El brujo
Presurosa y malhumorada caminaba hacía el Metro cuando una
voz –casi grito— a sus espaldas detuvo su paso: "¡Mita!..., Mita..., espera",
si, era a ella, volteó al momento y descubrió a una mujer regordeta que se
dirigía a su encuentro. Ya frente a frente, todavía no la reconoció, "soy yo,
Elena!, no me recuerdas mujer, el liceo de monjas, estudiamos juntas todo el
curso, hay mujer, pero si estas igualita, guapa y toda la cosa!".
Hasta ese momento recordó a su antigua amiga del colegio,
Lena, su única amiga, la única chiquilla que la apoyaba cuando las demás la
hacían motivo de burlas. Respondió al saludo y ambas se abrazaron recordando los
viejos tiempos. De repente Carmen se sintió mejor, contenta, ambas se dirigieron
a un cafetín cercano y continuaron la plática:
--"Pero dime Lena, ¿cómo estás?, ¿cómo te ha ido?".
--"Bien, muy bien Mita, felizmente casada, tengo dos hijos,
¡ya grandes!, los dos en carrera, sigo trabajando, soy secretaria de una empresa
privada, gano muy bien y hasta..., bueno..., ¿sabes qué?, tengo un amante!...".
--"¡No me digas!, hay Lena!, quien te viera, ¡pero hay
mujer!..., ¡las cosas que haces!".
--"Si, Mita, tengo un novio con el que salgo desde hace
tiempo, soy feliz con mi marido, pero como podrás imaginar, al paso de los años
llega el aburrimiento, el hastío..., así que le di el si a un viejo amigo,
salimos cuando mi marido tiene trabajo en provincia, ¿él es agente viajero
sabes?, así que me doy mis escapadas, pero a ver dime tú, ¡cómo estás!, ¿ya te
casaste?...".
La cara que puso Carmen comunicó de inmediato a la amiga sus
desventuras. Con 46 años Mita, profesionista exitosa, pocas veces había conocido
el amor y de sus escasos encuentros sexuales sólo tenía malos recuerdos.
--"Hay mujer, ¿pero cómo?, vos eres abogada, independiente,
con éxito, te vistes bien, conoces a mucha gente importante y ¿no te haz
casado?..., ¿no?, ¿tampoco tienes novio?, ¿hay… no me digas?".
Un tanto avergonzada Mita tuvo que relatarle, en pocas
palabras, que no..., ha novio no llegaba, menos a amante de planta y mucho menos
a esposo.
--"¡Hay manita!, pero ¿por qué?, vos sos bella, muy
atractiva, no lo entiendo...", dijo Elena.
Mita suspiró compungida, hasta sintió que las lágrimas la
traicionaban.
--"Hay amiga..., no llores por favor..., lo menos que llegué
a imaginar de vos es que te pasara esto, no se que decirte para consolarte...,
¡ah ya se!, mira, ¿tú crees en la astrología?, ¿te han leído alguna vez las
cartas?"
--"¡Por supuesto que no mujer!, ¿qué cosas dices?, nunca he
confiado en eso de las cartas, ¡ni siquiera se de que signo soy!...".
--"Pues deberías..., mira yo conozco a un señor, casi un
anciano, muy buena gente. Una amiga me llevó cierto día cuando ya no aguantaba
la depresión, y aunque no lo creas de inmediato me sentí mejor, vi mejor la
vida, encontré que hay cosas que tú puedes componer con sólo proponértelo, mira,
hasta me ayudó para decidirme a tener novio!, ¡aunque no lo creas!, ¡de verdad
Mita!".
--"Hay Lena, ¿cómo voy a creer que tú vos estés en eso?, me
asombra, pero bueno, cada quien es libre de creer en lo que sea".
--"Si Mita, de verdad, si quieres un día te llevo, nada
pierdes mujer, total si no crees en eso y nada cambia de tu vida, pues ni modo,
pero al menos haz el intento, ¡anda mujer!, acepta".
--"No lo se Lena, pero la verdad es que ya no se que hacer,
parece que a los hombres los ahuyento en lugar de atraerlos, y pues..., a veces
me siento triste, me encierro en mi cuarto y termino llorando..., no se que
hacer".
--"Pues nada más dime cuándo tienes tiempo, un fin de semana
te llevó, cobra poco, te lee las cartas y te dice más o menos que debes hacer,
total si no te funciona pues no pierdes nada, no tengas desconfianza, yo voy
contigo, ¿aceptas?".
El encuentro
Nunca supo Mita cómo fue que aceptó, pero el sábado siguiente
ya estaba ahí, en la "sala de espera" de aquella casa, conoció al hombre, sintió
escalofríos y apretó la mano de su amiga; el tipo se llamaba Jacinto, de edad
indeterminada; parecía más viejo con aquellas barbas mal cuidadas y canosas. La
mujer sintió como aquella mirada la traspasaba, no sólo se sonrojó, sino sintió
que sus piernas la traicionaban, apenas escuchó su voz pausada:
--"Yo sé ha qué haz venido, vos hiciste bien en decidirte,
ven, pasa, no tengas miedo, yo tengo la solución a todos tus pesares...".
Se sentó en una desvencijada silla, el brujo hizo lo mismo
frente a ella, en medio de los dos una maltrecha mesa, desnuda, mugrosa, sin
mantel, sólo la carcomida madera, y sobre ella el mazo de extrañas cartas. Con
mano diestra el hombre barajó varias veces, luego pidió a Mita escoger algunas
cartas y las fue desplegando una a una sobre la mesa, inició un monólogo que
dejó fría a la mujer:
--"Vos sos una mujer con mucho éxito, te ha ido bien en estos
años, no eres rica, pero vives bien. Cuidas de tu padre, que es pensionado, tu
madre murió hace poco, y te sientes más sola aún porque ella era la única que te
escuchaba y comprendía tus problemas. Tus males de amor se remontan a aquel
novio que te hizo el amor a fuerzas, lo amabas, pero él a ti no, tenías ganas,
estabas excitada, pero él era un patán que sólo pretendía desflorarte.
Terminaste embarazada de aquel único encuentro. Te hiciste un legrado, tu
hermana casada te ayudó. Desde entonces haz tenido miedo de los hombres. Luego,
años después te enamoraste del socio de tu cuñado, con él hiciste el amor tirada
sobre la alfombra de la oficina, tampoco aquella vez sentiste placer, de nuevo
resultaste embarazada, volviste a hacerte un aborto. Malo muy malo, todo eso fue
muy malo, desde entonces te haz sentido mal, tienes sentimientos de culpa por
haberte sacado aquellos niños, si te hubieras decidido tal vez ahora vos serías
una madre feliz, pero las hojas de la vida no dan vuelta atrás. Te llamas
Carmen, te dicen Mita, estudiaste en un colegio de monjas y eras motivo de
burlas por parte de tus compañeras, quienes envidiaban que tú fueras más
inteligente y bella que muchas de ellas. ¿Voy bien?...".
Mita se sintió desnuda, no podía hablar. Todo lo dicho por el
viejo era cierto. ¿Cómo era posible aquello?, se decía con aliento contenido. El
hombre continuó:
--"Hace tiempo, en unas vacaciones, fuiste a visitar a tu
hermana al extranjero, ahí conociste al único hombre que te ha hecho feliz, un
hombre de color, alto, fuerte, musculoso, muy bien dotado sexualmente, eso te
sorprendió, vos sentiste terror cuando lo viste desnudo frente a ti, quisiste
escapar de ese hotel, pero él supo tratarte con ternura y te hizo el amor como
nunca pensaste, nunca te imaginaste tener tal cantidad de orgasmos. Pero sólo lo
tuviste unos días. Quedaron como amigos, pero nunca se repitió el encuentro
planeado. Luego supiste que él había muerto en un accidente de tránsito..., ¿me
equivoco?".
La voz trémula de Carmen apenas le alcanzó para decir un
apagado "no".
--"Han pasado años de eso. Vives una existencia vacía,
triste, solitaria, llena de temores y de represión, ahogas tu sexualidad pero al
final la soledad te lleva a acariciar tú sexo, pero terminas en orgasmos llenos
de culpabilidad. Varios hombres han intentado acercarse a ti, pero tu actitud
los aleja, sienten que... eres rara..., tu sentido de independencia y tus
temores ocultos los asustan, todo eso te ha llevado a llenar tu vida de cosas
superfluas, inservibles, pero suspiras cuando en una mesa cercana ves que una
pareja se besa, vos añoras el amor pero tienes miedo de buscarlo, anhelas
sentirte penetrada por un hombre que te saque tus orgasmos reprimidos pero
sientes terror cuando algún hombre intenta acercarse a ti. Eso debe terminar
Mita, ¿entendés?, yo te puedo ayudar, pero vos sos quien debe aceptar mi ayuda,
de forma real, sincera, honesta, de otra forma no servirá de nada que vengas.
Sigue tu vida, piensa en lo que te he dicho, puedo poner fin a tu triste
existencia, si te decides serás una mujer nueva, feliz, segura de si misma, con
ansia de conocer gente, con ganas de aceptar una invitación de algún amigo a
salir, ante todo sin temores. Cuando estés lista ven a verme, sola, ya no
necesitarás que venga tu amiga, puedes comentar o no con ella lo que te he
dicho, pero eres vos quien debe decidir, ¿entendés?".
Totalmente confundida por lo que había escuchado Mita no
comentó nada con Lena. El regreso fue en silencio, la amiga lo comprendió, se
despidieron quedando de llamarse en los próximos días.
Sueños raros
La noche la sorprendió refugiada en su recámara. Todavía no
alcanzaba a comprender lo que le había ocurrido aquella tarde con aquel viejo
hombre. Su mente estaba bloqueada, se sentía cansada, el cuerpo le dolía y una
fuerte cefalea la atacaba. Sus pensamientos daban vueltas interminables sin
encontrar a comprender que le había ocurrido, hasta que sin darse cuenta se
quedó profundamente dormida, pero el pesado sueño se convirtió poco a poco en
pesadilla.
Se vio a si misma acostada en su cama, desnuda, todo el
cuerpo le palpitaba, miraba sus tetas diminutas y le parecía descubrir en sus
pezones el anticipado placer, sentía su sexo viscoso y caliente. Parado frente a
ella estaba un hombre, también desnudo, con aquella grandiosa erección
apuntándola, la descomunal verga negra parecía apuntar directamente a sus ojos.
Reconoció en seguida quien era el hombre, era Joseph, Pepito, --como ella misma
lo bautizó-- el jamaiquino de color de quien se enamorara en Miami. Pero no
alcanzaba a verle el rostro, su ansiosa mirada abarcaba todo aquel cuerpo, las
musculosas piernas, el plano vientre negro y reluciente, y sobre todo la verga
gruesa y larga, que tumefacta a causa de la excitación parecía apuntar hacía
ella cual si fuera un arma amenazante. Su hombre la frotaba delicadamente con su
mano derecha, como para lograr una mayor erección. Aquello te excitó, y en
sueños escuchó su propia voz llamándolo: "ven, papito rico, méteme tu verga por
favor".
El se contuvo unos minutos más, se vio a si misma abriendo el
compás de sus piernas, llamando al macho. Para ella fue una eternidad hasta por
fin lo tuvo montado entre sus piernas, cubriendo con su fuerte pecho su cuerpo,
lo atenazó con sus muslos, y en su panocha abierta sintió el grueso glande
luchando por entrar, el dolor de la penetración hizo que escapara de sus labios
un doloroso "aaaay!", pero la verga fue penetrando, poco a poco. Era increíble,
pero Mita siempre se asombraba de que le cupiera tal cantidad de carne. Mita –en
el sueño-- vio a la pareja quedarse pegados mucho rato hasta que de pronto se
inició una brutal cabalgata, que tras innumerables arremetidas de miembro le
sacaba dos, tres, cuatro orgasmo, hasta que el negro eyaculó una enorme cantidad
de semen, que cuando el hombre sacó la semi desfallecida verga de su caverna
salió con tal fuerza alcanzó a salpicar el pecho de su amante.
Se vio a sí misma quedar con las piernas abiertas
parcialmente recogidas; el sexo hinchado y distendido, viscoso; los castaños
vellos de su vagina pegosteados y brillosos por el semen que escurría y sus
propios jugos que desataban un penetrante aroma a sexo. El hombre que la miraba
con ternura desde la orilla de la cama, poco a poco se fue desvaneciendo hasta
desaparecer, en ese momento Mita despertó gritando: "¡no!, ¡no te vayas por
favor!", estaba sudando a chorros, y cuando recuperó al fin la respiración se
tocó el sexo y lo encontró mojado, tremendamente mojado y caliente, en la
habitación reinaba un penetrante aroma a sexo, a semen. Esa noche ya no pudo
conciliar el sueño.
La siguiente noche la pesadilla se repitió, pero ahora el
negro le besaba el culo, ella acostada boca abajo, él con la cabeza entre sus
nalgas, manteniéndolas abiertas con ambas manos. Mita sentía como la filosa
lengua del negro titilaba su enrojecido culo, mientras deslizaba un dedo dentro
de su vagina; en sueños la mujer sentía crecer y crecer su excitación, la lengua
del hombre estaba distendiendo su culo, el conjunto de pliegues cedía y se iba
abriendo poco a poco, hasta penetrarla con la puntiaguda legua, y hacerla gozar
y gozar; los orgasmos se sucedieron uno tras otro, los dedos del macho hacían
maravillas dentro de su sexo, en tanto que la lengua la penetraba por el culo.
Pero cuando ahíta de tanto placer, Mita recobraba la tranquilidad, de nuevo el
negro desaparecía entre una nube de humo blanquecino, la mujer despertó de
inmediato para llamarlo, para suplicarle que no la abandonara, y entre gritos
histéricos Mita creyó escuchar algunas palabras de su amante muerto que marcaban
por fin un doloroso y definitivo adiós.
La cura milagrosa
Al día siguiente la mujer estaba decidida. Iría a ver al
brujo Jacinto. Cuando por fin llegó al "consultorio" del viejo se sorprendió al
oír que le decía "pasa, te estaba esperando, tengo preparada tu medicina".
Entró al cuarto que servía de consultorio llena de temor,
pero al momento se sintió extrañamente tranquila, ahí se respiraba un raro
perfume, mezcla de incienso y hiervas. En el centro del cuarto una gran tina
metálica parcialmente llena de agua caliente y en la que flotaban hiervas
extrañas. Mita no se sorprendió ante la petición del brujo:
--"Carmen tengo que bañarte en esa agua especial, debes
aceptar, desnúdate mientras terminó de preparar la segunda parte de la
curación".
Se sorprendió a si misma al aceptar la orden del brujo, como
hipnotizada se fue quitando la ropa y cuando se despojaba de su pequeña tanga
rosa de satén llegó el viejo para ordenarle que se metiera en la tina, eso hizo,
sintió la calidez del agua que llegaba hasta sus pantorrillas, se fue sentando
poco a poco hasta que el agua cubrió su bajo vientre. Con ambas manos Mita se
cubrió pudorosamente las pequeñas y firmes chiches, sintiendo que todo su cuerpo
era presa de una extraña excitación.
Sintió llegar a sus espaldas al brujo, que sentado en un
pequeño banco de madera procedió a bañar su espalda con aquellas hiervas
mientras entonada extraños cánticos, al momento la mujer sintió que se
desvanecía.
Las sabias manos del viejo la fueron adormeciendo hasta que
como entre sueños sintió esas mismas manos refregar sobre sus pechos las
extrañas hiervas empapadas de esa agua perfumada, en tanto que todo su cuerpo
fue presa de una calurosa sensación; era calor, era excitación y sentada dentro
de la tina como sin querer sintió que sus piernas se abrían en compás hasta
hacer que sus talones se colocaran en el borde de la tina, fue entonces que las
huesudas manos del viejo fueron y vinieron a lo largo de sus muslos, vagaron por
su bajo vientre; hasta que por fin una de esas manos se sumergió en su
entrepierna.
Carmen miraba expectante la tarea del sabio brujo, nerviosa
pero llena de excitación sintió la mano derecha del brujo llevar hasta su pubis
el manojo de hiervas y refregar ahí, precisamente ahí, dónde sentía más calor,
ahí donde en ese momento su carne estaba abierta y ardiendo; sintió perder la
conciencia justo en el momento en el que aquellos hierbajos quedaban atrapados
entre sus piernas y en ese momento, como entre sueños escuchó al viejo ordenarle
"cierra las piernas", eso hizo, su respiración se cortó y el orgasmo la invadió
de pronto, lo mismo que la inconciencia; se fue de este mundo sintiendo como su
pepa palpitaba y sus gemidos llenaban la derruida habitación, hasta desvanecerse
en un profundo sueño.
Cuando despertó Mita estaba sobre un desvencijado camastro,
cubierta de un remedo de sábana, eso sí, limpia, olía a jabón corriente. Sintió
su cuerpo desnudo bajo la sábana, lo comprobó, de nuevo se sintió nerviosa,
desamparada, "¿qué habrá pasado?", se preguntaba. Todavía soñolienta escuchó la
voz del viejito junto a ella: "bien Mita, ahora falta lo mejor, lo último para
que quedes curada", lo vio acercarse a los pies de la cama y empezar a quitar
parcialmente la manta, ella de inmediato se aferró a la manta y cerró con fuerza
las piernas; oyó de nuevo la voz: "no Mita, no te resistas, es por tu bien, abre
las piernas, voy a colocar algo dentro de ti, en tu vagina, algo que te va a
transformar y a traer la felicidad que siempre haz deseado".
Ella protestó: "¿qué es eso?, dígame qué es por favor, tengo
que saberlo", a la vez que trataba infructuosamente de mantener a buen recaudo
su desnudo cuerpo.
--"Es algo similar a un tampax, o tampón como les llamen,
sólo que el algodón lo he sumergido en hiervas, en plantas con poderes muy
especiales, todo está limpio, es perfectamente higiénico, sólo que lleva mi
receta especial para mujeres como tú, debes permitir que coloque esto dentro de
ti, no tengas miedo, si hubiera querido hacer algo malo contigo hace tiempo que
lo hubiera logrado, ¿no crees?, así que no te hagas la niña y déjame terminar mi
trabajo".
Aquella orden autoritaria la dejó fría, helada, sin
posibilidad de escape, "relájate y abre en compás tus muslos, no debes tener
miedo, todo saldrá bien", escuchó aquello cuando descansó su cabeza sobre el
camastro cerrando los ojos, imaginando al vejete fisgando, con ojos lujuriosos,
su más secreta intimidad; tensa y alerta con la respiración contenida, sintió
los rudos dedos del brujo abrir su cavidad vaginal, los carnosos bordes de su
pucha abiertos; luego el extraño y tieso objeto al presionar sobre la entrada de
su cuevita, que pese a la tensión la sentía húmeda y ardiendo; al momento tensó
más el cuerpo, sus manos se aferraron al remedo de cama, contuvo un grito o
gemido, entonces sintió que aquello la penetraba, lentamente, poco a poco, a la
vez que la voz "calma, Mita, calma, ya falta poco" trataba de tranquilizarla,
cuando por fin se percató de que el viejo erguía el cuerpo lo miró cerca de
ella, a escasos centímetros de su rostro, diciéndole: "hemos terminado mujer,
puedes reposar un poco si quieres o vestirte ya, como desees, pero antes que te
vayas tenemos que hablar".
Cuando el brujo la dejó sola de inmediato Mita se bajó de la
cama buscando su ropa, pero sintiendo dentro de su cuerpo esa cosa incómoda se
contuvo; era extraño, pero sentía que algo raro le estaba ocurriendo, como
pequeñas palpitaciones en su vagina, como cosquillitas; preguntándose qué le
estaba pasando procedió a vestirse. Al terminar, ya el viejito la esperaba:
--"Bien Mita, hemos terminado, pero antes de que vos te vayas
debes escucharme y seguir al pie de la letra lo que voy a decirte, ¿entendés?".
--"No, no entiendo nada, ni siquiera se por qué vine, menos
aún por qué me hizo usted todas esas cosas, necesito saber…", arguyó la mujer.
--"Lo que vos necesitas es cambiar, ser diferente; necesitas
abrirte al amor, conocer un hombre o varios hombres, necesitas buscar tu
felicidad y ser una mujer completa, por eso viniste hoy; se de las pesadillas
que haz tenido, se de los deseos que te atormentan y por ello vos estás aquí;
luego de hoy serás por fin una mujer diferente, ahora debes prometer que
cumplirás mis órdenes al pie de la letra, ¿quedó claro?".
Carmen asimiló la orden asintiendo con la cabeza; el brujo
continuó:
--"A partir de este momento empezarás a sentir cosas raras en
tu vagina, en tu cosa o como tú le llames; primero: no debes retirar de ti eso
que introduje, por ningún motivo, ¿viste?, por ningún motivo; segundo: tampoco
debes tocarte ni acariciarte, en otras palabras tienes prohibido masturbarte,
¿quedó claro?, aunque te asalten las ganas; tercero: conforme pasen las horas
podrás controlar mejor esas sensaciones, puedes hacer todas tus actividades
diarias, como ir a trabajar o todo lo que haces habitualmente, y hasta dentro de
72 horas podrás quitarte el tampón, que te quede claro".
La mujer, apretando las piernas en un inútil intento por
aplacar las extrañas sensaciones que se posesionaban de su bajo vientre, se
atrevió a decir: "pppeeero cómo hago para contenerme, si siento todo esto, no
se, me siento mal, rara, no se siquiera si podré salir de aquí, caminando y
sintiendo aquello..., de verdad no se si podré".
--"Tenés que poder, haz un esfuerzo, tienes que hacerlo".
--"Lo intentaré, al menos eso..., dígame ¿cuánto le debo?".
--"Espera a que veas y sientas los resultados, si todo
resulta como espero, regresarás, entonces hablaremos del pago, antes no; ahora
Mita puedes irte y que te vaya bien". Eso fue lo último que escuchó Mita antes
de meterse entre las calles de aquel pobre caserío, ansiosa, buscando un taxi
que la sacara de ese lugar.
Ya en un taxi, los gestos de Mita por tratar de mitigar lo
que sentía fueron percibidos por el chofer del auto: "¿se siente mal señorita?,
¿le pasa algo?, vos tenés mal semblante ¿quiere que la lleve a un doctor?", ella
apretando los labios como pudo le dijo que no, que todo estaba bien, que se
apresurara a llevarla a su casa y le dio la dirección de su domicilio. Cuando
por fin subía los escalones rumbo a su departamento, Mita sentía que las piernas
la traicionaban, su frente se perlaba de sudor y su agitada respiración era
muestra de lo que ocurría entre sus piernas, y cuando ya en el baño de su casa
se bajó la tanga, la encontró mojada y olorosa a sexo; miró su gatita y la
encontró inflamada, entreabierta, viscosa, con los pelitos pegosteados por los
jugos y los bordes de la pucha inflamados, sintiendo las conocidas palpitaciones
en su cueva, como si su vagina pidiera ser invadida por una verga erecta, como
cuando se excitaba; iba a tocar sus secretas carnes cuando recordó al viejo:
"por ningún motivo te toques..., no debes masturbarte". Eso la contuvo, sin
embargo siguió sintiendo que la pucha le palpitaba, sensación que si bien se
centraba en su sexo también la sentía en su culo, invadía todo su cuerpo.
Procedió a desnudarse y meterse bajo la regadera, un baño de agua fría la podría
calmar, se dijo.
Por la noche, bajo las sábanas, fue infructuoso conciliar el
sueño y cuando por fin lo logró su sueño fue una constante pesadilla. Ya casi
era media mañana cuando se despertó, furiosa consigo misma se levantó en el acto
al recordar el cúmulo de actividades que tenía pendientes, pero al volver a
sentir aquel objeto extraño lo meditó mejor: "quizá no sería buena idea salir de
casa", se dijo. Por teléfono canceló sus citas de trabajo y se metió en la tina
de baño, así estuvo, sumergida en la tibia agua, sintiendo en su entrepierna la
persistente picazón y las tremendas ganas de darse dedo, al menos, pero la
promesa hecha al viejo brujo la hizo contenerse. Así pasó el día, molesta y…
caliente.
La vida cambia
Al siguiente día las molestias amainaron, parecía que su
puchita se había acostumbrado al tampón metido hasta el fondo de su cuerpo, su
sexo seguía un poco inflamado y caliente, pero en general se sentía mejor y ya
cuando bañada se peinaba frente al espejo notó algo extraño, su rostro lucía
hermoso; su mirada tenía algo nuevo, un brillo diferente; sus tetas estaban
paraditas, frescas, bonitas; dio media vuelta y miró su espalda firme, la curva
de sus carnosos glúteos y piernas, huummm, en fin, se veía diferente, hasta más
joven, se dijo riendo. Aquel descubrimiento la animó a salir.
Ya en un restaurante, donde paró para almorzar, las miradas
que dos o tres hombres le dispensaron vinieron a confirmarle que el tratamiento
del brujo estaba haciendo efecto. Fue a los tribunales a atender asuntos
pendientes y los asistentes habituales que la conocían de vista ahora volteaban
a mirarla con detenimiento, era algo misterioso se dijo Mita, puesto que su
arreglo personal no había variado; no era eso, era algo misterioso, como un
magnetismo oculto o una fragancia apenas perceptible, pero los hombres le
sonreían corteses, invitadores. Al principio se sintió incómoda, luego disfrutó
de su oculto atractivo. Total que ese día recibió, por primera vez en su vida,
tres invitaciones a comer por parte de colegas de profesión que antes ni se
dignaban a saludarla, pero se contuvo quedando con ellos para posteriores días.
Con la llegada de otro día se cumplía el plazo establecido
por el viejo brujo, ya podría sacarse el tampón, que por cierto ya no le
molestaba. Antes de ducharse, y luego de orinar sentada en la taza del wc sus
dedos buscaron en su entrepierna el hilo de algodón, lo encontró y jaló de él,
el objeto fue saliendo causándole cosquillitas al resbalar por el canal vaginal
y ya lo iba a soltar dentro del water pero cuando lo tuvo fuera lo alzó frente a
su cara; los fuertes aromas de su propio sexo le llegaron insistentes a la
nariz, observó con detenimiento el tubo de algodón que goteaba líquidos y no
descubrió nada extraño, pero su pepita ahora lucía menos hinchada tal vez tenía
más gruesos y carnosos los labios externos, pero al menos ya no sentía la
insistente picazón en su vagina.
Sentirse libre de aquel objeto la tranquilizó, respiró
aliviada y como para comprobar si en algo había su sexo se puso de pie y
parcialmente desnuda se colocó frente al gran espejo que tenía frente a sí; miró
con detenimiento su entrepierna y no encontró nada fuera de lo normal, pasó una
de sus manos por su monte de venus y notó que esa zona estaba un poco más
combada que antes, sintió su pepa más ´gordita´ o carnosa pero los labios
vaginales estaban igual, plegados sobre sí, con la raja rosada; siguió con sus
exploraciones y notó que los vellos castaños de su pepita ya estaban crecidos,
pues tenía ya tres semanas de no ir la gimnasio y por tanto ya no se había
depilado, por lo que aunque escasos sus vellos ya estaban bastante largos y
algunos ya empezaban a invadir la zona que quedaba libre de su calzoncito, Mita
no lo pensó dos veces: una buena depilada, aunque no tanto como dejar calva su
pepa, se dijo sonriendo jalando los vellos más largos.
Con esa idea buscó en su buró unas pequeñas tijeras de
depilar y en dos o tres cortadas los pelos quedaron cortados y su pepita con una
rala mata de vellitos cortos; como para verificar que el sexo le hubiera quedado
"presentable" se paró de nuevo ante el espejo y abriendo las piernas se examinó
con detalle, si, estaba linda su pucha, gordita, depilada, los labios mayores
pegados sobre si; en eso con atrevimiento los dedos de su mano formaron una V
invertida sobre la raja y la abrieron desplegando la carne interna con aquellos
dos labios menores rosados, flexibles y suaves: miró detenidamente la raja
expuesta y notó el brillo provocado por su íntima humedad y en el inicio de la
pepita el carnoso capuchón que cubría su clítoris, en ese momento tuvo el
impulso de acariciar su puchis; se sentía excitada pero con la respiración
contenida decidió que dejaría para otro día "hacerse la pajita".
De negocios
Ese día iniciaría tratos con un abogado alemán, enviado por
la familia de su cuñado, para conocer los avances en varias causas que no
parecían avanzar. Acudió al despacho y ya ante el maduro hombre en idioma inglés
le fue explicando lo que él quería saber; pero algo incomodó a Mita, el tipo no
le quitaba la vista de encima, con mirada escrutadora parecía querer comérsela,
no obstante siguió con su trabajo, le entregó documentación que le requería y
cuando ya pensaba haberse librado del insistente alemán, éste le propuso ir a
comer para discutir sobre sus honorarios, tuvo que aceptar.
Más tarde regresaron al despacho para que el abogado le
extendiera un cheque por sus labores, ella se sintió intranquila, sobre todo
porque durante la comida el abogado no dejó de abordarla con halagos y
comentarios invitadores, además el hombre a pesar de los años se veía
interesante según ella que temía terminar cediendo a los halagos del alemán.
Ya en la oficina cuando la mujer guardaba en su bolso el
ansiado cheque sintió por la espalda que las manos del hombre rodeaban su
cintura, quiso evitarlo pero sólo logró caer en el sofá, al momento el tipo se
sentó junto a ella e intento besarla, Mita se resistió, pero poco, pues momentos
después ya con las bocas juntas las manos del hombre le jalaban la tanga blanca
de algodón mientras que ella tomaba posesión del abultado pene erecto que ya el
abogado había sacado del pantalón. Total que minutos después el hombre bufaba
sobre ella al arremeter con su miembro en su caliente pucha, ella resintió la
falta de cariño pero se compensó al sentir las fieras arremetidas de esa pinga,
de regulares dimensiones dijo para sí, pero erecta, bien dura. Mita incrementó
su placer al subir sus pantorrillas en los hombros del abogado, que así metía
más profundamente su verga, momentos después ambos llegaban al clímax, la venida
fue simultánea, luego volvieron a besarse con pasión, el hombre quiso repetir,
pero Mita atajó el intentó mamándole la verga semi erecta hasta que, ya bien
excitado, el tipo se vino abundantemente en su boca, la mujer le sacó hasta la
última gota de semen apretando los labios sobre el duro garrote y tragando los
chorros de semen. Ya vestidos el hombre le confesó su repentino enamoramiento.
Al siguiente día Mita tuvo que soportar otra ola de asedios
por parte del alemán hasta que aceptó ir a un hotel con él; ya en el lugar ella
puso sus condiciones: lo obligó a usar condón y lo montó casi media hora, tiempo
durante el cual ella se vino de manera tumultuosa varias veces, lo mismo que el
maduro hombre, quien casi le suplicó que aceptara casarse con él, ella prometió
pensarlo, pues si bien el tipo no era un adonis cuando menos cogía bien, dijo la
mujer para sí. Cuando se despidieron en el aeropuerto el tipo insistió en que le
permitiera regresar en un mes para saber personalmente sobre la propuesta de
matrimonio, ella aceptó.
Ayudando a Juanito
Durante el trayecto de regreso a su casa, Mita volvió a
comprobar que su suerte con los hombres había cambiado: al caminar por los
pasillos del aeropuerto; mientras esperaba un taxi; cuando tomaba un café, en
todos esos lugares fue centro de miradas, unas llenas de curiosidad otras más
bien cargadas de lujuria; era un olor misterioso, como el silencioso llamado de
la hembra en celo en busca del macho; volvió a sentirse incómoda, avergonzada y
hasta temerosa, pero el sentimiento fue pasajero y contra su natural
comportamiento hasta se atrevió a devolver algunas de esas miradas, como
diciendo "si, aquí estoy y soy una hembra hambrienta de sexo, quiero un macho,
un hombre que me monte y me haga feliz", como calibrando cada uno de esos
prospectos, aspirantes o suspirantes que anhelaban secretamente la señal de
aceptación de esa madura mujer, al parecer simple o normal pero que tenía ese
"algo" atrayente y misterioso.
Cuando por fin llegó a su casa Mita se entretuvo en preparar
la comida para su padre, comió cualquier cosa y se refugió en su cuarto con la
extraña sensación de que era otra mujer la que entrara en esa habitación; como
si entrara a un espacio desconocido y no aquel en el que cotidianamente, durante
años, llegara a llorar sus desventuras y sinsabores; no, ahora estaba conciente
de su nuevo y recién adquirido poder: el de atraer a los hombres. Era como si de
la noche a la mañana si hubiera llenado de confianza en sí misma, con poder de
decisión, con el control sobre su vida, sobre todo satisfecha como mujer, sin
aquella conocida frustración, sin esa vieja convicción de que no servía como
hembra. Con esos sentimientos se sintió a sus anchas, plena, llena, contenta y
feliz; todo eso la hacía sentirse diferente, hasta el atardecer se miraba
diferente por la ventana; se percató de ello y suspiró pensando: "de ahora en
adelante sólo será cuestión de encontrar una buena pareja que me ame y una su
destino al mío, voy a encontrar un marido que me quiera y que me llene de leche
a todas horas, todas las noches, todos los días, todas las horas de lo que quede
de mi vida…".
Y sin darse cuenta llegó hasta el ventanal de su balcón,
desde ahí el atardecer, algunas veces, era espectacular, y así ocurría esa
tarde: las nubes aborregadas resaltaban sus blancos y grises, y entre ellas los
rayos amarillos y anaranjados del sol, y sobre todo el limpio azul del cielo; se
animó a salir al balcón, abrió la puerta que daba acceso a esa área común del
edificio donde una decena de familias vivía y se apoyó sobre el barandal
metálico para gozar de esa hermosa vista, y así estuvo varios minutos,
disfrutando de ese momento íntimo y mirando el sol desaparecer lentamente en el
horizonte, en eso un leve gemido la sacó de sus pensamientos, procedía del
balcón vecino, donde vivía una familia formada por una pareja entrada en años y
su único hijo, un joven que andaba por sus veintes, que por cierto en ocasiones
le mandaba miradas llenas de deseo. Aquello extrañó a Carmen y su sexto sentido
le avisó que sería mejor regresar a su cuarto, pero se contuvo y aguzó el oído;
sí, era como un apagado gemido gutural.
La curiosidad la empujó a tratar de mirar más allá de la
malla metálica que separaba los balcones de ambos departamentos; creyó ver ahí a
alguien acostado sobre un camastro, se asustó pero nerviosa siguió
inspeccionando, buscó una rendija y al encontrarla descubrió a Juan, su joven
vecino acostado sobre una tumbona de plástico blanco, como descansando, pues
estaba sólo con una playera y un calzoncillo de colores. Ese descubrimiento la
llenó de nervios y pena, pero no pudo apartarse de ese lugar y respetar la
intimidad de esa persona; por el contrario, miró con detenimiento y vio al joven
hombre con los ojos cerrados, como dormido; pero eso no era todo: tenía la mano
derecha metida en el short a la altura del sexo, y en esa zona una
protuberancia, un curioso bulto. En ese momento todo el organismo de Mita
reaccionó: como una corriente eléctrica sintió el deseo naciendo desde su
entrepierna y erizando toda su piel, como el llamado del sexo, pues al momento
sintió su pucha palpitar ansiosa.
Mita siguió curiosa lo que hacía Juanito, parecía manipular
su pinga guardada en el calzón, con lentitud, con suavidad, como gozando el
placentero momento; ella miraba con detenimiento como la mano manipulada aquel
bulto bajo la tela de colores chillantes. El saberse espectadora anónima de
aquel inusual espectáculo incrementó su naciente excitación, Mita se sintió
caliente y para comprobarlo metió la mano entre sus piernas para percatarse de
la caliente humedad que invadía su entrepierna y siguió con ojo ansioso la lenta
masturbación de su vecino pensando: "que se quite el pantaloncito, que se lo
quite", mientras su mano derecha frotaba ansiosa su panochita ya caliente y
hambrienta; y como si el vecino leyera su pensamiento Mita expectante y con los
labios secos vio como aquél se despojaba parcialmente de la prenda que estorbaba
para dejar a la vista una pinga erecta, rosada, gruesa, no muy larga, pero en
plena exhibición de poderío sexual; una potente joven verga con el carnoso
prepucio cubriendo el redondo glande, pero gruesa y, al según Carmen, bien
puesta para el ejercicio copular.
Llena de expectación la mujer siguió mirando los secretos
placeres de su vecinito Juan, que antaño le causara hastío y rechazo con sus
miradas lujuriosas; era como si aquel se esmerara en manipular su poronga erecta
con delectación y placer para el pleno goce de ella, que miraba como la mano
derecha recorría con suavidad el lomo de la verga erecta, pelando para descubrir
el amoratado glande recorriendo la suave piel que lo cubría; luego vio como los
dedos se cerraban sobre la cabezota para rodearla delicadamente y Mita quiso ser
quien hiciera aquello; quiso estar junto a Juan y masturbarlo así como se lo
hacía él. Para entonces ya la manita de Carmen estaba bajo su panty recorriendo
la raja viscosa de su puchis, como ella llamaba a su sexo, e imitando los
placenteros masajes de Juan sincronizó los movimientos de sus dedos sobre los
hinchados labios de su panocha con los de su inesperado cómplice, hasta que
incapaz de contenerse su frente golpeó la malla metálica, el inesperado sonido
suspendió su propia dedeada y la masturbación de Juanito, quien alcanzó a
escuchar el ruido; como pudo Mita contuvo el grito o gemido que anunciaba su
orgasmo y con paso vacilante se retiró de ese lugar, pero de repente se detuvo
ante el inesperado pensamiento: "¡oirá mis pasos, descubrirá que lo estuve
mirando!, ¿qué hago?", tratando de recuperar la respiración optó por la opción
más fácil: fingir que apenas había salido al balcón, apoyó sus brazos sobre el
barandal metálico y fijó la vista en el horizonte, donde hacía tiempo había
desaparecido el sol del atardecer, ahí se quedó por minutos que se le hicieron
siglos, en eso un ruido venido de donde estaba el vecino le indicó que él
todavía estaba cerca.
Conteniendo el aliento Mita giró su cabeza hacía el
departamento de al lado y su sorpresa casi la hizo gritar al descubrir a Juanito
mirándola también, no le quedó más remedio que saludar: "¡hola Juan!, ¡me
asustas!, ¿qué hacés?".
--"Hola señorita Carmen ¿cómo está?, ¿qué hace?"
--"Nada, nada, salí a respirar aire fresco, pero no me des
ese tratamiento de ´señorita´ que te conozco desde que eras un chiquillo, ¿y tú
que hacés?, dime"
--"Estaba tomando un poco de sol, estoy solo en casa y salí
aquí, y Mita.. ¿puedo hacerte una pregunta?".
--"Claro hombre, ¿qué queres saber?".
--"Pues… luces diferente… ¿cambiaste de peinado?, te ves…
muy… atractiva, muy… linda…".
--"Anda deja tus piropos para tus novias, no tengo nada, soy
la misma, ¿viste?, mi peinado es el mismo, nada, no me he hecho nada, soy la
misma, déjate de pavadas tonto…".
--"Disculpa si te incomodé, pero es cierto, bueno, y dime ¿ya
tenías tiempo en el balcón?".
Sonriendo para sí contestó: "no tonto, que acabo de llegar,
estuve preparando la comida de papá y me sentí acalorada, apenas hace un minuto
que salí, a ver ¿por qué preguntas?, por cierto te noto triste y pensativo, ¿qué
te pasa Juan?, se puede saber…"
--"Ah!, nada, no es nada", dijo suspirando el jovencito.
--"Anda dime, hombre, tal vez te pueda ayudar, a tu edad
todos los chicos solo piensan en chicas, ¿me equivoco?", dijo Carmen mirando
fijamente a su vecino.
Juan volvió a suspirar diciendo "pues bueno, tu sabes, esas
cosas de las chicas…, extraño a mi novia, tiene semanas que no la veo".
--"¿Viste?, sólo chicas, todo con ustedes los hombres es
cuestión de chicas…, y digo si la extrañas es por que la querés, a ver dime, ¿o
la extrañas por otras cosas", dijo la mujer notando la turbación en Juan que se
tardó en contestar.
--"Pues si, la extraño, tu sabes…, se fue con sus parientes a
la provincia, me dijo que sólo unos días y ya van tres semanas, le he llamado y
no la encuentro, que cosas con ustedes las mujeres ¿viste?, pero si la
extraño…", dijo por fin el jovenzuelo suspirando, como midiendo las reacciones
de Mita.
--"Pero Juan, si vos eres joven y guapo, te deben sobrar las
novias, que te preocupas.
--"No tanto que me sobren, pero tú sabes, cuando hay ciertas
cosas entre dos, pues tú sabes…".
--"No se, mejor dime…".
--"Pues si mujer, hacer el amor y eso…".
--"¡Ah, sexo!, extrañas el sexo con tu novia, no a ella
misma, entonces no la amas, sólo quieres sexo, hay los chicos de hoy!, sexo,
sólo sexo!".
--"No pienses mal, no sólo es eso, quiero a la chica, la
quiero mucho y pues ya son casi tres semanas que no la veo y que…, pues…, no
estoy con nadie y bueno…, pero aparte hay otro problema".
--"No Juan, no pienso mal de ti, también yo fui joven y me
enamoré, y pues… cuando hay amor y se dan las relaciones íntimas entre la
pareja, yo sé ¿viste?, pero me dices de otro problema, ¿qué tenés?".
--"No te lo puedo decir, es algo, digamos, muy personal…",
dijo el jovenzuelo y en eso el timbre del teléfono de Mita sonó.
--"Deja que contesto, espera un momento", dijo Carmen y fue a
contestar. Era su padre avisando que no llegaría a cenar y que lo más seguro es
que llegaría tarde a casa.
Cuando Mita colgó el teléfono se convenció de que algo podría
hacer por los problemas de su acongojado vecinito. Regresó hasta el balcón y ahí
estaba Juan, Mita lo miró sonriendo, como invitándolo:
--"Nada que era mi padre avisando que no vendrá a cenar,
seguro se ira de juerga con sus amigos y llegará de madrugada como hace a veces,
pero a ver Juan sigamos con tus cosas qué tenés?".
--"No Carmen, cosas de hombres, me avergüenza, no se si
podría decirte algo, es algo que me preocupa, pero es muy, muy personal".
--"¿Algo referente a tu salud?, ¿qué podrá ser?, mira soy una
mujer madura, de edad, hasta digamos, no se, digamos como una tía tuya o algún
familiar cercano, yo podría escucharte y tal vez darte un consejo, anda Juan no
seas niño, ¿qué pasa?", la mujer lo miró a los ojos y lo cierto es que el
muchacho lucía apenado, se animó a dar el siguiente paso…
--"Mira por qué no venis a casa, tomamos café y platicamos,
si no te sientes en confianza, no me dices nada y te quedas con tu problema,
¿viste?, ¿qué dices?".
El joven permaneció unos segundos en silencio, tal vez
imaginando las verdaderas intenciones de la mujer; según recordaba él Mita
siempre lo trató de manera distante, sobre todo por las apasionadas miradas que
le dirigía cuando la veía salir y llegar a su casa; Mita siempre contestó con
mirada severa sus intentos de acercamiento; pero si ahora ella lo invitaba a su
casa entonces… ¿qué había cambiado en Carmen?, ¿por qué ahora se mostraba
diferente?, se preguntaba Juan, entonces se animó:
--Es que…, no se, hoy es el primer día que hablamos, antes
nunca me permitiste siquiera el saludo, siempre estabas como enojada, seria, y
ahora…".
--"No hagas caso, ¿viste?, posiblemente andaba yo con
problemas, seguro que no fue por ti, pero bueno, ya deja esas cosas atrás,
entonces ¿nos tomamos ese café en casa?", dijo ella lanzando su última carta y
por la sonrisa del chamaco supo de inmediato que esa noche descubriría de que
estaba hecho Juanito.
Bastó media hora y una taza de café para que Mita lo hiciera
sentirse a sus anchas; él por su parte estaba convencido ya que Mita algo quería
con él, por ello la miró a los ojos como invitándola a que siguiera la plática,
ella intuyó la invitación:
--"¿Y bien, me dirás o no qué te pasa?".
--"¿Prometes no enojarte?".
--"¡Claro que no tonto!, ambos somos personas adultas,
podemos hablar claro".
Y ante los ojos atentos de la mujer empezó él con su
confesión: --"Bueno… como te dije tengo semanas de no ver a mi chica y pues…, ya
me había acostumbrado a estar con ella… a solas, hacíamos el sexo, con alguna
frecuencia, digamos dos o tres veces por semana –Mita abrió los ojos
momentáneamente al imaginar la activa vida sexual de su vecino--, y pues en
estos días he pensado en ella ¿viste?, y pues… me excito, disculpa, es la vedad.
Antes de conocerla cuando me pasaba eso, tú sabes, lo arreglaba… tú sabes cómo…
--"No se, dime cómo…", dijo ella como para animar al joven.
--"Si, tú sabes…, me… masturbaba, no muy seguido, pero si
algunas veces, eso era antes –dijo él ante la mirada expectante de la mujer--,
pero ahora eso no me funciona… ¿me entendés?...
--"¡¡¡Ah!!!, más o menos, anda sigue, no te apenes".
--"Pues, ese el problema, desde la primera semana que ella se
fue lo intenté, si me excitaba, ¿me sigues?, bueno, pues… lograba la erección,
como siempre, pero no pude terminar por más que lo intenté, luego dejé pasar
unos días y volví a tratar, de nuevo lo tuve erecto al momento, pero nada, y así
ha sido varias veces, eso me tiene preocupado, anda dime ¿qué pensás?".
Carmen suspiró para tratar de encontrar las palabras
precisas, luego dijo: "bueno hombre, eso no es problema, tal vez te
acostumbraste tanto a tu novia que ahora no podés masturbarte, tal vez tu
cuerpo, tu organismo esta muy… digamos, habituado a ella y la extrañas, debe ser
algo pasajero, sobre todo si hacían sexo tan seguido… cuando ella regrese podés
solucionarlo, haciéndolo, como antes –lo miró a los ojos y continuó--, también
puede pasar que… no se… tal vez no te lo acaricias… digamos… de la forma
correcta, no se, ustedes los chicos saben más de esas cosas, yo no; pero se me
ocurre que no tienes la motivación correcta, ¿estoy en lo cierto?".
--"Tal vez estás en lo cierto, pero me preocupa ¿y si me
quedé impotente?, ¿y si ahora ya no puedo tener relaciones?, no se…, ¿te digo
algo?, bueno, precisamente hace un rato, antes de encontrarte en el balcón lo
intenté una vez más, me acosté en el camastro del pasillo y como estaba solo en
casa lo intenté de nuevo –Mita sonrió para sus adentros al recordar que lo había
descubierto en su placentera afición— y pues tampoco pude ¿me entendés?, ¿qué
hago?".
Ella se mantuvo pensativa un momento, calibrando sus palabras
y al mismo tiempo incrementando los deseos del chico, pues ella imaginaba que
esa confesión había despertado la excitación de Juanito y estaba en lo cierto.
--"Bueno Juan, no se mucho de esas cosas ¿viste? Soy soltera
y no tengo amigos o novio desde hace bastante tiempo, así que mi experiencia en
eso del sexo es casi nula ¿viste?, pero no se… algo te podría recomendar, o al
menos intentarlo, si como dices andas muy… preocupado… algo se podría hacer…
--"¿Tú crees, Carmen, que tenga remedio?".
Con la mirada fija en él, dijo: "Pues si, digo si queres
intentar algo…, ven vamos a la sala…". Juan la siguió detrás mirando de pasada
la redondez de sus carnosas nalgas bajo ese amplio vestido rosa. Al llegar a
aquel sitio ella lo invitó a sentarse en el sillón, luego mirándolo se lanzó a
fondo:
--"Mira Juan, nos conocemos de tiempo atrás, nunca antes
hemos hablado, pero eso no quiere decir que no podamos ser amigos, pero como
comprenderás somos diferentes, al menos en edades, no es conveniente que alguien
sepa nada, vamos ni siquiera que estuviste en mi casa hoy, ¿entendés?, bueno,
además tenemos nuestras propias vidas, vos tenés novia y yo mi trabajo, cada
quien tiene sus propios intereses, ¿viste?, pero bueno, me pareces buen chico,
el sincerarte hoy me da a entender que eres un buen joven, de buenos
pensamientos, por ello no quiero que pienses mal de mi si te digo algo respecto
a tu problema, quiero que eso quede claro".
El muchacho estaba mudo, no sabía que decir, por ello Mita
siguió sintiendo que ya tenía a su disposición al vecino: "buen chico, mira
quedate ahí sentado, relájate, respira profundo, procura sentirte bien, a tus
anchas, como si estuvieras… no se… en tu recámara, yo me quedo acá, frente a ti,
en el otro sillón, ¿viste?, bien, ahora cierra los ojos, descansa tu cabeza
sobre el respaldo, no abras los ojos, no mires, piensa en algo excitante, en tu
chica si quieres ¿entendés?, ¿estás listo?".
Balbuceante él contestó con apagado "Si". Ella continuó:
--"Bien, supongo que ya estarás excitado ¿me equivocó?, ¿no?,
bien, muy bien, ahora ábrete el pantaloncillo, sin pena, tranquilo, así, muy
bien, todo tranquilo, como si no estuviera contigo aquí ¿si?, bien así, eso es,
por lo que veo marcha bien la cosa, tu slip luce bien, guarda algo interesante,
algo que ha crecido ¿me equivoco?, ¿no?, por lo que veo supongo que no; ahora
desliza tu calzoncito, mejor quítatelo y deja libre tu miembro, no pasa nada, no
estás haciendo nada malo, hacerse la paja no es malo, todos los chicos se lo
hacen ¿verdad?, bien, ahora dime ¿en qué queres pensar mientras te haces la
pajita?
--"¿Te digo, Mita?"; --"Si dime, anda no te apenes"; --"En
vos, ¿puedo?"; lanzando una risa Mita preguntó: --"Ay Juanito!, ¿en mi?, ¿queres
hacerte la paja pensando en mi?, me apena pero a la vez me excita, pues anda,
tonto hacete la pajita pensando en Mita", dijo la mujer que con mirada
expectante seguía la lenta manipulación de chico sobre su verga erecta; lo miró
atenta tomar el miembro con la mano derecha, de forma suave y delicada, rodeando
con todos los dedos el lomo de la pinga erecta, para luego iniciar una lenta
manipulación de arriba a abajo, al momento Mita sintió los labios resecos y más
abajo, pequeñas palpitaciones en su puchis, indicadoras de que también ella se
estaba calentando; Juan por su parte tomaba desde la base su pinga para luego
irla estirando lentamente hasta que sus dedos llegaban al glande; Mita siguió
instruyendo a su inesperado alumno:
--"Suave, suavecito, Juan, peláte la cabecita, jala esa
pielecita que la cubre, así, lento, disfruta, suave, tócate el glande con un
dedito, así poquito a poquito, no corre prisa, anda Juanito dime que sientes y
que piensas".
--"Siento muy rico, sobre todo sabiendo que vos estás aquí
conmigo, mirando como me hago la paja… y pienso en vos, en aquella vez…, hace
tiempo, varios años, te miré sin querer, desde el balcón, saliste del baño
cubierta con una toalla, me impresionaste desde entonces, luego caminaste hasta
tu espejo y te despojaste de la toalla, te vi las tetitas, ricas, muy firmes, y
sobre todo tus glúteos, tan carnosos y redondos, tus muslos, largos y bien
formados, ahí te quedaste mirándote de cuerpo entero, luego caminaste rodeando
la cama y entonces pude ver tus pelitos que tapaban la raja de tu panochita, que
linda estabas Mita, hummm, desde esa vez me hice muchas pajas pensando en vos,
perdona, pero ahora aquí… contigo… que me ves la poronga y como me lo hago, humm
Mita, dime ¿tu que hacés?".
La mujer que no podía permanecer insensible ante lo que
estaba pasando, ya había deslizado su mano entre sus piernas y haciendo un lado
su calzoncito de tela gris para acariciar la raja húmeda de su puchita: --"Te
miro Juan, tienes una linda pinga, grande, muy grande, siento que no corresponde
a tu estatura, la tienes gruesa y bien erecta, me excita verte y sobre todo
saber que te hacías pajitas pensando en mí, estoy excitada Juanito, muy caliente
de verte así como estás y como te lo haces, de hecho también me estoy tocando la
cosita, pero no veas por favor, la siento caliente y muy mojada, con mucho
juguito y olor… quisiera… ayudarte un poquito, pero me apena, no me atrevo, ¿qué
pensás?".
--"Yo también deseo hacerlo, te deseo Mita, no sabes cuánto,
quisiera que estuvieras aquí a mi lado y los dos disfrutáramos, anda veni,
quiero tu sexo…, quiero penetrarte… anda…".
Carmen ya no respondió, caminó hasta donde estaba Juan y sin
quitarle la mirada a la erecta verga se sentó junto a él, de lado colocando sus
piernas dobladas sobre el sillón; y luego estirando la mano derecha de forma
delicada tomó el garrote, lo rodeó con toda la mano, sintiendo lo caliente y
duro que estaba y luego, para sorpresa de Juan, se la empezó a menear yendo
desde el glande pelado hasta la base de la verga, hasta ese lugar donde sus
dedos pegaban con los huevos duros y peludos de su vecino; eso hizo por momentos
que al chico le parecieron horas, hasta que la mujer sintió una inesperada
palpitación en la pinga, indicadora de la pronta eyaculación del joven, el se lo
anunció:
--"Ay Mita de mi vida que me viene la leche, anda Carmen
dejame hacerte el amor, quiero meterte la pija en tu conchita, anda Mita,
quiero, dame tu rica pucha, anda!".
--"No, eso no, calla, por favor no me lo pidas, no podemos
hacerlo, deja que te acaricie la pinga, así podés terminar, anda, calla y dejame
a mi".
Y la mujer sin soltar la gruesa verga fue acercando su rostro
hasta casi tocar la cabeza de la verga, sus labios llegaron a milímetros del
glande y a su nariz llegó el delicioso aroma del sexo de Juan, Mita ya no se
pudo contener y formando un anillo con sus labios los posó sobre el redondo y
húmedo glande. La inesperada caricia hizo que Juan alzara el cuerpo y sin querer
metiera casi media verga dentro de la cálida boquita de su vecina; Mita resintió
la inesperada penetración y corrigió para volver a colocar su boca sobre el
húmedo glande y luego para disfrute de Juanito succionó delicadamente a la vez
que su manita se activaba sobre el lomo de la verga para ir de arriba para
abajo, muy suavemente, apenas tocando con sus labios la carnosa cabeza de la
verda; repitió dos o tres veces más hasta que las convulsiones en el cuerpo del
vecino le anunciaron que él estaba por eyacular, entonces apretó la boca sobre
el erecto miembro a la vez que presionaba más su mano sobre la verga, al momento
Juan suspiró hondo para decir "me vengooo, me sacas la leche" y un instante
después sintió Mita la inesperada palpitación en el miembro junto con el primer
espeso chorro de semen, quiso quitar su boca de la verga pero la mano firme de
Juan sobre su cabeza lo impidió; así las cosas la mujer siguió succionando y
chupando, dejando que su boca se llenara de leche espesa y caliente, y cuando no
pudo más abrió la boca para dejar que el viscoso líquido escapara y resbalara,
pero el miembro siguió eyaculando y palpitando, y Mita chupando y repasando
labios y lengua sobre la verga palpitante de Juan, a la vez que pensaba: "qué
leche, cuánta leche tiene Juanito ¿así será siempre?, dios, ¡qué cantidad!",
hasta que por fin lentamente las pulsaciones amainaron y ella pudo por fin alzar
el rostro y descubrir que estaba casi bañada de mocos; su rostro y su mano,
además la parte superior de su vestido estaba manchados por largos chorros de
líquido blanquecino; Mita se sintió de pronto avergonzada y de forma
intempestiva se levantó y corrió a su recámara donde con una toalla se limpió
las huellas de los excesos eróticos que acababa de vivir con su vecino.
Al regresar encontró a Juan de pie, junto al sofá, ambos
permanecieron en silencio: ella con cierta vergüenza por lo que acababa de hacer
con Juan; él imaginando cómo hacerle para terminar de meterle la pinga a Mita;
los dos queriendo lo mismo pero sin atreverse a manifestarlo. Por fin fue Carmen
la que se atrevió a hablar:
--"Disculpa Juan, pero ya tienes que irte, por favor
comprende que esto que hicimos fue algo anormal, vergonzoso para mi, nunca –y
mintió-- antes me había atrevido tanto con un hombre y todo esto fue una locura,
cómo viste tú estás sano, a tu cuerpo no le ocurre nada y yo soy una loca por
haber permitido que ocurrieran tantas cosas indebidas, perdona, pero tienes que
irte y prometer que nunca dirás nada de lo ocurrido aquí, promételo anda…".
El chico salió de su aturdimiento y prudentemente volvió la
vista, pues Mita estaba arreglando su vestido, más bien poniéndose su calzoncito
rosa, en esa posición se atrevió a decir: "yo también siento que fue una locura
y prometo guardar el secreto, nunca diré a nadie lo que hicimos, y te agradezco
todo lo que hiciste, me hiciste feliz, gocé como nunca antes y creo que tú
también, por ello no debes sentirte culpable, los dos somos adultos, tú lo
dijiste, y llegamos hasta donde los dos quisimos, por todo ello siempre te
viviré agradecido y si quieres que me vaya, pues, me voy, ¿viste?, si te
avergüenza haber estado conmigo, vale, hasta la vista…", y procedió a subirse el
pantaloncito y su slip.
Esa fue la señal para que Mita siguiera su plan para
empiernarse con su vecino, lo deseaba, pero a la vez sentía la culpa de haber
accedido a tanto en su primera entrevista con el chico que desde hacía tiempo la
deseaba:
--"Es que… comprende, somos tan diferentes… soy mayor que tú,
eres casi un chiquillo, no nos une nada, hasta hoy nos atrevimos a hablarnos… y
luego tu plática, tu supuesto problema, y yo accediendo, me siento mal,
compréndelo, por favor, trata de entender. Mañana o pasado verás a tu novia y yo
quedaré en el olvido, siento que eso no debe ser así. Por lo demás yo también me
excité y me gustó todo… eso que hicimos, tenía tiempo que yo no… --volvió a
mentir, pero a la vez fue sincera— pero deseo todo eso, soy mujer, ¿viste?, pero
no debemos seguir, no insistas…", dijo ella poniendo cara más de suplica que de
arrepentimiento.
Juan entendió el juego: Mita se hacía la difícil, su mirada
decía quiero, aunque sus palabras dijeran lo contrario, por ello se fue
acercando a ella, con una actitud diferente, más osada o atrevida y cuando la
tomó de la mano ella agachó la vista como tratando de ocultar el deseo que
sentía; y el vecino al sentir que la mujer no hacía nada por evitarlo se acercó
hasta abrazarla y buscar la carnosa boca de Mita con la suya, momentos después
se besaban con ardor y luego de un beso que pareció durar una eternidad Juan se
acercó al oído de Mita para decirle: "te voy a hacer mía Carmen, te voy a coger,
a meterte la pinga", a lo que la mujer contestó:
--"No, no se si pueda, hace tanto tiempo que no…, además no
tenemos ninguna protección, puedo quedar embarazada, imaginate…
--"No importa, ahora lo que quiero es poseerte, toda, te
quiero toda mía, ¿no quieres tú?...
--"Si, también te deseo, pero tengo miedo, tú aquí en mi
casa, mi padre puede llegar en cualquier momento, no lo se… además tu miembro…
está muy grande, no se si podré…
--"Si podrás, entrará todo, lo tendrás todo, tuyo, todo tuyo…
--"No lo se… tengo miedo… pero lo deseo, mejor llevame a tu
casa, dices que estás solo…, pero espera, mejor tú sal primero, yo te sigo
después…
--"¿Lo prometes?...
--"Claro tonto, ya estoy decidida a ser tuya, aunque mañana
me dejes por tu novia, hoy quiero sentir esa cosa dura dentro mío… anda, vete,
deja la puerta abierta, te sigo en minutos…
Cuando el joven salió Carmen suspiró de excitación contenida,
y antes salir de su casa se despojó de su panty rosa, estaba decidida a
entregarse al jovencito. Luego se sentó a esperar algunos minutos. La mujer
espero lo suficiente, armada de valor caminó hasta el departamento de la familia
de Juan, encontró la puerta abierta y dentro la solitaria penumbra. Caminó con
pasos indecisos, nerviosa, excitada a la vez; llegó hasta la amplia sala y sobre
el sofá a su amigo, sentado, sin ropa. Momentos después ambos estaban abrazados
con las bocas pegadas en un largo y apasionado beso, Mita agarrando la pinga del
muchacho con la mano, Juan recorriendo con su mano las nalgas firmes de la mujer
a la vez que jalaba el calzoncito hacia abajo; luego ella se acostó sobre el
sofá y Juan presuroso se montó entre sus piernas dirigiendo la punta de la verga
erecta a la raja viscosa de Carmen, que con el aliento contenido se apuró a
decir: "espera, no la metas toda, sólo la puntita, poco a poco por favor"; y el
obediente chico agarró el falo con su mano y delicadamente empezó a acariciar
con el la pepa entreabierta de Mita, separando los labios, llevando el garrote
hasta el nacimiento de la raja para luego deslizarla suavemente hasta la entrada
de la vagina, la madura empezó a gemir, a disfrutar de ese placer exquisito,
hasta que sin darse cuenta ya la verga entraba parcialmente en ella, el glande
traspasando la entrada de la pucha mojada y caliente; y se dejó llevar abriendo
más sus muslos, deseando que el enorme garrote la penetrara por completo, no se
atrevió a pedirlo, sólo se dejó hacer; Juan inició un metisaca acompasado,
metiendo media verga y sacándola casi toda, hasta que el glande quedara
aprisionado en la entrada viscosa de la pucha para luego arremeter suavemente,
provocando sensaciones de indescriptible placer en Carmen, que con los ojos
cerrados dejaba escapar apagados gemidos; momentos después ya la pinga del joven
resbalaba entera en la vagina de la madura, entrando por completo, quedando los
cuerpos pegados, los vellos entrelazados, la viscosa humedad de la pepa
contagiando los testículos de Juan que cambió el ritmo de sus arremetidas, más
rápidas, más fuertes, haciendo brincar el cuerpo de la mujer sobre el sillón,
así una y otra vez, hasta que en el clímax del placer Mita se abrazó del
chiquillo gimiendo, casi gritando "si, Juan, más, hazlo fuerte, más, así, más,
todo, dámelo todo, lo quiero entero, todo, todito dentro mío, más", removiendo
su pelvis sobre la base de la verga que brincaba dentro de ella, hasta que con
un ruidoso "yaaaaa, hhaaaa", Mita anunció su orgasmo; y así siguieron cogiendo
con lujuria desefrenada hasta que Juanito eyaculó dos veces y Mita tuvo tres
orgasmos más.
Cuando el acto amoroso terminó y ambos recuperaron fuerzas,
una gran mancha de líquido viscoso quedó sobre el sillón y entre besos se
despidieron: "ya Juan, debes dejarme ir, estoy agotada… fue una locura hacerlo
contigo… pero fue delicioso, maravilloso, Juan, me volviste a hacer mujer", dijo
la madura sintiendo dichosa.
--"También fue maravilloso para mi. Mita te deseo, quiero
seguir contigo, quiero ser tu hombre y hacerte el amor muchas veces, acepta,
anda", dijo ansioso el chico.
Sorprendida contestó: --"Si, lo deseo, pero debemos pensar
muy bien en lo que vamos a hacer, es una locura, una hermosa locura, pero
debemos ser prudentes y meditar sobre lo nuestro, prometo pensar bien en que
será lo mejor para ambos, pero desde hoy siempre estarás en mi mente, pronto te
daré una respuesta, pero ahora debes guardar el secreto, nadie se debe enterar
sobre lo que hicimos, ¿entendés?", y besándolo amorosa en la mejilla se despidió
de él. Cuando caminaba rumbo a su casa, Mita sentía los chorros de semen
resbalar por sus piernas, pero no hacía caso, se sentía dichosa y satisfecha
pensando en su nuevo amor, su vecino Juan.
Pagando la deuda
Apenas había pasado dos semanas y Mita era una mujer
completamente feliz: tenía una propuesta formal de matrimonio; había conocido el
más completo placer sexual con varios hombres; y lo más importante: su futuro
parecía más que promisorio, pero tenía una deuda pendiente: visitar al viejo
brujo. Y por más que se resistía una mañana decidió visitar al hombre para
saldar su cuenta.
No hizo falta que se anunciara, el brujo ya esperaba su
llegada: "hola Mita, luces radiante, por lo que se te ha ido muy bien ¿o me
equivoco?".
--"No don Jacinto, usted sabe mejor que yo que todo ha
cambiado en mi vida".
--"¿Verdad que sí?, que bueno mujer, espero que sea para
bien, y bien dime ¿cuál es el motivo de tu visita?".
--"Bueno señor, usted sabe, tengo algo pendiente, ¿qué le
debo?".
--"No se trata de dinero Mita, pero sería bueno que dejaras
un poco para mis gastos cuando te vayas, más bien quisiera me complacieras con
algo muy personal…".
Al momento Carmen se sintió nerviosa, algo intuyó y no supo
que decir; oyó al brujo: "ven acompáñame, quiero algo de tu personita, algo que
también te traerá placer, anda ven, no temas".
La mujer se quedó quieta, el viejo le estaba pidiendo algo
impropio, pensó; su nerviosismo aumentó, se sintió atrapada en aquella casucha,
pero al mismo tiempo algo dentro de su ser la empujaba a acceder. Con paso
vacilante se puso de pie y siguió al viejo hasta entrar en otro cuarto donde
apenas había una desvencijada cama, todo en penumbras o casi. Mita se quedó
quieta a merced de lo que quisiera hacer el vejete; lo sintió a sus espaldas,
cerca, muy cerca de ella, casi podía sentir su respiración junto a la nuca:
quiso escapar pero sus pies chocaron con la orilla de la cama, de nuevo lo
sintió cerca de ella que pensaba "me quiere coger, no quiero, por favor que no
lo haga", en eso escuchó su voz juntito a su oído:
--"No tiene caso que te resistas, aunque digas que no, lo
deseas, yo lo se, anda dime, gozaste en estos días, ¿te lo hicieron rico?".
--"Siiii", dijo ella con voz apagada.
--"¿Qué faltó que te hicieran tus recientes conquistas".
--"No se".
--"Si lo sabes, dime".
--"Que me besaran… el… ano, que me excitaran de esa forma y
me penetraran así…
--"¿Eso quieres ahora?...
--"No lo se, me dolerá…
--"Pero lo deseas ¿o no?".
--"Tengo miedo… pero… si… quiero… que me… culees, pero
trátame bien, con cuidado, despacio, hazme sentir, desear tu… pinga…
--"¿Sí?, pues así será, ¿cómo te gusta la pinga?...
--"Dura, grande, gruesa, con leche, con mucha leche".
--"¿Así?", le dijo el viejo al momento que le mostraba su
enorme carajo. La atónita mirada de la mujer no podía dar crédito a lo que veía:
la más grande verga vista por ella en su corta vida sexual, se quedó petrificada
hasta que el brujo depositó en su mano izquierda la descomunal pinga, Mita la
sintió dura, durísima, y muy larga y tan gruesa que su mano apenas podía abarcar
su circunferencia; a su pesar pudo exclamar: "nunca me cabrá".
--"¡Claro que si Mita!, ya lo verás, además mi poronga da
mucha leche, te gustará mucho, ya verás".
La mujer se sintió empujada contra la cama, de manera amable
el viejo la recostaba sobre el camastro, ella cerró los ojos mientras sentía
como el hombre le subía el vestido y la despojaba de su diminuta tanga rosa de
perlitas; luego el cierre de su vestido fue abierto con lentitud hasta que él se
lo quitó.
Para entonces el nerviosismo de Mita era excitación, unas
ganas intensas de coger, de ser penetrada por aquella enorme verga; suspiró
cuando el brujo le besó la espalda; Mita arqueó su cuerpo al sentir la sensual
caricia; sintió la lengua filosa recorrer su piel sensible desde los hombros
hasta el nacimiento de sus nalgas; gimió, suspiró, percibió la humedad en su
puchis, pero el viejo siguió con sus ardientes juegos, una y otra vez recorrió
la espalda de la mujer, ora con besos delicados, ora con lengüetazos largos y
ensalivados, hasta que esa filosa lengua empezó a jugar entre sus glúteos, yendo
por el valle que las separaba, o bien chupando los carnosos cachetes de las
nalgas; hasta que el hombre con ambas manos le separó las nalgas temblorosas y
la lengua bajó lentamente hasta dar con el ano, el conjunto de pliegues
apretados y duros, entonces Mita dejó escapar un profundo "aaaaaaahhhhh" que
resonó en aquella habitación, sin pedirlo ella reculó, paró el culo diciendo:
"más, quiero más", el viejo pegó su boca al sensible orificio haciendo círculos
con la lengua sobre el diminuto hoyo.
Mita creyó perder el sentido, la cabeza le daba vueltas, las
sensaciones provocadas por el viejo recorrían todo su cuerpo, desde la punta de
sus pies hasta su cabeza; el intenso placer se posesionaba de ella, deseaba esa
pinga, la quería; en eso la boca succionante se separó de su culo y un dedo del
hombre hizo redondeles sobre su culo, presionó delicadamente, Mita sintió que su
secreta boca daba de sí y disfrutó de ese largo dedo que se le metía en las
entrañas, luego el viejo volvió a lengüetear sobre su orificio que se distendía;
ya la filosa lengua casi penetraba su culo; la mujer casi gritaba de placer: "ay
¿qué siento?, ¿Qué me haces?, por todos los cielos ya… por favor dame pinga,
quiero tu verga en… el culo, dámelo ya por lo que más quieras, mi colita es
tuya, mi cola sólo tuya, no me hagas esperar más…".
Jacinto se separó por momentos, hizo que Mita se arrodillara
en la cama, le separó levemente las piernas, para luego apuntar el miembro entre
las nalgas palpitantes de Mita, le pidió: "ponte suavecita, afloja el cuerpo,
allá voy, te la meteré despacio por tu chiquito, como quieres".
--"Si quiero, quiero pinga en la cola, dámela despacio, ay,
espera, lento, aprieta…, hummm, ya… casi la tengo, duele, ay…, es muy grande tu…
verga, hummm, yaaaa!", gritó Mita cuando el grueso glande traspasó el anillo de
su ano, se sintió desfallecer, pero mordiéndose los labios contuvo el doloroso
grito, parecía que un hierro ardiente le traspasaba el cuerpo y así era, pues el
viejo seguía empujando el duro miembro, sepultándolo en el intestino de la mujer
quien sentía como aquella larga y gruesa poronga la traspasaba, se le metía cada
vez más en su cola, le destrozaba los pliegues; la mujer contuvo el aliento
cuando por fin los cuerpos chocaron anunciándole que ya la tenía bien cogida.
Mita mordió las sábanas cuando el viejo se la empezó a coger
con furia, entrando y saliendo de manera violenta del distendido agujero anal,
que cuando la verga salía parecía llevarse sus tripas y cuando entraba hasta el
fondo parecía llenarle los intestinos de calor y dolor ardiente, pero
placentero. La cogida se hizo larga y lenta, Mita desfalleció de placer varias
veces, por sus piernas escurrían los jugos de su venida, hasta que el viejo le
preguntó: "¿quieres lechita?".
--"Quiero leche, dame tu leche, la quiero, dame leche en mi
cola…
En ese momento la mujer sintió en sus entrañas los chorros
pausados, violentos, de semen, pero no fueron dos o tres chorritos, sino diez o
más, casi no llegó a contarlos, pues la verga parecía una inagotable jeringa de
semen, Mita sentía como palpitaba la pinga del brujo cuando expulsaba nueva
leche, grito "ayyyy cuánta leche, viejito de mi vida, dame más semen, lléname la
cola de leche", hasta que poco la venida del viejo amainó y la verga fue
perdiendo dureza, el brujo se la empezó a sacar del culo, Mita aguantó el dolor
de la desenculada y cuando la verga abandono su cálido albergue el culo de Mita
se quedó abierto, como anhelando el descomunal miembro de casi 30 centímetros.
La vista de aquel miembro que momentos antes la sodomizara
despertó de nuevo la lujuria de Mita, se acercó a ella lentamente; la tomó entre
sus manos y acercó el rostro, percibió los secretos olores, los propios, los de
su culito, el olor a excremento, y el sensual olor del semen, olor a macho, a
hombre. No pudo contenerse, sus labios se depositaron amorosamente sobre el
morado glande, besó el miembro con devoción casi religiosa, luego abrió su boca
para comerse ese glande lustroso a sexo, los labios rodearon la ancha cabezota,
luego la lengua hizo caricias ahí mismo, hasta que sin darse cuenta la mujer se
descubrió mamándole el miembro al brujo, la excitación se posesionó de ella
conforme insistía en comerse toda la pinga, pero se refrenó al descubrir que
menos de la mitad de verga era lo que admitía su boca abierta al máximo, no se
amilanó, sus labios cubrieron el glande chupando con fuerza mientras que sus
manos frotaban el lomo del tremendo pito ya duro y erecto de nuevo, minutos
después su boca era inundada de semen espeso y caliente, la pinga siguió
eyaculando tal cantidad que ella tuvo que soltar la verga y dejar que su cara
quedara bañada de semen.
Luego el hombre se acostó a su lado, la mujer –mientras
quitaba con la sábana el semen de su rostro-- con mirada ansiosa miraba aquella
verga pensando: "es enorme!, y me la metió toda, todita!". El viejo notó esa
actitud pensativa en la mujer y la sorprendió:
--"Dime que piensas Mita".
--"Nnno se, me siento confundida".
--"¿Por qué?".
--"Creo que he vivido más en estos días que en todos los años
que llevo encima…
--"¿Y eso te asusta?, ¿por qué?"
--"Me confunde, siento que estoy haciendo mal, que las cosas
no son así… de normales…
--"¿Te sientes culpable, sientes culpa?"
--"Hasta eso que no, sólo me siento confundida, no me sentía
capaz de tantas cosas…
--"¿Cómo cuáles?".
--"Como hacer el amor tan seguido… con personas diferentes,
luego con… usted… digo contigo. Acabamos de tener sexo… de esta forma, creo que
no tiene caso llamarte de usted…
--"Si mujer, tienes razón, ¿qué más? Dime".
--"Me siento extraña, es eso, pero contenta, muy feliz, el
sexo me gusta, me gusta mucho…
--"¿Te gusto hacerlo conmigo?".
--"Mucho, pero tenía miedo, mucho miedo, además nunca pensé
que fueras asi… de potente, con ese miembro tan enorme…
--"¿Te gustó mi pinga?".
--"Es deliciosa, fenomenal, increíble, tan grande, tan
gruesa, con esa cantidad de leche, nunca había probado algo así… y nunca imaginé
que tú fueras así de… macho".
--"¿Quieres más?".
--"Siiii, pero… no se si podré… aguantarla por la puchis…
--"Si pudiste por la colita, ¿por qué haz de poder por tu
gatita…
Asombrada la madura se percató de la nueva erección del
brujo; dejó que el viejo la acostara de espaldas y abriera sus piernas, momentos
después la mujer sintió sobre la raja de su sexo la dura cabeza del miembro de
Jacinto, luego la sintió entrar con lentitud, resintió la penetración pero
aguantó el dolor mordiéndose los labios hasta que el viejo quedó pegado a su
cuerpo, entonces preguntó: "¿ya?".
--"Mira tu misma, te la comiste toda, completa".
La mujer no pudo soportar la curiosidad y alzó el cuerpo de
la cama y se sorprendió al descubrir su pepa totalmente distendida, grotesca,
con aquel garrote enorme metido hasta el fondo de sus entrañas, en eso el brujo
empezó a trajinar con su grandioso miembro y Mita vio como toda aquella carne
salía de ella para luego quedar sumida en su panochota generando en ella oleadas
de sensaciones más que placenteras que no pudo soportar y su orgasmo la hizo
gritar de placer una y otra vez, a la vez que suplicaba: "dame leche, quiero tu
leche macho, lléname de semen, lo quiero…, ¡anda macho!".
Pero el viejo no tenía prisa, le sacó varios orgasmos más,
hasta que la mujer casi perdió el sentido y en ese momento se percató que el
miembro eyaculaba chorros y chorros de semen en su vagina, ella sin quererlo
aumentó el placer al dispensarle ricos apretones a la verga que en esos momentos
echaba leche cual si fuera un continuo surtidor, luego se quedó dormida un rato
hasta que Jacinto la levantó y la condujo a la regadera donde amorosamente la
bañó, ella se dejó hacer sonriendo satisfecha.
Más tarde Mita, a su pesar, se vistió, y ya para despedirse
le preguntó al viejo: "¿puedo venir a visitarte otro día?".
--"Cuando quieras Mita, ya sabes el camino, puedes venir las
veces que quieras".
Y ya en la puerta se atrevió a preguntarle: "oye, ¿a Elena le
aplicaste el mismo tratamiento que a mi?", el viejo sólo sonrió.
Comentarios:
micifuz6@yahoo.com,
micifuz66@starmedia.com