Tarde.
El ocaso esta por llegar,
entre los edificios de cristal, concreto y acero,
se distingue un cielo, está gris y nublado.
Se palpa la humedad en el aire;
abajo, en las calles, filas de gentes van y vienen.
Todos caminan,
ella camina.
Es la salida de las oficinas.
Zapatillas de tacón sobre el enlosado,
pantalón y chaqueta color negro,
atuendo de ejecutiva, balanceado entre lo discreto y
atractivo.
El viento sopla. Agita deshaciendo el peinado,
sueltos al viento los cabellos rubios ondean.
Una cabellera ni larga ni corta.
Amenaza la lluvia inminente, gruesos goterones que caen al
piso.
Alguna gente corre.
Todos buscan refugio, ella lo busca, bajo la estrecho
marquesina de un café cerrado.
Unas personas despliegan paraguas, otros se apretujan bajo
los aleros.
Su brazo roza otro brazo, pero ella no se vuelve para verlo.
Ya cae la lluvia, gotas abultadas estrellándose contra el
pavimento.
Una línea fina de fuego centelleante surca el cielo,
el relámpago produce un trueno ensordecedor.
Asustada se estrecha contra la persona junto a ella.
Chaqueta azul de mezclilla, ve hacía abajo,
pantalones vaqueros y zapatos deportivos.
Apenada se vuelve hacía arriba,
ella se sonroja pero no dice nada.
Es guapo,
muy joven,
aunque sólo unos pocos años menor que ella.
Él sonríe, ojos y cabello castaños. A su espalda cuelga una
mochila.
Es estudiante.
Ambos permanecen en silencio, pero permanecen juntos;
ella con la mejilla tocándole el hombro,
y al ritmo que la lluvia arrecia,
subrepticiamente la va deslizando hacia el pecho de él.
Hace frío, el instinto dice a sus cuerpos que se den calor,
uno a otro.
Ella mueve la mano, al azar, quizás; y sus dedos rozan los
dedos del joven.
Un estremecimiento, de ella, otra sonrisa; de él.
El pecho de él es cálido y fuerte.
Por casualidad, quizás, sus dedos se entrelazan.
Sus cuerpos se acoplan, como hechos para estar unidos.
Truena. Truena de nuevo, y vuelve a tronar,
los estampidos resuenan terríficos en inacabable sucesión,
uno tras otro.
Ella asustada se oprime con fuerza contra él.
El joven comprende, y sin hablar, la estrecha,
brindándole la protección de sus brazos.
La lluvia salpica sobre la acera.
Las manos de él son fuertes, su abrazo es acogedor.
Ella vuelve el rostro hacia arriba y lo ve a los ojos. Son
ojos castaños,
soñadores y tristes, de mirar profundo.
Ninguno de los dos pronuncia palabra alguna, no hace falta.
Siguen abrazados en silencio, sus ojos conversan sin hablar,
los de ella interrogando, los de él contemplativos e
insondables.
Y sus labios se acercan, poco a poco, sin llegar a tocarse.
La ráfaga de truenos ha cesado y ahora
sólo se escucha el ruido de tormenta al caer la lluvia.
Y sus labios se unen.
Es un beso leve y tierno, lleno de calor. Una chispa que
apenas empieza a crepitar,
con sabor de miel y cariño.
Ella permite el paso a una lengua suave
que entra despacio a la rosa de su boca, explorando.
La tormenta arrecia.
Ellos se besan, con profundidad.
El vendaval se ha vuelto enorme.
Es un diluvio el que cae sobre la tierra.
Sus cuerpos se aprietan más.
Las manos de él recorren la espalda de la muchacha.
La joven pareja se devora a besos, entre ahogados gemidos.
La excitación crece, se desborda.
La borrasca es descomunal.
El tiempo pasa, pero para ellos vuela.
La tormenta va aminorando su intensidad.
Ella descansa,
con su cabeza recostada en el abrigador pecho de él.
Aplica su oreja y escucha el latir de un corazón ardiente.
Está tan a gusto, mientras unos delicados dedos le acarician
los dorados mechones de su cabello.
La brisa ha soplado.
Y la lluvia se disipa.
De inmediato, como abejas que abandonan el colmenar, el
gentío sale de los provisionales refugios, de debajo de aleros y cubiertas, de
entradas de establecimientos, de balcones y demás.
La muchedumbre inunda las aceras.
Todos caminan,
a ellos los arrastran,
los separan.
Filas que se mueven en direcciones contrarias.
Ella estira un brazo, sus dedos extendidos lo buscan.
Aprisionada entre cuerpos de desconocidos que la empujan es
conducida en un río de gente. Gente sin rostros, una masa humana de ropajes
oscuros, llevándola a la deriva en la oscuridad.
Lo ha perdido, vuelve a ver en todas direcciones,
se ha ido.
Está sola en medio de la multitud.
Todos caminan,
ella camina.
Hay pocas personas en la calle, se dirige rumbo a su
apartamento.
Es noche sin luna, ni estrellas.
Zapatillas de tacón sobre el enlosado.
Reflejos de faroles de calle sobre los charcos sucios
recientes de lluvia.
Esporádicos faros de automóviles que pasan fugaces.
Una solitaria paloma alza el vuelo en la oscuridad.
Un quizás, pero,
es tan grande la ciudad.
Ella sonríe.
Reflejos de faroles de calle sobre las lágrimas que corren
por sus mejillas.
Gotitas saladas de oro que caen sobre los charcos sucios
recientes de lluvia.
Para Ivonne, que hubiese comprendido.
Y para está noche oscura, que comprende.
Quizás.