Carmen llegó a mi escuela con el curso empezado. Pronto
entablamos una buena relación que se fue enfriando a medida que se mostraba una
buena estudiante, algo que con mi fama de rebelde no podía permitir. Pero esas
fronteras se fueron rompiendo a escondidas con varios encuentros donde Carmen
llevó las riendas de la situación sin dejarme llegar a la gran meta. Lo nuestro
era un flirteo en cierto modo humillante y no tan gratificante como parecía en
principio aunque no exento de grandes dosis de morbo
CARMEN, MENUDO CURSO (III)
Mi deseo por Carmen estaba amenazando seriamente otros
aspectos de mi vida. Se estaba tornando una peligrosa obsesión a la misma
velocidad que mi rendimiento académico caía en picado. Ya estábamos en pleno
febrero y mis notas, que nunca habían sido espectaculares, me traían noticias
nada halagüeñas. Y no había tiempo para desperdiciar otra oportunidad, así que
había que tomar una drástica decisión: cortar por lo sano. Sobretodo par no dar
tiempo a reaccionar a Carmen, que ya me estaba desquiciando por la actitud
sumisa que yo le profesaba a todas las ordenes de mi "ama", aunque nuestra
relación no acabara de encajar en esa terminología sadomasoquista. No quería que
volviera a tentarme con su eterna promesa de "recompensa".
Aunque debo decir que algo en positivo había sacado de esa
situación, y era mi incipiente dominio de la seducción, como podía comprobar
cada fin de semana, flirteando con una y otra para terminar dándome una buena
"merienda" por los rincones de la discoteca. Pero aún así, de alguna manera la
cosa no pasaba a mayores, como si estuviera reservándome para Carmen o temiendo
cual podría ser su reacción. ¿Se nota que estaba coladito por ella?
Al lunes siguiente me encaminé con determinación hasta mi
martirizadora amante, pero fui interrumpido por la llegada de la profesora de
inglés. ¿No os ha pasado nunca que a veces los hados se conjuran de tal manera
que dan al traste con vuestros planes? Pues eso sucedió. La profesora nos impuso
un trabajo en grupos de tres personas, aunque por la configuración de la clase,
había dos personas que se quedarían "huérfanas" y deberían hacer el trabajo en
pareja. Y la profesora dictaminó que esas dos almas solitarias seríamos Carmen y
yo por nuestra condición de repetidores, algo que dijo con mucha sorna. ¿Por qué
las profesoras de inglés suelen dividirse en dos grupos: o pendones desorejados
o grandiosas zorras odiosas? Pues bueno, si mi intención era evitar pasar más
tiempo con Carmen en la escuela, ahora tendía que soportar su vehemente
comportamiento fuera de nuestro horario lectivo.
Al terminar las clases, nos encontramos a la salida e
inevitablemente salió el tema del trabajo. Decidió ella sola que lo haríamos en
su casa y me dio unas cuantas directrices acerca de, entre otras cosas, cómo
debía comportarme en su casa. Era el colmo.
Vamos a ver, niña. ¿Con quien te crees que estas
hablando? ¿Con un Cromañón incapaz de comportarse en público?
Cállate – ordenó – Te conozco mejor de lo que crees, pero
aún conozco mejor a mis padres. Cállate y escucha.
Su plan era muy sencillo. Quería que llegara una media hora
después que ella a su casa, que me vistiera de la manera menos llamativa posible
y que llevara conmigo una botella de gel de ducha de avena que vendían en la
farmacia
Vamos, que ahora soy tu chico de los recados
Hoy estás inaguantable. Pero si todo sale bien hoy te
cobras lo que es tuyo.
Y como si esas fueran las palabras de un conjuro mágico, el
cielo se abrió ante mí y volví a caer rendido a sus pies.
Al llegar la tarde estaba nervioso como un niño en la noche
de reyes. Pero ahí estaba yo, en el portal de Carmen, dispuesto a darme un
festín de las apetitosas carnes de mi diosa particular. Llamé al portero
automático y una voz seca de mujer me dio la bienvenida. Al llegar al rellano,
las piernas me temblaban lo que ayudó a mostrarme como un chico tímido y formal
cuando abrieron la puerta. La imagen que Carmen daba en clase se correspondía
perfectamente con el aspecto de su hogar. Eran una familia tradicional como
demostraba el mobiliario de su casa, de mueble rústico, oscuro y anticuado. Lo
que también se me confirmó a simple vista es que efectivamente madre e hija
compartían vestuario, no sólo por el estilo, sino porque pude reconocer que tras
esos ropajes había un cuerpo macizo y escultural como el de su hija.
Mientras su madre hacía calceta en una vieja butaca, nos
pusimos a trabajar en la mesa del comedor bajo la mirada disimulada de nuestra
carabina. NO se nos permitía salirnos de nuestros papeles, y una de leas veces
que Carmen se levantó de la silla y yo la acompañé, su madre la recriminó. En
esa casa, estaba claro que los chicos no eran bienvenidos. Me quedé estupefacto
de pensar que a finales del siglo XX hubiera personas que pensaran de dicha
manera. ¿Acaso creía que al acompañar a su hija a la habitación, a escasos
metros de donde estaba su vigilante madre iba a aprovecharme de su niña? Bueno,
no puedo decir que no lo hubiera probado ni pensado. Mientras Carmen estaba en
su habitación su madre me dirigido la palabra por vez primera.
¿Sois muy amigos mi hija y tú?
No demasiado. El grupo de trabajo lo eligió la profesora
– respondí esquivando sus inquisitivas intenciones.
¿Y que tal los estudios? – y su pregunta me sonó a "¿eres
de los listos o de los tontos?".
No pude responder y al momento llegó Carmen con más papeles.
Aunque parezca mentira, pude seguir concentrado en el trabajo, el cual dimos por
terminado poco tiempo después. Recogí mis bártulos y Carmen me acompañó hasta la
puerta del rellano.
¿Has traído lo que te dije?
Claro
Pues espérate aquí, en cinco minutos salgo.
Con el portal a oscuras, me encendí un pitillo mientras
esperaba sin terminar de comprender lo que significaba la dichosa botella de gel
de baño. Al rato, oí como se abría una puerta, un portazo y luego susurros…
Sal de donde estés. No hay tiempo que perder. Monta en el
ascensor.
Y no tuve tiempo de decir nada más, pues estrechó sus labios
con los míos y enroscamos nuestros cuerpos para dejar salir al beso que me
consumía por dentro de tanto que llevaba guardándolo. Nunca un trayecto de
ascensor dio para tanto, nunca los segundos pasaron tan lentos, como si fueran
marcados por los "relojes blandos" de Dalí y que nos concedieran el tiempo
necesario para recuperar lo perdido.
Al fin llegamos al último piso y Carmen me sacó de la cabina
tirando de mi mano con fuerza. Se sacó una llave del bolsillo, abrió el cerrojo
y se dio la vuelta para mirarme de frente. Salimos a la azotea, cerró la puerta
y dejó colgado su abrigo en el pomo.
Has superado la prueba. La recompensa es tuya, y te la
voy a pagar generosamente – Dijo mientras adelantando una pierna, inclinaba
su tronco hacia delante y empezaba a bajar su falda dejándola caer hasta el
suelo.
Después de todo lo que habíamos vivido juntos, había
conseguido que no me importara lo mas mínimo que alguien pudiera sorprendernos.
Ya sabía que las oportunidades hay que tomarlas al vuelo. Así que rodeándola con
mis brazos por la cintura, la atraje hacia mí. La besé con ternura, mientras nos
derretíamos en caricias. Luego con pasión, y nuestros cuerpos empezaron a arder
por lo que empezamos a despojarnos de la ropa. Y, finalmente con lujuria,
chupándonos, lamiéndonos y mordiéndonos cada rincón que quedaba al alcance de
nuestras bocas hambrientas.
Ya no puedo esperar más – dijo Carmen una vez pudo tomar
aire – No quiero más juegos de niños, quiero un hombre. Te quiero a ti.
Se tumbó sobre el montículo que formaban nuestras ropas,
separó sus piernas y me mostró por vez primera su cuidadosamente afeitado pubis,
sus labios rojizos brillantes de humedad y su prominente y sensible clítoris. Me
arrodillé ceremoniosamente como si estuviera a punto de bendecir los alimentos
que estaba a punto de tomar. Me acerqué gateando hasta ella, mientras con una
mano buscaba sus piernas y con la otra me iba quitando los calzoncillos. Al
llegar hasta donde yacía, aspire profundamente su fragancia y pensé en fresas,
consiguiendo que me relamiera mucho más. Por primera vez desde que empezamos
nuestra extraña relación, se mostraba expectante, aunque impaciente. ¿Lograría
estar a la altura de sus deseos?
Comencé a acariciar sus muslos mucho más duros que lo que
nunca habían estado. Su excitación era palpable y su estrategia por fin salía a
relucir. Todo este tiempo había estado provocándome, desatando mi lado más
morboso. Pero quería que fuera paciente, que estuviera a su merced para que en
el momento adecuado fuera un buen amante, paciente y complaciente. Sin yo
saberlo me había estado preparando. Por eso ella estaba nerviosa y tensa, porque
por fin iba a comprobar si su estrategia funcionaría.
Seguí con mis caricias, centradas en las extremidades
inferiores sin llegar a acercarme a su región púbica que estaba al alcance de mi
cara. De ese modo pude observarla con detenimiento, bajo la luz de la luna
vespertina que aun se mezclaba con la de un sol todavía sin acabarse de poner.
Tuve deseos de moldear ese cuerpo con mis manos, aunque
ningún escultor la habría torneado mejor, al menos para mi gusto. Creo que si
hay un cuerpo destinado a cada uno de nosotros para ser complementados, yo debía
haber encontrado el mío. No había nada en ella que no me apeteciera. Largo
cuello de cisne con unos hombros redondos y pecosos, pechos abundantes que aun
se erigían bastante firmes a pesar de su posición (y gracias a su edad) con unas
rosadas y centradas aureolas coronadas por pezones que aun estando erectos no
sobresalían demasiado de su entorno. No era una muchacha delgada, y aunque su
vientre era plano, en la zona más baja lucía una ligera y muy sexy tripita, como
nacimiento de esos muslos de locura, duros y firmes para levantar tan bella y
poderosa estructura. Intuyendo que estaba tomando una foto mental de su cuerpo,
aprovechó para lucirse, posando, contorneándose. Una de las veces, se volvió de
lado cruzando las piernas y atrapando mi mano entre ellas, permitiendo
contemplar una turbadora panorámica de su trasero. ¡Dios! Sus nalgas eran
sublimes. Altas, como si estuviera encaramada en zapatos de tacón de aguja. El
resto de la pierna se estilizaba a cada centímetro descendido y sus regios
muslos terminaban en unas delicadas piernas, fijándome al fin en sus pies tan
pequeños y blancos como toda su piel a excepción de algunas zonas pecosas, como
su naricilla felina o sus hombros, ya enrojecidos por los mordiscos que le había
dado minutos antes.
Ela ya estaba bien caliente y por fin me dediqué a sus zonas
erógenas. Lamí el interior de sus muslos, con un incipiente sabor salino
provocado por el sudor. Con mis manos no cesaron las caricias ahora más osadas.
Recordé a la perfección las lecciones e instrucciones de cómo debía hacerlo, en
especial al estimular su clítoris, entumecido y ligeramente libre de su
capuchón. Improvisé empezando desde arriba, alternando con su monte de Venus, de
esa manera seguía siendo sutil, y seguía retrasando lo que con su mirada me
pedía a gritos. Mi boca se posó sobre sus labios y me ayudé de mi prominente y
afilada nariz para darle tregua a mis dedos en la lucha con su botón. Ya era el
momento de usar la lengua, y en silencio lamí por todos lados. A veces suave,
con la lengua blanda y lamiendo, otras veces más fuerte, hurgando sin parar o
presionando en los rincones clave. Por todo lo que manaba, estaba claro que
Carmen se derretía por mí. Me daba tirones en la cabellera para jalarme hacia
arriba, tratando así de disimular su pérdida de control, al tiempo que se
retorcía aprisionando mi cabeza e impidiendo por todos los modos que cesara en
mi frugal tarea. Algunos dirían que tuvo dos orgasmos, aunque es algo que no me
atrevo a decir. Esos orgasmos nunca fueron suyos, conseguí arrancárselos y
hacerlos míos.
En ese momento descubrí para mi alegría, que las chicas no
necesitan de ningún reposo para volver a ponerse en marcha. Y Sacando fuerzas de
dios sabe donde, Carmen salió de su letargo para hacerme una presa con sus manos
en mis muñecas y dar con mi espalda en el suelo. Se había terminado la dulzura y
una salvaje pasión había hecho acto de presencia. El gatito volvía a ser una
tigresa hambrienta.
Tengo hambre de ti, pajarito. – ronroneó siguiendo con la
alegoría, mientras me clavaba sus uñas.
Sabía que era inútil forcejear además, ¿por qué querría hacer
eso? Se interpuso entre mis piernas e impidiéndome la visión con su oscura
melena, deglutió mi vara ruidosamente mezcla de la succión y la saliva. Apenas
podría aguantar mucho más tiempo sin dejarme ir, y cuando ya lo creía inevitable
y mis ojos se pusieron en blanco, cual fraile inquisidor me clavó con ahínco sus
uñas en mis doloridas muñecas. Mis espasmos fueron tan fuertes que la eché de
encima de mí pero no pude eyacular.
Así vamos a prolongarlo un poco más. Nunca se come el
postre antes que la cena.- dijo posándose a mi lado, y acariciando mi pecho
poco poblado por aquel entonces de pelo.
Quise decir algo ingenioso, pero no se puede pensar con las
dos cabezas al mismo tiempo. La furia sexual de Carmen se había calmado, dejando
entrever una personalidad bipolar en lo que al juego amatorio se refiere. Aunque
dócilmente, como si subiera a una moto, pasó su pierna derecha por encima,
colocándose a lado y lado de mis caderas. Ambos estábamos sudorosos y jadeantes.
Llevé una mano a su pecho y la otra a su cintura, rió por las cosquillas y le
mandé un beso. Ahora volvíamos a ser dos chiquillos, nada inocentes, que iban a
dar un paso que sólo se da una vez en la vida. No nos pusimos demasiado
condescendientes, pues era algo más que sabido como iba a seguir el juego. Echó
su pelvis hacia delante y mi glande recorrió su clítoris de nuevo hinchado. Se
estremeció y descendió lentamente, aunque mi pene no encontró ninguna dificultad
para entrar en su ya empapada vagina.
Yo estaba inmóvil, aun sin creerme lo que estaba pasando.
Tardé unos segundos en reaccionar, mientras seguía el lento descenso a través de
mi pene. Sentí unas ganas tremendas de tomarla de las caderas hacia abajo, pero
ver su cara de gozo durante la maniobra me impidió hacerlo. Volví a acariciar
sus cumbres de nieve, con mis dedos previamente humedecidos para jugar con sus
picos. Las sensaciones eran tan fuertes, que creía que se me escapaba la vida
centímetro a centímetro. Finalmente sus nalgas encontraron apoyo en mis muslos y
ya mi falo estaba totalmente enterrado en ella. Sus ojos verdes brillaron, creo
que adiviné como caía una lágrima, pero a la vez su sonrisa era tan amplia, tan
pura de goce… Era feliz.
Con movimientos progresivamente más rápidos, Carmen cabalgaba
con un vaivén de sus caderas, permitiendo así una mínima salida de mi verga y
frotando durante ese recorrido su clítoris contra mi pelvis. Nos restregábamos
cuerpo contra cuerpo cuando cambió el ritmo y la trayectoria con movimientos
circulares.
Parece que estés preparando una salsa – le dije.
Pues no paremos, no vaya a ser que se corte.
Mi respiración se hizo más ronca y mi subyugante compañera
también estaba dando muestras de estar cerca del clímax. Echó la cabeza atrás
con violencia, mientras cadenas de espasmos recorrían su abdomen.
¡Sí! Aaah! No puedo… parar, ¡Dios! – exclamó
entrecortadamente cuando le sobrevino un extasiarte orgasmo.
Pues no pares, mi amor… ¡No te detengas por lo que más
quieras! – le grité temiendo no poder culminar lo que tanto tiempo había
ansiado.
Por fortuna no se detuvo, lo que le permitió encadenar otro
orgasmo más instantes antes de que yo casi perdiera la conciencia en una corrida
como nunca ha habido otra en la historia. No por la abundancia de fluidos, sino
por una intensidad tal que pude notar como se paraba mi corazón unos segundos,
exhausto por todo lo experimentado. No me quedé en el sitio de puro milagro.
Mientras recuperaba torpemente el aliento, Carmen ya estaba
prácticamente vestida. Se acomodó el pelo en su coletero, me miró y ayudándome a
levantar me preguntó por el misterioso frasco de gel.
Ahí está en mi mochila. –le respondí entre jadeos- ¿Para
qué lo quieres si puede saberse?
Ha sido la excusa para poder salir de casa. Mamá compra
este gel en la farmacia porque tiene la piel muy delicada. Tenía que
llevársela yo a la vuelta del colegio, y cuando te has ido le he dicho que
me la había olvidado. De esta manera he ganado unos cuarenta minutos para
nosotros. Ella creerá que estoy volviendo de la farmacia, así que date prisa
o se va a mosquear.
Menuda era haciendo planes. Si algún día doy con mis huesos
en la cárcel, sé a quien llamar para que me saque.
Pero aún quedaba algo por resolver: ¿Cómo lo haríamos para
volver a repetirlo? Tenía puesta toda mi fe en las buenas artes de la diosa del
engaño. Aunque mientras terminaba de vestirme, no pude evitar preguntarme si no
estaría siendo demasiado optimista creyendo que Carmen quería volver a repetirlo
o si pasaría a ser una muesca más en su cinto.