Nunca olvidaré ese junio del 94 en Aruba. Lo que he contado
hasta ahora no es sino una gota de la tormenta que ese verano caribeño desató,
tormenta que sin embargo siempre había estado presente.
Paula ya estaba bastante tocada por el alcohol y cuando
estábamos saliendo del bar me llamó por mi nombre verdadero. Obviamente mi
nombre no es precisamente el más común y en seguida nuestro secreto quedó
develado. Alejandra, cuya cabeza también daba vueltas, me miraba con un
particular gesto entre felicidad y asombro, cubriéndose con una mano la boca.
Paula no tuvo otra opción que contarles la verdad a su hermana y a su amiga
europea. Alejandra se lanzó con euforia hacia mi cuerpo. Pensé que al contrario
se iba a sentir apenada por lo que habíamos hecho durante la noche, pero para mi
sorpresa me confesó que le parecía excitante el encontrarse de esta forma carnal
con una de las amigas de su madre, me besó nuevamente y me dijo que ahora que
sabía que era Hulla, la amiga de su madre y no la extraña y misteriosa Valentina
me deseaba más. Mi cuerpo estaba caliente, sudoroso y deseoso de placer, así que
propuse que fuéramos caminando hacia la hacienda donde vivía Alexa. Ella recogió
mi velo del suelo, se lo puso e iniciamos el camino por la playa, desde el bar
hasta su casa. Alejandra y yo caminábamos tomadas de la cintura y Paula y Alexa
lo hacían de la misma forma. Alejandra nos llenó de preguntas a mí y a su
hermana, quería saber como resulté en ese bar junto a ellas y porqué Paula
conocía mi identidad. Fue ésta quien solucionó todas sus dudas. Avanzábamos con
lentitud por que a cada momento nos deteníamos para beber ron, pues Alexa trajo
una botella precisamente para el camino y además también parábamos, sino ellas,
nosotras, para besarnos, tratando de calmar un poco nuestra lujuria. Era de
madrugada, el mar rugía con brío y las estrellas, multiplicadas al no estar la
luna, eran nuestras guías por el camino. Quizá este ambiente, quizá el alcohol,
hizo poner melancólico el corazón de Alejandra. Noté que unas lágrimas
descendían por sus suaves mejillas, respiraba con agitación y permanecía en un
lúgubre silencio. Esto también llamó la tención de su hermana y su amiga, y al
sentirse observada de esta manera rompió en sollozos, abrazándome y recostándose
en mi hombro. Fue allí donde me recordó el fuerte vinculo que siempre ha tenido
con su hermana, caminando nos contaron la historia del crimen que cometieron
juntas y llegando al condominio de la europea nos revelaron la forma en que se
ataron en el incesto, historias que por capricho me adelante a contarles a
ustedes mis fieles lectoras lésbicas. Las hermanas dejaban notar una fuerte
lucha entre la culpa y el amor. Saberse hijas de la misma mujer, compartir la
sangre, haberse formado juntas, el hecho de haber sido casi el mismo ser, todo
esto impedía que disfrutaran a plenitud su relación; pero tanto sentimiento
rebasó las limitaciones que su roja sangre les imponía y tomó forma en el deseo,
un deseo que sabían prohibido.
Mi alma estaba completamente conmovida. Era una profunda
compasión hacia estas niñas pues me sentía plenamente identificada con ellas. Mi
historia no difería mucho de la suya y así se los hice saber, prometiendo que
les daría detalle completo de mi vida pues en sus ojos vi una morbosa curiosidad
que yo quería satisfacer. Les dije que por el momento creía conveniente, no
darles una historia, sino llenar su alma y su cuerpo de pasión. Alejandra sonrió
y me besó, su hermana hizo lo mismo y luego se abrazaron entre ellas, dejándome
a mí junto a la hermosa Alexa. El camino de esta manera nos tomó más de una
hora. Cuando por fin estuvimos en casa de la alemana nos tiramos todas en un
mismo sofá. Al rato llegó una mucama muy alta en un pijama grande, antiguo y
nada atractivo, quien nos ofreció en alemán comida y bebidas con movimientos de
mujer excesivamente sumisa. Su voz no parecía en absoluto la de una mujer mayor,
pero la oscuridad del lugar me impidió ver su rostro. Después de comer y beber,
en un lugar apartado Alexa llamó a su sirvienta en alemán, me entere que su
nombre era Henriet. Habló con ella por un buen tiempo, lo único que entendí fue
cuando al final le dijo que nos mostrara el cuarto de visitas especiales. Alexa
subió sola las escaleras y la mucama caminó hacia nosotras. No sabía hablar
español. Se dirigía a nosotras con una voz núbil, suave y dócil, sin mostrar su
rostro, con la cabeza inclinada, dejándose el cabello rojizo largo hasta los
hombros y en capas en el rostro, como si tuviera la mirada clavada en el suelo.
Las dos hermanas y yo subimos guiadas por la extraña mujer. En el tercer piso de
la hacienda el cuarto de visitas especiales era un lugar bastante excéntrico que
parecía más un pequeño apartamento. En el centro había una enorme cama para unas
seis personas, cubierta con sedas púrpuras; cada esquina del lecho eran gruesos
maderos cuyos extremos se incrustaban en el suelo y el techo.
En una de las paredes había una ducha con división de vidrio,
un gran jacuzzi y un inodoro, todo a manera de baño pero sin una pared que lo
separara del cuarto, dejándolo todo a la vista. La pared opuesta tenía una gran
chimenea que ardía con fuerza y que era la única luz en este cuarto, detalle que
me pareció absurdo y de mal gusto teniendo en cuenta la temperatura de Aruba,
sin embargo después me aclararían su función. En otro de los costados, frente a
la puerta de entrada, unas cortinas púrpuras cubrían a medias un ventanal detrás
del cual había un balcón con tres sillas playeras y una hamaca. Las tres paredes
estaban atravesadas a la mitad por un solo espejo de un metro. El resto de cada
pared, tanto arriba como abajo, al igual que el techo y el suelo, estaban
cubiertos de madera. A cada esquina del cuarto había candelabros con velones
negros apagados. Pero lo que definitivamente rayo en la excentricidad fue ver
pegada al techo una enorme pantalla de televisión junto con cuatro bafles a cada
esquina del techo. Observamos todo esto pero en seguida estuvimos afuera en otro
sofá esperando.
Henriet nos dijo que su ama solo le había dado órdenes de
mostrarnos el cuarto pero que por el momento tendríamos que esperar afuera, se
quedó dentro de la habitación y nos dejo en ese sillón. Yo en el centro, a mi
derecha Paula y a mi izquierda Alejandra. Estaban inquietas. Durante toda la
noche habían intentado complacer sus deseos y al estar en el lugar en que podían
hacerlo perdieron el control. Aleja después de pocos segundos empezó a lamer mi
oreja y a susurrarme ciertas lubricidades que a Paula le resultaba inevitable
escuchar debido al silencio de la madrugada en la mansión. Alejandra se dio
cuenta que su hermana la escuchaba por la agitación en su pecho y entonces me
murmuró: que excitante sería ver a mi hermana en estos momentos arrodillada
lamiendo tu sexy ombligo mientras te mira a los ojos, me haría mojar. Fue como
una orden. Paula se puso de pie justo en frente mío, se inclinó apoyando sus
manos en el espaldar a lado y lado de mi cabeza, su rostro ante mi rostro, me
miró a los ojos y saco su lengua húmeda, moviéndola lentamente. Provocada,
intenté acercarme despacio para besarla pero ella enseguida colocó la punta de
su lengua en mi quijada y comenzó a bajar con una paciencia inquietante, siempre
con su vista clavada en mis ojos. Sus manos descendieron por mis costados hasta
mis caderas y luego se devolvieron para rozar con sus pulgares la zona entre mi
costado y el inicio de mis senos, sin tocarlos precisamente. No se arrodilló.
Dejó sus piernas rectas y movía serpentinamente su cadera, besando mi ombligo y
alternando sus miradas con migo y su hermana.
En una de esas miradas entre hermanas, Alejandra tomo una
mano de Paula y se la llevó a la boca. Aleja se acercó con la sexual intención
de lamerme una mejilla y poner el dedo índice de su hermana en el medio. Así lo
hizo por unos segundos. Yo me giré para besar a Alejandra y me di cuenta que
ésta llevaba la mano de su hermana en descenso por su cuello, bajó acariciando
su sostén y luego mimando su abdomen oscilante, con la intención de terminar
introduciéndola bajo su tanga y ponerla a consentir su flor sagrada. Pero antes
de que Alejandra consiguiera su objetivo y antes de que yo la besara, apareció
Alexa justo detrás de Paula, me arrojó mi velo dejándome oler la mezcla
aromática de nuestros sudores presentes en esa tela. La alemana colocó sus manos
en las caderas de Pau, diciéndole a ella que se levantara y a nosotras que nos
detuviéramos, pues no quería arruinar el juego que nos tenía preparado. La
alemana llevaba un corsé de cuero negro y un sostén en encaje negro. El cabello
en una firme cola de caballo. Altas botas de cuero negras hasta arriba de la
rodilla y unas medias veladas negras que terminaban a mitad del muslo, en un
encaje. Cubría su intimidad una diminuta tanga blanca en algodón que desentonaba
un poco con el resto de su indumentaria. Sus labios pintados de negro, sombras
negras en sus parpados, sus pestañas negras, sus ojos delineados de negro, sus
uñas negras, su piel blanca. Me dejó atónita. A espaldas de Paula la abrazaba
cruzando sus brazos bajo sus senos, recostando su cabeza en un hombro de Paula.
Nos miraba a Aleja y a mí intentando sonreír con ternura, no lo podía hacer,
todo en ella era sensual. Nos dijo que entraría al cuarto y que después de cinco
minutos a un llamado de Henriet ingresaría alguna de las tres, quedarían dos,
ingresaría otra y en seguida la última hasta que todas estuviéramos en el
cuarto. Nos pidió que obedeciéramos a Henriet en todo lo que nos dijera para
poder disfrutar el juego y por último que estuviéramos dispuestas a liberar
nuestra mente y sobre todo nuestro cuerpo. Dicho esto ingresó al cuarto y se
perdió en una profunda oscuridad, cosa extraña pues antes la habitación estaba
iluminada por la chimenea.
Yo, después del beso en mi ombligo de Paula, aún conservaba
mis piernas abiertas así que la hija menor de mi amante se sentó entre ellas,
sus anchas caderas rozaron la parte interior de mis muslos, su cabeza se recostó
en mi pecho y sus brazos se posaron detrás de mi nuca. Alejandra se recostó en
el sofá y puso su cabeza sobre los muslos de su hermana, con la nariz dirigida
hacia su intimidad. Yo tenía una mano en la cintura de Pau y con la otra
acariciaba el cabello y la cara de Aleja, me di cuenta como con los ojos
cerrados respiraba profundamente para percibir el aroma íntimo de su hermana.
Aleja me dijo: Hulla, tu me haces sentir libre y tranquila. Paula se giró hacia
mí, puso entre sus labios húmedos mi labio inferior, apretándolo con los suyos y
luego dejándolo deslizar; se retiró, me sonrió y de nuevo se recostó sobre mi
pecho diciendo: opino igual. La juvenil voz de Henriet pronunció con ese acento
europeo el nombre de Paula. Ella se puso de pie y se alejó caminando con la
elegancia felina que heredó de su madre, mi amante. Aleja puso entonces su
cabeza sobre mis muslos. Sus ojos permanecían cerrados. Una de mis manos sobre
su cadera, la otra acariciaba su mejilla. Abrí un poco mis muslos y acerque su
cabeza a mi intimidad. Continué acariciándola y deslicé mi pulgar sobre la
comisura de sus labios, ella reaccionó, su lengua se asomó para lamer mi dedo,
lo deje por fuera un instante y luego lo introduje en su boca. Con mi otra mano
recorrí sobre la cintura y la espalda el borde de su tanga, lo hice con el filo
de mis uñas. Su respiración se agitó de nuevo y sus pezones crecieron bajo su
sostén. Abrió sus ojos para mirarme mientras continuaba lamiendo mi pulgar.
Entonces a los ojos le pregunté: ¿Qué intimidad te huele mejor, la de tu hermana
o la mía? Sacó mi dedo de su boca, me miró con malicia y cuando me iba a
responder a lo lejos la voz de Henriet pronunció su nombre. Como lo había hecho
su hermana se puso de pie justo en frente mío, se inclinó apoyando sus manos en
el espaldar a lado y lado de mi cabeza, su rostro ante mi rostro, me miró a los
ojos y saco su lengua húmeda, moviéndola de un lado a otro lentamente, acercó su
boca a la mía y cuando el beso parecía inevitable se desvió para susurrarme al
oído: Después tu misma te darás cuenta.
Definitivamente era hermana de Paula e hija de Carolina,
caminaba como una gata en busca de placer, como lo hizo Carolina cuando la
conocí. Un sentimiento de culpa se apoderó de mí. La soledad me hizo sentir
frío, me puse el velo que me había entregado Alexa. ¿Qué pasaría si Carolina se
enteraba de lo sucedido? Estaba cometiendo más que una traición a las caricias
que me había dado. Pero ella más que nadie sabía que yo era una esclava del
placer. ¿Cómo podía negarme a la belleza y delicadeza de Paula y Alejandra?
Carolina nunca había sido celosa con migo, pero esta vez el placer me lo daban
sus propias hijas. Yo no tenía escrúpulos y esa parte demoníaca de mí Carolina
la conocía pero en ningún momento había tenido que experimentarla. Creí que lo
conveniente era contárselo absolutamente todo a sus hijas, la historia de mi
vida. Pero talvez era solo una excusa, en ese momento supe que al igual que
estas hermanas también necesitaba el desahogo. Ellas por su condición incestuosa
me entenderían. El cielo estaba aclarando y enseguida pensé en mi bebe. La voz
de Henriet pronunció mi nombre. Me acerque y le pregunte en su idioma si el
juego se demoraba, ella permaneció en la oscuridad y me dijo que un poco. Le
pedí que antes me dejara ir en algún automóvil de la casa por mi bebe que estaba
en el hotel, ella estuvo en silencio un instante, luego me pidió un momento y
cerró la puerta, al rato abrió y me dijo que ella me acompañaba, pues
aprovecharía para hacer algo también. Salió de la habitación y permanecía
misteriosa con ese aspecto sombrío y con la ropa que la conocí. Me dijo que la
esperara en la puerta, fuera de la casa.
Así lo hice. El cielo solo estaba empezando a aclarar, la
brisa me hacía percibir sobre mi piel con mayor intensidad los sudores húmedos
en el velo. Diez minutos después apareció frente a mí una camioneta BMW de
vidrios polarizados. Henriet abrió la puerta del acompañante sin salir del auto
y enseguida subí. Fue entonces que la vi con mejor detalle. Ya había dicho que
era bastante alta y que su cabello rojizo era largo hasta los hombros y en
capas. Dije eso por que era lo único que había podido percibir, el feo camisón
lo ocultaba todo. Pero ahora me sorprendía viendo a una chica cuyo rostro
delataba su adolescencia, no podía tener más de dieciséis años. Llevaba un ancho
jean oscuro y a pesar del calor de Aruba y de su condición de europea, vestía un
recatado y holgado buso cuello tortuga gris. Aunque su ropa era bastante suelta
a Henriet le era imposible esconder la prominencia de sus grandes senos, sus
caderas anchas y el grosor de sus piernas. Habituada a tanta voluptuosidad me
concentre en su delgado rostro. Sus ojos eran oscuros como los de Alexa, las
cejas delgadas y rojizas como los labios y el cabello, la tez muy clara, un
pálido atractivo. Conservaba un gesto grave y serio, evitando mirarme. Sin
preguntarme donde me estaba hospedando me llevó en pocos minutos hasta la
entrada del hotel, quizá Paula le había dicho donde era. Por primera vez en todo
el camino rompió el silencio. Habló sin mirarme a los ojos:
— La señorita Alexa le pide que haga todas sus maletas y las
lleve a la mansión para que pase el resto de sus vacaciones allí.
— ¿Siempre eres así de seria? — Le pregunté con un tono
amable.
— Así cumplo mis ordenes, no hace falta que me comporte de
forma divertida. — Me lo dijo con más seriedad
— Se nota que te han educado muy bien. Que forma de contestar
— le dije con ironía
— Disculpe Hulla no quise ser grosera — Me respondió por
primera vez mirándome a los ojos, pero conservando su seriedad.
— Solo por esa mirada acepto tus disculpas — Noté que
disimuló una sonrisa sutil y rápidamente retomó su formalidad. — Podrías subir
para ayudarme a hacer maletas... para salir más pronto.
De nuevo me miro, abrió un poco más los párpados mientras lo
hacia y en seguida estaba fuera de la camioneta. A su vez salí yo con un extraño
aire de triunfo. Observé sus abultadas nalgas con un descaro que Henriet notó
pero que prefirió ignorar. En mi cuarto de hotel le pedí a Henriet que me
ayudara con las maletas mientras yo me daba un breve baño. En la ducha el agua
desvaneció el azul intenso en mi cabello y le devolvió su rubio original. En el
tocador me retiré los lentes de contacto negros y mis ojos fueron de nuevo
verdes, volviendo a ser Hulla. Con sigilo abrí solo un poco la puerta del baño.
Henriet se encontraba sentada sobre la cama del cuarto. La maleta pequeña con la
ropa de mi hija estaba en el suelo. Mis dos maletas estaban sobre la cama ya
llenas, una cerrada y la otra abierta. Lo que estaba a la vista en la maleta
abierta eran mis prendas íntimas. Henriet las observaba con atención,
acariciándolas despacio con sus dedos juveniles. La saque de su estado
contemplativo arrojándole mi bikini de cuero azul. Se giró hacia mí, viéndome
envuelta en una toalla, aún húmeda.
Tuvo una expresión de sorpresa al verme diferente a como me
había conocido, como naturalmente soy, sin embargo su seriedad seguía
imponiéndose. Le pedí que me entregara las prendas íntimas que más le gustaran.
Echó un vistazo más durante un instante a las prendas en la maleta y se paró con
un conjunto de encaje negro ajustado en los bordes con una pequeña base de seda
roja. Lo recibí con una sonrisa, ella me miró sin un gesto en su rostro. Salí
del baño vistiendo solo esas prendas. Caminé hacia la cuna de mi bebe y se la
mostré. Al ver a Mila, mi hija, por primera vez vi un gesto de ternura en
Henriet. Me dijo que si la podía alzar y así lo hizo. Mila le sonrió a la
pelirroja y ella le devolvió la sonrisa. Me preguntó la edad de ella, le dije
que eran 10 meses. Me preguntó con inocencia y despreocupación por el padre de
la bebe, le dije que de esa historia se enteraría después. Vi en los ojos de
Henriet un poco de pena, sintiéndose como una entrometida, esto se me hizo raro
pues yo estaba acostumbrada a su habitual seriedad. Me asombró el cambio
repentino que causó en ella la ternura de mi hija. No quería que Henriet se
sintiera mal y le dije que en realidad no me molestaba la pregunta sino que era
una historia larga. En ese momento Mila empezó a llorar. Supe que tenía hambre
así que Henriet me la entregó y la puse en mi seno. Le pedí a Henriet que
mientras amamantaba a la niña me escogiera ropa para ponerme. Ella después de un
buen tiempo de manosear y detallar mis prendas, solo escogió el velo negro.
Después de amamantar a la bebe y dejarla en su cuna, Henriet misma con su
seriedad característica comenzó a ponerme el velo. La pequeña confianza que
habíamos creado me hizo tener curiosidad por su vida. Hablamos en alemán:
— ¿Cuántos años tienes Henriet?
— Una dama no le pregunta esas cosas a otra dama — me
respondió con seriedad mientras ataba el velo.
— Creo que te equivocas, tengo poco de dama y por tu parte
tienes una cara de niña que te delata, así sea cara de niña traviesa y tengas
cuerpo de mujer — se lo dije con un gesto pícaro y ella por primera vez me
sonrió de forma explicita — Vaya, se te acaba de caer un pedazo de hielo
querida, no podía creer que fueras tan joven y tan fría. ¿Cuántos años tienes?
— Tan solo tengo 15 — Terminó de ponerme el velo, deslizó sus
manos hasta mi cadera, me soltó, se dio la vuelta y me dio la espalda. Me excitó
ver esa mujer de corta edad, por que eso era, una niña con cuerpo de hembra
hecha y derecha.
— ¿Qué te pasa, qué te molesta? — le pregunté acercándome
lentamente.
— Es muy complejo, sé que tan solo soy una niña y algunas
veces quisiera haber vivido como tal. Pero nunca he conocido una vida libre,
desde hace mucho soy una sirvienta esclava, lo extraño es que disfruto mucho lo
que hago. Suena contradictorio pero lo que me pasa, lo que me molesta es decir
que a mis 15 años esta vida de esclava me agrade — Suspiró y giró nuevamente
para mirarme con su acostumbrada seriedad.
— ¿Cómo llegaste a serlo? — Pregunté con verdadera curiosidad
muy cerca de ella pues al girarse quedamos casi juntas
— Es una larga historia, te la cuento cuando me cuentes la
historia del padre de Mila, ¿te parece?
— Me parece, pero déjame hacerte una pregunta que si estas
obligada a responderme — Retomé mi gesto pícaro
— ¿Cuál?
— ¿Porqué escogiste este velo si ya me lo habías visto
puesto? — sin duda quería que me respondiera que le gustaba o algo similar.
— Bueno porque sabiendo que dentro de pocos minutos tendrás
otra ropa interior ésta es la única prenda que me permite ver lo que te escogí
antes, además me gusta como huele este velo, es un aroma muy carnal — me lo dijo
con esa seriedad que ya me parecía extremadamente sensual.
Yo no pude decir más, un agradable silencio nos envolvió.
Estábamos muy cerca, era conciente de que ella sentía mi respiración agitada.
Esa niña era la que dominaba la situación, sabía que me gustaba, sabía hacer
crecer ese gusto y aún así no mostraba ni una emoción. Me hizo saber que ya nos
habíamos demorado bastante y que aún le faltaba una diligencia por hacer. Tomé
una de mis maletas grandes en una mano y en la otra el coche-cuna con Mila
adentro, Henriet cogió la otra maleta grande y la pequeña de mi hija. Salimos
juntas. Entregué la llave y pagué la cuenta del hotel. Pronto estuvimos dentro
de la camioneta. Henriet en el puesto del conductor y yo a su lado con mi hija
en los brazos. Henriet me dijo que si no quería dañar la sorpresa que Alexa nos
tenía preparada lo mejor sería que llevara los ojos cubiertos. De un bolsillo de
su jean sacó un liguero negro que había sustraído de mi maleta y me lo amarró
para taparme la vista. Se aseguró de que no veía nada dándome un sorpresivo y
lento beso en mis labios. En el camino me dejó saber con su frialdad alemana que
yo le agradaba y que mi hija le parecía muy tierna.
Después puso el futuro de Mila entre el de una niña feliz y
el de una sumisa esclava. Supe que la ternura que despertó en ella Mila se dio
porque se sintió extrañamente reconocida en ella. Le respondí: será las dos. El
auto se detuvo. Henriet me dijo que esperara un momento y salió del auto. Yo
estaba demasiado cansada, quería dormir pero no lo pude hacer. Acaricie a Mila
durante este tiempo. ¿Quién diría que Henriet profetizaría en esa camioneta el
futuro de mi pequeña? Ya después conocerán su destino. Henriet regresó unos
veinte minutos más tarde. Me dijo que para no dañar la sorpresa era conveniente
que utilizara también unos tapa-oídos, en seguida me metió unos pequeños en mis
orejas y sobre ellos otros de baterista, como grandes y herméticos audífonos. No
escuche más. Diez minutos después sentí a Henriet entrar porque a su lado el
peso inclinó la camioneta, pero en seguida otro peso superior la inclinó hacia
atrás. Estaba agotada, no veía nada, no oía nada, tenía sueño y sin embargo la
intriga no me dejó dormir. Unos minutos después sentí que alguien desataba mi
velo. No creía que fuera Henriet pues la camioneta seguía en movimiento. Dejó el
velo a la altura de mi cintura. Luego una mano acarició con extrema delicadeza
sobre el brassière uno de mis senos. No quise retirar la mano porque no sentí
desconfianza de tanta delicadeza y por su puesto porque adoraba y adoro tanto el
placer que me era imposible evitar que alguien, así fuera un ser oculto, me lo
brindara. La mano levantó con lentitud el sostén y puso entre su índice y pulgar
mi pezón, fuere quien fuese lo soltó, acarició de nuevo mi seno pero esta vez en
su desnudez y finalmente lo dejó libre para que la boca de mi pequeña empezara a
extraer la bebida blanca. Una vez más mi entrepierna estaba húmeda. No podía
creer que en las últimas veinticuatro horas, estando tantas veces tan cerca del
placer no hubiera llegado ni una sola vez al culmen del mismo. El caliente
desespero en mi entrepierna era natural, no quería soportar más. Estaba arrecha
y descontrolada. Puse a Mila en posición tal que me cubriera pues me importaba
lo que pudiera pensar Henriet.
Deslicé cautelosamente una mano hacia el borde del velo,
subiéndolo con lentitud, palpando mis piernas hasta llegar a la sensual tanga y
sobre ella acariciar mi coño. Lo hice por unos segundos pero lo único que
conseguí fue arrecharme más, ponerme ansiosa de una mayor satisfacción. Así que
con el filo de mis uñas, aún pintadas de negro, levanté los ajustados bordes de
encaje negro hasta estar bajo la diminuta base de seda roja, satisfaciéndome,
mimándome bajo la tanga. Mis roces eran descargas de placer que luché por no
mostrar, mas fue inevitable, mi respiración acelerada me delataba. Quise meter
un dedo en lo más profundo de mi vagina, quise agitarlo con violencia adentro,
quise descargar toda la pasión que tenía atrapada pero en ese momento el auto se
detuvo, habíamos llegado a nuestro destino. El movimiento de la camioneta me
permitió saber que tanto Henriet como la compañía que llevábamos atrás habían
salido. Por unos segundos pensé en realizar una rápida masturbación o retirar mi
mano, me decidí por lo segundo. Luego sentí la brisa sobre mi cuerpo, alguien
había abierto la puerta de mi lado. Con suavidad cogieron el borde del velo que
se encontraba a la altura de mi cadera, la mano se quedó ahí un corto instante,
ejerciendo con el pulgar una presión fugaz en mi intimidad, sobre la tanga, pero
enseguida bajó el velo y lo dejó en su posición original, a mitad de mis muslos.
La boca de Mila fue retirada de mi pezón y su cuerpo de mis brazos. Alguna boca
reemplazó la posición que antes ocupaba la de mi hija, una boca grande porque
abarcaba una extensión mayor en mi seno y su poder de succión era muy superior,
aumentando notablemente el flujo de leche a que estaba acostumbrado mi pezón,
sentía una gran fuerza en mi seno. Mi vulva estaba desesperada, mi mano quiso
darle alivio. Esta vez sin ninguna inhibición mi mano subió el velo, retiró la
tanga y clavó su largo dedo corazón en mi vagina, me masturbé por pocos segundos
con licencia, sintiendo la poderosa succión de esa boca y derramando flujo
vaginal sobre el asiento de copiloto. Rápidamente esta boca se alejó de mi pecho
y después de detener la labor masturbatoria que estaba realizando mi mano y de
alejarla de mi intimidad, la lengua de esa boca pasó a lamer con una lascivia
lenta mi dedo corazón. Mientras lo hacia acariciaba con sorna mi seno
descubierto, extasiándome ante la misteriosa identidad del ejecutor o ejecutora
de tales labores.
Quise manosear mi cuca con la mano libre pero esa persona
misteriosa me lo impidió deteniendo su camino y de nuevo regresando a su sitio
el velo. Haciendo un ángulo con el índice y el corazón, colocándolos sobre el
borde exterior de mi pezón y ejerciendo presión, ese ser misterioso logró sacar
un hilo de leche que sentí deslizarse por mi seno. La boca dejó de chupar mi
dedo, dejándolo limpio de los flujos que antes lo cubrían, sentí una respiración
cálida sobre mi seno y enseguida la punta de la lengua en un camino en ascenso
para limpiar la leche, lengua que se detuvo justo sobre mi pezón erecto y que
rápidamente se retiró. Ese ser secreto regresó mi brassière a su sitio,
cubriendo la desnudez de mi seno, ese ser invisible acarició la textura de mi
sostén por un momento y luego subió mi velo para amarrarlo detrás del cuello,
ese ser misterioso puso su boca sobre la mía y me besó solo con el roce húmedo
de sus labios abriendo después mi boca y traspasándome de la suya un agradable
liquido dulce que me vi obligada a beber. En el interior de nuestras bocas las
lenguas empezaron a jugar y yo disfrutaba sintiendo en su lengua el sabor dulce
del líquido que había bebido. Sus manos acariciaban mi rostro y las mías, que
habían permanecido inactivas sobre su cuerpo hasta el momento, distinguieron
solo una incógnita figura femenina al posarse sobre su cintura y al ascender
para acariciar sus senos. Pero en ese instante de goce sensitivo, empecé a
sentir un súbito, extraño y pesado sopor que creí producto de las largas horas
que había pasado en vela. Me quedé dormida.
Cuando desperté estaba anocheciendo. Me encontraba en el
cuarto de visitas especiales en la casa de Alexa. Estaban mis manos amarradas a
los maderos que tenía por esquina la cama, acostada y con las manos hacia
arriba. En cada esquina estaba una de las chicas, al igual que yo, atadas,
vestidas y maquilladas de la misma manera. Incluyéndome, vestíamos las prendas
que le habíamos visto a Alexa en la madrugada al entrar a este cuarto y supuse
que yo estaba maquillada igual. Llevábamos un corsé de cuero negro y un sostén
en encaje negro. El cabello en una firme cola de caballo. Altas botas de cuero
negras hasta arriba de la rodilla y unas medias veladas negras que terminaban a
mitad del muslo, en un encaje. Cubría nuestros sexos una diminuta tanga blanca
en algodón, que las hijas de Carolina y su amiga europea llevaban transparentada
por una amplia humedad que me permitía reconocer con facilidad la forma y
división de sus labios íntimos. La boca pintada de negro, sombras negras en los
parpados, pestañas negras, ojos delineados de negro, uñas negras y sudor en
nuestra piel visible. El calor era bochornoso, la chimenea estaba prendida y muy
cerca de ella se encontraba mi velo, irradiando por el calor todo su sexual
aroma orgánico. En frente mío estaba Alexa, diagonal Paula y a mi izquierda
Alejandra. Me miraban con una sonrisa en sus rostros. Paula rompió el silencio:
— Por fin despiertas preciosa.
— ¿Qué pasó, porqué estamos así? — pregunté con total
curiosidad
— Que Henriet es la dueña de nuestros destinos por una semana
— me contestó la alemana con calma
— No entiendo — aseguré
— Lo que pasa es que a partir de hoy en la mañana hasta
dentro de ocho días somos las perras esclavas de la esclava de Alexa — Alejandra
se escuchaba un poco inquieta pero sin embargo sonreía
— Les aseguró que si nos comportamos con total disciplina al
final ella nos compensara con un placer inimaginable — Alexa estaba confiada
— Creó que ya ha empezado, esa humedad en sus tangas las
delata con cinismo — sonreí con descaro
— Es que no te imaginas el tipo de esclavitud al que nos
tiene sometidas esa niña, pero creo que es mejor que ella te lo explique, quedo
de venir dentro de poco con tu bebe para que le des su comidita y para que
nosotras la conozcamos — Paula también estaba de mejor genio que Alejandra
— ¿Hace cuanto estoy acá? — pregunté nuevamente
— No sabemos — me dijo Alexa — en la mañana nos cansamos de
esperarte y nos quedamos dormidas, despertamos en la tarde y ya estabas ahí,
durmiendo.
La puerta del cuarto se abrió. La figura sensual de la
juvenil Henriet estaba en la puerta con mi bebe en sus brazos. La pelirroja
estaba vestida igual que nosotras solo que sus prendas eran de color rojo. Su
intimidad también estaba cubierta por una diminuta tanga blanca en algodón.
Altas botas de cuero rojas hasta arriba de la rodilla y unas medias veladas
rojas que terminaban a mitad del muslo, en un encaje. Llevaba un corsé de cuero
rojo y un sostén en encaje rojo. Su cabello a diferencia del nuestro estaba
suelto. Su maquillaje si era igual, la diferencia es que sus labios estaban
pintados de un rojo oscuro pero brillante. Esa niña tenía una belleza demoníaca,
con solo verla mi intimidad se empapó, entonces supe porque la humedad en las
tangas de mis acompañantes. Entonces caminó hacia mí con firmeza, me desnudó un
seno y se sentó justo al lado mío sosteniendo a Mila en sus brazos, mirándome
con su habitual seriedad a los ojos. La deseaba, quería disfrutar todo un día de
su cuerpo y se lo hice saber con gestos obscenos, sacando mi lengua con
lentitud, intentando acercarme sin éxito para besarla, extremando mi
respiración, abriendo suavemente mis piernas pero con lascivia, mirándola a los
ojos sin decir una palabra, tal cual lo hizo ella pues a pesar de todas estas
invitaciones ella no realizó ni un solo gesto y conservó su silencio y sus ojos
clavados en los míos. Me sentí humillada al mostrarle mi deseo y no conseguir
nada. La pelirroja retiró a Mila, cubrió mi seno y se puso de pie para irse. No
tuve orgullo y en un esfuerzo por llamar su atención le solicité una explicación
argumentando que a diferencia de las demás yo desconocía mi función en ese
cuarto. Ella simplemente me contestó que mi función era esperar y obedecer todas
sus peticiones. Quede en silencio e irritada, escuchando como abría la puerta
del cuarto pero no salió, dejó la puerta abierta y se devolvió para mostrarles
la bebe a mis amigas. Después de hacerlo se ubicó atrás mío y se agachó para
susurrarme suavemente al oído: Ich weiß nicht, daß es besser ist. Der Saft ihrer
Intimität oder die Milch ihrer Brustwarzen. Con esa frase regresó mi ego a su
pedestal, el lugar que nunca debe perder y solucionó mi duda acerca de la amante
misteriosa en la camioneta.
Quiero adelantarme un poco para contarles como manejó Henriet
nuestras funciones diarias básicas. Comíamos frutas, verduras y cereales,
bebíamos agua y leche. A las ocho de la mañana, a la una de la tarde y siete de
la noche entraban cuatro mujeres forradas con trajes amarillos de látex y con
mascaras del mismo material y color para proporcionarnos los alimentos
mencionados. Algunas veces se divertían con nosotras. Llevaban miel, arequipe o
crema de leche y la untaban en nuestra piel, empezaban a lamernos dejándonos
completamente excitadas pues a penas terminaban, se paraban, se besaban entre
ellas y salían en silencio. Por otra parte, un poco arriba de donde se
encontraban nuestras manos, sobre cada uno de los maderos había un botón que
debíamos tocar cuando teníamos alguna necesidad fisiológica. Aparecía una mujer
vestida de gatubela, con el rostro cubierto, ayudándonos a girar, bajaba nuestra
tanga, ponía una pequeña tina llena de agua en el suelo, nos ayudaba a agachar y
allí orinábamos y cagábamos, nos limpiaba, y nos devolvía a la cama. La gata era
un animal instintivo que olía con gusto la tina, algunas veces bebía el agua
contenida y con ella nuestra orina, e incluso llegó a pasar una de sus largas
uñas sobre la mierda y como si de un pastel se tratara se comía parte de
nuestras heces con total agrado para salir rápidamente sin pronunciar una sola
palabra, meneando felinamente su redondo y prieto culo bajo el ajustado traje de
cuero. No lo niego, en un principio me causaba repulsión cada uno de sus actos
pero después esta mujer hizo despertar en mí la curiosidad por estas prácticas y
como buena vampiresa siempre termino por liberarme de todas mis curiosidades.
Después de que Henriet salió de la habitación le hice una
propuesta a Alexa:
— Te doy un millón de dólares por Henriet
— ¿Perdón? — me dijo la alemana
— Lo que escuchaste
— ¿Me hablas en serio?
— Por supuesto — le dije con seguridad
— ¿Tanto te gusta esa niña? — interrumpió Paula
— No es solo por la mujer sensual que ustedes acaban de ver.
Ella me llevó al hotel a recoger a Mila y traer mis cosas y sin llegar a nada
percibí en ella una mezcla perfecta de ternura, seriedad y salvajismo. Es
perfecta — les dije emocionada
— No se Hulla. No solo he percibido la ternura, seriedad y
salvajismo con que la describes, sino que lo he sentido, tienes razón Henriet es
muy especial y más para mí. No creo poder separarme de ella... a menos que ella
lo desee — Alexa fue sincera con migo.
Hubo silencio de nuevo. Intenté habituarme a esta extraña
situación. Acostada en una cama con las hijas de mi amante, con una sensual
alemana al frente y teniendo por ama a la esclava de ésta durante una semana y
con unas palabras que retumbaban en mi mente: a menos que ella lo desee. Me
propuse conquistar en esa semana a esa voluptuosa diablilla y pedirle que
estuviera por siempre conmigo, quizás ella lo desee. Pensé que Henriet sería la
compañera perfecta para mi Vera, mi hija de doce años. Acordarme de Vera me puso
melancólica. Recordé con tristeza lo más demoníaco de mi existencia. No estaba
arrepentida pero quería contarlo todo. Quería contarles a Paula y Alejandra mi
historia, necesitaba hacerlo pues además necesitaba que me ayudaran con su
madre. Pero en ese momento no era eso lo que principalmente me motivaba a
contarlo todo sino un deseo de la libertad y felicidad con que estás hermanas
disfrutaban de su relación prohibida. Me sentí la personificación de Satán al
recordar mi vida, sin embargo no estaba arrepentida, sin embargo unas lágrimas
por mis mejillas caían.
— ¿Qué tienes rubia preciosa? — me preguntó Alejandra
— No se me había ocurrido decírtelo pero es cierto tienes un
cabello hermoso y además unos ojos seductores, me alegra conocerte como eres
Hulla, eres hermosa — un silencio — No entiendo porque lloras, ¿no me dirás que
es por lo de Henriet? — me dijo Alexa
— No, para nada. No soy tan caprichosa — respondí con
tristeza
— Si pudiera te consolaría de la misma forma en que lo hago
con mi hermana cuando ella llora. ¿Qué te pasa preciosa? — me preguntó
preocupada Paula. Yo entendí el contenido sexual de su comentario y sonreí por
un instante, luego mire a Alejandra a mi izquierda creyendo que tendría algún
gesto de celos pero contrario a lo que pensé ella se giró hacia mí, estiró sus
piernas lo más que pudo haciendo un gesto que me insinuaba girarme de la misma
forma y abrir las piernas, así lo hice, y con sus bota llegó a acariciar la
parte interior de mis muslos que era el lugar más lejano al que podía llegar en
esa dirección, aunque yo era la que más cerca se encontraba a ella. Mientras me
consentía me dijo con una insólita dulzura:
— Yo también quisiera darte mucho cariño para borrar esas
lágrimas de tus mejillas ¿Qué tienes?
— Si te soy sincera es un poco de envidia contigo y con tu
hermana. Pero como dicen envidia de la buena. También he querido cometer un
asesinato contra un imbécil que se lo merece, pero no he tenido el valor.
Envidia porque también hay cosas oscuras en mi vida, cosas de las que no me
arrepiento pero cosas que ha diferencia de ustedes hasta este momento no me he
atrevido a contar...
Entonces mis ansiosas lectoras lésbicas inicié mi historia.
Nunca olvidaré ese junio del 94 en Aruba... A ellas les conté una versión oral
de la historia que ustedes leerán. Por su puesto me fue imposible contarles mi
historia en un solo discurso. Las comidas interrumpían mi narración, nuestros
deseos de excretar interrumpían, el sueño interrumpía, las imágenes que a veces
proyectaba la gigante pantalla en el techo interrumpían, pero sobre todo lo
hacia Henriet, con los espectáculos obscenos y sicalípticos que realizaba en el
cuarto, proporcionándonos placer pero sin dejarnos alcanzar el culmen,
dejándonos aún más ansiosas y excitadas, sin la posibilidad de satisfacernos.
Únicamente cuando estábamos las cuatro solas en el cuarto mi historia se
desarrollaba, en medio de nuestra excitación. Ya antes en el 92 me había sentado
a escribir mi vida para mí misma... Ahora les entregó esta historia del 92 a
ustedes con ciertos cambios que he hecho en la actualidad, cambios producto de
la conciencia de que esa historia escrita en el 92 tendría ahora lectoras
lesbianas diferentes a quien la redactó: yo. Entonces pensé en cómo empezar. Hay
muchas formas de iniciar una novela, por el principio, por el final, en algún
punto en medio de los hechos o, como lo he hecho, contando lo sucesos que
envolvieron la primera vez que conté esta "misma" historia, decisión que tomé
por que al fin y al cabo ustedes van a escuchar por primera vez mi vida. Así
como inicié con Alexa, Alejandra y Paula a ustedes comenzaré contándoles la vida
de mi madre y lo que ella hizo de mí. Quiero contarles la parte oscura y secreta
que en mi sociedad tras un velo se ocultaba. Pues si hay algo que tengo claro es
que mi existencia era igual a la de las demás y por lo tanto con la narración de
mi vida tan solo pongo a la luz lo que en todas estas familias se disimulaba.
Desde muy pequeña me casaron, cuando aún era una niña. Me
sentí como una esclava o una prostituta vendida. A mi esposo casi nunca lo veía
y sin embargo lo odiaba. Tuve con él tres hijos de muy joven: Igna, mi taciturna
y solemne hija mayor, Ribé, el rebelde varón y Vera, mi tierna y traviesa hija
menor. Por otra parte mi madre me dio una hermana que ella no quiso cuidar ya
que falleció en el parto, haciéndome una huérfana acaudalada, con una hermana
menor a la cual debía cuidar. Yo un par de años después tuve una hija que oculte
por un tiempo ya que la tuve con un hombre que no era mi esposo, el cual conocí
en un viaje a Europa; de este hombre después hablaremos pues fue por causa de
este hombre que mi odio hacia ese género masculino se consolidó, tomó forma y
como un árbol maduro dio sus frutos, frutos dulces, jugosos y deliciosos;
gracias a este macho detestable me hice la lesbiana más feliz, más radical, mas
adinerada y más satánica que se haya conocido. Pero no te afanes mi sensual
lectora lesbiana, prometo satisfacer solo a ti, compañera sáfica, tu curiosidad
y tu cuerpo con la historia matriarcal de mi familia. Te retribuyo, te complazco
en agradecimiento a lo que haces tú por el género femenino, enalteciéndolo, pues
eres la mujer que ama a la mujer; para ti amiga lesbiana todos mis labios arden
en llamas. El gotear del néctar de mi grieta ansiosa actuará como polen para ese
cerebro soñoliento, y la mente que no siente deseo se agitará de repente con
desenfrenado impulso. Y cuando mi impetuoso, ardiente y febril oleaje sea
saciado gracias a la delicadeza femenina, comenzará a fluir de nuevo, solo por
ella. Esos senos, ese culo, ese coño, ésa carne que deseo infernalmente vendrán
a mí, vendrán a nosotras. En el nombre de la Gran ramera de Babilonia, de Lilith
y de Hécate, que nuestro deseo lésbico sea satisfecho. Del amor y el odio dentro
de mi familia es de lo que les quiero rendir detalle al pormenor. Pero antes se
enterarán de cómo fue que llegue al universo, de que tan saciada, ansiosa y
necesitada siempre he estado de placer y de esta forma conocerán todos mis
maquiavélicos pensamientos, febriles sentimientos y voluptuosos deseos.
28 de diciembre de 1992. (Por primera vez me senté a
escribir) Arreglado por una Hulla del 2006
ROJO MATUTINO
Soy de una familia de acaudalados y opulentos gitanos
españoles. A principios de 1940 durante la Segunda Guerra Mundial huyeron de
España y se establecieron a las afueras de una ciudad colombiana que se llama
Medellín. Mi abuelo tomó dicha decisión porque tenía una carga de
responsabilidad con Isabel, su mujer, (mi abuela) ya que ella se encontraba
embarazada. Compraron una cómoda y gigantesca hacienda cafetera a la que mi
abuelo impuso sus propias leyes. Comenzó a relacionarse con la gente importante
de la región, se iniciaron los negocios de compras y ventas multimillonarias y
la familia se consolidaba en la zona. Mas no soportaba el abuelo que alguien
visitara la hacienda y enfatizaba: "Este lugar es solo para la familia". Para la
familia, los caballos, que eran como de la familia, y las botellas de vino. Mi
abuelo tenía dos obsesiones en la vida: una desmedida y perturbada fascinación
por los caballos sangre pura pues su capricho era tener los mejores especimenes
siempre — por lo menos los de la región donde se localizara —; y por otra parte
su existencia no tenían sentido si por lo menos una botella de vino diaria no se
tomaba. En Colombia no existen tierras adecuadas para la producción del buen
vino, así que el abuelo realizó un negocio mediante el cual se volvió dueño de
la décima parte de un viñedo en Chile que pertenecía a la familia Moldavi. Desde
el sur del continente llegaban las botellas de vino tinto a la hacienda cafetera
en Medellín. De las razas de caballos que tenía el abuelo siempre conservaba un
macho y una hembra; tenía el abuelo unos hermosos appaloosa, unos caballos
fuertes, ágiles e inteligentes, con pezuñas fuertes y cola y crin cortas. Había
también unos caballos de raza shire, animales corpulentos de pelaje largo que
recubría la última parte de sus patas y pies, eran unos de los caballos de tiro
más grandes del mundo. Otras razas de caballos de tiro que tenia el abuelo eran
un par de percherones al igual que un par de clydesdale. Tenía además unos
quarter y unos pinto, que eran dos razas estadounidenses, como siempre macho y
hembra; los primeros destacaban por ser unos caballos rápidos y veloces en
distancias cortas. Estos eran sus doce caballos y esta era su felicidad; pero su
gran orgullo era el hijo que iba a parir su esposa. Al dar a luz mi abuela
Isabel, el niño que no quería nacer, el niño que se resistía a nacer, murió en
el intento. El abuelo, que sin duda deseaba tener un varón, tardo cuatro años
intentando nuevamente embarazar a mi abuela y en el 44 nació mi madre,
Elizabeth, la reprimida, la caprichosa, la mujer no deseada. Creció pues mi
madre en el ardor de los siempre voluptuosos caballos, las delicias de la
burguesía y la opulencia de la hacienda de donde solo salía para tomar
vacaciones con sus criadas en Europa. Cuenta la vieja historia que desde muy
pequeña mi madre siempre convivió con los caballos del abuelo y que precisamente
de ellos aprendió el asunto más importante que se debe conocer en la vida.
Ella era parte de ellos y ellos eran parte de ella. ¿Cuánto
se necesitaban? Eran un mismo ser. Una noche de un cálido verano del 54, durante
la cena, mi madre, Elizabeth sintió una suave llama que se apoderaba lentamente
de su delicada entrepierna y un brillo incandescente se apoderó de su mirada.
Veía una foto del verano pasado en el cual compitió con el quarter macho que se
llamaba Loki en una carrera de caballos infantil que se había realizado en la
región. No ganó pero no le importó. Los días de entrenamiento precedentes a la
carrera eran suficiente premio. La relación de Elizabeth con los animales del
abuelo se hizo más fuerte, especialmente con Loki. Tomó el vaso que se
encontraba sobre la mesa y pasó un trago de agua que cayó en un descenso súbito
y potente que despejó su mente.
— ¿Puedo dormir en el establo?
— ¿Me preguntas a mí o a tu madre?
— A los dos
— ¿Mujer crees que Elizabeth se lo merece?
— Déjala. A ella le agrada y a ellos les agrada. ¿Qué podría
pasar?
Un gesto travieso y de un sutil deleite se apoderó de su
rostro; y sin embargo no determinaba la causa ya que le era completamente
extraña. Unos minutos después de la cena se despidió de sus padres llevando en
su mano derecha un par de mantas y en la izquierda ropa para dormir. Se alejó de
sus padres con los pasos refinados e imponentes que copiaba de sus elegantes
amigos equinos. Contaba con diez años y por supuesto la vida le parecía
perfecta. Caminó en dirección del establo. El cielo estaba despejado, la luna
llena se imponía sobre la oscuridad nocturna y los escasos árboles parpadeaban
infinitas luces plateadas. La noche vio como la figura delicada de mi madre
atravesaba los pastizales de la hacienda. Era una niña que sabia perfectamente
que era la elegancia y eso a la vez le daba un poco de arrogancia; era un poco
alta para su edad, sus piernas eran extrañamente largas, además eran
excesivamente delgadas. De cintura era aún más delgada y eso hacia que sus
caderas se vieran fenomenalmente anchas. La piel clara más no completamente
blanca. Su cabello era largo, liso y del color de la arena dorada de la playa,
sus ojos eran grises, grandes y traviesos, su nariz pequeña y respingada y sus
labios eran firmes, delgados y protuberantes. Una brisa inesperada causó
contracción repentina y pasajera en todo su ser. Vinieron a su mente unos versos
de un poema de Lord Byron que Camila, su institutriz, le había leído con
suavidad: "Ya nunca más pasearemos/ en las altas horas nocturnas,/ aunque el
corazón siga enamorado/ y aunque siga brillando la luna". Al llegar al establo
recostó su cabeza en el lomo de Loki quien se hallaba sobre un cúmulo espeso y
tupido de paja seca y amarillenta. Los otros animales estaban a su alrededor. A
lo lejos se escuchaban fuertes gemidos. Al parecer unas mujeres eran victimas de
un enorme suministro de goce y regodeo, no obstante no le importaba saber
quienes y porqué, y de todas formas no lo sospechaba. Era cosa de todas las
noches y siempre le pareció normal, la curiosidad nunca la invadió. En un
principio el establo le pareció frió, por esto se puso mas prendas nocturnas de
las que realmente necesitaba, además se cubrió exageradamente con las mantas que
llevaba. Sin embargo fue solo el calor de los mamíferos lo que le dio distensión
a sus músculos. Y en el calor de la vida: entre los sollozos lujuriosos de
mujeres en la distancia y el ardor de la sangre equina se quedo dormida la
pequeña niña.
¿Curiosidad? ¿Cuál era el motivo por el que mujeres gemían?
¿Quiénes eran? Sucedía que al abuelo le gustaba observar como las criadas
favoritas de su esposa le estimulaban a ella misma su intimidad y ella, como era
de esperar, expresaba todo su placer sin ninguna restricción. Después de la cena
el abuelo subió a la alcoba nupcial antes pidiendo que le llevaran unas botellas
de buen vino y a tres de las criadas más bellas y educadas de su esposa. Ya en
la alcoba se encontró con Isabel. Era una mujer de veintisiete años que esa
noche lucia húmeda, limpia y perfumada por un baño que acababa de tomar. Estaba
acostada de medio lado en su cama, sosteniendo una larga pipa mediante la cual
fumaba dulces bocanadas de opio. Sus ojos claros estaban un poco adormecidos por
el efecto de la sustancia. Su cuerpo era abrigado por una bata larga que le
llegaba hasta los tobillos y que tenía un blanco luminoso. La bata se encontraba
insinuantemente abierta y dejaba ver unos senos grandes y firmes, recubiertos
por un sostén de seda negra. Llevaba una tanga en encaje del mismo color sobre
unas anchas caderas y un vientre plano. Su piel contrastaba con el color de sus
prendas íntimas y hacia juego con el de su bata, que piel tan blanca. Lo
contrario para su cabello negro, liso y brillante que llegaba hasta debajo de
los voluminosos senos pálidos. Era una mujer apasionante y caprichosa. Su esposo
la miró con lujuria por un instante desde la puerta de la alcoba y sin acercarse
a ella se dirigió inmediatamente al baño donde tomó una corta ducha. Cuando
salió desnudo se encontró con una imagen que lo estimuló. Isabel jugaba
pícaramente con sus criadas. El juego consistía en que ellas debían morderle los
lóbulos de las orejas a su ama, ella debía evitarlo, y viceversa. El juego tenía
sus reglas: no podían levantarse del lecho donde se encontraban, no podían
utilizar las manos y ninguna podía alegar por la intensidad de la presión en las
mordeduras; y los gemidos se permitían también sin restricción de intensidad. El
juego tenia sus recompensas, la que conseguía morder a alguna tenía derecho a
una gran copa de vino tinto y como premio final la que consiguiera primero
quince copas de vino, gracias a los mordiscos, seria embriagada de placer por
las otras. El abuelo caminó desde la puerta del bañó hasta la cabecera de la
cama que se encontraba en el centro de la gran alcoba, besó a su mujer y a las
criadas, tomó a una de ellas de la mano y la llevó hasta la base de la cama,
donde una silla grande y acolchada lo esperaba. Se sentó con confianza. Al lado
de la silla, una pequeña mesa sostenía una de las botellas de vino, las otras
botellas estaban en manos de su esposa a quien miró con excitación, ella le
devolvió la mirada, sonrió y continuó con su juego.
Le ordenó a la criada que estaba junto a él que se
arrodillara y se divirtiera con su virilidad. El cabello castaño, liso y largo
de ella se agitaba debido al constante sube y baja. Cada tanto el abuelo le
ofrecía un trago de vino, ya fuera directo de la botella o pasándoselo boca a
boca. Un mes antes de esta noche esta criada había cumplido veintidós años, era
la preferida de Isabel y no era gratuito dicho titulo. Su nombre era Camila,
tenía tres años cuando la mamá de Isabel (mi bisabuela) la adoptó creyendo
conveniente darle una hermana a su hija Isabel y además ayudar a una de sus
trabajadoras, una campesina gitana hermosa pero pobre, en los cultivos de su
hacienda en España, La Cantaora. La adinerada familia de Isabel la mantenía
aislada entre los lujos y excesos de los cuartos y salas dentro de la hacienda y
solo en días de Navidad, se veía con dos primas de su edad. Isabel creció como
una niña mimada y engreída que miraba con desprecio a los sirvientes de la casa.
A los ocho años su madre le dijo que tenía una hermanita y recibió a la pequeña
de tres años que puso por nombre Camila. Pero Isabel era maliciosa y sintió el
engaño, su madre nunca estuvo embarazada y le molestó que ella la creyera
ignorante. Pero por otra parte la niña le pareció una linda muñeca no con la
cual jugar sino creyéndola un juguete. Sabía que era hija de una de las extrañas
e inferiores campesinas. Jugaba a probarle múltiples vestidos a su muñequita, la
peinaba, le daba la comida, le negaba la palabra, no le permitía deseos, al
crecer sus destrezas ponía a la pequeña Camila en posiciones estáticas durante
horas silenciosas y realizaba hermosos dibujos realistas en plumilla de la niña;
aplacó la voluntad de esta pequeña adoptada. Camila tampoco conocía a otros
niños y había crecido interna en una casucha de la hacienda donde a parte de la
relación con su madre solo conocía la relación de ella con sus patrones. Tenía
en sus venas sangre servil, creció siendo feliz en la obediencia e ignorante del
término voluntad. Amando a su ama Isabel. Creció junto a ella, no como una
hermana sino como un juguete, una muñeca a la que Isabel educó y convirtió en
una joven, sumisa y callada, igualmente bella y profundamente apasionada, joven
a la que mi abuela estaba encaprichada. Tanta confianza hizo que Camila fuera la
tímida institutriz de Elizabeth, mi madre, desde que esta tenía siete años y
aquella, Camila, diecinueve.
Pero regresemos a los ojos azules del abuelo rubio que no
perdían detalle del juego que en su propia cama se perpetraba. Con el desarrollo
de la acción las mujeres fueron perdiendo sus prendas, el sudor le dio brillo a
las pieles y el licor las hizo indiscretas. Isabel fue la triunfadora. Logró las
quince copas en 1 hora, mientras que sus criadas lograron doce y catorce. El
entusiasmo invadió su feminidad y se preparó para las olas de placer que sabia
que sus esclavas le podían proporcionar. Se quitó la tanga que era la única
prenda que le quedaba, puso sus ojos de un verde claro y pálido en dirección de
los de su esposo y abrió delicadamente las piernas, dejando que el par de
mujeres le hicieran creer que su intimidad era el centro del universo. Sin
embargo observaba con celos como su Camila, su criada favorita le suministraba
una felación a su maldito; pero una descarga de placer la ausentó de sus
pensamientos pues una botella de vino fue vaciada en su intimidad chocando con
los flujos femeninos que ella rebosaba.
En el establo Elizabeth, mi madre, abrió violentamente los
ojos. Una insoportable sensación de calor la arrebató del sueño en que se
encontraba, haciéndola despertar con miedo. El sudor recorría caudalosamente su
cuerpo. Se dio cuenta que el percherón hembra estaba en sus cuatro patas
observándola a unos 5 metros. El establo estaba tranquilo y eso le hizo perder
también el miedo. Ya serena se percató de que no había pasado mucho tiempo desde
que se acostó. Unas tejas plásticas transparentes le permitieron ver que la luna
no había avanzado mucho en su trayecto. Los gemidos de fondo habían aumentado en
volumen y cantidad. Se sentía un poco extraña. Aunque había compartido muchos
instantes con sus animales esta era la primera vez que dormía con ellos.
Conociéndolos en su vida nocturna, vida de la que ella hasta el momento estaba
desentendida. La luna iluminaba el establo, los gemidos de fondo se distinguían
y ella se sentía extraña, pero nunca importunada. A pesar de que el calor la
penetraba decidió no desabrigarse y quedarse tal cual estaba y con la mente
caliente se puso a pensar. Elizabeth, mi madre, la que se sentía extraña, con
los gemidos acostada, en el establo junto a Loki, se puso a pensar con el cuerpo
sudoroso y la mente caliente. No se que pensaba. Yo, Hulla, su hija, pienso en
este momento mientras estoy escribiendo. Fue mi abuela Isabel la que se lo
heredó a mi madre y fue mi madre quien me lo heredó a mí. Seguramente a mi
abuela también se lo heredaron sus antepasadas, mas no se como sucedió eso. Sólo
sé cómo ella se lo heredó a mi madre y cómo mi madre me lo heredó a mí. ¿Qué? El
odio por los hombres. Fue la abuela la que inició este clan de vampiresas y yo
su nieta fui quien lo consolidó. Isabel amaba a sus criadas, mi madre amaba a
sus caballos, pero yo amo a mis... Ya en la narración se enterarán a quienes amo
yo. Por otra parte mi madre heredó del abuelo el amor por los caballos y el
gusto por el buen vino, a mi solo me llegó el gusto por éste último. Pero
volvamos al establo, a la noche de luna llena en el verano, a los gemidos
incitantes y a mi madre sudando. Elizabeth fue aislada de sus desconocidos
pensamientos por causa del percherón macho.
Éste sorpresivamente se paró y se dirigió lentamente al
percherón hembra que estaba en sus cuatro patas observando aún a mi madre a unos
5 metros de distancia. Llevaba entre sus patas traseras su miembro agrandado a
un tamaño descomunal. No es que mi madre nunca lo hubiera visto, pero esta era
la primera vez que le causaba curiosidad. Observaba concentrada y completamente
intrigada. El calor que ya era alto se aumentó notable y repentinamente en su
cuerpo y Elizabeth decidió quitarse la ropa y estar igual que sus equinos, en
desnudez. Se desvistió sin quitar la mirada del miembro del percherón. Al
contrario de lo que creía, el calor y el sudor envés de disminuir se
incrementaron. El macho dio un brinco y apoyó sus patas delanteras sobre el lomo
de la hembra. Mi madre dio un pequeño brinco al mismo tiempo que el caballo y se
volvió a espantar, pero la curiosidad le pudo más. El macho introdujo su miembro
en un orificio de la hembra e inició un bamboleo que fue paulatinamente in
crescendo, de la misma forma que fueron in crescendo los relinchos de la hembra,
de la misma forma que fueron in crescendo los fogosos sollozos de fondo de las
mujeres en la casa. Su respiración estaba acelerada, su cuerpo era un mar salado
de sudor y en este estado recordó haber visto alguna vez a su padre orinando con
un miembro, guardando las proporciones, similar al del caballo y había visto a
los caballos emplearlo para lo mismo. Encadenó los relinchos de la hembra con
los gemidos que de fondo escuchaba; sin embargo la excitación no la dejó
precisar nada. Sintió un brío demoníaco en su flor sagrada y se vio en la
necesidad de masajearse suavemente con las manos para darse calma. El ardor era
placer que por primera vez en su cuerpo despertaba. Su sexo le empezó a exigir
caricias más fuertes y aceleradas que aumentaban fogosamente el deleite que a su
vez sentía. Ella misma empezó a gemir imitando inconscientemente a las mujeres
de la casa. El hecho de estar en terrenos hasta ahora desconocidos la asustaba
un poco pero el placer que sentía era mucho más superior a cualquier temor. Y en
un momento, una eterna explosión exuberante la dejo desconcertada y casi
desmayada.
Unos minutos más tarde despertó desubicada. Se vio desnuda y
sintió un poco de miedo, sin embargo los equinos dormían y solo el silencio se
escuchaba. Se quiso poner su ropa interior y se asustó pues en su blanca tanga
una mancha de sangre aún húmeda observaba. Miró su intimidad con asombro, tocó y
quedo aterrada, el pánico subió por sus venas. Su vulva en sangre estaba
empapada. Un inexplicable sentimiento de culpa invadió su alma y lagrimas de sus
ojos brotaban. No es que hubiera roto su inocencia sagrada, sino que por vez
primera la regla llegaba, mas ella estaba desinformada y por lo tanto,
perturbada y desconcertada. Mas en el silencio de la noche Loki sorpresivamente
se paro, ella estaba paralizada. El caballo dio la vuelta y se acercó lentamente
frente a ella con una tranquilidad que al parecer quería transmitir a su ama.
Agachó su cabeza y puso la lengua en la entrepierna de Elizabeth; ella seguía
asustada e hizo un intento poco enérgico por alejarse. Loki insistió con su
lengua indiscreta. Esta vez, ya un poco relajada, sintió un placer similar al
que sus propias manos le habían provocado hace un momento. Olvido la culpa y fue
incapaz de oponer resistencia. Después de unos largos minutos disfrutando de las
sensaciones que la lengua equina le proporcionaba, Elizabeth se alejó
definitivamente y decidió que este asunto sanguinario seria un secreto entre
ella y sus amantes caballos. Tomó una bolsa de cuero que en el establo se
encontraba, luego tomó su propia tanga y termino de limpiarse su intimidad con
esta prenda. Se vistió con la ropa que antes llevaba, metió la tanga dentro de
la bolsa de cuero y la amarró con una fuerza abrumadora. Salió del establo y
caminó por los pastizales de la gigantesca hacienda en la noche bajo la luz de
la luna. En un punto lejano de la casa y cerca de un caoba, un árbol que
alcanzaba los 30 m de altura, de corteza roja, hojas de color verde oscuro, con
flores pequeñas, dispuestas en panículas, y con frutos capsulares; un árbol
solitario que ella diferenciaba, enterró Elizabeth la bolsa en la que su
sangrienta tanga se encontraba. Mas la curiosidad hasta ahora empezaba... Rojo
matutino.
La pelirroja Henriet interrumpió mi narración abriendo
intempestivamente la puerta y haciendo una exhibición sinuosa de su cuerpo
perfecto. En la madruga, en medio de la cama empezó a manosearse sus prendas
rojas. Aseguraba que ella tampoco había podido satisfacer sus necesidades, las
reglas del juego le impedían en esos días llegar al orgasmo, solo se permitía
que en el último día nosotras fuéramos las únicas en darle ese placer. Se
retorcía por nuestros cuerpos diciendo entre sollozos que ella también sufría,
parecía una gata consentida maullando. Sus palabras eran delirantes. La
imposibilidad de obtener satisfacción la llevaba a lugares extraños de su alma.
Decía que existían dos tipos de personas: las que nacen bajo el resplandor del
sol y las que surgieron en las tinieblas de la noche. "Soy una luna eclipsada,
un resplandor rojizo en las más oscuras horas de la madrugada. Soy una rosa
negra con sus espinas llenas de sangre. Sé que la muerte tiene una sombra que se
mueve, sé que en los abismos del infierno hay una forma de existencia que esta
lejos de la vida, la siento en este instante. ¿No les fascina como me veo?
Quiero lucir así para siempre. No tengo miedo, deseo el placer eterno en la
lujuria. Deseo un mundo en el que busquemos en la noche y entre los muertos
vivos una eternidad y una luz que se nos escapará como arena entre los dedos."
La joven inexpresiva que conocí mostraba su lado lujurioso, buscando con deseo
lugares sombríos que yo conocía. Su ánimo parecía alterado por el consumo de
alguna droga que la tenía perturbada, estaba inquieta y aún más pálida que de
costumbre. Al presenciar su lado oscuro supe como lograr que abandonara a Alexa
y se fuera conmigo, una sonrisa demoníaca se apoderó de mí. Sudábamos todas.
Henriet se deslizaba acariciándonos con deseo, pasando la lengua sobre nuestra
piel, mostrándonos su tanga blanca manchada de sangre. Nos impregnó su
descontrol y cometió actos instintivos, animalarios, salvajes. Metió una mano en
su vulva y empezó a extraer su olorosa menstruación untándola con locura por
nuestras pieles, según ella para marcarnos, lográndolo definitivamente pues ese
hedor quedó impregnado en nosotras.
Luego de hacerlo se acercó a cada una de nosotras tentada a
besarnos. Paula casi le rogaba que aunque sea la acariciara el clítoris por unos
segundos. Alejandra le pedía que le metiera un dedo. Alexa quería un beso en el
culo. Pero se sabía imposibilitada de todas esas peticiones. Cuando se acercó a
mí la recibí con las pernas abiertas, ella aferró sus brazos a mis botas,
pasando la lengua por ese cuero brillante, deslizándose por mis medias con
suavidad y deseo a la vez, llegando a lamer mis muslos. La capturé con el aroma
que de mi sexo escapaba, la sentí delirante en ese instante y supe que era el
momento de actuar. Quise que a su mente llegara una imagen y para logarlo no
necesitaba de palabras sino de un trabajo síquico, cosa que me resultó fácil
pues estábamos conectadas: ella estaba pensando en mí y yo en ella. La imagen
que envié a su espíritu era la realización de su sueño. Le hice sentir, le hice
ver que caminaba descalza en un ajustado vestido negro por un bosque frondoso,
huyendo a través de lamentos de la noche en busca de salvación de un peligro
desconocido. En un momento se detuvo al toparse con un lago que resplandecía
argentino ante la presencia de la luna. La luna en los árboles plateados caía en
lágrimas. Los árboles se bañaban en la brisa fresca y entre ellos una
luminosidad púrpura de niebla de zafiro. Las estrellas brillaban como ojos y
como ojos observaban a Henriet. Un trueno sorpresivo y enérgico salió del lago,
brotando una concha que se abrió lentamente mostrándome a mí dentro de ella como
una Venus ilegítima. Yo llevaba un velo blanco que se empezó a humedecer en
sangre. Henriet me observaba con terror y yo le señalé la luna que al igual que
mi vestido se empezaba a bañar en un rojo sanguinario. Desde la concha murmuré
unas palabras: "Niña pecaminosa es mi nombre, nacida de nuevo sin vergüenza por
ese hechizo del néctar prohibido". El lago convirtió esas palabras en un potente
eco que retumbó como susurro en los oídos de Henriet. La quinceañera estaba
asustada por mi presencia en el lago con mi vestido lleno de sangre pero estaba
aterrorizada por el peligro desconocido que del bosque se acercaba. A pesar de
la impresión que le causaba la sangre corrió hacia mí y yo me acerqué en la
concha. Se sumergió en el lago y alcanzó a mojarse hasta los hombros pero
enseguida estuvo a mi lado. Agotada se recostó en la concha y yo la llené de
caricias, perdiéndonos en el lago.
En esta ilusión síquica de lujuria aunque estuviera húmeda
por el agua la mantuve sedienta y acalorada, completamente sudorosa y a su vez
abstraída en un delirio de imágenes sexuales asquerosas que aún así la llenaban
de una ferviente excitación. Justo en este momento logré acercarme con fuerza a
uno de los estados más placenteros a que pueda llegar la mente humana: soñar que
se está soñando. Mas lo que llevó a su alma a un estado de completo libido
fueron las imágenes repugnantes que en el delirio del sueño observaba. En la
alucinación sobre la conche en medio del lago, Henriet se soñó a sí misma en un
cuarto oscuro con ocho antorchas que rodeaban a una virgen de trece años
estirada por unas cadenas atadas a cada una de sus extremidades, boca arriba,
con su tronco apoyado en una columna de metro y medio de altura y con la
superficie acolchada en púrpura, regocijada en una extraña excitación. La niña
se veía alta a pesar de estar acostada, sus piernas tiernas eran delgadas y
largas. La cintura era muy prieta, luciendo una cadera colosalmente ancha. La
piel clara y aceitada. De cabello largo, liso y de color dorado, ojos grises. La
niña llevaba una corona con tallos espinosos de rosas a los que no se les quitó
la flor, de manera que parecía un circulo con múltiples rosas rojas. Sangraba.
El cabello caía hacia el suelo. Vestía un ajustado traje de novia sin velo.
Los senos descubiertos y las piernas igual pues la falda
subía hasta la cadera y la cola caía ancha y larga como en una exageración
blanquecina de su de por sí generosa cabellera rubia. Dejaba a la vista un
ajustado cachetero blanco de encaje. Las antorchas estaban muy cerca de ella lo
que hacia que de su cuerpo brotaran gotas de sudor, humedeciendo su ropa,
dejando notar el ombligo y algo más abajo. De la oscuridad salieron cuatro
mujeres con vestidos iguales a los de la niña pero de color cárdeno. Llevaban
una daga en su mano izquierda cuya punta señalaba cada uno de sus respectivos
sexos. Una era una mujer de casi treinta años con ojos claros, unos senos
grandes y firmes, anchas caderas y un vientre plano. Su piel blanca, su cabello
negro, liso y brillante que llegaba hasta debajo de los voluminosos senos
pálidos. La otra era una mujer de cuerpo delicado y al parecer más joven. El
cabello castaño, liso y largo. Su piel dorada algo morena. Los pies infantiles,
sus muslos gruesos y largos, su cadera ancha y sus nalgas no voluminosas pero
levantadas, abdomen plano, cintura estrecha. Los senos no eran grandes pero sus
pezones podían notarse bajo el vestido. Hombros redondeados, cuello delgado. La
tercera era mucho más joven, sin llegar a los veinte. Cabello negro pero muy
ondulado sin ser rizado. Blanca y con algunas pecas en su cara. Era bajita pero
de formas redondeadas, talvez un pequeño exceso en el abdomen. Ojos verdes
especialmente sensuales. La última también era joven. De cabellos rojos y muy
largos hasta el voluminoso trasero. Cada una hizo un corte con la daga sobre la
extremidad de la niña que le quedaba más cercana y empezaron a lamer el sudor en
su pecho, hombros, cuello y rostro. La más bajita, la de cabello oscuro y
ondulado caminó hasta la entrepierna y cortó con la daga el cachetero de la
niña, poniendo la prenda rasgada sobre el abdomen de la pequeña.
Arrecha mete un dedo en el sudoroso ano de la chica,
agitándolo adentro y permitiendo el paso de un segundo dedo. En menos de nada
tiene la mano entera dentro de ese culo. Saca la mano con un manojo de mierda
que unta y desliza por las húmedas y aceitadas extremidades. Todas empiezan a
lamer sus respectivos brazos o piernas, saboreando la mierda y pasando a chupar
la sangre. Enloquecidas empiezan a cortar alrededor de los senos y en la
entrepierna, bebiendo la sangre con júbilo. Luego se cortan a sí mismas los
brazos y dejan caer la sangre en la boca de la niña. En el delirio Henriet,
quien hasta el momento había estado pasiva observando en la oscuridad, se acerca
por la espalda a la mujer que esta más cerca de ella, la de cabello rojo hasta
el culo. En un momento de sorpresa esta mujer se gira y le dice con suavidad a
Henriet: "Déjate hechizar, bebe de mi néctar prohibido, soy la fuente". Henriet
se aterroriza al reconocerse a ella misma en ese rostro. Sale de un delirio
sobre el que no ejercí control alguno, siendo más una imagen del pasado que del
futuro, pero aún está sumergida en mi visión. Abre los ojos mirando la noche
despejada y sobre la concha en medio del lago, conmigo acariciándola y mirándola
con excitación. Se sienta con ímpetu y gatea hasta el borde de la concha. Se
mira en el lago, su piel es blanca y resplandeciente como la luna llena que se
refleja en el lago muy cerca del rostro de Henriet, es decir muy cerca del
cenit. El cabello rojo sanguinario y fulgurante como el hierro en llamas. En el
reflejo del lago reconoce el rostro de su delirio. Aterrorizada abraza a la
Hulla con el vestido lleno de sangre sobre la concha y esta Hulla la recibe con
entusiasmo y besa su cuello.
Yo la Hulla atada en la cama la saqué de su ilusión subiendo
mi cadera y rozando con mi tanga húmeda su rostro, lo que hizo que sus ojos se
abrieran con asombro, indecisos entre el terror o la lujuria. Estaba turbada, la
realidad se le había alterado pues sabía que no había soñado, no se había
quedado dormida. Conciente de todo, le pedí que se acercara a mí, le pregunté
por su estado anímico y confundida me dijo que había soñado despierta. Abrazada
a mi cintura quise que me contara su sueño pero se negó. Burlona le dije que
quería un poco de la droga que había consumido pues al parecer le había
estimulado bastante la imaginación. Con su mente turbada y su cuerpo cansado
decidió irse a dormir, nos dio un beso en la mejilla a cada una de nosotras y
cuando lo hizo conmigo me susurró al oído: ¿En realidad te gustan las drogas? Yo
solo acerté a responder con seriedad: Claro, niña pecaminosa es mi nombre. Se
sobresaltó, me miró con asombro a los ojos como buscando en ellos, pero yo me
mantuve en total gravedad, sin una expresión en mi semblante. Se retiró. Rojo
matutino.