TRES NO ES MULTITUD
Esta es una experiencia de una pareja que conozco. Podría ser
una de tantas historias, pero no lo es, porque para cada cual sus historias son
únicas, y porque además es una historia real.
Laura y Manu son un matrimonio muy bien avenido, pero algo
atípico, en el sentido de que, desde el punto de vista sexual, les encanta
adentrarse en terreno desconocido. Si no hay peligro, no hay diversión. Y el
peligro consiste en explorar nuevos horizontes, sabiendo que cada uno de ellos
es cómplice de los deseos del otro. Igual podrían tener veintitantos que
treintaitantos o cuarenta años. Eso es lo de menos. Lo fundamental es que su
sexualidad es tan ardiente y fogosa como cuando tenían veinte.
Hace tiempo que Manu sentía cierta comezón en su interior por
mantener relaciones sexuales con otro hombre. Su relación de pareja no podía ser
más satisfactoria, pero, a pesar de todo, sentía la necesidad de comerse una
buena polla y de tener a un buen macho al lado que pudiera darle, aunque sólo
fuera una vez, el placer que él anhelaba. Eso es en realidad lo que nos pasa a
todos los bi: nos encanta follar con mujeres y comer coños, pero con mayor o
menor frecuencia también sentimos la necesidad de probar carne de hombre. Muy al
contrario de lo que la gente suele pensar, no somos ambiguos, sino que lo
tenemos muy claro: nos gusta tanto la carne como el pescado. Y es que comerse la
polla de un tío cañón o dejar que te folle es un placer comparable a follarse a
una tía buena. Es una cuestión de gustos y de circunstancias. En fin, para no
desviarme de esta historia, diré que a Manu le apetecía cada vez más hacérselo
con un tío. Lo curioso de ello es que cuando se lo contó a su mujer, ella se
mostró encantada. Bueno, quizá no sea tan curioso después de todo, teniendo en
cuenta que a muchas mujeres les excita ver a dos hombres follando o comiéndose
las pollas, del mismo modo que a los hombres heterosexuales les encanta
contemplar a dos mujeres devorándose. En el caso de Laura, siendo como es una
mujer muy guapa y femenina, una de esas hembras que llaman “de bandera”, le
excitó poderosamente la idea de ver a su hombre, a su macho, a su galán,
satisfaciendo su apetito sexual con otro macho. No por ello su marido iba a
perder una pizca de hombría, sino que el hecho de follar con otro tío,
haciéndose ella también partícipe, haría a su hombre mucho más viril y deseable
a sus ojos.
El caso es que un día decidieron contestar a un anuncio del
periódico en el que se anunciaba un tío joven, de unos veintiocho años, bisexual
y, al parecer, con una polla enorme. Mientras esperaban a que el tío llegara a
su casa, se pusieron muy nerviosos, presa de la excitación y del miedo.
Finalmente, la espera concluyó cuando llamaron a la puerta y Manu abrió,
mientras Laura se quedaba sentada en el sofá del salón. Al abrir, se encontró
con un chico bien parecido, atlético y de rasgos duros y varoniles. Después de
las presentaciones de rigor y de cierta cantidad de alcohol y de charla banal e
intrascendente, una vez roto el hielo, pasaron los tres al dormitorio.
Laura se sentó en la cama, mientras su marido y el chico
permanecían de pie. Ella le dijo que se desnudara lentamente, ya que quería ver
con detalle qué es lo que tenía que ofrecerles a ella y a su marido, esperando
que lo que fuera a ver mereciera la pena. El chico se quitó la camiseta, dejando
al aire un torso atlético y con algo de vello, y luego se despojó de sus
pantalones, quitándose finalmente los calzoncillos, para mostrar una verga en
reposo muy gruesa y con pinta de ser considerablemente larga. Laura se relamió,
hizo una seña a Manu, que se acercó a la cama, y le dijo al oído que quería que
él se comiera primero ese jugoso pedazo de carne. A continuación, le dijo al
chico que se la fuera meneando poco a poco, comprobando cómo la polla del chico
adquiría un extraordinario grosor y se transformaba en la poderosa estaca del
semental que iba a partir en dos esa noche el precioso culo de su marido. El
hecho mismo de pensar que en poco tiempo semejante pollón iba a estar dentro del
culo de su marido, provocó instantáneamente en ella un escalofrío de placer que
le recorrió el espinazo, llevando instintivamente una de sus manos a sus bragas
y notando el principio de un orgasmo. Manu sonrió, le mordió la oreja y el
cuello con exquisita delicadeza y se preparó para devorar el pedazo de cipote
del joven que tenía enfrente. El tiazo estaba realmente bueno, con ese cuerpo
bien formado, ese aspecto chulesco de macarra y semejante rabo. Manu se agachó y
se llevó el manjar a la boca, cerca de 25 cm. de virilidad que apenas le cabían,
tan gorda era la pija.
Y no pudo introducirse en la boca más de la mitad de
semejante monstruo, por lo que se dedicó a chuparlo y a lamerlo en toda su
extensión. Decididamente, era mucho mejor chupar que tragar. Al fin estaba
cumpliendo uno de sus más íntimos deseos. Comerse una polla era un auténtico
gustazo, más si se trataba de un trofeo como aquel. La recorría con la lengua
desde el glande hasta los testículos, aspiraba el olor acre pero limpio de macho
que emanaba del poderoso sexo, sentía palpitar el instrumento cuando lo tomaba
con sus manos, la turgencia de las venas hinchadas, el falo salvaje e indómito
que parecía haber cobrado vida propia y que lo obligaba, cual sacerdote postrado
ante el altar del dios del sexo, a rendirle pleitesía.
Y mientras Manu se deleitaba en la felación, Laura se
masturbaba en la cama, toda sudorosa y roja de excitación, dejándose llevar por
la fascinante visión, alcanzando un orgasmo detrás de otro. En un momento dado,
como movida por un resorte ajeno a su voluntad, presa de un deseo cada vez más
febril y sintiendo que su mano ya no era capaz de saciar la sed de sexo que la
devoraba, se arrodilló junto a su marido y empezó a devorar también la polla del
chico. Es un momento realmente impresionante cuando tomas conciencia de que,
mientras le estás comiendo el rabo a un tío y te está encantando, tu chica está
al lado, mejor dicho, pegada a ti, y no sólo no le molesta lo que haces, sino
que te anima a hacerlo. Y fue una gozada cuando Manu, que saboreaba el
gigantesco cipote, se topó con la boca sensual de su mujer, la persona que más
quiere en este mundo, entrelazaron sus lenguas ardientes y se dedicaron a
masajear al unísono el pollón del chico. Sin embargo, el homenaje a una polla
tan soberbia no puede terminar ahí. No basta con tener semejante belleza en los
labios, es preciso sentirla dentro del cuerpo. Así que Manu se estiró en la
alfombra del dormitorio, se puso a cuatro patas y ofreció su trasero virginal al
placer de ser sacrificado a la ira del monstruo. El chico se acomodó detrás de
Manu, acopló el falo a la entrada del ano y, de varias estocadas, consiguió
rendir la plaza. El portón trasero fue destrozado por el enorme ariete de carne.
El chico no dejaba de empalar a Manu con su hermosa polla,
zas, zas, golpeando violentamente el culo, taladrándolo sin piedad, sus manos
asidas con fuerza a la cintura de Manu, jadeando como una pantera. Manu estaba
siendo poseído por el enorme falo que se deslizaba dentro de él y le desgarraba
con vivo placer las entrañas. Entretanto, Laura, que veía toda la magia del
macho primordial enseñoreándose de su marido, no había experimentado nada tan
deliciosamente excitante en su vida. Nuevos orgasmos estremecieron su cuerpo
ante la visión desbordante del deseo masculino en acción, de la plenitud de esos
dos machos poderosos que eran su marido y el joven, del impulso sexual del
varón en toda su pureza, cristalinamente violento, posesivo, arrollador,
auténtico deus ex machina hacedor de los acontecimientos. Pero ahora ella
quería, como hembra pletórica que era, ser tomada y poseída por varón, así que,
cuando el joven se hubo desacoplado al fin del cuerpo de su marido, se lanzó
frenética a los brazos de éste, para repetirse una vez más el juego del amor, el
ciclo vital incesante desde la noche de los tiempos. Laura se puso a cuatro
patas, apoyada en el borde de la cama, e invitó a su marido a que la penetrara.
Manu no se lo pensó dos veces, y con el culo aún dolorido por la follada que le
había pegado el chico, se folló a su mujer por detrás.
La posesión de su ojete no había sido capaz de apagar su
deseo sexual, puesto que él, como macho jodedor que era, sentía la necesidad de
follar. Ahora se sentía aún más enardecido. El enorme falo que lo había
taladrado había alcanzado su punto G, y presa de una fiebre sexual sin
precedentes, estaba ahora poseyendo el trasero de la hembra que tenía a su
entera disposición, no como marido y mujer, ni siquiera como amantes, sino como
macho y hembra unidos en un acoplamiento animal, salvaje y puramente instintivo.
Laura y Manu se habían dejado llevar completamente por el instinto. Para ellos
no había otra cosa que el placer físico de la cópula, ella chupando con ansia el
pollón reluciente y babeante del joven, que se había puesto delante de ella con
la verga nuevamente a tiro de boca, y balanceando su cuerpo hacia adelante y
hacia atrás, incrustándose en el movimiento la polla de Manu, que la enculaba
con brío aferrado a sus tetas, inclinando su cuerpo para lamerle la espalda,
fieras salvajes saciándose en el banquete de la cacería.
Cuando, al cabo de dos horas de sexo, Laura se hubo corrido
varias veces y los rabos de su marido y del chico hubieron quedado vacíos,
totalmente exhaustos, pensó que esa experiencia no iba a ser la única ni la
última, y que, si habían abierto brecha dejando que un tercero se inmiscuyera en
su vida sexual, no tenían por qué detenerse ahora. Habían gozado tanto, que no
tenían nada que perder, nada de qué arrepentirse.