E L P U B
Mi nombre es Manuel. Tengo treinta y dos años y, desde hace
seis, estoy casado con una maravillosa mujer de veintisiete de la que estoy
profundamente enamorado y con la que he llevado una vida se-xual plena y colmada
de satisfacciones.
Los seis años de vida en común han hecho que, poco a poco,
haya ido perdiéndose aquella chispa de nuestros principios cuando, solamente con
mis palabras apasionadas, la ponía cachonda y, al tocar su sexo, aún por encima
de las bragas, le provocase el primer orgasmo. Ahora todo es mucho más la-borioso.
Tengo que acariciarla, besarla, sobarle todo el cuerpo, coño incluido, con manos
y lengua , para lograr excitarla lo suficiente para que alcance varios orgasmos.
Hace ya tiempo que, meditando sobre todo esto, he llegado a
la conclusión de que quizá sería conve-niente introducir alguna variante en
nuestra relación para volver a despertar en ella aquellas emociones que solo los
primeros escarceos provocan y que, la mejor solución podría ser intentar un
intercambio de parejas, cosa que, también a mi, me producía un morbo especial.
Poco a poco, en nuestras sesiones amorosas, le he insinuado
lo que supondría de excitante follar con otro y las sensaciones nuevas que le
despertaría. Incluso le he hecho entender el morbo que en mí pro-vocaba la idea
de que se acostase con otro, relatándole sueños, que yo había tenido, en los que
hacía-mos intercambio de parejas.
No parecía muy convencida, hasta que un día….
El pasado mes celebramos el sexto aniversario de casados.
Cenamos en un restaurante, con espec-táculo erótico incluido, una buena cena
regada con excelente vino que nos puso un algo "colocados", de muy buen humor y
hasta un poquito cachondos con la conversación picante que las atracciones nos
habían sugerido.
Al terminar de cenar y para acabar la noche nos fuimos a un
Pub en el que actuaba un conjunto Sud-americano con música romántica.
La distribución del local era la siguiente: Una vez dentro y
a la derecha se encontraba el mostrador y, al mismo nivel, unas cuantas mesas.
Frente al mostrador y a una altura como de unos dos a tres metros, en el rincón,
estaba la tarima de los músicos y, a la misma altura, seguía la tarima formando
como dos palcos, uno a cada lado, con mesas y separados de la parte inferior por
una barandilla. En una de aquellas mesas nos sentamos a toma unos cubalibres,
escuchar música y charlar. Así estábamos cuando observé a una pareja joven que
se encontraba en la parte inferior y que él nos miraba bastante fijeza. A los
pocos momentos comprendí que lo que miraba era la entrepierna de mi mujer, ya
que, tal como estaba sentada, con la minifalda subida, desde abajo, debía estar
viéndole completamente las bragas.
No dije nada porque enseguida me di cuenta de que M. Carmen,
no solo se había percatado también de que la miraba, sino que entraba en el
juego, abriendo más las piernas y dirigiendo alguna mirada hacia aquella mesa
que, por su posición, era la única que, a través de la barandilla, podían verla.
Estuve un rato haciéndome el despistado, observando y la
verdad es que es difícil explicar lo que sentía. Solo se que me puse
cachondísimo.
Al fin no pude más y le dije a Mª Carmen cómo la miraba el
ocupante de aquella mesa de abajo. Ella fue sincera ya que me contestó que no
solo había notado las miradas que le dirigía a la entrepierna y que debía de
estar cachondo, sino que, de vez en cuando, abría las piernas para excitarlo
más.
Al decirme aquello me puso en una situación tal que parecía
que mi pantalón iba a estallar de la presión que ejercía mi pene completamente
erecto.
Le expliqué lo excitado que me ponía lo que me decía. Ella
puso su mano encima del bulto de mi pantalón masajeándome con suavidad, dándose
cuenta de que desde aquella mesa seguían observando-nos, ahora no solo él, sino
también ella.
Pasaron así algunos minutos hasta que vimos como la chica se
levantó de su asiento. Pude así admi-rarla de cuerpo entero, ya que, hasta
entonces, por su posición en un plano inferior, solamente le había visto la
cara, monísima por cierto, aunque no tan bella como mi mujer. Tenía un cuerpo
precioso, algo menudo pero con unas tetas y caderas no tan rotundos como los de
Mª Carmen pero firmes y armonio-sas y con un culo respingón precioso. Era un
verdadero capricho de mujer.
Contoneando su hermoso cuerpo de dirigió a la escalerilla que
conducía a donde estábamos, subió y vino hacia nosotros. Al verla venir mi
primer impulso, por educación, fue ponerme en pié. Apresuró su paso y
dirigiéndose a mi, que ya estaba a medio incorporar, dijo: -"No se te ocurra
levantarte.- Seña-lando el tremendo bulto de mi entrepierna, continuó: "Creo que
no estás en condiciones para ello. Ya me siento yo.
Lo hizo así y siguió: -"Perdonad que tenga el atrevimiento de
dirigirme a vosotros sin conoceros pe-ro, tanto mi marido como yo, que venimos
observándoos, nos hemos dado cuenta de que no conocéis bien este local.
Nosotros, aunque no somos de aquí y estamos de paso, estuvimos anteayer en este
pub y vimos el salón que hay abajo a la izquierda que es un reservado para
parejas, con poca luz, buen am-biente y música tenue. Podemos enseñároslo y, si
no os importa nos encantaría unirnos a vosotros y to-mar juntos una botella de
champán que tendremos el placer de invitaros.
Miré a Mª Carmen buscando su aquiescencia y al notar en sus
ojos una mirada de complicidad, asen-ti diciendo: -"Estaremos encantados con
vuestra compañía, pero ahora si que tendré que levantarme así que os pido que,
aunque ya estoy algo mejor, me tapéis, entre las dos, lo mejor posible.
Nos levantamos; también se levantó su marido y los cuatro nos
juntamos al pié de las escalerillas. Nos presentamos. Se llamaban Sandra y
Julio; eran asturianos y llevaban en Valencia seis días asis-tiendo a una
convención de trabajo del marido y al día siguiente se marchaban. Ambos tenían
32 años y estaban casados desde hacia ocho. A ella ya le he descrito; él era un
mocetón alto y macizo, de un fí-sico agradable y una mirada franca y sincera. La
verdad es que los cuatro nos caímos fenomenal y que una corriente de atracción y
simpatía se estableció de inmediato de nosotros.
Julio nos indicó que, mientras Sandra nos guiaba, El se
encargaba de llevar el champán, ya que los camareros no entraban allí, por
discreción, y cada uno debía llevarse su bebida.
"El Salón", así se llamaba, era una pieza amplia, con mesas
esparcidas bastante alejadas unas de otras, con espacio para poder bailar, todo
en penumbra y con una agradable música de fondo.
Nos guió Sandra hasta un rincón apartado. Llegó Julio con el
champán y nos sentamos. Bebimos, charlamos y no tardó nada Julio, sin cortarse
un pelo, en decirnos que cuando entramos en el local enseguida le llamó la
atención la belleza de Mª Carmen y que, cuando nos sentamos arriba, la visión de
las piernas de ella le había descontrolado completamente. Mientras Julio se
explicaba, miré a Mª Carmen y, a pesar de la semi obscuridad, noté su
nerviosismo y excitación y, conociéndola como la conozco, supe que sus bragas
empezaban a humedecerse.
Julio la invitó a bailar. Se levantaron; se abrazaron, los
brazos de ella en su cuello y los dos de Julio rodeándola toda y, completamente
pegados, meneándose suavemente se alejaron. Las manos de el recorrían los brazos
de ella, acariciaban su espalda y después bajaron hasta su culo.
Sandra y yo, contemplando aquello, sentimos como subía
nuestra temperatura de inmediato y empe-zamos a acariciarnos y besarnos. Saqué
su pecho, pequeño pero turgente y hermoso; lo acaricie, lo so-bé y besé sus
pezones mientras ella ponía su mano sobre mi verga que, erecta, me dolía al
estar ence-rrada.
Metí la mano entre sus muslos entreabiertos, aparte el
pequeño tanga que llevaba y…! Oh sorpresa! Su "coñito" estaba completamente
depilado. En mi imaginación se despertaron de inmediato todas mis fantasías
eróticas mas recurrentes que eran, precisamente, las de "comerme" un coño
depilado.
Al sentir mi mano en su "chochito", me la cogió con fuerza
con las suyas, me la apretó sobre su sexo y, cerrando sus piernas fuertemente,
empezó a contraer rítmicamente su vientre y sus muslos, jadean-do, hasta que
humedeció mi mano con su corrida. Me confesó que era su forma de masturbarse,
desde que era jovencita y no se atrevía a meterse el dedo.
Seguí acariciando suavemente su maravilloso cuerpo y mientras
la otra pareja seguía con su magreo, le conté mi idea sobre introducir en la
relación de Mª Carmen y mía, la variante del intercambio de parejas. Que nunca
lo habíamos realizado y que quizá aquella era la mejor ocasión para hacerlo con
ellos.
Me contestó que tampoco ellos habían llegado nunca al
intercambio pese a que, en alguna fiesta, ha—bían tenido algún escarceo con
otras parejas pero sin pasar de caricias y algún beso furtivo. También creía que
aquella era una buena ocasión y pensaba que Julio no pondría ningún
inconveniente ya que estaba completamente hechizado con Mª Carmen. L a única
incógnita que quedaba era mi mujer.
Nos levantamos y, enlazados, nos acercamos a la otra pareja
que tal como estaban, abrazados y con los ojos cerrados, ni se enteraron de que
estábamos a su lado hasta que les hablamos. Se sobresaltaron mirándonos con una
mirada perdida y extraviada como de estar en otra galaxia.
Les hable: -"He comentado con Sandra que puesto que nos
habéis invitado a champán, para corres-ponder, podíamos irnos a casa a bebernos
una botella que tengo en el frigo y acabamos allí la fiesta, sin tabúes. Sandra
y yo ya estamos de acuerdo. Faltáis vosotros".
Julio contestó enseguida: -"Por supuesto que estoy conforme."
¿Y tú, Mª Carmen? –"pregunté. –"Lo que tú digas."-dijo. Le
respondí que no se trataba de lo que yo dijese. Que debía ser lo que ella
decidiera por si misma, sin pensar en nadie más. Su contestación fue tajante:
-"De acuerdo. Yo también quiero".
Salimos y nos fuimos a casa. A llegar me indicó Mª Carmen
que, mientras yo preparaba el champán, Sandra y ella iban a asearse.
Preparé la bebida. Pusimos música insinuante, encendimos
solamente la lámpara de rincón y espera-mos, charlando, a que saliesen del baño.
Cuando al fin salieron pidiendo disculpas por la tardanza y
por ir en bata ya que se habían duchado y así, dijeron, estaban más cómodas.
Escancié el champán. Tomamos las copas, reunidos y abrazados
en el centro del salón, brindamos, por nosotros y por aquella naciente amistad
que debía unirnos en el futuro y bebimos.
Apuradas las copas, Sandra me pidió que las llenase de nuevo
porque ellas querían hacer un nuevo brindis. Las llené. Se apartaron las dos de
nosotros y, a la vez, dijeron: -"Os brindamos a vosotros és-to." Dejaron las
copas, desanudaron los cinturones y, abriendo sus batas, nos ofrecieron el
espectáculo magnífico de sus cuerpos, completamente desnudos.
Nos quedamos mudos de admiración contemplando extasiados
aquellas dos maravillas de mujer, tan distintas y tan hermosas las dos. Tan
tentadoras estaban que, sin atreverme a decirlo, pensé lo estupen-do que sería
acostarse con las dos a la vez.
Corrimos hacia ellas. Julios enlazó a Mª Carmen, yo a Sandra
y los dos tiramos hacia atrás de las ba-tas que cayeron al suelo dejándolas
completamente desnudas. Ya abrazados empezamos a movernos al compás de la
dulzona música de los boleros. También nosotros nos desnudamos y seguimos
bailando, todos ya completamente en cueros. Así la excitación de los cuatros
subía por momentos y la mía, en particular, mucho más, ya que no era solo sentir
y acariciar aquella estupenda mujer con mi verga en completa erección pegada a
su vientre, mis manos sobando sus pechos y estrujando el culo estupendo y
respingón de Sandra, sino también el morbo que me producía el contemplar a mi
mujer entregada completamente a la pasión, sin ningún prejuicio, solo con el
deseo de gozar y, además, el pensar en lo que le susurré a Sandra al oido:
-"Siento escalofríos solo de pensar en el placer que me va a proporcio-nar
"comerte" la "almejita"que tienes entre las piernas. Su reacción fue inmediata;
se paró, apretó las piernas y me dijo: -"Has hecho que me moje todos los
muslos".- Bajé mi mano, la metí entre sus pier-nas, que se abrieron al contacto,
y, efectivamente, iba toda mojada.
No pude resistir más. La encaminé al dormitorio, diciéndoles
a Mª Carmen y Julio que si querían acompañarnos y allí nos fuimos los cuatro;
nosotros a mi cama y ellos a la de mi mujer. Yo, que me creo algo experto en la
práctica del cunnilingus me concentré en darle todo el placer que pudiese con mi
lengua
Le pedí que se tumbara en la cama, boca abajo, con las
piernas abiertas y yo, arrodillado a la altura de su cintura, mirando hacia sus
pies, cogí con las dos manos sus preciosas nalgas, las separé y posé la punta de
mi lengua en su culo, que se estremeció al contacto e intenté introducirla. A
continuación chupé la piel que separa su culo de su coño; volví ha hacerlo
varias veces, llegando siempre hasta el culo con la lengua, haciendo allí
presión.
Empezó a jadear lentamente y entonces prolongué el recorrido
de la lengua, llegando desde el culo hasta los labios de su depilado "coñito",
llegando hasta el capuchón del clítoris, sin hacer presión, ro-zándolo, apenas,
una y otra vez.
Sus jadeos aumentaban; su cuerpo se movía; su cintura se
arqueaba impulsando su culo hacia arriba, muriéndose de ganas de que mi lengua
se introdujera en su chocho. Aún seguí así unas cuantas veces más y, entonces,
ya sí, presioné mas metiendo la lengua al fondo de la vagina chupándola toda y
en-cendiéndola de pasión y con deseos de todavía más.
Metí entonces mis manos por debajo de sus ingles, separé con
mis dedos los labios del coño y me metí en la boca toda la parte superior,
clítoris y capuchón incluidos, mamándolo todo con la boca y chupando a la vez
con la lengua.
Seguía jadeando; daba grititos de placer, se movía. La gire,
dejándola boca arriba. Me puse a horca-jadas sobre su vientre, me agaché y volví
a meterme en la boca toda la parte superior del coño, chu-pando y la lengua en
el clítoris, haciendo movimientos arriba y abajo continuos.
Mientras seguía chupándola de aquella manera, le introduje
dos dedos profundamente, girándolos dentro y cuando noté que su climax se
acercaba, le presioné en la parte superior interna, provocándole un orgasmo
intensísimo, majestuoso e interminable.
Todo aquello había provocado en mí una erección tan fuerte
que, unidas a las varias que ya había te-nido en esa noche, me estaba
produciendo algo de dolor en los testículos y una necesidad imperiosa de
correrme.
Me volví, quedando de cara. Coloqué sus pies sobre mis
hombros, sus piernas en mi pecho y mis manos sobre sus pechitos.
En esa postura ya veía perfectamente a la otra pareja. Antes
casi no podía distinguir como efectua-ban un clásico 69, la cabeza de él hundida
en la entrepierna de Mª Carmen, comiéndole aquel coño, que yo tantas veces había
chupado, y ella con la polla, más que respetable, de Julio en la boca, le
succionaba el capullo con verdadera fruición; cosa que no era habitual en ella.
Ahora que, como digo, los veía mejor, estaban ya follando
desesperadamente, dando ella unos ge-midos que demostraban cuanto estaba
gozando.
Excitado, todavía más, con aquel espectáculo a la vista,
introduje, lentamente y hasta el fondo, la po-lla en el hermoso coño de Sandra,
sintiendo que el inmenso calor que desprendía, de cachonda que aún estaba, me
quemaba todo el capullo.
Con una mano en su pecho, la otra masajeándole el clítoris y
toda la parte superior de su conejito, bombeaba, lentamente, atrás y adelante,
metiéndola hasta el fondo y sacándola completamente una vez, y otra, y otra…
sintiendo la calentura de su coño que oprimía toda mi polla, hasta que,
compren-diendo por sus jadeos, que iba a correrse de nuevo, me dejé llevar y, a
la vez que ella tenía otro fortísi-mo orgasmo, eyaculé toda mi leche caliente
como fuego, retenida durante toda la noche, en una corri-da intensa y prolongada
que me produjo grandísimo placer.
Rendidos y abrazados, nos besamos y aún alcanzamos a ver y
"oir" la culminación del polvazo de nuestros respectivos cónyuges en la cama de
al lado.
Ya más calmado Sandra me confesó: -"Que gusto me has dado.
¡Que bien me has "comido" el coño. Jamás una lengua me había producido tantísimo
placer". Le contesté que tampoco yo había follado un coño tan caliente que
quemaba mi polla, como el suyo.
Acariciándola nos quedamos los cuatro adormilados.
Pasaron dos o tres horas. Nos levantamos, nos aseamos y, en
un ambiente de camaradería, intercam-biamos nuestras direcciones y teléfonos,
quedando en comunicarnos por e-mail para contarnos nues-tras historias y, con el
compromiso de vernos cuando volviesen o nosotros fuésemos a Asturias, nos
besamos y se despidieron.
Nos quedamos solos. Fuimos a la cocina a preparar algo para
desayunar.
Sentado en la mesita de la cocina, algo aturdido todavía,
miraba como Mª Carmen, de espaldas a mí, hacía café. Solo llevaba encima un
picardías corto, que se puso al salir de la ducha, sin sujetador ni bragas. ¡Qué
hermosa y buenísima estaba!. Quizá por haberme corrido solo una vez en una noche
tan ajetreada, sentí como mi polla despertaba en un conato de erección.
Acabó y, sentada frente a mí, desayunamos en silencio. Al
terminar, aparté las tazas, cogí sus manos encima de la mesa, le miré a los ojos
y hablé:
"Ha llegado la hora de encarar con sinceridad y sin tapujos
la nueva situación en que nos encontra-mos. Sabes que era yo el que abogaba e
insinuaba el hacer un intercambio. Lo hemos hecho y, en mí, si ha producido
alguna influencia, ha sido para bien. Y después de ver lo que tu has gozado te
quiero y te deseo todavía más que antes. Tú eres la que, ahora, debe darme tu
sentir y tus impresiones."
Me respondió: "De verdad que no me arrepiento de nada y que
he sido muy feliz, principalmente por dos motivos. Primero: No podía imaginar,
cuando tu hablabas de los intercambios y de acostarme con otro, que la gente que
practicaba esas cosas podían ser como Sandra y Julio, tan educados, tan sinceros
y tan afines a nosotros. Creía que era cosa de otra clase de gente.- Y, segundo,
continuó apretando mis manos, he sido felicísima; he vuelto a sentir emoción,
nerviosismo, hasta tartamudez y me emborra-chaba el sentimiento, la pasión y el
deseo, como cuando era adolescente, al sentirme deseada con tanta fuerza por
otro hombre distinto a ti. Como tú creo que, si algo influye en nuestra
relación, será para mejorar.
Ahora mismo, al contarte y rememorar todo esto, siento que el
deseo me invade de nuevo, que ya me estoy mojando, que me he puesto cachonda y
que quiero que me folles igual que cuando éramos no-vios.
Nos levantamos y, cogidos por la cintura, fuimos al
dormitorio. Le quité el liviano camisón, que-dando desnuda; me desnudé yo, la
abracé, besándola a la vez que mis manos recorrían todo se cuerpo, cabeza,
cuello, espalda, culo y sus hermosos pechos, besándole en los pezones erectos.
Nos tumbamos en la cama y le dije: Ven, mi cielo, antes con
nuestros amigos, hemos follado, ahora vamos a hacer el amor. La besé toda,
incluidos el culito y el coño. Le hablaba del amor que le tenía y del deseo que
me inspiraba y, al besarle el "coñito", le decía cosas: "Lo bonito que era; lo
que yo lo quería; el cariño que me inspiraba y lo "golfo" que se había vuelto".
La penetré suavemente y empecé a sacarla y meterla, siempre
con suavidad y sin dejar de decirle pa-labras amorosas, hasta que nos corrimos,
gozando de nuestro amor.
Así acabó aquel nuestro primer intercambio.
P.D. Si os ha gustado y para que nos sirviese de acicate para
contaros lo que en el futuro nos pueda
Ocurrir, os agradeceríamos vuestros comentarios a nuestros
e-mail: msesma@ono.com y msesma8
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