Puede parecer que, si digo ahora que no entenderéis nada de
este relato si no habéis leído los anteriores de la serie, estoy pretendiendo
que se incremente el número de lectores. Pero es cierto. Poco de lo que sigue
tendrá demasiado sentido para vosotros, salvo que conozcáis la historia
completa. Los anteriores podrían considerarse narraciones independientes, pero
este no.
CHARLIE.
–¡Jajajajaja! ¿Qué queréis? ¿Que vuelva a contar el "polvo"
con Jorge desde otra perspectiva? –rió Irina.
–En realidad, Charlie ya comenzó a joderla cuando no se
conformó únicamente con lo de su historia con Julia, sino que además nos
involucró a Irina y a mí –protestó Román–. ¿Se te ha ocurrido pensar que a lo
mejor me habría gustado más "follar" con tu mujer, como al final acabé haciendo?
–terminó, guiñándome un ojo–. Bueno, de mentirijillas…
–Tiene razón Irina –concedió Jorge–. Creo que a estas alturas
lo mejor es dar por finalizado el juego.
Yo no me reía, ni sentía deseo alguno de bromear acerca de lo
que acababa de suceder. Todo había comenzado con una conversación sobre sexo e
infidelidad entre las cuatro parejas, después de la cena. Alguien (creo que fue
Andrés, aunque no estoy seguro) había propuesto una especie de "juego de la
verdad" en el que cada una y uno, como primera pregunta, debía confesar si le
había sido infiel a su pareja, pero obviamente hubo varios que no estaban
dispuestos a ello. A mí no me habría importado decir la verdad, porque no había
estado con otra mujer desde que conocí a Lara, pero entonces ya me dio la
impresión de que a varios (incluida alguna mujer) les había cambiado la cara, y
obviamente la idea no prosperó, aunque hubo bromas del estilo de "espera que
tengo que contarlos, porque no sé si me voy a acordar de todos" (Julia)
celebrada con risas.
La idea final había sido de Jorge, nuestro anfitrión, y a
todos nos pareció divertida y excitante. Solo que nadie tenía conciencia en
aquel momento de hasta dónde nos iba a conducir: se trataba de que cada uno, en
un orden decidido mediante sorteo, narrara una historia de infidelidad en la que
él o ella sería el protagonista, y que debía involucrar obligatoriamente a
alguna o alguno de los presentes. La otra regla es que en la medida de lo
posible, no se contradijera nada de lo que los anteriores narradores incluyeran
en sus relatos.
Yo fui el primero, inventé una supuesta infidelidad con
Julia, e incluí la historia de Irina y Román aún no sé muy bien por qué. Quizá,
porque había sido notorio en los días anteriores que pasaban mucho tiempo
juntos, y ello había dado lugar a algún comentario en privado por parte de Lara,
mi mujer. Creo que puse el listón alto, y los demás habían intentado superarme,
aunque sin duda, en mi ranking particular la mejor había sido Elena, y no solo
por el hecho de que yo hubiera sido su ficticio "partenaire". Y al final, la
excitación era patente en los rostros, además de en la entrepierna de casi todos
los varones.
De manera que los cinco cuentos eróticos habían sido producto
de la imaginación de sus autores.
«¿O no? –me pregunté».
Había habido en ellos una parte de verdad. Por ejemplo, es
cierto que mi mujer se fue al pueblo cercano acompañada de Jorge, y que Elena y
yo habíamos estado paseando por la playa durante más de dos horas. Aunque
evidentemente la caleta donde supuestamente ella y yo habíamos hecho el amor no
existía, que yo supiera. Pero, ¿de verdad lo sucedido entre Lara y Jorge fue
también inventado? Comenzaba a no estar tan seguro de ello. Eran pequeños
detalles, cosas a las que en su momento no había dado importancia. Por ejemplo
que tiempo atrás, en un par de ocasiones el teléfono de mi casa no había sido
descolgado, y el móvil de Lara estaba "apagado o fuera de cobertura" al mismo
tiempo. Y que había dudado unos instantes cuando al volver a casa le pregunté
dónde había estado. Eso, sin contar con que hacía ya tres noches que no habíamos
tenido sexo, porque ella había pretextado estar demasiado cansada, o que le
dolía la cabeza, lo cual fue objeto de bromas por mi parte.
Había otra cosa que en su momento me produjo un escalofrío,
que había provocado miradas intencionadas en los demás, y que aún una hora
después seguía recordando impresionado: Elena en su narración había dicho que
estaba enamorada de mí. Había sido la única en decir algo parecido, todos los
demás habíamos hablado de encuentros sexuales que no involucraban emociones.
«¿Qué porcentaje de lo que he oído es cierto? –dudé».
El siguiente paso fue interrogarme a mí mismo acerca de mis
sentimientos hacia Elena. Lara no había hecho ningún comentario al respecto,
pero lo cierto es que, como en el caso de Irina y Román, tenía que reconocer que
Elena y yo habíamos estado juntos aquellos días mucho más tiempo del que habría
sido lógico o adecuado. Siendo sincero conmigo mismo, debía confesar que no se
había tratado de una casualidad: yo había buscado su compañía en más de una
ocasión. Otras veces, –las menos–, había sido ella la que había ocupado el
asiento o la tumbona vacíos a mi lado. Habíamos charlado interminablemente sobre
mil y una cosas, y me había sentido muy bien en su compañía.
«Pero no, ella es la
esposa de Jorge, y yo estoy casado con Lara –me dije–. Es solo amistad, quizá un
poco más íntima que la que puedo tener con Julia o con Irina, pero no va más
allá de eso»
Aunque en mi fuero interno tampoco estaba completamente
seguro de ello. Porque había algo indefinible, una especie de comunicación entre
nosotros que trascendía de lo verbal y tenía lugar en otro plano. En más de una
ocasión, me había sorprendido a mí mismo mirándola mientras hablaba, tan
completamente concentrado en el movimiento de sus labios, o en los gestos de sus
manos con los que subrayaba sus palabras, que ni había escuchado que alguien se
había dirigido a mí.
La voz de Jorge interrumpió mis pensamientos.
–Creo que estamos todos un poco acalorados, y lo mejor en
estos casos es… ¿quién quiere darse un baño nocturno en la piscina?
–Tendré que subir a cambiarme –dijo Irina– o arruinaré este
vestido de punto.
–Quítatelo. Total, ya te hemos visto todos desnuda –saltó
rápida Julia.
Tampoco era cierto, había sido una invención de Lara. Pero
ante mi asombro, la chica se quitó el vestido, dejando ver unas braguitas negras
de encaje, que era lo único que había debajo de la prenda.
–¡Eh, los chicos! –gritó alegremente Julia, mientras
tironeaba de sus pantalones sentada en una silla–. ¿No pensaréis cambiaros de
ropa? Nosotras no vamos a hacerlo…
Jorge no lo dudó un instante, y corrió hacia la piscina
vestido únicamente con un slip.
Lara titubeó un momento, se encogió de hombros, y se
desprendió de camiseta y falda. Ella, al contrario de Irina, llevaba puesto un
sujetador del que prescindió mientras seguía a los otros dos a la carrera.
Román optó por imitar a Jorge. Andrés se quedó parado unos
segundos, antes de que su pantalón y camisa fueran a parar al suelo. Pero él no
llevaba nada debajo, y su desnudez provocó un coro de risas y chillidos cuando
se aproximó a la piscina con su pene erecto precediéndole.
Elena y yo, aún sentados ante la mesa del porche, nos
limitábamos a ser espectadores de los chapoteos y persecuciones en el agua azul,
y a escuchar las bromas que intercambiaban, algunas de tono subido. Estaba muy
seria, y tenía la mirada perdida.
Pareció salir de su trance con un estremecimiento.
–¿No te apetece unirte a los demás? –susurró, mientras me
miraba directamente a los ojos.
–Prefiero tu compañía.
–¿Por qué?
Una pregunta sencilla, pero muy difícil de responder. Sobre
todo porque yo mismo no lo sabía.
–Porque me encuentro muy bien contigo.
Se quedó pensativa unos segundos. Yo tenía una pregunta
quemándome la lengua, pero no me atrevía a hacerla. Porque si su respuesta era
la que temía, no podría seguir ya creyendo o fingiendo creer… Me decidí.
–¿De veras Jorge se comporta en la cama como le describió
Lara?
Elena estuvo mucho tiempo sin responder, limitándose a
mirarme fijamente. Casi podía adivinar sus pensamientos. Pero, si no me
equivocaba al suponer qué es lo que ocupaba su mente, ella ya tenía la certeza
de lo que yo únicamente sospechaba.
–Sí –afirmó, mientras bajaba la vista.
–Eso solo tiene un significado: el relato de mi mujer no ha
sido ficción…
Alzó la vista con los ojos empañados, y me acarició una
mejilla.
–Lo siento por ti, Charlie, yo lo sabía desde hace tiempo,
casi desde el principio.
«¿Por qué la confirmación solo me producía un leve dolor, y
no el ataque de celos que habría imaginado?».
–El es así –continuó–. No le basta conmigo, y Lara no ha sido
la única. Lleva bastante tiempo intentando convencerme para ir a un club de
intercambios, "sólo a mirar", dice, pero yo estoy segura de que no se limitaría
a eso. Lo que ha sucedido esta noche ha sido como una especie de revulsivo para
mí. Solo me queda una salida, y es separarme de él.
Una algarabía de voces y gritos llamó mi atención. En la
piscina, Jorge mantenía en alto una prenda negra. Solo había algo de ese color
entre la ropa con la que los otros seis se habían introducido en el agua: las
braguitas de Irina. Y lo confirmaba el hecho de que ésta, pegada al cuerpo del
hombre, pugnaba por alcanzarlas riendo a carcajadas.
Contemplé el chorreante cuerpo de Lara emerger por una
escalerilla, y dirigirse después a nosotros. Aún conservaba las braguitas
puestas, aunque por efecto del agua se trasparentaban, y era casi como si no
llevara nada encima.
–¿No venís a bañaros con los demás? –preguntó, a unos pasos
de donde nos encontrábamos.
–No, no nos apetece –respondí por los dos.
–¿Te molesta que yo esté con ellos?
–¿Haría alguna diferencia el hecho de que me molestara o no?
–pregunté a mi vez en tono caustico.
–Mira, Charlie, no me vas a amargar la noche con tu seriedad
y tus prejuicios, otra vez no. Estamos divirtiéndonos entre amigos, y tú –dudó
unos instantes mirando a Elena– vosotros, deberíais aunque solo sea por una vez
abandonar ese castillo en que os habéis encerrado ambos desde que llegamos aquí,
y participar de la alegría de los demás.
Me limité a mirarla sin responder. Finalmente, se encogió de
hombros.
–Haced lo que os dé la gana –concluyó, mientras se volvía y
comenzaba a andar de vuelta a la piscina.
A unos pasos del agua revuelta por los cuerpos que se
perseguían y se abrazaban fugazmente, emprendió la carrera.
–¡Apartaos, que voy! –gritó alegremente, mientras se lanzaba
a la pileta.
Cuando emergió, fue atrapada por las manos de Román y Jorge,
mientras ella dejaba escuchar su risa. El marido de Elena se sumergió, mientras
el otro hombre le sujetaba las manos. Cuando volvió fuera, mostró triunfalmente
las braguitas de Lara, entre las palmadas y las risas de los demás. Esta se puso
seria un momento, y luego se limitó a dirigir una fugaz mirada en nuestra
dirección. Después su rostro recuperó la sonrisa, y se abrazó a Román,
intentando sumergirle.
Instantes después, la poca ropa interior que llevaban los
seis cuando se lanzaron al agua, estaba desperdigada por los bordes de la
pileta. Entre la algarabía general, las tres mujeres pasaron por lo mismo, sin
que a ninguna –incluida Lara– pareciera importarle en demasía: uno de los
hombres inmovilizaba las manos de una de las chicas, mientras los dos restantes
acariciaban el cuerpo de la "víctima", tanto por encima como bajo la superficie.
Y las otras coreaban con palmadas y risas la acción, hasta que alguna de ellas
era sujetada a su vez, y sometida al manoseo de los otros hombres.
Unos minutos después, los juegos se habían terminado. Ahora
había tres parejas estrechamente abrazadas en el agua: Lara y Román, Jorge e
Irina, Andrés y Julia.
Los primeros en abandonar la relativa inmovilidad que
mantenían –porque las manos continuaban activas– fueron Jorge e Irina. Subieron
la escalera ambos completamente desnudos, y se dirigieron a una de las tumbonas,
en la que se acostaron frente a frente. Y ahora no estaba el agua para ocultar
la mano del hombre, que acariciaba el sexo de ella sin reparo alguno, como si
estuvieran solos.
Román elevó a mi mujer tomada de las nalgas (o de la
entrepierna, porque las manos quedaban ocultas bajo la superficie) Lara nos
dirigió otra mirada, después se volvió y pasó sus brazos en torno al cuello del
hombre. Se besaron intensamente. Luego, el cuerpo femenino inició un movimiento
de subida y bajada, que no dejaba duda acerca de su causa.
Elena y yo nos mantuvimos en silencio, contemplando con una
vaga desazón (al menos en mi caso) lo que estaba sucediendo a unos metros de
donde nos encontrábamos.
No hubo palabras, no las necesitábamos. Me puse en pie y tomé
una de sus manos, que tenía cruzadas sobre el regazo de su liviano vestido.
Estaba bellísima, con su rostro compungido, y dos lágrimas que pugnaban por
brotar de sus ojos. Me imitó, y se dejó conducir por mí al interior de la
vivienda.
Me detuve pasado el umbral, y la atraje contra mi cuerpo.
Hondos sollozos estremecieron sus hombros, y yo besé sus mejillas, notando en
mis labios el sabor salado de su llanto.
–Es… asqueroso, Charlie –consiguió al fin articular entre
hipos.
–A mí tampoco me agrada verlo, y por eso te he traído aquí.
–Te duele ver a Lara entregarse a otro, ¿verdad?
Lo pensé unos instantes. Me sentía como vacío por dentro, y
en esa nada que había en mi interior, no tenían cabida los celos que mis
prejuicios me decían que debía sentir. No, la visión obscena de mi mujer abierta
de piernas, y de su vagina penetrada por el pene de otro hombre, solo me causaba
una honda pena, un sentimiento de tristeza por la vida que había compartido con
Lara, que no sería la misma a partir de ahora.
Y de repente mi vacío comenzó a llenarse. De la triste mirada
de Elena, prendida en mis ojos. Del contacto de sus senos apretados contra mi
pecho. De sus cabellos color miel. De sus labios. De su limpio olor. De sus
manos sobre mis omóplatos. De la ligera curva de su vientre oprimido contra mis
genitales. Y de algo como un aura que irradiaba de ella y penetraba por todos
mis poros, colmando ese hueco en mi interior que había dejado el espectáculo al
que nos habíamos sustraído.
Y descubrí que ese inexplicable anhelo que había
experimentado los días precedentes de buscar su cercanía no tenía nada que ver
con el deseo de hacer realidad la experiencia de nuestra mutua entrega de
ficción narrada por ella misma, sino que era algo más hondo. Un sentimiento que
me llenaba de gozo y tristeza a la vez.
–Acabo de descubrir algo, Elena. Que me habría dolido más que
fueras tú quién se estuviera revolcando ahora con Román.
–Charlie, no digas eso, por favor –susurró, clavando en mí su
mirada, en la que pude percibir una esperanza en la que no se atrevía a creer
del todo.
–Es lo que siento ahora mismo. Sé, con la convicción con que
se saben las cosas importantes, que lo que me causaría un dolor inmenso sería
separarme de ti.
Besé sus párpados, y ella se apretó aún más contra mi cuerpo.
Su llanto había cesado, y sus manos resbalaban por mi espalda como leves
caricias.
–Te amo, Elena –pronunciaron mis labios sin que mi cerebro lo
hubiera anticipado.
Nos demoramos solo el tiempo necesario para poner algo de
ropa y los útiles de aseo en dos maletas. Cuando volvimos a salir de la casa,
esta vez por la puerta principal (desde la que no se veía la piscina) la
algarabía de las voces había sido sustituida por un silencio que imaginé que más
cerca de ellos no sería tal, sino un coro de gemidos y jadeos. Nos introdujimos
en mi auto, y salimos de allí sin volver la vista atrás.
Recorrimos en silencio unos kilómetros. Elena llevaba la
vista perdida al frente, con los dedos entrelazados en su regazo, en una postura
que era habitual en ella. Tomé una de sus manos, y la llevé a mis labios. Solo
entonces me dirigió la vista, y en su rostro había una sonrisa triste.
–¿Qué haremos ahora, Charlie? –preguntó, al borde del llanto.
–Tú ya habías tomado tu decisión, y yo acabo de adoptarla.
Dentro de unos días llegará el momento de los reproches y las explicaciones, y
tendremos que hacer planes para nuestra vida juntos. Si tú quieres…
Su sonrisa, y la presión de sus dedos en mi mano fue la mejor
respuesta.
En contra de lo que había supuesto, sobre todo a aquellas
horas, no fue difícil encontrar habitación en un motel de carretera, como a 60
kilómetros de la casa. No era la suite de un hotel de lujo, donde me habría
gustado conducirla, pero el establecimiento era de reciente construcción, estaba
limpio, y el mobiliario parecía nuevo.
Nada más cerrar la puerta a nuestras espaldas, nos quedamos
inmóviles, mirándonos a los ojos. Los suyos estaban empañados, pero no había
dolor en su expresión. Le tomé de las manos, y me acerqué muy lentamente a ella.
Nuestros rostros se aproximaron muy despacio. Entreabrió los labios, y me perdí
en la frescura de su boca.
ELENA.
No se lo había dicho a Charlie, demasiado tenía ya con su
dolor, pero lo que estaba sucediendo en la piscina ante nuestros ojos no tenía
nada de casual. Cuando invitó a las tres parejas a pasar unos días en nuestra
casa, mi marido ya me había dejado claro cuáles eran sus intenciones: tenía el
propósito de conseguir llevar a todos a realizar una orgía.
Debí separarme de él en aquel momento. Sus continuas
peticiones de que accediera a realizar un intercambio, solo podía verlas de una
manera: que contaba conmigo como moneda para pagar la satisfacción de sus
lujuriosas fantasías. No le bastaba ya con sus continuas infidelidades, que en
algún momento incluyeron a Lara, la esposa de Charlie. Necesitaba algo más para
saciar su desenfrenado apetito sexual.
Pero no. Como en mi relato, me estoy mintiendo a mí misma. No
me fui porque Charlie era uno de los invitados.
¿En qué momento advertí la atracción que sentía por él? No lo
sé. Si sé que cuando me contaron que habían visto a mi marido y Lara entrar en
un hotel, y Jorge me confirmó que tenía una aventura con ella, sentí más pena
por Charlie que por mí misma.
Los cuatro días a su lado habían sido… Debía notárseme, no me
cabe la menor duda. Cada vez que él tomaba asiento a mi lado, mi corazón saltaba
en el pecho como el de una colegiala. No quería creer que estuviera sintiendo lo
mismo que yo, pero me bastaba con su cercana presencia, con el sonido de su voz.
Me sentía… Lara lo había dicho al final: como en una burbuja donde solo
estábamos él y yo, y por unos minutos u horas no contaba la sucia realidad, sino
el gozo de estar a su lado.
Me dejé llevar. Fue como si algo me impeliera a declarar mi
amor por Charlie en el transcurso de mi narración. Había sentido una puñalada en
el pecho cuando contó su supuesta infidelidad con Julia (que por unos minutos
llegué a creer que era cierta) pero después él me miró a los ojos y tuve la
seguridad –que luego me confirmó en un susurro– de que únicamente había sido una
invención.
Luego, cuando me tocó el turno después de él, me limité a
describir lo que me habría gustado que sucediera en nuestro paseo a solas por la
playa. Y me sorprendí a mí misma confesando en público mis sentimientos hacia
él.
Por un momento pensé que Charlie entraría en el juego, cuando
los demás se desnudaron y se metieron en la piscina, pero tengo que reprocharme
ese mal pensamiento. Si lo hubiera hecho, no habría sido el Charlie de quién me
había enamorado, el Charlie cuyas opiniones sobre la vida, el amor y la
fidelidad habían sido objeto de alguna de nuestras conversaciones en aquellos
cuatro intensos y maravillosos días transcurridos en su casi continua compañía.
Ahora no es una ficción. No imagino sus labios sobre los
míos, es real, y estoy disfrutando del contacto. Las manos que nunca antes de
esta noche se habían posado sobre mi cuerpo están en mi cintura. Siento la
presión de su pecho en mis senos, que de nuevo, como en mi narración, anticipan
en la sensibilidad de mis pezones erectos la caricia de su lengua.
Se ha apartado de mí unos instantes, solo para quitarse la
ropa. Y no me encuentro violenta por ello; me parece tan natural como el
respirar contemplar su cuerpo desnudo, ese cuerpo que he anhelado en mis noches
de frustración tras ser usada por Jorge, mi marido, a veces sin hallar en ello
placer alguno.
Ansío corresponderle. Mis manos descorren la pequeña
cremallera en la parte posterior de mi vestido, deshago el nudo que cierra en mi
nuca las cintas que mantienen el escote en su sitio, y permito que resbale hasta
que queda arrugado en torno a mis tobillos.
No siento ningún pudor, aunque está recorriendo todo mi
cuerpo con los ojos brillantes. He bajado también mis braguitas hasta el rebuño
de ropa a mis pies, y me muestro ante él completamente desnuda. Y tampoco, como
había anticipado, tiemblo nerviosa en su presencia. Solo siento el anhelo de
entregarme en él, de conocer su amor.
Vuelve a tomarme en sus brazos, y sus besos me queman, pero
al mismo tiempo son como una especie de bálsamo que calma mi dolor.
De nuevo se separa de mí, y su mirada acaricia todo mi
cuerpo. Y en este momento no hay nada que me impida contemplarle a mi vez. Su
rostro, ahora muy serio, con sus ojos brillantes prendidos en mi cuerpo. Sus
brazos apenas cubiertos por un vello no muy denso. Sus hombros, su pecho
musculado aunque sin exageración. Su vientre plano. La erección que muestra sin
complejos, aunque advierto que no tiene mucho que ver con mi descripción durante
el juego: lo había imaginado menos largo, y el prepucio cubre en gran medida el
glande, del que asoma solo el extremo.
Tengo que contener el fuerte impulso que me lleva a tomarlo
entre mis manos, porque es la primera vez que nos encontramos, y tiemblo ante la
idea de provocar su rechazo si me muestro demasiado lanzada. Pero no son solo
mis dedos los que se mueren por sentir su contacto: también mis labios están
anhelando besar su orgullosa masculinidad enhiesta.
Me eleva entre sus brazos como si fuera una pluma, y me
deposita cuidadosamente en la cama, con infinita delicadeza. Tiendo mis manos
hacia él, pero no experimento únicamente la urgencia de sentirle muy dentro de
mí. Deseo también el contacto de su piel, y me muero por sus besos, que son para
mi dolor como la primera lluvia de otoño, que arrastra toda la suciedad, y
refresca el ambiente.
¡Dioses, sus besos! Ha posado sus labios tras uno de mis
oídos, y el contacto me enerva. No puedo evitar que mi cuerpo se tense y que mi
pubis se eleve, ofreciéndome a él. Está recorriendo ahora mi barbilla. Desciende
por mi cuello, depositando en él besos suaves…
¡No puedo más! Su lengua lame delicadamente el hueco bajo mi
garganta, y otra vez sus labios descienden por mi pecho, y se posan en uno de
mis senos. Siento un estremecimiento en todo el cuerpo cuando atrapan uno de mis
pezones, y se demoran sobre él, en una exquisita tortura.
Noto perfectamente la humedad entre mis piernas. Mi sexo está
preparado para recibirle… ¿Qué digo? Todo mi cuerpo anticipa el instante en que
será mío al fin, después de tanto tiempo deseándolo.
Los pequeños roces de su boca en mi vientre y mi pubis me
están llevando al mismo borde del orgasmo. Quiero que descienda aún más. Deseo
sentir sus labios sobre mi sexo, y separo aún más los muslos, deseando el
contacto.
«¿Dudas? ¿No ves que me
muero por tus caricias?»
Solo lo pienso, y quisiera gritarlo, pero no me atrevo. Me
siento entre sus brazos como una quinceañera que aún no conoce el gozo de
entregar su cuerpo.
Besa mis ingles, y de nuevo todo mi cuerpo se tiende hacia
él, sin que pueda hacer nada para evitarlo, aunque quisiera.
Me mira intensamente. No sé lo que piensa, no me importa. Me
basta con contemplar su rostro como trasfigurado, que no sonríe como suele, y en
el que mi ansia quiere ver reflejado un amor tan profundo como el que yo siento.
Y sus ojos clavados en los míos.
Un escalofrío me recorre por entero cuando al fin sus labios
se posan en mi vulva. No solo el ligero bozo de mis brazos y muslos, sino
también el cabello en mi nuca se eriza con el contacto. Y de nuevo me elevo
hacia él. Quiero darme entera, que no haya nada en mi cuerpo ni en mi alma que
no tome, porque deseo entregárselo todo.
El orgasmo es como una explosión, y en él participa todo mi
cuerpo, no solo mi sexo y mi vientre. Me debato sin avergonzarme por ello. Gimo
sin sentir ningún pudor, y cuando al fin el crescendo de sensaciones llega al
límite más alto, grito. No puedo expresarlo con palabras, pero en ese grito
están todo el amor que me embarga, y la expresión del placer más intenso que he
experimentado nunca.
Cuando vuelvo en mí, él está depositando suaves besos en mis
mejillas, mientras sus dedos acarician mis hombros. Quiero recompensarle. Le
empujo suavemente con una mano, hasta que queda tendido en la cama, y me
arrodillo a su lado.
Igual que él hizo antes conmigo, deposito besos leves en sus
hombros y su pecho. Y como en mi relato, siento los pequeños botones oscuros de
sus tetillas duros bajo mis labios. Mi boca desciende por el vello de su pecho,
hasta posarse en su vientre.
Dudo, con su hermoso pene a centímetros de mis ojos. Por fin
me atrevo, y mis dedos entran en contacto con la suavidad de su piel, y las
venas que sobresalen inflamadas. Y poso en él mi boca. Ahora es Charlie quién se
estremece por mis caricias, y me embarga una sensación de gozo al contemplar su
placer.
Mis labios llegan a sus testículos inflamados, y puedo sentir
en ellos la dureza de las bolsas seminales repletas. Mi mano inconscientemente
ha descendido, y su glande es ahora visible.
No puedo esperar un instante más. Necesito desesperadamente
sentirle dentro, que su hombría me llene y me conduzca de nuevo a la cima del
placer.
Me tiendo sobre él, y mis manos pasan bajo su cuello,
atrayéndole contra mis senos sensibilizados al máximo. El no se apresura a
penetrarme, como en mi fiebre estoy implorando silenciosamente. De nuevo besa
mis párpados, mis pómulos, mis mejillas, mis labios… Deslizo lentamente mi
lengua en el interior de su boca, y la enredo con la suya.
«¡Por favor, tómame! ¿No
ves cómo te deseo? –grito silenciosamente, porque no puedo hablar, mi boca está
apretada contra su boca, probando su saliva, y llenándose de su aliento»
El, por fin, parece haber percibido el ansia que me llena. Su
mano se introduce bajo mi muslo, y conduce a tientas su pene. Siento el contacto
de su glande en el ano, desciende por el periné, resbala por el interior de mi
vulva, entre mis labios mayores turgentes, y se posa al fin en la entrada de mi
vagina.
Se queda inmóvil, pero mi deseo no me permite demorarlo más,
y empujo hacia abajo con las caderas en tensión. Siento su erección penetrar
poco a poco en mi conducto. Contraigo los músculos, no para impedirle la
entrada, sino para abrazar también esa parte de su cuerpo.
Se detiene unos instantes. Me dirige una mirada amorosa, y su
pene recorre el resto del camino en mis entrañas. Nunca me he sentido así. Es la
sensación de mi vagina dilatada, pero no únicamente. Todos los poros de mi piel
se impregnan del amor que expresa su mirada y que emana de todo su cuerpo, y por
primera vez en mi vida me siento mujer de verdad, me siento amada, y querría que
el tiempo se detuviera, y seguir experimentando para siempre esta sensación.
No solo es mi alma la que está gozando la intensidad del
momento. Mis instintos reclaman también la satisfacción de mi deseo físico, y mi
pelvis inicia un movimiento de subida y bajada. Su pene se desliza con él por el
interior de mi conducto, y cada vez que está a punto de abandonar mi interior,
los músculos de mi pelvis se tensan nuevamente para impedírselo.
Estoy muy cerca ya del clímax. Las contracciones irradian
desde mi sexo a todo mi cuerpo, comenzando por el vientre. El se aferra a mi
espalda con los dedos engarfiados. Sus besos se hacen urgentes. Toda la parte
inferior de nuestros rostros está impregnada de saliva, como mi sexo lo está del
flujo de mi extrema excitación.
Una nueva contracción me lleva a tensarme, y entonces es él
quien comienza a contraer y relajar las caderas rápidamente.
Las sensaciones son cada vez más intensas. Creo que he
llegado al clímax, pero entonces una nueva convulsión me recorre por entero.
Estoy gimiendo de nuevo inconteniblemente. Mi cuerpo está ahora como paralizado,
y todos mis sentidos se concentran en el deslizamiento de su pene en mi
interior, y en el roce en mi clítoris, que irradia a modo de corrientes
eléctricas que me recorren toda entera.
Noto las pulsiones de su pene muy dentro de mí, percibo su
jadeo en mi boca, y mis ojos se llenan con su rostro trasfigurado por el placer.
Y entonces me dejo llevar. Viene una contracción aún más intensa, y otra… Pienso
que ya ha terminado, pero entonces todo mi cuerpo se convulsiona, grito sin
poder evitarlo, y mi espalda se envara, y un estremecimiento más fuerte aún me
lleva más allá del límite del mayor placer que haya experimentado nunca. Luego
pierdo por completo el control sobre mi cuerpo, se me nubla la visión, y quedo
desmadejada sobre el cuerpo de Charlie. Mi amante. Mi amor.
«La pequeña muerte, le
llaman. No es así, es vida. Es la sensación más intensa que el ser humano puede
experimentar, y más intensa aún cuando la compartes con la persona que amas
–pienso, mientras enredo mis dedos en sus cabellos, y siento sus besos leves
como plumas en todo mi rostro».
El sonido del teléfono móvil de Charlie sobre la mesilla me
saca de la especie de trance en que estoy sumida. El lo mira, pero no hace
intención de tomarlo. Se calla al fin.
Sonríe, y es casi tan hermoso contemplar su sonrisa como lo
ha sido el acto de amor que acabamos de compartir.
El teléfono vuelve a sonar. Esta vez Charlie sí lo coge, pero
solo para oprimir el botón de apagado.
–¿No respondes? –le pregunto, y él sonríe.
–Solo hay en el mundo una persona con la que quiera hablar en
este momento, y eres tú.
Y me besa de nuevo.
F I N
Invierno 2006/2007
Gracias a todas y todos los que habéis tenido la deferencia
de seguir esta serie. Gracias especiales a quienes además habéis dejado un
comentario. Si no os he respondido, como suelo, mediante e-mail, ha sido porque
no dispongo de vuestra dirección.
Gracias a quienes habéis valorado estos 6 relatos, no importa
si ha sido positiva o negativamente. Me habría gustado conocer las razones de
vuestros "malo" o "terrible", pero solo como medio para poder mejorar.
Mi mejor pago, después del placer que siento al escribir, es
pensar que muchas y muchos, como vosotros, tienen ante su vista por unos minutos
el humilde fruto de mi afición.