Nochevieja, la última noche del año. La noche de la fiesta y
de la juerga por excelencia, la noche de todos los placeres, de todos los
excesos. Hace media hora que sonaron las doce campanadas, marcando el inicio del
año nuevo, desencadenando la alegría y el delirio en millones y millones de
personas, todas dispuestas a vivir una intensa noche de desenfrenada
celebración.
Y aquí estoy yo, solo, en el salón de mi casa, en chándal y
zapatillas, sentado frente al ordenador escribiendo este texto. Mi mujer duerme
en la habitación contigua, con nuestra hija recién nacida que vino al mundo hace
solo diez días. Tras haberle dado el pecho, poco antes de la medianoche, han
quedado las dos profundamente dormidas, muy cansadas ambas después de dos días y
dos noches casi sin dormir.
Aburrido, he estado viendo la televisión un rato, zapeando,
pero no he podido soportar ninguno de los vomitivos programas que todas las
cadenas están emitiendo esta noche. Finalmente he tenido que apagar el aparato,
asqueado. El colmo ha sido cuando he visto aparecer en la pantalla la momia
reseca de un viejo cantante (un carcamal que cuando yo era niño ya tenía bien
avanzada su carrera) acompañado de una grasienta folclórica chepuda de la misma
época. La momia, con su terrorífica sonrisa fija y plastificada, producto de un
poco afortunado lifting, y su repugnante aspecto de zombi remendado, almidonado
y planchado, se agitaba ridículamente simulando simpatía y jovialidad, y decía
desear suerte y felicidad para todos en el nuevo año. ¡Jodido hipócrita
embustero! Tu lo único que deseas, patético mamón, es chupar cámara e intentar
permanecer en el candelero un año más, ¡aunque ya no figures más que en las
listas del Top-Geriátrico!
Pero, bueno, por otra parte, y cambiando de tema, a pesar de
lo aburrido y tristón de mi Nochevieja, les comento que ando bastante salido.
Como suele ocurrirme últimamente, se apoderan de mi obsesivas ganas de follar, y
el ver las animadoras y bailarinas de la televisión, tan bonitas y ligeras de
ropa, me ha puesto de nuevo como un toro.
Les confesaré que exceptuando las dos o tres veces que he ido
de putas, llevo ya una buena temporada sin follar. Los últimos meses de embarazo
de mi esposa fueron bastante complicados, lo que supuso un impedimento para las
relaciones sexuales, las cuales de todas formas eran ya muy esporádicas antes,
dados los problemas relacionales que venimos arrastrando desde hace tiempo. Por
otra parte, la que era mi amante desde hacía ya casi dos años decidió, cuando se
enteró de que mi mujer había quedado embarazada, poner fin a nuestra relación
para, según dijo, intentar salvar su matrimonio y darle una nueva oportunidad al
panzudo de su marido. El tema no deja de tener gracia si tenemos en cuenta que
era ella la que le calificaba de "pichafloja" y le ponía los cuernos a él, pero
en fin, el caso es que entre unas cosas y otras, como ven, me quedé a dos velas.
He encendido el pc y me he conectado a Internet. No tengo
ningún correo y ninguno de mis contactos de la mensajería electrónica está
conectado. Nadie con quién ni siquiera hacer cibersexo. Normal, ¡es Nochevieja!
¿Qué esperabas, capullo? Esta noche está todo el mundo de fiesta, esta noche
todos están divirtiéndose y después, la mayoría, ¡van a follar! No como otro,
que yo conozco…
Resignado, he puesto un dvd porno en el dvd-rom del ordi y
comenzado a menearme la polla distraídamente viendo la película. Pero enseguida,
quizás inspirada al observar como una linda rubita derramaba miel sobre la pija
tiesa de un afortunado caballero y procedía a chupársela, mi mente se ha
sumergido en los recuerdos y revivido los acontecimientos ocurridos tal noche
como esta, hace no muchos años.
En aquella época estaba enamorado como un idiota de Carmen,
la chica con la que salía y que a su vez juraba amarme locamente y desear
compartir el resto de su vida conmigo. Carmen es una guapa morena nativa de la
llamada "huerta de España", una reseca pero fértil tierra que, además de
excelentes verduras y hortalizas, produce las que son, en mi opinión, las
mujeres más bonitas, deseables y p… picaronas de toda la península ibérica.
Haciendo un pequeño paréntesis añadiré que, como sin duda ya
habrá intuido usted, avispado lector, Carmen no es la mujer que duerme en estos
momentos aquí al lado, con mi hijita. No, Carmen me dejó, poco después de la
noche de la que les hablo, para volver con su antiguo novio, al cual sospecho
que nunca había dejado de ver (vamos, de follar con él, ya me entienden) al
tiempo que salía conmigo. Un buen día, simplemente, me envió al trabajo un
escueto mail sugiriendo que lo nuestro no había sido más que una aventura y que
mejor olvidarlo. ¡Hay que joderse! El resentimiento que le guardo será eterno.
Pero lo ocurrido en aquella Nochevieja de principios de siglo
también dejó en mí un intenso e imborrable recuerdo.
La noche no se presentaba especialmente loca. Éramos solo
tres parejas: Carmen y yo, la zorrona de su prima Vero con un tal Samuel,
legionario de permiso y novio de turno de la chica, y mi amigo Rafa con su novia
Viky, ambos compañeros de mi oficina. Solo habíamos reservado para cenar, en un
restaurante del centro de la ciudad, y decidimos que después de la cena, las
uvas y el champán, improvisaríamos y ya encontraríamos algún sitio donde entrar
a tomar copas y bailar.
Afortunadamente, el magnífico clima del que gozamos en esta
región mediterránea volvió a hacer gala de clemencia y nos brindó una placida y
templada noche de San Silvestre. Las calles pronto se llenaron de gente con
ganas de pasarlo bien. Los bares y pubs de la zona de copas de la ciudad fueron
tomados de asalto y los encargados, viendo la posibilidad de hacer buen negocio,
sacaron rápidamente focos, altavoces y barras improvisadas a las aceras.
Fue una de las noches de fin de año más multitudinarias y
divertidas que recuerdo. Estuvimos bailando junto a otros muchos cientos de
personas y yendo de barra en barra tomando copas, riendo y pasándolo bien hasta
el amanecer.
Ya de retirada, tras haber sido "invitados" por la policía
local a desalojar las calles para permitir al servicio de limpieza pública
comenzar a hacer su trabajo, pasamos por delante de una cafetería, situada en
los bajos de un lujoso hotel, en cuya entrada habían colocado una pizarra que
anunciaba, escrito en letras grandes: "Chocolate con churros". Cansados y
hambrientos tras las muchas horas de juerga, entramos sin demora dispuestos a
reponer fuerzas tomando un rico y típico desayuno festero.
Había mucha gente pero pudimos instalarnos en una mesa grande
que acababa de quedar libre al fondo de la sala. La camarera, una señora mayor,
de aspecto cansado pero muy amable, nos informó que debido a la gran cantidad de
clientes que habían tenido que servir durante prácticamente toda la noche, ya no
le quedaban porras (esa clase de churros, gordos y grasientos, que tanto gustan
a los turistas) y solo podía servirnos churritos de los otros, esos más finos y
pequeños. Como la cuestión churrera carecía de importancia para todos, pasamos
impacientes el pedido: seis tazas de chocolate y churos para todos.
Mientras esperábamos ser servidos y puesto que el que más y
el que menos andábamos todos bastante calientes, aprovechamos el que la mesa
estuviera vestida de un gran mantel de tela, que bajaba por los lados hasta casi
tocar el suelo, para meternos mano por debajo del mismo (cada uno con su pareja,
claro), y a la vez a morrearnos sin pudor, salvo Rafa y Viky, que se limitaron a
darse un par de castos besitos. Viky era sin duda alguna la más tímida y
recatada de las tres chicas, a la que conozco desde hace ya unos cuantos años y
que siempre me ha dado la impresión de ser incluso un tanto mojigata.
Cuando la simpática camarera se presentó con nuestro
desayuno, yo le estaba haciendo un dedito a Carmen por encima del pantalón, y
ella gemía gozosa con su cabeza apoyada en mi hombro y chupándome el lóbulo de
la oreja. Comenzaba a excitarme tanto que de no haber sido por la llegada de la
señora, le habría propuesto a Carmen ir juntos al baño.
Pero el gastronómico también era un placer que nos apremiaba
satisfacer, por lo que cogimos cada uno un churro de la gran bandeja que nos
habían dejado en el centro de la mesa y comenzamos a comer.
Evidentemente, enseguida surgieron bromas y comentarios
pícaros y jocosos acerca de la forma y el tamaño de los churros, sobre todo,
claro está, por parte de las chicas… "Vaya churrito mas arrugao y pequeñajo, con
uno así no tengo yo ni pa empezar…", "Pues es pequeño pero está tiesecillo, que
es lo que importa, y siendo de este tamaño se puede una ocupar de varios a la
vez…".
Una de las veces que fue Carmen la que dijo una de esas
bromas, me animé a contestarle en voz baja…
-Pues si quieres una buena porra cabezona, mi cielo, ya sabes
donde tienes una –le dije al tiempo que le tomaba la mano que tenía posada sobre
mi muslo y se la colocaba entre mis piernas, directamente sobre el bulto prieto
de mi paquete.
-Huy, ¡pero qué cerdo! –Me contestó simulando escandalizarse
ante mi invitación y dándome un cachete en el hombro, pero al mismo tiempo con
una sonrisa y una mirada lúbricas y excitadas.
-Si, mi cielo, soy un cerdito y tengo el churro bien gordo y
calentito… -Le susurré con voz viciosa al oído, al tiempo que pasaba de nuevo la
mano por debajo del mantel y comenzaba a frotarle como antes con los dedos
suavecito sobre el coño- Si te apetece comerlo, ya sabes, cariño, no te cortes,
te lo ofrezco con todo mi amor.
-Ya, pero a mí lo que me gusta es mojar el churro en el
chocolate antes de comérmelo, para que esté bien dulcecito y sabroso. –Me
respondió poniendo una mimosa voz de putita.
-¡Pues lo mojas, tesoro, lo mojas! Lo que importa es que te
sepa bien sabroso al metértelo en la boquita y lo saborees con gusto, mi dulce
princesa.
-Ah, ¿si, de verdad me invitas? –Me preguntó acercándose a mi
excitada y dándome a la vez un lúbrico lametón sobre los labios con su lengua
húmeda y sabor a chocolate.
Y sin dudarlo tomó la taza, aún casi llena, y con ella en la
mano se deslizó ágilmente hacia abajo, pasando por debajo del mantel, hasta
desaparecer bajo la mesa. Noté como se colocaba entre mis piernas y tras dejar
la taza en el suelo sus ágiles manos me desabrochaban el cinturón y todos los
botones de la bragueta del pantalón, para seguidamente abrirlo y tirar de él
hacia abajo. Después me ladeó el slip, liberando sin más la masa compacta y
caliente que constituían mis abultados cojones y mi pija morcillona.
¡Joder! Qué gustazo me daba notar como comenzaba a sobarme
los huevos y pelarme la polla con su manita angelical; y que morbazo adicional
el estar viviendo todo eso allí, en un lugar público, rodeado de gente y con
varios amigos sentados justo a mi lado, los cuales me observaban atentos, entre
divertidos y excitados, siendo perfectamente conscientes de lo que estaba
sucediendo. Me percaté de que Viky, que parecía incómoda o escandalizada,
proponía a Rafa por lo bajini terminarse rápido su chocolate y marcharse cuanto
antes.
Entonces sentí como de repente, guiada por los dedos de
Carmen, parte de mi pija, con la piel echada hacia atrás y el glande
completamente descapullado, se hundía en un líquido viscoso y caliente, muy
caliente, tanto que tan sensible parte de mi organismo lo sintió como hirviente,
lo cual me provocó una súbita e intensísima descarga, no sé muy bien si de dolor
o de placer, aunque creo que fue más bien una mezcla de ambos. Y fue tal la
intensidad de esa tremenda sensación, que no pude reprimir un fuerte gruñido y
que mi cuerpo se echara bruscamente hacia atrás, chocando y quedando pegado
contra el respaldo de la banqueta en la que estaba sentado. Incluso recuerdo que
también, por un segundo, me pregunté si no me habría corrido incontroladamente.
Al oír mi grito, los clientes de las mesas cercanas a la
nuestra volvieron todos la cabeza y se nos quedaron mirando. Las chicas de mi
mesa también me miraban fijamente: Viky con los ojos abiertos como platos y una
expresión de incredulidad en el rostro; Vero con una sonrisa rebosante de vicio.
Rafa y Samuel, a la vez por disimular pero también para cachondearse de mi, (qué
cabronazos, sin duda se me había quedado una cara de pánfilo en trance de no te
menees) comenzaron a darme palmaditas en los hombros y decirme idioteces:
-Venga hombre, tranquilo, ¿qué te pasa, chaval? Eso es que
estás cansado, venga, toma un churrito y un poco de chocolate y verás como te
sientes mejor…
Noté como la lengua de Carmen recorría el tronco de mi verga,
limpiándomela del caliente chocolate, como sus labios abarcaban mi glande y
comenzaban a mamármelo. La alta temperatura a la que había sido sometida la piel
de mi miembro había hecho que éste sintiera esas caricias con acentuada
intensidad. Carmen me comía la pija bajo el mantel, con esa maestría de putita
mamona que la caracterizaba, y yo tenía que hacer un tremendo esfuerzo por no
gemir, por no correrme.
Mientras gozaba de la mamada que Carmen aplicaba a mi polla,
oí como a mi derecha Samuel, que había introducido la mano por dentro de la
blusa de Vero y le sobaba descaradamente las tetas, le sugería a la chica:
-Vamos cariño, sé buena como tu primita y cómeme a mí también
el churro.
Vero, por supuesto, sin que fuera necesario insistir, se
deslizó de inmediato a su vez bajo la mesa y desapareció entre los faldones del
mantel. Oímos como las chicas cuchicheaban algo y reían alocadas. Segundos
después Carmen volvía a hundirme la verga en la taza de chocolate caliente para
seguidamente chupármela como antes, haciéndome sentir esta vez un intenso
placer, ya sin dolor. Deduje que Vero hacía lo mismo con Samuel, al ver como
éste había apoyado la cabeza contra la pared que tenía detrás y gozoso, con los
ojos cerrados, dejaba escapar ahogados gemidos por la boca entreabierta.
Giré entonces la cabeza a la izquierda y me percaté de que
Rafa estaba muy excitado, tanto que su ya de por si inquietante mirada parecía
la de un maníaco apunto de cometer un asesinato. No disimulaba el bulto que
marcaba su erección e intentaba introducir la mano por entre las piernas
cruzadas de su novia. Entonces Viky, al parecer enfadada y sin poder soportar ya
más la situación, se levantó de golpe de su silla y se dirigió hecha una furia
hacia la salida de la cafetería. Rafa, tras unos momentos de duda, se levantó a
su vez y después de murmurar unas palabras, no entendí muy bien si de disculpa o
de despedida, corrió detrás de ella.
Mientras, Carmen seguía comiéndome el rabo con verdadera
ansia y me lo tenía ya tieso y duro como un palo. Por eso, al sentir que de
nuevo un líquido espeso y caliente me lo mojaba y caía resbalando despacio por
él hasta llegar a mis huevos, me pregunté como había hecho para ponerme más
chocolate en la polla. Supuse que vertiéndolo directamente desde la taza sobre
ella, y temí, solo por un segundo, que haciéndolo así me pusiera el pantalón
perdido de chocolate. No fue el caso. Más tarde me explicó que lo había hecho
tomando chocolate de la taza en su boca y escupiéndolo después con cuidado sobre
mi pija.
Comenzaba por lamer el chocolate depositado sobre mis pelotas
y subía por la polla hasta dejarla limpia y me la besaba, me la succionaba, se
la metía entera en la boca y me la follaba con ella.
A mi derecha Samuel gruñía con fuerza. Le miré y vi como la
tela del mantel que tenía entre las piernas se movía con velocidad adelante y
atrás, adivinándose, por la forma redondeada que se marcaba, que la cabecita de
Vero le mamaba como una loca. Al ver al bueno de Samuel agitarse como un poseso
y agarrar con las manos la forma redondeada para acompañarla en su movimiento,
entendí que se corría.
Yo tampoco podía aguantar más. Adelanté un poco la cintura
para hacer que mi pija quedara un poco más hacia arriba y de esa manera
facilitar aún más la mamada, al tiempo que comenzaba a acompañar el bombeo bucal
de mi chica con acompasados empujones adelante y atrás, follándole la boca.
Carmen, que adivinó la inminencia de mi orgasmo, acopló su ritmo al de mis
empujones y poco a poco fue metiéndose más profundamente mi polla, hasta
tragarla entera y hacerme sentir en los huevos el roce de sus labios. Segundos
después, poniéndome un puño delante de la boca para intentar reprimir mis
gemidos, sentí una fulgurante descarga de placer al explotar mi orgasmo y
comenzar a enviar intensas lanzadas de esperma dentro de la boquita de Carmen.
Me guardó en su boca hasta que cesaron los temblores de mi
orgasmo, mamándome amorosamente la pija durante un par de minutos más. ¡Qué
tremendo placer! Una vez que mi polla comenzó a perder tamaño y reblandecer,
noté como con un extremo del mantel Carmen me la limpiaba y secaba con mimo.
Sentí sus labios apretarse de nuevo contra mi verga y
depositar sobre ella un beso. Después me colocó el slip en su posición normal y
mientras yo comenzaba a abrocharme el pantalón, emergió de las profundidades del
mantel para venir de nuevo a sentarse a mi lado. Cogió su servilleta y con ella
se limpió una espesa gota de esperma que desde la comisura de los labios había
caído resbalando hasta su barbilla, dejando un rastro brillante sobre su piel.
Nos miramos con infinito cariño, sin decir nada, y nos cogimos de la mano.
Carmen tomó un sorbo de chocolate de mi taza, todavía casi llena, y se me arrimó
de nuevo. Nos fundimos en un largo y profundo beso, cargado de ternura y amor, y
por mi parte también de agradecimiento por el tremendo orgasmo que acababa de
proporcionarme.
Mimé y acaricié sus labios con los míos, los recorrí con mi
lengua y saboreé la suya acogiéndola en mi boca, chupándosela y mamándosela con
infinito placer. De esa manera, aquella noche, descubrí el sabor que tiene mi
semen mezclado con chocolate.