A veces es difícil caminar por la frontera de lo correcto e
incorrecto. A mis treinta y dos años me consideraba una mujer con las ideas
claras, que sabía lo que quería, y no dudaba en ir directa hacia todo lo que le
interesaba. También me he dado cuenta que ser avasalladora no es buena técnica,
los pasos se deben dar firmes pero casi en secreto, sin hacer ruido.
Cuando me enteré que Mario se acostaba con media empresa me
dediqué a tirar todo al suelo, en un ataque de histerismo arramplé con el
edredón nórdico, los portarretratos y un par de lámparas, con la furia e
impotencia de la que se siente herida en su orgullo más profundo. Luego vinieron
los momentos de asimilación. Minutos en los que me di cuenta que lo único que me
enfurecía era mi propio orgullo, mi corazón, en cambio, parecía intacto a lo que
debía ser un proceso, grave y profundo, de desamor.
Así que me dispuse a colocar cada cosa en su sitio retomando
el orden habitual. No sabía si mostrarle las fotos de aquel estúpido detective
privado, que no hizo más que materializar lo que desde hace meses era evidente,
y yo, sumida en mi propia ambición laboral, no había podido ver, o quizá,
esperar hasta organizar mis cosas antes de abandonar todo en un ataque
impulsivo.
Me metí bajo la ducha e intenté calmarme. El agua caliente
poblaba de una densa neblina el baño, y con los ojos cerrados empecé a encontrar
el alivio a mi rabia... la venganza...
No sabía de qué tipo podía ser, sí tenía claro que no iba a
encontrar el sosiego acostándome con otros, no había nadie en mi entorno que me
pareciera digno de ello, además, necesitaba algo que humillara su virilidad, esa
que restregaba por las nalgas de jóvenes, inexpertas y ambiciosas secretarias, o
la que decoraba de sucios movimientos su despacho con las más maduras, ardientes
y aburridas ejecutivas. Un polvo no era una venganza, de hecho, habría
necesitado echar uno cada día de mi vida hasta dentro de dos años, al menos,
para igualar los que yo llevaba a mis espaldas como cornuda.
Tan concentrada estaba en mis propios pensamientos, que no
sentí llegar a Mario. El ruido del agua chocando contra la cerámica de la ducha,
y mi propia ira, habían ensordecido mis oídos, y me sorprendió, casi dándome un
susto de esos que consideramos mortales, la mano del infiel, deshonesto y cínico
de mi marido posándose sobre mi hombro y sobresaltándome de forma brusca.
No serían más de las 20.00 horas. Mario últimamente llegaba a
casa mucho más tarde, pero esta tarde, al igual que yo, y sin saber cual era su
motivo, se había presentado en nuestro hogar de papel-cartón mucho más temprano.
Sonreía, y mientras lo hacía se iba deshaciendo de su ropa.
Yo no podía hablar, no me había dado tiempo a meditar que quería hacer con él,
pero lo que también fue cierto, es que, al verle a mi lado resurgió de mi
interior una furia casi incontenible.
Su desnudez en el borde de la ducha, su sexo desafiante,
amenazante, generó un nudo asfixiante alrededor de mi cuello, y una ligera
náusea invadió mi ser. Luego, sin sorpresas, comenzó el ritual que últimamente
parecía ser el único que le ponía a tono conmigo. Frente a la bañera, como un
depravado, comenzó a masturbarse, le gustaba recrearse en ese momento, y sus
movimientos lentos se entretenían en ocupar cada centímetro de su empalmado
miembro. Tuve que bajar la vista un par de veces, conteniendo mis ganas de
empujarle a un lado y dejar que mis labios pronunciaran todo lo que estaban
conteniendo...
Mírame Isabel.... y haz lo que tanto me gusta, cariño...
"¿Lo que tanto te gusta, cabrón?" Pensé para mis adentros,
"eso es lo que quieres que haga, que me folle en mi despacho a todo el que pasé
por delante de la puerta, hijo de puta..., porque eso es lo que a ti te gusta
hacer, ¿no, gilipollas?..." Lloraba mi alma por dentro, que no mi amor, era como
una decepción profunda, aunque Mario ya no fuera el que años atrás era en mi
vida, nunca pensé que pudiera traicionarme de esa manera. Podría haberle
perdonado algo así si se hubiera enamorado de alguien, si en su vida se hubiera
cruzado una mujer que le hiciera más feliz, o le diera lo que yo no podía ya
aportarle, amor, pero esto... esto... esto no...
Esos pensamientos me hicieron obtener las fuerzas necesarias
para morder mi lengua, y aguantar, Mario merecía más que tres insultos y una
escenita de película barata.
Puse mi cuerpo contra la pared, abrí las piernas, estrujando
mis dos senos contra las empañadas baldosas y le permití que me observara como
tanto le gustaba. Yo ya sabía que estaba ocurriendo a mis espaldas, sus ojos
fijos entre mi sexo, y su mano activa con movimientos ascendentes y descendentes
a lo largo del tronco de su polla. Este comportamiento no venía "de siempre",
pero era una especie de obsesión que parecía perseguirle desde año y medio
atrás.
Ahora lo otro, Isa, que así no puedo ver tu coñito bien
Al escuchar que me hablaba, volvió a revolverse mi
estomago... Pero me envolví de frialdad y continué con el ritual. De la pared de
azulejos colgaba un pequeño armarito donde guardábamos el gel, champú y otros
productos de higiene personal. Saqué la cuchilla....
El agua no paraba de caer, di la vuelta al bote de gel sobre
mi escaso vello púbico y con las manos me encargué de hacer espuma frotando
ligeramente toda mi feminidad. Mario, comenzaba a acelerar los movimientos...
Así, así, me gusta...- decía
Mis ojos se cebaron en los suyos, lo engullí con la frialdad
de un iceberg, y me sentí, de golpe, fuerte...
Abrí las piernas y poblé todos mis genitales y la zona
interna de las nalgas de espuma. Le miré, su rostro estaba desencajado y las
venas de su cuello se inflamaban con más fuerza que otras veces.
Cogí la cuchilla y comencé por la parte de mi pubis a rasurar
con cuidado, empujando con cada movimiento unas bolas blancas de jabón,
entremezcladas con el vello, y descubriendo bajo esa sustancia una piel lampiña
y rosada.
Mis pensamientos se aceleraban, cuanto más apuraba la
depilación, más grande pensaba que iba a ser la venganza. Veía su rostro
encendido, abandonado a los placeres de sus vicios ocultos, casi como un
enfermo, sin importarle si era yo, o la primera "fulana de turno, que se cruzara
ante sus narices" quien le proporcionaba el éxtasis de lo prohibido.
Terminé con el pubis, pero entre mis piernas aun quedaba una
nube blanca. Las abrí ligeramente, una de mis manos se coló entre mis labios, y
el dedo índice y corazón colaboraron en la tarea, apoyándose uno sobre mi labio
izquierdo, y el otro sobre el derecho, para que pudiera pasar la afilada
cuchilla y apurar cada centímetro de la piel del centro de mi vulva.
Ya solo quedaban los alrededores de mi esfínter, me di la
vuelta, agaché el tronco, mis pechos colgaban ligeramente, abrí las piernas...
- ¿Lo haces tú?-le dije echando el brazo hacia atrás y
mostrándole la cuchilla. "¿lo haces tú, hijo de puta?, pensaba para mis
adentros,¿Alguna de esas zorras, alguna vez te pidió algo así, cabrón, pondré
muy cerca de ti el paraíso, y luego entenderás el porque de mi venganza...
No me reconocía, de dentro de mi había nacido un frío ser que
quería alimentarse de odio, y cuanto más placer le daba a él, más ansiaba la
venganza...
Mario se acercó:
Que dolor de huevos- dijo mientras se agachaba y yo abría
mis nalgas para mostrarle lo que sabía que a él le llevaba a puntos sin
retorno.
Con la cuchilla algo temblorosa ( lo que me ocasionó algo de
pavor) empujó la espuma de los alrededores hasta dejar mi trasero perfectamente
rasurado. Sentía el metal, rozándome y algo me hizo revolverme casi sin querer
hacerlo. Con la ducha en la mano, fue el propio Mario el que se encargó de
aclarar mis nalgas, cayendo el agua como la lluvia por los alrededores de mi ano
sensibilizado, mientras intentaba introducir su dedo índice...
¡Qué rabia sentí mientras me penetraba! Tanta, que no pude
contenerla e hice un amago de moverme y escurrirme de sus intenciones.
Al girarme mi sexo estaba totalmente lampiño. Cerré los
grifos, y le miré en silencio...
Allí estábamos los dos desnudos.
Cómemela Isabel...- dijo mientras con su dedo acariciaba
mi sexo...
Los ojos de súplica eran evidentes, pero ni por un instante
tenía pensado meter en mi boca su sucio sexo, no tenía intención de chupar nada
que se fuera colando en mil mujeres. Me quedé mirándole y no respondí.
Salí de la ducha, la piel estaba empapada, goteaba casi con
la misma intensidad que mi pelo, me paseé por el pasillo hasta llegar al
salón...
¡Que coño haces Isabel, estas mojando todo y además, te
van a ver los vecinos...!
Pero yo no le contestaba, solo veía a aquel hombre, que ya
casi me resultaba un desconocido, con un sexo venoso apuntándome
indiscriminadamente, buscando el aroma a coño sin ponerle un nombre, un rostro,
o besos...
Me quedé callada en el centro de la estancia, la noche ya
había caído, y solo estaba encendida la lámpara del rincón de lectura. Durante
un segundo, pasaron mil imágenes por mi cabeza, cada una de las fotos, de los
videos, se las follaba en la mesa, en un hotel, en el coche... Comía sus coños,
le mamaban a él. La repugnancia me invadió, y sentí, por un instante, ganas de
llorar.
Desde el pasillo él seguía moviendo su mano en una
masturbación constante, a la vez que me hablaba.
Ni siquiera le había escuchado, escupía obscenidades que años
atrás no me parecía que lo fueran, al contrario, me encantaba escucharlas
pegadas a mi oído, pero que aquel día no hacían más que hacerme sentir muy mal.
Me vino el recuerdo de uno de los videos del detective. Hacia
dos años y medio que le había regalado algo especial, en aquellas fechas pareció
ilusionarle. Me había recorrido medio Madrid en busca de una pluma estilográfica
exclusiva, algo único, delicado, elegante, como para mi lo era él... Una plumas
que destacara entre todas la de su colección.
En aquel video estaba con una mujer, la insultaba, la
dominaba, ella parecía disfrutar, y Mario enloquecer. Mientras se la follaba
introducía la pluma por su esfínter.
...No tengo palabras, fue tan...
De repente un arrebato me invadió, él seguía hablando, pero
no podría decir de qué, por sus movimientos intentaba caldear aun más el
ambiente pero yo no le estaba escuchando. Pasé a su lado y le empujé para poder
entrar de nuevo al baño. Allí estaba su ropa tirada, busqué la americana...
¿Pero que haces Isabel?, estas rarísima- Me decía
En el bolsillo exterior no estaba, metí la mano en los
interiores y allí la encontré.
¿Qué haces con la pluma ahora, mujer?
¿No se te ocurre nada que hacer con ella...?- le dije...
Y paseé, ya sin gotear mi cuerpo, tan solo ligeramente mi
pelo, delante de él con ella en la mano hasta el dormitorio.
Me senté sobre la cama con las piernas abiertas, tan sucia y
obscena como él, llevé mis manos al lugar prohibido. La piel estaba tan suave
después de la depilación, que cualquier mínima caricia se convertía en un mundo
de sensaciones, y me sentí más perversa que nunca antes en mi vida...
Mordía mi labio inferior mientras pasaba la pluma por el
contorno de mi rostro, él pareció confiarse y comenzar a sonreír. La humedad de
mi pelo me hacía sentir ligeros escalofrios, que a parte de ocasionar que el
vello de mis brazos se erizara, también empujaba a mis pezones a endurecerse
hasta casi provocarme corrientes de dolor. Estaba apoyado en la puerta, ya no
tocaba su entrepierna, más bien parecía estar conteniendo sus ganas, como si le
diera miedo acabar antes de que hubiera empezado el espectáculo.
Comencé a masturbarme frente a él, jugueteando mis dedos con
mi sexo, y mi sexo con mis dedos, masajes, caricias. Engullidas mis extremidades
comencé a sentir el placer físico mientras sus manos regresaban al templo de lo
que iba a ser su condena.
No hablaba, solo me observaba, debatiéndose entre el
sufrimiento de querer alargar lo inalargable, o acabar con el éxtasis de lo
contenido
Ven- le dije a la vez que movía la pluma indicándole la
dirección que debía de seguir.
Él caminó lento, según le veía acercarse me daban ganas de
hacer lo que nunca antes me había ocurrido, pegarle, emplear la violencia física
para descargar mi frustración, era tal la impotencia que sentía, tan grandes las
dudas sobre como actuar, que solo me apetecía estrellar mi pierna entre sus
testículos, o golpear su estómago. Pero su sonrisa cada vez estaba más cerca de
mis labios. Justo antes de rozarlos, introduje la pluma en su boca, la misma que
había estado dentro del trasero de aquella furcia, y probablemente en mil
lugares más. Él jugó lascivo con ella, y luego la llevó con decisión entre mis
piernas...
Las imágenes torturaban mi pensamiento, quería ser mala, muy
mala, hacerle sufrir, pero la pluma, esa que tanta repugnancia me daba, se
introdujo hasta el fondo en mi sexo, y él comenzó a moverla con rapidez. La
cabeza de su miembro se apoyaba en mi muslo, por más que intentaba obviar el
roce de la piel de su polla, no hacía más que sentir el calor que desprendía.
Mario sabía qué debía hacer, y cómo hacerlo, le costaba poco llevarme al borde
del orgasmo en poco tiempo, y entre mis labios empezaron a escapar jadeos. La
situación se me iba de las manos, y decidí abandonarme al orgasmo inminente que
se avecinaba y dejar la venganza para el día siguiente...
Agachaba la cabeza hacia mis pechos, y con sus dientes,
afilados dientes de cazador mundano, los apretaba con delirio. Me agitaba, sentí
el calor apoderarse de mi, y un montón de corrientes infinitas ir rodeando mi
vientre. Mi sexo se contraía, se ceñía alrededor de la estilográfica, la misma
que había estado abrazada por otros sexos y rectos. Me sentí fatal...
La mano que le quedaba libre, se centraba en su polla, ahora
chocaba cada uno de sus movimientos con mi piel, humedeciendo mis piernas con el
líquido que antecede al orgasmo.
Que zorra eres... lo sabes todo, todo, y aun te mueres
por correrte -la voz de Mario me rompía en mil pedazos a la vez que
estallaba un mundo de corrientes por todo mi cuerpo-. ¿Por qué no dices
nada, eh Isabel? , ¿Qué pasa?...- Mario me miraba fijamente a los ojos
mientras continuaba moviendo su mano a lo largo de su sexo, y colocaba una
de mis piernas sobre su hombro.
Rompí a llorar, de una manera tan sumamente desconsolada que
no mostré ni la más mínima resistencia mientras su semen se chocaba de lleno con
mi sexo recién rasurado. Lloré como una niña que acaba de descubrir que su mundo
de princesas no existía...
Con la últimas gotas aproximó su glande a mi piel, y restregó
la cabeza con aires victoriosos, mientras una de sus manos limpiaba mis lágrimas
para luego sacar la pluma de mi interior, llevarla a su nariz e inspirar
sutilmente.
Esa noche no pude dormir, ni siquiera hablamos. Volví a la
ducha en silencio, al salir me metí dentro de la cama a llorar sin cesar. Mario,
no parecía reaccionar, como si una vez que yo me hubiera enterado no mereciera
la pena rescatar a su "otro yo", había liberado a un monstruo que llevaba
dentro.
Entiendo que no sepáis a que me refiero, quizá no sabéis lo
que es después de muchos años despertar con alguien que no conoces, da vértigo,
y no solo eso, da miedo. Quizá vosotros veis un infiel tras esta historia, pero
yo vi sus ojos cuando me habló, y sé lo que realmente era, un enfermo
trastornado...
Solo tuve que esperar a que se durmiera, ya no era siquiera
una venganza, tan solo era una necesidad de liberar al verdadero Mario, al
aburrido, al metódico, al protector. La única forma de que todo esto tuviera un
sentido.
Esta noche se tumbó a mi lado unas horas después, besó mi
nuca y masculló algo que no quise oír, a los pocos minutos se oía su respiración
fuerte. Me levanté con cuidado, y mientras preparaba todo, solo pensé en lo que
le gustaba a mi Mario. Gozaba con las cuchillas, siempre entre el límite del
dolor y la perfección, hacía de mi piel un manto de terciopelo...
Su rostro al dormir no era el de villano, las facciones de su
cara se dulcificaban, y casi parecía un niño en el paraíso, la pluma estaba
sobre la mesilla. Me pregunté si quizá esa obsesiva tendencia a coleccionar
plumas no era tan sana como yo había pensado. Bajo el sofá estaban las cintas de
video, quería volverlas a ver. Las imágenes, ahora más desde la distancia, me
permitieron observar ese comportamiento habitual y recurrente de penetrar a sus
amantes con esos objetos aparentemente aburridos y clásicos.
Todas las plumas que estaban en la vitrina de nuestro
salón...
Le odiaba... le odiaba... y a mi esta noche me había tratado
igual que a cualquiera de ellas. Sin remordimientos, enterado, no sé aun cómo,
de que yo estaba informada, me había vencido con uno de sus vicios de "putas"...
Luego, todo ha venido rodado, al lado de la colección está
esa pequeña escultura de mármol que nos regalaron por nuestra boda, sí, la misma
que descansa al lado de la cama ahora, un golpe certero mientras dormía fue mi
seguro de vida, o en este caso, de muerte.
Le destapé, su cuerpo permanecía inmóvil, pero vi como su
torso se inflaba y desinflaba; respiraba. La furia volvió durante segundos a mí.
Cuánto odio repentino... Sangraba su cabeza. Me senté sobre él, y entendí esos
casos en los que cortaban de un tajo los miembros masculinos las traicionadas,
algo que parecía una parodia, pero que habría hecho de buena gana.
La estilográfica reposaba en la mesilla, seguía allí. "Dios,
que cabrón, Mario, ¿quién eres?...", me dije. Intenté escribir sobre su pecho,
"hijo de puta" es lo único que me salía, pero la tinta o salía a borbotones, o
no salía., y acabé por tirarla contra el suelo. De nuevo rompí en un llanto
desconsolado, me levanté, fui al baño y volví con la cuchilla que horas antes
había abierto la puerta de esa situación surrealista. Estaba afilada, yo lo
sabía bien... Empecé a cortar su cuerpo sin límites, pequeños cortes que no
hacían más que abrir delgadas fisuras rojas, su cara, su pecho, su sexo. No
podría deciros el tiempo que emplee en mi obra...
Luego fui a la cocina, bebí agua y me senté sobre el suelo
pensando qué hacer, cómo explicarle cuando despertara por que había actuado de
esa forma, preguntándome a mi misma quién era yo.
El momento llegó y yo no tenía respuesta, me llamó, su tono
era nervioso y débil, los primeros signos de luz se colaban por la ventana,
sentí miedo, un terror injustificado... Lo pensé, sí, pero no era algo que
quisiera hacer, estaba más asustada de mi misma que de él. Cuando escuché el
ruido de la funda nórdica y unos pasos por el pasillo, en cambio no lo dudé,
abrí el cajón, brillaba la hoja, cómo le gustaba a él tener los cuchillos
afilados... No esperé a que llegara, la punta hacia el frente, abrí la puerta y
corrí con los ojos cerrados para clavárselo antes de poderme arrepentir,
pensando en cada imagen, cada recuerdo...
Ha sangrado mucho, lleva más de una hora hablando, pero no
tengo el valor para rematarlo, ¿clavar otra vez el cuchillo...? No puedo, voy a
esperar a que por sus labios salga todo el veneno de la bestia para que Mario
descanse tranquilo durante la eternidad, está confesando todos sus delitos. En
las pupilas de sus ojos apagados comienzo a ver al Mario de siempre, pero yo, ya
no soy la que era...
Cuando vengáis encontrareis aquí mi confesión, os llamaré en
el momento que él muera, no debe quedar mucho, marcaré el 112, luego, sin
coacción de ningún tipo me tiraré por la ventana. Esto quizá simplemente sea un
gran error, el de alguien que no supo asimilar una traición. Igual ni siquiera
las cosas son como yo las cuento, y eso es lo que más miedo me daría, haber
caído en la locura.
Ni siquiera le amaba, o perdón, quizá lo amaba demasiado y ni
siquiera lo sabía. O simplemente mi orgullo me ha hecho delirar. Ahora solo sé,
que me quiero morir.
La tinta se empieza acabar, los pequeños borrones no son más
que las lágrimas de lo que un día fue nuestro amor... La pluma morirá con
nosotros, sin color, dejando la estela de lo que un día fue, hasta que su
sangre, la tinta, deje de escribir...