"Siempre fui una niña buena. Iba a la iglesia cada domingo,
vestía decentemente, obedecía a mis padres y maestros, siempre hacía mis deberes
y procuraba acercarme solo a otras niñas buenas de la escuela y de mi calle. Era
virgen; mi papá me dijo siempre que me cuidara, que me protegiera de los
hombres. Así que me cuidé, me cuidé tan bien que a mis pocos novios no les
permitía ir más allá de los besos en la mejilla, no obstante que el "calor"
comenzó a pegarme ahí abajo desde los 11 años. ¿Tocarme yo misma? ¡Ni pensarlo!
Ni siquiera durante esas noches a solas en mi cuarto cuando el "calor" me
atacaba con más insistencia, urgiéndome a explorar lo que la naturaleza me había
prodigado. ¡No y no! Yo soy una niña buena. Todo eso se acabo aquella noche,
poco después de cumplir mis 13 años.
Era Viernes, lo recuerdo bien, mis padres me habían dado
permiso de visitar a mi abuelita por lo que al salir de la escuela me fui
directo a su casa, a la que llegué poco después ya que se ubica a sólo cuatro
calles de distancia de mi colegio. Pasé ahí la tarde muy contenta esperando que
mi papá pasara a recogerme, sin embargo llamó para avisar que por una
complicación en su trabajo ya no podría hacerlo, pidiéndole a mi abuelita que me
mandara en un taxi. Eran ya las ocho de la noche cuando salimos. Mi abuelita
insistía en acompañarme hasta la calle siguiente a tomar un taxi del sitio
ubicado ahí, pero me sentía mal de agobiarla con una marcha que a su edad ya era
muy pesada, eso sin mencionar que el frío de la noche pegaba considerablemente,
así que sin escuchar sus reclamos le hice la parada al primer taxi que pasó y me
subí a él no sin antes despedirme de la abuela con el beso acostumbrado.
Una vez sentada en la parte posterior del vehículo le indiqué
al conductor cuál era mi destino, hecho lo cual me dediqué a pensar en mis cosas
y a mirar por la ventanilla sin ponerle mayor atención. Pero en cierto momento
noté que no seguía la ruta indicada, tomando en su lugar un camino desconocido
entre calles solitarias. Bastante inquieta le pregunté sobre lo que hacía, sin
recibir respuesta de su parte, cosa que me puso a temblar como una hoja. Antes
de poder decirle cualquier otra cosa detuvo el auto en un estacionamiento
totalmente a oscuras y sin un alma a la vista; se bajó del auto y entrando por
la puerta opuesta a donde me encontraba sentada se me fue encima sin darme
tiempo de nada.
En la penumbra pude reconocer a un hombre bastante mayor de
unos cincuenta, grande y fuerte, calvo en la parte de arriba y con panza, con un
fuerte olor a cigarro. Quise abrir la puerta pero estaba trabada y con una sola
de sus manos me sometía mientras con la otra se quitaba el cinturón y se bajaba
los pantalones. Yo peleaba como podía tratando de salir de esta situación,
muerta de miedo por lo que me sucedía, pero nadie podía oírme y mi cuerpo
delgadito y delicado no era rival para aquel salvaje. Que con sus palabras como,
vamos putita, no te resistas que te va ha gustar, aun me daba más miedo.
Los botones de mi blusa escolar llegan hasta el techo del
coche cuando me la quita de un tirón. Su mano, grande y áspera cogen mi sostén y
me lo baja bruscamente hasta el ombligo. Mis pequeñas tetas quedan desnudas,
rectas, apuntando firmemente hacia el toldo, vibrando como gelatinas bien
cuajadas por la excitación y por el fuerte tirón. Con sus dedos coge mis pezones
hinchados y los pellizca,- que tiernecita estas putita Ahhh. gruñendo como un
animal salvaje. Mete luego su lengua caliente y húmeda en mi boquita. Su barba
sin afeitar por días me rasca el rostro y el cuello al tiempo que lame como
poseído ensalivándome la cara como un perro.
Mi corazón late a mil por hora, mientras entre mis piernas
siento también el palpitar húmedo de mi cosita, caliente como un volcán listo a
explotar.
- No! por favor no...ahh!
Suplico tenuemente, No me haga nada, pero me rindo. Intento
cerrar las piernas pero no quieren, me siento débil ante su poder bestial. Al
tiempo que succiona mis tetas que se pierden totalmente en su enorme boca
jadeante, uno de sus dedos se engancha en el tirante de mi braguita y comienza a
bajarlo sin miramientos. Siento como se desliza por mis nalgas y luego por mis
piernas, para terminar arrugado y sin forma hasta el tobillo, atorándose entre
las agujeta de en mi zapato.
No, no... por favor... ahhh... allí no! Soy una niña allí
todavía... ahhh... No soy una mujer aún!.
Si zorrita si…. Que buena que estas. Te voy a follar
hasta romperte. Aggg. Ahhh.
Intento hacer acopio de mis últimas fuerzas, de controlar lo
que siento pero de nada sirve. Mi pelvis se mueve en círculos lascivos por
debajo de su cuerpo poderoso, pesado y peludo como un oso.
- Ahh... Pare!, eso no por favor…Pare …ahhh,
Mis manos cogen su miembro, grande y gordo. ¡Cómo lo quiero!
El instrumento crece y crece quemándome la mano mientras gotas de líquido
preseminal mojan mis dedos y gotean hasta la las palmas de mis manos. Llevo una
mano hasta mi boca y lamo mis dedos,. ¡Oh!, sé que es malo, que una niña no debe
hacer eso, pero lo necesito tanto, lo he necesitado desde hace tanto tiempo que
me es imposible detenerme. ¡Lo quiero ya!
Me agarra por las muñecas y me inmoviliza sosteniendo mis
brazos por encima de mi cabeza. Mi inocencia, mi florecita adolescente está
abierta y totalmente a su merced. Entonces empuja su pelvis entre mis piernas y
siento sus muslos fuertes y peludos rozando mis delgadas y suaves piernas. Con
la otra mano toma la parte posterior de mi rodilla forzándome a abrir aún más
las piernas. La parte baja de mi pancita me duele al sentir su instrumento al
rojo vivo empujando contra mi florecita, incandescente, fundiendo sus líquidos
con los míos para favorecer la penetración. La cabeza entra entonces abriendo
los labios exteriores, alojándose a gusto en mi interior, arrancándome un
chillido que el sabe acallar con su lengua húmeda, succionándome el aliento. Se
me pone la piel de gallina en los pechos y los brazos mientras la entrada de mi
túnel de amor es mancillado, lo que al cabo de algunos instantes produce en mi
pequeña caverna un calor que se extiende por todo mi cuerpo como una droga de
placer.
Mi orificio llora y llora, chorreando jugos de goce bañando
esa cabeza de hongo que aguarda como reposando antes del ataque definitivo,
palpitando fuertemente. Los labios de mi florecita se hinchan, se relajan y se
contraen, como una boca chupando al vicio, expectantes. La primera embestida le
prodiga un rico goce a mi clítoris al restregarse el hongo en él. Siento
espasmos de gran placer recorriendo mi piel, desde los dedos de mis pies
aprisionados por los zapatos hasta la raíz de mis cabellos. ¿Me estoy viniendo?
Nunca antes... jamás he sentido algo como esto.
Mientras que él bramaba.
Ves como te iba a gustar zorrita, soy todas unas putas,
pero ahora viene lo bueno, putilla.
Su cacho de carne aún no ha pasado a los labios interiores.
¡Es enorme! Entonces se deja de remilgos y comienza la estocada final, avanzando
dentro, seguro de sí mismo, abriéndolo todo a su paso. Siento un dolor
virulento, tremendo, lo que indica que su rabo está pasando. No está dentro del
todo aún cuando siento las cuerdas sedosas de mi himen rompiéndose, ese himen
que tanto había cuidado. Chillo otra vez ahora más fuerte. Dolor, calor, las
sensaciones se agolpan confusas en mi cerebro. Abajo siento como si se me
hinchara el abdomen. Arqueo la espalda sobre el asiento y empujo mi pelvis hacia
la suya. ¡Ahora ya está dentro! Siento su palo de macho dentro de mi orificio,
amoldándolo a su gusto. Siento sus huevos pesados rascándome mi chocho. Una ola
de ese, mi primer orgasmo, recorre todo mi cuerpo tembloroso. El comienza a
moverse con más rapidez, reptando como serpiente furiosa en mis adentros,
entrando y saliendo, resoplando palabras vacías, puta, zorra, te voy a romper,
te voy a preñar, etc. agrandando mi cosita sin misericordia, romperá mi cuerpo
con su fuerza, hendirá mis partes más delicadas. Me folla con su vergón, me jode
sin perdón ni consideración, matando con cada golpe un poco, la niña que todavía
llevaba dentro.
Mi cuevita engulle gustosa y hambrienta cada centímetro de
esa furiosa virilidad que la ataca sin cesar, al compás desenfrenado de su amo
que entre bufa y bufa se da tiempo para lamer la frescura de mi rostro de
colegiala. Sigo chillando con agudos quejidos de mi garganta que ahora él ya no
intenta acallar pues parece que le excitan aún más. La sangre sale de mis
interiores, sangre de mi himen destrozado por su arma masculina. Me encanta, me
vuelve loca, me hace sentirme dispuesta a todo, ¡SOY SUYA! Le ofreceré lo que
quiera, cuando quiera, me siento feliz, me siento lasciva, voluptuosa, querida,
deseada, usada. Siento placer, ¡siento SU placer!...¡ME SIENTO MUJER!
Entonces sucedió. Un fuerte gruñido salió de su boca
impactándose su vaho directamente en mi rostro.
Me corro Aggg me corrooo…te preño…… zorritaaa….
Agggg..uhmmm.
Cálida, me llena por dentrosonlos dos últimos golpes de su
miembro en mi vagina. Me siento plena. Segundos después y sin mediar palabra se
incorpora pesadamente liberándome de su cuerpo, sacando de mis entrañas su masa
húmeda y móvil como un péndulo, con un hilo viscoso que lo conecta aún a mi
hoyuelo. Resopla fuertemente como volviendo a recuperar el aliento, se sube el
pantalón y baja del auto para volver a tomar el mando del taxi, encendiendo n
cigarro. Yo no sabía que hacer, me quedé sentada, muda, pero secretamente
satisfecha. Tomé mi braguita y me la puse arreglarme lo mejor que pude cerrando
los botones de mi sweater sobre la blusa, pues ya no tenía botones con qué
cerrarla.
Volvió a arrancar el taxi y metros adelante alcanzamos una
avenida bien iluminada y bastante transitada.
- Bájate aquí, tu casa está a cinco calles en esa dirección.
Sus frías palabras me hicieron sentirme más confundida,
aturdida, decepcionada. No sabía si reclamarle, gritar pidiendo ayuda o darle
las gracias pidiéndole vernos en otra ocasión. Sólo atiné a tomar mis útiles
escolares y como un robot bajé del taxi como me pedía. De inmediato se incorporó
al tráfico y se perdió entre los demás autos. Me quedé ahí parada por unos
instantes, desconcertada, mirando cómo se alejaba de mi vida el hombre que había
abusado de mí, que se había llevado mi inocencia de niña entre sus piernas, que
me había convertido en unos minutos en mujer. Revisé mis piernas, no había
huella de lo sucedido ni de mi infancia rasgada. Caminé lentamente hasta mi casa
sin mirar a nadie de frente, abrí con mi llave y me fui casi corriendo
directamente a mi cuarto sin poner atención a las palabras que mi mamá me decía
desde la sala, pretextando que necesitaba con urgencia ir al baño.
Arrojé mis cuadernos sobre la cama, me encerré en el baño y
me miré al espejo. Ya no me veía igual, la niña se había ido a algún lugar
desconocido junto con aquél sujeto. Al recordarlo mi florecita adolorida volvió
a palpitar inexplicablemente. Ahora lo recordaría por siempre. Abrí la llave del
agua para llenar la tina, mientras comencé a desnudarme lenta, suavemente,
dejando la ropa en el suelo cerca de la tina. Me introduje en ella y su calor
acarició mi cuerpo dulcemente, despojándome de todo vestigio físico de lo
sucedido. Pero en mi mente sucede lo contrario. Sentada ahí, acariciando mi
cuerpo con el agua caliente, rememoro todo lo sucedido con un gran éxtasis. Miro
hacia mi ropa y descubro mi bikini. Estiro el brazo y lo tomo, lo observo
cuidadosamente. Ostenta orgulloso y desafiante la prueba de mi transformación.
Lo acerco a mi nariz, lo olfateo con deleite. Huele a ambos, a mi dulce violador
y a esa niña que ya no soy. ¡JAMAS LO LAVARE!