Todo comenzó una calurosa mañana de Agosto. Era sábado. El
detective Navarro llegó al escenario del crimen con gesto regañado y mala gana.
El sol estaba en lo más alto, y el ambiente estaba cargado de polvo sahariano,
la comúnmente llamada calima. Tras una noche de guardia, lo último que se le
apetecía era un homicidio matutino. Navarro era un viejo policía, uno de los
mejores que había en la ciudad.
Apagó el radio-cassette de su decolorado mercedes, y se bajó
con toda la paciencia del mundo. Observó el entorno, y confeccionó un mapa
mental del lugar. Era una residencial de lujo, situada en las afueras de la
capital. Chalets blancos y de tejas rojas se alineaban formando una calle amplia
y recién asfaltada. El alumbrado era nuevo. Había papeleras en cada esquina y
los contenedores de basura estaban alejados de puertas y ventanas.
Los coches de policía, dos ambulancias y un nutrido grupo de
curiosos se arremolinaba en torno a un cuerpo inerte. La víctima era un hombre
joven, de unos treinta años. Rubio, fornido, de facciones duras pero atractivas.
Navarro se fijó en su rostro y se acordó de Peter O’Toole, uno de sus actores
favoritos, de cuando el cine costaba media peseta. Sus musculosas extremidades
estaban desparramadas por el suelo en una torsión grotesca. Una mancha roja
empapaba su camiseta de algodón justo sobre el estómago.
El viejo policía encendió un mecánico; él no creía en las
tabaqueras extranjeras, prefería fumar lo que siempre había fumado, aunque fuera
más caro y peor para su salud. Observó el rostro desencajado de la víctima. Aún
en aquella situación, podía adivinarse el éxito y el orgullo en su mirada
perdida.
– No cabe duda, detective – comentó uno de los agentes que
custodiaba el cadáver –. Se trata de un homicidio.
Navarro sonrió y se acercó a la herida de la víctima. Había
muerto de un balazo.
– Se llamaba Alfred Schwarzkopf, súbdito alemán. Tenía
treinta y dos años. Era cirujano en el hospital Doctor Negrín. Al parecer era un
médico muy bueno, brillante según sus superiores…
– ¿Vivía solo?
– No. Se casó hace unos meses, con una joven llamada… – el
agente consultó las notas –. Celia Guerra. La muchacha tiene veinticinco años.
Es licenciada en ciencias económicas pero abandonó su carrera para formar una
familia con su marido. Es hija de una de las familias más importantes de
Canarias… No vio gran cosa. Está en la ambulancia, en estado de shock.
Navarro aplastó el cigarrillo con el pié, y se encaminó a la
ambulancia medicalizada. Lo más duro de su trabajo no era enfrentarse a los
muertos, sino a los vivos.
La joven estaba ovillada en una manta, mientras dos
enfermeros se preocupaban por su tensión sanguínea y sus niveles de azúcar. Sus
mejillas estaban empapadas de lágrimas, su naricita irritada, y sus ojos
ardiendo en llamas. La estampa resultaba conmovedora.
– ¿Señora Guerra? Soy el detective Lorenzo Navarro, siento lo
que ha pasado… – se presentó en voz casi inaudible –. Necesito que conteste unas
preguntas, pero si usted lo desea…
La muchacha tardó en reaccionar. Miró al médico, se limpió la
nariz y respondió con la voz quebrada.
– No, no… está bien… quiero ayudarle.
Navarro se sentó a su lado y sacó su cuadernillo.
– Dígame todo lo que vio o escuchó, por favor.
– No pude ver nada, ya se lo dije a su compañero… Estaba en
la segunda planta de mi casa cuando oí dos estampidos. Corrí al huerto y
descubrí a mi marido en el suelo… muerto.
– Comprendo. ¿Le importa acompañarme a su casa?, sólo serán
unos minutos…
Navarro tomó a la joven del brazo y cruzó el enorme jardín
que rodeaba la casa. Árboles tropicales, palmerales, y flores teñidas de vivos
colores flanqueaban su paso.
El camino hacia la casa principal no era de asfalto, sino
construido en bloques de piedra pulida, que encajaban como un colosal puzzle.
Por fin, en el otro extremo del sendero, asomó una de las mansiones más
maravillosas que Navarro jamás había visto.
– Por favor, lléveme a la habitación donde usted se
encontraba en el momento de escuchar las detonaciones.
Si el jardín de la mansión era inmenso, su interior no se
quedaba atrás. Enormes cristaleras inundaban de luz cada pasillo, uniformando
los colores. Los muebles, de confección moderna y minimalista, encajaban en el
enorme decorado que era la casa entera. Cuadros de dudoso gusto, esculturas de
bronce y mármol, y enormes macetas de flores repletas de vida, salpicaban las
paredes en un desorden muy bien estudiado.
Navarro siguió a Celia por una escalera de caracol. Era un
hombre viejo; sus impulsos más básicos habían sido enterrados hacía mucho
tiempo. Sin embargo no pudo evitar fijarse en la belleza arrebatadora de la
joven. Tenia los ojos grandes y almendrados, y las pupilas azules tan brillantes
que uno podía verse reflejado en ellas. Su mirada era limpia y sincera, y sus
labios estrechos y carnosos. Las cejas cuidadosamente depiladas añadían un toque
de sensualidad a un rostro que resultaba pueril. Su melena era oscura, larga y
alisada, y su voz tan dulce como una canción de cuna.
El viejo policía sintió algo de pudor al fijarse en las
largas piernas de la muchacha mientras subía los escalones. Aquella pobre
criatura hacía menos de doce horas que había enviudado.
– Yo estaba en esta habitación cuando sucedió todo… – aseguró
mientras entraba en un pequeño dormitorio.
Navarro examinó el lugar y se asomó a la ventana, que daba al
jardín, justo donde yacía el cuerpo de Alfred. La víctima se hallaba en una
esquina del jardín, que colindaba con el chalet contiguo. A juzgar por la
trayectoria del disparo, el asesino debía estar cerca de la casa vecina, y su
propietario pudo haber visto algo.
– ¿Quién vive en el chalet de al lado?
Celia arrugó el rostro.
– Coco.. bueno, los niños le llaman Coco. Es un tipo
realmente gruñón y maleducado. Un ser repulsivo, y no sólo por ser enano…
– ¿Enano? – se sorprendió Navarro.
– Si… enano, un disminuido físico. Tiene más de cincuenta
años, pero no alcanza más de mi cintura. –Celia era un poco más alta que el
propio Navarro – Pero es muy mala persona. No tiene amigos por aquí, ni trato
con los vecinos. Los niños no se acercan a su casa porque le tienen miedo.
– Un sujeto de cuidado… – comentó Navarro –. Tendré que
hacerle una visita. En cuanto a usted señora, le mantendremos informada. Haremos
todo lo posible para encontrar al asesino de su esposo.
Navarro agachó la cabeza en señal de respeto y se dirigió a
la salida.
Su olfato de sabueso, refinado durante años de experiencia,
le advertía de que algo no iba bien. Celia no tenía nada que ver con el
asesinato, de hecho parecía sinceramente consternada por el acontecimiento. Sin
embargo aquella preciosidad ocultaba algo, y él debía descubrir el qué.
*****
Sólo había un tipo más viejo que él en toda la comisaría, y
ese era Arturo, el viejo forense. Era un tipo descuidado, formado en la vieja
escuela. Las camillas con cadáveres se amontonaban en las esquinas del
quirófano, fuera del congelador, y el suelo estaba salpicado de sangre.
– Y dime, ¿qué mató a nuestro amigo?
Arturo se quitó los pesados anteojos y los limpió con la
única esquina no ensangrentada de su bata. Luego se agachó sobre el cadáver y
señaló su herida.
– Recibió un solo tiro. La bala le reventó el estomago y
continuó en trayectoria ascendente, hacia los pulmones. Alguien le disparó desde
abajo, quizá estuviera agachado, o en un desnivel…
Aquel dato era muy esclarecedor.
– O que fuera un enano… – comentó mientras encendía un
mecánico –. ¿Qué clase de munición fue utilizada?
– Un calibre muy pequeño. La pistola debía ser diminuta, sin
retroceso. Un niño de nueve años podría levantarla y apuntar con ella sin
problemas.
Navarro inspiró una larga calada, y expulsó el humo por la
nariz. Luego se acercó al teléfono del quirófano y marcó un número de tres
dígitos
– ¿Martínez? Soy Navarro. Quiero que saques al enano de su
casa bajo cualquier pretexto… sí, buena idea, tráelo a declarar en comisaría. Y
vete tramitándome una orden de registro. Creo que ya tenemos al asesino.
*****
Navarro observó al pequeño asesino que tenía sentado ante él,
en el cuarto de interrogatorios. Había conocido toda clase de gente durante sus
cuarenta años de servicio, pero ninguno tan asquerosamente feo como aquel
infeliz. Medía menos de un metro y medio, y su cuerpo era amorfo y
desproporcionado. Sus piernas eran diminutas y parecía balancearse en vez de
caminar. Sus brazos eran regordetes y mal formados, y sus manos parecían de
juguete. Pero lo peor no era el cuerpo, sino la cara. Era como un niño
envejecido.
Su cabeza era extremadamente grande, y estaba totalmente
afeitada. Nariz aguileña, ojos pequeños, negros y muy juntos, boca larga como un
silbido y orejas de duende. Su mandíbula prominente destacaba sobre el resto de
su cara, y estaba coronada por una perilla rala y descuidada. El día que nació
aquel desgraciado, Dios estaba de vacaciones.
El viejo detective apuró el último sorbo de café, arrugó el
vaso de papel y lo lanzó a la papelera.
– Buenas tardes, señor Marrero – dijo por fin –. Siento tener
que volver a verle, y más aún en estas circunstancias.
– ¡Agente Navarro! ¡Explíqueme qué demonios hago aquí!
– No suelo andarme con rodeos. Es usted sospechoso de
homicidio. Le haré un par de preguntas y usted me responderá con sinceridad –
aclaró con voz mecánica –. Empezaremos con una sencillita: ¿qué hacía esta
pistola en su casa?
Los pequeños ojos de Coco se abrieron como platos. Navarro
puso una pistola sobre la mesa.
– Yo le maté… – confesó por fín.
Navarro encendió un cigarrillo y se acomodó en el sillón.
– Era muy difícil convivir con Alfred. Yo le daba asco, y no
le culpo por ello. He tenido la mala suerte de nacer, de vivir. Soy un ser
repugnante, una aberración y he sufrido por ello durante toda mi vida…
>> En cambio Alfred era rubio, alto, fuerte, tenía dinero,
una esposa preciosa, todos le adoraban. Yo no soy envidioso, no me
malinterprete. Nunca he deseado ningún mal a nadie, sin embargo no puedo
mentirle; cada noche soñaba con ser él, con poseer todo lo que él poseía. ¿Por
qué algunos nacieron con tanto, y otros con tan poco?
– Ley de vida – contestó el policía mientras cruzaba las
piernas.
– Ley de vida, así es. He aprendido a vivir con ello, sin
embargo Alfred siempre hacía todo lo posible por humillarme. Se mofaba de mis
deficiencias. Solía preguntarme: "¿Qué tal día hace por ahí debajo? o comentaba:
¡Debes estar cansado de oler los pies de la gente!". Era cruel, especialmente
cuando su esposa estaba delante. "Cierra las piernas cariño, o te verá las
bragas", comentaba. "Sueña con ella, porque nunca tendrás a una mujer así".
>> Yo intentaba no cruzarme con él, pero llegué a pensar que
me espiaba por la ventana. Misteriosamente siempre acabábamos coincidiendo.
Soportaba sus burlas como podía, nunca me enfrenté a él. Le tenía miedo. Por eso
decidí comprarme una pistola…
Navarro garabateó algo en la hoja de su bloc.
– ¿Por qué le asesinó?.
– Todo el mundo tiene un límite, y Alfred cruzó el mío. Ahora
me arrepiento. Esa mañana Alfred cuidaba de su huerto, era un experto en
jardinería. Él no utilizaba abono sintético, sino natural. Siempre llevaba un
barreño con estiércol, que almacenaba junto a la valla. Aquello olía a muertos,
pero nunca me quejé. Esa mañana tiró el estiércol sobrante contra mi puerta.
Intenté enfrentarme a él, pero era muy grande. No paraba de mofarse de mi
estatura, de mi fealdad. No pude soportarlo… entré a mi casa, cogí la pistola y
disparé contra él.
Coco cruzó las manos sobre la mesa y escondió la cara entre
ellas, luego rompió a llorar. Navarro se acercó a la tila eléctrica y le sirvió
un vaso de agua fría.
– ¡No tenía que haber disparado! ¡No tenía que haberlo hecho!
¿Pero qué otra cosa podía hacer?
– Dormirá en comisaría hasta que el juez firme el auto de
prisión provisional – le explicó con voz fría –. Que tenga una buena noche.
Navarro salió del cuarto con un sabor agridulce en los
labios. Tenía la confesión, pero no al asesino. Coco sería capaz de ganarse la
confianza y la comprensión del tribunal. Su testimonio, cargado de vejaciones y
complejos, y su lastimoso aspecto físico, bien podrían valerle una eximente
incompleta, o incluso quedar completamente eximido de pena.
No, aquel no era el último capítulo de la historia. Coco
había contado justo lo que le convenía, y omitido detalles que desmontarían su
defensa. ¿Pero qué le ocultaba? Si la versión de Coco era cierta, y los dos
vecinos mantenían una relación tan mala, Celia le habría señalado como potencial
enemigo de su marido. Pero no había sido así. Celia sabía que Coco era el
asesino, pero no le había denunciado ¿Por qué?
Sólo había una forma de averiguarlo.
Se acercó al teléfono y llamó a su casa.
– Olga, cariño, esta noche no iré a cenar… Pero te prometo
que mañana almorzaremos con la tranquilidad de haber resuelto el caso.
*****
Celia se alojaba en casa de sus padres. El lugar poco tenía
que envidiar al lujoso chalet de los recién casados. Era un ático y estaba
situado en la arteria principal de Mesa y López, justo al lado de unos famosos
grandes almacenes. Desde allí podía divisarse todo el paisaje capitalino, desde
el Puerto de la Luz hasta el Auditorio Alfredo Kraus.
La propia Celia le abrió la puerta.
– Detective Navarro … – musitó. Parecía sorprendida por la
visita –. ¿Ha descubierto algo? ¿Trae buenas noticias?
– Traigo noticias, pero no son buenas… – respondió –. ¿Me
permite?
Celia lo miró con ojos congelados, luego se apartó para que
pasara. El recibidor era amplio y luminoso. Los muebles eran robustos, añejos,
de madera negra y fino acabado. Y el salón principal era aún mayor.
– Lo siento, disculpe mis modales… Y vuelva a disculparme si
soy muy directa, ¿Ya han cogido al asesino?
Se sentaron en el sofá, el uno frente al otro.
– Hemos encontrado el arma homicida en casa de Coco…
La viuda entrecruzó los dedos de sus manos en señal de
agradecimiento, y cerró los párpados. Parecía aliviada.
– Desgraciadamente eso no es todo, Celia. Le hemos
interrogado, y asegura que fue usted quien le mató, y escondió el arma en su
casa para tenderle una trampa. Asegura que su intención es valerse de la mala
relación pública que mantenían su marido y él…
Celia agachó la mirada y comenzó a llorar desconsoladamente.
Con aquella mentira, Navarro la tenía en sus manos. Tan sólo tendría que
apretarle un poco más las tuercas y acabaría enterándose de toda la verdad.
– Según su versión, usted no soportaba a su marido. Pretendía
separarse de él, pero no podía renunciar a la casa que ambos compraron en
sociedad. Así que preparó su asesinato…. – el detective hizo una pausa que
añadió emoción al discurso – . Y su declaración sonó muy convincente…
Los ojos ahogados de Celia se encontraron con los suyos.
Estaba destrozada.
– Ese abominable engendro… – masculló con la mandíbula
apretada –. Él es el asesino. Yo fui testigo de todo… Mi marido lo saludó
amablemente, como siempre. Entonces Coco sacó la pistola y le disparó dos veces…
Yo estaba asomada a la ventana cuando ocurrió.
Navarro sacó su libreta y revisó las notas.
– Pero usted dijo que no había visto nada. Sólo escuchó dos
detonaciones, y en un primer momento ni siquiera sabía que eran disparos… ¿Por
qué mintió?
Celia se levantó de un brinco y abrió la ventana. Estaba
sofocada.
– Por miedo a Coco… Es un ser despiadado, un monstruo, y
podría hacerme mucho daño…
Navarro tosió, y levantó una ceja.
– No quiero prejuzgarla, Celia, pero una vez que se rectifica
la primera declaración, su credibilidad queda mermada. Creo en su inocencia,
pero mi opinión carece de relevancia ante un tribunal. Será mejor que me cuente
hasta el último detalle de esta sórdida historia, por cruda que sea, o tendrá
que enfrentarse sola a ese enano indeseable. – Ella asintió – ¿Qué motivo tenía
Coco para matar a su esposo?
– Yo soy el motivo. Lo que voy a contarle es muy duro para
mí, un estigma, una vergüenza que me acompañará mientras viva… – dijo con voz
temblorosa. Luego cerró los ojos –. Si antes mentí fue para ocultar mi secreto
más oscuro, pero ahora comprendo que eso mató a mi esposo, y que su asesino debe
pagar aunque mi honra y mi buen nombre queden pisoteados para siempre… Yo no
quería que nada de esto saliera a la luz pública, pero es demasiado tarde.
Navarro se recostó sobre el sillón y se concentró en la
joven. Ella retiró la vista y comenzó su relato:
"Coco se fijó en mi desde el primer día, cuando crucé la
puerta de mi casa en los brazos de Alfred. Se escondía tras las ventanas de su
casa para espiarme, otras veces se agazapaba detrás de los matorrales de su
jardín y me observaba al salir o entrar en casa. Nunca me sentí incómoda. Yo me
desarrollé muy rápido, a los catorce años ya era una mujer, y me crié con tres
hermanas mayores. Soy consciente de que llamo la atención de los hombres y he
aprendido a vivir con ello. No quiero resultar arrogante, pero usted ha conocido
a Coco. Ese enano ni siquiera podía soñar con una mujer como yo. Por eso me
resultaba patético, hasta gracioso.
Alfred siempre estaba trabajando, desde las siete de la
mañana hasta las diez de la noche, y yo no le culpo, pues la cirugía era su
vida. Sin embargo yo pasaba el día sola. Necesitaba una diversión, un
pasatiempo. Coco me dio esa oportunidad.
Un día decidí visitarle, y no sabe usted cuánto me
arrepentiría de haber tomado esa decisión. Debió ver su cara cuando abrió la
puerta y se encontró de golpe con mis atributos. Seguramente era la primera vez
que veía a una mujer tan hermosa, y tan de cerca. Me miró como si estuviera ante
una aparición fantasmal y tartamudeó algo que no entendí. Me presenté y le dije
que era recién casada, que había llegado unas semanas atrás, y que estaba
conociendo a los vecinos. Él me invitó a pasar a su cueva, pero yo decliné su
oferta con una sonrisa.
A partir de entonces me resultó imposible sacármelo de
encima. Al principio sólo cruzábamos saludos, luego pequeñas conversaciones
sobre el tiempo, y por último pasábamos buenos ratos hablando. Nunca debí darle
confianza, pues al final acabaría con la vida de mi marido y con mi buena
reputación…
Yo, desde luego, no podía sentirme atraída por un ser tan
repulsivo. Nunca me ha faltado la mejor compañía masculina: jóvenes, ricos y
atractivos. Coco era la concentración de todos los defectos imaginables. Enano,
deforme, calvo, viejo, salido y una persona horrible. Sentía nauseas con tan
sólo mirarlo y se me erizaba la piel al escuchar su voz grave e inmunda. Sin
embargo solía divertirme humillándolo.
Comencé a jugar con él, a reírme a su costa. Me vestía
siempre de la manera más provocativa posible, y le sonreía con descaro. Pasaba
tardes enteras tomando el sol en el jardín, con un diminuto bikini, y cubierta
por una brillante capa de bronceador. Él me espiaba desde el segundo piso de su
casa, y yo lo sabía, pero en vez de atajar el asunto, seguía echando más leña al
fuego. Me acariciaba el cuello con lascivia, y separaba ligeramente las piernas
para colocarme la tanguita. Al final, como no podía ser de otra forma, la
caldera terminaría por explotar.
Nuestra relación se fue estrechando hasta que se atrevió a
cortejarme. Me traía flores, cartas cargadas de pasión, chocolates e incluso
pretendió regalarme un cachorrito, que no acepté. Al ver que Coco se perdía cada
vez más en mi tela de araña, comencé a menospreciarle abiertamente. Me lo pasaba
muy bien. Solía gastarle bromas muy pesadas sobre su estatura, "¿Qué tal día
hace por ahí debajo?", o "¡Ey, no levantes la cabeza que me ves las bragas!".
Pero Coco no era más que un entretenimiento. Alfred era lo
más importante. Aquella noche era nuestro primer aniversario de bodas y quería
prepararle algo especial, a la altura de la efeméride. Se me ocurrió disfrazarme
de alguna fantasía. Alfred y yo nunca lo habíamos probado, así que me pareció
una buena idea.
Corrí hacia el ropero y lo examiné con cuidado. Tenía una
camisa blanca y una minifalda gris plisada. ¡Un perfecto disfraz de colegiala!.
Ahora necesitaba combinar las dos piezas principales con un buen surtido de
complementos. No en vano, cuando Alfred me arrancara la camisa y la falda, los
complementos serían lo único que llevaría encima. Tenían que resultar sexy,
realzar mi feminidad. Busqué una bufanda larga que tenía guardada con la ropa de
invierno, era a rayas amarillas y rojas. Luego rebusqué en el cajón de la
lencería hasta encontrar unas medias blancas que sólo cubrían hasta las
rodillas. También escogí un inocente conjunto blanco de bragas y sujetador,
confeccionados en algodón. El disfraz quedaría completo con unos zapatos de
charol rojo y tacón bajo.
Todo iba a ser perfecto. Tomé un baño de sales y aceite. Me
maquillé con colores cálidos y difusos, como lo haría una quinceañera, y
abrillanté mis labios con vaselina para que todo lo que iba a tragar resbalara
más fácilmente. Luego me recorté el vello púbico, y afeité el contorno de mis
labios vaginales. Recogí mis flecos en dos trencitas que até detrás de mi
cabeza, a la altura de mis orejitas, y perfumé cada palmo de mi piel. Me
disfracé y comprobé el resultado en el espejo. Casi sin darme cuenta, mis
entrañas comenzaron a humedecerse. Todo aquel ritual previo a la entrega hacía
las veces de preliminares, y estaba deseando ser tomada por mi esposo.
Eran las diez y cinco. Alfred no tardaría en llegar. Me serví
un margarita bien cargado, esperando coger una chispita que me permitiera
desinhibirme y disfrutar de una noche cargada de sexo y amor. A las diez y media
ya me había bebido dos y a las once menos cuarto, cuando Alfred me telefoneó
para avisarme de que no dormiría en casa, apuraba el tercero.
Me sentí muy decepcionada. Había tardado tres horas en
prepararme para él, tres largas horas en que mi excitación fue creciendo
gradualmente hasta ahogarme en mi propia humedad. Y de golpe todo se había ido
al traste. No podía desaprovechar aquel cuerpo, aquel disfraz, irme a la cama
sin saciarme. No tenía costumbre de masturbarme, pero esa noche no tuve más
remedio.
Cogí una silla y me senté frente al espejo de mi armario. Me
bajé las braguitas y comencé a tocarme, estimulándome con mi reflejo. Fue muy
excitante. Nunca me había visto tan sugestiva, tan erótica. Pese a mi belleza, y
al reclamo sexual que resulto para los hombres, yo soy un mujer decente, o al
menos lo era. Nunca me había sentido tan… "puta", y me encantaba esa nueva
sensación.
Me masturbé como jamás lo había hecho. Pero justo cuando
subía el último escalón antes del orgasmo, alguien llamó a la puerta. Me detuve
inmediatamente, sintiéndome culpable. Pensé que Alfred había podido escaparse de
su trabajo, y decidí ofrecerle mi orgasmo. Quería que viera a través de mis
ojos, y disfrutara de la hermosa mujercita que le esperaba impaciente en casa.
Abrí la puerta sin acordarme de cómo iba vestida. El ardor
que consumía mi entrepierna y los tres margaritas que había tomado habían
mermado mi conciencia. No podía pensar, y alguien se aprovecharía de las
circunstancias.
– ¡¿Coco?! – exclamé defraudada – ¿Eres tú, enanito? Menos
mal que te encuentro… Mudito andaba preguntando por ti…
Pese a mi estado de incipiente embriaguez, mantenía afinado
mi ingenio. Coco era incapaz de mirarme a la cara. No apartaba los ojos de mis
largas piernas, y apenas podía creer que su despampanante vecinita estuviera
ante él, media borracha y disfrazada como una puta.
– Te traigo unas cartas, el cartero las dejó en mi buzón por
error. ¿Puedo entrar? Tengo que decirte algo muy importante para mi…
Si pudiera volver atrás en el tiempo y cambiar mi respuesta a
aquella pregunta, Alfred aún estaría a mi lado. Por desgracia lo invité a pasar.
Tomó asiento en el sofá del salón mientras yo me servía el cuarto margarita. Me
senté frente a él y crucé las piernas, colmada de excitación.
– ¿De qué quieres hablar, asqueroso? – le pregunté sonriente.
Coco se frotó las manos antes de hablar.
– Creo que empiezo a sentir algo por ti… Sé que estas casada,
y que Alfred es un marido perfecto. Yo no tengo nada que hacer para competir con
él, pero te quiero…
Me carcajeé hasta el agotamiento. Tuve que apretar las
piernas para no hacerme pis encima.
– ¿Y que pretendes? ¿Quieres que deje a Alfred y salgamos
juntos? ¿Acaso piensas que podría ir contigo de la mano? ¿Presentarte a mis
padres? Mira papá este viejo enano es mi novio…
Me burlé hasta que sentí un tirón en mi mandíbula. Tardé en
recuperar el resuello.
– Yo estoy cuando tu marido no está, podríamos divertirnos
juntos. Y soy muy discreto. ¿Quién iba a pensar que una mujer de tu belleza, con
un marido guapo y rico, iba a acostarse con un bichejo horripilante como yo?
Me acaricié el entrecejo intentando pensar. Me levanté con
firmeza y abrí la puerta de la calle, invitándole a salir.
– Está bien. Se acabó. Has llegado demasiado lejos. Fuera de
mi casa y no vuelvas más.
Pero él no se movió. En vez de eso se bajó los pantalones y
me enseñó su enorme miembro erecto. Yo abrí la boca asustada. ¿Qué demonios
estaba haciendo? ¿Con quién creía que estaba tratando? Pero resultó que Coco me
conocía mejor que yo misma.
No pude evitar fijarme en la estupenda dotación que Coco
esgrimía con orgullo. Aquel pene debía medir unos veinte centímetros. En aquel
cuerpo diminuto, entre aquellas manos de marioneta, parecía mucho más grande y
gordo. El tronco era grueso como una mazorca de maíz, y las venas rojas y verdes
se dibujaban perfectamente bajo su piel macilenta, casi transparente. El glande
no era sonrosado como el de Alfred, sino amoratado, y llamativamente pequeño.
Una densa mata de pelo crecía salvaje a su alrededor.
Cerré la puerta. Dudé entre echarlo a patadas, o arrodillarme
ante aquel magnífico fenómeno de virilidad y tragármelo de un bocado.
– Los refranes suelen acertar, encanto… – me dijo mientras se
acariciaba –. Hombre pequeño, polla grande. Toda para ti si lo deseas.
Yo no respondí ante semejante ordinariez. Permanecí de pie,
inmóvil.
–Te he enseñado mi polla, muñeca. Es justo que te desnudes
para mi… Muéstrame lo que tienes.
Cada noche durante los tres últimos meses me he preguntado
por qué lo hice, por qué obedecí. Hay días en que culpo al alcohol. En otras
ocasiones al calentamiento frente al espejo. La anodina vida sexual que mantenía
con Alfred era otra causa que solía barajar. Sin embargo ahora estoy convencida
de que soy una puta, y de que Coco fue el primero en darse cuenta de ello.
Lo cierto es que lo hice. Estaba de pie ante aquel engendro
demoníaco, que se masturbaba lentamente, relamiéndose ante el apetitoso manjar
que no tardaría en devorar. Comencé a acariciar mi torso sobre la camisa,
paseando mis manos por mi cintura, mis costados, mi raso estómago, y mis pechos.
Apenas los rocé con mis palmas y comenzaron a despertar. Cerré los ojos para no
cruzar mirada con el afortunado espectador, no quería que aquel mágico momento
terminara con un ataque de nauseas.
– Eso es, muévete zorrita. Hazlo lentamente, justo como a mi
me gusta…
Mis dedos separaron con agilidad los botones de la camisa y
la dejé caer con sensualidad. El enano se acarició los testículos velludos
mientras disfrutaba del sorprendente espectáculo. Poco podía ver de mis pechos,
pues estaban casi totalmente ocultos bajo el infantil sujetador de algodón.
– Vamos putita… Quítate el sujetador, enséñame tus tetas,
quiero verte las tetas.
Cumplí sus deseos con diligencia y buen grado. Desabroché el
corchete de la espalda y me bajé una tira primero, luego la otra. Noté el
considerable peso de mis pechos cayendo sobre mis manos, y los acaricié
circularmente, desde la base hasta su nacimiento. Nunca me sentí acomplejada por
el razonable tamaño de mi busto, sin embargo en aquella ocasión me parecían más
grandes, más carnosos y curvilíneos. Acaricié mis pezones desnudos, que ya
estaban completamente erectos, y me mordí el labio de placer.
– ¡Menudas tetas tiene la muy puta!
Junté las rodillas, agarré el elástico de mi falda y de mis
braguitas, y las fui bajando sosegadamente. Pronto quedé vestida únicamente con
la bufanda rayada, las medias blancas y los zapatos de charol.
Tiemblo al recordar como me comporté. Me ladeé ligeramente
para que aquel esperpento disfrutara de mi perfil desnudo, de mis largas
piernas, de la curva abierta que dibujaba mi trasero. Coloqué las manos tras la
cabeza y me estiré excitada.
– ¡Vaya con la muñequita del cirujano! ¡Estás hecha toda una
zorra! …Nunca lo hubiera imaginado
Para mi sorpresa, aquellas palabras no me dolieron, sino que
me excitaron aún más. Hoy me siento humillada al pensar en ello, pero en aquel
momento estaba dispuesta a todo por satisfacerme. Aún caería más bajo. Me di la
vuelta y le mostré mi pequeño pero redondeado trasero, y mi derretida rajita.
Saqué la lengua, lamí la palma de mi mano y me golpeé una nalga con ella. Mi
carne firme apenas se movió. Aquello sacó de quicio al enano, que pronto demandó
mi presencia entre sus piernas.
– Vas a ser buena vecinita, ¿verdad?. Vas a chuparme la
polla… Quiero ver como te desenvuelves con mi polla en tu boca…
Coco se sentó al borde del cojín, apoyando el peso de su
cuerpo sobre las manos. Levantó el trasero ligeramente, ofreciéndome su verga,
Yo estaba ebria de alcohol y borracha de sexo. Era la primera
vez que un hombre distinto a mi marido me veía desnuda, y me encantó la
sensación. Deseaba seguir adelante. Apenas reparé en los cientos de recuerdos y
fotografías de Alfred que había en el salón de nuestro nido conyugal. Allí
estaban sus mejores plantas, los souvenirs de nuestro viaje de novios, la
cristalera de su madre, y la foto de nuestra boda. Ni siquiera me quité la
alianza.
Me arrodillé ante aquel medio-hombre, abrí la boca todo lo
que pude y engullí su verga de un golpe. Aunque me esforcé en tragarla entera,
sólo conseguí abarcar tres cuartas partes. Aún así, su vello púbico era tan
profuso que me hizo cosquillas en la naricita. Tenía la boca llena de su carne
mortecina, y me gustó su sabor. Me retiré lentamente, apretando los labios para
facilitar la succión. Luego lo miré directamente a la cara. Eso me enloqueció.
– ¡Cómo la mamas, guarra…! ¡Sigue… sigue…!
Rodeé su miembro con mi mano derecha y comencé a masturbarlo.
Examiné su glande palpitante que, aunque estaba inflamado en sangre, no había
perdido su color cárdeno. Lo envolví con mis labios, estimulándolo con suavidad,
mientras no paraba de masturbarlo. Noté como el incontinente duendecillo se
retorcía bajo mis caricias. Alfred jamás se entusiasmaba tanto con mis artes
amatorias, y la grata respuesta de Coco me animó a esforzarme aún más.
– ¿Te gusta, enano asqueroso? ¿Te gusta como te la chupo? –
le pregunté mientras mis manos mantenían el compás.
Coco se quedó perplejo, luego me sonrió. Nunca había visto
unos dientes tan desordenados e irregulares. Su respuesta fue parca y explícita:
agarró la parte posterior de mi cabeza y me guió de nuevo hacia su verga. Cerré
los ojos y su serpiente volvió a recorrer mi garganta.
Al poco contrajo sus nalgas y comenzó a menear su pelvis con
cierto ritmo, usando mi boca como si de una vagina se tratase. Apreté los
cachetes y succioné con fuerza, mitigando la violencia de sus embates. El enano
estaba en el cielo, a punto de perder el control sobre si mismo. Temí que me
ensartara con su espada, así que me alejé lentamente, recuperando la iniciativa.
Jugué con sus enormes y peludos testículos. Me los pasé de
mano en mano, acariciándolos con ternura. Luego los apreté suavemente y observé
como saltaban dentro de sus bolsas de piel. Los lamí con la punta de mi lengua y
fui ascendiendo lentamente, dejando un rastro de saliva a mi paso. Recorrí su
tronco y engullí su glande. Acomodé mi cuello y mi espalda, apoyé mis manos en
su menudo trasero, y comencé a masturbarlo con mi boca.
La mecánica era sencilla pero agotadora. Cerraba mi boca
entorno a su miembro y me deslizaba de atrás hacia adelante, de adelante hacia
atrás. Me cuidaba de engrasar bien el tronco con mi saliva, para no hacerle daño
con la fricción. Sin embargo él no tenía respeto alguno por mi integridad
física. Me agarró la cabeza con sus dos manitas y me obligó a acrecentar el
ritmo de mis acometidas.
Me dolían las cervicales, y todos los músculos de mi cuello
estaban entumecidos. Fue entonces cuando me dio un respiro. Ladeó mi cabeza para
alojar su glande entre mis dientes y la cara interior de mis mejillas. Intenté
relajar la presión de mi mandíbula para acomodarme a su penetración y
proporcionarle mayor placer. Me acaricié los pechos mientras él se servía de mi
boca, hasta que se cansó de ella.
Coco levantó mi cara y me miró a los ojos.
– Saca tu lengüita, zorra.
Yo cumplí como una perrita faldera. Abrí mi boca y le ofrecí
mi lengua. Coco apoyó su glande en ella y comenzó a masturbarse, deslizándose en
su humedad, deleitándose en su calor. Me dedicó toda clase de improperios
mientras se satisfacía, pero yo apenas le escuché. Estaba demasiado bebida,
demasiado ansiosa por ser tomada. Transigí en todo, esperando recibir una
compensación por mis esfuerzos.
Coco me agarró por el codo y me lanzó contra el sofá. No
había imaginado hasta entonces la fuerza que aquel enano tenía en sus brazos, y
quedé impresionada. De repente me encontré sentada al borde del cojín, apoyada
en el respaldo. Abrí las piernas instintivamente, ofreciéndome sin tapujos,
rogándole con la mirada que me devolviera al menos la mitad del placer que yo le
había proporcionado. Coco no me defraudó.
– ¿Qué vas a hacer conmigo? – le pregunté intrigada.
– Voy a saborear tu caldito, beber de tu coño… – contestó
mientras se relamía.
No logro entender qué clase de influjo ejercía la voz de Coco
sobre mi voluntad. Sus vejaciones me parecían muy excitantes, y mi conciencia
apenas ofrecía resistencia.
Separé las piernas todo lo que pude, adelanté mi pelvis y
arqueé mi espalda, ofreciéndole a Coco una fruta prohibida que ningún hombre, ni
siquiera mi marido, había tenido oportunidad de probar.
El enano sacó su lengua asquerosa y me dedicó un primer
lengüetazo, que recorrió mi rajita desde la base hasta el clítoris. Luego me
miró a los ojos y descubrió placer en ellos. Apoyó su mano derecha en mi pubis y
comenzó a estimular mi clítoris con el pulgar. ¡Lo hacía tan bien! Aquel placer
era totalmente nuevo para mi, y poco a poco me fui derritiendo en sus manos.
– ¡Cómete mi coño! ¡Cómetelo todo!
Mi vagina era un charco de flujo y saliva. Su pulgar seguía
describiendo círculos sobre mi pepita, enloqueciéndome. Me acaricié los pechos
con ambas manos mientras él seguía esmerándose entre mis piernas. Sentí asco al
contemplar la calva de Coco retorciéndose al ritmo de sus lengüetazos. Sin
embargo el fuego consumía mis entrañas, y haría cualquier cosa para sofocarlo.
Coco introdujo el pulgar en mi sexo, mientras su lengua
reptiliana se encargaba de mi clítoris. Llegados a aquel punto, yo ya estaba
perdida. No tenía ni juicio ni vergüenza. Comencé a balancear rítmicamente mis
caderas, enterrándome el dedo de Coco hasta los nudillos, y separé mis labios
vaginales para facilitar su acceso a mi semillita.
Me dejé caer sobre el espaldar del sofá y levanté las
piernas, apoyando las rodillas sobre mis pechos. Estaba totalmente expuesta,
entregada a un error irreversible de la naturaleza. Él no aflojaba el ritmo de
su penetración manual. Su pulgar se deslizaba por mis oleaginosas paredes
vaginales, provocando un chasquido húmedo y degradante. Mi excitación iba en
aumento, y el calor se extendía a lo largo de todo mi cuerpo. Comencé a chillar
como una poseída, concertando gemidos graves y agudos lamentos.
Apoyé una pierna sobre el hombro de mi diminuto amante, pero
pronto comprobé que no era capaz de soportar el peso. El placer era
insoportable, así que cerré las piernas casi instintivamente para disfrutar de
un pequeño descanso. Coco no se retiró. Sentía su aliento en mi vagina, que
estaba enrojecida. Acaricié su cabeza con sensualidad y me reí. La situación era
tan ridícula, tan escatológica, que no pude aguantarme. Él pareció molestarse.
– Eres asqueroso, Coco – le insulté mientras le acariciaba la
cara.
Pude ver el dolor en su mirada, luego su furia. Su mano
rechoncha y malformada me propinó una sonora bofetada. No tuve tiempo para
defenderme, ni de contraatacar. Cuando quise darme cuenta, Coco me había
agarrado por el pelo e introducido su verga en mi boca.
– ¡Llénala de saliva, cerda! ¡Voy a follarte de una puta vez!
Yo agarré su mango, concentré toda la saliva que había en mi
boca y la escupí sobre su glande. Saqué mi lengua y recogí los chorros
brillantes que habían quedado colgando, condensándolos en gotas muy gruesas.
Luego las esparcí a lo largo de su pene, anegándolo. Las babas colgaban de mis
comisuras, y de mi barbilla. Sufro nauseas de sólo recordarlo, pero en aquel
momento yo carecía de cualquier escrúpulo.
Coco me empujó contra el espaldar del sofá, me cogió por una
rodilla y me ladeó ligeramente, para que mi vagina quedara justo a su altura.
Luego separó mis piernas.
– ¿Vas… vas a follarme? – le pregunté nerviosa, contagiándome
de su léxico grosero.
– No sólo eso, mala puta. Voy a partirte en dos.
Me recosté sobre el espaldar, esperando la llegada del
ansiado y temido momento. Mi infidelidad iba a consumarse, y ya era tarde para
evitarlo. Me acaricié el clítoris para renovar mi lubricación, luego separé mis
labios vaginales para mostrarle el camino a mi interior. Coco y yo nos miramos,
mientras él se masturbaba salvajemente para multiplicar su erección.
Entonces me penetró.
Primero me introdujo su glande, luego el resto de su miembro.
No me dolió. A juzgar por el desdén con que me trataba y la excitación que mi
admirada figura debía provocarle, pensé que sería ensartada sin miramientos,
pero me equivoqué. Avanzó suavemente, abriéndose paso con paciencia. Me abrió
las piernas hasta forzar mis abductores para que mi orificio se estirase todo lo
posible.
El miembro de Coco quedó completamente engullido por mi
feminidad, y mis paredes vaginales se adaptaron a su enorme tamaño como un
chicle masticado. Me sentí ensanchada.
– ¿Y ahora, puta? ¿Vas a reírte de mi? ¿No vas a mofarte de
mi tamaño?
No me dejó contestar. Con una agilidad pasmosa, aquel pequeño
endemoniado comenzó a bombearme. Su verga monstruosa recorrió senderos
inexplorados de mi vulva, alcanzando, debido a su tamaño, una profundidad
inaudita.
– Es rubio, rico, cirujano… ¡Y yo me estoy follando a su
mujer! ¡Me la follo como a una puta! ¡Su esposita es mi puta!
Coco se mantenía de pié, mirándome complacido, eufórico. Su
miembro entraba y salía de mi sexo con dinamismo, a un ritmo alto y regular.
Pero la postura pareció cansarle. Sus rodillas achaparradas sostenían todo el
peso de su cuerpo, y debieron agotarse. Así que se acostó sobre mi, apoyándose
en los brazos, acomodando su desproporcionada cabeza entre mis turgentes pechos.
Yo le acaricié sus orejas puntiagudas y su espalda, apretándolo contra mi
cuerpo. Su culito plano se contraía y relajaba en cada penetración.
Se mantuvo así durante unos dichosos minutos, y se levantó de
repente. Tomó mi pierna izquierda y me acostó de lado. Luego se situó detrás de
mi, y volvió a trepanarme. Aquel fue el momento más gozoso. Tenía su miembro
dentro de mí, pero no su horrible cuerpo ante mi cara. Cerré los ojos y me perdí
en un mar de sensaciones cálidas y vitales. Gemía al sentir sus testículos
golpeándose contra mi entrepierna. Sus manitas amasaban la tierna carne de mis
pechos, para aferrarse luego a mis caderas e incrementar el ritmo de nuestro
coito. Estábamos llegando al final.
Yo le ayudé con un tímido contoneo pélvico. Su dedo pulgar me
masturbaba con destreza. Yo estaba ardiendo. Iba a correrme.
Un gemido recorrió mi estómago y mi garganta como un
torrente, para explotar en mi boca. Me mordí el labio con fuerza mientras los
traviesos dedos de Coco aserraban mi clítoris con saña, y su miembro erecto me
desgarraba el orgullo. La sensación cálida y reconfortante fue incrementando en
intensidad hasta transformarse en el más poderoso orgasmo que jamás he vivido.
Aullé como una loba; cerré los puños y agité mi cabeza con tanta fuerza que casi
me rompo el cuello.
– ¡Voy a correrme, putita! ¡Voy a correrme!
Apenas tuve tiempo de prepararme para el clímax del enano,
pues la sacó de un tirón y descargó todo su esperma sobre mi pubis y mi rajita.
Coco me miró directamente a la cara mientras escurría sus últimas gotas de
semen, y me dijo:
– La joven y entregada esposa del cirujano se ha corrido en
mis manos. Fíjate como te he dejado tu coño devoto… Esa no es la leche de tu
marido, puta, sino la de tu asqueroso vecino enano.
Observé mi entrepierna. Un grueso hilo de esperma resbalaba
por mi vagina y se precipitaba hacia el cojín del sofá. Efectivamente, mi sexo
no presentaba un buen aspecto. Estaba dilatado en exceso, sudoroso, irritado por
la fricción y empapado con la crema seminal del ser más repugnante que había
conocido en mi vida.
Coco paseó su índice por mi dolorida vagina y lo untó de
semen. Entonces intentó colarlo por mi boca, afortunadamente pude esquivarlo.
– ¡Abre la boca, Celia! ¡No me hagas enfadar!
Yo nunca había probado el semen. Tampoco Alfred me lo había
pedido. Separé los labios con timidez y saqué la lengua.
– Eso es, lame el dedo como una chica buena…
El dedo se perdió entre mis labios carnosos, y saboreé la
verdadera esencia del hombre. Era espesa y amarga, sucia, y tuve que esforzarme
para reprimir un impulso de vomitar. Él me limpió la boca con el extremo de mi
bufandita y se rió a carcajadas. Luego cogió su ropa y se dirigió a la salida,
no sin antes despedirse educadamente:
– Volveré a por ti, puta."
*****
– ¿Y volvió? – preguntó Navarro con visible interés.
Celia asintió con la cabeza.
–Y yo le recibí. Mantuvimos relaciones sexuales durante un
mes, pero lo nuestro había durado demasiado… Después de acostarme con él, me
sentía sucia y asqueada, de él y de mi misma. Poco a poco fui rebajando la
frecuencia de nuestros encuentros hasta que por fin me libré de él.
Navarro se encorvó en su asiento y se acercó a la muchacha.
Ella le miró con ojos vidriosos, y él arqueó las cejas con indulgencia.
– Celia, ¿por qué Coco mató a su marido?.
– Todo fue culpa mía. Usaba al pobre Alfred como excusa para
evitar encontrarme con él. Le prohibía la entrada a mi casa advirtiéndole de que
"Alfred está adelantando la salida del trabajo" o "puede que Alfred libre hoy y
llegue una hora antes". Coco pensó que sin Alfred de por medio, él y yo seríamos
libres para vernos. Y por eso lo asesinó…
La chica llevó las manos a su rostro y lloró histéricamente.
Navarro la abrazó para consolarla.
– No tiene nada de qué preocuparse, todo saldrá bien – le
susurró –. Tenemos al asesino de su marido. Pero nada de esto tendrá sentido si
usted no declara la verdad ante el tribunal.
Celia se separó de él y se limpió los ojos con un pañuelo. Se
asomó a la ventana en busca de un soplo de aire fresco.
– Lo sé detective, lo sé. Mi familia, mis amigos, mis
vecinos, toda la alta sociedad de Canarias sabrá que durante un tiempo fui la
puta de un maldito enano. Se publicarán los detalles de nuestros encuentros
sexuales, saldré en los diarios y me señalarán por la calle…
Navarro recogió su libreta y su abrigo, y la miró con
ternura.
– Usted no es autora del asesinato, ni cómplice, ni ayudante
material y necesario. No irá a la cárcel, pero la sociedad le hará cumplir su
pena, y créame cuando le digo que no sé cual de los dos castigos es más
favorable para usted – comentó mientras abría la puerta del piso – . Siento todo
lo que ha pasado. Ya nos veremos.
© Angelo Baseri
29 – Enero – 2007