Otra vez
Desde que yo salía con Lucía, hacía ya meses que la relación
con mi madre había cambiado totalmente.
Sabía que "lo nuestro" nunca debió suceder, pero
afortunadamente había terminado.
Sara, volvía a ser mi madre y estaba convencido de poder
recuperar la relación madre-hijo, superando el pasado.
De nuevo despreocupación y alegría entre nosotros, como
cuando yo le hablaba de mi novia Lucía, aquella compañera de Facultad que había
conocido en 4º de carrera, y que por aquél entonces llenaba todo mi tiempo, mis
planes y mi futuro.
No recuerdo exactamente de quién fue la idea de ir aquella
noche al cine. Un martes de sala semi-vacía y película a punto de caer del
cartel. A parte de nosotros había tan solo dos parejas sentadas muy cerca de la
pantalla, y un hombre solo unas filas más atrás nuestro.
Con las luces apagadas la sala tenía un aspecto extraño, de
luz casi lunar.
Fue algo instintivo e imperceptible.
Sin querer, desde luego sin pensar, como por accidente mi
pierna rozó con la de Sara, y de repente todo empezó a dar vueltas, sentí mi
pierna abrasada por el roce y mi respiración se hizo lenta, agobiante.
¿Lo habría notado?. ¿Le sucedía a ella igual?.
Fue entonces cuando me fijé en algo que durante meses había
pasado desapercibido para mí: sus piernas duras y macizas envueltas en unas
medias caladas; una falda tejana con cuatro botones que se le subía
constantemente, obligándola a tirar, mecánicamente de ella, con gesto distraído
y natural; o una camisa blanca tras la que se transparentaba el sujetador, que
apenas podía contener el alud de carne que eran sus pechos.
Y mientras ella miraba distraídamente la película, yo la
observaba de reojo, y aunque hacía todos los esfuerzos por pensar en otra cosa,
sólo podía verla desnuda en la cama, haciendo de puta para mí o para otros, con
la cara cubierta de semen.
Me levanté balbuceando una excusa, fui al lavabo y una vez
allí me mojé la cara y el pelo, pensé en masturbarme para ver si me calmaba ,
pero en el fondo sabía que era prolongar un final inevitable.
Al cabo de un rato volví a mi asiento.
Sara, mi madre, estaba absorta mirando la pantalla, casi en
la misma postura que cuando me fui. Tras nuestro el único hombre solo de la sala
estaba hundido en su butaca, cerca de la pantalla las otras dos parejas parecía
maniquíes de ropa que alguien hubiera dejado abandonados.
Creo que fue inmediatamente, quizás pasaron unos segundos o
minutos, no lo sé, sólo se que me giré hacia ella agarrándole los pechos y
apretándolos fuertemente.
Dio un fuerte brinco en su butaca, sobresaltada y con los
ojos muy abiertos, al tiempo que negaba con la cabeza.
Y sin embargo, como siempre , siguiendo el mismo guión su
voluntad desapareció sin lucha, volvió a abandonarse, a no hacer nada, como
aquella primera vez hace ya muchos años, siendo yo un niño cuando la vi
desnudarse delante de los hombre que la violaron.
Le metí los dedos de la mano en la boca, mientras con la otra
le habría la blusa, subiéndole el sujetador por encima de los pechos.
Luego empecé a manosearlos, pellizcando sus pezones antes de
empezar a lamerlos.
Sabía a sudor y a madre.
Con la cabeza echada hacia delante busqué su boca, y la besé
con fiereza, lamiéndola, mordiéndole los labios.
De reojo pude ver al hombre de atrás, que inquieto miraba sin
disimulo.
Abría la cremallera de mi pantalón y saqué mi miembro, estaba
caliente y mojado. Tras agarrarla por el pelo bajé su cabeza y empecé a mover la
pelvis para follar su boca.
Miré desafiante al hombre de atrás, invitándole con la
mirada. Dubitativo se movía a izquierda y derecha, buscando ver más de lo que
sucedía.
Una vez incorporada continué besándola en el cuello, en las
orejas, en los labios, cubriéndola de saliva y tocándole el pecho.
Ella mantenía los ojos cerrados.
Finalmente el hombre se sentó en nuestra fila, la obligué a
volverse hacia él mostrándole los pechos, hasta que se acercó y empezó a
tocárselos.
Le abrí los botones de la falda y la dejé caer, después ambos
mientras le metíamos mano, le rompimos las medias, haciendo un agujero que se
iba agrandando.
A menudo nuestros dedos rivalizaban por introducirse en su
vagina o en su ano.
De repente aquél hombre, llevándose las manos al pantalón
empezó a jadear. Se había corrido sin tocarse.
Luego torpemente se levantó, para alcanzar el pasillo y se
fue.
Vueltos de pronto a la calma, acaricié el pelo de mi madre,
al tiempo que colocaba el sujetador en su sitio, para después abrocharle los
botones de la camisa, recuerdo que faltaba uno que seguramente había saltado
arrancado en nuestra excitación.
Ella se semi-incorporó para poder abrocharse la falda, poco
después la película terminaba y regresábamos a casa en silencio.
Una vez en nuestro domicilio, la vi desaparecer en el cuarto
de baño, el agua de la ducha estuvo cayendo mucho rato, mientras yo sentado en
el sofá miraba sin ver la televisión.
Salió envuelta en una toalla, el pelo negro, negrísimo le
caía sobre la espalda.
Esperé unos instantes, y me dirigí a su habitación.
La puerta estaba abierta.
Aquella noche, después de mucho, mucho tiempo la jodí por el
culo.