COMO MI NOVIA FUE SEDUCIDA POR UNA BELLA MUJER
Por invitación de un compañero de Universidad, empecé a
viajar a un, en ése entonces, pequeño pueblo de Michoacán, de donde él era
originario.
Yo, un muchacho de 21 añitos, chilango (como despectivamente,
los pinches pueblerinos, nos dicen a los de la Ciudad de México).
Quedé maravillado por la hermosura del pueblito, todas las
casas blancas con techados de rojas tejas de barro y calles empinadas.
Pero aun más por la "alta sociedad".
El caso es que como mi amigo era de los riquillos, a mi me
recibieron como si fuera un personaje. Y me refiero a las muchachas.
Yo era carne nueva y fresca y por ello – no por ser galán-
tuve varias cariñosas amiguitas que me hacían muy atractivas y cachondas mis
estadías y después de varios viajes, rematé con una novia, tres años mayor que
el chilanguito, y pueblerina y todo, con mucho más experiencia que su
servilleta. en la lucha cuerpo a cuerpo,
Era una morena grandota, pechugona, con un temperamento más
caliente que un cautín, con una jugosa y sabrosa boca, que desde el principio,
disfruté a llenar, ya que era muy pródiga con sus besos y caricias. Y ¡que tetas!
Nos dábamos unos agarrones de antología, los cuales me
dejaban con dolores de güevos, insatisfecho por no culminar en un aliviador
orgasmo.
Para mi beneplácito, como en todos los noviazgos, los besos y
las caricias fueron gradualmente en aumento.
No podíamos fornicar, porque el pinche pueblo ni siquiera
contaba con un Motel, y aunque lo hubiera tenido, no podríamos haber hecho uso
de él, ya que si escupías en la calle, toda la "sociedad" se enteraba.
Bien dicen que pueblo chico, infierno grande –para los que
viven en él-
Lo anterior lo menciono solo para asentar el temperamento de
la morenaza y nuestras limitantes de acción como pareja..
La mayor parte del tiempo la pasábamos en su casa, pero la
comprensiva de la mamá, nos dejaba la sala para nosotros solitos.
Era una ley no escrita que para entrar a ella, había que
hacerlo notar en voz alta, no fuera que la descubrieran usando la boquita para
chupar algo mucho más al sur que mi hocico.
Y a mí, con las dos manotas dentro de su escote, dándole un
relajante masaje para tonificar el par de sabrosos globos que se cargaba.
Un buen día, en que nos habíamos dado una intensa agasajada,
los dos estábamos como cautines, yo con todos los pelos parados, perdón, los
cabellos, por andar metiendo la cabeza en lugares de difícil acceso y ella con
ganas de que le metiera aunque fuera un susto, de repente me dijo:
¿Te puedo hacer una confidencia?
Paré las orejas cual perro guardián, pelando los dientes y
respondí con un rotundo:
¡Por supuesto!
Y se empezó a hacer la remolona. Si hubiera traído rebozo,
hasta el hocico se hubiera tapado, mordiéndolo.
Ay, no me atrevo, porque es muy íntima y a lo mejor
la tomas a mal.
Interpretaba el conocido papel de la pueblerina tímida e
inocente. Como yo era feo pero no pendejo, no me la tragué, quería que le rogara
¡Que pendeja!
Si no me la vas a decir ¿Para qué me estás chingando?
Debo aclarar que desde el inicio del noviazgo, yo
interpretaba el papel de galán con experiencia, el macho dominante mal hablado y
autoritario, porque a ella le encantaba.
Lo cierto es que solo era un pinche escuincle sin
experiencia, casi casi, con la gota de leche materna en la punta de mi
prominente pero gallarda nariz.
No te encabrones. ¿Me juras que no pensarás mal de
mí?
De sobra sabes que no me gusta jurar. O me dices lo
que empezaste o me largo. Y no omitas ningún detalle.
Ni yo me la creí, todavía tenía mi manota derecha dentro de
su escote, masajeando alegremente su ya duro y erecto tostón izquierdo, pero
sirvió para que al fin se decidiera.
Bueno, pus fíjate que hace unas semanas, Katrina me
pidió que me fuera a dormir a su casa, porque estaba sola, ya que su
madrecita se había ido a la capital a arreglar unos papeles de la
herencia que le dejó su difunto esposo y le daba miedo estar sola.
Pensé ¡Si, como no!
Con mi preclara sagacidad, pensé de inmediato en tortillitas
de harina y se me empezó a poner más dura la de hacer gente. Estuve a un tris de
echarle porras o apremiarla con un ¡Cuenta, cuéntame, sigue!
Pus bien, hice mi maletita con lo indispensable para
pasar la noche. Me acicalé, me perfumé y pedí un taxi.
Al llegar a su casa, me recibió ataviada con una
vaporosa y escotada blusa, ya que hacía mucho calor. Se veía preciosa.
Debo de hacer un paréntesis para describir a Katrina ¡Que
mujerón!
Era blanca, con un hermoso pelo negro, blanca, pero, aunque
suene cursi, con una piel que parecía de porcelana blanco-rosada impecable,
llenita de carnes, con unas tetas de antología, mejores que las de mi morenaza
novia, que no podía disimular, ya que con el mínimo escote, dejaba ver la rayita
del comienzo de sus sabrosos pechos.
Caderona y buena pierna, con una trompa tipo Angelina Jolíe,
pero sin llegar a tanto.
Yo babeaba cada vez que la veía, sabiendo que no era de las
pulgas que brincan en mi petate, como dicen los poetas.
La mujer más bella del pueblo y la más hermosa que he visto
en vivo y a todo color. Y siguió:
Me pareció más bella que nunca, a pesar de oler su
aliento a alcohol. Me sentí nerviosa al ver el comienzo de sus senos,
que amenazaban con brincar fuera de su blusa. A pesar de no atraerme las
mujeres, no podía dejar de admirar lo bella que es.
Pásale, guapa, bienvenida ¿Qué quieres beber? Estamos
deliciosamente solitas.
Para entonces, ya la tenía tan dura que hasta me dolía.
Pensé, tenía razón, ésta méndiga se aventó unas buenas tortillitas con la súper
cuero.
Para animarla a seguir, le coloqué su mano sobre mi duro
amigo y ella muy obediente, comenzó a frotarlo por encima de la ropa. Y siguió
su relato:
Tartamudeando le contesté:
¿Tienes Tequila?
Como para ahogarnos, pero te tienes que emparejar,
porque esperándote, ya me he tomado tres ¿De acuerdo?
Entonces sírveme uno doble. Yo también tengo ganas de
agarrar la jarra. Andaba medio depre, porque tuve una discusión con mi
madre, así que de un trago vacié la copa coñaquera. Me sirvió otra igual
y nos sentamos muy juntas en el sofá de la sala.
Sabes, mamacita, tú no le sacas partido a ése par de
tetas que tienes, usas unos brassieres infames ¿por qué?
Ya me tenía muy nerviosa, sentía el calor de su muslo pegado
al mío y el olor de su perfume. Sentí el calor del Tequila al llegar a mi
estómago vacío, a la par que pensé: No puede ser que me esté excitando con una
mujer, yo no soy lesbiana.
Uso los de peto largo, porque tengo una pinche
llantita en la cintura, que quiero disimular.
Se me antoja bailar. Ven.
Literalmente me jaló hasta quedar ambas de pié y me abrazó,
con su mano izquierda en mi cintura, cerca de mis nalgas. Me apretó contra ella,
haciéndome sentir sus pechos sobre los míos, pero a los pocos pasos, se apartó,
desabrochándose la blusa.
Traía un brassiere negro con encaje en la parte superior que
dejaba ver el borde de sus pezones ¡rosas!
Sin preguntarme, diestramente desabrochó mi blusa diciendo:
Vamos a ver el tuyo. Horrible, mata pasiones. Mira
como en vez de modelar tus pechos, los aplasta.
Tenía razón. Me volvió a abrazar para seguir bailando, pero
metió las manos bajo mi desabrochada blusa, y sentí como desde la parte baja, me
desabrochaba el brassier. Pegó sus tetas a las mías y su mano izquierda me jaló
de las nalgas para pegar sus piernas y su pubis al mío. Susurró en mi oído.
¿Eres talla 36-C? ¿verdad?
Me estremecí al sentir su aliento en mi orejita, ya sabes que
ellas y el cuello los tengo muy sensibles.
Si, me consta, contesté con voz ahogada.
Ella lo notó y empezó a lamer mi oreja y a meterme la
lengua en ella.
Me separé y molesta la retiré y le dije:
¿Qué haces? A mi no me gustan las mujeres y todo ésto
me parece muy lesbi.
Tranquila, mi reina, es el sexo más seguro y más
sabroso.
Seguro, porque no corres el riesgo de embarazarte.
Y el más sabroso, porque solo otra mujer sabe donde y
como darte el placer más intenso.
¿Qué, no te gusto?
Ven sentémonos, quiero que platiquemos. Te contaré:
Hace como 2 años, cuando fui a la Capital, una de mis
primas me llevó a que me dieran un masaje disque para reafirmar la piel.
La masajista era una muchacha guapa, no tanto como tú, pero guapa al
fin.
El masaje me lo dió con todo su cuerpo. Al principio
reaccioné como tú ahora, pero ya me tenía muy excitada y la dejé hacer.
Acabamos teniendo sexo como nunca lo había hecho.
Me hizo venirme 3 veces, hasta que casi no me podía
mover. El mejor sexo de mi vida. Me vine como marrana en celo, aventé
mis jugos hasta por las orejas.
Pero al terminar me solté llorando ¿Por qué lloras
preciosa? –me preguntó.
Porque ahora soy lesbiana y ya no me gustarán los
hombres.
Te seguirán gustando, aunque de vez en cuando,
tendrás la ventaja de poder disfrutar con otra mujer. Tuvo razón.
Hace dos años que no lo hago, pero tú siempre me has
atraído, me fascina el color de tu piel, tu boca, tus pechos y sobre
todo, el cachonderío que emana de ti.
Pensé, que mamona,"emana", pero síguele que falta lo mejor.
Me sirvió otro buen trago y no sé si por los nervios o por
estar en ayunas, ya estaba medio peda.
Es evidente que no era precisamente la Dama del Buen Decir,
pero siguió:
Vámonos a mi recámara, te voy a modelar los conjuntos
que compré en mi último viaje a Texas. Así escogerás el que compré para
ti.
Ayúdame con la botella y las copas. Allá también
tengo música, para seguir bailando y estaremos más cómodas.
Hice otra de mis sabias reflexiones:
Que vieja tan guapa y tan chingona, primero la medio empeda,
después la calienta, la tranquiliza y para no fallar, la soborna.
Le detuve la mano frotadora, porque estaba por almidonar mis
calzones. Pero la compensé con una buena lamida de orejas. No quise besarle el
hocico para que siguiera con su relato.
Subimos, yo tras ella y me descubrí viéndole las nalgas, que
generosamente movía como bailando la Danza de los Siete Velos.
Siéntate en la cama, déjame quitarte la blusa, para
que compares tu porquería de trapo, con los que vas a ver.
Sírvenos otros tragos, ahorita regreso.
Apagó luces, dejando solo la del buró, colocó un CD con
música sensual y desapareció por la puerta de su vestidor.
Al poco rato, salió con un conjunto rojo, que incluía un
brassiere, medias sujetas por un liguero también con encajes, un diminuto bikini
y zapatos con altos tacónes.
Se veía preciosa a pesar de que tenía la misma "llantita" que
yo.
Quería tapar mis pezones que a pesar del brassiere, se
notaban perfectamente erectos, pero me limité a cruzar los brazos, mientras ella
caminaba moviéndose al compás de la música.
Empecé a sentir la humedad en mis pantaletas, que ahora me
parecían de abuelita.
Se acercó a mí e inclinándose, se prendió de mi boca y volvió
a salir.
Nunca había besado unos labios tan suaves. Y su lengua dentro
de mi boca se peleaba con la mía.
Correspondí metiéndole mi lengua y ella la aspiró, jalándola.
Ningún hombre me ha besado tan cachondo.
Regresó con un conjunto negro, con los mismos elementos que
el anterior, moviendo las caderas provocativamente, con las manos acunando sus
senos, pasando la lengua lascivamente por su bella boca.
Se sentó muy junto a mí en la cama, se bebió de golpe su copa
y con voz ronca me dijo:
¿Cuál te gusta más para ti?
Éste negro –le respondí de inmediato.
Déjame ponértelo.
Y sin más se quitó el brassiere, me quitó lentamente el mío,
me levantó de la cama ordenándome:
Bailemos. Quiero sentir tus pechos sobre los míos.
Me abrazó como si en ello le fuera la vida, frotando sus
pezones contra los míos. Yo ya ni oía ni entendía, todo me valía madre, solo me
dejaba hacer.
Y tuve mi primer orgasmo. Cuando notó que me estaba viniendo,
se prendió de mi cuello, lamiéndolo y besándolo, caminando pegadas hasta caer
sobre la cama.
¿Así? Y empecé a besar su cuello y a morder sus
sensibles orejitas.
Yo también estaba por tener mi primera venida, porque además
de la erótica narración, ella, como al descuido, no dejaba de repasar su mano
sobre mi ya notable bulto.
Ven vamos a bailar. Pero recuerda, que ahora sentirás
a mi amigo, bueno, nuestro amigo.
Puso música y empezamos a bailar más que juntos, a la segunda
pieza, la agarré de las nalgas, frotándole mi atributo descaradamente, y en
pocos movimientos, empezó la mejor venida de mi corta vida, y la de ella al
unísono, lo supe porque la muy méndiga me clavó sus uñotas en la espalda. Yo,
entre quejidos, aventé chorros que salían desde mis dedos gordos. Parecían
interminables.
Como me temblaban las patas, nos sentamos, yo como todo un
caballero, elegantemente crucé en ángulo recto la izquierda sobre la derecha y
cuando le iba a pedir que siguiera su instructiva narración, vi, con horror que
sobre el zapato que tenía más a la vista, sobresalía tremendo cuajarón, producto
de mis emanaciones.
Como no solo se veía grotesco, sino asqueroso, rápidamente
descrucé mis patrullas, me senté como señorita, con las piernas recatadamente
juntas.
Con voz temblorosa le avisé que tenía que ir al baño
urgentemente, a lo cual me respondió con una sonrisa traviesa:
A mí también me urge.
Salí de la sala todo ciscado, rogando no encontrarme a la
vieja o a alguna de las hermanas. El mamón y agrio suegro afortunadamente nunca
estaba.
Como en toda casa vieja de pueblo, el pinche baño estaba en
el lugar más alejado e incómodo. Atravesé con prisa dos patios y por fin, frente
al comedor, llegué sin ser visto al dichoso baño.
Limpié cuidadosamente la señal de mi pecado, me peiné y con
ojos de jícama con chile, pero gallardamente, regresé a esperarla en la sala.
Por lo que se tardó la méndiga, además de cambiarse los
calzones, sabiamente deduje que debía de haber lavado los usados, no fuera que
alguna de las hermanas oliera su orgasmo.
Ya un poco más serenos, le pedí amablemente que siguiera con
la educativa narración.
¿No estás pensando mal de mí? –me preguntó
humildemente.
Y yo, la experiencia personificada, le contesté cínicamente:
¡Por supuesto que NO!
Lo único que me pesa es no haberlo visto.¿Sabías que
para todos los hombres, una de las cosas más eróticas es ver a dos
mujeres haciéndose el amor?
A poco.
A mucho –sentencié. Síguele.
Me da pena, porque lo que sigue es muy penoso, muy
intimo.
Penoso robar algo y que te atrapen con las manos en
la masa, como dicen los entendidos. Continúa y no me jodas.
Pus ahí te va.
Tampoco me alburees.
¿En que me quedé?
¡Oh chingados!
En que las dos estaban recostadas sobre la cama, con
las chichis al aire y ya bien calientes.
Me pidió que la desnudara, mientras me chupaba los
pezones y a mi me faltaba el aire, estaba tan excitada que hasta mareada
me sentía. Y no por la peda.
Lo dicho, nunca fue la Dama del Buen Decir. Y yo ya la tenía
otra vez bien parada. Dichosa juventud.
Luego ella me encueró, acariciando y besando cada
parte que quedaba al descubierto.
Me tenían subyugada lo blanco y la perfección y
textura de su piel, su aroma de mujer, la suavidad de su boca sobre la
mía y su lengua enroscada a la mía.
Me encantó el contraste de la blancura de su piel,
con el negro de sus pelos del pubis.
Yo no sabía que hacer, solo me dejaba hacer.
Ya desnudas ambas, me empujó hasta quedar acostada y
se acostó sobre mí, entre mis piernas que yo instintivamente había
abierto.
Sentí sobre mi clítoris sus vellos púbicos y su mano
derecha buscando mis nalgas. Carajo ¡Y empezó mi segundo orgasmo! Pero
fueron varios. He leído que les llaman orgasmos múltiples.
La agarré de las nalgas apretándola contra mí,
moviendo mis caderas tratando de frotar mi clítoris contra el de ella y
gimiendo como marrana en celo.
Ay mi amor, eres tan caliente que ya te viniste dos
veces y ni siquiera he llegado a tu botoncito.
Pero tú no has tenido ni un orgasmo ¿Qué quieres que
haga? Yo también quiero darte placer.
Que te parece un 69 ¿Sabes lo que es?
Tampoco me creas tan pendeja, claro que si. Pero no
sé como mamarte para que te vengas.
Pensándolo mejor, eso lo dejaremos para más adelante.
Metió una de sus piernas bajo las mías y me jaló
hasta que sentí su almejita sobre la mía. Tenía un clítoris para mí,
enorme, y me lo empezó a meter, me estaba cogiendo, frotándose contra mí
y ahora sí, empecé a oír sus gemidos de placer.
En ése momento oímos la voz de la mamá, que avisaba me iba a
ofrecer un café de olla.
Nos separamos un poco y mustiamente pusimos caras de pendejos.
La pinche vieja entró, se sentó cómodamente, comentando puras pendejadas.
Así estuvimos un buen rato, hasta que la vieja se hartó de
nuestros monosílabos y se fue.
Sigue, síguele con tu relato.
Pero el momento había pasado.
No, terminaré de contarte la próxima vez que vaya a
México.
Me las arreglaré con mi hermana para pasar la noche
contigo. Y cuando estemos en la cama, te diré el resto.
Asentí con la cabeza, porque por fin había aceptado lo que
tantas veces le había propuesto: coger como conejos.
Pero como ya me extendí mucho, lo relataré más adelante.
Maduro