La última vez que fui a mi pueblo me traje de recuerdo un
bote de cristal lleno de arena.. y de hormigas. Era algo que había hecho cuando
era un adolescente, y guardaba la ilusión de que una vez tuviera una casa
propia, podría tener un enorme terrario transparente donde vería los túneles de
las hormiguitas y su ajetreada vida. Mi madre puso hace años el grito en el
cielo y tuve que tirar la arena y las hormigas al césped, asumiendo con tristeza
que en pocos días serían devoradas por algún hormiguero vecino. Pero ahora ya
estaba emancipado y pude resarcirme.
¡Cómo disfruté los primeros días! Me pasaba las horas muertas
observándolas cavar, llevar las pipas que les dejaba en la superficie a sus
almacenes, acariciarse, o hablar, a travñes de sus antenas... Pero también
despertaron el interés de mi compañera de piso, Virginia. Estaba yo mirando como
una de mis chiquitinas transportaba ella sola una enorme semilla cuando me
percaté de que Virginia estaba junto a mi, con sus ojos grises clavados en la
colonia.
-Qué bonitas son.-dijo.
-Sí...-musité, y enseguida añadí:-¿Querías algo?-
-No, nada, sólo que como no salías de tu cuarto, venía a ver
qué hacías. Me aburro.-
-Ah.-
A la mañana siguiente me fui al trabajo. Había hecho una foto
del terrario y se la enseñé orgulloso a todos mis compañeros, que fliparon. Pero
al regresar a casa me pareció que algo raro pasaba con mis animalitos. Había
muchos en la superficie. Tardaron un buen rato en dejar de buscar una salida y
regresar a sus quehaceres, y yo me quedé algo preocupado.
Pasó otro día y de nuevo, al regresar de trabajar a mediodía,
me encontré a las hormigas arriba. Cogí un libro de entomología y lo leí con
detenimiento, pero no di con la clave del problema.
-¿Qué os pasa?- pregunté en voz alta.
-¡Ya está la cena!- oí a Virginia llamándome, y me fui a la
cocina. Le comenté mi inquietud, y me escuchó muy atentamente mientras sorbía un
batido.
Otro nuevo día, jueves, y otra vez las hormigas estaban
arriba de su terrario. ¡Era para volverse loco! No les hacía falta más comida,
aún había algunos restos de la que puse el día anterior. ¿Estarían estresadas
por el piloto del ambientador? Sin ocurrírseme otra posibilidad, fui a
desenchufarlo, y me fijé en algo: en el suelo había una pajita de las que usaba
Virginia para beberse el batido. ¿Qué demonios hacía allí? No me extrañaría que
mi compañera viniera de vez en cuando a mi cuarto a mirar las hormigas, pero
dejarse allí las cosas... Mi mente calenturienta elaboró entonces una
posibilidad descabellada y un plan, todo a la vez, justo cuando iba a echarle la
bronca a Virginia por dejarse su porquería en mi cuarto. La pillé escuchando
música y le dije:
-Oye, el sábado me voy a trabajar también, que necesito unas
horas extras para llegar a final de mes. ¿Vale?-
-¡Vale!-contestó risueña, y yo me fui.
El viernes, tal y como ya esperaba, me encontré las hormigas
en la cima del terrario, alborotadas. Pobrecitas... Si no daba resultado mi
experimento, era capaz de coger el autobus y devolveras a su hormiguero en el
pueblo. No podrían soportar tanto estrés tanto tiempo. En cambio no encontré
ninguna pajita en el suelo. Les eché unas migajas y repasé mi plan.
El sábado salí de casa como si fuera día de diario. Pero en
vez de ir al trabajo, me quedé en casa de un amigo jugando a la consola. Me dio
una buena paliza: yo sólo podía pensar en mis bichitos. Cuando dieron las 12, me
despedí y regresé corriendo a casa. Metí la llave en la cerradura con mucho
cuidado, procurando no hacer ningún ruido. Virginia no estaba en el salón.
¿Estaría durmiendo? La puerta de su habitación estaba abierta. De puntillas
anduve hasta ella y eché un vistazo: tampoco estaba allí. Entonces oí su voz,
procedente de mi cuarto:
-Mmmmmm... qué traviesas que sois.-
¡Ajá, mis sospechas se confirmaban! Abrí la puerta de golpe
y...
Virginia estaba desnuda tumbada boca abajo sobre mi cama. Su
estupenda espalda aparecía surcada por hilillos de algún líquido
semitransparente, el más grueso de los cuales iba desde su nuca hasta su culo, y
de él partían los demás, a modo de afluentes de un gran río. Pero lo más
chocante de todo es que por su piel blanca correteaban un buen número de mis
hormiguitas. Las más audaces se internaban por el suave desfiladero de sus
nalgas, pero un vibrador impedía que se adentraran en su ano, mientras que una
toalla bajo su pubis hacía lo propio con su vagina.
-¡Pero... qué es esto!- exclamé. Virginia se quedó de piedra.
-Uy, uy, uy, lo siento, lo siento, de verdad, yo...-
Empezó a moverse, y sentí miedo por la vida de mis amiguitas,
así que me lancé sobre Virginia y la detuve.
-¡Quieta, las vas a aplastar!-grité, y Virginia se quedó
paralizada a cuatro patas sobre mi cama. Todo su sexo estaba visible, y
enseguida al ver mi mirada, que empezaba a cambiar de la sorpresa a la lascivia,
se puso roja y se llevó una mano al coño, pudorosa. Me hizo gracia: resultaba de
todo menos pura en esa situación, y por otra parte sus preciosos pechos,
goteando aquel líquido, resultaban tan o más interesantes que su intimidad.
-Por favor, quítalas de encima y deja que me vaya.-susurró
finalmente mi pervertida compañera. -Hay un bote en la mesilla y la pajita para
cogerlas debe estar por ahí. Aún tiene agua con azúcar, las atraerá.-
Suspirando, cogí el bote, pero no encontré la pajita.
-¿No está? Ay, pues cógelas con los dedos.-gimió, mientras
las hormigas subían y bajaban por sus muslos.
Una a una, cogí a mis amiguitas, pero al tocar la piel húmeda
de mi compañera me entró una erección terrible, tanto que al final, aprovechando
que Virginia no miraba, pues había cerrado los ojos para alejarse, imagino que
de la vergüenza que sentía en esos momentos, me bajé los pantalones y saqué mi
cosita de reproducirme. Recogí un poco del agua azucarada con la punta y la
arrimé a una hormiguita despistada, que no tardó en subir por mi glande. Metí el
miembro en el tubo enseguida y con una leve sacudida la hormiga cayó sin daños
sobre sus otras compañeras. Repetí la operación tres veces más, pero Virginia
miró y se quedó aún más flipada.
-Pero... ¡qué haces!-
Mis reflejos hicieron el resto: cogí el vibrador de su culo y
lo saqué de golpe. Gimió, y le hice saber mis condiciones:
-Quietecita a te las echo en tu agujerito.-
-No te atreverás, las quieres mucho.-
Sonreí malicioso y acerqué el bote a su ano expuesto.
-¡Vale, vale! Haz lo que quieras. Me lo merezco...-
-Eso desde luego, pero tranquila, que seré bueno.-
Y sin más palabrería, le calé el tronco en la raja. Jadeó,
pero se dejó hacer. Bombeé un rato, hasta estar listo para cabalgar a la fiera.
Metiendo el pulgar humedecido con el agua azucarada en su culo, derramé todas
las hormigas del bote sobre su espalda. Enloqueció de gusto al sentirlas y se
empezó a menear como si ella misma fuera una hormiga desorientada.
-¡Vamos, reina, disfruta de tu zángano!-grité, eufórico. Las
hormigas saltaban por los aires a cada embestida, pero quedarían las suficientes
hasta que acabara, lo cual ocurrió apenas un par de minutos después. Virginia se
dejó caer, exhausta, y yo sacudí las hormigas que aún quedaban vivas de su lomo.
-Pobrecillas...-
-Han servido a su reina, y aún quedan suficientes tropas en
el hormiguero.-
Nos besamos riéndonos y... fin.