Fausto: comienzo de una adicción frustrante
Debo reconocer que para la pubertad me había convertido en un
chico tímido, de pocos amigos, y malgeniado. Mi relación con mis primas para mis
14 años se fue esfumando con el tiempo. Ayudó mucho el hecho de que ambas se
mudaron a otra ciudad. De esa manera, con Patricia el alejamiento fue casi
natural. Ella dejó el asunto como si se tratase de un mal cuento, a medias y
olvidado bajo la cama. Hasta mucho tiempo después, no volvimos a tener mayor
intimidad que la de dos primos que se saludan y conversan trivialmente sobre
cualquier cosa, porque no tienen mejor tema del que hablar, ni mayor interés por
seguir conversando. Simplemente, intercambiábamos palabras porque ambos
estábamos ahí, juntos, en una misma habitación, pasando el tiempo, esperando
quizá la menor ocasión para dejar de hablar y hacer algo mejor.
Con Fabiola las cosas fueron distintas. Ella siempre había
sido muy atenta conmigo, y de alguna manera, yo correspondía estas atenciones.
Algo que me divertía mucho era el contar chistes malos, aún lo hago ahora, lo
que provocaba usualmente que mis demás primos se rieran de mí y no del chiste.
Supongo que desde chico perfeccioné esa técnica, con la cual solucioné mi
problema de falta de gracia, porque suelo ser muy duro en mis ademanes. Aunque
claro, esos chistes siempre los reservo para personas muy cercanas. Para
Fabiola, en cambio, mis bromas resultaban comiquísimas. Reía y reía sin parar, y
por ello, todos los primos la tomaban de tonta. Pero yo se muy bien como era
realmente ella, alguien muy especial (por no decir muy inteligente y sensible).
Lamentablemente, en ese momento, no supe valorarlo.
No recuerdo muy bien el momento en que se dio la ruptura.
Ahora se me viene a la mente un hecho, un rostro y cierto terror reflejado en
sus ojos. Una vez, mientras acariciaba sus piernas bajo su falda, me tomó
cariñosamente de las manos, me miró fijamente, con ternura, con las cejas
levemente hundidas, sonrió, y palmeó mi mano agresora, reprendiéndome de la
manera más encantadora.
Yo había dejado de ser, poco tiempo atrás, el niño ingenuo y
romántico; y me refiero a esa combinación, porque en verdad nunca he dejado de
ser romántico en mi vida. Siempre me ha sido difícil separar el amor del placer,
puede ser por mi acentuado lado femenino, mi sensibilidad, o por lo que se
quieran imaginar. Había empezado una carrera contra aquellas normas sociales, la
moral, que de alguna forma aprisionaba mi joven alma y mi naciente lívido.
Sentía mucha curiosidad y culpa al mismo tiempo. Sobre todo, curiosidad.
Fabiola se había convertido en el objeto de mis experimentos
sexuales. En su cuerpo encontraba el placer y el deleite de lo prohibido. Su
ingenuidad, de alguna forma, incentivaba mis juegos. Probablemente, ella siempre
fue más inteligente que yo. Me perdonó todo porque, aunque suene increíble,
estaba enamorada de mí. Aún así, no tardó en darse cuenta de mis intenciones, un
día, en que yo me paraba detrás de ella, muy cerca, para sentir el suave roce y
el erótico confort de sus glúteos arrinconando a mi miembro.
Ese momento fue el final. La distancia simplemente fue la
excusa perfecta de ella para escapar de mis pasiones. Quizá esto no les resulte
tan duro, pero me entristece el haber defraudado tanto a una persona que aún
quiero mucho. Tampoco espero que me entiendan. Cada quien se tiene que encargar
de domar a sus propios demonios. Los míos son bastantes, y a pesar de todo, no
deseo compartirlos.
Ella me tuvo miedo desde entonces. Cada vez que volvíamos a
vernos, cada momento en que nos quedábamos solos, volvía a ver en sus ojos ese
pavor oculto. Podía ver reflejado en ellos a mi propio demonio, mis ansias. Mi
destrucción. Por ello, y para no dañar tanto a nadie más, mi cuerpo se convirtió
en el objeto de mis propios deseos; y lo sometí a diversas pruebas o desafíos,
buscando a través de ello, el placer absoluto. A partir de ese momento, me
sometí a uno de mis más terribles placeres y adicciones, el sexo.
Mi primera prueba no tardo tanto en llegar. Viajé a
provincias con mi padre por una semana, acompañándolo a unos negocios que tenía
que realizar allá. Nos hospedamos en casa de unos familiares lejanos de él, los
cuales nunca había visto antes. Eran unos tíos ancianos suyos, de muy buen
talante ambos. Como en ese momento era un chico retraído, prefería quedarme en
esa casa, que tenía una huerta gigantesca, leyendo y tomando el sol. Mi padre a
su vez, salía a ver sus negocios y no regresaba hasta tarde, para almorzar
juntos.
El día de mi última mañana en el lugar, desperté temprano,
como siempre solía hacerlo, y me encaminé rumbo a la cocina a buscar un poco de
desayuno. Me di con la sorpresa de no encontrar a nadie. Así que me decidí a
realizar una pesquisa para seguir buscando algún rastro de vida en el lugar. No
había nadie, estaba comprobado. Me habían dejado solo con el perro. Este perro
era un mestizo alto, negro y ya mayor. Solía echarse a mi lado cada vez que
tomaba un poco de sol mientras leía La guerra y la paz de Tolstoi. Desde mi
llegada había observado aquel bulto bamboleante que le colgaba al perro, que en
ocasiones dejaba entrever una parte rojiza.
Con el comienzo de mi despertar sexual siempre me preguntaba
como sería el penetrar a alguien más. Antes creía que la penetración se daba a
través del ano, pero en ese momento estaba mejor informado. Aún así, la
penetración anal nunca me pareció asquerosa. Durante toda la semana espié
atentamente al perro por si decidía montarse encima de alguna perra callejera,
pero no fue así. Estaba desilusionado para cuando me dejaron solo, y el hecho de
ver nuevamente al perro con aquella cosa bamboleante, me excitó mucho. Sobre
todo porque me imaginé penetrando a una mujer.
Como quería experimentar la sensación de penetrar a alguien
más, se me ocurrió la idea de que podía llegar a parecida conclusión si yo era a
quien penetraban. Entonces, me acerqué al perro y lo fui acariciando lentamente,
primero por el lomo, poco a poco, después, por el estómago. Llegué lentamente al
bulto y lo acaricie, se sentía suave, y su pequeño falo comenzó a tomar cuerpo.
Todo esto me iba calentando aún más. Su verga estaba tiesa, y aunque no era muy
grande, me pareció increíble ver como una vara roja y delgada rozaba mis dedos.
Luego de eso me fui al baño y el perro me siguió
obedientemente, sin necesidad de llamarlo. En el baño seguí acariciándolo un
poco más, mientras mi propio pene estaba duro y excitado. Me bajé los pantalones
y me puse en cuatro. El perro no sabía muy bien como montarme porque en su
primer intento se me subió perpendicularmente. Tuve que ponerle mi culo en el
hocico para que entendiera. De pronto, sentí su verga dura y mojada golpear mis
nalgas. Yo estaba demasiado extasiado como para pensar. En un momento, logré
sacar al perro encima mío y me bajé los calzoncillos; esperaba tan solo sentir
su miembro chocar contra mi piel y no contra mis calzoncillos. Pero, no fue así.
Ni bien me puse en cuatro el perro se me trepó encima, y como si supiera lo que
hacía, sentí como su verga me penetraba por el ano. Sentí una presión en mis
entrañas, como si estuviera cagando, pero a la inversa. Me asusté. Recién en ese
momento comprendí lo que estaba haciendo. Ya era tarde. Pronto, el perro me
inundó con su semen que se deslizó por mi ano y mis muslos. El que ha vivido
esto sabe que inundar es el verbo más adecuado para describir esa sensación.
El perro se echó al piso a lamerse la verga, mientras yo,
temblando, me levanté y me acerqué al lavamanos para enjuagarme el culo. Tenía
mucho miedo, culpa. No lo volví a repetir más, pero ahora con el tiempo, no
puedo evitar excitarme cada vez que lo recuerdo. A pesar de todo, nunca volví a
tener una experiencia zoofílica. Esa fue la primera y la última.
Si llegaron hasta aquí, espero que les haya gustado mi
relato. Los invito a escribirme comentarios. Gracias por leerme.