TESTIGO DE LA HERMOSURA 18
El sentido del deber cumplido dejó nuestros deseos
amordazados la noche siguiente a la orgía. Hubo, claro está, manifestaciones
notoriamente erógenas, pero las efusiones que surgieron espontáneas seguían
mejor la ruta de la ternura. Formábamos un grupo de cuatro seres entregados a la
amistad casi con celo novicio. Fue reconfortante poder descansar con la
tranquilidad de saber que el destino se había consumado. Yo, por lo menos, lo
necesitaba. Eran muchos días de ajetreo y revolución los que habían
transcurrido, y sólo quedaba un interesante colofón para llenar las horas de los
pocos días que faltaban para la separación.
Me desperté hacia las nueve en medio de un revuelto de brazos
y piernas. Tres bellos rostros lejanos e inconscientes me flanqueaban, incluso
algún gemido cercano a un ronquido sonaba para dar más consonancia al momento.
Una vez despierto intelectualmente me dediqué a contemplar la belleza que me
envolvía mientras preveía las actividades del día. Habíamos programado el
concierto para la una, antes de comer. Los tres artistas pasaríamos gran parte
de la mañana ensayando, y Lalo debía preparar con sus padres el regreso al
hogar. Si nada cambiaba a última hora, él sería el primero en abandonar el
hotel.
Al dúo de las flores de Lakmé le habíamos añadido la
Barcarola de Offenbach y a última hora el Lied "Die Nachtigall"
que Mendelssohn compuso sobre el bello cuarteto de Goethe. Era un programa
compacto, pero muy digno. Tan sólo diez minutos de música, pero una música
excelente. El público estaba formado por mi hermana, un compañero de recepción
que nos había oído ensayar y no quiso perderse la ocasión, la ambigua madre de
Oriol, los distantes padres de Jordi, los engreídos progenitores de Lalo, su
delicioso hijo y una clienta de mediana edad que había visto charlar en
ocasiones con la madre del enano.
Como si la orgía nos hubiera traído la paz espiritual, ensayo
y concierto fueron impecables. Oriol estaba especialmente inspirado, y su voz
aflautada aún destacaba, clara y segura, por encima de la de Jordi, menos
cultivada y más dubitativa, y del acompañamiento. Presenté las canciones sin un
énfasis especial, y ya a las primeras notas el público se quedó boquiabierto.
¿Quién iba a decir que de la bella garganta de un chavalillo tan movido y
juguetón iba a brotar ese manantial de delicadeza? Por las caras que ponían,
nadie. Lalo conocía la melindrosa voz del muchacho, pero los ensayos la habían
pulido y ahora sonaba magnífica. Les había instruido concienzudamente sobre la
seriedad del momento, y aunque igual que yo notaron la sorpresa del público,
actuaron con seguridad y profesionalidad, con ligeras sonrisas que delataban su
nerviosismo. Sonoros aplausos interrumpieron el perdendosi de la primera
pieza, y vi a mi hermana complacida y sonriente actuar como claca. La madre de
Oriol no daba crédito a lo que sucedía. Su niño, esa molestia que llevaba
inexorablemente pegada a su existencia, ¡cantaba como los ángeles! Cuando el
acompañamiento insinuó los movimientos del mar, Lalo dibujó una cara amable y
agradecida. Nuevo éxito. Y para terminar, la adaptación del lied a cuatro
voces quedaba compacta y menos vistosa que en su forma original, pero la bella
armonía que Mendelssohn había compuesto estaba presente puesto que al piano yo
subrayaba los bajos y contraltos. Repertorio concluso, el público no cesaba de
aplaudir y –Lalo- de silbar. Querían más, así que repetimos las tres canciones
completas. Repetido el éxito se acercaba la hora de comer, así que cesaron los
aplausos y llegaron las felicitaciones. El padre de Lalo fue el primero en
acercarse y me tendió una mano ruda pero firme.
-Me pareció usted un poco dudoso al principio, pero veo que
es un excelente educador. Lástima que mi hijo no haya podido participar.
-Su hijo se encuentra en un momento en que la voz le juega
malas pasadas. Pero creo que en el futuro podría ser un buen barítono- mentí.
Los padres de Jordi escucharon el comentario un poco dudosos,
puesto que esa circunstancia era la que el nadador estaba experimentando, pero
su felicitación fue igual de calurosa y efusiva. Mi hermana me abrazó
amistosamente y besó a los dos niños en la mejilla. Su compañero y la señora
melómana la siguieron, y al final sólo quedaban la madre de Oriol y Lalo.
-Me he quedado maravillada- exclamó-. No tenía ni idea que mi
niño tuviera una voz así.
-Pues ya lo ve -respondí-. Tiene que comprender que el chico
merece atención en este aspecto. Debería de estudiar música, puesto que tiene
grandes aptitudes.
Creo que no la convencí. Besó a su chaval y quedó para comer
con él. Hacía por lo menos tres días que los chicos no realizaban las comidas
junto a sus padres. Lalo esperó a que todos se hubieran marchado para abrazarse
a los chavales y buscar sus bocas cálidas y esponjosas. Por si acaso, me dirigí
a la puerta de la sala y la cerré.
-Lalo, tú también deberías comer con tus padres –comenté.
-Sí, creo que tienes razón, pero antes…
Se lanzó a mi cuello y me dio un besazo mientras me agarraba
una nalga.
-A mí también me han entrado ganas de estudiar música
–añadió.
-Cuando quieras empezamos.
Yo había pensado comer con mi hermana, pero cuando llegué al
comedor la madre de Jordi me hizo un gesto de invitación y me pidió que me
sentara con ellos. No me pasó desapercibido que era mi primera comida con mis
"suegros", así que acepté felizmente. A media comida el trato se hizo más
confidencial, y el padre adoptó un tono más grave.
-Verás… para nosotros ha sido providencial que tú estuvieras
aquí. Estamos viviendo unas circunstancias un poco ingratas y no queríamos
perjudicar a Jordi, que es un buen muchacho pero aún joven para según qué cosas.
Casi lo hemos perdido de vista, pero a tu lado ha mejorado, y lo vemos siempre
contento y sonriente. Además ha establecido una gran amistad con los demás
chicos, y se nota que estáis cómodos. No sé si éste es un servicio corriente en
los hoteles de montaña, pero nos parece que tú eres un gran profesional y, desde
luego, esperamos poder repetir el año que viene, si las circunstancias lo
permiten.
La madre tosió sospechosamente al escuchar esas últimas
palabras, y Jordi se dio cuenta y bajó la cabeza. Había algo más que yo no
sabía, pero no era nadie para preguntarlo. Mi niño se levantó para ir a buscar
algo de postre, así que todo se fue aclarando:
-Yo… No sé si sabes que nos estamos separando. Eso sí…
civilizadamente. Ya está todo más o menos arreglado, todo… excepto Jordi. Lo
lógico es que el niño se quede con el que disponga de más tiempo de los dos,
pero…
Reflexioné un momento. Sí, lo más lógico es que, en caso de
separación, un hijo de trece años se atribuya al cónyuge que dispone de más
tiempo para dedicarse a él. La mujer continuó:
-…pero mi empresa me ha recomendado un cambio de domicilio,
puesto que mi jefe se traslada a la central…
-Y ¿dónde está la central? –pregunté impaciente.
-…en Nueva York.
-¿Lo sabe Jordi?
-No. Se lo imagina –aseveró el padre-. Pero no lo sabe
seguro. A su edad cuesta mucho rehacer un marco de relaciones, está claro. Se
podría quedar conmigo, pero yo no dispongo casi de tiempo que dedicarle. Viajo
constantemente y…
"Otra molestia", pensé. La gente tiene hijos pero no acepta
la responsabilidad que de ello se deriva. El mismo caso que había conocido en
otras ocasiones.
-De todas maneras –continuó la madre-, esto no se hará
efectivo hasta el nuevo año. Hay tiempo para pensarlo.
Me quedé absorto. Era consciente que mi relación con el
chaval iba a resultar difícil después de Julio, y por lo tanto contaba que lo
podría ver tres o cuatro veces al año. Recordé que al principio de estar
enamorado de él me había planteado dejar mi trabajo en Bilbao y trasladarme a
Barcelona, pero lo había descartado. Me entró un extraño nerviosismo: estaba
gozando de los últimos y definitivos días al lado de un ser tan excepcional. Me
invadió la tristeza. La distancia quiebra todos los sentimientos. Jordi regresó
con varios helados y cambiaron de tema.
No quería que se enterara de su destino a través de mí, así
que después de la comida fingí que todo estaba igual. Subimos a mi habitación,
nos desnudamos y echamos una siesta. Yo me abracé con más ternura que nunca a
ese cuerpo perfecto, y Lalo y el enano copiaron nuestra actitud. Cuando todos
dormían una señal acústica me avisó de un mensaje. Lo leí. Ray estaba a punto de
llegar. Miré a los muchachos. Observé una ligera sombra sobre el labio superior
de Lalo. ¿No me había dado cuenta o no había querido verla? Me aparté de grupo y
me dirigí al baño, desde donde llamé a mi amigo y le propuse hacer un poco de
teatro en el momento de su llegada. Querer intensamente a una persona no
significa que no haya lugar para una pequeña broma.
No había visto a Ray desde finales de Agosto del año
anterior. Solíamos entrevistarnos cuatro o cinco veces al año, pero él había
decidido nuestra separación por ese período inusual. Yo lo había aceptado porque
sabía la razón. Mi amigo había comenzado a tomarse muy en serio el culturismo,
había tomado a un entrenador privado y estaba desarrollando su musculatura de
forma excepcional. Siempre había sido un chico muy atlético, como todos los que
se relacionan conmigo, pero ahora se había decidido a mostrarse más musculado.
Para mí eso no resultaba necesario en absoluto: admiraba su atractivo natural
aunque había perdido la ternura de la adolescencia. Además me preocupaba que la
musculación arrebatara a Ray su capacidad de seducción natural y, sobretodo, la
sedosidad extrema de su piel. Por otro lado los cuerpos con músculos muy
desarrollados no formaban parte de mi experiencia, y tenía curiosidad por
descubrir si se mantendría intacta mi tendencia al abrazo. Un cuerpo joven y
fuerte siempre apetece abrazarlo; un hombre con los músculos marcados
artificialmente no sabía si me estimularía a ello. No cabía más que esperar.
Desperté a los cachorros y nos fuimos a la piscina. Jugamos
un rato en el agua y luego nos sentamos en la terraza. Lalo se ofreció para ir a
buscar unos refrescos. Y entonces apareció Ray. Estaba impresionante. Llevaba
una camiseta negra de tirantes, pero casi sin tirantes. Sus músculos pectorales
me parecieron enormes. Casi aparecían por los laterales de la prenda. Sus brazos
eran gruesos y muy separados del cuerpo. Sus manos se veían grandes y viriles.
Unos pantalones de chándal azul, como de terciopelo, cubrían sus piernas, que se
recortaban hinchadas ocupando todo el espacio que dejaba la tela. El paquete se
marcaba claramente, por supuesto no llevaba ropa interior. Y el culo… no lo vi
directamente, puesto que se acercaba a la mesa de cara, pero se insinuaban unos
glúteos firmes y gruesos, imponentes. La camiseta, deliberadamente corta,
mostraba unos abdominales exquisitamente recortados. Lucía un bronceado
perfecto, como era costumbre en él, y el blanco de sus ojos color miel destacaba
enormemente. Se había dejado el pelo largo y ondulado, deliberadamente
descuidado, al estilo David Bisbal. Me sonrió mientras se acercaba y sus dientes
blanquísimos se matizaron bajo el sol temible de la tarde. Me levanté para
abrazarlo y pude comprobar que su espalda era tan suave como siempre. Lo hubiera
besado, pero eso era algo que él no aceptaba en un lugar público. Se sentó en la
silla que había dejado vacía Lalo y lo presenté a mis muchachos.
-Chicos, éste es mi amigo Ray.
Él observó con calma a mis acompañantes y cruzó conmigo una
mirada inquiridora.
-Veo que conservas la forma –comentó señalando con un
movimiento de cabeza a mis niños-. Son unos chavales guapísimos.
Y dicho esto, miró alrededor como comprobando que su
comentario no había sido captado por personas ajenas a nuestra conversación.
-Tú sí que estás increíble. Impresiona verte así.
-¿Te gusta? –preguntó alzando levemente los brazos y
mirándose los pectorales.
-Un montón. La gente se debe dar la vuelta para observarte.
-Sí. A las tías les encantan los cuerpos fibrados.
Había destacado la palabra "tías" como si tratara de marcar
el territorio, como si pretendiera establecer una frontera. Pensé que lo había
dicho por los niños. Pero en ese momento se acercaba Lalo. Ray lo descubrió y me
hizo una señal con la cabeza. Los chicos estaban mudos. Lalo dejó las bebidas
sobre la mesa y buscó con la mirada una silla libre para apropiársela. Se había
dado cuenta de que había una persona más pero no se había fijado en ella.
-Yo, un zumo de melocotón bien frío –pidió dirigiéndose a
Lalo. Le había tomado por el camarero, algo imposible, puesto que el chaval
llevaba sus bermudas de camuflaje sin nada debajo. El guerrero permanecía de
pie, sin decir nada. Finalmente habló:
-¡Ramón! ¿Cómo puede ser?
Ray se hacía el sueco. Me miró y me preguntó:
-¿Cómo va todo por aquí?
-Bien. Un verano muy caluroso en todos los sentidos
–respondí.
-Ya te pillo –respondió con una sonrisa irónica y mirando a
los muchachos. Estos callaban, inquietos. Lalo permanecía levantado, observando
la escena como un tonto.
-Ramón, tú eres Ramón –dijo.
Ray lo miró con desinterés.
-Me llamo Ray –masculló.
-Yo te conozco. ¿No me recuerdas?
No hubo respuesta. Jordi y Oriol no podían dar crédito a lo
que estaba sucediendo.
-Tú y yo vamos al mismo gimnasio –insistió-. Al Sporting de
Las Rozas.
-Sí.
-¿Y no te acuerdas de mí? Soy Gonzalo. Coincido casi cada día
contigo.
Ray parecía querer recordar, pero no podía.
-Pues no caigo, chaval.
Lalo ponía cara de desesperación. Ray lo miró de arriba a
abajo. En vez de detenerse en su rostro, detuvo la mirada en el paquete.
-Si fueras una piba, seguro que me habría fijado en ti
–concluyó casi con desprecio.
Al guerrero le temblaba el labio inferior. Estaba haciendo un
espantoso ridículo.
-Lalo, siéntate y cállate ya –soltó Oriol.
Y como si se arrepintiera de su brusquedad, ofreció el
asiento a su amigo, que se sentó maquinalmente y miró al suelo. El pequeño trajo
otra silla y se abrió un espacio entre Jordi y Ray.
-¿Qué hacéis aquí para no aburriros? –preguntó el recién
llegado, más tranquilo.
-¡Follamos! –exclamó Oriol.
-¡Cállate! –gritamos los demás al unísono.
-Hay mucho que hacer: deportes de aventura, navegar,
montañismo… -añadí yo.
-Subimos al Aneto, ya hace días –señaló Jordi.
-Es una ascensión arriesgada y difícil –exageró Oriol,
colocando su mano izquierda sobre el muslo de Ray-. Cuando te crees que estás en
la cima falta aún la parte más difícil: una cresta muy peligrosa.
-El puente de Mahoma –sentenció Ray.
-¿Lo conoces? –inquirió el enano-. ¿Has estado allí?
-Pues claro. Subí con un amigo, hace ya años.
Al responder, Ray acarició levemente el rubio pelo del
muchacho.
-Un amigo… ¿muy amigo? –cuestionó el niño, acercándose un
poco más.
Ray no respondió. Sólo sonreía. El pequeño se aproximó más y
se sentó en la rodilla del nuevo, que lo aceptó discretamente.
-Un amigo… ¿O más que amigo? –insistió.
-Vale ya, Oriol –interrumpí.
-Así que te llamas Oriol, como mi hermano –sentenció Ray.
La mano izquierda de Oriol acariciaba "inocentemente" el
vientre de Ray y subía hacia los pectorales por debajo de la camiseta.
-Pero tengo otros nombres.
-Ah, ¿sí?
-Por ejemplo, Jefe.
-Será G. F.
-Bueno sí. ¿Sabes lo que significa?
La mano estaba en el pezón, que se erguía por momentos.
-¿Podría ser Gran Follador? –insinuó el joven, sonriendo.
-¡Muy bien! ¿Quieres ver dónde lo tengo tatuado?
Ya estaba a punto de bajarse el bañador.
-Tendrías que renovar el repertorio, Sóc. ¿O es que te falta
inspiración?
-Te alojarás en mi habitación –corté, bastante incómodo.
-Me lo imaginaba. Muy bien.
-¿Dónde tienes el equipaje? ¿En el coche?
-Sí.
-¡Vamos a buscarlo! –exclamó el enano, poniéndose en pie.
-De paso aprovecho para ponerme el bañador. Me apetece un
baño.
Cuando se alejaron un poco, Lalo habló casi con urgencia:
-Éste es el Ramón que os conté del gimnasio, el que me cae
tan bien.
-¿Estás seguro? –dudó Jordi-. Pues él parece que no te
reconoce.
-Sóc, ¿es amigo tuyo? ¿El amigo de Madrid de quien me
hablaste?
-Sí.
-Pues no lo entiendo –se torturaba-. ¿Tú sabes qué le puede
empujar a simular que no me conoce?
-No lo sé. Quizás no le da tanta importancia a la gente del
gimnasio. Quizá simplemente no te recuerde. Ha pasado un tiempo. O quizá no le
agrade encontrarse con gente conocida que no esperaba.
-Lalo, ¿seguro que no nos metiste una bola, el otro día?
–insinuó Jordi-. Además ha dejado claro que no se llama Ramón.
-Sí se llama Ramón –intervine-. Lo que pasa es que yo hace
años que le llamo Ray. Él quiso que lo llamara así cuando tenía doce años.
-¿Desde los doce años te lo follas? –preguntó Lalo.
Jordi escuchaba muy atento la respuesta.
-¿Y eso qué tiene que ver ahora?
-Ya veo que sí –concluyó el madrileño con amargura.
-Sóc, no me quieren dar la llave de tu habitación
–interrumpió Oriol desde lejos.
-Ya voy.
A medio camino de recepción mi di la vuelta. Lalo estaba
cabizbajo y ofendido. Jordi intentaba consolarlo. "Haremos que la broma dure
poco", pensé.
Separé cincuenta centímetros la dos camas de mi habitación e
indiqué a Ray cuál sería la suya. Abrió la bolsa que llevaba. Oriol no se perdía
detalle. Estaba extrañamente callado.
-Me bajo a la piscina. ¿Necesitas algo? ¿Quieres que te ayude
con la ropa?
-¡Ya me quedo yo a ayudar! –se adelantó el pequeño.
-Nos vemos abajo.
-Hemos decidido que ignoraré su actitud –dijo Lalo sin darme
tiempo a sentarme-, actuaré como si lo acabara de conocer.
-Me parece bien.
-Te juro que no entiendo nada, pero me voy a comportar como
si no hubiera pasado.
-Por cierto, Lalo, ha llegado un amigo mío que es de Madrid,
como tú –bromeé,- Luego te lo presento.
Por primera vez en un rato, sonrió. Y cuando vio que se
acercaba Oriol, su sonrisa se ensanchó.
-¿Te ha echado? –preguntó.
-Sí. Iba a desnudarse para ponerse el bañador y me ha
largado. Tiene unos hombros así. ¡Y unas piernas! ¡Y un culazo!
-¿Lo viste en ropa interior? –preguntó Jordi.
-¿Ropa interior? –replicó el más pequeño-. ¿No te diste
cuenta de que no llevaba?
-¿No llevaba? –se extrañó Lalo.
-Tú no te fijas en eso. –le respondió-. Tú eres hétero.
-Tú también lo serás cuando seas mayor. ¿No dijiste que se te
levantaba cuando Laura te acariciaba?
-Sí, pero los machos también me gustan. Y este tío está
cañón.
Me reí. Hacía años que no escuchaba esa expresión. Imaginé
que su madre lo debía comentar acerca de alguno de sus pretendientes.
-Bien, veamos. Dejadme que os aclare algunas cosas. Ray es mi
amigo desde hace años. Seguramente no sea mi mejor amigo pero yo sí lo soy para
él. Ha venido porque cuando termine Julio pasaremos un par de días juntos en
Andorra. Pero no os equivoquéis. Acepta bien las bromas y los rollos masculinos,
pero es abiertamente heterosexual. No os hagáis esperanzas, porque ese tema creo
que en seguida os lo dejará claro. Ahorraros, por tanto, cualquier incursión en
ese terreno. Puede llegar a ser cruel. Acostumbra a dejarse seducir y luego te
llevas el corte. ¿Me explico?
-Así es como es el Ramón que yo conozco –confirmó Lalo-. Un
calientapollas.
-No me creo que no te lo hayas follado –desconfió Oriol.
-Si me lo he follado o no es cosa mía. Yo sólo os aviso.
-Se acerca –cortó Jordi.
Su presencia era inevitablemente estremecedora. Un bañador
tipo bóxer marrón claro, bastante ajustado, era la única prenda que llevaba
puesta. En la mano, una toalla de baño completaba su indumentaria. Noté que mi
polla se complació de verlo. Radiaba belleza: el cuello hercúleo, unos
pectorales muy desarrollados, sus pezones algo más grandes que antes y muy
apetecibles, los brazos potentísimos, las piernas recias y poderosas y, como
siempre, el paquete sugerente al máximo. Decidí que sí, que sentía ganas de
dormir con él.
-Estabais hablando de mí –arbitró un poco engreído-. ¿Les has
avisado?
-Sí.
-Bien hecho, porque así nos ahorramos sorpresas. Bueno, tú ya
sé que te llamas Oriol. ¿Y tú?
-Yo, Jordi.
-Vaya, vaya. ¿Por qué te gustan tanto los catalanes?
–preguntó Ray mirándome directamente, sin sentarse.
-Y éste es Gonzalo –continué-, de Majadahonda, como tú.
Se acercó a Lalo y le dio la mano sin alargarla demasiado. De
hecho, las manos se encajaron a pocos centímetros de la polla del recién
llegado.
-La verdad, no me suenas –comentó-. ¿Eres de Majadahonda y
vas al Sporting de Las Rozas?
-Sí.
-Bueno, me voy a tomar un baño. ¿Alguien viene?
Le acompañaron Jordi y Oriol. Yo me quedé sentado porque
quería observar con detalle el trasero de mi amigo. Aquél culito tierno y tan
proporcionado que yo conocía había dado paso a un culazo exuberante y atrayente.
Intenté imaginar cómo sería follarlo abrazando al mismo tiempo ese fornido pecho
y esas espaldas enormes, devorándole mientras tanto el cuello a lametones. Tenía
que ser magnífico, y mi polla estaba de acuerdo, porque se irguió
apreciablemente.
-Se te está poniendo dura –avisó Lalo.
-¡Y tú, cómo la tienes?
Quise observar su paquete pero se tapaba con las manos.
-Podré resistirlo.
-Espero que la llegada de Ray no distorsione nuestra
relación.
-Me parece que ya la ha distorsionado –apreció Lalo-. Mira.
Oriol estaba colgado del cuello de mi amigo, gritando
cualquier cosa. Jordi se situaba a cuatro pasos, mirando atentamente. Hablaron
durante un rato. Luego el pequeño se encaramó a los hombros de Ray para saltar.
Lo hizo unas cuantas veces.
-¡Cuando se monta en los hombros le restriega todo el
paquete! –observó Lalo.
De repente Ray agarró al enano por las axilas y lo echó
lejos. Se dio la vuelta y buscó el borde de la alberca. Se paró un momento y
comenzó a cruzar la piscina en crawl. Jordi lo siguió. Cuando notó al nadador a
su lado se paró e intercambiaron algunas palabras. Pronto estaban nadando lado a
lado, sin ánimo de competir. Se paraban cuando llegaban a un extremo y
comentaban la jugada. Oriol lo observaba desde lejos. En una ocasión
Ray pasó el brazo alrededor del cuello de mi niño en un gesto
de amabilidad. Era la primera vez que había contacto físico entre ellos, y a
Jordi le gustó. Lalo me miró, pero no dijo nada. Sólo observaba mis reacciones.
Ahora nadaban estilo braza. Mi amigo ha sido siempre un buen nadador, con un
estilo que no desentonaba al lado de un campeón como Jordi.
-Si se pasan a mariposa, me apunto –anunció el guerrero.
-Harás bien.
Y así ocurrió. Pronto estaban los tres sirenos
surcando las aguas. Oriol no se cansó de esperar. En el borde iba sumergiéndose
y buceando pequeños tramos. Me recordó al niño solitario de los primeros días,
hacía casi un mes. El salvavidas llamó la atención a los tres nadadores. Por lo
visto estaban molestando a otros bañistas. Se quedaron en una esquina, la
opuesta a donde se encontraba el enano, pero éste se acercó lentamente. Yo hice
lo mismo, después de terminar mi cerveza. Hubiera apostado que el tema de
conversación eran los músculos. Así fue. Ray estaba explicando el proceso que
había seguido para desarrollar su impresionante musculatura.
-Hace justo un año pesaba once quilos menos –comentaba cuando
me vio llegar-. ¿Te acuerdas, Sóc?
-Claro que me acuerdo. Estabas realmente atractivo. Menos
desarrollado, más natural, pero realmente atractivo.
-Entonces, ¿no te gusto?
Movía los brazos como si adoptara poses de culturismo. Sus
bíceps brillaban con los reflejos del sol de la tarde. Los tres chavales
prestaron atención a la respuesta. Había dejado claro que no participaba de las
relaciones con hombres pero mantenía una actitud coqueta y vanidosa. Un
calientapollas.
-Claro que me gustas. No voy a cambiar mi opinión por cuatro
musculitos.
-¿A esto le llamas cuatro musculitos? –intervino Oriol,
agarrándole el bíceps derecho.
-Eh. Se mira pero no se toca –advirtió Ray.
El niño respondió con una mueca y se apartó un poco. Salimos
del agua, Jordi a mi lado y los demás detrás.
-¿Tenéis hambre?
-Yo sí –dijo el calientapollas-. No he comido nada desde las
once.
Fui a buscar merienda. Cuando regresé estaban absortos
escuchando sus historias de culturista. Yo no tenía muchas ganas. Precisamente
me había tocado escuchar montones de historias sucesivas durante la adolescencia
de mi amigo: motos acuáticas, motos de trial, videojuegos, coches… Ray podía
llegar a ser muy pesado. Claro que los chavales lo veían diferente. Les
cautivaba algo tan prosaico como unos músculos de laboratorio. Yo no quería ser
injusto. Desde muy joven mi amigo madrileño se había visto tentado por la
musculación, pero su padre se lo había prohibido. Por fin, a los veinte años
había comenzado a acudir asiduamente al gimnasio. El verano anterior ya se había
mostrado algo desarrollado, aunque todavía no había empezado con las bebidas y
dietas específicas. Su cuerpo era muy distinto, pero el ser era el mismo: aquél
adolescente que yo había amado con locura durante años y que ya se había
convertido en un hombre. Muy atractivo, pero un hombre.
Estaban cerrando la piscina y casi nos echan. Fuimos a parar
a mi habitación. Hacía un calor insoportable. Incluso con las ventanas abiertas
la temperatura era muy alta.
-¿No hay aire acondicionado? –preguntó el nuevo.
-Nunca ha hecho falta en un hotel de montaña –respondí.
-Es el cambio climático –observó Jordi-. Con tanto dióxido de
carbono la naturaleza está desconcertada.
-Tú entiendes de eso?
-Un poco.
Mi amado se sintió realmente importante por la atención que
le dispensaba Ray. Le contó todo lo que sabía. Todos escuchábamos atentos, pero
Ray miraba a Jordi de una forma especial. Acabada la perorata, el mayor lo
abordó directamente:
-¿Sabes que tienes un buen cuerpo?
Jordi se ruborizó ligeramente. Eso era desconocido para mí.
La opinión del nuevo debía ser muy importante para él.
-Levántate –continuó-. Ponte así. Tienes unos hombros muy
desarrollados, y unas piernas fuertes. Si empiezas pronto, te puedes poner
imponente. Un par de años y…
Le tocaba el cuello y la espalda, mientras iba enumerando los
músculos que tocaba y la progresión que deberían seguir.
-¿Y yo? –cortó el jefe, metiéndose en medio-. ¿Y yo?
-Espérate un momento –y lo apartó a un lado. Se dirigió de
nuevo al nadador.- Date la vuelta. Sóc, imagínate este pecho tan ancho con unos
buenos pectorales, bien marcados.
-Ya le llegará el momento. Es muy joven.
Le dio una palmada amistosa en la espalda y se dio la vuelta.
-A ver, Oriol, acércate. Estate quieto. Hum… Buenas espaldas,
tienes los omoplatos muy marcados. Eso le gusta mucho a Sóc, pero eso ya lo
debes saber. Me gusta cómo se ensanchan los hombros desde la cintura.
-¿Te gusta?
-Es una opinión profesional. Tienes un cuello fuerte, aunque
seas un niño.
-¡Yo no soy un niño!
-¿Cuántos años tienes?
-Once.
Nos reímos.
-Bueno, los cumplo dentro de un mes. Mírame los brazos.
Forzó para que se le marcaran los bíceps.
-No está mal –opinó el experto-. Están bastante duros.
-¿Quieres ver algo realmente duro? –saltó el pequeño, con una
chispa en los ojos.
Se dio la vuelta y allí estaba su permanente erección
claramente trasparentada por el mínimo bañador. Todos reímos a gusto, excepto el
protagonista.
-Sabía que lo dirías –respondió Ray riendo también-. Eres un
guarro previsible. Te lo he servido en bandeja.
Nos reímos con más ganas aún y el enano fingió enfadarse y
mostrarse incomprendido. Nadie se lo había pedido, pero se soltó el cordón del
traje de baño y tensó la goma. Su capullito asomó y saludó al público.
-Ten cuidado con la lámpara del techo –bromeó Ray.
Y se acercó a Lalo.
-Veamos, Gonzalo, si se nota el gimnasio –apuntó al cabo de
un rato.
El chico se colocó frente a mi amigo. Estaba muy serio.
-Marca bíceps. Muy bien. ¿Lo veis? Se nota que están
trabajados.
Lo iba tocando desacomplejadamente. Creo que todos recordamos
en ese momento los comentarios de Lalo sobre el compañero de gimnasio y los
deseos que había expresado de estar con él. ¿Qué debía sentir en este momento?
Me pareció que Ray disfrutaba acariciándole la piel. Se detenía agarrando cada
músculo más tiempo del necesario.
-Mirad estos pectorales. Así estaba yo el año pasado, ¿te
acuerdas? Vas muy bien. ¿Cuánto tiempo llevas?
-Desde Enero –respondió Lalo, nervioso.
-Realmente muy bien. Sigue así. ¿Y los abdominales? Ya debes
saber que es lo que más cuesta. Se deben trabajar duro, sin dejarlos nunca.
Mira, toca los míos. Y esto solo en un año.
El guerrero tocó tímidamente el vientre del mayor, algo que
yo aún no había hecho y deseaba hacer. Asintió y separó la mano.
-No te cortes, ¡joder!
Y le agarró la mano y la deslizó por su barriga sin ningún
reparo.
-¿Sabes lo que va muy bien? Buscarse un compañero para las
rutinas. Mientras uno descansa el otro trabaja, y se pueden ayudar si hace
falta. Si te buscas a uno que esté más avanzado que tú, te desarrollarás más
rápido. Pero búscate a uno que sepa el terreno que pisa. En los gimnasios hay
mucho garrulo.
-¡Perchas con patas! –exclamó Oriol.
-Pues sí –continuó el nuevo-. Tienes futuro, chaval. Estás
muy proporcionado.
-Los últimos meses compartí rutina con uno que se llama
Ramón, un tipo cojonudo, y me fue muy bien. Está muy desarrollado, yo diría que
algo más que tú, y más harmonioso. Pero lo perdí de vista en Junio.
Admiré el atrevimiento de Lalo. El chaval sabía lanzar
indirectas justo donde más duele. Ray hizo una mueca y se sentó en la cama.
Fingió no verse turbado por el comentario de su compañero.
-¿Y qué hacéis normalmente a estas horas? –preguntó, sin
querer perder en ningún momento el centro de todas las miradas.
Oriol iba a hablar, pero él fue más rápido y lo atrajo hacia
si tapándole la boca.
-Y no me digas que follar, que tú no tienes edad –añadió.
El pequeño protestaba y quería zafarse, desconcertado. Mi
compañero lo sujetaba con sus fuertes brazos y mantenía gran parte de su cuerpo,
sobretodo las piernas y el paquete, en contacto con el niño. Jordi me miró,
igualmente confuso. Ray estaba haciendo con el jefe lo mismo que había hecho
conmigo durante años: rechazarlo primero y luego sobarlo. Rechazar y luego
agasajar, su técnica favorita. Me había vuelto loco durante mucho tiempo aquella
ambigüedad, hasta que me acostumbré y adopté una técnica que contrarrestara esa
incomodidad.
-¿Jugamos unos billares? –propuso Lalo.
Había ganado muchos puntos de autoestima hacía un momento, y
quizá en el billar podría demostrar su superioridad y bajarle los humos al
recién llegado.
Bajamos al salón de juegos. Eligieron el billar americano.
Gonzalo y Ray comenzaron a jugar ignorando al pequeño Oriol, que pululaba
alrededor. Jordi y yo nos sentamos a un lado. Pedí un gin lemon. Mi amado me
acribilló a preguntas. Estábamos sentados uno frente al otro, pero al fin me
coloqué a su lado para poder abrazarlo. Estábamos solos en la sala. Los demás
clientes seguramente estaban en el jardín o en la terraza de la piscina, que
abrían nuevamente después de haber limpiado. Me pareció que los dos madrileños
congeniaban bastante, a pesar de la rivalidad en el juego. Me alegré. El enano
no acababa de encontrar su papel, y se pegaba mucho al mayor, aplaudiendo sus
aciertos. Aprovechaba cualquier excusa para acercarse y buscar el contacto con
él. Éste lo toleraba pero lo mantenía a raya, siempre sin brusquedad. Nos
habíamos vestido mínimamente, camiseta y lo que llevábamos debajo. El culturista
estaba exuberante, con su camiseta de tirantes que dejaba los omoplatos al
descubierto y el breve bañador Nike. Lalo también estaba exquisito, incluso
parecía mayor.
-Explícame ya qué significa Ray para ti –dijo mi niño, como
si hubiera llegado el momento de algo previsto.
-Pues mira: es un hombre que era un chico al que quise de
verdad.
-¿Y ahora?
No encontré ni un mínimo gesto que delatara celos. Era simple
curiosidad. Estaba claro que el nuevo madrileño le caía bien, pero sabía que
para mí era algo más que un colega. Un colega diez años más joven que yo.
-Yo mismo me lo pregunto. Hay algo que tengo claro: cuando
amo a un chico no lo olvido jamás. Ray me volvió loco en etapas sucesivas, desde
los trece hasta los diecinueve años. Y ahora lo quiero con toda el alma, de
forma serena y equilibrada, no de forma apasionada e incontenible como cuando
era un chaval. Lo considero un gran amigo.
-Antes dijiste que no era tu mejor amigo.
-Yo soy su mejor amigo, sin duda, por la confianza que me
tiene, porque no tiene secretos para mí, porque sabe que estoy
incondicionalmente a su lado, porque mi lealtad es total… Pero él no es mi mejor
amigo porque le faltan alguno de los ingredientes que acabo de especificar. Es
muy egocentrista, ya lo ves. Y me doy cuenta de que con el tiempo lo va
perdiendo, pero le falta la empatía indispensable para ser el mejor amigo.
-¿Y quién es tu mejor amigo?
-Oh, no está aquí. Con él tengo una amistad más pura, menos
erótica. Tiene veinticinco.
Lo abracé tiernamente y besé su pelo. Deseaba estar con él,
pero antes quería descubrir hasta qué punto deseaba al nuevo Ray.
En la cena el forzudo sacó sus mejunjes y volvió a ser el
centro de atracción. Después subimos a la habitación a jugar algunas partidas de
juegos de mesa. Oriol se mostró extrañamente iluminado:
-¿Os importa si me quito la ropa? No soporto el calor.
Y se despojó de su camiseta de manga corta y del bañador.
Tenía la polla algo levantada. Jordi lo imitó, sin darle más importancia al
hecho de quedarse desnudo delante de un desconocido. Así que eso es lo que
habían pactado entre cuchicheos cuando me levanté a buscar los postres. Pensé
que era una buena estrategia. La llegada del culturista había alterado nuestras
costumbres. Si antes íbamos desnudos y nos abrazábamos y besábamos a menudo,
¿por qué no podíamos ahora? ¿Acaso no era de confianza la persona que se había
sumado a nuestro grupo? Gonzalo dudó. Creo que temió que una erección inoportuna
pudiera molestar a su compañero de gimnasio. Pero terminó cediendo a la lógica.
Además, Ray lo había dejado en muy buen lugar cuando comentó su portentoso
físico. Una mano me agarró el miembro antes de que pudiera despojarme de la
ropa. Oriol se lo iba a meter en la boca cuando lo paré. Lo agarré del pescuezo
y lo acerqué a mi boca. Besé sus dulces labios y le dije al oído:
-Sólo besos y caricias. Si no, se cabreará.
Ray fingió no percatarse de estos devaneos. Cuando observó
que todos estábamos desnudos anunció con toda naturalidad:
-Ya me perdonaréis que no siga las tendencias de la moda. Yo
tengo mi moda propia, y os aseguro que no es como la vuestra.
Pareció que Lalo iba a protestar, pero al final no dijo nada.
Me pareció que tenía su esbelta polla algo levantada. Jugamos al tabú durante un
rato. Formamos dos equipos: los dos más pequeños y yo contra los madrileños. La
verdad es que el trato entre nosotros era muy cordial, pero entre los de Madrid
era más fluido, con una complicidad más abierta. Si no conociera perfectamente a
Ray, hubiera dicho que iban a liarse, pero eso no era posible. Se hubieran roto
todos los esquemas trazados durante años de constancia. Cuando nosotros
sumábamos un punto, los abrazos y besos se sucedían a menudo. Incluso alguna
lengua se escapaba. A medida que aumentaba nuestra ventaja, mi ejército se
tornaba más atrevido. Yo estaba en medio abrazando a mis cachorros, acariciando
de vez en cuando sus hombros, sus pezones, sus barrigas. Algún entreacto besé
descaradamente a Jordi, hecho que empujó a Oriol a intentar de nuevo chuparme la
polla. Me la puso dura en un momento, pero el juego debía continuar, y nos
tocaba. Mis dos compañeros también estaban erectos, de manera que Ray bromeó con
los nombres de los equipos:
-Juegan de nuevo los tiesos, que procurarán aumentar su
ventaja. Pero los flácidos no se dejarán amedrentar y tienen cuerda para rato.
Dicho esto miró hacia la polla la Lalo, que estaba creciendo
por momentos.
-¿Dije los flácidos? –corrigió.
Nos reímos afablemente. Esos comentarios habían quitado mucha
tensión, y nuestras demostraciones de cariño fueron más abiertas.
Acabado el juego, parecía que la intimidad se había
multiplicado. Tanto, que el último en llegar se atrevió a formular una pregunta
atrevida:
-A ver, contadme qué rollo os lleváis. ¿Os lo montáis los
cuatro?
-Sí. –gritó el enano.
-¡No! –exclamó Lalo.
Una explosión de risas.
-Te ha tocado responder a la pregunta –impuso el nuevo,
señalando a Oriol.
-Todo empezó cuando fuimos al lago que nos desnudamos y luego
Lalo se hacía el duro y no me dejaba que le restregara el paquete y Sóc se lió
con Jordi y querían pasar de mí, pero yo me metí en medio y follamos y nos
chupamos cuando nos apetece y algunos días tres o cuatro veces y vamos siempre
desnudos y nos fuimos de acampada y casi nos pillan pero Lalo se cortó y se fue
porque había unas tías que a mí también me la ponían dura pero no follaban y
tenemos una fotos guarras que nos hicimos en el Aneto y tenemos cada posición
que parece el Kama Sutra y somos los cuatro mosqueteros con la espada siempre a
punto…
-¡Vale ya! –gritó Ray-. No estoy pidiendo informes para luego
hacerme pajas.
Su elocuencia sorprendió a los muchachos, que se quedaron
mudos.
-¿Me equivoco si digo que Jordi y Sóc están liados?
–continuó-. Vaya, que son amantes. Tu, Oriol, eres un calentorro entrometido y
Gonzalo está como más suelto, como si fuera un satélite.
-Yo soy claramente heterosexual, pero me he dejado llevar por
la corriente –dijo Lalo.
-Ya sé a qué te refieres: tu cerebro dice que no pero tu
polla dice que sí. Como ahora.
Lalo se miró la polla. Estaba absolutamente tiesa y bien
lubricada. Su capullo llamaba la atención de los transeúntes, esperando una
buena mamada. Mantuvo el aplomo.
-Por lo que intuyo, lo sabes por experiencia –respondió.
-Eso, eso –gritó Oriol-, cuéntanos tus rollos con Sóc.
Creo que mi antiguo amante se moría de ganas. Generalmente
mantiene oculta su relación conmigo, pero me pareció que deseaba ser sincero,
por una vez.
-Esto es absolutamente confidencial –dijo mirando a Lalo.
Pareció un cierto reconocimiento de que había estado jugando
con él.
-Nos conocimos hace diez años y 29 días. Sóc era mi monitor
de campamentos. Fue amable conmigo desde el primer momento.
-¡Tu dirás!-interrumpí-. Rubito, con ese cuerpazo…
-Cállate. Lo cuento yo.
-Vale, pero cuenta toda la verdad.
-Voy a contar la verdad, pero diez años no se cuentan en diez
minutos.
Jordi se acomodó bajo mi brazo y comenzó a acariciarme los
huevos. Oriol se manoseaba el sexo. El guerrero se sospesaba los huevos, y su
polla estaba enorme, húmeda.
-En el autocar me sentó cerca de él y me prestó atención
durante todo el viaje. Yo no estaba acostumbrado a eso, y me encantó. Todo el
campamento me prestó interés. Yo no cabía de contento. Mi padre es un borde y mi
madre una amargada. Me mandaban de campamento para perderme de vista. Yo era muy
pegajoso. Me acercaba mucho a la gente, para hablar. De hecho, creo que
restregaba mi cuerpo contra el de los adultos de los que quería obtener algo. Y
a Sóc se lo hacía a menudo. Se ponía nervioso. Y como no soy tonto, pronto me di
cuenta de que se le ponía dura cuando lo abrazaba para pedirle algo. Por la
noche, él pasaba por las tiendas para darnos las buenas noches. Yo siempre
estaba empalmado, y me apetecía que mi ídolo, mi monitor preferido, me viera.
Cada día me decía lo mismo: "Ramón, métete en el saco que luego de madrugada
refresca" Y Yo:"es que tengo mucho calor" Y tiraba del saco un poquito para que
quedara mi polla tiesa al descubierto, pero él no se alteraba. La última noche
los niños planeamos no dormir. Pero todos fueron cayendo. Se escuchaba el jaleo
del equipo de monitores, que celebraban el final con alcohol. Los estuve
espiando, y mi polla que no bajaba. A las cinco y media, iba a meterme en el
saco cuando se abrió la cremallera de la tienda y apareció Sóc. "¿No duermes?",
me preguntó. Y yo le respondí: "No puedo porque la tengo dura". "La cara sí que
la tienes dura", me dijo. Y yo: "¿no te lo crees? ¡Mira!" Y se la mostré. Se
quedó un rato mudo. Como no decía nada yo le pregunté: "¿Qué te parece?" Y me
dijo: "Que la tienes muy grande para tu edad." Eso me complació en extremo.
"Puedes trocarla si quieres." Y me la agarró. Me pajeó un momento, pero yo
estaba muy caliente. La hubiera metido hasta en un agujero de la pared. Acercó
los labios y me pegó una lamida en el capullo. Yo lo agarré por el pescuezo y se
la metí hasta la garganta. Y me corrí en nada. Luego me quedé dormido. A la
mañana siguiente no estaba seguro de que hubiera sucedido en realidad. Él me
trataba igual que siempre, pero yo fui un borde y me distancié. Cuando nos
despedimos yo no le miré a la cara. No sabía si lo que había pasado, si es que
había pasado, era bueno. Me parecía que no. Luego, un año sin vernos. Me mandó
una postal en Navidad, pero no quería pensar en él. Si lo hacía lo imaginaba
chupándome la polla. Y yo no quería ser gay. En mayo mis padres me inscribieron
de nuevo en los campamentos. Días antes de mi partida, Sóc me llamó. Me dijo que
estaba contento que repitiera. Le pregunté por qué. "Porque los trece años son
muy especiales". Me sentía a gusto. Tanto, que le hice algunas confidencias. Y
le dije que fumaba. No era verdad, sólo un pitillo de vez en cuando, pero me
apetecía que me viera mayor de lo que era. "Entonces, si fumas, dime qué
prefieres, un puro habano o el puro de un habano", me dijo. Yo no lo entendí,
pero me reí. Luego, cuando colgué, capté la coña. No quería verlo como el tipo
que me la había chupado, así que me convencí a mi mismo de que aquello había
sido un sueño. Y en el segundo campamento yo seguía teniendo la polla dura cada
noche, pero ya no me apetecía que me viera. Él seguía mostrando su predilección
por mí, pero siempre guardando las distancias. Aunque había una gran
camaradería. Seguía siendo mi ídolo. La última noche se atrevió a preguntarme si
iba a dormir o la tendría dura como siempre. "A ti qué te importa", le respondí.
Él no se lo tomó a mal. De regreso a casa me dejé la cartera en el autocar, y
pasados unos días se presentó en mi casa para devolvérmela. Yo lo echaba de
menos, estaba muy solo y nadie me hacía caso. Recuerdo que me daba vergüenza
mirarle a la cara. Y cuando ya se iba me habló de un campamento en Agosto, sin
horarios, sin normas, al que sólo acudían algunos monitores para aprovechar las
instalaciones antes de desmontarlas. Sólo una semana. Convencí a mis padres para
que me dejaran. Era una trampa. En las instalaciones no había más que tres
monitores que iban a su bola y un responsable de mantenimiento que iba
desmontando poco a poco. Me encantó, porque lo tenía exclusivo para mí, y una
tienda para nosotros solos. "No te importará que duerma en pelotas", me dijo. Yo
respondí que yo también dormía desnudo, aunque era mentira. Cuando entrábamos en
la tienda, estábamos charlando hasta la madrugada. Yo la tenía dura como
siempre. Deseaba que él me la chupara, pero no quería pedírselo. Estaba
acostumbrado al contacto físico, y muchas noches me abrazaba, pero sólo de
cintura para arriba. Yo me moría para que esa mano que tenía en la barriga
bajara un poco más, pero nunca lo hacía. Me movía un poco a ver si por
casualidad… pero la mano también subía. Al quinto día le pedí que me comprara el
Play Boy. Salían las vigilantes de la playa. Mirando la revista con la linterna,
me atreví a quedarme con la polla dura al descubierto. "La tienes realmente
grande", dijo. "¿Y tú?" Me la mostró y me pareció enorme, y me sentí empujado a
tocarla. Sabía que si yo se la tocaba él me la tocaría, y si estábamos mirado la
revista quedaba claro que era por la excitación producida por las pibas. Así
fue. Yo se la agarré un poquito y él me la pajeó y me la chupó. Pero lo hacía
con cuidado, retrasando mi corrida. Enloquecí de placer. Me corrí en su boca
imaginando que me corría en la cara de la Pamela Anderson. Me dormí pronto, pero
esa noche me abrazó también de cintura para abajo. Noté su mano en mis huevos,
en mis nalgas, buscándome el agujero. Noté su polla húmeda en mi culo, y me
aparté. Durante el día volví a tener estúpidos remordimientos y me distancié.
Por la noche, en cambio, volvimos a mirar la revista. Yo no quería hacer nada y
no lo dejé que se acercara. Charlamos un rato y nos dormimos. De madrugada me
desperté. La tenía muy dura. Lo avivé y le pedí que me la chupara. "No tengo
ganas", me dijo. Me pidió que me durmiera, pero yo no podía. Después de negarse
tres veces alargué la mano y le toqué la polla. La tenía tan dura como yo. Al
verse descubierto cedió. Aún se me pone dura pensando en esas mamadas.
Todos bajamos la vista. Sí, un rabo precioso se marcaba bajo
la tela.
-A ver cómo la tienes –solicitó Oriol.
-No. Y se acabó la historia por hoy. Esta mañana he tenido
que trabajar, luego conducir… y estoy rendido. Me voy a la cama.
-¡Ni hablar! –protestó el pequeño-. Antes tienes que acabar
la historia. Quedan nueve años por contar.
-Y tienes que enseñarnos ese pollón que se te marca –exigió
Jordi.
-Me voy a la cama.
-¿Es que te dan miedo los niños? –ironizó Lalo, como si él ya
no lo fuera.
-Para nada. Mirad, si os apetece.
Y permitió que el glande grueso, enrojecido y bañado
apareciera por el borde de la prenda. El mismo que me había hecho enloquecer
durante años.
-Vamos, cada uno a su habitación que yo me quiero acostar.
-Aquí dormimos siempre todos juntos –protestó el pequeño.
-Pues hoy no será así. Yo quiero descansar.
-Chicos, tiene razón –opiné-. Hay que dejarle descansar.
-Pues vamos a mi habitación –ofreció el guerrero.
Llegados a la habitación de Lalo estaban tremendamente
excitados. Oriol había atacado al madrileño antes de llegar a la puerta. Una vez
dentro, ya se comía la polla del chaval y él encantado. Jordi se quedaba a la
expectativa. Lo besé profundamente. Era como un caramelo, dulzor y suavidad.
Busqué su agujerito. Igual de dulce y suave. Abandoné la incursión. Me sumergí
en la profundidad verdosa de sus ojos.
-Debo irme. ¿Lo entiendes?
-Claro que sí.
Me dio un beso y se lanzó sobre Oriol, para disputarle el
rollizo tronco de la polla de Lalo.
Oriol notó cómo me deslizaba.
-¡Eh, yo también quiero dormir con el musculitos!
Pero Lalo tiró de él y comenzó a lubricarle el ano.
Entré en mi recámara sin hacer ruido. No sabía qué esperar de
Ray. Durante años había jugado con mis sentimientos y los últimos años, cuando
ya era un adulto, me había vengado sin muchas ganas. El verano anterior, hacía
justo un año, pasamos unos días juntos, pero yo no lo deseaba. Seguía sintiendo
por él un enorme cariño –no se puede olvidar fácilmente un amor intenso- pero el
deseo había quedado olvidado. Creo que la indiferencia se debió, en parte, a su
aspecto físico. Contrario a su costumbre desde que el vello había acariciado su
cuerpo, ese verano no estaba depilado. Las piernas muy velludas, el culo peludo…
y como guinda, una perilla que le echaba encima tres o cuatro años. Un insulto
para un amante de la juventud. No pasamos de algunos abrazos. Él echaba de menos
mis caricias, y las buscaba a menudo ciñéndose y restregándose como una gata en
celo. Yo me divertía ignorando sus empeños.
Con la luz del baño me desnudé y busqué la cama libre. El
joven había juntado las dos camas y se había acostado a la izquierda, como
antaño. Aunque era sólo una sombra, su cuerpo se mostraba espléndido y
apetecible. Me eché a su lado y se incorporó.
-¿Ya estás aquí?
-Sí.
-Pensaba que te quedarías con tus niños.
-Me irá bien descansar un poco. Este Julio ha sido muy
intenso.
Nos quedamos un rato en silencio.
-¿No vas a abrazarme?
Su voz sonó como siempre, como la de un niño malcriado que
exige su ración de caricias.
-¡Claro que sí! Aunque debo confesar que tengo miedo.
-¿Miedo?
-Sí. Miedo de que la musculación haya destruido alguno de tus
encantos.
Se mostró sorprendido.
-¿Cuál?
-La suavidad de tu piel, por ejemplo.
-No creo que te lleves una decepción.
Estiré el brazo y topé con su pecho. La piel era tan sedosa
como siempre; quizá más tersa, con la carne más dura, pero igual de suave. Me
acerqué más y deslicé los labios por su hombro. Estaba delicioso, meloso y
salado. Bajé la mano hasta el vientre, tan plano, tan firme. Un gozo
inexpresable. Deslicé la mano arriba y abajo, en círculos, describiendo una
caricia tierna y relajante. Una satisfacción formidable. Con la luz apagada, la
piel de Ray no tenía edad. Me sentía muy cómodo, equilibrado, disfrutando del
momento. Alargué el cuello y lamí el pezón, sin dejar de apoyar mi mejilla en su
pecho. En los últimos años había pasado muchas horas en esa posición. Largas
horas de cariñosa custodia del adolescente dormido, esclavo del rítmico compás
del pecho que ascendía con la respiración.
-¿Sabes? –comentó-, esperaba poder saludarte
convenientemente.
-¿Cómo es convenientemente?
-Hombre, un buen abrazo y un beso.
-¿Un beso? ¿Desde cuándo los besos forman parte de tu saludo?
-Desde que me apetece.
Encontré su aliento sobre mi frente. Un brazo macizo me
arrancó del pectoral y me encontré junto a su boca. Yo estaba alucinado. Jamás,
en diez años, mi amigo había buscado el beso. Se lo reproché muchas veces, pero
siempre respondía que no le apetecía besar a un hombre. Quizá por ello me
entregué sin muchas esperanzas. Los labios se rozaron y creí que ahí terminaría
todo, pero un ápice de vanguardia intentó abrirse camino, y nuestras lenguas se
enlazaron serpenteantes. Gocé el momento, al mismo tiempo que le recriminaba
haberme negado ese placer durante tanto tiempo.
-Eres un capullo –le dije, al fin.
-Ya suponía yo que me insultarías –se rió-. No ha estado mal,
¿no?
-Ha sido cojonudo, pero podía haber llegado antes.
-Pues cierra los ojos e imagina que regresas al pasado.
Funcionó. Mientras nos besábamos de nuevo intenté hallar los
sabores perdidos de los años trascurridos. A pesar de notar la potencia de su
abrazo imaginé que apretaba contra mí a un Ray de quince, dieciséis años,
bromista, juguetón, calientapollas. Un chico que se divertía provocando mi
excitación, exhibiendo su cuerpo apetitoso, consciente de la turbación que
producía sobre mi salud mental su continua coquetería.
-¿Has desarrollado todos los músculos?
-Descúbrelo tú mismo.
Descendí por la llanura excelsa que me aproximaba a su sexo.
Justo encima del ombligo encontré la geografía anhelada. Besé el glande salado,
lo lamí y lo chupé. Ray se estiró como si se desperezara y suspiró
profundamente. Cautivé con la jaula de mis dedos sus testículos repletos y
sueltos. Luego los devoré. Siempre me había costado contenerlos completamente en
la boca, pero lo logré con la ayuda de las manos. Mi amante me regaló un espasmo
prolongado. Era uno de sus placeres favoritos. Los liberé de repente, y buscaron
elásticamente su posición de descanso, acompañados por un gemido. Los aprisioné
de nuevo, empapándolos de humedad. Y los redimí de nuevo, con suavidad y afecto.
Sin poder vencer la curiosidad, abandoné los huevos y busqué la polla. La tragué
entera, midiendo con la garganta su longitud y grosor. Siempre ha adorado la
polla de Ray. Creo que adoptó su forma definitiva a los quince años, aunque
siguió creciendo en tamaño y grosor un par de años más. La última vez que la
había medido conté veintiún centímetros. Pero lo que más me excitaba era su
forma descaradamente cónica. El glande, recortado triangularmente como la cabeza
de una serpiente. El grosor que va aumentando progresivamente hasta llegar a la
base, sólida y consistente, tendente a quebrar mis fauces. Engullirla toda hasta
que mis labios se sientan acariciados por el vello público, hasta que el tamaño
de la base llegue a reventar mi tragadero, ese ha sido un placer histórico. La
encontré como siempre, apetitosa, saciante. Acaso el envoltorio había crecido en
precisión y definición, pero la polla estaba igual. Me hubieran encantado unos
centímetros más, pero el culturismo no hace milagros.
Mis manos no podían adormecerse. Siguieron el camino lógico
para palpar las nalgas musculosas y rígidas. Un culazo imponente. Busqué el
centro, temiendo que me serían impuestas limitaciones, pero nada ocurrió. Al
contrario, cuando crucé la elasticidad religiosa del ano de mi amante un nuevo
espasmo me informó sobre la conveniencia de seguir por ese camino. Dos dedos y
luego tres formaron el pelotón de exploradores. La otra mano quería conocer el
terreno en su extensión y, abierta, calculaba la densidad y firmeza del glúteo.
Encendí la luz. Un brazo hercúleo me aprisionó contra la
almohada. El chico estaba muy caliente, y quería ir al grano. Yo me abandoné. La
crema había pasado de mi neceser a la mesilla de noche. Ray me miraba con
dominación mientras untaba las partes a friccionar. Me alzó las piernas sin
dejar de observarme. No dijo nada, pero estaba radiante, con sus globos oculares
tan grandes y brillantes. Sentí su punzón clavarse en mi interior, sin complejos
ni descaros. Ganó por mérito propio el terreno que anhelaba y empujó y se rezagó
progresivamente. Marcaba un ritmo ágil, muy concentrado, alegre. Su mirada me
traspasaba, era como si no me viera. Acaricié su tórax descomunal. Los
pectorales se movían sin perder firmeza. Sus bíceps como montañas adornaban la
evolución de los brazos, que me agarraban por la cintura para colaborar en la
búsqueda de la profundidad. Alcancé su cuello poderoso y lo acaricié. Me relamí
al observar su boca abierta y jadeante, su lengua laxa e insinuante. Tiré de su
testa sin dejar de sentir el empuje de su nabo en mis entrañas, y llegó el
milagro. Su boca se acercó y Ray me penetró doblemente. Procuré no quedarme
atrás, procuré ganar al menos una de las batallas. Mi lengua se enderezó y quiso
luchar, pero su adversario era más poderoso y buscaba con ahínco las
profundidades de mi garganta. Me abracé con la lengua, me abracé con las
piernas, me enlace con los brazos. Sentía tanta carne dentro de mí que me sentía
completo. Rodeaba su tórax con fuerza, mientras mis dedos recorrían amablemente
su espalda, lecho divino de suavidad y reposo. Pasaron por mi mente las imágenes
de cientos de horas con los labios pegados a esa piel adorada, usando la espalda
de Ray como almohada. Me hubiera gustado lamerle el cuello, besar sus pezones,
dejar un camino de saliva en su espalda, repasar la línea de sus densas nalgas,
chupar sus lisas axilas, pero mi boca estaba enloqueciendo al recibir al invasor
más intrépido, al visitante más placentero. Sus huevos campaneaban vivamente a
cada embestida, su pelo volaba y acariciaba mi frente. La cama gruñía,
testimonio de la brutalidad del ataque, pero se mantenía dúctil y volátil, como
un santuario de adoración del encanto.
Sin abandonar el terreno conquistado, su boca se aferraba a
la mía, y mis mecanismos sensuales preparaban ya una suculenta corrida, que
llegó al cabo de poco rato, bendiciendo una unión tan inusual. Al momento, Ray
aflojó un poco la fuerza que imprimía contra mi garganta para transmitir más
pasión a la clavada. Se mantuvo con los labios pegados a mi boca, buscando
aberturas por donde jadear con intensidad. El esfuerzo reclamaba más aire para
alimentar sus ejercitados músculos. Y se vació completamente sin anunciarse y
sin cesar el ritmo frenético. Unos cuantos espasmos y seguía clavado y
bombeante. Se apaciguó lentamente y su respiración se hizo más lenta. Entonces
arremetió de nuevo contra mi garganta para sellar el goce experimentado. Mis
brazos se especializaban en sus tareas: el antebrazo abarcaba el tórax con
fuerza, las manos acariciaban con delicadeza la espalda, el pescuezo y los
omoplatos.
-¿Me merecía o no, las iniciales que me rotulaste hace años?
-Cuando te las rotulé ya estaba convencido de que te las
merecías.
-Aunque veo que no soy el único.
-Por fortuna. Eres especial, pero no eres único.
-Habrá que conformarse.
Se refería a las letras G. F. que, como a Oriol, le había
tatuado años atrás. Por mucha imaginación que uno tenga, a veces las estrategias
o los juegos se repiten. Sobretodo si funcionan.
Seguimos charlando un rato sin dejar de abrazarnos. Rodeé su
cintura y bajé hasta los glúteos. Alcance uno con cada mano y los separé. Jugué
con su elasticidad y rigidez. Eran dos enormes montículos firmes y tersos, que
flanqueaban un tesoro incalculable. Su hoyo ofrecía plasticidad y se mostraba
maleable. No pedí permiso. A menudo, cuando lo solicitaba me era denegado. Si me
hacía merecedor, en cambio, a veces se entregaba no sin reticencia. Son las
condiciones que imponen las leyes de las tendencias. Rodamos por las camas y su
cariñosa polla abandonó mi interior. Busqué una posición de ventaja, y la
conseguí por cesión del rival, cuando sus brazos férreos dejaron de enlazarme y
aprisionarme. Ahora lo tenía debajo de mí, aparentemente vulnerable, sonriendo
repleto de buen humor. Sabía que yo quería follarlo, y estaba dispuesto a jugar.
Levanté sus piernas para dejar al descubierto su culo, pero él se las ingenió
para bloquear mi cabeza entre sus extremidades. No podía liberarme por más que
quisiera; mi fuerza no era comparable a la suya. Pero tenía otros recursos, que
utilicé seguidamente. Alcancé el tubo de crema y me unté la mano abundantemente.
Metí dos dedos en su entrada y fue aflojando gradualmente la tensión. Metí dos
dedos más. Les imprimí un ligero movimiento rotatorio. Su esfínter estaba
relajado y acogedor, no por uso frecuente sino por propia constitución (1). Me
provocaba con la mirada y, si intentaba entrar un centímetro más, me apretaba el
cuello con sus pantorrillas. Le agarré los huevos con la mano libre y le
acaricié la bolsa. Sabía que eso le gustaría, y quizá me permitiría alcanzar su
interior. Y así ocurrió. Añadí el dedo pulgar a la incursión y avancé unos
milímetros. Pareció querer detenerme, pero la verdad es que estaba disfrutando.
Dos centímetros más, y el puño estaría dentro. Aunque no se trataba de un goce
directo, puesto que prefiero claramente la penetración sexual a la manual, mi
polla estaba a punto de explotar. Experimentaba, pues, un goce intelectual,
desmitificador, justiciero: la penetración extrema de un heterosexual
convencido, la renuncia más o menos explícita al espíritu del macho que lo
último que aceptaría sería ser penetrado. No me atrevía a dar el paso, quizá con
una simple llave me derribaría y me apartaría de su extraordinario cuerpo. Pero
tenía que arriesgarme. Acaricié su recto con las yemas de los cuatro dedos
pioneros. Liberé al pulgar para que buscara el roce. La respiración de Ray se
hizo profunda y cerró los ojos. Suspiró. Y entré. El pulgar había desaparecido
completamente. El corazón me latía disparado, enloquecido. Observé el cuerpo tan
bien trabajado, voluminoso, armonioso, exuberante. No podía creer que le hubiera
clavado el puño. Avancé un poco más y la membrana se cerró alrededor de mi
muñeca. Servicio completo. Sabía que cualquier brusquedad podía producir
desgarro y dolor, así que fui rozando las paredes internas con mucha suavidad.
La crema abundante ayudaba. De hecho, la loción sobrante había dejado la sábana
perdida. Me masturbé con la izquierda, mientras comprobaba personalmente la
suavidad de las entrañas de mi amante. Sabía que el retroceso sería delicado, y
procuré alargar la presencia interna. Abandoné mi sexo y busqué el de Ray. No
podía chuparlo por pocos centímetros. Pegué un lengüetazo en el aire y él
comprendió. Aflojó el nudo que aprisionaba mi cuello y se deslizó entre sus
muslos. Se movió muy despacio, consciente de la gravedad de la situación. Si
quería comer sus testículos o tragar su sexo debía forzar la muñeca a una
posición incómoda y cansada, antinatural. Pero los huevos estaban más cerca, así
que los tomé y los absorbí como si fueran el manjar más exquisito. De hecho, lo
es. Sin soltarlos y sin dejar de masajear con la lengua realicé las últimas
caricias internas y me dispuse a salir. Tenía que ser extremamente sutil, puesto
que si le producía dolor podría quedarme sin segunda parte, y mi polla estaba
reclamando ya sus derechos. Observé que el grácil miembro de Ray renunciaba a su
rigidez, y me dispuse a pajearlo. Contaba aún con la mano izquierda. Ganó algo
de dureza, y rodeé el glande con índice y pulgar para concentrar la sangre.
Creció un poco más. Mientras tanto, ya tenía casi el pulgar fuera. Iba
recuperando terreno milímetro a milímetro. No tardaría en poder abandonar las
dulces estancias sin haber causado daño alguno. El chico seguía con los ojos
cerrados y respirando profundamente. Me extrañó tanta paciencia. Busqué con el
tacto el tubo de crema. Lo encontré al lado de mi rodilla. Había abandonado la
polla pero seguía con las bolas en mi boca. Ya estaba casi fuera, pero con unas
enormes ganas de entrar otra vez con una parte del cuerpo distinta.
-Ponte a cuatro patas, Ray.
-¿Para qué?
-Voy a ponerte crema alrededor del anillo.
Besé cariñosamente una de sus nalgas para infundirle
confianza. Lubriqué bien el ano y contemplé el panorama. El agujero estaba
ensanchado y dispuesto, sin muestra alguna de desgarro. Las nalgas sobresalían
prominentes, como las cúpulas de una iglesia. Sus piernas se dibujaban
vigorosas, imponentes, majestuosas. Su espalda se ensanchaba progresivamente
hasta llegar a unos hombros ciclópeos, anchurosos, extensos. Su cuello se veía
macizo, fornido, recio. Una figura genial.
Le hundí la polla sin avisar. Seguro que lo estaba esperando,
porque ni siquiera se inmutó. Contrarrestó el empuje y se relajó. Su caverna se
iba estrechando para adaptarse al grosor de mi miembro, lamentablemente mucho
menor que el de mi puño. La ventaja es que la fricción ahora era libre y
completa, natural. La cama se movía demasiado, incluso podía perder el
equilibrio, pero no quería detenerme, porque el momento era sublime. Consciente
de que el deseo proviene principalmente del sentido de la vista, no abandonaba
en ningún momento la observación de fragmentos determinados de ese cuerpo
agraciado: los hombros, el deltoides, los omoplatos, los brazos… enloquecía de
placer observando la posición entregada del joven: trasero anhelante, espalda
echada hacia atrás. Entraba y salía sin perder la verticalidad, acariciando los
muslos o los cojones, a veces el vientre, pero pronto me apeteció dejarme caer
sobre esa ladera inmensa que era su espalda y disfrutar paralelamente del poema
de las pieles que se rozan. Pocas veces Ray me había permitido gozar de su
interior; menos veces aún en esa posición que tanto me agradaba. En esta ocasión
debía apreciar el añadido de un cuerpo cultivado y preparado. Era imposible
llegar más alto. Noté que el orgasmo se asomaba y así, culeando como un
troglodita, pegado a esa espalda increíble, abrazando el sexo con una mano y un
pectoral con la otra, rozando con el índice la tetilla erguida, besando con
cariño el dulce cuello de mi amante, me corrí. Estaba tan concentrado avivando a
mis sentidos que no me di cuenta de que llamaban a la puerta. Ray se corrió
también, en parte en mi mano, y entonces dijo, algo molesto:
-No abras.
No comprendía. Yo estaba aún en el séptimo cielo, llevándome
la mano a la boca para recordar el sabor del semen de mi amigo. Se oyeron unos
golpecitos en la puerta.
-No abras.
-Claro que no.
Apreté el abrazó y besé la espalda de Ray. Su sudor era como
un licor afrodisíaco. Seguí lamiendo mientras con la mano buscaba resquicios de
la corrida para llevarme a la boca. Entonces alguien metió la llave en la
cerradura e intentó abrir.
(1) Un día, Ray me llamó porque tenía un problema. Había
atascado una letrina. Sin darle importancia me dispuse a solucionarlo, pero
cuando vi el grosor de sus excreciones comprendí que la Naturaleza había sido
pródiga con él, y me alegré por la parte que me tocaba. Si aquello había salido,
cualquier cosa que le entrara, por gruesa que fuera, jamás le dolería. Lástima
que su destino era ser heterosexual.