LA NIÑERA
Aviso del autor: Los hechos aquí relatados me han
sido facilitados por una amiga mía. Me he limitado, pues, a darles forma de
relato erótico coherente. No quiero decir con ello que su historia sea verídica,
solo que me he limitado a contarosla. PELI
Capitulo 1: f/f
Estaba contentisima, era verano y había encontrado un trabajo
como niñera; yo debía irme con la familia de un medico, amigo de mis padres,
para cuidar de un par de críos. Era increíble, me llevaban de vacaciones a su
chalet de la sierra y encima me pagaban por hacerlo. Era un sueño, o al menos
eso creía yo.
Nada mas conocer al resto de la familia me choco un poco el
hecho de que los críos ya eran bastante mayorcitos, pues Ana tenia doce años y
su hermano Raúl mas de trece. Pero esto me alegro muchisimo ya que supuse que no
tendría que andar todo el santo día detrás de ellos. Además Mercedes, su bella
esposa, era bastante mas joven y guapa de lo que me imaginaba, por lo que
sospeche que haría buenas migas con ella también.
Llegamos a media mañana al enorme y apartado chalet que ellos
tenían en la sierra y, después de instalarme en un dormitorio junto al de Ana, y
enfrente del de Raúl, al lado del aseo, les ayude a limpiar y recoger las cosas
que traíamos para pasar el mes.
Este era enorme. Junto al cuarto de Ana había un cuarto de
juegos y al lado del de su hermano había una salita para ver la tele. Luego
estaba la escalera que bajaba a la planta baja y que subía a la buhardilla ( y
que estaba cerrada con llave ). Al final del pasillo se encontraba el enorme
dormitorio de los padres, con un aseo dentro. Este me maravillo, pues tenia una
preciosa bañera en la que se podía hasta bucear de lo grande que era. Por no
hablar de su gigantesca cama de matrimonio y su enorme armario lleno de espejos.
En la planta baja lo normal, comedor, despacho, cocina y hasta una pequeña
piscina.
La primera tarde, a solas con el matrimonio en el despacho de
la cabaña, y tomandonos unos refrescos, fueron llevando la conversación
hábilmente a temas muy privados. Casi estoy por jurarles que habían echado algo
en mi bebida, pues me sorprendí a mi misma dándoles todo tipo de detalles
íntimos acerca de mi pobre vida sentimental y de mis escasas relaciones con los
chicos.
No es que me avergonzara reconocer que, a mis casi dieciocho
años, y a pesar de mi considerable atractivo físico, mis contactos con el sexo
opuesto habían sido mas bien breves e insatisfactorios. Es que en un momento
dado les confesé, ruborizada hasta las pestañas, que era completamente virgen.
Algo que solo algunas de mis mejores amigas sabían. Y ahora se lo estaba
contando a unos desconocidos así, sin mas ni mas. Ellos no le dieron mayor
importancia a mi confesión, mostrándose muy contentos por dejar a una chica tan
responsable como yo al cuidado de sus hijos. Demasiado diría yo.
Cuando se marcharon a visitar a unos amigos, un par de horas
después, aun me duraba el sofocón, y seguía sin explicarme como había podido
contarles tantas cosas de mi. Mientras Raúl veía la tele abajo, Ana me ayudo a
deshacer mis maletas, revoloteando a mi alrededor sin parar. Esta cría era un
autentico remolino, con su pelito moreno cortado a lo paje y sus brillantes ojos
oscuros era tan parecida a su padre como el hermano lo era a la madre ( pues era
casi tan rubio como ella ).
La pequeña estaba encantada conmigo y no paraba de decirme lo
mucho que hubiera querido tener una hermana mayor y cosas así. Yo le cogí
aprecio enseguida, y ella a mi mas, pues no paraba de darme abrazos y besos en
la mejilla cada dos por tres. Como no tengo hermanos pequeños la situación me
encantaba, y jugaba con ella de mil amores.
Tanto jaleo formamos con nuestras risas y nuestras bromas que
al rato apareció Raúl llamando a la puerta. Le dejamos pasar, y pronto estuvimos
los tres revolcándonos sobre mi cama mientras repatriamos cosquillas a diestro y
siniestro. Me divertí de lo lindo, y ellos mas todavía, acabando al final
derrumbada de cualquier manera sobre la cama, con los brazos en cruz y los
pequeños tumbados encima mío.
Un rato después, al ir a levantarme fue cuando repare en
estragos que el alegre combate habían causado en mi ropa, pues mi camisa estaba
prácticamente desabrochada y mi falda era un trozo de tela enrollado en el
ombligo. No le di ninguna importancia, a pesar de que debido a ello la cabecita
de Ana reposaba sobre mi sujetador de encaje y la de su hermano a un palmo
escaso de mis braguitas.
Raúl fue el primero en ducharse, solo por supuesto, pues ya
era mayorcito, aunque se comportara de un modo tan infantil. Pero Ana insistió
mucho en bañarse conmigo y no supe como negarme. Al principio me daba un poco de
corte pues, aunque había visto a muchas chicas desnudas en el gimnasio, nunca
había estado tan cerca de una.
Su soltura y simpatía pronto me relajaron, y sus risas y
bromas pronto fueron coreadas por las mías. Tanto que le permití enjabonarme
mientras yo me lavaba mi larga melena castaña. Ana, con su desparpajo habitual,
me dijo cuanto le gustaría tener una delantera tan grande y firme como la mía
cuando fuera mayor, mientras me pasaba la esponja por los senos una y otra vez.
Tanto que me puso los pezones de punta. Yo le dije que tuviera paciencia, pues
ya tenia unos piquitos bastante prometedores, con unos gruesos botones de color
rosa pálido que quizás, algún día, serian tan grandes como los míos ( aunque he
de reconocer que llegar a tener una talla 100 tan firme como la mía no era nada
fácil ).
Seguimos hablando de mil cosas hasta el momento en que,
mientras tenia la cara llena de jabón, note como sus ágiles deditos embadurnaban
a fondo mi intimidad de gel. Me sorprendí tanto ante su súbita intromisión que
abrí los ojos al momento, logrando con ello que se me llenaran de jabón. Para
cuando por fin conseguí enjuagar mis ojos la pequeña hacendosa ya había
terminado de lavar a conciencia y en profundidad mis partes mas delicadas e
intimas y seguía enjabonando mis piernas como si no hubiera pasado nada.
Luego la lave yo a ella y, aunque me hizo gracia notar como
se endurecían sus pequeños pezones bajo mis dedos me sentí bastante violenta
cuando pase mi mano por su pequeña hilera de pelitos negros hasta alcanzar su
rosada intimidad. Ana, apoyada en mi y con las piernas muy separadas, no dejaba
de bromear, por lo que al final me sentí bastante estúpida por ser tan mojigata
y me apresure a terminar de lavar esa zona.
Luego, mientras le ayudaba a ponerse su liviano camisoncito
le pregunte por sus bragas y ella me respondió que su mama decía que era
antihigiénico dormir con ellas. No tuve mas remedio que darle la razón y ponerme
yo también mi pijama de verano sin nada debajo. No era la primera vez que lo
hacia, pero me sentía muy rara con el suave roce de la tela sobre mi cuerpo
desnudo.
Durante la cena se portaron divinamente, pues no solo me
ayudaron luego a recoger la mesa sino que incluso me prepararon un vaso de leche
mientras yo fregaba los platos. Ahora es cuando sospecho que aquel vaso tenia
algo mas aparte de la leche y la canela, pues a partir de ese momento empece a
sentirme mucho mas inquieta.
Mientras arropaba a Raúl me apoye, sin darme cuenta, sobre su
entrepierna. No me sorprendió tanto su gran tamaño como el hecho de que
estuviera rígida como un palo. Al no saber mucho sobre chicos, supuse que era
algo normal, a pesar de su corta edad, aunque reconozco que me turbo mas de lo
que debía.
Lo digo porque mientras acostaba a su hermanita, sus
continuos abrazos y achuchones provocaron que mis pezones se endurecieran como
piedras. Ana, entre risas, atrapo uno con cada mano, mientras me decía que si se
descuidaba la podía dejar ciega con un golpe de algo tan duro. Luego, mientras
yo le revolvía el pelo cariñosamente, me dio un montón de besos en la cara, al
tiempo que me decía lo feliz que era. Me dio tantos, y tan alocados, que coloco
un par de ellos en mitad de mis labios, volviendo a provocar con ello mi
turbación.
Cuando baje a ver la tele estaba ya hecha un mar de nervios.
Cambiando de canal me encontré de pronto con una película porno en plena acción.
Era la primera vez que tenia la oportunidad de ver una cosa así en privado y,
como es lógico, me excite. Empece a notar como mis pezones presionaban sobre la
fina tela del pijama y como el pantaloncito, que empezaba a estar húmedo,
comenzaba a estorbarme.
Cuando quise darme cuenta mis manos estaban acariciando mis
pechos por encima del pijama veraniego. Bajando una de ellas la lleve hacia mi
entrepierna, donde comencé a acariciarme suavemente y a perder la noción de la
realidad. Con un pequeño suspiro levante ambas manos, dejando que mi pelo suelto
cayera sobre mi espalda desnuda cuando termine de quitarme la camiseta, seguida
poco después del pantalón.
Allí estaba yo, en un frío sofá de cuero totalmente desnuda,
sentada con las piernas abiertas y mis manos recorriendo mis pechos, mi barriga
y mis muslos, hasta encontrar la cueva húmeda de mi entrepierna. Metí dos de mis
dedos en la boca, para humedecerlos, y luego los introduje suavemente en mi
interior, como había hecho muchas otras veces.
No dolió, y comencé a meter y sacar ambos dedos de forma cada
vez mas rápida. Mi otra mano estaba acariciando mis pechos y pellizcando mis
pezones sin descanso. Hasta que en el colmo del delirio introduje el dedo mas
largo en mi boca para luego introducirlo, de golpe, en mi estrecho culito. Era
algo que hacia en raras ocasiones, pero que me encantaba.
A esas alturas yo estaba de rodillas sobre la mullida
alfombra del suelo, con dos dedos por delante y otro por detrás, apoyada sobre
la fría mesa de cristal. Jadeando, a punto de terminar mi enésimo orgasmo,
cuando de repente todas las luces del comedor se encendieron y los padres
aparecieron en la puerta.
Quise morirme, allí estaban los dos mirándome fijamente
mientras me masturbaba frente a la tele como una loca. Me puse el pijama lo mas
rápidamente que pude, sin acertar a decir nada coherente, y con la cabeza baja
me fui corriendo a mi habitación. Tambien me pareció oír como se cerraban las
puertas de los niños precipitadamente, pero lo cierto es que no lo puedo
asegurar.
Capitulo 2: EX, F/f, M/f
A la mañana siguiente me dijeron que tenia que ir al
despacho. Cuando entre ya estaban allí los dos. Santiago sentado en su enorme
butaca y su mujer de pie justo al lado de él. Me dirigí a uno de los sillones
que estaban delante del gran escritorio y me senté. Santiago comenzó a hablar
con su voz mas profunda:
- A raíz de tu comportamiento de anoche mi mujer y yo hemos
decidido que lo mejor es que te marches, llamaremos a tus padres y le diremos
que clase de hija tienen para que vengan a buscarla, así que haz tus maletas
cuanto antes.-
Yo, casi llorando le suplique:
- Por favor, permita que me quede, si usted consiente en no
llamar a mis padres estoy dispuesta a quedarme todo el verano sin cobrar nada, a
cambio de su silencio y en pago a mi mala acción. Pero sobretodo no pueden
decírselo a mis padres o me matarían de una paliza.-
Le vi mover la cabeza dubitativo, mientras miraba a su mujer
y musitaba:
- No se, no se...
Estaba desesperada, así que le dije:
- Por favor, no les llame, haré cualquier cosa que me
pidan....
El me miro fijamente y me dijo:
- ¿Cualquier cosa? ¿estas segura?.-
Y yo, viendo la oportunidad me reafirme:
- Por supuesto, lo que ustedes me pidan, pero por favor no
les llamen.-
El miro un segundo a su esposa y me dijo que podía marcharme,
que ellos lo tenían que hablar en privado. No se si lo soñé, pero cuando me
levante para marcharme me pareció ver que algo se movía por debajo de la falda
de Mercedes, algo que le acariciaba la entrepierna. Pero supuse que seria de
nuevo mi mente calenturienta, que no contenta con el lío en que me había metido
me estaba buscando otro. Por lo que salí sin decir nada y sin mirar atrás.
Al cabo de un rato, mientras pelaba una verduras en la
cocina, Mercedes vino a darme el veredicto final. No dirían nada a mis padres, y
mantendrían mi sueldo, si me portaba todo lo bien que les había prometido. Eso
si, a la mas mínima queja de sus hijos yo saldría por la puerta con toda la
ignominia que pudieran darme.
Al oír estas frases los dos pequeños, que escuchaban
atentamente nuestra conversación sentados en la mesa, pusieron los ojos como
platos y nos miraron con renovado interés. Viendo que yo estaba a puntito de
llorar me apretó cariñosamente los hombros, al tiempo que me decía al oído que
ella confiaba mucho en mi. Luego me deposito un beso en la mejilla, casi en la
comisura de los labios, para dar fe de ello.
Un rato después, mientras ponía la mesa, Santiago se me
acerco en silencio por detrás.
- ¿ De veras estas dispuesta a hacer todo lo que se te
pida?.-
- Por supuesto le respondí.-
Y me dio un cariñoso cachete en el trasero mientras me decía:
- Siendo así todo se arreglara.-
El resto del día paso sin novedad, hasta la tarde, cuando se
fueron los padres como de costumbre a visitar a su amigos. Estaba la mar de
tranquila leyendo muy a gusto en mi habitación cuando vino Ana a pedirme que
jugara con ella. Le dije que no me apetecía y me amenazo, muy seria, con
decírselo a su mama. Sabia que tenia todas las de perder por lo que, a
regañadientes, la acompañe a su cuarto. Ese fue mi primer paso cuesta abajo.
Estuvo peinándome y pintándome con la pinturas de su madre
durante un par de horas, hasta que vino su hermano a pedirle que yo jugara con
el. Discutieron un rato, y al final la pequeña accedió a prestarme a Raúl
durante un rato mientras me buscaba ropita. Con el pequeño estuve jugando a los
soldados pegándonos tiros por el comedor durante casi una hora, hasta que su
hermanita vino a reclamarme de nuevo. La actitud posesiva de ambos niños estaba
minando mi animo, logrando que obedeciera como si fuera un dócil corderito.
Al llegar a mi dormitorio me encontré con que Ana había
revuelto todos mis cajones mientras tanto, hasta encontrar mi viejo vestido de
fiesta, el de espalda descubierta, que no sabia aun por que había traído, si ya
me estaba pequeño. Se empeño en que me lo pusiera a pesar de lo estrecho que me
quedaba, pues me oprimia tanto casi no podía ni respirar. Y luego se quejo de lo
mal que me quedaba el sujetador, obligándome a quitármelo a pesar de mis
protestas. Mis pechos se marcaban de mala manera, asomando mas de la mitad por
los laterales y por el escote, con los pezones amenazando con rasgar la tela.
Pero aun así le encantaba, y no dejaba de aplaudir diciendo que parecía una
princesa de cuento de hadas.
Para colmo empezó a sacar todos mis sujetadores del cajón,
diciendo que no le gustaba como me sentaban, y que me los iba a guardar hasta
que me fuera. De nada valieron mis tímidas quejas, estaba dispuesta a formar un
buen alboroto si no se salía con la suya. Esa noche sus padres regresaron mucho
mas pronto de lo que era habitual, quizás para ver como me estaba comportando,
llegando para la hora de la cena.
Yo, por deseo de la pequeña, tuve que cenar ataviada de esa
guisa. No se lo que me sentaron peor, si los continuos y amables comentarios que
dedicaba Mercedes a mi cuerpo o las intensas miradas que su esposo clavaba en
mis pechos. La mezcla de ambas cosas contribuyo a que estuviera echa un mar de
nervios. Y no se me ocurrió otra forma de calmarlos que beber copa tras copa del
excelente vino con que el padre llenaba nuestras copas continuamente.
De todas formas esa velada Mercedes aguanto bastante menos
que yo el alcohol, por lo que mientras Santiago acostaba a los críos yo tuve que
ayudarla a desvestirse. Supongo que fue la borrachera que llevaba la que la
volvió tan pegajosa y melodramática. Desde que pase uno de sus brazos por encima
de mi hombro para ayudarla a subir las escaleras ya note como esa mano se
introducía por mi escote, aferrándose a mi pecho indefenso. Pero la euforia del
vino y el esfuerzo que tenia que hacer para subir lograron que no le prestara
mucho caso.
Aunque al final no tuve mas remedio que hacerlo pues,
mientras le terminaba de desabrochar el vestido, ya tumbada sobre su cama,
empezó a lloriquear, diciéndome que si era ya una vieja, que si su marido no la
quería ya por eso, y cosas por el estilo, mientras sus habiles dedos jugueteaban
distraídamente con mi pezón.
Luego aun fue peor, pues cuando le estaba poniendo el
camisón, aferro mis manos con las suyas, y me obligo a toquetear uno de sus
enormes pechos desnudos, mientras me preguntaba, sorbiendo las lagrimas, si se
le estaban cayendo. Yo, acariciándola de un modo tan forzado, no pude sino
decirle lo contrario, que seguían estando muy bellos y apetecibles ( lo cual
además era cierto ). Con esto logre que ella me estrechara entre sus brazos,
ebria de alcohol y felicidad. También conseguí terminar de vestirla y arroparla
para que pudiera dormir la mona de una vez y me dejara por fin tranquila.
Mas tarde, a solas en mi dormitorio, me lleve la segunda
sorpresa de la noche, cuando Santiago irrumpió de improviso, sin molestarse en
llamar a la puerta, sorprendiéndome justo cuando iba a quitarme el vestido. No
me dio tiempo de decirle nada, pues antes de que acertara a reaccionar ante su
entrada ya lo tenia situado a mi espalda, diciéndome lo feliz que se sentía al
tenerme en su casa y otras cosas por el estilo, mientras terminaba de soltar mi
vestido sin que nadie se lo hubiera pedido.
Yo, sujetándolo firmemente por delante, para que no se vieran
mis pechos desnudos ni se me cayera a los pies cuando terminara de soltarlo, no
pude hacer nada cuando sus dos largas manos, deslizándose hábilmente por mis
costados, se apoderaron de mis melones con total impunidad.
Santiago solo decía "que maravilla, Dios mío que maravilla"
una y otra vez, estrujándolos y amasándolos con un ansia terrible e
insospechada, con sus labios cerca de mi oído, jadeando entrecortadamente por la
emoción. Y de repente se marcho, de un modo tan furtivo como había entrado,
dejándome toda confundida y con los pezones aun erizados por las intensas
caricias recibidas. Esa noche dormí fatal, dando mil vueltas en la cama y con
unos sueños tan húmedos que no me atrevo ni a recordarlos.
Sin embargo, a la mañana siguiente ambos se comportaban como
si no hubiera pasado nada de nada. Charlando conmigo como de costumbre y sin
hacer ni la mas mínima alusión ni a mi cuerpo ni a lo sucedido durante la
víspera. Esto aun me confundió mas, haciéndome incluso dudar de mis propios
recuerdos.
Capitulo 3: f/f, m/f, M/f, EX
Esa tarde, nada mas salir los padres a realizar sus visitas
cotidianas, Ana me obligo de nuevo a jugar con ella. Para evitar problemas
insistí en que hiciéramos dibujitos, pero me salió el tiro por la culata, pues
pronto se canso de emborronar papeles y me dijo que quería hacer conmigo lo que
había visto en la tele en el programa aquel del Juego de la Oca.
Quería pintar mis pechos desnudos y, después de mucho
insistir, no me quedo mas remedio que ceder, en vista del berrinche que estaba a
punto de pillar la cría. Así que durante un par de horas estuve sentada en su
butaca mientras la mocosa me embadurnaba los pechos con sus rotuladores. Se
divirtió de lo lindo, sobre todo con mis pezones, los cuales, al endurecerse con
sus continuos manoseos y roces, le llamaban la atención. Reconozco que llego un
momento en que sus manitas llegaron a excitarme.
Cuando al final me pude marchar tarde un buen rato en
quitarme toda la porquería que me cubría en el aseo. Pero no me libre tan
fácilmente de ellos, pues cuando salí del baño ya estaba Raúl esperándome para
jugar conmigo, como había acordado con su hermana. Estuvimos jugando a los
vaqueros por el comedor durante un buen rato, hasta que al final Raúl me cogió
como rehén india, atándome a cuatro patas sobre una de las mesitas del salón con
una cuerda de las de tender la ropa.
Eso no tuvo importancia, lo que si la tuvo es que me bajo las
bragas hasta las rodillas y me alzo por completo la minifalda, para poder
"torturarme" a placer. Lo que hizo el mocoso fue darme una soberana tunda en las
nalgas, sentado sobre mi espalda para poder palmearme mas cómodamente. Sus manos
subían y bajaban una y otra vez, como si mi culito fuera un tambor, golpeando
despiadadamente mi tersa piel.
Me sentí impotente y extraña, pues al tener las piernas
abiertas muchos de sus golpes aterrizaban demasiado abajo, y notaba como la yema
de sus dedos percutía en mi intimidad. Esos golpecitos, mas o menos continuos,
terminaron por excitarme una barbaridad. Dejándome alelada y confundida cuando
el chico al fin me soltó. Sin fuerzas ni ánimos siquiera para reñirle como era
mi intención.
Estaba todavía medio abotargada cuando Ana regreso de su
dormitorio, donde se había estado entreteniendo en enlazar la mayoría de mis
sujetadores secuestrados entre si hasta hacer una especie de obra surrealista.
Vino vanagloriandose de su obra ante su hermano, ante quien también presumió de
haberme obligado a quedarme sin ellos durante mi estancia.
Raúl, no queriendo ser menos, pronto tramo su replica y, ante
mi incredulidad, me exigió que le entregara todas mis braguitas del mismo modo
que ya había entregado todos mis sujetadores. De nada valieron mis ruegos ni mis
suplicas, pues ni siquiera mis torpes chantajes ni mis excusas higiénicas
pudieron quitarle la tonta idea de la cabeza. Por lo que al final tuve que
vaciar mis cajones en su presencia, dándole hasta las que llevaba puestas ante
la amenaza implícita de lograr expulsarme de la casa sino lo hacia.
No hubo mas novedades por esa noche, por lo que respecta a
los hijos, pues bastante tenia con las de la tarde. Pero aun me quedaba lidiar
con los padres borrachos. Pues estos, como ya era costumbre, llegaron bastante
pasados de alcohol, tocándome de nuevo hacer de niñera de ellos para ayudarlos a
llegar hasta su dormitorio sin matarse. Esta vez era el padre el que casi no se
tenia en pie, por lo que entre Mercedes y yo nos las vimos y deseamos para poder
meterlo en la cama. Estaba tan agotada por el esfuerzo de subirlo por las
escaleras que cuando se esposa me pidió que lo sujetara un instante, a fin de
darle tiempo a quitar el edredón y las sabanas, pense que caería de culo al
suelo.
Quizás hubiera sido lo mejor, porque mientras lo sujetaba
como podía por la cintura, el muy descarado puso su cabeza sobre mi hombro y
empezó a masajearme las tetas por encima del camisón. Para colmo su esposa, que
tampoco andaba muy fina, tardo una eternidad en preparar la cama, por lo que sus
caricias se me hicieron eternas. Sobaba mis pechos con un descaro increíble,
apretándolos y amasándolos como si fuera un niño chico, mientras murmuraba cosas
para si que nadie entendía.
Cuando la esposa vino a ayudarme a echarlo sobre la cama lo
sorprendió con ambas manos aferradas a mis duros pezones, tirando de las puntas
con deleite. Pero se limito a decirle "Venga, suelta ya eso cariño, que es
tarde", sin hacer caso ni a mi intenso rubor ni a lo insólito de la escena.
Supongo que fue porque estaba bastante mas mareada de lo que suponía. Pues tardo
una eternidad en quitarle los pantalones, mientras yo despoje a Santiago de su
camiseta con relativa facilidad.
Estaba dudando entre ayudarla o no cuando Mercedes, al tirar
de sus pantalones, le bajo de camino su slip. El ver ese gigantesco trozo de
carne, medio erguido, tan cerca de mi, me dejo helada. Era monstruoso, bastante
mas largo y grueso que los pocos que había visto hasta la fecha en revistas o
peliculas.
No podía quitar los ojos de semejante instrumento, me tenia
hipnotizada, por lo que no repare en que una de las manos de Santiago estaba
metiéndose por debajo de mi camisón hasta que esta se apodero, impunemente, de
mi intimidad. La humedad que todos estos insolitos acontecimientos habían
provocado en mi facilito las exploraciones de sus dedos, que deambularon a su
antojo durante un buen rato, hasta que su mujer por fin lo arropo, sin mirarnos
siquiera.
Fue otra noche de sueños agitados, en los que el monstruoso
falo de Santiago aparecía una y otra vez, obligándome al final su recuerdo a
masturbarme para poder descansar al fin y dormir unas cuantas horas con relativa
tranquilidad.
Capitulo 4: F/f, m/f, f/f
Afortunadamente a la mañana siguiente el padre se llevo a los
pequeños de compras al pueblo, supongo que para no molestar a la madre que se
quedo en cama resacosa. A media mañana, después de recoger y limpiar la cocina,
decidí subirle un zumo de naranja a Mercedes, a ver si se encontraba ya mejor.
Estaba otra vez en plan llorón y casi me obligo a sentarme a su lado en la
amplia cama, mientras empezaba a contarme sus penas. Tenia cogida una de mis
manos con la suya y la apretaba constantemente, al tiempo que me narraba su
vida.
No se exactamente en que momento, entre su juventud y su
boda, empezó a deslizar mi mano por sus pechos desnudos, cogiendo mis dedos con
toda confianza para pasar mis sensibles yemas por sus no menos sensibles pezones
endurecidos. Apenas si la escuchaba ya, mientras ella seguí narrando sus cuitas
y mi mano, obligada por las suyas, empezaba a bajar hacia su ombligo.
Intentaba mirarla a los ojos, incapaz ya de seguir el hilo de
su narración, ya que mi mano había entrado de lleno en su cuidada y depilada
mata de pelo. No podía creer que me estuviera pasando esto a mi, ni siquiera
cuando note en la punta de mis dedos la humedad que manaba de su abertura. Sus
manos aferraban la mía con vehemencia, enseñando a mis dedos como debían
deslizarse por su ranura para darle mayor placer.
¡¡Vamos hombre!!... como si a mis entrenados apéndices le
hicieran falta clases. Dejándome llevar por la experiencia empece a moverlos
como si estuvieran dentro de mi en vez de dentro de ella, logrando así que la
buena mujer pronto empezara a gemir de placer. Sus tiernos suspiros me llenaron
de un extraño orgullo, por lo que acelere el ritmo de mis manipulaciones,
llegando a meterle hasta tres dedos a la vez, ansiosa de verla rugir de placer.
Gotitas de sudor perlaban mi frente por el enorme esfuerzo
que dedicaba a la inusitadamente grata tarea de doblegarla. Y me vi
recompensada, pues a los pocos minutos grito como una loca, presa de varios
orgasmos encadenados. Ni siquiera en la película porno había presenciado a nadie
gozando tanto. Supongo que fue una gran idea pellizcarle el clítoris cuando
empezó a convulsionarse con el primer orgasmo, pues con ello le arranque una
serie interminable de clímax, cada uno aun mas fuerte que el anterior.
Cuando al fin saque mi mano de debajo de las sabanas Mercedes
estaba tan cansada que no pudo ni darme las gracias, por lo que la arrope y la
deje dormir sobre su propio charco de flujos, con la esperanza de que esta nueva
locura no me afectara aun mas. Al cabo de un par de horas, cuando regreso el
resto de la familia, yo ya casi había acabado de recoger y limpiar un poco la
casa, con lo que me gane las felicitaciones del padre. Quizás demasiado
elocuentes, pues las acompaño con unos cariñosos palmeos en mi grupa que no
mejoraron demasiado mi estado de animo. Pues ya estaba empezando a mosquearme
que los varones de la casa prestaran tanta atención a mis sufridas nalgas.
Digo esto porque el descarado de Raúl metía sus manos bajo mi
minifalda a la mas mínima oportunidad, con la excusa de comprobar si le
obedecía. Y digo bien, excusa, pues el mocoso a la que me pillaba desprevenida
metía sus dedos tan a fondo y durante tanto tiempo como yo le dejara. Aunque al
principio saltaba como un muelle al sentirlo, al final me acostumbre de tal modo
a sus turbios manejos que solo necesitaba mover un poco las caderas mientras le
decía "vamos", "porfa", o cosas así, para que me dejara.
Por eso el chico se aprovecho de que yo estaba sirviendo la
mesa, de pie a su lado, debido a la ausencia de su madre enferma, para hacer de
las suyas. Esta vez no se contento con acariciarme y, de un modo tan rápido como
inusitado, metió uno de sus largos deditos dentro de mi culo. Casi derramo la
comida del respingo que pegue, y solo pude musitar un "esta muy caliente" como
excusa, mientras el chiquillo se reía por lo bajo y movía su dedo con mucho
cuidado para que nadie se diera cuenta de lo que pasaba.
Lo cierto es que no se que me sorprendió mas, si la osadía
del muchacho o lo duros que se me pusieron los pezones debido a la inesperada
penetración. A pesar de servir los platos lo mas aprisa que pude ese fue, sin
duda, el minuto mas largo de mi vida. Y sentí cosas tan extrañas en mi interior
que no sabia como debia reaccionar. Estaba descubriendo placer en situaciones y
cosas que no tenían sentido, y mi cabeza no paraba de dar vueltas intentando
hallar una explicación lógica a mi comportamiento.
Esa tarde Ana, después de asegurarme que había cerrado la
habitación de su cuarto con llave insistió en jugar a las casitas. Para eso no
hacia falta encerrarse, pero vi su lógica en cuanto me hizo pasar a mi por madre
y ella se empeño en ser mi hijita pequeña. Pues lo primero que me toco hacer fue
darle el pecho como si fuera un bebe.
Me sentía de lo mas ridícula, con mi camisa desabrochada y la
pequeña medio disfrazada recostada en mi regazo mientras succionaba mi grueso
pezón con avidez. Aunque reconozco que su ávida boquita me estaba poniendo de lo
mas excitada succionando y mordisqueándome a conciencia. Mi cuerpo, a mi pesar,
se estaba dejando llevar cada vez mas, permitiendo a la pequeña escuchar mis
cada vez mas continuos gemidos de placer.
Y justo cuando la jovencita estaba empezando a acomodarse en
mi regazo, deslizando una de sus manitas osadamente bajo mi vestido la puerta se
bario de par en par. No se si porque la cerro mal, o porque el padre sabia como
debía abrirla desde fuera, pero el caso es que de repente me encontré cara a
cara con el. No sabría describirles su mirada, ni tampoco las veinte mil cosas
que pasaron por mi mente en esos largos segundos, pues lo único que se me
ocurrió fue cerrarme la camisa torpemente ruborizándome mientras la pequeña se
alejaba de mi en silencio.
Santiago, cuando al fin aparto sus ojos de mis pechos, se
giro hacia su hija y le dijo, con la voz algo enronquecida, que ya sabia que no
le gustaba que cerrara la puerta con pestillo. Luego se volvió hacia mi, y me
dijo casi en un susurro que ya hablaríamos después. Yo solo atine a asentir,
temblando por anticipado ante lo que se me avecinaba.
CONTINUARA...
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