Como llegué a esta situación, es una historia que empieza
hace un par de años, cuando r paseando por la zona roja de mi ciudad me encontré
frente al imponente físico de Marta. No era fácil a simple vista detectar su
sexo, aún hoy me sigue pareciendo una hermosa mujer. De solo verla me dejó
impactado. Eran como las tres de la mañana y estaba prácticamente desnuda, con
unos senos enormes, más de un metro ochenta y cinco y una trenza larga, bien
rubia, una piernas perfectas, y un culo que no creo mujer alguna pueda lograrlo,
que más se podía pedir. Hablamos unos pocos segundos y la subí a mi auto. Me
hizo la mejor chupada que alguna vez experimenté, y quedé tan hipnotizado por
ese imponente espécimen que le pedí una forma de contactarla, sin necesidad de
ir por las calles. No me dio nada, solo me dijo que ahí la podía encontrar
cuando quisiera, pero yo insistí. Entonces me dijo que yo le dejara mi teléfono,
que ella me contactaría. Y así inicié una relación. Marta es un travesti muy
dominante, y llegamos a tener relaciones privadas en vrios lugares, y siempre me
ataba a la cama o a cualquier lugar que era posible, cosa que me agradaba mucho.
Al poco tiempo yo no podía estar sin ella y le pedí ir a vivir con ella. Ya
teníamos una relación mas estrecha, pero ella me dijo que no necesitaba un
hombre en la casa. Si quería vivir junto a ella debería ser su esclavo total,
hacer todo lo que ella no quería hacer en casa, limpiar, lavar, planchar y
servirla en todo. Yo ni lo dudé. El premio era mucho mayor que el deber y así
pues me mudé con Marta.
Ni bien llegué a mi nuevo domicilio, me hizo un par de
encargos que marcarían mi vida de ahí en más. Me envió a comprar cadenas y
candados, gruesos, grandes. Ella tenía un buen arsenal de consoladores, esposas,
látigos, arneses, cueros y otras cosas, pero me quería tener siempre encadenado
de pies y manos. Así pues, me encadenó tobillo con tobillo, con una cadena muy
gruesa y dos candados, lo que me permitía moverme solo con pasos cortos, ya que
la cadena no tenía mas de 50 centímetros de extremo a extremo, y ahí había que
descontarle los enganches. La otra, más grande, me permitía mover los brazos,
aún encadenados por las muñecas, pero me molestaba mucho en los quehaceres de la
casa, ya que siempre debía andar cuidando de no romper algo porque era muy
grande y pesada.
A partir de aquellos días toda mi ropa fue tirada a la
basura, no tendría derecho a usar dentro de la casa, ni tampoco tendría derecho
a salir de ella, por lo tanto mi única vestimenta eran las dos cadenas y los
cuatro candados, lo que hoy, dos años más tarde, ya tienen muestras de óxido,
debido al paso del tiempo.
Marta resultó ser conmigo más violenta de lo que yo
imaginaba, aunque la sola vista de su escultural cuerpo compensaba cualquier
sufrimiento que me infligía. Ya no teníamos una relación amorosa, sino una total
relación de ama a esclavo. Yo para ella era solo un objeto que le servía para
limpiar, cocinar, barrer, lavar, planchar y atender cualquiera de sus caprichos.
Ella salía de noche a trabajar, aproximadamente a las 10 de la noche y volvía
sobre las seis de la mañana, a veces cansado, a veces con algo de más de
alcohol, eso de lo hacía cinco o seis días a la semana, y cuando se iba me
dejaba encadenado y a veces enjaulado, ya que compró una jaula muy estrecha,
especialmente para mi, donde apenas entraba y bastante comprimido. No todas las
noches me dejaba ahí, pero cuando estaba de mal humor dos cosas eran seguras,
unos cuantos latigazos, y una noche entera dentro de la jaula.
Por lo demás yo era muy feliz a su lado. Tenía sexo a toda
hora, siempre estábamos en casa durante el día, y cuando ella dormía yo quedaba
arrodillado al pie de su cama, admirando ese esplendoroso cuerpo desnudo y
orgulloso que yo le pertenecía.
Cuando se despertaba yo corría prestamente a ofrecer mi boca
para que pudiera orinar sin moverse de la cama. Esa orina era para mi un néctar
que deseaba y esperaba siempre con impaciencia. Su pene, siempre apretado y
comprimido, a la hora de despertarse, se erguía en forma impresionante, y si
bien ella siempre se daba hormonas, por lo visto estas no le afectaban. Llegaba
hasta lo más profundo de mi garganta y vaciaba ahí la primera descarga del día.
Yo la atendía en forma personalizada. Le servía el desayuno,
la bañaba, la enjabonaba, la ayudaba a maquillarse, a vestirse, a ser la hermosa
mujer que para mi era.
Ella nunca se sentaba en el WC para sus necesidades. Su orina
siempre a mi boca, su mierda a mis manos, yo las llevaba al WC, y mi lengua era
el único papel higiénico que ella utilizaba. Lamer su hermoso culo era tan
glorioso que ni me daba cuenta del amargo sabor de sus excrementos. Para mi era
un placer adicional y aguardaba esa hora del día como una de las más importantes
y excitantes.
Todas esas necesidades siempre originaban algún error, alguna
cosa mal hecha, y era ahí cuando probaba su furia, con sus variados látigos,
creo que con razón, porque siempre entendí que me merecía sus castigos, no solo
por mis errores, sino por mi condición de esclavo y porque estar con ella valía
más que cualquier otra cosa. Mi cuerpo estaba lleno de cicatrices de sus
castigos, pero esto me enorgullecía mucho más, porque era la atención que ella
me dispensaba. Sabía cuando parar, sabía cuando me había hecho daño, y si bien a
veces se extralimitaba, yo no me quejaba, ya que ver las cicatrices que ella me
causaba era para mi un orgullo increíble. Eran las cicatrices que un ama le
causaba a su esclavo, que más se puede pedir?
Yo dormía o en la jaula o en el piso, encadenado, y siempre
con algún consolador en mi culo, grande, ancho, fino, largo, vibrando o no,
depende del estado de humor en que se encontraba, pero me gustaba eso. Luego
venían los momentos en que cojíamos, y para mi no había nada más hermoso que
hacer el amor con ella, cogerla por el culo, chupar su pene, tragar su leche,
besar sus senos, hermosos senos. Sentirme ensartado por atrás por su pene, o por
su puño, o por cualquier objeto que ella me quisiera poner, todo lo que ella
hacía conmigo lo aceptaba y lo acepto de buena gana. Si ella así lo dispone está
bien. Todo siempre es justo lo que ella decida. Yo soy un cerdo esclavo a su
servicio y no quiero nada más que eso, ser su esclavo, su animal, su mascota y
lo último en el escalafón de sus valores. Me calienta mucho ser así con Marta.
Ella lo sabe y hace exactamente lo que siempre espero; humillación, dolor y
sexo, mucho sexo.
Y así sigo, viviendo con ella. Hace más de dos años que no he
salido más que al jardín posterior de la casa. De vez en cuando trae alguno de
sus amigos o amigas, depende, y juegan hasta largas horas conmigo, eso no me
gusta mucho porque soy un poco celoso, pero si ella me lo pide lo acato sin
chistar. Así he pasado algunos días en plenas orgías, penetrado decenas de veces
en una misma tarde de sexo y lujuria. A mi me gusta mucho, lo que no me gusta es
verla a ella gozar con otras personas, pero luego, estando solos, con su
atención solo para mi todo se normaliza. Yo soy solo de ella, la adoro. Adoro su
impresionante físico, su orina, su mierda, su lengua, su culo y todo lo que ella
significa para mi. Podría contar muchas otras cosas que tal vez a un lector le
parezca de mal gusto, como por ejemplo que muchas veces como comida previamente
masticada y deglutida por ella, que luego escupe al piso para que yo la ingiera.
Para mi esta comida es la mejor que me puede brindar, o cuando orina sobre mi
plato de comida y luego me obliga a tragarlo todo, y hasta en algún caso sus
excrementos, pero para mi, cualquier cosa viniendo de ella es un gusto que no
cambiaría por nada del mundo. Soy esclavo de un travesti, el más hermoso que
jamás pueda existir, y soy el esclavo más feliz de la tierra.