Desde el otro lado.
Todo comenzó en una fiesta de Año Nuevo, en nuestro
propio hogar. Mario y yo llevábamos siete hermosos años juntos y éramos la
envidia de todo el mundo, porque en nuestro grupo de amigos, éramos la pareja
más estable, más dichosa. Nunca antes Mario miró para el lado, ni siquiera me
hizo el típico comentario de sentirse sexualmente atraído por otra persona: yo
era la única fuente de su amor y deseos. Hasta que se apareció en medio Octavio.
¡Maldigo el día en que el muy puto de mi primo Marcelo entró aquella vez con su
última conquista, un español al que conoció en una de sus tantas andanzas por
esas dichosas discotecas! Para Marcelo era sólo cuestión de hacerse ojitos en la
pista de baile, en la calle, el sauna o la micro, con cualquiera y al rato ya
estaba acostándose sin siquiera saber el nombre de su nueva encamada; todo
totalmente distinto a la romántica forma de cómo nos conocimos Mario y yo, allá
durante nuestro primer año en la universidad.
Reconozco que Octavio es un tipo bastante atractivo, alguien
por quién más de una persona, mujer u hombre se detiene en la calle para mirarlo
con detención, y fantasear con poseer su tremenda belleza, su fuerte cuerpo, sus
caricias. Incluso yo sentí algo cuando Marcelo me lo presentó, y él muy galante
me dio un beso en la mejilla, para luego abrazarme de una forma que nunca antes,
ni siquiera con mi marido, sentí. Creo mis mejillas se sonrojaron en ese momento
y temí que Mario se diera cuenta del efecto que había provocado en mí ese hombre
mediterráneo que estaba por entrar en nuestras vidas.
Yo estaba atendiendo a las visitas como siempre,
preocupándome de que a nadie le faltara una copa de vino, champán o bebida, algo
para comer, cuando los vi a ambos en el pasillo a solas, conversando con una
sonrisa de oreja a oreja, como si se conocieran de toda la vida. Cada uno tenía
un vaso todavía lleno en la mano, y estaban bastante cerca el uno del otro, sin
respetar el típico espacio personal cuando se está frente a casi un desconocido.
Marcelo estaba charlando con unos amigos de la época de la escuela,
prácticamente olvidando a su nueva conquista, como si haberlo traído a nuestra
casa hubiera sido un mero trámite para no venir solo a un evento social.
Ya eran las cinco de la mañana y se había ido casi todo el
mundo, cuando fui a decirle a mi amor que por qué no despedía a los rezagados,
para irnos a acostar de una vez. Me había pasado la última hora consolando a un
colega porque su pareja lo había abandonado tan sólo en las vísperas de Noche
Vieja, cuando me di cuenta que no estaban ni Mario, ni Octavio. Marcelo estaba
durmiendo la borrachera en un sofá, como siempre. Salí a la terraza y allá los
vi sentados, como viejos amigos, y Octavio se había sacado la ajustada camisa de
lino blanco que llevaba, dejando al descubierto un poderoso y peludo torso del
que se notaba estaba orgulloso. . Era un descarado. Mario no era para nada el
típico chileno que después de años de vivir con su pareja "echa guata"
por el gusto a la cerveza y la vida cómoda, al contrario, a sus cuarenta años
aún conservaba la apariencia de estar entrando a los treinta, y todavía lo
miraban bastante cuando salía a cualquier parte. Pero Mario no era Octavio y a
su lado se notaban las diferencias. Yo no sentía celos de Mario, ni tenía miedo
de que me fuera a poner los cuernos, pues sabía que me era fiel, pues estaba muy
enamorado de mí, al menos eso creía con firmeza.
Octavio tenía apoyada una inmensa mano sobre un muslo de
Mario, quien se reía, suponía, por algún chiste. Golpeaba un firme músculo con
una familiaridad que me cargó. Sin embargo, pese a todo, su sonrisa de dientes
perfectos, que lo hacía verse aún más peligrosamente hermoso y que aumentaba con
el brillar de sus oscuros ojos, era para sobrecogerse. En verdad era la mejor
conquista que le conocía a mi primo, ojalá le dure, pensé aún inocente en ese
instante.
Gordo, ya es tarde, vamos a dormir de una vez- Le dije
poniendo énfasis en "ya es tarde", a ver si Octavio se avispaba y llevaba de
una vez a su supuesta pareja.
Mi vida, no tengo sueño aún. Vete tú, que acá estoy
entretenido conversando con Octavio ¡Putas el huevón simpático este!- Y le
posó ahora él, mi Mario, una mano, en el desnudo hombro al español- Me caís
muy bien, huevón- Luego otra vez dirigiéndose a mí- ¿Sabías que este gallo
es médico pediatra y ha visitado medio mundo?
¿Ah, sí?- Dije con el tono más pesado posible.
Claro. Cuéntale sobre lo que te pasó esa vez que te
fuiste de safari por Tanzania, cuando creíste llegar a una tribu caníbal.
Bueno, como te contaba, Mario, ese día me perdí…
Disculpen que parezca una rotería, pero yo apenas me
puedo el cuerpo…
Mi vida, no se preocupe- Mario se paró con torpeza, luego
de unos cuantos tragos, y me abrazó todo hediondo a sudor, besándome
pegajoso y acariciándome el cabello- Vaya no más, yo le seguiré dentro de un
rato. Deje que Octavio me cuente unas anécdotas más y me iré de pronto a la
cama. Tenemos que invitarlo un día de estos a almorzar con nosotros, para
que pruebe la buena comida chilena que hace usted, mi vida.
De mal humor me fui a la alcoba, sin siquiera despedirme de
Octavio, quien desde ya me estaba dando mala espina, pero ya a la mañana
siguiente, supuse que todo había sido influjo de mi tensión por tanto trabajo en
atender a las visitas. A mi lado, totalmente desnudo, y con una gran erección
haciendo presión contra mis nalgas, dormía como un angelito mi gordo, quien me
abrazaba con fuerza tal como tenía acostumbrado durante todos estos años, desde
la primera vez que pasamos una noche juntos.
Durante tres semanas y medias ni noticias tuvimos de Octavio,
quien por cierto apenas le duró a mi primito, el que ya se había aparecido con
otros dos nuevas conquistas en nuestra casa.
¿Y qué ha sido de ese español, cuyo nombre no quiero
acordarme, de la fiesta de Año Nuevo?- Le pregunté con ironía, mientras mi
marido estaba regando las flores, bastante lejos como para oír nuestra
charla.
No tengo la más puta idea. Se me acabó la calentura por
él luego de un par de días. Pero no te puedo negar que el mino está harto
rico y que nos hicimos tira como desenfrenados. ¿Cierto que es espectacular?
No es para tanto- Mentí.
Reconócelo. Te cuento que el gallo es 100% activo, y
tiene una verga que ni te digo, inmensa y gruesa como la del mejor actor
porno. Me culió tanto y tan duro, que cuando me acuerdo aún me duele el
poto.
¡Qué ordinario eres!
Me carga la gente mojigata como tú. ¿Dime que acaso no
joden como locos tú y tu gordo? ¿Qué acaso no se la chupas de lo lindo y que
te hace gemir de tanto darte?
Sí, eso es verdad, pero al menos yo no necesito andar
ventilando mi vida sexual para sentirme mejor.
¡Bah, como si no te conociera!
Preferí dejarlo solo e irme a preparar el almuerzo. No
valía discutir con él.
Era un viernes por la noche, cuando venía llegando de las
compras y me encontré a Mario tendido cuan largo era sobre el sofá, conversando
de lo lindo por teléfono. Llevaba sólo una vieja y pequeña bermuda, que dejaban
a la vista sus hermosas y peludas piernas, como su torso de marcados pectorales,
más bien lampiño, pero peludo bajo el ombligo. Me dieron ganas de echarme encima
de él, para hacerle ahí mismo el amor, restregándome con todo el cuerpo en esa
divina carne, que era solamente mía y de nadie más. Para que me penetrara hasta
romperme dentro. Me quedé en el umbral que estaba entre el living y el corredor
que pasaba por la puerta de la entrada de la casa. Al parecer Mario no se había
dado cuenta que había llegado. En silencio me puse a observarlo para darle una
sorpresa y escuchar algo de su conversación. Tratando de no meter bulla, me
asomé un poquito más, y entonces me di cuenta que mientras hablaba por teléfono
Mario, se sobajeaba el paquete, que se notaba estaba todo endurecido. Su rostro,
era el de alguien que se notaba estaba bastante caliente.
…sería genial. Te esperamos mañana. Ven no más, que te
atenderemos como te lo mereces.
Silencio…
Claro, yo le daré tus saludos.
Silencio…
Realmente es un gusto para mí poder recibirte. Estábamos
esperando noticias tuyas desde que nos conocimos. Estoy seguro que mi Rayito
de Sol se encantará cuando te vea de nuevo.
Silencio…
No, si no le caíste mal, ya verás cómo te atiende. Bueno,
te dejo. Un abrazo. Adiós.
Apenas cortó, retrocedí hasta volver a la puerta, para
abrirla y hacer como que había llegado recién.
Hola, mi Gordo ¿Cómo está?
Muy bien. No sabes quién acaba de llamar.
¿Quién, mi vida?- Ya me estaba haciendo una idea de quién
podría ser.
Octavio. Lo acabo de invitar mañana para cenar con
nosotros.
Pero si mañana quedamos en ir a la casa de mi mamá.
Nos venimos un poco más temprano y traemos pizza o comida
china del Centro. A menos que quieras cocinar algo para él. Para qué
complicarse tanto la vida, mi vida.
Entonces le agarré la entrepierna que aún tenía hinchada,
pasándole la mano de arriba abajo.
¿Y esto, por qué tan caliente?
Es que estaba viendo una película porno mientras hacía
hora, cuando llamó Octavio. Me la estaba pajeando muy contento cuando me
interrumpió el teléfono y me quedé con las ganas de irme cortado.
Lo miré con detención a los ojos, para ver si me estaba
mintiendo, mas sin embargo no vi en ellos destello alguno de falsedad.
Con su cara contorsionada por la lascivia, Mario me agarró el
culo y metió su lengua completa en la boca, para sacarla luego y recorrerme con
toda ella por el cuello.
Chupámela, mi amor.
No pude resistirme y allí mismo, tal como me lo imaginé al
entrar a la casa y verlo hace unos minutos atrás, comenzamos a hacer el amor
como sólo los enamorados pueden llegar a disfrutar del buen sexo entre adultos.
Le bajé un poco el cierre, para indagar en su interior y
manosearle el miembro que tenía desde hace rato todo humedecido el calzoncillo;
introduciendo luego unos cuantos dedos, jugueteando con el oscuro vello púbico,
hasta apoderarme de su pene. Con fuerza se la corrí, él tomándome de los hombros
y haciéndome cosquillas con su barba de días mientras me besaba en la boca;
luego me recorría por completo con sus manos hambrientas de mi cuerpo, hasta
hacer presión de modo que bajara y quedara en rodillas frente a él, las manos
afirmadas en sus pantorrillas y su pene dentro de mi boca que lo succionaba todo
hasta sacarle suspiros. Me puse a hurgarle el culo con un dedo, tal como a Mario
le encanta mientras le hago el fellatio, hasta meterle uno en su negro agujero,
la única forma en la cual soy capaz de penetrarlo, pese a que en más de una
ocasión me ha declarado que fantasea con que yo soy quien se lo jode. Le apreté
los huevos que colgaban como dos inmensos racimos llenos del néctar con el que
me llenaba siempre; pero antes de que acabara en mí, lo hice sentarse abierto de
piernas, para cabalgar en él como un jinete, tomando todo su falo hasta que me
llegara al fondo ese exquisito falo que poseía. Nos abrazamos frenéticos los dos
mientras nos entregábamos el uno al otro, pegados por nuestras bocas también,
como si quisiéramos devorarnos. Mario me tomó de la cintura, despegándose de mí
y pidió que me pusiera en cuatro, para metérmelo ahora desde atrás. Echado sobre
mi espalda, la que me besaba y lamía a gusto, sintiendo de seguro el sabor
salado que impregnaba mi piel que ardía. Tras estar así un buen rato, me tomó de
los muslos y se echó de espaldas sobre el sofá, yo aún teniéndolo dentro de mí,
para que volviera a cabalgarlo, esta vez dándole la espalda. Con una mano me
recorría por delante hasta acariciarme con delicadeza una mejilla y quedarse
así, de modo que en esa posición acabamos juntos en una explosión que nos dejó
con el alma en un hilo. Abrazados, mirándonos frente a frente, yo encima suyo,
nos quedamos allí agotados, pero besándonos, hasta que Mario se quedó dormido
bajo mi peso.
Me fui con la ropa en una mano hasta el dormitorio y allí vi
que en efecto había estado viendo películas porno, puesto que los dvd estaban
desparramados por el piso y en la pantalla del televisor estaba el menú de una
de ellas.
Al día siguiente, todo fue muy bien con mi mamá, si bien en
las horas previas a venirnos para atender a nuestra visita, comencé a sentir
nerviosismo ante la idea de recibir a Octavio. Estuve todo el día pensando sobre
mis temores acerca de que mi Gordo y él pudiesen tener una aventura, pero al
final opté por tranquilizarme y asegurarme que todo era producto de mi
inseguridad. Mario nunca me pondría el gorro, menos con alguien conocido,
alguien que viniera a nuestra propia casa, por muy caliente que fuera, y por
mucho que tuviera ganas de probar cosas nuevas, tal como me venía diciendo
durante el último tiempo.
Poco rato después de llegar a casa, sonó el timbre de la
puerta. Era Octavio, quien, debo reconocerlo, se veía maravilloso. Con un
bronceado que hacía verse hasta brillante su perfumada piel, llevaba ahora una
barba tipo candado que le daba un aire mucho más varonil. Andaba con pantalones
cortos, calzando chalitas de cuero y una polera sin mangas, todo para mostrar a
los ojos su peludo y musculoso cuerpo que pese a mis resquemores, seguía
produciéndome sentimientos encontrados. Traía un inmenso ramo de flores, que me
entregó muy cariñoso (una vez más me tuvo en entre sus brazos para saludarme con
tanta efusividad) y para Mario traía un vino de cosecha exclusiva, que quizás
cuánto le habría costado. No pude dejar de apreciar su ingle, pues ese pantalón
corto tan ajustado exhibía un culo y un paquete que los de mi Gordo ni osaban
compararse: en realidad era todo un espécimen de macho ibérico. Me encontré
fantaseando al respecto, lo que posteriormente me hizo sentirme culpable por
dejarme seducir por su belleza y tremendo magnetismo.
Mario fue mucho más expresivo con él de lo que me habría
gustado, pues lo abrazó con esas muestras de complicidad viril que pocas veces
le he visto, ni siquiera con sus amigos de años de la época del colegio o la
universidad.
¡Putas que estoy contento de verte de nuevo, huevón!- Le
dijo todo sonrisitas.
Muchas gracias, Mario. En verdad no pensé que por
habernos visto una sola vez podríamos llegar a hacernos amigos.
Pero si tenemos tantas cosas en común ¿Cierto, mi amor?
La verdad lo ignoro- No mentí.
Y cuéntanos, Octavio ¿Estás saliendo con alguien o por
ahí te has echado una canita al aire?
Para nada. El último tío con el que estuve fue con el
primo de ustedes. El trabajo de médico bien poco tiempo me da para flirtear.
¡Pero si tú eres un tipo tan apuesto, cumpa!- Mire con
rencor a Mario cuando dijo esto último.
Me fui a sacar los platos y demás servicios de la cocina para
sentarnos a cenar, prefiriendo dejarlos solos. Una vez en la mesa, yo comía en
silencio, mientras los otros dos charlaban felices, olvidándose de que yo estaba
entre ellos. Mejor me hubiese quedado con mi mamá, total apenas era una comparsa
para ese reencuentro; pero sabía que si hubiese optado por eso, no habría podido
estar con tranquilidad ante la idea de que Mario y Octavio podrían estar
haciendo en casa más que conversar.
Oye, hace calor ¿Vamos a bañarnos a la piscina?
¡Pero, mi gordo, si recién acabamos de comer!- Dije con
molestia- Además dudo que Octavio haya venido preparado.
No importa, yo le presto uno de mis trajes de baño.
Bueno, reconozco me encantaría. Si no hay problema,
claro- Esto de seguro lo dijo por mí, pues entonces me miró a los ojos… ¡Y
me guiñó un ojo el muy coqueto!
Para nada, tengo hartos. Además, creo que somos de la
misma talla.
Bueno, Mario, tú tienes bastante buen cuerpo. De seguro
usas trajes bien pequeños para lucirte lo mejor posible en la playa.
Si no es para tanto, pero es verdad, tengo trajes bien
chiquititos y otros algo más recatados. Además a mi Amor- y aquí me tomó de
una mano mientras decía esto, la primera muestra de afecto físico que me
hizo desde que llegó nuestro invitado - no le gusta mucho que me ande
exhibiendo.
Claro, no me gusta que me miren mucho a Mario.
Cuando recogí las cosas de la mesa, juré que bajo el mantel
vi que con una rodilla Octavio estaba tocándole una de las suyas a Mario. Casi
estuve a punto de que se me cayera la bandeja de la sorpresa. "Debe ser algo sin
importancia" me dije. Sin embargo estuve lavando la loza impaciente y no hallaba
la hora de que Octavio se fuera pronto. No me atrevía a hacerle algún comentario
a mi Gordo, pues tenía seguridad que se enojaría conmigo y no quería que
producto de mis miedos terminara mal la noche entre nosotros.
Estaba lavando la loza, cuando escuché unos gritos en el
patio, que venían de donde estaba la piscina. Dentro estaban Mario y Octavio
tirándose agua como dos niños bastante creciditos, quienes ignoro en qué momento
se cambiaron de ropa para irse a chapotear un rato. Mario puso sus manos sobre
la cabeza de su nuevo amigo para sumergirlo en el agua y Octavio no hizo mucho
que digamos para evitar que le jugaran dicha broma.
Uf, me dio frío- dijo Octavio y salió de la piscina.
Llevaba el traje de baño más minúsculo que se le podía
ocurrir entregarle a Mario. Uno rojo que justo le había comprado el verano
anterior, porque me gustaba cómo se le veía su bulto y su trasero tan abundantes
ambos; pero en el cuerpo de Octavio todo era lejos mucho más grande, más bien,
perfeccionado: el español era por completo peludo, de ese vello oscuro y grueso
que siempre he encontrado tan masculino; las piernas eran poderosas, largas y
des muslos que parecían de futbolista; pero no era su entrepierna, que se notaba
lo gloriosa que era debajo de la prenda que la cubría, sino sus abdominales y
pectorales que parecían salírsele del torso de tan gruesos que eran., lo que
acaparó mi atención Se me imaginaba a un dios olímpico. Octavio era una criatura
no de este mundo, que había salido de su medio de vida acuático para invadir
nuestras vidas…y seducirnos.
Mario también salió de la piscina. Se veía tan regio como
siempre, pero entre él y Octavio no había donde perderse (lamentablemente). Me
acerqué a mi marido y al oído le dije en un momento en el que nuestra visita nos
estaba dando las espaldas (anchas y fornidas, con un vello que le corría gran
parte de la espina y aumentaba en la medida que le llegaba a las preciosas
nalgas):
¿No le pudiste pasar algo menos provocador?
Pero, mi vida, si le di a escoger lo que más le gustaba y
me dijo que ése era del tipo que usaba.
¿Acaso no te das cuenta que se está luciendo ante
nosotros?
¡Qué estupidez! Bueno, tal vez le gustas algo.
¿Yo gustarle?- Y con dramatismo me llevé una mano a la
boca- Creo que eres tú quien le gustas.
No hables tonteras, mejor.
Bueno, tú empezaste.
Tras este intercambio de palabras, me fui a sentar a una
silla cercana y Mario fue donde Octavio a picar unas papitas fritas y suflé que
habían dejado en una mesita. Me quedé sobre la silla, haciéndome que leía una
revista, pero mirándolos de reojo de vez en cuando. No me di cuenta cuando me
dormí y recién vine a despertar con el dulce beso que me dio en la boca Mario.
Ya es tarde, amor, vámonos a la cama.
¿Y Octavio ya se fue?
No, él pasará la noche acá. Hace rato que se fue a
acostar.
El agotamiento era tanto, que ni osé refunfuñar por no
haberme consultado sobre este huésped tan indeseado para mí. Tomados de la mano,
aún con los párpados pesados por el sueño, nos fuimos a nuestro cuarto y ahí
poco a poco Mario me fue desvistiendo; pensé que era para ayudarme a acostarme,
pero luego me di cuenta de que me quería hacer el amor: lo noté muy ardiente.
Mientras me sacaba la delgada prenda de verano, se pegó a mí, la entrepierna
hecha una llama contra la mía. Detrás de la tela de su traje de baño que aún
llevaba, su pene era una herramienta formidable que estaba a punto de partirme
en dos. Pasivamente me dejé querer y desear. Mario me pasó la lengua por el
cuello, mojándomelo todo y sus manos incursionaron en mi trasero, atrayéndome
más hacia él. Ambos comenzamos a gemir. Entonces se agachó, aún yo de pie, y
tras quitarme toda la ropa, me besó el sexo hasta dejármelo jugoso, caliente. Su
lengua se movía ahí como un animal furioso, un músculo con vida propia que me
sacaba suspiros y quitó completamente las ganas de dormir. Luego me tomó en
brazos para llevarme a la cama, tendiéndose sobre mí, ambos friccionándonos el
uno contra el otro, en una confusión de besos y abrazos que recorrían el cuerpo
de su amante hasta el límite. Yo sentía como hacía presión con su adorado
miembro, pidiéndome que me abriera para recibirlo con todas mis ganas. Me abrí
de piernas y Mario se fue hacia atrás, acostándose sobre su miembro para tener
mi ingle frente a su rostro; me levantó el trasero y se puso a lamerme el culo,
chupando y besándomelo. A medida de que jugaba con un dedo suyo metido en el
agujero, yo me retorcía de placer y me mordía los labios porque ya no aguantaba
de las ganas de que me lo introdujera todo.
¡Métemelo, métemelo hasta destrozarme las tripas!- Le
supliqué.
¿Sí? ¡Cómete toda la carne!
Toda, toda, sabes que mi dieta es en base a carne, tú
carne.
Mario se sentó sobre sus rodillas frente a mí y se puso a
pelársela, poniendo una cara de sátiro, que me ponía todavía más ardiente. La
roja cabeza que coronaba el grueso tronco de su falo, amenazaba con violarme,
justo lo que quería. Los tremendos huevos peludos de Mario colgaban cargados de
la leche de vida y yo lo llamaba a que se metiera dentro de mí de una vez; pero
pese a la calentura, una parte de mí se maravillaba porque no comprendía este
cambio tan repentino en su comportamiento. Nunca antes me había despertado con
las puras intenciones de hacer el amor; de nuevo estaba pasándome películas
sobre lo que había pasado entre Mario y Octavio, durante mi sueño. Tras
masturbarse lujurioso frente a mí, Mario se dispuso a penetrarme. Me lo metió
todo de una vez, acto generoso de su parte que recibí con alegría. Sus huevos me
golpeaban los muslos, sus manos me tomaban por debajo, apretándome, y su sudado
pecho se pegaba al mío para tener su cara junto a la mía, mirándome con pasión.
Yo ponía los ojos en blanco y a veces le pedía que parara un poco para no
venirme tan pronto. Le puse mis manos sobre las duras y suaves nalgas peludas,
aferradas a ellas de modo de sentirlo más dentro de mí. Dentro de mí el pene de
Mario bombeaba y sacudía mis entrañas casi listo para inundarme de su abundante
semen.
Quiero acabar en tu boca, mi vida.
¡Hazlo donde quieras, mi amor!
Y con agilidad se salió de mí (yo di un fuerte grito cuando
me lo sacó todo, que temí llegara a escuchar Octavio) para ponerse sobre mí,
dejándome ver con todo su esplendor su liso torso de macho y cómo se la pajeaba
para bañarme con su espeso fluido. Abrí la boca todo lo que pude y de inmediato
la garganta se me llenó de tanto semen que era un gusto. El tibio líquido se
derramó en la boca hasta salírseme entre las comisuras de ésta y Mario seguía
pelándosela hasta sacarse todo de las bolas. Me tragué todo, más bien me saboreé
todo, relamiéndome los labios hasta quedar a gusto. Nos quedamos abrazados
mirándonos de frente y así nos dormimos.
Estaba durmiendo cuando sentí una luz que irrumpía en la
oscuridad del cuarto, entreabrí los ojos y juro que en el marco de la puerta
abierta estaba Octavio. Se encontraba desnudo, con una erección entre las
piernas que sería el orgullo del mejor actor porno. Nos miraba con lascivia.
Detrás de él la luz contorneaba su espectacular cuerpo, dándole a la visión una
atmósfera de irrealidad. Se encontraba echado hacia el lado derecho de la
puerta, con los brazos cruzados y las piernas en igual posición, como si
estuviera muy cómodo así. Fue algo de unos pocos segundos, pues de inmediato
volví a perder la conciencia. Extrañamente no me asusté.
Ignoro cuánto tiempo habría pasado, pero me despertó una
respiración cálida que me pegaba en la mejilla izquierda. Como estaba aún oscuro
y no abría los ojos, pensé que era Mario, pero me equivocaba. Agachado junto a
mí, al lado de mi borde de la cama, estaba en cuclillas, completamente desnudo,
Octavio. Antes de que gritara por la sorpresa, Octavio puso una mano en mi boca
(sentí el intenso aroma y sabor de su piel varonil) y me hizo señas de que
callara. Su bello rostro no mostraba señal alguna de maldad, aunque sí de
interés sexual. Con su mano aún sobre mi boca, giré para el otro lado de la cama
mi cabeza, y vi que Mario seguí durmiendo profundamente. Volví los ojos hacia el
invasor y me di cuenta que ahora era a Mario a quién miraba esta vez con deseo.
Mario estaba tendido de espaldas, desnudo, descubierto por entero; una mano bajo
la cabeza en ángulo recto como le gustaba dormir a veces, y entre las piernas
una erección que era un deleite. Octavio despacio sacó su mano sobre mí y se
inclinó para besarme en la boca, metiéndome la gran lengua. Pero también con
otra mano atacó el endurecido pene de mi marido y se puso a masturbarlo; en
sueños Mario gemía con el experto movimiento de la mano de su amigo, quien
jugaba con su miembro sin vergüenza. Octavio dejó de frotarle la verga a Mario,
sólo para masajearle los huevos, de los que parecía medir su tamaño en la mano,
pues dejó de besarme y se puso a contemplar mejor lo que tenía en ella. No me di
ni cuenta cuando se tiró sobre mí, duro como una piedra, pero caliente como una
brasa humana que estaba por quemarme. Ahí, con mi pareja a mi lado, quien no
tenía idea de lo que pasaba, se restregaba contra mí, punteándome con el
tremendo pedazo de carne que le salía de entre las piernas. Y yo ni siquiera fui
capaz de resistirme, pues si bien en mi pensamiento me violentaba su presencia
en nuestras vidas, mi cuerpo parecía implorar ese cuerpo y esas fogosas caricias
que me estaban poseyendo. Pero Octavio no sólo me quería a mí, también deseaba a
Mario. Su pene estaba que se metía en mis entrañas, cuando Octavio se abalanzó
sobre el sexo de mi durmiente esposo y agarrándolo con una gran mano, se lo echó
todo en la boca; se lo sacaba y se lo metía por completo, a la par que con su
propio falo me daba de estocadas, lubricándome, de modo de que recibiera mejor
tan portentoso órgano. No sé cómo Mario no despertaba, hasta se me ocurrió que
se hacía el dormido y que de antes había planeado el ménage à trois con su nuevo
amigo. Si es que Mario dormía en realidad, debía estar teniendo un sueño muy
placentero, pues con el sexo oral que le estaba haciendo Octavio, su rostro se
transfiguraba de puro gusto. Toda esta inesperada y nueva experiencia me tenía
en gran estado de excitación.
¡Métanmela entre los dos!- Me sorprendí diciéndole al
oído a ese oscuro hombre.
No, quiero tenerte ahora para mí no más. Déjame ser tu
semental a solas.
Y me tomó de una mano, Mario quedándose solitario en nuestro
violado lecho, para llevarme hasta el cuarto de las visitas. Hasta allí caminé
con la escolta de Octavio, quien se había convertido en la mayor tentación de
nuestra vida de monógamos y que en pocos minutos me daría un placer prohibido
que nunca habría soñado. Me tiré con complacencia sobre la cama, un lecho que se
había impregnado de su esencia a macho fornicador, mirándolo a los grises ojos,
para llamarlo a que viniera a mí.
- No digas ni una palabra- Me susurró- No es necesario hablar
para gozar hasta el máximo.
Ni siquiera reclamé, pues lo único que quería entonces era
recibirlo, que me derritiera con su ardor. Octavio se lanzó a la cama y atrajo
mis piernas contra su bien formado torso, las acarició y luego llenó de besos,
para por fin poner una de ellas sobre su hombro y la otra extendérmela de modo
de acomodarse lo mejor posible. Así me penetró de a poco, saboreando cada
centímetro de su verga que me enterraba despacito, hasta que sentí adentro toda
su virilidad. Me mordí una mano para no gritar con su avanzada en mí y mi cabeza
de forma involuntaria se echó hacia atrás. Sus manos me sujetaban como garras.
Todo un maestro en la cama, Octavio giró conmigo aún con su miembro ensartado a
mí y esta vez quedé yo arriba suyo, pero con mi espalda pegada a su tronco de
oso. Puse mi cabeza a un lado de la suya para besarnos mientras me seguía
poseyendo. Sus manos me cubrían todo el cuerpo sudado, mojándonos ambos con
nuestros fluidos.
Como me había dado orden de no hablar mientras hacíamos el
amor, me despegué de él, acto que me hizo dar un pequeño alarido por la
violencia de su verga descomunal que salía de mí; quería mamársela aún con mis
fluidos impregnándoles el pene. Era para adorar esa verga, monstruo insaciable a
lo que no tenía costumbre, pero con el que quería ganar experiencia. ¡Tan
gruesa, tan dura, cabezona y llena de venas que la cubrían hasta convertirla en
una verdadera maravilla, que no pude creer que todo había estado hace poco
dentro de mí! Con una manito afirmada al tronco de su pene, se lo llené de
húmedos besos para luego echarme a la boca primero sólo el glande, que con los
labios succionaba para sentir el salobre gusto de varón que salía de él. Lo
empecé a pajear y ahora la lengua se me fue a sus hirsutos huevos que me sabían
a ambrosía. Octavio me agarraba de la cabeza, sus dedos hundidos en mis
cabellos, tiritando de puro contento. Se merecía la mejor mamada de su vida y en
realidad esperaba estar a la altura de tan increíble hombre. Mientras le hacía
el fellatio, me metí golosamente dos dedos por donde mismo hace unos minutos
atrás, Octavio me había regalado con su magistral erección. Los testículos de
Octavio estaban que entraban en ebullición, listos para bañarme con grandes
cantidades de semen. Antes de que eyaculara, me tomó de la mano con la que me
había adueñado de su pene y en un dos por tres, lo tuve detrás de mí pinchándome
de nuevo, hasta que sin problemas volvió a introducirme todo hasta las bolas.
Los dos en ese animal abrazo suspirábamos alternadamente. Sus manos se afirmaban
a mis muslos, pues me tenía en cuatro patas, entrando y saliendo casi hasta
sacármelo todo, pero justo cuando creía que me vaciaría, una vez más volvía a la
carga hasta que sus más de veinte centímetros me freían por entero.
-¡Me voy a venir!- Fueron sus primeras palabras luego de más
de una hora. Y entonces sentí cómo me inundaba por completo. Yo también me corrí
al mismo tiempo.
Y desperté…
Desperté con la piel que me quemaba, el cuerpo hecho un mar
de sudor. No lo podía asumir, todo había sido un sueño. Miré para el lado, pues
no sentía las manos de Mario abrazadas a mí, cuando me di cuenta que no había
nadie más en la cama que yo.
¿Mario?- Pregunté con temer.
El corazón me empezó a latir con fuerza, la boca se me secó y
un témpano de hielo me recorrió la columna. Tenía la piel de gallina, pues un
incómodo presentimiento se había apoderado de mí. Tal como en mi sueño, la
puerta de nuestro dormitorio estaba abierta por completo, y se veía luz que
salía del dormitorio de las visitas. Puse atento el oído y juro que escuché
gemidos, gemidos de placer.
Caminé con paso sigiloso hasta la puerta. Allí me quedé con
una mano en el corazón, el que me latía que explotaba. Cuando me atreví a salir
de la pieza, cada paso que di fue como caminar con zapatos de plomo. Poco a poco
pude asomarme a la pieza donde se había quedado Octavio, la misma de mi lúbrico
sueño, y no había nadie. Sin embargo la cama estaba desecha. Fui hasta ella y me
senté para calmarme. Las sábanas al tacto se encontraban todas mojadas. Mi nariz
no sé si sensibilizada, o producto de la sugestión, percibió el fuerte olor de
la excitación masculina: el aroma de un pene bien erecto.
Me paré y ahora con algo más de control de mi cuerpo, caminé
hasta la escalera. La luz estaba prendida abajo. Estaba por bajar a inspeccionar
mejor, cuando los vi a ambos, completamente desnudos, abrazados y besándose de
pie sobre la alfombra. Ni siquiera se me salió un gritito, pues la voz se me
había apagado. Las piernas dejaron de responderme y caía sobre ellas, mirando
desde el segundo piso y al borde de la escalera el espectáculo que daban mi
marido y su "amigo".
Octavio era por lo menos 15 centímetros más grande que Mario,
quien medía un metro y setenta centímetros. Desde mi posición, era Mario quien
me daba la espalda, así que podía ver cómo los brazos llenos de largos vellos
negros se la recorrían, pasando además por las piernas y el trasero. El propio
Mario no cejaba en correrle mano a Octavio. Al rato Octavio tomó con ambas manos
el mentón de mi marido y se quedaron ambos mirándose a los ojos, hasta que casi
con ternura se fusionaron sus bocas en una nueva orgía de besos y caricias. El
corazón se me rompió.
Sobre la alfombra, Octavio se echó de espaldas, tirándose
hacia atrás con una increíble flexibilidad, las piernas abiertas de modo que el
culo y su sexo quedaran expuestos a lo que quisiera hacerle Mario. Ambas manos
de Octavio afirmaban su musculada espalda para permitirle estar en tan incómoda
posición. Y entonces se agachó Mario, acarició las velludas nalgas como probando
algo nuevo, y empezó a lamerle el culo, dándole golpecitos en los glúteos. Desde
arriba escuchaba la grave voz de Octavio que se quejaba de pura dicha con cada
golpe y movimiento de la lengua de Mario. Estuvieron así por tiempo indefinido y
entonces se acomodó Mario para comenzar a pasarle la verga convertida en una
piedra, por entre los cachetes. Al parecer era Mario quien penetraría al
tremendo macho que era el español. De lo que podía alcanzar a ver de la faz de
Mario, éste disfrutaba tanto como su compañero de lo que estaban haciendo. Mario
hizo algo que nunca hizo conmigo: escupió en el hoyo de Octavio y luego lo
volvió a hacerlo, esta vez en la cabeza de su propio pene. "¿Usarán condón?" me
preguntaba yo. No me atrevía a interrumpir lo que hacían, porque seguía con
terror, también el morbo me hacía quedarme donde estaba, en el anonimato.
Cuando Mario empezó a frotársela entre medio de los genitales
a Octavio de manera más fuerte, sujetas sus manos en los bien formados
pectorales de Octavio, creí que de una vez por todas se lo iba a meter; pero me
equivoqué. Mario se echó sobre el cuerpo de su amante, poniendo su cabeza arriba
de la ingle de éste, de modo que su propio sexo le diera en toda la cara a
Octavio: así empezó la práctica del 69. Mario se puso a lamer de la verga de
Octavio, la que se alzaba entre sus piernas como un trofeo; era un bulto de
carne al rojo vivo que incluso a mí me dieron ganas de disfrutar. Octavio le
lamía el culo a mi marido y de vez en cuando le metía un dedo en su rosado
hoyito. Los dos hombres se estaban explorando con sus lenguas y dedos antes de
practicar algo más fuerte. No lo pude aguantar y me puse a masturbarme. Si
hubiese sido una persona más osada, me habría unido a la fiesta, para que me
partieran entre los dos; pero realmente mi presencia allí habría sido todo un
estorbo, pues el deseo de ambos había estado naciendo durante todos este tiempo
desde que vinieron conociéndose y no era yo a quién quería Octavio. Ahora lo
sabía muy bien, con más seguridad que cuando todo era una simple sospecha. Sentí
celos.
Mario se bajó de Octavio, quedando a su lado. Besándose
mutuamente, cada uno llevó una mano al miembro de su compinche para masturbarlo.
Estaban muy pegados el uno al otro, mientras se metían la lengua en la boca
entre ellos y continuaban con el pajeo mutuo. Al parecer quedaba para rato.
Octavio se subió sobre el pecho de Mario, sentado dándole con
toda la verga en la cara. Mario lo sujetó con fuerza de su increíble culo y se
puso a chupar. Octavio atacaba su boca con movimientos rápidos y se apretaba las
tetillas para gozar más. Estaba que se venía en la boca de mi pareja.
Quizás poco antes de venirse, controlándose, fue que Octavio
cambió de posición. Mario también lo hizo, pues se dio vuelta para quedar de
vientre al suelo, las piernas bien abiertas y dispuesto a recibir toda la
humanidad de Octavio dentro de él. No me esperaba a Mario haciendo de pasivo. Y
Octavio sobre él se puso a pujar. Bajo suyo Mario se quejaba, pero feliz de ser
suyo. El estrecho agujero de Mario se resistía a abrirse a esa bestia que quería
penetrarlo, así que Octavio se salió de él para abrirle las nalgas y lamerle el
culo para lubricarlo. Al parecer sentir la lengua ahí debajo de Octavio, con los
pelitos de su barba, fue demasiado para Mario, pues ahora sus gemidos
aumentaron.
¡Para, para, que me voy a correr sin pajearme y es
demasiado pronto para mí!- Le dijo- Prueba ahora con tu pico.
Será un gusto para mí.
Y de nuevo Octavio se recostó sobre Mario. Esta vez tras
intentarlo poco rato, por fin el majestuoso miembro suyo pudo entrar en el culo
de Mario, quien parecía ahora estar hecho para ser suyo. Octavio entrecruzó sus
dedos a los de Mario, a la vez que lo besaba en el cuello y la boca, mientras le
daba a su trasero como todo un semental. Su peluda y marcada de músculos
espalda, se veía brillante del sudor que la impregnaba durante al acto sexual;
los músculos se le marcaban más en los hombros y su gran culo de macho también
se apreciaba como algo grato a mis ojos. A menos que mis ojos me hubieran
fallado, se lo estaba metiendo a cuero pelado.
Los dos amantes se salieron de su abrazo y ahora quedó
Octavio abajo. Mario se levantó y parado se puso a pelársela mientras miraba con
deseo a Octavio que igualmente se masturbaba. Y entonces Mario se sentó sobre su
amigo para introducirse él mismo en el hoyo la verga de Octavio, que esta vez
entró toda dentro hasta los testículos de toro. Mario bailó arriba de Octavio,
quien lo tenía sujeto de la cintura y bufaba de puro caliente. A su vez Mario se
la corría para aprovechar mejor el momento de dicha que estaba compartiendo con
su compadre. Mario reclinó su torso hacia Octavio con el fin de que pudieran
abrazarse así pegados el uno al otro y besarse con frenesí. Octavio levantaba la
pelvis para entrar con más fuerza en el culo de mi marido.
El tiempo se había detenido desde que comenzó la función,
pero tenía seguro que harto rato había pasado cuando por fin se irguieron
juntos, todavía clavado en Octavio Mario. Siguieron abrazados y besándose
también, aunque esta vez las piernas de cada uno cruzando la espalda de su amigo
para tocarse y aferrarse más como si quisieran matarse en esa eterna cópula.
Mario todavía cabalgaba a Octavio; suspiraba como nunca lo hizo conmigo y lo
cubría de besos en la frente, las mejillas, el cuello y la boca. En esa posición
le sacó de su hombro a Octavio un brazo con el cual lo tenía ceñido, y
extendiéndolo posó su rostro sobre la mata de pelos que era su axila, para
sentir su olor viril y después pasarle la lengua: esto pareció encantarle a
Octavio que todavía seguía fornicándoselo, pues subieron el tono de sus gemidos.
Octavio le dio el mismo tratamiento a Mario, quien ahora recibía las lamidas
suyas en una de sus axilas.
La fuerza de Octavio era bastante como para todavía dentro de
Mario y sosteniendo el peso de ambos, se pudiera parar e irse contra una muralla
cercana. Apoyada su espalda en la pared, Mario cruzadas sus piernas a la espalda
de Octavio, continuaron fundiéndose en la carne del otro. Las gruesas piernas de
Octavio estaban rectas, aun cuando sostenía el cuerpo de Mario, quien lo tenía
abrazados alrededor del cuello y le daba frenéticos besos con lengua.
Con Mario aferrado a él, Octavio caminó hasta el sillón donde
semanas antes mi esposo me hizo el amor, ahí se tiraron ambos para continuar la
sesión de desenfrenada orgía de los dos. Octavio sobre Mario le acariciaba las
piernas y lamía el transpirado pecho, siguiendo haciéndolo suyo. Eran
incansables. Parecía que Mario no quería sacarse a Octavio dentro de él, pero
todo tiene un fin.
Ya estaba amaneciendo, pues las cortinas dejaban entrar parte
de la luz que estaba naciendo con la mañana. Y para el pesar, o placer de Mario,
Octavio sacó su pene humeante dentro de su culo y se puso a masturbarse. La
leche brotó de él como un manantial, regándole el pecho de blanco líquido,
incluso la cara, hasta unas cuantas gotas le cayeron sobre los labios a Mario,
quien se los relamió goloso. Ahora fue el turno de éste último, quien se pajeó
feliz y dio su propia muestra de abundante semen que cayó sobre su vientre,
mezclándose con el de Octavio. Mario tomó de los antebrazos a Octavio y lo
atrajo hacia sí, juntos sus torsos, los que movían para desparramar entre ellos
la leche conjunta de sus huevos. Se quedaron dormidos en ese último abrazo.
Me levanté de donde había estado durante todo su encuentro, y
bajé hasta llegar a un metro de distancia de ellos, Me quedé mirándolos con una
confusión de sentimientos. Nunca pensé que mi marido pudiera albergar una pasión
homosexual. Las lágrimas me corrieron por las mejillas en silencio. Corrí hasta
mi cuarto, me puse lo que encontré a mano y dejé a Mario con su amante gay.
No me atreví a verlo más.