Lidia era hermosa en tanto que Gloria, su mejor amiga, era
fea, o muy fea, según el juicio de quien la observase. Quiso Dios que Lidia
estuviera dotada de un cuerpo endemoniadamente lascivo y un rostro inmaculado.
Nunca pasaba desapercibida. Allá donde iba llamaba la atención, ya fuera
despertando envidias, ya fuera rompiendo corazones. Sin embargo, ese mismo Dios
que agraciara a Lidia con tanto esplendor físico, decidió, veinte años atrás,
que Gloria heredara los más desdichados atributos de sus progenitores: las
orejas grandes de su padre, los ojos pequeños y hundidos de su madre, la
barbilla prominente de... ¿de quien?; ¡nadie de su familia tenía esa
particularidad física! Sin duda, la naturaleza se había fijado en ella para
gastarle una broma pesada. Pero más allá de sus defectos físicos, Gloria era una
persona brillante y excepcional.
-¡No puedes cargarme con toda la culpa!- gritó Gloria a su
amiga, con el rostro encendido-. ¡Deberías agradecerme que te ayude a hacer tus
malditos trabajos!
Lidia era consciente de su falta de razón a la hora de culpar
a su amiga de nada. Solo ella era responsable del suspenso. Mucho era que su
amiga le hiciera parte del trabajo. Aun así, irritada, y sin argumentos con los
que replicar, exclamó:
-¡Lo que a ti te pasa es que eres una amargada!, deberías
follar de vez en cuando. Te harías un favor a ti misma y a los demás.
Aquellas palabras cayeron sobre Gloria como un mazazo. Dejó
caer la vista al suelo. Tenía ganas de llorar, pero no lo hizo; no quería que su
amiga se percatara del daño que había causado en su autoestima. Pero tal
esfuerzo resultó en vano, pues Lidia se dio cuenta rápidamente de su
desafortunado error.
Se hizo un breve silencio. Lidia, triste y apenada, se acercó
a su amiga y, agarrando sus manos, se disculpó, arrepentida:
-Lo siento, no quise decir eso.
Los ojos de Ana comenzaron a brillar.
-Da igual, si tienes razón; es posible que me falte hacer eso
que tu dices, pero las feas como yo lo tenemos más difícil.
-¡Vamos mujer, no digas eso!, tu no eres fea, y además, el
mundo está lleno de tíos dispuesto a echar un polvo.
-Seguro que sí; infollables, como yo- dijo Gloria,
apagada.
-¡Mi niña!, ¿cómo puedes decir eso?, tú no eres...
infollable. Tú sabes que...- Lidia adoptó un tono suave y sugestivo-, tú
sabes que, si quieres echar un polvo, solo tienes que pedírmelo.
Ana, sin levantar la vista del suelo, sonrió tímidamente.
-Ya, pero paso...
-¡Ese es tu problema, que pasas de todo!- levantó la voz-, si
yo fuera como tú, estoy segura de que me lo montaría con un tío cada vez que
quisiera.
-Te aseguro que no es tan fácil.
-Claro que lo es.- Lidia seguía sintiéndose mal por haber
dañado a su amiga. Quería arreglarlo como fuera, y ello la condujo a proponer
algo de lo que horas más tarde se arrepentiría-. ¡Te lo demostraré! ¡Haremos la
prueba!
-¿Una prueba?
-Sí. Me volveré fea. Mejor dicho; TÚ me volverás fea. Dejaré
que me maquilles y me disfraces, como tu quieras, y te demostraré lo fácil que
es ligarse a un tío y echar un polvo.
-Ya, con infollables .
-¡Que pesada estás con los infollables!. Verás
como me ligo a uno que sea follable.
-Ya, no sé; lo de follable o no es algo muy subjetivo-
observó Gloria
-Pues nada, me lo follaré, ¿te parece bien?... de esta
manera no habrá dudas; si me lo follo... será follable, ¿no?. Lo traeré
aquí, a tu casa, y tú serás testigo desde otra habitación.
-Bueno, está bien, pero... ¿qué ocurre con tu nuevo novio,
Jonathan?...
....................................................................
Jonathan no perdía de vista el pequeño elefante –¿o era un
canguro?- que Marta sujetaba con la mano entre sus piernas abiertas, eclipsando
aquella parte de su cuerpo que tanto misterio y excitación despertaban en él.
Sentada en una silla, y desnuda de cintura para abajo, balanceaba el peluche
lentamente, de un lado a otro, mostrando fugazmente la negrura de su
entrepierna. Jonathan tragó saliva cuando vio que Gloria se llevaba la mano tras
el peluche y comenzaba a moverla, de arriba a bajo, y en su mente se dibujaron
esos dedos frotando y adentrándose en la carne húmeda y rosada de su sexo. Ambos
cruzaron breves segundos sus miradas: la de él inquieta, la de ella brillante y
sagaz. La camisa blanca de Marta era de tela fina y transparente, y bajo ésta,
sus pezones se marcaban insinuantes. Ella le sonrió; después cerró los ojos y su
sonrisa se fue apagando poco a poco, abandonándose en el placer de la
masturbación exhibida. Jonathan notaba la fuerza de su miembro contra los
pantalones. Marta soltó el peluche, y por primera vez, Jonathan pudo contemplar
los labios abiertos que se abrían paso entre el recio y oscuro vello. Después
desabrochó un par de botones de su camisa, de los de arriba, de los que más
pudorosamente –y con mayor esfuerzo- realizan su función, para luego meter la
mano por dentro y acariciar un pezón. Mientras hacía esto, y retirando la mano
de su sexo, llamó a Jonathan como si fuera un gato, frotando las yemas de sus
dedos. Este se puso de rodillas y comenzó a gatear hacía ella hasta situarse
entre sus piernas. Sin que ninguno de los dos dijera nada, Jonathan hundió la
cara entre las piernas de Marta y comenzó a lamer, como un gato sediento,
bebiendo los jugos de la joven más exuberante de su clase, la que tenía las
piernas más largas, el pelo más negro y más rizado y más bonito, los labios más
carnosos, las tetas más ovaladas, ligeramente caídas, por el peso...; aún así,
no superaba ni con creces la belleza de su novia, pero sí le ponía más cachondo.
Mientras Marta se acariciaba el pezón y dejaba que Jonathan profundizada con la
lengua en su sexo, dijo:
-Lo que daría por que Lidia pudiera ver esto...
.....................................................................
-¡Ey! ¡No te pases!- protestó Lidia mientras se miraba en el
espejo del tocador-, no es necesario que me pintes las cejas tan gruesas, ¡y
mucho menos unirlas! Pero si ya casi parezco un tío con esos puntos negros sobre
el bigote, ¿es necesario todo esto para volverme fea?
-Calla un rato y deja de moverte.
Lidia resopló y frunció los labios.
Cerrada las cejas, Gloria sacó del cajón un objeto pesado con
un aspecto bastante arcaico.
-¿Eso que es?- preguntó Lidia, asustada.
-Unas gafas.
- ¿Unas gafas? No no no no, eso sí que no me lo pongo, no
señor. Tú no quieres volverme fea, ¡tú quieres volverme un monstruo!
-¿Acaso te estás volviendo atrás?
-Claro que no- contestó Lidia con orgullo, aunque en el
fondo, llena de dudas y arrepentimiento-, te demostraré que tengo razón.
Y se puso las horribles gafas de pasta negra y cristal
grueso. Después, Gloria le recogió el cabello con una pinza.
-Bien, estás perfecta. Y ahora a por la ropa- dijo Gloria,
más animada.
Salió de la habitación y volvió al rato con unas prendas que
dejó sobre la cama. Lidia se levantó del tocador y se acercó a su amiga mientras
ésta desplegaba lo que parecía un mantel.
-¿Y eso?
-Son unos pantalones.
-¿Que dices?, ¡si eso parece una sábana!. Ahí caben tres
personas lo mínimo... ¿a ver?.- Lidia agarró el pantalón y sacó la etiqueta del
lateral-. ¡Dios mío!, es una talla... ¡XXL! ¿No pretenderás que me ponga esto?
-Sí- respondió Gloria, con serenidad-, rellenaremos lo que
sobra con algún flotador y algún que otro cojín. Hay tíos que solo follarían
contigo atraídos por tu cuerpo, y no se trata de eso.
Lidia se miró en el espejo.
-Soy un monstruo- musitó, desolada.
-Sí, lo eres.- Lidia giró la cabeza y miró a su amiga,
enojada-. Si entendemos que monstruo viene del verbo mostrar, es
decir, aquello que se muestra o se exhibe por ser llamativo o distinto (ya sea
feo o hermoso), pues sí, eres un monstruo, tanto disfrazada como sin disfrazar.
Venga, nos vamos.
¿Acaso la estaba insultando? "Que más da; a estas
alturas...", pensó Lidia.
Lidia y Gloria cogieron el coche y salieron hacia Distrito
Esfera, discoteca situada en el perímetro industrial de la ciudad. Aparcado
el coche, se dirigieron a la entrada de la discoteca, donde un grupo de jóvenes
charlaba animosamente. A Lidia le costaba andar asfixiada en aquel pantalón de
talla extra-grande relleno de ropa y pequeños flotadores, y apenas habían dado
unos pasos cuando exclamó, al tiempo que detenía a su amiga del brazo:
-¡Mierda!
-¿Qué ocurre?
-Joder, allí; es Jonathan- dijo Lidia, pasmada-, ¡y está con
Marta!
-¿Tu novio?, ¿dónde?, ¿con quien?
-Es aquel de allí, el del pelo largo, ¿lo ves?
Gloria quedó enmudecida. Jonathan agarraba de la cintura a
una exuberante morena de grandes pechos. Entonces miró a su amiga: su expresión
de ira le hubiera dado un aire más atractivo si no hubiera ido disfrazada como
iba; pero tal echo le produjo el efecto contrario, y potenció su fealdad.
-Vaya un cabronazo- rezongó Lidia -. Que le den, a él y a esa
guarra.
Gloría seguía contemplándola con la boca abierta.
-No te hagas mala sangre. Mejor volvemos a casa.
-No; entremos. No me reconocerá.
Ambas amigas se dirigieron a la cola de entrada, pasando por
delante del grupo donde se encontraba su novio. Jonathan, que parecía estar más
atento de ver quien lo observaba que de la conversación del grupo, reparó en las
dos amigas.
-Dios las cría y ellas se juntan- se burló Jonathan, en voz
alta. El coro que lo acompañaba, al desviar la vista hacia las dos amigas,
estalló en una sonora carcajada.
Gloria miró a su amiga, y esta, llena de rabia -más que por
la grosería, por la persona que la lanzaba- se giró y dijo, forzando una voz
grave:
-Pues sí; luego iremos a buscar a tu madre... ¡gilipollas!.
Exacto. Eso es lo que era Jonathan: un gilipollas, con todas
y cada una de sus letras.
Cuando entraron en la discoteca, Lidia se había olvidado del
motivo por el cual se encontraba allí. El fortuito encuentro eclipsaba su mente.
¿Qué hacía Jonathan con la guarra de Marta?, se preguntaba, olvidando el
desagradable comentario que le había lanzado a ella y su amiga, pues en el
fondo, no le sorprendía. Jonathan era así: un gilipollas, y hasta la madre que
un día lo parió lo sabía.
De los enormes altavoces que había colgados en la pared,
sonaba la música –o algo parecido- que hacía vibrar los cuerpos de casi todos
los que allí se concentraban. Lidia, desde una esquina, echó un vistazo a su
alrededor: la barra a reventar, la pista llena, tíos buenos (pocos), tíos
follables (algunos), tíos infollables (bastantes) y tías, tías de
todo tipo.
Lidia localizó un par de chicos, de esos que bailan mirando a
un lado y a otro en busca de un par de chicas con las que ligar -uno de ellos
bastante atractivo, el otro bastante corriente-, muy cerca de ellas. ¡Allá voy!,
se animó Lidia.
Dejó a su amiga y se adentró a la pista de baile, abriéndose
paso entre la gente. Se puso a bailar al lado de ellos. Al poco rato,
dirigiéndose al joven menos atractivo, dijo:
-HOLA; ME LLAMO LIDIA.
Tuvo que acercarse al oído del chico y gritar bien fuerte
para que la oyera.
-HOLA, ¿QUÉ TAL?, YO SOY JAIME, Y ESTE ES MI AMIGO JOSE.
Su amigo Jose no le hizo ni puñetero caso.
-¿VIENES MUCHO POR AQUÍ?- preguntó Lidia, reparando en su
poca originalidad.
-SÍ...- movió el joven la cabeza-, MI NOVIA ES DE ESTA
ZONA... ¿SABES?... Y SOLEMOS VENIR AMENUDO POR AQUÍ... ¿SABES?...
"Que cabrón, este no tiene novia ni tiene ná. Si no
fuera disfrazada como voy, a este lo tenía babeando y chupándome las botas en
medio de la pista", se dijo Lidia.
Lidia buscó a Jonathan con la vista. No lo veía por ningún
lado. Allí solo había humo y jóvenes en celo en busca de "algo que pillar". Algo
follable, por supuesto.
Lo intentó con cuatro chicos más, todos ellos normales, ni
guapos ni feos, y todos salieron con las mismas excusas burdas para zafarse de
ella; y es que, ni en eso, son originales. A cada rechazo, Lidia se acercaba a
su amiga que, con sarcasmo, le soltaba cosas como: "¿y ese qué? ¿tiene la
regla?".
-Será mejor que vuelvas a casa- dijo Lidia-, es cuestión de
tiempo que me ligue a uno.
-Es mejor que regreses conmigo; asúmelo, no ligarás con nadie
por mucho que lo intentes.
-Tú ve para casa, que yo no me voy de aquí sin un tío
follable.
Gloria se despidió y se fue, y Lidia comenzó a deambular sola
por la discoteca en busca de un golpe de suerte, o más que un golpe de suerte,
de un milagro.
Cuando ya se había dado por vencida, observó como un chico se
acercaba a ella. Guapo no era, más bien todo lo contrario; era feillo,
infollable dirían muchas –casi todas-, pero eso es muy relativo, ¿no?. EL
joven la observó por encima de las gafas y con la boca entreabierta. Se acercó a
su oído y le gritó:
-PERDONA, TE CONFUNDÍ CON OTRA PERSONA.
Y tras decir esto, dio media vuelta y regresó al rincón
oscuro de donde había salido.
Lidia lo siguió con una idea fija en la mente: llevárselo a
la cama. Era infollable, pero a oscuras, ¿qué más daba?. Se puso junto a
él y comenzó a entablar conversación.
El chico en cuestión se llamaba Gonzalo, y era un joven
tímido y reservado, por lo que a Lidia le costó llevar un diálogo lo
suficientemente coherente que diera pie a invitarlo a pasar por su cama, o la
cama de su amiga, pues allí era donde se lo tiraría. Finalmente Gonzalo se
soltó, y contó a Lidia que había ido a esa discoteca con su hermana y unas
amigas de ésta, arrastrada por la insistencia de su madre para que su hermano se
ventilara un poco y saliera de casa. Una vez llegaron a la discoteca, su hermana
y sus amigas desaparecieron, y lo dejaron más colgado que un jamón. Lidia le
contó que ella también se encontraba bastante sola, y le preguntó si le gustaría
pasar la noche con ella en su casa. Gonzalo titubeó unos segundos, pero, tras
ajustarse las gafas, aceptó la invitación, y ambos salieron de la discoteca.
Aunque Lidia sabía que Gloria se encontraba despierta en
casa, sacó la llave del bolsillo y abrió la cerradura con mucho sigilo.
-No quiero despertar a los vecinos- informó Lidia a su
acompañante.
Bajo la tenue luz del pasillo, la fealdad de Lidia se veía
ligeramente disimulada; incluso podría decirse que salía a relucir parte de la
belleza que escondía tras esa capa de pintura. Pero de ello no pareció
percatarse Gonzalo, que, desorientado, fijaba la mirada en su enorme trasero
deformado. ¿Cómo será ese culo tan raro que se oculta bajo la ropa?, ¿pasar la
noche con ella quiere decir pasar la noche haciéndolo?, y ¿mi primera vez
tenía que ser con esa chica tan... fea?. Gonzalo se hacía esa y otras preguntas
mientras Lidia abría la puerta.
Lo hizo pasar directamente a la habitación. Encendió una
lamparita que había sobre una mesita de noche y le indicó que se fuera quitando
la ropa mientras ella lo hacía en el baño. Gonzalo se sentó en la cama y comenzó
a desabrocharse la camisa; mientras, en el cuarto de baño que había en la
habitación, Lidia se desprendía de todos los kilos de ropa y se lavaba la cara,
arrancando el exceso de maquillaje que ocultaba su rostro.
-¿Estás bien?- preguntó Gonzalo, algo intranquilo por la
espera, y desnudo desde la cama.
-Sí- contestó Lidia-. Se me quedó la cremallera atascada...
ya está.
Lidia se miró en el espejo. Se soltó el pelo y admiró su
belleza natural, sin maquillaje, y sonrió satisfecha a la imagen que le devolvía
reflejada el espejo.
-Ya salgo.
La puerta se abrió, y tras ella, Lidia apareció desnuda,
exhibiendo con arrogancia toda su perfección. Gonzalo agarró velozmente la
colcha y, dando un salto de la cama, como si ésta estuviera repleta de granos de
sal, se cubrió el cuerpo desnudo.
-Lo-lo... lo siento.- Gonzalo miraba nervioso de un lado a
otro de la cama -. me ha traído una... una chica que... pensé que... lo siento,
ya me voy.
-No seas tonto. Suelta la colcha y vuelve a la cama.
Era la misma voz, no había duda, pero... ese rostro tan
hermoso, de rasgos tan finos, esas piernas, esa cintura, esos pechos... nada de
eso era lo mismo.
Gonzalo se tumbó sobre la cama, algo nervioso, sin abandonar
la colcha que aún cubría su cuerpo. Se sentía turbado. ¿Se trataba todo aquello
de una broma?. ¡Ya está!, todo era obra de su hermana y sus amigas, que habían
contratado los servicios de una profesional para que por fin disfrutara de los
placeres carnales, más allá de la masturbación. Pero aquella chica era mucho
para él, y ello lo incomodaba.
Lidia se acercó a la cama con un balanceo de caderas que
hubiera puesto nervioso al más "trucha de los truchas" –como hubiera dicho
Jonathan-, y subiendo un pie sobre el colchón, mostró ligeramente el rosado de
sus labios vaginales. Era un coño de verdad, como los que salían en las revistas
que Gonzalo usaba para consolarse bajo la soledad de sus sábanas.
-Quiero oírte gritar de placer- susurró-. No hay nadie en la
casa, así que no te cortes y chilla, de lo contrario te echo a la calle tal y
como vas, desnudo.
Lidia le guiñó un ojo y comenzó a bajarle poco a poco la
colcha, dejando al descubierto partes de un cuerpo delgado y poco fibroso, casi
femenino.
-Te veo tenso. Relájate, y enséñame que escondes ahí abajo-
dijo Lidia
Al destapar la parte íntima del muchacho, Lidia se llevó una
pequeña desilusión; esperaba encontrase con una grata sorpresa, pero aquello era
algo normal, sencillo, algo de medida estándar. Pero Lidia, dispuesta a hacer
gozar al chico, se subió a la cama de rodillas, flexionó el torso y, agarrándole
la polla, se la llevó a la boca.
Comenzó a chupársela con énfasis, presionando la lengua con
fuerza y masajeándolo con la mano. Gonzalo comenzaba a vivir un sueño. El pelo
de Lidia acariciaba su abdomen con las idas y venidas de su cabeza. A Gonzalo le
sorprendía que el interior de una boca fuera tan cálido, y temía que las
palpitaciones que sufría su polla a causa de la excitación hicieran que Lidia
abandonara ese placentero ejercicio. Una mano comenzó a dibujar círculos en sus
testículos, y fue bajando poco a poco, rozando tímidamente su ano. Pequeños
suspiros escaparon de los labios de Gonzalo, algo que Lidia interpretó como
respuesta a su buen hacer. Lidia insistió las caricias en esa zona y comenzó a
presionar ligeramente con el dedo. A pesar de fealdad de su amante, se sentía
extrañamente excitada y motivada, y deseaba follárselo.
Al rato, Lidia retiró de su boca la polla de Gonzalo y
comenzó a pasear la lengua por su torso, deteniéndose en los pezones y
mordiéndolos débilmente. Después abandonó esa acción para seguir subiendo hasta
posicionar su boca frente a la del joven. Gonzalo sentía el vello púbico de
Lidia sobre su polla, suave y confortable, y de golpe se coló entre sus piernas.
Sabía que de un modo u otro, su miembro acabaría introduciéndose en el interior
de esa joven tan bella, y que aquello sería la experiencia más increíble que
jamás viviría. La punta de su polla sentía la humedad y el calor que la entrada
de Lidia liberaba. Con unos movimientos suaves y precisos de cadera, Lidia
comenzó a conducir la polla de Gonzalo hasta su interior, poco a poco, dejando
que sus jugos lubricaran y facilitaran la penetración. Lidia se acercó a su oído
y, con un juego lento de caderas, de arriba a bajo, susurró:
-Si no quieres que pare, grita. ¿O acaso no te está
gustando?.
Gonzalo permanecía en profundo éxtasis, con los ojos medio
cerrados y la boca abierta, y poco a poco, al ritmo de los vaivenes de Lidia,
fue soltándose y gimiendo cada vez con más fuerza.
Y mientras esto ocurría –y rato después también-, Gloria
dormía profundamente en la habitación de al lado.
La entrada por la ventana de los primeros rayos de sol
despertaron a Gonzalo. Comenzaba a amanecer, y quería regresar a casa antes de
que su hermana se le adelantara. Se levantó de la cama despacio; no quería
despertar a Lidia, que aún dormía de espaldas a él, completamente desnuda y
agarrada a la almohada.
Cogió su ropa y salió de la habitación. Después de vestirse
en el salón, se dirigió a la cocina para beber un poco de agua, o café -en el
caso de que hubiera-, y calentarse un poco. Al entrar su corazón se detuvo. Una
joven, tan fea como él -¡o más!, tomaba café mientras ojeaba una revista. La
joven alzó la vista con un gesto adusto y dijo:
-Ahí tienes café, coge si quieres.
-Gracias- respondió Gonzalo, confuso; después se sirvió un
poco de café caliente.
-Siéntate- le invitó Gloria. "Conque a un follable,
¿eh?" pensó
Gonzalo se sentó a la mesa frente a Gloria.
-¿Eres compañera de Lidia?- preguntó Gonzalo, algo apurado
por la situación.
-No. ¿Por?.
A Gonzalo ya le extrañaba que aquella chica tan fea se
dedicara a vender su cuerpo.
-Por nada, simple curiosidad. En realidad yo no sabía que tu
amiga era... bueno, lo he deducido solo, porque yo en realidad no sé nada,
¿sabes?. Quiero decir que no he caí en ello hasta estar aquí... a mi nadie me ha
dicho nada. Es cosa de mi hermana.
Gonzalo se rascaba nervioso la cabeza. Gloria, que lo miraba
con incertidumbre, acabó haciendo un breve gesto afirmativo con la cabeza,
consciente de que cualquier intento de aclaración enredaría más la conversación.
Tras un rato de silencio, Gonzalo se armó de valor y
preguntó:
-¿Te gustaría salir a tomar algo el viernes?.
..........................................
Al día siguiente, ambas amigas cogieron el coche y se fueron
a un mercadillo que montan los domingos en un pueblo cercano.
-He llamado a Jonathan.
-¿Le has dicho algo sobre lo de anoche?
-No... si le dijera algo tendría que cortar con él, y no me
apetece. Me ha invitado el sábado a cenar; si quieres podemos vernos el viernes
y salir por ahí, ¿te hace?.
-Ehm... ¿el viernes?.- Gloria retiró parte del pelo que le
cubría la cara y quedó pensativa-. Creo que no podré; posiblemente me vaya a
casa de mis padres... ¡CUIDADO!
Curioso comportamiento el de la mente en situaciones
extremas. Todo pasa por ella en cuestión de segundos, y todo es
tan poco...
Lidia quedó paralizada cuando a pocos metros observó a un
camión que, adelantando en sentido contrario, y con las enormes siglas "XXL"
grabadas en la parte frontal, se les echaba encima. En pocos segundos el coche
quedó aplastado bajo el enorme gigante de acero, y sus cuerpos quedaron
completamente mutilados bajo un montón de amasijo de hierros. Una bella, la otra
fea; dos cuerpos carentes de lo más importante: la vida.