He decidido escribir esta historia debido sobre todo a que ni
yo mismo me creo lo que me ha sucedido, ni como me he podido meter en este lío.
Decir que mi gusto por los chicos se remonta a mi más tierna
infancia. Aunque eso siempre lo he tenido claro, mi sexualidad ha vivido
congelada todos estos años. Vamos a decir que me he aceptado, pero no he
ejercido nunca, ya que la postura más cómoda y fácil para mí ha sido la
inhibición.
Mi vida ha estado ligada al deporte desde que tengo uso de
razón y esa, sin duda, ha sido la válvula de escape que me ha permitido mantener
la mente y el cuerpo ocupados y alejados de posibles tentaciones.
Cuando cumplí los 16 años, empecé a compaginar las labores de
jugador con la de ayudante de entrenador con equipos inferiores del club donde
milito. Y a pesar de tener acceso ilimitado a los vestuarios de los diferentes
grupos de chicos que han ido pasando por mis manos, nunca he tenido la más
mínima tentación, ni necesidad hacia ninguno de ellos, en el campo sexual,
claro.
Ahora ya con 30 años, me encuentro en plenitud en mi
profesión. Dirijo un equipo profesional y controlo hasta el más mínimo detalle
dentro de los equipos del club. Para que nos entendamos, no se mueve,
deportivamente hablando, nada dentro del club, sin mi consentimiento expreso.
Además, para buscar el mayor rendimiento a los jugadores, llevamos un control
férreo, tanto a nivel educacional como a nivel personal de todos y cada uno de
los valores que participan con nosotros.
Todos los años se incorpora gente nueva. De entre todos los
candidatos que se ofrecen o que los ojeadores recomiendan, se hace una selección
y se criba, hasta quedarse únicamente los que resultan interesantes. Por
supuesto que la ultima palabra siempre es mía.
A pesar de que tengo plena confianza en mis asesores, y que
habitualmente sus recomendaciones siempre han resultado acertadas, me gusta ver
en acción, por lo menos en un par de ocasiones personalmente a todos los
aspirantes. Después, me reúno, junto al responsable de cantera, con el
interesado y su tutor, para explicarle y dejar claro los pormenores del
compromiso que esta apunto de adquirir con nosotros si finalmente es aceptado.
Para después, como digo, tomar una decisión definitiva.
Un año más así ha sucedido. Como de costumbre la lista de
aspirantes es abultada. Tras repasar las reuniones previstas para el día, me
acerque al campo de entrenamiento donde estaban los interesados. Como de
costumbre me situé en la grada, en una zona apartada, con la intención de no
interferir o influir de ninguna forma en el desarrollo de la sesión y para
observar a los chicos en su ambiente.
Todo se desarrolla normalmente. Tras la sesión me acerque al
grupo y como es costumbre el entrenador de turno me presento. Les solte la
charla de rigor y les fui adjudicando las citas para las reuniones personales.
Después charle con el responsable de la sesión y me entrego la lista con su
valoración.
De nuevo en mi despacho y tras extraer todos los datos,
recibimos al primer aspirante del día. Este grupo lo componen chicos de edad
cadete, o sea 18-19 años.
El primero fue un chaval de pueblo, cuyo equipo se le había
quedado claramente pequeño y su entrenador nos lo había remitido para que
pudiese aspirar a algo más. La charla se desarrollo de forma distendida y el
muchacho colmaba todas nuestras exigencias. Además de todas sus virtudes
deportivas demostraba ser muy inteligente y maduro. La cosa empezaba bien.
Los dos siguientes, recibidos por separado, venían muy bien
recomendados de un equipo de la capital. Un colegio privado carísimo de alto
nivel. De familias bien, plantaron más exigencias que virtudes. Fueron
automáticamente descartados.
Cuando ya llevábamos unas cuantas entrevistas, le propuse a
mi compañero un descanso. Con la idea de airearme un rato, abandone mi despacho
en dirección a la calle. En el pasillo de salida, al girar la ultima esquina que
da acceso a la calle, alguien choco violentamente conmigo. Mi corpulencia le
llevo al suelo. Cuando mire hacia el muchacho que estaba tumbado, le ofrecí la
mano, que el me la acepto, pero me quede inmóvil observándole. Allí había un
chico de rizos rubios y cara angelical, que me sonreía picaramente. Sus ojos
azul verdoso hacían resaltar su media sonrisa de forma increíble. Llevaba su
mochila a la espalda, por lo que deduzco que había amortiguado el golpe. Se
impaciento y me invito a ayudarle a levantarse. Inmediatamente tire de su brazo
y observe embelesado como se alzaba ante mis ojos el chico más guapo que haya
visto nunca. Según se incorporaba se acomodaba sus ropa. Observe sus movimientos
al detalle. Estábamos en el final del verano y todavía hacia calor, pero su
atuendo llamo mi atención, ya que la única prenda que portaba además de su
mochila era un pantalón de peto vaquero (overoll), que le quedaba bastante
holgado. Su piel estaba tostada por el sol y se adivinaba muy suave. Según
coloco bien los tirantes sobre los hombros, me pregunto si sabia donde eran los
entrenos y si aún llegaba a tiempo, ya que su padre no había podido acercarle
finalmente y el autobús que le traía se había averiado a mitad de camino.
Yo anonadado todavía le comente como pude que las sesiones
habían terminado y que ya estaban terminando también las entrevistas personales.
Él sin dudarlo, me pregunto por el despacho del "Gran Jefe". Esta expresión me
hizo mucha gracia y me devolvió a la realidad. Estaba claro que aquel angelito
no tenia ni idea de con quien estaba hablando. Le indique la situación de mi
despacho y le comente que tenia que dirigirse a la secretaria, aunque también le
dije, que lo más seguro fuera que ni le recibiesen.
Sin importarle mi último comentario, se despidió con otra
sonrisa y se dirigió rápidamente en la dirección indicada. No pude, por más que
lo quise evitar, dejar de observar a aquel chico moverse rápidamente por el
pasillo con su mochila y sus pantalones mágicos hasta desaparecer al doblar la
siguiente esquina.
Cuando desapareció, instintivamente me coloque mi miembro,
que había cobrado vida y sin darle mayor importancia, continué mi camino hacia
el espacio abierto, para por fin respirar un poco de aire.
Pasado un buen rato, decidí volver a mi despacho, para
empezar con el siguiente grupo de entrevistas. Los citados a continuación de
seguro estarían a punto de aparecer. Decidí dar un pequeño rodeo y acceder a mi
lugar de trabajo por la puerta de servicio, que da acceso directo a las canchas
de entrenamiento. De esta forma pude comprobar que todo en ellas estaba
perfectamente recogido y en orden para el siguiente día.
Una vez en mi sitio, avise a mi ayudante y empezaron a
desfilar todos los chicos citados en riguroso orden.
Cuando por fin hubimos terminado con el ultimo, como
acostumbramos, empezamos ha repasar uno a uno todos los expedientes, confirmando
las altas o bajas que ya teníamos decididas. En medio de esa faena estábamos
cuando nos interrumpio mi secretaria, que nos anuncio que fuera estaba esperando
otro chico. Tras repasar mi lista, le comente que no esperabamos a nadie más,
pero por la puerta entre abierta, se asomo el angelito, que tras pedir
disculpas, entro en la sala y empiezo a explicar su accidentado día.
Allí estaba de nuevo aquel ser divino, con sus perfectos
rizos, su preciosa carita mirando al suelo avergonzado, seguramente por la
osadía que estaba cometiendo. Ahora tenía su mochila en la mano, lo que me daba
una visión perfecta de sus preciosos hombros solo cubiertos por las finas
correas de sus cómodos pantalones.
Cuando termino su discurso y alzo la mirada esperando
anhelante una respuesta, se encontró allí sentado alguien que no esperaba.
Automáticamente, esbozo una amplia sonrisa, digo yo que simplemente por ver una
cara que le resulto conocida, que se fue transformando en una mueca de
expectación al ver que no había reacción por nuestra parte.
Mi ayudante esperaba mi respuesta, normalmente seca y
expeditiva. Por mi parte seguía embelesado con la belleza del muchacho y su
adorable imagen. No quería que aquel instante pasara. No sabía que me pasaba,
pero me sentía genial. Por fin reaccione. Le pregunte sus datos. Comprobé que
efectivamente estaba en la lista original, pero figuraba que no se había
presentado. Normalmente en estos casos, directamente se da carpetazo al asunto.
Si alguien no es capaz de presentarse a tiempo el primer día, no valen excusas,
la experiencia nos ha demostrado que a la larga dará problemas. Pero ese día
hice una excepción. Le invite a sentarse y le pregunte por su tutor. Me explico
que venia solo, ya que a su padre, como ya había contado, le había surgido una
emergencia y no le acompañaba, pero, nos comento que si era posible, podíamos
hacer la entrevista sin él.
Eso tampoco era habitual, pero, como digo, era un momento
especial. Comenzamos ha hablar. Mi ayudante fue dando las explicaciones
habituales y preguntando todo lo que se le ocurría. Mientras yo observaba y
anotaba. El chico, de mente clara y madura, fue respondiendo con soltura y
frescura a todo lo que se le planteaba. La verdad que aquel chico era realmente
especial. Cuando estábamos terminando tome la palabra. Le propuse, que debido a
la distancia a su casa, sería recomendable que si finalmente era aceptado,
viniese de interno al centro y se cambiase de colegio al propio del club. Mi
ayudante se sorprendió. Normalmente ese privilegio solo se ofrecía a chicos que
venían de otras provincias y no a casos como el de Dani, que vivía a poco más de
una hora de coche del centro. No se por que lo hice, pero desde aquel momento
tenia claro que no me podía separar de aquel chaval. Dani volvió a sonreír y se
mostró encantado ante esa posibilidad. Sabía que eso le daba la oportunidad de
aprovechar mucho más el tiempo tanto para sus estudios, como para su gran
pasión, la practica del baloncesto. Esta respuesta fue la que llevaba esperando
oír desde que me dedicaba a esto. La verdad que aquel muchachillo me acababa de
encandilar, si ya no lo estaba antes, sin haberle visto jugar siquiera.
Le invite a esperar fuera mientras terminábamos nuestro
trabajo, lo que el acepto gustoso. Se levanto de su asiento, agarro su mochila y
no pude una vez más dejar de observarle, mientras salía de la habitación. La
silueta que marcaba su cuerpo a cada paso en sus pantalones me tenía
hipnotizado. Cuando finalmente cerró la puerta al salir, no pude volver a
centrarme en lo que estábamos haciendo. La idea de que Dani esperaba fuera me
tenia nervioso, así que despedí a mi ayudante y tras respirar hondo un par de
veces, me dispuse a salir al encuentro de mi ángel.
Al salir me dirigí a mi secretaria para darle las últimas
instrucciones del día. Desde mi posición podía observar a Dani, en la salita de
espera. Ojeaba una revista deportiva. Al estar sentado, el babero de sus
pantalones caía más sobre sus piernas, dejando al descubierto algo más de su
pecho. Se observaban perfectamente sus pezones a cada lado de sus tirantes.
Aquella imagen se me ha grabado para siempre en mi memoria.
Me acerque a él, invitándole a conocer las instalaciones. El
encantado de un saltito se puso en pie. Dejamos su mochila en mi despacho y
empezamos el tour. Lo primero fue el colegio. Pasamos por las diferentes
instalaciones, que le parecieron geniales. Comento que en el colegio público al
que había ido hasta entonces no tenían ni la mitad de aquellos equipos. Estaba
risueño y alegre. Se le veía encantado y feliz.
El siguiente edificio que visitamos fue el colegio mayor. Le
explique que allí estaban alojados tanto miembros del club becados, como
estudiantes externos, que con sus cuotas ayudaban a mantener abierto el centro.
Normalmente los becarios comparten habitación y los alumnos de pago disponen de
una individual.
Tras esto, llegamos a las canchas de entrenamiento. Al
acceder al edificio Dani se quedo atrás nada más entrar. Al buscarle con la
mirada, me lo encontré allí parado, con cara de asombro, la boca abierta,
mirando hacia todos los lados. Estaba anonadado, petrificado. No se lo podía
creer. Aquello era mejor de lo que nunca se podía haber imaginado. Por fin se
arranco y comenzó a corretear por todas partes y ha hacer comentarios en voz
alta de todas las cosas que se iba encontrando y que le sorprendían. No podía
dejar de mirarle y a cada gesto y a cada nueva cara de sorpresa, me iba
convenciendo cada vez más de que aquel chico iba a ser muy especial.
Finalmente descubrió el cesto de los balones, y no se pudo
resistir. Agarrando uno se dirigió a la canasta más cercana donde hizo sus
primeros tiros. Sus movimientos eran gráciles y precisos. Cualquier mínima duda
que pudiese tener por no haberle visto jugar se me había disipado. Aquel ángel
valía para esto. Según le veía moverse por la cancha, me empecé a sentir
excitado. No sabía muy bien por que, pero ver los movimientos de Dani dentro de
sus pantalones me producía cierto morbo. El movimiento libre de su cuerpo solo
sujeto por sus tirantes, le hacia muy sensual y provocativo. Cuando fui
consciente de mis sentimientos, me asuste.
Se acerco donde estaba con el balón entre las manos. Estaba
exultante, radiante. Me pregunto si le haría ahora la prueba. Eso me tranquilizo
y me hizo volver a la realidad.
Le invite a que se acercase a mi despacho, al que se accede
desde esas pistas y cambiarse para entrenar, a lo que contesto que no hacia
falta. De un movimiento sutil, bajo los tirantes del peto y sujetándolo por la
cintura, se lo saco sin mayor problema, quedándose en interiores.
Su bóxer era de color blanco y le ceñía bien el cuerpo. Me
pregunto si me importaba que entrenase sin camiseta, a lo que no respondí.
Estaba en trance con la boca abierta. Aquello era lo más sensual que había
presenciado nunca. Además, si Daniel era bello vestido, en aquel momento era
algo impresionante. El contraste de su piel tostada con el blanco impoluto de su
bóxer y además la silueta de su pene y su culo respingón completaban una visión
única. De la misma se volvió hacia la canasta y empezó los ejercicios. Ya estaba
decidido. Aquel niño se quedaba seguro.
Terminada la sesión, que dilate todo lo que pude para seguir
disfrutando, se dirigió a su ropa y según me comentaba lo genial y contento que
estaba, se volvió a colocar la prenda, con la misma facilidad que se la había
quitado.
Volvimos a mi despacho, donde, sin perderle de vista y
mientras se sentaba en uno de los sillones, di ordenes a mi secretaria para que
preparase todo lo necesario para que Daniel se instalase inmediatamente. No se
porque, le indique que le asignasen una habitación individual, a lo que el
respondió con una amplia sonrisa de aprobación. Me tenía en el bote. En aquel
momento tenia claro que a aquel chico le iba a dar lo que me pidiese. Lo que
nunca me imagine es lo que sucedió a continuación.
Con la amplia sonrisa en su tierno rostro, se incorporo y se
acerco a mi mesa. Directamente me pregunto si le gustaba. No quise entender la
pregunta y le respondí que me parecía una gran promesa para el club. El muy
despacio fue rodeando la mesa mientras comentaba como desde que coincidimos en
el vestíbulo, había notado que entre nosotros habría algo especial. Al llegar a
mi altura, se coloco entre mis piernas entre abiertas. Y con mucha tranquilidad
explicaba como había notado que mi miembro se había despertado cuando estábamos
en las pistas. Y con cuidado acerco su mano a mi miembro erecto, para
acariciarlo sobre el pantalón.
Me deje hacer unos instantes. Después, me retire sin
brusquedad. Aquello no podía ser. Solo tiene 18 años y me estaba seduciendo. Le
hable de la necesidad de obtener el permiso de sus padres si quería quedarse.
Volvió a su sillón. Saco de su mochila su móvil y llamo a su padre. Le puso al
corriente de los pormenores y acercándose de nuevo a la mesa, me paso el
teléfono. Mientras aclaraba algunas dudas a su progenitor, Daniel me ofrecía un
increíble espectáculo de poses y gestos. En uno de sus movimientos apoyo sus
codos sobre la mesa, de forma que desde mi posición podía ver perfectamente el
blanco de sus interiores entre su piel y la tela vaquera de sus pantalones que
colgaban de los tirantes separándose del cuerpo. Incapaz de dejar de mirar,
hipnotizado, con un movimiento sutil, me dejo ver el bulto de su erecto pene.
Ante mi gesto de asombro soltó una carcajada, volviendo a rodear la mesa y sin
mediar palabra, mientras yo seguía conversando con su padre, se me sentó encima.
Con suavidad, desabrocho los dos botones laterales de su peto y asiendo mi mano
libre, la acompaño al interior de su prenda, invitándome a acariciar su preciado
tesoro. La verdad que ya no pude más y cedí completamente.
Con el consentimiento paterno para que Daniel se incorporase
al centro desde aquel mismo instante, continué con el masaje, mientras su mano
asumía el mando y guiaba a la mía hacia el interior de su bóxer, donde se topo
con un duro premio, que agradecido a mi contacto, comenzaba a mojarse poco a
poco. Con la mano libre, libere el cierre del primer tirante. Daniel encantado
con mi iniciativa, se encargo del otro, con lo que sin nada más que ponerse de
pie, dejo caer la prenda, para quedar de nuevo solo en bóxer, que poco le duro,
ya que sin miramientos, se libro de el, quedando por fin, completamente desnudo.
Para mi gozo, su cuerpo tostado, no mostraba marca alguna.
Aquel chico tomaba el sol desnudo. Mi cara de aprobación debía ser evidente, ya
que tras obligarme a soltar mí querido premio, se dio un sensual paseo por el
despacho, para tras cerrar el seguro en ambas puertas, se arrodillo ante mí.
Qudandose a la expectativa. Entendí en seguida su intención y muy despacio, fui
desabrochando el cierre de mi pantalón e intentando hacer lo más sensual
posible, extraje mi miembro de su cautiverio. La verdad que no me había dado
cuenta de lo húmedo que estaba. Ya me daba todo igual, y me despoje
completamente de toda mi ropa. Daniel, en cuanto termine, se acerco a mi, para
tras asir mi pene y masajearlo arriba y abajo un par de veces, le fue dando
pequeños besos y lametones, que provocaron que me dejase caer sobre el sillón
que tenia a mi espalda. Tras recuperar el control de mi miembro, no dudo en
comenzar a tragar toda la extensión que podía. No lo podía creer, pero mientras
se iba adaptando al tamaño y tras unos cuantos movimientos fue tomándole la
medida y conseguía en cada movimiento tragar un poco más. Finalmente, sus
precisos movimientos llevaban sus labios hasta el final de mi tallo. También en
esa faceta Daniel es un maestro. Mi pene salía de su boca en toda su plenitud,
para volver a desaparecer. Al volver a salir, el chico se entretenía lamiendo mi
glande, para volver a rozar con sus suaves labios todo el recorrido de nuevo,
aguantándolo ahí dentro, mientras ahora era el interior de su garganta quien
masajeaba la fina piel de mi prepucio.
Por nada del mundo deseaba que aquel momento finalizase, pero
no me pude resistir a, en el momento en que volvía a sacarse mi miembro,
acompañar su cara a la mía, para fundirnos en un necesario y profundo beso. Su
lengua agradeció el detalle y jugueteo con la mía, mientras golosamente nos
saboreábamos mutuamente, sin dejar en ningún momento de masajear mi pene.
Separándose para respirar, se acerco a mi oído, donde tras mordisquear mí lóbulo
susurro algo así como quiero probar a que sabes, para a continuación volver a mi
verga, donde se afano en terminar su trabajo, lográndolo en seguida.
Conseguido su premio y tras relamerse con gula, me planto un
nuevo beso, que me dejo satisfecho. No había duda. Estaba perdidamente
enamorado. Y lo mejor de todo es que el compartió conmigo el mismo sentimiento.
Lo que me hizo más feliz si cabe.
Le ofrecí mi baño privado para asearse un poco, cosa que
hizo. Mientras él estaba en el baño, me vestí. Sonó el teléfono y mi secretaria
me confirmo que Daniel ya tenía asignada habitación. Cuando volvió y escucho la
buena nueva, de un brinco se me colgó del cuello fundiéndose en un abrazo.
Estaba exultante. Me pidió ir inmediatamente a ver su habitación. Recogiendo sus
pantalones del suelo, se los ofrecí para poder salir, a lo que respondió con un
gesto de invitación para que se los pusiese yo mismo, lo que hice gustoso. Se
los coloque delante e introdujo sus piernas. Se dejaba hacer gustoso. Al
subirlos a la altura de la cintura, me tope con su pene libre y todavía erecto.
Tenía su bóxer en la mano. Así es mejor comento. Me calenté de nuevo al momento.
Entonces caí también en la cuenta de que mi niño no había disfrutado como yo.
Inmediatamente mire su cara como desesperado, pero me encontré con su compresiva
mirada, un susurro me invito a acompañarlo a estrenar su nueva casa. Sin dejar
de mirarle a los ojos, sujete los tirantes de su pantalón y los pase por sus
hombros. Abroche los botones laterales y tras un vistazo, no me resistí a dar el
visto bueno a mi obra mordiendo suavemente su labio inferior, para
posteriormente volver a saborear su rosada lengua.
Con la disculpa de que era novel en el centro, nos
encaminamos a su habitación.
Las habitaciones individuales del centro, al estar destinadas
a los alumnos de pago, están muy completas. Se componen de dos estancias más
baño privado. En la primera de ellas hay un sofá de lectura y una amplia mesa de
estudio con su ordenador. En la segunda estancia, se encuentra una amplia cama y
un vestidor.
Al acceder mi niño, volvió a soltar una exclamación de
asombro. Recorrió toda ella en un segundo y al regresar de su inspección,
exclamo que aquello era más grande que toda su casa. Estaba radiante de nuevo.
Se acerco al ordenador y me pregunto si podía usarlo. No hizo falta contestar.
Ya lo había encendido e impaciente esperaba a que se iniciase. Me situé a su
espalda y le comencé a atusar el pelo, mientras empezaba a trastear en Internet.
Enseguida aparecieron todo tipo de escenas de sexo. Tras un rato encontró lo que
buscaba y con ojos picaros y suplicantes a la vez me indicó cuanto le gustaría
poder imitar lo que le hacían al chico de la foto. En la foto, aparecía un
muchacho que con las piernas izadas sobre su cabeza, era penetrado por otro
chico. Sin pensármelo dos veces, bese su cabellera y sujetando su mano, le guié
hasta la cama, donde me situé a su espalda, para mientras me agachaba para besar
su cuello, desabrochar de nuevo aquellos botones laterales que daban acceso a
mis manos a su tesoro. Daniel abrió los cierres de sus tirantes, dejando caer
los pantalones, quedando de nuevo completamente desnudo. Con suavidad no pude
evitar lamer su suave piel.
Dándose la vuelta me ofreció su boca, para a continuación,
empezar a desnudarme. Tras librarme de toda prenda, le tumbe en el lecho, para
disfrutar de nuevo de aquella imagen angelical. Que estaba haciendo. Que más da.
Me agache y bese la zona de su miembro, para después tragármelo completo. Esta
fue mi primera vez, pero no me importo. Estaba seguro de que era lo que quería y
lo goce como se merecía mi niño. Él también lo disfrutaba, era evidente por sus
movimientos y gemidos. Poco a poco, fui abandonando su verga, para ir bajando y
llegar a su agujero. Con ambas manos, alce sus piernas, para tras acomodarle un
poco la espalda adoptar la postura del chico de la foto. Ahí seguí trabajando su
hoyo durante varios minutos, hasta que sus arrullos me pedían más. No me lo
podía creer. Aquel ángel me rogaba que le diese verga. Aquel niño adorable cuya
mirada suplicante me enternecía a la vez que calentaba más, estaba rogando que
de una vez mancillara su preciado trasero.
Colocándome en posición, acerque mi duro pene a su hueco y
con mucho cuidado empecé a embestir con mi ariete su puerta. Tras varios
intentos infructuosos, me agache a su lado, para al oído preguntarle si era la
primera vez que alguien lo intentaba. Su respuesta fue afirmativa, por lo que de
nuevo acerque mi lengua a su esfínter, para tratar de trabajarlo un poco más.
Los labios palpitantes de su culo, me indicaban con sus contracciones lo
necesitado que estaba ya de que alguien lo profanase. Tras varios minutos de
dulce trabajo, decidí volver a intentarlo. Me coloque en posición, con mucho
cuidado acerque mi pene a su entrada, pero antes de empujar, decidí probar
primero con uno de mis dedos, que suavemente perforo el preciado orificio. Ante
esta invasión mi niño emitió un dulce suspiro de satisfacción. Sin sacar mi
dedo, aproximé mi verga al agujero abierto y de un rápido movimiento lo sustituí
por la cabeza de esta, que aunque no logro entrar, si que encontró el camino
bueno. Ya no podía más y mi niño también se impacientaba, así que decidí empujar
de nuevo. Esta vez la cabeza avanzo hacia el interior, aunque no llego a
penetrarlo. El ano de mi chico se cerró ante el invasor. Un nuevo beso en sus
labios consiguió el efecto deseado. Según se relajaba la presión en mi polla, un
nuevo empujón logro que la cabeza entrase completa. Ya estaba dentro. Espere de
nuevo, para que el culo se le adaptara y tras una nueva relajación de esfínter,
volví a empujar, para ya fácilmente ir envainado toda mi espada en su calurosa
funda. Ya estaba dentro. Me incorpore para ver mejor el espectáculo. Increíble.
Aquel ángel, mi ángel, con los ojos cerrados se mordía el labio de gusto.
Poco a poco empecé a bombear. Al principio suavecito, sobre
todo para controlar que no se me saliese de su cueva. Después de varios minutos,
los movimientos fueron ganando velocidad y certeza. Daniel estaba gozando de lo
lindo. Estar follandomelo y a la vez verle disfrutar estaba siendo algo superior
a lo que yo podía aguantar.
Tras un rato de mete y saca, Daniel entre jadeos me pidió que
parase. Me quedo inmóvil con mi polla dentro. Sacamela me suplico, lo que hice
inmediatamente asustado. Con su culo abierto, se tumbo en la cama y me comento
que se le habían dormido las piernas. Aliviado me tumbe a su lado abrazándole.
Rápidamente se incorporo y pasando una pierna por encima de mi cuerpo, se sentó
encima de mi pecho, sujetándome ambos brazos por las muñecas. Me observaba.
Parecía que buscaba algo o que quisiera aprenderse de memoria mis facciones.
Acerco su cara a la mía y beso mis labios. Eres genial me dijo. Tu si que eres
increíble, le conteste. De inmediato, libero una de mis manos para con la suya
agarrar mi miembro erecto y dirigirlo a su vacío agujero, sentándose encima de
él y empezando una cabalgada genial y súper gozosa.
De esta manera, consiguió que de nuevo descargase en su
interior.
Aunque siguió cabalgando, mi pene empiezo a flaquear, lo que
noto al no poder mantenerlo por más tiempo en su interior. Para que mi niño no
se sintiese defraudado, asiéndolo por las caderas me lleve su verga a mi boca,
para terminar el trabajo que rato antes había empezado, dejándole las bolas
secas en un par de minutos. Tras deglutir todo su néctar, ambos amantes caímos
derrotados en al lecho, compartiendo en un nuevo abrazo largos minutos de paz
interior y felicidad.
Después de asearme y vestirme, me despedí de mi amor con un
beso y un descansa que luego te veo. Allí se quedo, dormido desnudo encima de la
cama. Satisfecho y derrotado por el esfuerzo. Sus rizos rubios sudados y
revueltos. Su bello rostro aniñado sereno y feliz. Su tostado cuerpo,
descansando tras la batalla.
Al salir al pasillo y avanzar hacia mi despacho me fue
invadiendo un sentimiento de culpa. Estaba seguro que lo que acababa de hacer no
era correcto. Era conciente de que después de aquella tarde, el final de mi
carrera profesional estaba cerca, solo era cuestión de tiempo. A pesar de todo,
era el hombre más feliz del mundo.
… si así lo queréis…. Continuara.
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