EL PARKING
El parking estaba muy oscuro y bastante solicitado. De un
vistazo rápido pude comprobar que la mayoría de las plazas estaban ocupadas
aunque, por suerte, en aquellos momentos no pasaba nadie por allí que pudiera
verme.
Los dos chicos iban delante de mí hablando entre ellos, como
si yo no estuviera. Respecto al físico, eran bastante normalitos, de
constitución fuerte y estatura media. Uno era rubio y algo más alto que el otro,
castaño y de piel morena.
Juan se largó dejándome allí con ellos. Estaba loco, ¿y si me
hacían algo?
No repararon en mi presencia hasta que llegamos al lado de un coche, algo
escondidos pero en el punto de mira de cualquier curioso. Claro que tampoco
podía decirse que mi cuerpo respondiera mal, porque estaba caliente de verdad.
Continuaba a cuatro patas, con las bragas en la boca y la
mirada en el suelo. Ellos cuchichearon algo y, por fin, se me acercaron.
El rubio se puso delante de mí, y el moreno cogió algo del
coche y se lo dio.
- Bueno, zorra, vamos a usarte, que sólo tenemos una hora y
hay que amortizar... ponte de rodillas, con las piernas bien abiertas – dijo.
El moreno le dio una bolsa y él sacó lo que había dentro. No
dije nada por miedo a que me hicieran más daño del que ya intuía que me iban a
hacer, pero me asustó ver las cuatro pinzas de plástico que cogía.
Me levantó la camiseta y vio mis pezones duros. Los pellizcó
con fuerza y me miró, mientras yo no levantaba la vista del suelo.
- Vaya, una putita sin sujetador y con los pezones como
piedras. Estás deseando que te ponga las pinzas, ¿eh?
Me sacó las bragas de la boca, supongo que esperando una
respuesta y cogí una gran bocanada de aire, dudando qué contestar.
Bueno, ¿qué podía decir? ¿Qué me sentía humillada? ¿Qué no me gustaba? Eso era
precisamente lo que quería oír para tener una excusa para obligarme a hacer
cualquier cosa extraña. Y, además, si negaba las cosas era peor, y de todas
formas estaba deseando que me hicieran todo lo que quisieran, lo único que
quería era correrme. El miedo a lo desconocido no hacía sino aumentar mi
excitación.
- Sí Amo, lo estoy deseando – respondí, muy en mi papel.
- Pues no te haré esperar.
Agarró mis pezones y puso una pinza en cada uno. La apretó
con las manos y movió las pinzas arriba, abajo y hacia los lados. Me mordí el
labio inferior con fuerza para no quejarme y, afortunadamente, lo conseguí.
El chico moreno había ido detrás de mí y con brusquedad,
abriendo mis piernas, me metió dedos en el coño.
- Eh, Santi, está mojada como una perra.
- Es que es una perra – contestó el otro, pasándole otro par
de pinzas, que sí me asustaba pensar dónde irían a parar – ¿verdad?
- Sí, Amo, soy una perra – admití sumisa.
- Bah, si ya lo sé – se dirigió a su amigo – Nacho, ¿ya has
acabado? Estás matando de gusto a la puta esta.
Mentiría si dijera que no era verdad. Continuaba metiendo y
sacando dedos de mi coño y se me escapó un gemido largo y prolongado.
- No, es que como lo tiene todo depilado y chorreando me
había puesto caliente.
Ahogué un pequeño grito de dolor al sentir las pinzas en mis
labios vaginales. Eran la mayor presión que había sentido nunca y di un respingo
al notar aquel contacto en una zona tan sensible. Después de ponérmelas, ambos
se colocaron delante de mí.
- Sube la cabeza – dijo Santi tirándome del pelo – y sácanos
las pollas de una vez, que parece que hay que dártelo todo hecho, joder.
Torpemente, a cada uno con una mano, desabroché los botones
de cada pantalón y bajé las cremalleras y los calzoncillos. Ambas pollas estaban
ya duras. La de Nacho era muy gorda aunque no muy larga, y la de Santi era
tremenda en ambos sentidos, me dio hasta miedo que me hiciera daño.
Nacho cogió mi mano con brusquedad y la puso en su polla.
- Venga, puta, pélamela y chúpasela a mi amigo.
Empecé a meterme poco a poco la polla de Santi en la boca,
pero él, impaciente, me agarró de la cabeza y me la empujó toda dentro. Su
glande me dio en el fondo de la garganta e inevitablemente tuve una arcada.
- Ni de coña, zorra, como vomites te corro a leches. Venga, a
mamar.
Se la empecé a chupar, despacito, ensalivando el glande,
bajando la piel y jugando con mi lengua por ahí, apretando con los labios,
succionando, metiéndomela otra vez hasta la garganta, recogiendo con la lengua
el líquido que iba saliendo y saboreándolo con un pequeño gemido, moviendo la
lengua lentamente, en movimientos circulares recreándome en lo que hacía, y
luego mucho más rápido, de arriba abajo y hacia los lados para sacármela de la
boca y volver a metérmela de un golpe seco hasta la garganta, sintiéndome una
auténtica puta... y el coño respondiendo con creces a mis actos, chorreando...
- Ufff, como la chupa, por esa boca han tenido que entrar
pollas por un tubo... – me dio una torta en la cara y sacó la polla de mi boca –
para, tragona. Cambia de rabo – le dijo a su amigo – que te la coma a ti, que yo
cambio de agujero.
Nacho, casi sin esperar que Santi se hubiera quitado, me
agarró del pelo y me la clavó hasta el fondo. Se la cogí con la mano, pero él me
la apartó.
- Sólo la boca, zorra. No quiero manos. Con la mano tócate el
coño.
Aquello me sonó a gloria, llevaba toda la noche caliente
deseando correrme, a pesar de que ya había tenido un orgasmo con Juan un rato
antes, pero todo aquello me ponía muy cachonda y no podía más.
Llevé las manos a mi coño y empecé a frotar el clítoris
mientras continuaba con la labor de mamar la polla de Nacho, notando sus jadeos,
cómo disfrutaba. Cuanto más disfrutaba él, más puta me sentía yo y más me
mojaba.
Santi me penetró de un solo golpe, llenándome el coño por completo y emití un
gemido de placer. Me había hecho un poco de daño semejante empujón, pero eso
contribuía a excitarme. No iba a tardar en correrme. Entre sus manos jugando con
las pinzas de mis pezones, sus embestidas, mis dedos frotando mi clítoris y la
polla caliente y dura de Nacho en mi boca, preveía una explosión de placer de un
momento a otro.
Pero entonces Santi pronunció las palabras que tanto temía:
- ¿No irás a correrte sin pedir permiso a tus amos? – intenté
balbucear algo, pero Nacho sujetaba mi cabeza – ah, vaya, que tienes la boca
llena de polla... en ese caso tendrás que esperar para poder tener un orgasmo...
pero no quiero que dejes de tocarte el clítoris, sí nos desobedeces lo pagarás
caro.
Sus palabras me sonaron terriblemente crueles, mucho más que
cualquier otra cosa. ¿Cómo iba a retener el orgasmo con aquellas embestidas y
obligándome a continuar con las caricias? A regañadientes cambié los
movimientos, reduciendo la velocidad y la intensidad. Si me corría iba a darse
cuenta, y había muchas cosas que podían inventar para hacerme daño, estaba
segura. Si las pinzas ya eran difícilmente soportables y no eran un castigo, no
quería pensar en lo que haría si se lo proponía.
Nacho soltó un gruñido y me tiró más del pelo todavía, moviéndome la cabeza
arriba y abajo y haciéndome un daño horrible. Noté un chorro caliente de semen
que me provocó una pequeña arcada. Y otro, y otro, y otro...
- Trágatelo todo, puta, si no ya sabes lo que hay...
No terminaba de acostumbrarme a ello, me daba asco. Pero me
resigné y le hice caso; sin respirar me lo tragué.
Santi seguía follándome, penetrándome con fuerza, y empecé a
notar que jadeaba.
- Es una pena que no nos dejen darte por culo – dijo sin
dejar de moverse – no creo que quieras que me corra en tu coño.
Iba a pedirle que no lo hiciera, pero Nacho estaba esperando
que le limpiase con la lengua y, de todos modos, si me quejaba iba a ser peor.
Así que le cogí la polla con la mano y pasé la lengua por el glande, recogiendo
las últimas gotas de semen. Bajé hasta la base con pequeños lametones y me metí
sus huevos en la boca a la vez que se los masajeaba con la otra mano, hasta que
me quitó de encima con un manotazo y se fue a sentar por allí cerca.
- Date la vuelta – me ordenó Santi entonces, sacándosela de
mi coño – mira hacia mí – me hizo agarrar su polla con la mano – pajéame, quiero
correrme en tus tetas. Como caiga una sola gota al suelo la recogerás con la
lengua, así que procura tener buena puntería.
Ni que decir tiene que me esforcé todo lo que pude. Me erguí,
dejando mis tetas lo más cerca posible. Con una mano acariciaba sus huevos, tal
como hiciera con su amigo minutos antes, y con la otra movía su polla arriba y
abajo, lentamente, apretando un poco, alternando el ritmo, jugando, reteniendo
su orgasmo. Pensé que no me había dicho que lo hiciera y tal vez me costaría una
bronca, pero parece que le gustó. Le dejé varias veces al borde del orgasmo y,
cuando por fin se corrió, fue una auténtica explosión. Me agarró las tetas y las
apretó, sobre todo las pinzas, lo que volvió a hacerme sentir un dolor intenso.
Las alzó a la altura de su polla y noté varios chorros de semen espeso y
caliente derramándose sobre ellas. Cuando por fin terminó de correrse, la
presión en mis pechos cedió un poco, pero los levantó todo lo que pudo.
- Saca la lengua y lame.
Pensé que me había librado de tragar semen, pero no. Saqué la
lengua y me lamí las tetas hasta el último resto de su leche con avidez. No
quería que se enfadara.
- Tiene unas buenas tetas para poder hacer eso – comentó
Nacho, que volvía ya descansado y parecía que le había gustado el espectáculo de
verme a mí misma lamiéndome.
Santi se metió la polla y cerró el pantalón. Noté que me
miraba, aunque yo ya estaba de nuevo a cuatro patas, esperando alguna orden o
comentario. Pero en vez de eso, se agachó detrás de mí y me metió un par de
dedos en el coño.
- ¿Estás caliente, perra? – me susurró al oído.
- Sí, Amo, estoy caliente – contesté como pude, intentando
ignorar el escalofrío que me recorría la espalda por culpa de sus susurros en mi
oído.
- ¿Quieres correrte?
- Sí, Amo.
Miró a su amigo, sonriendo.
- ¿Qué dices, la dejamos que se corra?
- No se ha portado mal.
- Vamos a hacer una cosa – me dio un toquecito en la espalda
– ponte de pie – me levanté y me apoyé en el coche de al lado, sintiendo que me
fallaban las piernas – Nacho, coge la cuerda, anda. Y lo otro también – como te
iba diciendo, te vamos a dar dos opciones. Correrte, o no correrte. ¿Cuál
eliges?
- Correrme, Amo – respondí, pensando inevitablemente que la
pregunta tenía trampa. Sabía de sobra mi elección y, además, no podía ser tan
fácil.
- Bien. Pues si quieres correrte, lo vas a hacer ahí – señaló
más o menos el centro del parking.
- Perdón, Amo, ¿dónde?
- Atada a esa columna, para que la gente pueda ver lo guarra
que puedes llegar a ser, que haces lo que sea por un simple orgasmo. Si no
quieres, simplemente esperarás a que tu Amo venga a recogerte, pero también lo
harás ahí atada, así que, si yo fuera tú, tendría muy claro qué hacer. ¿Te
corres o no?
- Sí, Amo.
- Bien.
Me agarró de la barbilla, alzándome la cabeza y obligándome a
mirarle, con una suavidad que me desconcertó.
- Abre la boca – murmuró.
No sé de dónde (supongo que Santi se lo acababa de dar) sacó
un vibrador de tamaño mediano con una especie de aro al final, aunque no podía
distinguirlo del todo en la oscuridad.
- Chupa – ordenó.
Me metió el aparato en la boca y me hizo ensalivarlo de
arriba abajo. Después me lo sacó de la boca.
- Desnúdate.
- Pero... – me atreví, casi sin querer, a replicar.
- ¡Sin peros! – gritó Nacho, agarrándome la cara – ¡no creo
que estés en posición de quejarte! Demasiado buenos estamos siendo.
- Perdón, Amo, no pretendía...
- Pues entonces cállate y desnúdate – me interrumpió.
Me quité la ropa en décimas de segundo y me hicieron andar
hasta la columna. Después me pusieron pegada a ella, de frente a la puerta
principal del parking que daba acceso a la calle y me ataron con fuerza. Santi
me metió otra vez el vibrador en la boca y, cuando estuvo lo suficientemente
mojado, me lo metió de un golpe en el coño y lo movió varias veces. Yo gemí,
quizá demasiado alto, pero ya me daba todo igual. Aunque me viese todo el mundo,
aunque se rieran de mí, aunque alguien pudiese reconocerme...
Encendió el motor del vibrador al máximo y ambos se retiraron
a un lado, apoyados en un coche. Al principio miraba hacia la puerta, pero
pronto empecé a concentrarme en las oleadas de placer. Incluso ellos dos
desaparecieron. Sus risas, el humo de sus cigarros, sus pequeños azotes, sus
insultos en mi oído... incluso los movimientos de Nacho que, sádico, se dedicaba
a poner y quitar todo el rato las pinzas de mis maltratados pezones... sólo
existía yo... mi placer... ya lo notaba... mi coño lleno con aquel vibrador, que
incluso tenía un aro para dedicarse a mi clítoris...
- Huy putita, que igual te quedas al borde del orgasmo, por
ahí veo venir a cierta persona... – dijo uno de los dos en mi oído. No sé quién
fue, estaba demasiado concentrada en mi orgasmo como para pensar en otra cosa.
Pero haciendo un esfuerzo sobrehumano, vi a Juan bajando por las escaleras
mecánicas y dirigiéndose al cajero a pagar, donde había alguien. Eso quería
decir que, fuese quien fuese, lo primero que iba a ver nada más entrar sería a
mí.
Y justo entonces comencé a correrme. Mi coño palpitante
empezó a chorrear y a notar un tremendo orgasmo que me subía y me bajaba como
una montaña rusa. A pesar de que sentir la presencia de gente relativamente
cercana, me dejé llevar por el placer y no tuve reparo en jadear y gemir, e
incluso grité como una loca.
Me había quedado tan exhausta que tardé un rato en abrir los
ojos. Pero de pronto recordé la imagen de Juan pagando y los abrí de golpe.
Y allí estaba, llegando hasta nosotros, a dos pasos de mí. Cuando llegó se fue
aparte con los chicos a hablar.
Me tuvieron allí atada durante un rato que a mí se me hizo
interminable. Un grupito de chicos me señaló y me gritó algo que no entendí
(aunque casi preferí que así fuera) y deseé que me desataran pronto. ¿Eso era lo
que querían? ¿Humillarme?
Esperé, muerta de vergüenza, con la cabeza agachada. Al cabo
de un rato, Juan me sacó el vibrador y me hizo lamerlo, haciéndome saborear mi
propio flujo.
Al cabo de unos instantes los chicos se despidieron y Juan me
desató. Me limpió como pudo con papel, me llevó a un rincón más apartado y me
ayudó a vestirme.
- ¿Qué tal?
No sabía si me hablaba como amigo o como Amo, pero no me
pareció muy serio, así que sólo murmuré un "bien" con un hilo de voz. La verdad
es que me sentía muy rara.
Se acercó más a mí y me abrazó y me besó con ternura, sabiendo que lo
necesitaba.
- Vamos a casa – dijo en un susurro, cogiéndome de la mano.
Volvía a ser el chico cariñoso de siempre y, por segunda vez en la misma noche,
me desconcertó su comportamiento, pero me gustó. Vaya que si me gustaba...
Me esperaban muchas sorpresas durante el fin de semana.