los gemidos de mi hija en ese estado a través de la puerta que pocas veces está cerrada. Cuantas veces, de visita en su casa, Juani y yo nos echamos un rico polvo, contagiados del ambiente de calentura que, cogiendo, creaba mi hija.

En ese ambiente se crió Carolina. El desenfreno sexual de los abuelos y de mami y papi, para ella era algo natural, conocido y acostumbrado. Y la ponía feliz y contenta, sentirse rodeada siempre por tanto sincero, genuino y ardiente amor.

Cuando Caro terminó la escuela primaria, vino a casa, a Salta, para asistir al colegio secundario, que obviamente no voy a decir cual es, para que algún salteño, compañero de escuela de aquel tiempo y casual compañero de Universidad de ahora – porque los hay varios – cuando lea este relato, no empiece a querer descubrir, de qué Carolina se trata. Porque en mi relato, la mayoría de los hechos más calientes son reales.

Los fines de semana, Carito los pasaba en el pueblo, en la finca de sus padres. Hace unos 6 años atrás, cuando Carito tenía 15, ella tuvo un romance de niña con un chico del pueblo, algo mayor que ella. Fue cuando tuvo su iniciación sexual. Pero al poco tiempo ella vio que la cosa no funcionaba y decidió terminar. Como el chico no lo tomó de la mejor forma y reaccionó mal, Carolina decidió, por un tiempo, no volver los fines de semana al pueblo. Inclusive, en esos frecuentes momentos de comunión intelectual que ya les conté que tenemos, propios de Carolina y yo, ella alguna vez me confesó: "Henry, cuando íbamos a la cama y hacíamos el amor, yo hacía lo imposible, pero de él nunca hubo ese fuego que hay entre vos y la abuela o entre mamá y papá cuando hacen el amor".

Al poco tiempo sobrevino la inesperada muerte de Juani. Yo quedé realmente destruido, casi sin ganas de seguir viviendo. Para qué aburrirlos con mi estado de ánimo, si resulta fácil darse cuenta de cómo puede sentirse un activísimo "cogedor" de toda la vida, al que de golpe lo expulsan violentamente del paraíso sexual. Fin. Punto. Se terminó.

Carolina también se puso mal, de verme tan deprimido. Hizo muchos esfuerzos para ayudarme a superar mi estado, para recuperar mi ánimo normal. Fue en esas circunstancias, que Caro tomó cabal conciencia de que, ante todo, ella ya era una mujer. Y que yo, "también ante todo", era un hombre. Y que lo de nieta y abuelo era pura casualidad

Como a Caro también le encantaba el campo y la agronomía – entonces tenía 18 años y recién cursaba el tercer años de los cinco de la clásica secundaria argentina – en las vacaciones de invierno del 2003 me acompañó a nuestra otra finca, en Lajitas, departamento de Anta, donde producimos soja y estábamos en plena cosecha. Cabe decir aquí, que yo soy ingeniero agrónomo y productor agropecuario en la provincia argentina de Salta

Durnate los 10 días de invierno que pasamos allá, hacía un frío de aquellos. De día pasábamos en el campo, yo, supervisando la cosecha. Y Carolina no me perdía pisada, siempre al lado mío, preguntando todo, porque eso la apasiona. Muchas veces, riendo, me abrazaba y me decía "Henry, que lindo...esto me fascina". "Es que somos el uno como el otro, Carito,... somos como el uno para el otro" le dije yo. "Ay, Henry, abuelito, cómo te quiero", sonrió ella, sus dos brazos alrededor de mi cintura, mientras mi brazo derecho la apretaba con fuerza contra mi costado. Habré hecho una mueca de dolor, mis pensamientos vagando por mi perdida felicidad, que la nena me dijo "Henry, no pienses en la abuela, viví el presente, sí?" Y me convenció. Y de reojo, la miraba, la admiraba a Caro. Es que ese cuerpito joven, ese físico era realmente admirable. Cada vez se parecía más a Juani, a Juani que a esa precisa edad que ahora tenía mi nieta, a los 16, se metió primero en mi cama y después y hasta su muerte, en mi vida. Ese envidiable y portentoso culo que Caro había desarrollado en los últimos tiempos y que luchaba por salir de la prisión de sus ajustados jeans, ese par de divinas tetas, que toda la ropa de invierno y el amplio pullover no lograban disimular. Un verdadero encanto de joven mujer, mi adorada nietita!

Una tarde empezó a lloviznar y hubo que parar la cosecha. El frío calaba los huesos. Volvimos a la casa. Yo avivé el fuego de leña en el gran hogar para calentar el ambiente.

Carito fue a la cocina, a preparar un chocolate humeante, de esos que te queman la garganta. Ideal para el frío que hacía.

"Caro, yo me acuesto, me voy a la cama. A ver si así entro un poco en calor" le dije. Me quité la ropa y me metí debajo de las mullidas frazadas. Aquí cabe acotar que siempre duermo desnudo. Tanto Juani como yo, toda la vida dormimos así. Es que así se encendía la pasión con más ardor.

Llegó Carolina con 2 tazas de chocolate humeante. Se sentó en el borde de la cama y yo me incorporé un poco. Charlamos de todo un poco, como nos gustaba charlar siempre. Ese lindo ambiente de mutuo entendimiento y comunión que los dos amábamos, desde casi el nacimiento de Caro. Hablamos de la cosecha, de la soja, del mal estado del pavimento de la ruta 5. Hasta que volví a hacer una involuntaria mención de la abuela fallecida. Caro hizo una mueca de fastidio y me acarició la cabeza: "Ay abuelo! Otra vez... déjala ya en paz a la abuelita!" Dame tu taza, las llevo a la cocina. Y después me acuesto a tu lado, como lo hacía de chica, dale? – Así los dos nos damos calor.

Desapareció con las tazas y al minuto volvió. La miré y no podía decir nada. Se había soltado el pelo. Tenía puesto nada más que uno de sus cortitos camisoncitos transparentes. Ni corpiño ni bombacha se notaban debajo. Una rayita oscura debajo de su ombligo insinuaba que se depilaba parcialmente su conchita. Unos regios pezones acompañaban el baile de sus liberadas tetas cuando se fue acercando a la cama. Levantó las sábanas y frazadas y de un salto se metió adentro. Ella sabía perfectamente que yo estaba completamente desnudo. Igualmente se apretó contar mi costado, me abrazó y dijo: "Brrrrrrrrrrrrrrrr, que frío, abue, abrazame que tengo frío... que calentito ya estás, abue, qué lindo". Puse mi brazo izquierdo debajo de su cabeza y la atraje hacia mi. Con la mano derecha le friccioné enérgicamente sus piernas para que entrara más rápidamente en calor. "Estás helada, mi amor. No te me vas a engripar" le dije, mientras que la frotaba. "No, Henry, no. Haceme masajes así, uy, que lindo! Qué calentito! Qué calentito estas, abue!"

"Vení, chiquita, acercate más a mi costado, así te caliento" le dije.

Me dí un poco vuelta hacia ella y la acerqué más a mi. Para eso, sus piernas, sus muslos carnosos, ya varias veces habían rozado mi pija. Yo no pensaba en nada, estaba como en trance. Y la situación me gustaba. Al diablo con los prejuicios, los tabúes, qué nieta ni qué abuelo! Cuánto hacía, desde la muerte de Juani, que no estaba así con una deliciosa mujer!

Estuvimos así un largo rato, apretados, calentándonos, sin hablar. Saboreábamos en un silencio más elocuente que 1000 palabras, como se unían nuestras almas como nunca antes habían estado unidas. Insisto en que siempre hubo mucha onda entre este abuelo y su nietita. Pero nunca como ahora. Y, como embriagado, yo sentía emocionado, que Caro estaba experimentando lo mismo. Al rato, casi eché a perder el embrujo extraordinario de ese momento. Me encantaba el aroma que exhalaba el cuerpo de esta deliciosa mujer, carne de mi carne. "Que rico perfume" dije. Y no pude decir más.

 

 

 

. Caro acercó su deliciosa boquita a mi cara y con un apenas perceptible susurro dijo "Shhhhhhhhhhh...no rompas el hechizo!" y me estampó con fuerza sus carnosos labios sobre los míos. En ese instante me pasó la letra del bolero por mi mente: "...quiso decir no sé que cosa, pero cerré su boca con mis besos"...

Y realmente, como continua el bolero... "así pasaron muchas, muchas horas". Yo me callé la boca, además de que igual no podría haber hablado. Caro me siguió besando, metiendo su lengua en mi boca. A ella se sumó la mía. Nuestras lenguas se enfrascaron en un sensual juego erótico que iba en aumento. Ya nadie pensaba en el frío atroz que hacia fuera. La casa estaba agradable y bajo las sábanas ardía un fuego infernal. El muslo derecho de Caro descansaba sobre mi pija dura. Caro ni se inmutaba y seguía besándome y acariciando mi cara. Entonces yo, que seguía acostado sobre mi espalda, giré sobre mi costado izquierdo para poder estar frente a Caro. En ese instante ella, con un rapidísimo golpe de mano se sacó su camisoncito y los dos quedamos uno frente al otro, totalmente desnudos, por primera vez, y fuerte, íntimamente abrazados. Carito paró un instante. Apartó su cabecita de la mía y me miró. Siempre callada, hablando sólo con la mirada, con el hechizo que ella irradiaba. Me miró seria, fijamente, un buen rato. Luego, mientras que se acomodaba, mientras acomodaba mi dura pija entre sus muslos y la apretaba contra sus labios vaginales, se le escapó en un suspiro, un "aaahhhhhhhhh, hace cuanto que yo esperaba esto, cuánto soñé con este momento!". Yo, medio muerto de felicidad, a la vez de sorpresa y por qué no asombro y desconcierto, sólo atiné a decir un "mi amor, mi dulce chiquita".

"De ahora en más, Henry, mi amor, te pido, te ordeno una cosa. Nunca compares. Nunca digas un "como lo hacía la abuela. Yo soy yo. Quiero que me ames a mí, que me quieras, que me mimes, que me lleves hacia el séptimo cielo de los más explosivos orgasmos, prometido, mi amor?"

Como un autómata dije un "si" que me pareció lejano y ni yo lo entendía. Qué estaba haciendo yo con mi nieta?

Pero un nuevo empujoncito de Carolina me sacó de mis pensamientos. Por la presión que ella hacia sobre mi pija, consiguió separar los labios vaginales y meter el glande en su conchita. Noté que estaba totalmente mojada y muy tibia...qué placer...No podía ser real... yo, cogiéndome a mi nieta? Más movimientos de Caro y mi pija entró un poco más. Caro empezó a gemir despacito de placer. Y ahí explotó. Casi a los gritos, con desesperación, me imploró: "Cogeme, abuelo, por dios te lo pido, cogeme, cogeme, por favor".

Como en trance traté de darme vuelta, despacito, para que la cabeza de mi miembro no escapara de su dorada prisión. Quedé sobre ella, sobre su barriguita. Un rápido pero enérgico movimiento de sus potentes muslos pulposos, y me rodeó por atrás con sus piernas. Las cruzó detrás de mis nalgas e hizo presión, empujándome dentro de su ardiente y mojada cuevita de amor, lanzando un fuerte aullido de placer. "Acostate en mis tetas, abue, quiero sentirte encima de mí". Me perdí en esas tetas de mi niña-mujer, empujé un poco más y toda mi pija se hundió en su sexo, haciendo contacto con el fondo de su vagina. Un nuevo suspiro de placer. Así nos quedmos inmóviles por un instante. Nuestras caras enfrentadas, nuestros ojos enfrentados, nos mirábamos fijamente, miradas de hondo gozo, de inmenso placer, de íntima comunión, de sentirnos los dos uno solo, como muchas veces nos habíamos sentido, pero nunca con tanta, infinita profundidad. "Te quiero, abuelo, como a nadie" susurró ella, sin siquiera una sonrisa en los labios. Con una expresión tan seria en su cara, que reforzaba por mil el inmenso placer que ella estaba sintiendo. Le di un beso en su boca y le dije "desde tu nacimiento te amo, mi chiquita. Pero nunca, ni en mis más locos pensamientos, imaginé que esto pudiera darse. Gracias, mi amor. Simplemente eso...gracias"

Fue ella, la que comenzó a moverse. Entre suspiros de gozo, su cadera empezó a girar suavemente. Buscaba exponer cada milímetro del interior de su vagina a la presión de mi pene duro. Apretaba los muslos como para aumentar la presión, aumentar la sensación de placer que le producía nuestro maravilloso coito. "Cogeme" suspiró con ansias..."Dale"

Muy despacio empecé a bombear. Afuera...adentro...afuera...adentro. Sus jadeos se hicieron más rápidos y más intensos. No iba a hacer comparaciones, mucho menos con la finada abuelita de Carolina, mi esposa... Pero en casi 40 años de intensísimo y super-frecuente sexo con Juanita, algo, que digo, muchísimo, bah...todo, me lo había enseñada ella. Y la infinita práctica. Si algo sé casi a la perfección, es nuestra propia versión del Kama Sutra, la de Juani y mía. Y esto se lo quería regalar a mi querida nieta, al menos esa sorpresa. Ya que tanto decía que le gustaba el sexo, le iba a regalar tanta intensidad que ella ni se podía imaginar.

Fui aumentando el ritmo del coito, de a poquito, siempre un poco más rápido. De la misma manera se fueron haciendo más intensos los jadeos de Carolina. Sus muslos me apretaban en lo que ya casi era un espasmo. Sus uñas se clavaban en mi espalda. Al ritmo creciente de nuestra cogida iba exclamando, entrecortado, Henry...abue...abueloooo!...dale... dale..... más...más fuerte......ah...ahhhhh....ahhhhhhhhhhhh!. Entonces retiré mi pene casi por completo, casi salí de ella y me detuve un instante para provocar su ansiedad, que no tardó en manifestarla. Me miró expectante, como preguntándome: "¿y ahora?"... pero me anticipé a su ruego...fulminante, como un rayo, como un misil, mi pene la penetró desde sus labios hasta el último fondo de su vagina. Una exclamación. Un grito que denotaba máximo placer, a la vez que sorpresa, fue su respuesta. Y volvía a salir de ella, ahora por completo, con la velocidad de la luz. Y de nuevo hasta el fondo. Con ese vigor siguió nuestra fenomenal cogida, afuera del todo yo, y de nuevo, un tremendo flechazo hasta el fondo del alma de Carolina. Y a toda velocidad, a toda máquina. Yo transpiraba como loco, a pesar del frío que hacía fuera de la casa. Ahí sí, Carito empezó a gemir y jadear, a balbucear sonidos incomprensibles que le surgían de lo más hondo. Y yo seguía, seguía, seguía. Ese es uno de mis secretos, mis habilidades. Lo practicamos tanto con Juani, durante casi 40 años de incansable y frecuente sexo. Lograr yo el máximo aguante, nada de eyaculación precoz. Lograr el máximo autocontrol. Y vaya si lo habré aprendido!

Al ratito, Carolina llegó al paroxismo, al máximo de su placer. Una fuerte contracción sobre mi pija que volaba para afuera y adentro de ella, me confirmó su primer e intenso orgasmo. Yo diría que la mayoría de los hombres en idéntica situación, con máxima excitación, cuando el orgasmo de su mujer les presiona tanto el pene, ya pierden el control y también se pierden en un maravilloso orgasmo. Pero yo aprendí a demorar el mío por bastante tiempo, para gozar cómo mi cogida la lleva a la mujer a la cresta de una larga ola de recurrentes orgasmos, orgasmo múltiple, el sueño de toda mujer, que en la mayoría de las mujeres nunca pasa de eso: un sueño. Después, mucho después, Carito me dijo que había creído que ahí terminaba todo por ese día, que yo también me vendría, que los dos después íbamos a gozar abrazados la hermosa cogida que habíamos tenido. Pero nada de eso. Cuando sus fuertes gemidos orgásticos se hicieron un poco más suaves, yo interpreté la señal, querida y familiar señal aprendida de la abuela Juani, que el orgasmo declinaba. Ahí arremetí con más fuerza y vigor, cambiando un poco el estilo, sacando bastante mi pene y excitándole su clítoris con mi glande, un cambio para ella imprevisto pero excitante, que al instante reavivó su placer y le regaló el segundo clímax orgásmico. Después invertí el estilo de cogida, metí mi pija hasta el fondo de su dulce cuevita y con mi culo haciendo movimientos de la danza del vientre de las odaliscas árabes, mi pija entró en rabioso contacto con toda la periferia de su vagina, el glande, apoyado como destornillador en el fondo de la vagina. Una nueva explosión fue la respuesta. Caro estaba fuera de sí, se revolcaba gimiendo, solo gimiendo y jadeando, moviendo su pubis con total frenesí. Volví luego al mete-ponga total del comienzo, todo afuera-todo adentro. Y gozaba como antes con Juani con esa larga, casi interminable cadena de orgasmos que Carolina gozaba. Así estuvimos cogiendo como posesionados por más de una hora, hasta que noté que Caro estaba prácticamente exhausta, al límite de sus fuerzas y en el máximo absoluto del placer. Entonces, con unas certeras estocadas, como el torero español después de una brava lucha con su animal, decidí acompañar a Carolina en un último orgasmo y me vine dentro de ella en fuertes chorros de semen. Ella sintió muy fuerte el estímulo de mis chorros en su vagina super-sensibilizada, porque ese orgasmo fue como el doble de fuerte, gritó de placer, "aaaaaaaaaaaayyyyyyyyyyyyyyy!!!!!!!!!!!!!", en medio de tremendas convulsiones. Y se dejó caer semimuerta y feliz en la cama. Y yo, también tan exhausto como ella, sobre su pecho, sus divinas tetas bañadas en sudor.

Habremos estado fácilmente 10 minutos, jadeando los dos, abrazados, acollarados con mi pija, ya más fláccida, pero siempre profundamente dentro de ella. En ese instante, Caro me conmovió. Sentí que estaba llorando. Llorando en silencio, llorando de felicidad! La baracé más fuerte. La besé. Me incorporé un poco en la cama y la cobijé en mis brazos, la acariciaba y besaba! Mi chiquita, mi nietita, mi dulce mujercita. Fue tanto el placer, la felicidad, me dijo, que la emoción la venció. ¡Y lloró de alegría y felicidad! Por fin despertamos de esa locura. "Abuelo querido, mi hombre, mi macho, abuelito!...no lo puedo creer. Esto fue increíble. Ahora comprendo a la abuela, su felicidad... ay abue, gracias, gracias, no se, no tengo palabras..."

Le di un fuerte y prolongado beso de lengua que ella correspondió con pasión. Siempre mi pija en su rajita chorreante. "Cuando quieras, mi nietita del alma, lo hacemos de nuevo. Para vos tengo todo el amor que me queda en lo que me reste de vida."

Si les gusta, si quieren que les siga relatando, me avisan qué les pareció, a mi dirección [email protected]

 

 

"Chupame, abuelo", me contestó, mientras que nos desacoplábamos. Se acomodó en posición de 69, tomó mi pene semiduro y mojado y lo saboreó con placer y gusto. "Gusto a vos y gusto a mi, abue" dijo, mientras que yo hundía mi cara y mi lengua dentro de su caldera del diablo. Estabamos los dos tan inmensamente felices y a la vez físicamente rendidos. Carito se fue durmiento con mi pija ya fláccida en su boca, cerca de su boquita glotona, ya dando aisladas lamidas, hasta que se quedó totalmente dormida. Su dulce carita de criatura de 18 años, así, dormida, irradiaba una preciosa mezcla de ternura, de felicidad, de placer, de gozo y de profunda satisfacción. Ese fue para mi, el regalo de Carito. Saber cuan feliz yo la había hecho a mi nieta, cuánto se habia consolidado nuestra comunión que venía desde la cuna



© Enrique

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