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La dependienta más guarra
TODORELATOS » RELATOS » DESDE EL OTRO LADO
[ Aquellos son ricos, que tienen amigos. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 05 de Diciembre, 2008.
Fecha: 10-Feb-07 « Anterior | Siguiente » en Gays (5138 de 6573)

Desde el Otro Lado

Bordemar
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¿Cómo se siente uno cuando se da cuenta que su persona a la que ama se siente atraido por otra persona y todas las señales demuestran que se consumirá todo? Un atractivo extranjero se interpone en la relación de una pareja, convirtiéndose en una tentación para ellos. De todo esto trata esta historia. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Desde el otro lado.

Todo comenzó en una fiesta de Año Nuevo, en nuestro propio hogar. Mario y yo llevábamos siete hermosos años juntos y éramos la envidia de todo el mundo, porque en nuestro grupo de amigos, éramos la pareja más estable, más dichosa. Nunca antes Mario miró para el lado, ni siquiera me hizo el típico comentario de sentirse sexualmente atraído por otra persona: yo era la única fuente de su amor y deseos. Hasta que se apareció en medio Octavio. ¡Maldigo el día en que el muy puto de mi primo Marcelo entró aquella vez con su última conquista, un español al que conoció en una de sus tantas andanzas por esas dichosas discotecas! Para Marcelo era sólo cuestión de hacerse ojitos en la pista de baile, en la calle, el sauna o la micro, con cualquiera y al rato ya estaba acostándose sin siquiera saber el nombre de su nueva encamada; todo totalmente distinto a la romántica forma de cómo nos conocimos Mario y yo, allá durante nuestro primer año en la universidad.

Reconozco que Octavio es un tipo bastante atractivo, alguien por quién más de una persona, mujer u hombre se detiene en la calle para mirarlo con detención, y fantasear con poseer su tremenda belleza, su fuerte cuerpo, sus caricias. Incluso yo sentí algo cuando Marcelo me lo presentó, y él muy galante me dio un beso en la mejilla, para luego abrazarme de una forma que nunca antes, ni siquiera con mi marido, sentí. Creo mis mejillas se sonrojaron en ese momento y temí que Mario se diera cuenta del efecto que había provocado en mí ese hombre mediterráneo que estaba por entrar en nuestras vidas.

Yo estaba atendiendo a las visitas como siempre, preocupándome de que a nadie le faltara una copa de vino, champán o bebida, algo para comer, cuando los vi a ambos en el pasillo a solas, conversando con una sonrisa de oreja a oreja, como si se conocieran de toda la vida. Cada uno tenía un vaso todavía lleno en la mano, y estaban bastante cerca el uno del otro, sin respetar el típico espacio personal cuando se está frente a casi un desconocido. Marcelo estaba charlando con unos amigos de la época de la escuela, prácticamente olvidando a su nueva conquista, como si haberlo traído a nuestra casa hubiera sido un mero trámite para no venir solo a un evento social.

Ya eran las cinco de la mañana y se había ido casi todo el mundo, cuando fui a decirle a mi amor que por qué no despedía a los rezagados, para irnos a acostar de una vez. Me había pasado la última hora consolando a un colega porque su pareja lo había abandonado tan sólo en las vísperas de Noche Vieja, cuando me di cuenta que no estaban ni Mario, ni Octavio. Marcelo estaba durmiendo la borrachera en un sofá, como siempre. Salí a la terraza y allá los vi sentados, como viejos amigos, y Octavio se había sacado la ajustada camisa de lino blanco que llevaba, dejando al descubierto un poderoso y peludo torso del que se notaba estaba orgulloso. . Era un descarado. Mario no era para nada el típico chileno que después de años de vivir con su pareja "echa guata" por el gusto a la cerveza y la vida cómoda, al contrario, a sus cuarenta años aún conservaba la apariencia de estar entrando a los treinta, y todavía lo miraban bastante cuando salía a cualquier parte. Pero Mario no era Octavio y a su lado se notaban las diferencias. Yo no sentía celos de Mario, ni tenía miedo de que me fuera a poner los cuernos, pues sabía que me era fiel, pues estaba muy enamorado de mí, al menos eso creía con firmeza.

Octavio tenía apoyada una inmensa mano sobre un muslo de Mario, quien se reía, suponía, por algún chiste. Golpeaba un firme músculo con una familiaridad que me cargó. Sin embargo, pese a todo, su sonrisa de dientes perfectos, que lo hacía verse aún más peligrosamente hermoso y que aumentaba con el brillar de sus oscuros ojos, era para sobrecogerse. En verdad era la mejor conquista que le conocía a mi primo, ojalá le dure, pensé aún inocente en ese instante.

Gordo, ya es tarde, vamos a dormir de una vez- Le dije poniendo énfasis en "ya es tarde", a ver si Octavio se avispaba y llevaba de una vez a su supuesta pareja.

Mi vida, no tengo sueño aún. Vete tú, que acá estoy entretenido conversando con Octavio ¡Putas el huevón simpático este!- Y le posó ahora él, mi Mario, una mano, en el desnudo hombro al español- Me caís muy bien, huevón- Luego otra vez dirigiéndose a mí- ¿Sabías que este gallo es médico pediatra y ha visitado medio mundo?

¿Ah, sí?- Dije con el tono más pesado posible.

Claro. Cuéntale sobre lo que te pasó esa vez que te fuiste de safari por Tanzania, cuando creíste llegar a una tribu caníbal.

Bueno, como te contaba, Mario, ese día me perdí…

Disculpen que parezca una rotería, pero yo apenas me puedo el cuerpo…

Mi vida, no se preocupe- Mario se paró con torpeza, luego de unos cuantos tragos, y me abrazó todo hediondo a sudor, besándome pegajoso y acariciándome el cabello- Vaya no más, yo le seguiré dentro de un rato. Deje que Octavio me cuente unas anécdotas más y me iré de pronto a la cama. Tenemos que invitarlo un día de estos a almorzar con nosotros, para que pruebe la buena comida chilena que hace usted, mi vida.

De mal humor me fui a la alcoba, sin siquiera despedirme de Octavio, quien desde ya me estaba dando mala espina, pero ya a la mañana siguiente, supuse que todo había sido influjo de mi tensión por tanto trabajo en atender a las visitas. A mi lado, totalmente desnudo, y con una gran erección haciendo presión contra mis nalgas, dormía como un angelito mi gordo, quien me abrazaba con fuerza tal como tenía acostumbrado durante todos estos años, desde la primera vez que pasamos una noche juntos.

Durante tres semanas y medias ni noticias tuvimos de Octavio, quien por cierto apenas le duró a mi primito, el que ya se había aparecido con otros dos nuevas conquistas en nuestra casa.

¿Y qué ha sido de ese español, cuyo nombre no quiero acordarme, de la fiesta de Año Nuevo?- Le pregunté con ironía, mientras mi marido estaba regando las flores, bastante lejos como para oír nuestra charla.

No tengo la más puta idea. Se me acabó la calentura por él luego de un par de días. Pero no te puedo negar que el mino está harto rico y que nos hicimos tira como desenfrenados. ¿Cierto que es espectacular?

No es para tanto- Mentí.

Reconócelo. Te cuento que el gallo es 100% activo, y tiene una verga que ni te digo, inmensa y gruesa como la del mejor actor porno. Me culió tanto y tan duro, que cuando me acuerdo aún me duele el poto.

¡Qué ordinario eres!

Me carga la gente mojigata como tú. ¿Dime que acaso no joden como locos tú y tu gordo? ¿Qué acaso no se la chupas de lo lindo y que te hace gemir de tanto darte?

Sí, eso es verdad, pero al menos yo no necesito andar ventilando mi vida sexual para sentirme mejor.

¡Bah, como si no te conociera!

Preferí dejarlo solo e irme a preparar el almuerzo. No valía discutir con él.

Era un viernes por la noche, cuando venía llegando de las compras y me encontré a Mario tendido cuan largo era sobre el sofá, conversando de lo lindo por teléfono. Llevaba sólo una vieja y pequeña bermuda, que dejaban a la vista sus hermosas y peludas piernas, como su torso de marcados pectorales, más bien lampiño, pero peludo bajo el ombligo. Me dieron ganas de echarme encima de él, para hacerle ahí mismo el amor, restregándome con todo el cuerpo en esa divina carne, que era solamente mía y de nadie más. Para que me penetrara hasta romperme dentro. Me quedé en el umbral que estaba entre el living y el corredor que pasaba por la puerta de la entrada de la casa. Al parecer Mario no se había dado cuenta que había llegado. En silencio me puse a observarlo para darle una sorpresa y escuchar algo de su conversación. Tratando de no meter bulla, me asomé un poquito más, y entonces me di cuenta que mientras hablaba por teléfono Mario, se sobajeaba el paquete, que se notaba estaba todo endurecido. Su rostro, era el de alguien que se notaba estaba bastante caliente.

…sería genial. Te esperamos mañana. Ven no más, que te atenderemos como te lo mereces.

Silencio…

Claro, yo le daré tus saludos.

Silencio…

Realmente es un gusto para mí poder recibirte. Estábamos esperando noticias tuyas desde que nos conocimos. Estoy seguro que mi Rayito de Sol se encantará cuando te vea de nuevo.

Silencio…

No, si no le caíste mal, ya verás cómo te atiende. Bueno, te dejo. Un abrazo. Adiós.

Apenas cortó, retrocedí hasta volver a la puerta, para abrirla y hacer como que había llegado recién.

Hola, mi Gordo ¿Cómo está?

Muy bien. No sabes quién acaba de llamar.

¿Quién, mi vida?- Ya me estaba haciendo una idea de quién podría ser.

Octavio. Lo acabo de invitar mañana para cenar con nosotros.

Pero si mañana quedamos en ir a la casa de mi mamá.

Nos venimos un poco más temprano y traemos pizza o comida china del Centro. A menos que quieras cocinar algo para él. Para qué complicarse tanto la vida, mi vida.

Entonces le agarré la entrepierna que aún tenía hinchada, pasándole la mano de arriba abajo.

¿Y esto, por qué tan caliente?

Es que estaba viendo una película porno mientras hacía hora, cuando llamó Octavio. Me la estaba pajeando muy contento cuando me interrumpió el teléfono y me quedé con las ganas de irme cortado.

Lo miré con detención a los ojos, para ver si me estaba mintiendo, mas sin embargo no vi en ellos destello alguno de falsedad.

Con su cara contorsionada por la lascivia, Mario me agarró el culo y metió su lengua completa en la boca, para sacarla luego y recorrerme con toda ella por el cuello.

Chupámela, mi amor.

No pude resistirme y allí mismo, tal como me lo imaginé al entrar a la casa y verlo hace unos minutos atrás, comenzamos a hacer el amor como sólo los enamorados pueden llegar a disfrutar del buen sexo entre adultos.

Le bajé un poco el cierre, para indagar en su interior y manosearle el miembro que tenía desde hace rato todo humedecido el calzoncillo; introduciendo luego unos cuantos dedos, jugueteando con el oscuro vello púbico, hasta apoderarme de su pene. Con fuerza se la corrí, él tomándome de los hombros y haciéndome cosquillas con su barba de días mientras me besaba en la boca; luego me recorría por completo con sus manos hambrientas de mi cuerpo, hasta hacer presión de modo que bajara y quedara en rodillas frente a él, las manos afirmadas en sus pantorrillas y su pene dentro de mi boca que lo succionaba todo hasta sacarle suspiros. Me puse a hurgarle el culo con un dedo, tal como a Mario le encanta mientras le hago el fellatio, hasta meterle uno en su negro agujero, la única forma en la cual soy capaz de penetrarlo, pese a que en más de una ocasión me ha declarado que fantasea con que yo soy quien se lo jode. Le apreté los huevos que colgaban como dos inmensos racimos llenos del néctar con el que me llenaba siempre; pero antes de que acabara en mí, lo hice sentarse abierto de piernas, para cabalgar en él como un jinete, tomando todo su falo hasta que me llegara al fondo ese exquisito falo que poseía. Nos abrazamos frenéticos los dos mientras nos entregábamos el uno al otro, pegados por nuestras bocas también, como si quisiéramos devorarnos. Mario me tomó de la cintura, despegándose de mí y pidió que me pusiera en cuatro, para metérmelo ahora desde atrás. Echado sobre mi espalda, la que me besaba y lamía a gusto, sintiendo de seguro el sabor salado que impregnaba mi piel que ardía. Tras estar así un buen rato, me tomó de los muslos y se echó de espaldas sobre el sofá, yo aún teniéndolo dentro de mí, para que volviera a cabalgarlo, esta vez dándole la espalda. Con una mano me recorría por delante hasta acariciarme con delicadeza una mejilla y quedarse así, de modo que en esa posición acabamos juntos en una explosión que nos dejó con el alma en un hilo. Abrazados, mirándonos frente a frente, yo encima suyo, nos quedamos allí agotados, pero besándonos, hasta que Mario se quedó dormido bajo mi peso.

Me fui con la ropa en una mano hasta el dormitorio y allí vi que en efecto había estado viendo películas porno, puesto que los dvd estaban desparramados por el piso y en la pantalla del televisor estaba el menú de una de ellas.

Al día siguiente, todo fue muy bien con mi mamá, si bien en las horas previas a venirnos para atender a nuestra visita, comencé a sentir nerviosismo ante la idea de recibir a Octavio. Estuve todo el día pensando sobre mis temores acerca de que mi Gordo y él pudiesen tener una aventura, pero al final opté por tranquilizarme y asegurarme que todo era producto de mi inseguridad. Mario nunca me pondría el gorro, menos con alguien conocido, alguien que viniera a nuestra propia casa, por muy caliente que fuera, y por mucho que tuviera ganas de probar cosas nuevas, tal como me venía diciendo durante el último tiempo.

Poco rato después de llegar a casa, sonó el timbre de la puerta. Era Octavio, quien, debo reconocerlo, se veía maravilloso. Con un bronceado que hacía verse hasta brillante su perfumada piel, llevaba ahora una barba tipo candado que le daba un aire mucho más varonil. Andaba con pantalones cortos, calzando chalitas de cuero y una polera sin mangas, todo para mostrar a los ojos su peludo y musculoso cuerpo que pese a mis resquemores, seguía produciéndome sentimientos encontrados. Traía un inmenso ramo de flores, que me entregó muy cariñoso (una vez más me tuvo en entre sus brazos para saludarme con tanta efusividad) y para Mario traía un vino de cosecha exclusiva, que quizás cuánto le habría costado. No pude dejar de apreciar su ingle, pues ese pantalón corto tan ajustado exhibía un culo y un paquete que los de mi Gordo ni osaban compararse: en realidad era todo un espécimen de macho ibérico. Me encontré fantaseando al respecto, lo que posteriormente me hizo sentirme culpable por dejarme seducir por su belleza y tremendo magnetismo.

Mario fue mucho más expresivo con él de lo que me habría gustado, pues lo abrazó con esas muestras de complicidad viril que pocas veces le he visto, ni siquiera con sus amigos de años de la época del colegio o la universidad.

¡Putas que estoy contento de verte de nuevo, huevón!- Le dijo todo sonrisitas.

Muchas gracias, Mario. En verdad no pensé que por habernos visto una sola vez podríamos llegar a hacernos amigos.

Pero si tenemos tantas cosas en común ¿Cierto, mi amor?

La verdad lo ignoro- No mentí.

Y cuéntanos, Octavio ¿Estás saliendo con alguien o por ahí te has echado una canita al aire?

Para nada. El último tío con el que estuve fue con el primo de ustedes. El trabajo de médico bien poco tiempo me da para flirtear.

¡Pero si tú eres un tipo tan apuesto, cumpa!- Mire con rencor a Mario cuando dijo esto último.

Me fui a sacar los platos y demás servicios de la cocina para sentarnos a cenar, prefiriendo dejarlos solos. Una vez en la mesa, yo comía en silencio, mientras los otros dos charlaban felices, olvidándose de que yo estaba entre ellos. Mejor me hubiese quedado con mi mamá, total apenas era una comparsa para ese reencuentro; pero sabía que si hubiese optado por eso, no habría podido estar con tranquilidad ante la idea de que Mario y Octavio podrían estar haciendo en casa más que conversar.

Oye, hace calor ¿Vamos a bañarnos a la piscina?

¡Pero, mi gordo, si recién acabamos de comer!- Dije con molestia- Además dudo que Octavio haya venido preparado.

No importa, yo le presto uno de mis trajes de baño.

Bueno, reconozco me encantaría. Si no hay problema, claro- Esto de seguro lo dijo por mí, pues entonces me miró a los ojos… ¡Y me guiñó un ojo el muy coqueto!

Para nada, tengo hartos. Además, creo que somos de la misma talla.

Bueno, Mario, tú tienes bastante buen cuerpo. De seguro usas trajes bien pequeños para lucirte lo mejor posible en la playa.

Si no es para tanto, pero es verdad, tengo trajes bien chiquititos y otros algo más recatados. Además a mi Amor- y aquí me tomó de una mano mientras decía esto, la primera muestra de afecto físico que me hizo desde que llegó nuestro invitado - no le gusta mucho que me ande exhibiendo.

Claro, no me gusta que me miren mucho a Mario.

Cuando recogí las cosas de la mesa, juré que bajo el mantel vi que con una rodilla Octavio estaba tocándole una de las suyas a Mario. Casi estuve a punto de que se me cayera la bandeja de la sorpresa. "Debe ser algo sin importancia" me dije. Sin embargo estuve lavando la loza impaciente y no hallaba la hora de que Octavio se fuera pronto. No me atrevía a hacerle algún comentario a mi Gordo, pues tenía seguridad que se enojaría conmigo y no quería que producto de mis miedos terminara mal la noche entre nosotros.

Estaba lavando la loza, cuando escuché unos gritos en el patio, que venían de donde estaba la piscina. Dentro estaban Mario y Octavio tirándose agua como dos niños bastante creciditos, quienes ignoro en qué momento se cambiaron de ropa para irse a chapotear un rato. Mario puso sus manos sobre la cabeza de su nuevo amigo para sumergirlo en el agua y Octavio no hizo mucho que digamos para evitar que le jugaran dicha broma.

Uf, me dio frío- dijo Octavio y salió de la piscina.

Llevaba el traje de baño más minúsculo que se le podía ocurrir entregarle a Mario. Uno rojo que justo le había comprado el verano anterior, porque me gustaba cómo se le veía su bulto y su trasero tan abundantes ambos; pero en el cuerpo de Octavio todo era lejos mucho más grande, más bien, perfeccionado: el español era por completo peludo, de ese vello oscuro y grueso que siempre he encontrado tan masculino; las piernas eran poderosas, largas y des muslos que parecían de futbolista; pero no era su entrepierna, que se notaba lo gloriosa que era debajo de la prenda que la cubría, sino sus abdominales y pectorales que parecían salírsele del torso de tan gruesos que eran., lo que acaparó mi atención Se me imaginaba a un dios olímpico. Octavio era una criatura no de este mundo, que había salido de su medio de vida acuático para invadir nuestras vidas…y seducirnos.

Mario también salió de la piscina. Se veía tan regio como siempre, pero entre él y Octavio no había donde perderse (lamentablemente). Me acerqué a mi marido y al oído le dije en un momento en el que nuestra visita nos estaba dando las espaldas (anchas y fornidas, con un vello que le corría gran parte de la espina y aumentaba en la medida que le llegaba a las preciosas nalgas):

¿No le pudiste pasar algo menos provocador?

Pero, mi vida, si le di a escoger lo que más le gustaba y me dijo que ése era del tipo que usaba.

¿Acaso no te das cuenta que se está luciendo ante nosotros?

¡Qué estupidez! Bueno, tal vez le gustas algo.

¿Yo gustarle?- Y con dramatismo me llevé una mano a la boca- Creo que eres tú quien le gustas.

No hables tonteras, mejor.

Bueno, tú empezaste.

Tras este intercambio de palabras, me fui a sentar a una silla cercana y Mario fue donde Octavio a picar unas papitas fritas y suflé que habían dejado en una mesita. Me quedé sobre la silla, haciéndome que leía una revista, pero mirándolos de reojo de vez en cuando. No me di cuenta cuando me dormí y recién vine a despertar con el dulce beso que me dio en la boca Mario.

Ya es tarde, amor, vámonos a la cama.

¿Y Octavio ya se fue?

No, él pasará la noche acá. Hace rato que se fue a acostar.

El agotamiento era tanto, que ni osé refunfuñar por no haberme consultado sobre este huésped tan indeseado para mí. Tomados de la mano, aún con los párpados pesados por el sueño, nos fuimos a nuestro cuarto y ahí poco a poco Mario me fue desvistiendo; pensé que era para ayudarme a acostarme, pero luego me di cuenta de que me quería hacer el amor: lo noté muy ardiente. Mientras me sacaba la delgada prenda de verano, se pegó a mí, la entrepierna hecha una llama contra la mía. Detrás de la tela de su traje de baño que aún llevaba, su pene era una herramienta formidable que estaba a punto de partirme en dos. Pasivamente me dejé querer y desear. Mario me pasó la lengua por el cuello, mojándomelo todo y sus manos incursionaron en mi trasero, atrayéndome más hacia él. Ambos comenzamos a gemir. Entonces se agachó, aún yo de pie, y tras quitarme toda la ropa, me besó el sexo hasta dejármelo jugoso, caliente. Su lengua se movía ahí como un animal furioso, un músculo con vida propia que me sacaba suspiros y quitó completamente las ganas de dormir. Luego me tomó en brazos para llevarme a la cama, tendiéndose sobre mí, ambos friccionándonos el uno contra el otro, en una confusión de besos y abrazos que recorrían el cuerpo de su amante hasta el límite. Yo sentía como hacía presión con su adorado miembro, pidiéndome que me abriera para recibirlo con todas mis ganas. Me abrí de piernas y Mario se fue hacia atrás, acostándose sobre su miembro para tener mi ingle frente a su rostro; me levantó el trasero y se puso a lamerme el culo, chupando y besándomelo. A medida de que jugaba con un dedo suyo metido en el agujero, yo me retorcía de placer y me mordía los labios porque ya no aguantaba de las ganas de que me lo introdujera todo.

¡Métemelo, métemelo hasta destrozarme las tripas!- Le supliqué.

¿Sí? ¡Cómete toda la carne!

Toda, toda, sabes que mi dieta es en base a carne, tú carne.

Mario se sentó sobre sus rodillas frente a mí y se puso a pelársela, poniendo una cara de sátiro, que me ponía todavía más ardiente. La roja cabeza que coronaba el grueso tronco de su falo, amenazaba con violarme, justo lo que quería. Los tremendos huevos peludos de Mario colgaban cargados de la leche de vida y yo lo llamaba a que se metiera dentro de mí de una vez; pero pese a la calentura, una parte de mí se maravillaba porque no comprendía este cambio tan repentino en su comportamiento. Nunca antes me había despertado con las puras intenciones de hacer el amor; de nuevo estaba pasándome películas sobre lo que había pasado entre Mario y Octavio, durante mi sueño. Tras masturbarse lujurioso frente a mí, Mario se dispuso a penetrarme. Me lo metió todo de una vez, acto generoso de su parte que recibí con alegría. Sus huevos me golpeaban los muslos, sus manos me tomaban por debajo, apretándome, y su sudado pecho se pegaba al mío para tener su cara junto a la mía, mirándome con pasión. Yo ponía los ojos en blanco y a veces le pedía que parara un poco para no venirme tan pronto. Le puse mis manos sobre las duras y suaves nalgas peludas, aferradas a ellas de modo de sentirlo más dentro de mí. Dentro de mí el pene de Mario bombeaba y sacudía mis entrañas casi listo para inundarme de su abundante semen.

Quiero acabar en tu boca, mi vida.

¡Hazlo donde quieras, mi amor!

Y con agilidad se salió de mí (yo di un fuerte grito cuando me lo sacó todo, que temí llegara a escuchar Octavio) para ponerse sobre mí, dejándome ver con todo su esplendor su liso torso de macho y cómo se la pajeaba para bañarme con su espeso fluido. Abrí la boca todo lo que pude y de inmediato la garganta se me llenó de tanto semen que era un gusto. El tibio líquido se derramó en la boca hasta salírseme entre las comisuras de ésta y Mario seguía pelándosela hasta sacarse todo de las bolas. Me tragué todo, más bien me saboreé todo, relamiéndome los labios hasta quedar a gusto. Nos quedamos abrazados mirándonos de frente y así nos dormimos.

Estaba durmiendo cuando sentí una luz que irrumpía en la oscuridad del cuarto, entreabrí los ojos y juro que en el marco de la puerta abierta estaba Octavio. Se encontraba desnudo, con una erección entre las piernas que sería el orgullo del mejor actor porno. Nos miraba con lascivia. Detrás de él la luz contorneaba su espectacular cuerpo, dándole a la visión una atmósfera de irrealidad. Se encontraba echado hacia el lado derecho de la puerta, con los brazos cruzados y las piernas en igual posición, como si estuviera muy cómodo así. Fue algo de unos pocos segundos, pues de inmediato volví a perder la conciencia. Extrañamente no me asusté.

Ignoro cuánto tiempo habría pasado, pero me despertó una respiración cálida que me pegaba en la mejilla izquierda. Como estaba aún oscuro y no abría los ojos, pensé que era Mario, pero me equivocaba. Agachado junto a mí, al lado de mi borde de la cama, estaba en cuclillas, completamente desnudo, Octavio. Antes de que gritara por la sorpresa, Octavio puso una mano en mi boca (sentí el intenso aroma y sabor de su piel varonil) y me hizo señas de que callara. Su bello rostro no mostraba señal alguna de maldad, aunque sí de interés sexual. Con su mano aún sobre mi boca, giré para el otro lado de la cama mi cabeza, y vi que Mario seguí durmiendo profundamente. Volví los ojos hacia el invasor y me di cuenta que ahora era a Mario a quién miraba esta vez con deseo. Mario estaba tendido de espaldas, desnudo, descubierto por entero; una mano bajo la cabeza en ángulo recto como le gustaba dormir a veces, y entre las piernas una erección que era un deleite. Octavio despacio sacó su mano sobre mí y se inclinó para besarme en la boca, metiéndome la gran lengua. Pero también con otra mano atacó el endurecido pene de mi marido y se puso a masturbarlo; en sueños Mario gemía con el experto movimiento de la mano de su amigo, quien jugaba con su miembro sin vergüenza. Octavio dejó de frotarle la verga a Mario, sólo para masajearle los huevos, de los que parecía medir su tamaño en la mano, pues dejó de besarme y se puso a contemplar mejor lo que tenía en ella. No me di ni cuenta cuando se tiró sobre mí, duro como una piedra, pero caliente como una brasa humana que estaba por quemarme. Ahí, con mi pareja a mi lado, quien no tenía idea de lo que pasaba, se restregaba contra mí, punteándome con el tremendo pedazo de carne que le salía de entre las piernas. Y yo ni siquiera fui capaz de resistirme, pues si bien en mi pensamiento me violentaba su presencia en nuestras vidas, mi cuerpo parecía implorar ese cuerpo y esas fogosas caricias que me estaban poseyendo. Pero Octavio no sólo me quería a mí, también deseaba a Mario. Su pene estaba que se metía en mis entrañas, cuando Octavio se abalanzó sobre el sexo de mi durmiente esposo y agarrándolo con una gran mano, se lo echó todo en la boca; se lo sacaba y se lo metía por completo, a la par que con su propio falo me daba de estocadas, lubricándome, de modo de que recibiera mejor tan portentoso órgano. No sé cómo Mario no despertaba, hasta se me ocurrió que se hacía el dormido y que de antes había planeado el ménage à trois con su nuevo amigo. Si es que Mario dormía en realidad, debía estar teniendo un sueño muy placentero, pues con el sexo oral que le estaba haciendo Octavio, su rostro se transfiguraba de puro gusto. Toda esta inesperada y nueva experiencia me tenía en gran estado de excitación.

¡Métanmela entre los dos!- Me sorprendí diciéndole al oído a ese oscuro hombre.

No, quiero tenerte ahora para mí no más. Déjame ser tu semental a solas.

Y me tomó de una mano, Mario quedándose solitario en nuestro violado lecho, para llevarme hasta el cuarto de las visitas. Hasta allí caminé con la escolta de Octavio, quien se había convertido en la mayor tentación de nuestra vida de monógamos y que en pocos minutos me daría un placer prohibido que nunca habría soñado. Me tiré con complacencia sobre la cama, un lecho que se había impregnado de su esencia a macho fornicador, mirándolo a los grises ojos, para llamarlo a que viniera a mí.

- No digas ni una palabra- Me susurró- No es necesario hablar para gozar hasta el máximo.

Ni siquiera reclamé, pues lo único que quería entonces era recibirlo, que me derritiera con su ardor. Octavio se lanzó a la cama y atrajo mis piernas contra su bien formado torso, las acarició y luego llenó de besos, para por fin poner una de ellas sobre su hombro y la otra extendérmela de modo de acomodarse lo mejor posible. Así me penetró de a poco, saboreando cada centímetro de su verga que me enterraba despacito, hasta que sentí adentro toda su virilidad. Me mordí una mano para no gritar con su avanzada en mí y mi cabeza de forma involuntaria se echó hacia atrás. Sus manos me sujetaban como garras. Todo un maestro en la cama, Octavio giró conmigo aún con su miembro ensartado a mí y esta vez quedé yo arriba suyo, pero con mi espalda pegada a su tronco de oso. Puse mi cabeza a un lado de la suya para besarnos mientras me seguía poseyendo. Sus manos me cubrían todo el cuerpo sudado, mojándonos ambos con nuestros fluidos.

Como me había dado orden de no hablar mientras hacíamos el amor, me despegué de él, acto que me hizo dar un pequeño alarido por la violencia de su verga descomunal que salía de mí; quería mamársela aún con mis fluidos impregnándoles el pene. Era para adorar esa verga, monstruo insaciable a lo que no tenía costumbre, pero con el que quería ganar experiencia. ¡Tan gruesa, tan dura, cabezona y llena de venas que la cubrían hasta convertirla en una verdadera maravilla, que no pude creer que todo había estado hace poco dentro de mí! Con una manito afirmada al tronco de su pene, se lo llené de húmedos besos para luego echarme a la boca primero sólo el glande, que con los labios succionaba para sentir el salobre gusto de varón que salía de él. Lo empecé a pajear y ahora la lengua se me fue a sus hirsutos huevos que me sabían a ambrosía. Octavio me agarraba de la cabeza, sus dedos hundidos en mis cabellos, tiritando de puro contento. Se merecía la mejor mamada de su vida y en realidad esperaba estar a la altura de tan increíble hombre. Mientras le hacía el fellatio, me metí golosamente dos dedos por donde mismo hace unos minutos atrás, Octavio me había regalado con su magistral erección. Los testículos de Octavio estaban que entraban en ebullición, listos para bañarme con grandes cantidades de semen. Antes de que eyaculara, me tomó de la mano con la que me había adueñado de su pene y en un dos por tres, lo tuve detrás de mí pinchándome de nuevo, hasta que sin problemas volvió a introducirme todo hasta las bolas. Los dos en ese animal abrazo suspirábamos alternadamente. Sus manos se afirmaban a mis muslos, pues me tenía en cuatro patas, entrando y saliendo casi hasta sacármelo todo, pero justo cuando creía que me vaciaría, una vez más volvía a la carga hasta que sus más de veinte centímetros me freían por entero.

-¡Me voy a venir!- Fueron sus primeras palabras luego de más de una hora. Y entonces sentí cómo me inundaba por completo. Yo también me corrí al mismo tiempo.

Y desperté…

Desperté con la piel que me quemaba, el cuerpo hecho un mar de sudor. No lo podía asumir, todo había sido un sueño. Miré para el lado, pues no sentía las manos de Mario abrazadas a mí, cuando me di cuenta que no había nadie más en la cama que yo.

¿Mario?- Pregunté con temer.

El corazón me empezó a latir con fuerza, la boca se me secó y un témpano de hielo me recorrió la columna. Tenía la piel de gallina, pues un incómodo presentimiento se había apoderado de mí. Tal como en mi sueño, la puerta de nuestro dormitorio estaba abierta por completo, y se veía luz que salía del dormitorio de las visitas. Puse atento el oído y juro que escuché gemidos, gemidos de placer.

Caminé con paso sigiloso hasta la puerta. Allí me quedé con una mano en el corazón, el que me latía que explotaba. Cuando me atreví a salir de la pieza, cada paso que di fue como caminar con zapatos de plomo. Poco a poco pude asomarme a la pieza donde se había quedado Octavio, la misma de mi lúbrico sueño, y no había nadie. Sin embargo la cama estaba desecha. Fui hasta ella y me senté para calmarme. Las sábanas al tacto se encontraban todas mojadas. Mi nariz no sé si sensibilizada, o producto de la sugestión, percibió el fuerte olor de la excitación masculina: el aroma de un pene bien erecto.

Me paré y ahora con algo más de control de mi cuerpo, caminé hasta la escalera. La luz estaba prendida abajo. Estaba por bajar a inspeccionar mejor, cuando los vi a ambos, completamente desnudos, abrazados y besándose de pie sobre la alfombra. Ni siquiera se me salió un gritito, pues la voz se me había apagado. Las piernas dejaron de responderme y caía sobre ellas, mirando desde el segundo piso y al borde de la escalera el espectáculo que daban mi marido y su "amigo".

Octavio era por lo menos 15 centímetros más grande que Mario, quien medía un metro y setenta centímetros. Desde mi posición, era Mario quien me daba la espalda, así que podía ver cómo los brazos llenos de largos vellos negros se la recorrían, pasando además por las piernas y el trasero. El propio Mario no cejaba en correrle mano a Octavio. Al rato Octavio tomó con ambas manos el mentón de mi marido y se quedaron ambos mirándose a los ojos, hasta que casi con ternura se fusionaron sus bocas en una nueva orgía de besos y caricias. El corazón se me rompió.

Sobre la alfombra, Octavio se echó de espaldas, tirándose hacia atrás con una increíble flexibilidad, las piernas abiertas de modo que el culo y su sexo quedaran expuestos a lo que quisiera hacerle Mario. Ambas manos de Octavio afirmaban su musculada espalda para permitirle estar en tan incómoda posición. Y entonces se agachó Mario, acarició las velludas nalgas como probando algo nuevo, y empezó a lamerle el culo, dándole golpecitos en los glúteos. Desde arriba escuchaba la grave voz de Octavio que se quejaba de pura dicha con cada golpe y movimiento de la lengua de Mario. Estuvieron así por tiempo indefinido y entonces se acomodó Mario para comenzar a pasarle la verga convertida en una piedra, por entre los cachetes. Al parecer era Mario quien penetraría al tremendo macho que era el español. De lo que podía alcanzar a ver de la faz de Mario, éste disfrutaba tanto como su compañero de lo que estaban haciendo. Mario hizo algo que nunca hizo conmigo: escupió en el hoyo de Octavio y luego lo volvió a hacerlo, esta vez en la cabeza de su propio pene. "¿Usarán condón?" me preguntaba yo. No me atrevía a interrumpir lo que hacían, porque seguía con terror, también el morbo me hacía quedarme donde estaba, en el anonimato.

Cuando Mario empezó a frotársela entre medio de los genitales a Octavio de manera más fuerte, sujetas sus manos en los bien formados pectorales de Octavio, creí que de una vez por todas se lo iba a meter; pero me equivoqué. Mario se echó sobre el cuerpo de su amante, poniendo su cabeza arriba de la ingle de éste, de modo que su propio sexo le diera en toda la cara a Octavio: así empezó la práctica del 69. Mario se puso a lamer de la verga de Octavio, la que se alzaba entre sus piernas como un trofeo; era un bulto de carne al rojo vivo que incluso a mí me dieron ganas de disfrutar. Octavio le lamía el culo a mi marido y de vez en cuando le metía un dedo en su rosado hoyito. Los dos hombres se estaban explorando con sus lenguas y dedos antes de practicar algo más fuerte. No lo pude aguantar y me puse a masturbarme. Si hubiese sido una persona más osada, me habría unido a la fiesta, para que me partieran entre los dos; pero realmente mi presencia allí habría sido todo un estorbo, pues el deseo de ambos había estado naciendo durante todos este tiempo desde que vinieron conociéndose y no era yo a quién quería Octavio. Ahora lo sabía muy bien, con más seguridad que cuando todo era una simple sospecha. Sentí celos.

Mario se bajó de Octavio, quedando a su lado. Besándose mutuamente, cada uno llevó una mano al miembro de su compinche para masturbarlo. Estaban muy pegados el uno al otro, mientras se metían la lengua en la boca entre ellos y continuaban con el pajeo mutuo. Al parecer quedaba para rato.

Octavio se subió sobre el pecho de Mario, sentado dándole con toda la verga en la cara. Mario lo sujetó con fuerza de su increíble culo y se puso a chupar. Octavio atacaba su boca con movimientos rápidos y se apretaba las tetillas para gozar más. Estaba que se venía en la boca de mi pareja.

Quizás poco antes de venirse, controlándose, fue que Octavio cambió de posición. Mario también lo hizo, pues se dio vuelta para quedar de vientre al suelo, las piernas bien abiertas y dispuesto a recibir toda la humanidad de Octavio dentro de él. No me esperaba a Mario haciendo de pasivo. Y Octavio sobre él se puso a pujar. Bajo suyo Mario se quejaba, pero feliz de ser suyo. El estrecho agujero de Mario se resistía a abrirse a esa bestia que quería penetrarlo, así que Octavio se salió de él para abrirle las nalgas y lamerle el culo para lubricarlo. Al parecer sentir la lengua ahí debajo de Octavio, con los pelitos de su barba, fue demasiado para Mario, pues ahora sus gemidos aumentaron.

¡Para, para, que me voy a correr sin pajearme y es demasiado pronto para mí!- Le dijo- Prueba ahora con tu pico.

Será un gusto para mí.

Y de nuevo Octavio se recostó sobre Mario. Esta vez tras intentarlo poco rato, por fin el majestuoso miembro suyo pudo entrar en el culo de Mario, quien parecía ahora estar hecho para ser suyo. Octavio entrecruzó sus dedos a los de Mario, a la vez que lo besaba en el cuello y la boca, mientras le daba a su trasero como todo un semental. Su peluda y marcada de músculos espalda, se veía brillante del sudor que la impregnaba durante al acto sexual; los músculos se le marcaban más en los hombros y su gran culo de macho también se apreciaba como algo grato a mis ojos. A menos que mis ojos me hubieran fallado, se lo estaba metiendo a cuero pelado.

Los dos amantes se salieron de su abrazo y ahora quedó Octavio abajo. Mario se levantó y parado se puso a pelársela mientras miraba con deseo a Octavio que igualmente se masturbaba. Y entonces Mario se sentó sobre su amigo para introducirse él mismo en el hoyo la verga de Octavio, que esta vez entró toda dentro hasta los testículos de toro. Mario bailó arriba de Octavio, quien lo tenía sujeto de la cintura y bufaba de puro caliente. A su vez Mario se la corría para aprovechar mejor el momento de dicha que estaba compartiendo con su compadre. Mario reclinó su torso hacia Octavio con el fin de que pudieran abrazarse así pegados el uno al otro y besarse con frenesí. Octavio levantaba la pelvis para entrar con más fuerza en el culo de mi marido.

El tiempo se había detenido desde que comenzó la función, pero tenía seguro que harto rato había pasado cuando por fin se irguieron juntos, todavía clavado en Octavio Mario. Siguieron abrazados y besándose también, aunque esta vez las piernas de cada uno cruzando la espalda de su amigo para tocarse y aferrarse más como si quisieran matarse en esa eterna cópula. Mario todavía cabalgaba a Octavio; suspiraba como nunca lo hizo conmigo y lo cubría de besos en la frente, las mejillas, el cuello y la boca. En esa posición le sacó de su hombro a Octavio un brazo con el cual lo tenía ceñido, y extendiéndolo posó su rostro sobre la mata de pelos que era su axila, para sentir su olor viril y después pasarle la lengua: esto pareció encantarle a Octavio que todavía seguía fornicándoselo, pues subieron el tono de sus gemidos. Octavio le dio el mismo tratamiento a Mario, quien ahora recibía las lamidas suyas en una de sus axilas.

La fuerza de Octavio era bastante como para todavía dentro de Mario y sosteniendo el peso de ambos, se pudiera parar e irse contra una muralla cercana. Apoyada su espalda en la pared, Mario cruzadas sus piernas a la espalda de Octavio, continuaron fundiéndose en la carne del otro. Las gruesas piernas de Octavio estaban rectas, aun cuando sostenía el cuerpo de Mario, quien lo tenía abrazados alrededor del cuello y le daba frenéticos besos con lengua.

Con Mario aferrado a él, Octavio caminó hasta el sillón donde semanas antes mi esposo me hizo el amor, ahí se tiraron ambos para continuar la sesión de desenfrenada orgía de los dos. Octavio sobre Mario le acariciaba las piernas y lamía el transpirado pecho, siguiendo haciéndolo suyo. Eran incansables. Parecía que Mario no quería sacarse a Octavio dentro de él, pero todo tiene un fin.

Ya estaba amaneciendo, pues las cortinas dejaban entrar parte de la luz que estaba naciendo con la mañana. Y para el pesar, o placer de Mario, Octavio sacó su pene humeante dentro de su culo y se puso a masturbarse. La leche brotó de él como un manantial, regándole el pecho de blanco líquido, incluso la cara, hasta unas cuantas gotas le cayeron sobre los labios a Mario, quien se los relamió goloso. Ahora fue el turno de éste último, quien se pajeó feliz y dio su propia muestra de abundante semen que cayó sobre su vientre, mezclándose con el de Octavio. Mario tomó de los antebrazos a Octavio y lo atrajo hacia sí, juntos sus torsos, los que movían para desparramar entre ellos la leche conjunta de sus huevos. Se quedaron dormidos en ese último abrazo.

Me levanté de donde había estado durante todo su encuentro, y bajé hasta llegar a un metro de distancia de ellos, Me quedé mirándolos con una confusión de sentimientos. Nunca pensé que mi marido pudiera albergar una pasión homosexual. Las lágrimas me corrieron por las mejillas en silencio. Corrí hasta mi cuarto, me puse lo que encontré a mano y dejé a Mario con su amante gay.

No me atreví a verlo más.

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