Los dos esclavos, uno hombre y otra mujer, ambos de
aproximadamente unos 25 años, estaban completamente desnudos, encadenados
mirando a la pared, mientras tanto su ama discutía acaloradamente con la dueña
del lugar. En sus espaldas se podían ver duras huellas de algunos momentos de
ira de su ama, aún así permanecían quietos, amordazados y ligados a la pared por
la anilla que ambos tenían en el tabique de su nariz. Ellos no eran ni arte ni
parte del problema, sus opiniones no contaban, solo eran objetos.
La discusión giraba en torno al alojamiento de esos esclavos
en el "depósito", por un período de dos meses, período en que la ama tendría que
ausentarse del país.
El depósito estaba justamente para eso, para depositar,
custodiar y alimentar a los esclavos cuyas amas y/o amos no podrían hacerlo en
algún periodo de tiempo, solo que era 20 de diciembre, y la casa se tomaba
veinte días de licencia, hasta el 10 de enero del año entrante. La propietaria
de estos esclavos no había contado con este inconveniente, y entonces intentaba
de alguna manera dejarlos igual ahí, pero había un problema de falta de
personal, y que además el lugar estaría cerrado por ese tiempo. Quien entonces
se encargaría de ellos?
Finalmente llegaron a un acuerdo. Dejarían a ambos encerrados
en una jaula, con agua y comida para una semana, luego un sereno vendría a
reponerles el alimento y el liquido elemento. La casa dejaría toda la comida
preparada, guardada en un freezer, para evitar que los componentes de la misma
se echen a perder.
Así pues, ese acuerdo dejó a todos contentos. La pareja de
esclavos fue trasladada a un sótano en lo más profundo de la "mansión –
depósito" (así la llamaban, totalmente a oscuras. Les dejaron dos bidones de
veinte litros de agua mineral, al cual accedía succionando una manguera que
estaba en el extremo. El cálculo estaba hecho para tomar varios litros por día,
ya que a la semana también podrían reponerlo, solo que el calor ahí debajo era
tan agobiante, entre 30 y 35 grados, que el agua no sería material abundante.
Debían racionarla lo más posible.
Fueron así acomodados en una celda, de un metro y medio por
dos metros, que a lo largo les permitiría acostarse, con un pequeño agujero en
el piso para drenar los líquidos, pero que no era suficiente para eliminar
ningún elemento sólido. En pocos días, las deposiciones de ambos esclavos harían
el ambiente bastante insoportable, pero no había remedio para eso, salvo que
alguien los limpiara, cosa que en esos veinte días no iba a suceder, y esto
haría muy incomodo acostarse en el piso. La celda tenía una puerta trampa en la
parte superior, por donde se accedía, y además por ahí les sería suministrado el
alimento, una vez por semana.
La comida era todo un tema. Era una especie de mezcla de
arroz, con sal, pimienta, lombrices de tierra, leche y frutas en estado
deteriorado (habían pisado manzanas podridas, bananas deshechas y cáscara de
naranja). Este tipo de comida, llamada "pasta nutritiva", contenía todas las
nutrientes necesarias para una correcta alimentación, pero la pimienta y la sal
le daban un gusto fuerte y desagradable, que juntado a las lombrices de tierra y
a la fruta en mal estado, hacían una tortura la ingestión de este alimento. Pero
eso si, era lo que había y estaba totalmente comprobado que un ser humano podría
sobrevivir comiendo eso por un largo período. Les arrojaron unos diez kilos de
esa "pasta" por la puerta superior, la cual cayó casi toda sobre los desnudos
cuerpos de la pareja de esclavos, cerraron las puertas con candado, y ahí los
dejaron, solos, a oscuras, totalmente abandonados. Por los próximos siete días
solo podrían comer al tanteo del piso, dormir sobre la comida, y hacer sus
necesidades en al mismo lugar.
Las condiciones, casi infrahumanas, sumadas al gran calor
reinante, eran realmente muy difíciles. Para peor les habían esposado las manos
a la espalda, lo que les impedía totalmente utilizarlas para comer. Así pues
comerían del piso con la boca, utilizando para seleccionar el alimento sus
lenguas. A los siete días le seria repuesta el agua, y les arrojarían otros diez
kilos de alimento, y así en los veinte días que ahí deberían pasar.
La pareja de esclavos se conocían ya que pertenecían a la
misma ama. Ella era una mujer muy hermosa, de 24 años, bien dimensionada, con
unos enormes senos anillados y muy poca cintura, afortunadamente con su cabeza
rapada a cero, lo que le servía para no ensuciar su cabello en ese ambiente, lo
que le hubiera causado problemas extras, él tenía un año más, cabello corto pero
no afeitado a cero. Ambos sentían una mutua atracción uno por el otro y en común
por su ama, su Diosa, quien regía su sistema de vida desde hace ya casi tres
años. En las condiciones que se encontraban debieron instrumentar diferentes
acciones para poder pasarla lo mejor posible. No les estaba permitido tener
sexo, y para asegurarse de ello las seis anillas de la vagina de la esclava
quedaron enganchadas de a dos en dos con tres enormes candados. A su vez al
esclavo le pusieron un candado sobre la anilla de su pene, aunque no le impedía
orinar o masturbarse, si le impedía introducir el mismo en cualquier parte del
cuerpo de la esclava, lo que sería una tortura adicional, por ser ella tan
hermosa y tenerla desnuda a su lado todo el tiempo.
Para la higiene personal no disponían de agua, y debieron
acordar un sistema que impediría cualquier tipo de infección. Luego de defecar
alguno de los esclavos, el otro debería limpiarle el ano con la lengua. Esto era
imprescindible y tenían un pacto entre ambos. De no hacerlo, en pocos días los
restos de excremento se echarían a perder, y podrían llegar a criar gusanos, y a
ser hostigados por las infaltables moscas, que por alguna parte tenían acceso al
lugar.
Así pues, la primera noche no fue tan dura porque pudieron
recostarse en el piso que aun estaba seco, aunque sobre la comida. Pero a medida
que pasaban los días, la orina de ambos y los excrementos, comenzaron a hacer
imposible la estadía en ese lugar. Ello sumado al insoportable calor, a que la
comida se empezaba a descomponer y a la posición forzada de los brazos esposados
a sus espaldas, hicieron que en tres o cuatros días quedaran al borde de la
locura. El sufrimiento era tal que habían olvidado el sexo, para concentrarse en
temas como alimento, limpieza y posicionarse lo más cómodo posible. Sus únicas
actividades sexuales las mantenían cuando se limpiaban mutuamente, o sino
durante largos períodos del día en que solo podían matar el tiempo dándose
largos besos, puesto que la boca era lo único que podían utilizar libremente, lo
que los excitaba mucho y siempre terminaban en orgasmos por causa de
masturbarse. No lograban mantener una misma posición por más de unos minutos, y
esto sumado a los tremendos olores ahí reinantes, hacían su estadía un tremendo
infierno, llegando a dudar si realmente resistirían ahí esos veinte días. Se
rotaban en dormir uno apoyado sobre otro, pero no era para nada fácil.
Habían perdido la noción de hora, y día en que estaban, sus
manos esposadas en la espalda le acalambraban los brazos, y de tanto en tanto se
sobresaltaban de dolor.
El agua se les acabó antes del tiempo previsto, y por un
período de casi dos días tuvieron que beber su propia orina, cosa a la que
estaban acostumbrados y no les afectó demasiado. Cuando de repente se escucharon
unos ruidos, era el sereno, quien entró con dos bidones de agua, los que cambió
por los dos vacíos. El agua fue como una bendición, y bebieron de inmediato con
avidez. Unos minutos más tarde llegó con unos baldes de pasta nutritiva, la que
arrojó sobre sus cuerpos y sobre el piso, repitiendo esta operación tres veces,
cerró todo y se marchó sin pronunciar palabra alguna. Quedó un silencio
sepulcral. Por otros siete días no tendrían otras novedades. Ellos no se
preocuparon demasiado ya que si bien las condiciones eran muy pero muy duras, al
menos esos días estaban juntos, no sentían el rigor de la ira de su ama, quien
los azotaba a diario y los torturaba cuando a ella se le ocurría, por el solo
hecho de darse placer, y salvo la incomodidad para dormir, y para comer, lo que
hacían del sucio piso con sus bocas, lo demás era para ellos lo que siempre
habían deseado, ya que ambos eran esclavos muy sumisos y masoquistas.
Así pues, pasados los veinte días llegó el momento del
rescate. Sacados fuera de la celda, su estado era deplorable. Estaban totalmente
cubiertos de excrementos, comida y orina. Habían adelgazado como cinco kilos
cada uno debido al insoportable calor y a la mala alimentación, apenas si podían
moverse y por supuesto al principio les costó mucho abrir los ojos a la luz. Les
quitaron las esposas, los colgaron de los tobillos de un gancho en el techo
cabeza abajo y los lavaron profundamente con agua a presión y detergente para
lavar ganado.
Sus cuerpos, desnudos y hermosos, nuevamente estaban limpios
y perfumados.
Los bajaron una vez secos y los encadenaron a la pared, como
el primer día en que llegaron, a la espera de asignarles sus jaulas personales,
para quedar ahí por el resto de los dos meses que debían pasar hasta que su ama
los venga a buscar.
Parte del calvario había terminado, ahora estarían atendidos
diariamente, pero como contrapartida estarían separados.
Ellos en ningún momento pronunciaron palabra alguna, esas
eran sus órdenes, jamás hablar ni pedir nada. Estaban tan cansados que actuaban
como autómatas, pero era la vida que habían elegido, y ninguno de los dos se
arrepentía de ello.