III. LARA.
Palabra que no lo hice a propósito. De hecho, estaba segura
de que Charlie, después de refunfuñar un rato, me acompañaría al pueblo cercano
a comprar en una perfumería los cosméticos que habían quedado olvidados en el
salón de casa, cuando trasladamos el equipaje a nuestro auto. Y no tenía la
menor idea de que Jorge tenía que ir también.
Más aún: cuando me colgué del brazo de Jorge, lo hice
únicamente por hacer rabiar a mi marido. Y Elena, su esposa, acabó de rematarlo
con su idea de que fuera éste quien me llevara. Como veis, no tengo la culpa de
que me empujaran entre unas cosas y otras a quedarme de nuevo a solas con él,
después de tanto tiempo. (Buena autoexcusa, ¿no?)
Solo cuando me vi sentada a su lado, supe en el fondo que si
él realizaba algún avance no podría resistirme, y conociéndole, estaba segura de
que no dejaría pasar la ocasión. Y el roce del cuero de los asientos en mis
muslos y mis nalgas tuvo su cuota parte de culpa en que finalmente sucediera.
Jorge es del tipo de personas (lo he visto en mujeres
también, pero casi siempre en hombres) incapaz de mantener una conversación sin
poner una mano sobre su interlocutor. No creo que sea con mala intención, porque
lo hace también con los varones. Claro que la diferencia es que a ellos es en un
hombro o en el antebrazo, mientras que con nosotras son normalmente las rodillas
el destino de sus dedos.
Conociéndole, y teniendo en cuenta lo que había habido antes
entre nosotros, lo único que me extrañó es que tardara tanto. Esperó hasta que
su auto enfiló la carretera abierta, una vez abandonada la urbanización de la
costa donde viven, lo que fue todo un logro tratándose de él. Pero enseguida
sentí sus dedos explorar bajo mi falda, acariciando la cara interior de mis
muslos.
–Jorge, no. Te lo digo en serio –advertí, mientras le
apartaba la mano de allí.
–Llevaba deseándolo desde que llegasteis –respondió con la
voz ronca.
–Te dije la última vez que nos vimos que lo nuestro se había
terminado. Que no estaba bien que le hiciéramos eso a Charlie y a Elena, y que
no habría otra ocasión.
–No fue eso lo que entendí –respondió él–. Más bien tuve la
sensación que lo que te preocupaba verdaderamente es la posibilidad de que nos
descubrieran.
Y sus dedos volvieron a introducirse bajo mi ropa.
Intenté apartarle de nuevo la mano, os prometo que lo hice.
Pero lo que conseguí al tirar de ella fue que quedara sobre mi sexo.
–¿Lo ves? –exclamó él triunfalmente–. Estás mojada.
Y entonces, la sensación de su dedo pulgar acariciando mi
vulva sobre la tela de la braguita, terminó con lo que me quedaba de
resistencia. Si al menos los asientos de su auto no hubieran sido de piel…
Casi todo el mundo tiene algún fetiche. A una de mis amigas
le pone a mil tocar los tobillos de un hombre a través de los calcetines. Lo mío
es la piel curtida. El simple tacto de mi bolso en la yema de los dedos, es para
mí un afrodisiaco. Y no digamos ya en el trasero, como lo sentía cuando Jorge
puso en marcha su todoterreno. De hecho, mi primera infidelidad con él ocurrió
en el sofá de cuero de su casa. Si hubiera sido de paño es posible (solo
posible) que me hubiera resistido, pero cuando mis corvas entraron en contacto
con el asiento comencé a humedecerme, y lo demás vino por añadidura.
Amo a Charlie, estoy segura. Es atento y cariñoso, es el
amigo y compañero con el que siempre se puede contar, buen marido e inmejorable
amante (mejor que Jorge, ¡dónde va a parar!) y no querría causarle ningún dolor,
no se lo merece. Pero después de los primeros dos años de matrimonio (ahora
llevamos casi tres) comencé a sentir la necesidad de "algo" más.
Jorge entonces subió la mano hasta la cinturilla de mi
braguita, y tiró hacia abajo, intentando quitármela. Al hacerlo, perdió la
concentración, y el auto dio un bandazo, invadiendo el carril contrario.
–¡Jorge, estate quieto! Nos vamos a matar –exclamé,
verdaderamente asustada.
–Pues quítatelas tú misma –era una orden, proferida con voz
suave.
No sabía qué me pasaba, o sí lo sabía. Recordando aquello,
creo que lo estaba deseando. Alcé el trasero del asiento, me arremangué la
minifalda, y mis braguitas quedaron enredadas en los tobillos. Las caricias de
Jorge fueron ahora directamente sobre mi clítoris y, si hubiera quedado en mí
algún resto de oposición, se habría terminado en aquel momento.
Charlie dijo una vez, refiriéndose a la infidelidad de una de
mis amigas, que "la carne es débil". Bien, pues la mía en aquel momento era, no
ya débil, sino que estaba casi licuada. Literalmente. Para entonces, la única
duda es dónde y cuándo lo haríamos.
Hice deslizar mi trasero hacia delante y abrí bien las
piernas, para facilitarle a él la tarea.
No es que Charlie no me satisfaga en la cama, ¡quiá! Me
conoce a la perfección, sabe qué teclas pulsar para darme placer, y se toma todo
el tiempo del mundo hasta que me consigue mi "trenecito de orgasmos" (la frase
es mía) y lo hace casi todas las noches. ¿Qué me falta entonces?
Creo que lo que echo de menos es el juego de la seducción.
Desear y sentirme deseada, y esto no tiene nada que ver con el amor; estoy
hablando de puro instinto físico. Aceptar los avances del hombre hasta cierto
límite, sabiendo que está en mi mano concederle o no lo que veo en sus ojos que
pretende de mí, y llegado a este punto pararle los pies. No sé si lo explico
bien.
Pero no, me estoy engañando a mí misma, y miento a quienes me
escucháis. Eso fue hasta que me dejé llevar con Aurelio, un compañero de
trabajo, una noche en que estaba especialmente sensible, después de una cena de
Empresa que terminó más pronto de lo habitual. Durante varios días lo pasé muy
mal; estaba llena de remordimientos, dudando si contárselo o no a Charlie
(finalmente no lo hice, y no solo por no causarle dolor, que también y en primer
lugar, sino porque sé que me habría perdonado, y eso sí que no habría podido
resistirlo)
Después de aquella aventura de una noche, mientras me juraba
a mí misma que nunca más volvería a repetirlo, pensé mucho en ello, y llegué a
la desoladora conclusión de que lo que verdaderamente me falta es otra cosa.
Charlie es la tranquilidad y la seguridad. Es el sexo suave y reposado, algo así
como la comida casera: nutre y alimenta, y no puedes vivir sin ella. Pero
siguiendo con el símil, de vez en cuando todos hemos sentido la necesidad de
hacer un exceso. Por ejemplo, atiborrarnos de comida mexicana bien picante.
Sabemos que después nos sentiremos mal, pero no podemos evitar comer más y más,
aunque nos estén lagrimeando los ojos. No sé si habré expresado claramente lo
que quiero decir.
Pues eso es lo que me pasó con Jorge. Fueron no más de siete
u ocho encuentros muy espaciados en el tiempo, hasta que una tarde me encontré
con una amiga, que conocía también a mi marido, ante la puerta del hotel donde
estaba citada con él. Salí muy bien del paso y creo que no sospechó nada, pero
la idea de que Charlie llegara a enterarse de mi aventura me aterrorizó, y corté
con Jorge.
¿Qué veo en este hombre? No es muy delicado que digamos; casi
podría decir que se comporta en la cama de forma desconsiderada. Es exactamente
la antítesis de Charlie, y quizá por eso me dejé llevar una y otra vez, como con
la comida especiada que decía.
Todos estos pensamientos no me distraían del placer que me
estaban proporcionando las caricias de Jorge. Ensimismada en ambas cosas, y con
los ojos cerrados, no había advertido que el todoterreno había abandonado la
carretera, internándose en una pinada hasta que ya no pudo continuar. Sólo
cuando se detuvo completamente, volví en mí. Y para entonces estaba ya más allá
del bien y del mal.
Jorge abandonó sus frotecitos en mi clítoris, que me estaban
volviendo literalmente loca, solo para asir el borde de la camiseta que vestía,
y subírmela hasta el cuello. Luego una de sus manos reinició sus tocamientos…
(iba a decir bajo la faldita, pero la tenía arrollada en la cintura) La otra se
dedicó a estrujarme los pezones por turno. Y yo, como ida, le bajé la cremallera
de la bragueta con dedos torpes, e introduje la mano por ella, encontrando su
dureza, que extraje de allí.
Sé exactamente lo que le gusta, y no le defraudé: me incliné
en dirección a su asiento, y así el tronco del pene, subiendo y bajando la mano
sobre él. Luego acerqué la boca, y engullí todo lo que me cupo en ella. Sin
abandonar mis recorridos con la mano, comencé a elevar y descender la cabeza
sobre su miembro. De vez en cuando me paraba por unos segundos, solo para
disfrutar de su gesto de frustración. Lamía el glande circularmente unas cuantas
veces, y después volvía a introducírmelo.
Aquello duró, no sé, quizá unos pocos minutos, hasta que
advertí que estaba a punto de eyacular. Me retiré, ya que de haberle llevado a
la consumación, sé porque le conozco que aquello habría acabado allí, y yo
necesitaba ya desesperadamente para entonces mi propia ración de placer.
Abrí la puerta del auto, y salí al exterior. La falda fue a
parar al suelo, de manera que me la quité, junto con las braguitas que seguían
enrolladas en mis pies. Tras un momento de duda, me quité también la camiseta.
Estaba completamente desnuda al aire libre, pero la posibilidad de que alguien
pudiera verme no me preocupaba lo más mínimo; antes al contrario añadía un punto
de trasgresión que me resultaba muy excitante. Abrí entonces la puerta trasera,
y me puse en cuatro sobre el asiento, apoyada en los codos y las rodillas. Sé
que ver a una mujer en esa posición le encanta y, aunque antes de Jorge habría
dicho que consideraba la postura algo humillante, la verdad es que ya me había
acostumbrado, y había terminado por gustarme.
Unos segundos después me había asido por las ingles, y noté
el roce de su glande en el umbral de mi vagina. Hubo de hacer dos o tres
intentos porque resbalaba por mi extrema humedad sin llegar a penetrarme, pero
finalmente sentí su barra de carne ardiente abrirse paso en mi conducto. Sus
fuertes embestidas me obligaron a adelantar las manos, sujetándome para evitar
que me derribara. Me haló del pelo, obligándome a alzar la cabeza. Pero todo
esto era parte esperada en mis encuentros con él, y el ligero dolor que me
causaba no hacía más que incrementar la fiebre que hacía arder mis entrañas.
Cuando de nuevo sus manos aferraron mis ingles, mientras el
ritmo de sus arremetidas se hacía más y más urgente, estuve segura de que otra
vez había llegado cerca del punto de no retorno. No sé cómo conseguí
escabullirme, dándome la vuelta hasta quedar despatarrada con la espalda en el
asiento. Me tomó de los tobillos y tiró de mis piernas en su dirección. Las
elevé, apoyándolas en el techo, con las nalgas en el mismo borde del asiento.
Entonces me tomó por debajo con las manos engarfiadas en mis glúteos, y me
penetró de nuevo.
Me lo estaba haciendo desde fuera del auto, con la camisa
puesta y los pantalones por las rodillas, aunque nada diferente de lo que había
esperado, porque ya sé que en su concepto, lo que una mujer quiere
verdaderamente es que la follen duro, sin pamplinas tales como contemplar el
cuerpo desnudo de su compañero sexual, y eso era exactamente lo que estaba
haciendo.
Al menos, tuvo la delicadeza de frotarme el clítoris con el
dedo pulgar; sabe que me es muy difícil llegar al clímax sin esa estimulación.
Creo que he dicho antes lo del "trenecito". Es como una
sucesión de pequeños orgasmos. El placer hace una pausa después de cada uno de
ellos, y el siguiente es más fuerte que el anterior, y para cuando siento
palpitar su pene proyectando su semen dentro de mí, ya ha pasado el último, que
es mucho más intenso que los precedentes. Esto es lo que siento cuando hago el
amor con Charlie. Con Jorge todo es distinto; comienza con una especie de
cosquilleo, que no llega siquiera a la categoría de contracción. Todos mis
sentidos se concentran en mi sexo, y entonces ocurre. Es como una explosión,
como un castillo de fuegos artificiales que hace erupción en mis entrañas.
Eso fue exactamente lo que me ocurrió. Sentí que me faltaba
el aire, y que de mi garganta brotaba un grito que me avergonzó, pero que no
pude contener. Luego, quedé desmadejada sobre el fragante cuero como una muñeca
rota. No veía ni sentía nada, más que las últimas arremetidas del hombre, que
eyaculaba en mi interior.
Otra diferencia con mi marido: después de calmado su ardor,
Charlie permanece abrazado a mí durante mucho tiempo, cubriéndome de besos y
tiernas caricias. Pero en esa ocasión, cuando recobré la vista y el control de
mi cuerpo, Jorge estaba subiéndose los pantalones fuera del auto.
Dije antes que no sé lo que veo en ese hombre. Pienso a veces
que hay en mí, muy en el fondo, una vena de sumisión que repugna a mi conciencia
de mujer libre e independiente, pero a la que no puedo sustraerme. El muy cabrón
de Jorge la ha sabido ver, y se aprovecha de mi debilidad. Cuando termina de
follarme le aborrezco, pero sé que bastará que se produzca otra ocasión, y
volveré a entregarme a él.
Cuando volvimos del pueblo, después de realizadas mis compras
y lo que quiera que hubiera estado haciendo Jorge en el Banco, arrojé de
cualquier manera las bolsas sobre la cama, tomé un albornoz y una toalla y me
dirigí a uno de los dos aseos del pasillo. Estaba en el estado "odio a Jorge", y
sentía la necesidad desesperada de frotarme todo el cuerpo hasta eliminar
cualquier vestigio de su contacto.
Al pasar frente a la ventana que daba a la piscina pude ver,
aunque no me fijé en los detalles, que los demás estaban tumbados alrededor de
la pileta. Solo uno nadaba en las aguas azules (creo que era Andrés, pero como
digo no me fijé mucho)
Estaba casi terminando de lavarme cuando se descorrió la
cortina, y el rostro de Jorge me sorprendió por el hueco. Otra vez me veo
obligada a advertir que había dejado descorrido el pestillo sin intención. Ni
por lo más remoto se me habría podido ocurrir que él me seguiría al baño,
abriría la puerta sigilosamente, y…
–Tócate el coño –me ordenó con la voz ronca–. Me gusta ver
como lo haces.
–¿Estás loco? –casi chillé, hasta que advertí que podrían
oírme–. Imagina que cualquiera entra y nos sorprende. ¡Haz el favor de salir
inmediatamente de aquí!
Se volvió, echó el pestillo y descorrió completamente la
cortina.
–Ahora nadie puede entrar…
No sé cómo, otra vez me dejé envolver en su lujuriosa mirada.
Como fuera de mí, llevé las dos manos a mi vulva, y comencé a acariciarme
lentamente. Segundos después supe que ya no podría detenerme, y continué
frotándome el clítoris con la punta de los dedos de una mano, mientras la otra
estrujaba mis labios mayores. Estaba casi a punto; jadeaba sonoramente, y el
placer, distinto del que obtengo con un pene en mi interior, iba subiendo y
subiendo, haciéndome perder los últimos restos de pudor y cordura. En ese
momento Jorge, sin importarle al parecer que el agua de la ducha empapara la
manga de su camisa, introdujo dos dedos en mi vagina. Y por segunda vez en
aquella mañana me invadió la sensación de un orgasmo intensísimo, que me hacía
gemir totalmente fuera de control.
No sé qué habría hecho Jorge después de aquello. Puede que
follarme otra vez desde atrás, doblada por la cintura y con las manos apoyadas
en el borde de la bañera. Nunca lo sabré, porque en aquel momento llegaron a
nosotros las voces de Julia y Román en el pasillo.
Sentí verdadero pavor ante la idea de que nos sorprendieran,
aunque la puerta estaba bloqueada con el pestillo, y a Jorge pareció asustarle
también. Esperó a que las alegres risas de nuestros amigos se hubieran alejado,
abrió la puerta y miró a ambos lados. Luego se volvió en mi dirección desde el
mismo umbral.
–No me gusta dejar nada a medias –susurró–. Te espero esta
noche a las dos en el solárium. Aguardaremos a que Elena y Charlie estén
dormidos, y nos encontraremos allí.
Y salió sin esperar mi consentimiento.
Quise decirle que no, pero me fallaron las fuerzas, y me
quedé sentada en la bañera, sabiendo que lucharía contra el deseo insano que me
provocaba aquel hombre…
Pero acabaría acudiendo a la cita.
Cuando bajé a la piscina después de ponerme un biquini, Julia
y Román estaban sentados en la pileta con los pies dentro del agua, y Jorge
parado a su lado. Advertí que Julia había prescindido del sujetador, antes de
darme cuenta de que los tres miraban al mismo punto. Cuando seguí su mirada,
debí abrir la boca dos palmos: el objeto en el que tenían prendidos los ojos era
el cuerpo desnudo de Irina, que tomaba el sol tendida en una hamaca, con los
ojos cerrados, y ajena al parecer a que era el blanco de todas las miradas.
–¿ Y esto? –pregunté mientras me ponía en cuclillas detrás de
ellos.
–Ya ves –Julia buscó a alguien con la vista, y luego pareció
desistir–. Y su marido, que no sé dónde se ha metido, anda también con el
pinganillo colgando.
–La cosa comenzó porque Julia se quitó el sujetador –terció
Román–. A Irina le faltó tiempo para imitarla, y luego comenzaron a soltarnos
todo un discurso sobre naturismo, y la sensación de andar desnudos. Julia le
pinchó, y entre bromas y veras acabó quitándose las braguitas. Y su marido no
tardó en unirse a la fiesta.
–Me moriría de vergüenza –afirmé, mientras recordaba la
excitante sensación que experimenté cuando estaba desnuda en la pinada.
–Pues, no sé qué quieres que te diga –dijo Julia dubitativa–.
Me está dando una envidia terrible, y me gustaría poder prescindir de mis
inhibiciones y todo eso, y quedarme también en pelotas. Total, estamos entre
amigos… ¿Qué dices, Román?
–Que ya eres mayorcita para tomar tus propias decisiones.
Pero no esperes que me despelote yo también –respondió su marido.
–¡Mira, Román! –exclamó Jorge en voz baja.
Irina había elevado ligeramente las rodillas, con los muslos
entreabiertos, y no quedaba ya porción de su cuerpo que no estuviera a la vista.
Puede que Julia hubiera terminado por desnudarse, y puede que
no, me quedé sin saberlo, porque nos interrumpió la llegada de Charlie y Elena.
Yo ya conocía esa expresión arrobada, y el ligero rubor que
mostraban las mejillas de ella. Y si hubiera albergado alguna duda, me habría
bastado con observar la mirada huidiza de mi marido, que evitaba mirarme a los
ojos.
Elena y Charlie acababan de hacer el amor, lo supe con
absoluta certeza. Y ello me produjo una cierta sensación de alivio, algo así
como si el hecho de que ellos también hubieran tenido una aventura, me
absolviera de la mía con Jorge.
Pero al mismo tiempo, me invadieron unos celos irracionales.
Otoño-invierno de 2006