13.
-Tenía un amigo… Nunca lo entendí muy bien. Este chico era
mayor que yo, de la edad de Laura… y evangelista. No bailaba, no bebía… y no
podía escuchar música… pero la acompañaba a todas partes, incluso a los bailes.
Era raro. Era vecino y se conocían desde muy chicos. Era macanudo, muy
simpático e inteligente. Bueno… nos encontramos otras veces con Laura, salimos
juntos, éramos novios…, todo muy bien… hasta que comencé a celarla con
este muchacho, sin ningún motivo. No podía creer que eran solamente amigos,
aun cuando yo sí tenía amigas. ¡Una estupidez! Un día Laura se hartó… y
terminó todo. Lo peor… lo peor… es que me sentí como liberado… ¡Liberado
de la obligación de ser brillante! ¿Puede creerlo? Ahora que lo pienso…
nunca se me había ocurrido… ¿Será posible qué les tenga miedo a las mujeres
inteligentes? ¿No?
-Es contradictorio. Alaba a la mujer inteligente… pero hace
lo posible para ahuyentarlas… a menos que sepa que no será posible, como
el caso de Isabel…
¡Y ahora
pretende encontrar en su esposa lo que perdió cuarenta y cinco años atrás! ¿Es
así, no?
-Estoy confundido. No se me había ocurrido. ¡Pero sí tuve
sexo con mujeres que… si bien no eran bobas… tampoco eran demasiado brillantes!
-Pero eran pasajeras… y usted lo sabía. Varias veces habló de
Pigmalión… y es lo que pretendió con Mabel, aunque no lo reconozca.
Después de cuarenta años de casado no quiere reconocer que fracasó. Quiere tener
sexo sin pensar en otra cosa… y eso, para usted, es imposible.
-Bueno, no tanto. Otra compañera de trabajo… o
compañerita… Cuando entré a trabajar en la empresa norteamericana, la de la
carpintería…, casi lo primero que vi… fue a un despampanante budinazo que
no pertenecía a la sección donde yo estaba, pero se encontraba al paso, en el
camino hacia el fondo de la enorme sala que ocupaba todo un piso, donde yo
estaba localizado. Era de la parte de administración o algo así. No importa. La
cuestión que estaba rebuenísima, de unos 23 o 24 años, rubia teñida, no
especialmente hermosa de cara, aunque no fea, pero con un cuerpo espectacular,
en realidad mucho más que lo normal por entonces, más tipo pasarela de teatro de
variedades o algo así. ¡Y me marcó en cuanto me vio! Me di cuenta. Yo no la veía
en todo el día, pues no tenía ningún punto de contacto con esa sección de la
empresa, solamente al entrar o salir… y desde quince metros, por lo menos. Pero
había algo, lo sentía… Así pasaron varios días o semanas, más bien. En
algún momento la encontré en la puerta de salida del edificio, varios pisos más
abajo, cuando me iba, esperando a alguien, sin duda. ¡Era imposible que esa mina
anduviera suelta! La saludé especialmente a ella… y me contestó con la más
seductora de las sonrisas. Le diré que vestía en forma despampanante, con unas
mini que no le llegaban a la mitad de los muslos y unos escotes… ¡para ver lo
que había comiso el día anterior! ¡Una bomba! Yo era un casi profesional,
supuestamente serio y formal, dado que ese era el estilo de la empresa,
así que no tenía que tener especiales deferencias hacia ella…, pero su saludo no
era meramente formal…, la mirada la delataba… ¡Y no me equivoqué! En una
oportunidad, creo que era un día del amigo, me invitaron a mí, y a
tres o cuatro compañeros más de ingeniería a participar de un juego al
que llamaban, creo, el amigo invisible, durante el cual se hacían
pequeños regalos, sin valor monetario, más bien afectivos, con la particularidad
que no se conocían los destinatarios ni los remitentes, pues todos los
regalos y los nombres iban a dos recipientes, y se extraían los paquetitos de
uno y los nombres de otro. Primero me llamó la atención que me invitaran a
participar a mí, pues era el más novato y conocía solamente de vista a la gente
de esa sección…, donde la mayoría eran mujeres, y las bromas y cuchicheos que se
hacían entre ellas sobre nosotros, los varones de afuera… Pero resultó un
gran invento ese festejo, y no solamente para mí… Pero como alguno de los
muchachos más veteranos me aleccionaron, podría ser interesante el jueguito,
si a cada uno le tocaba lo que esperaba… Me olvidé de algo; la cantidad
de varones que invitaron de nuestra sección, equiparaba a la cantidad de mujeres
de administración, incorporando los necesarios para que los pares se
pudieran formar. Pero… en el juego no había trampa… O sea que, efectivamente,
nosotros, por lo menos, no sabíamos quienes recibirían nuestros regalos y ellas,
supuestamente, tampoco. Y así fue. Y el compromiso formal era no deschavar
a nadie. No se podía decir, ni antes ni después, quien era el autor del regalo,
ni quien podría ser el destinatario. Yo supe quien recibió el mío, por supuesto,
pero la empleada no supo que yo lo había comprado. Y a mí me pasó lo mismo…
pero., y aquí comienza lo interesante, para mi caso, la niña destinataria
de mis malas intenciones me dijo, mientras brindábamos entre risas al
final del juego, que lamentaba que su regalo no lo hubiera recibido yo. Por lo
cual, la no reciprocidad era de ambas partes, lo que me obligaba a darle
bajo cuerda otro regalito que yo había previsto por si la cosa no salía como
quería…, lo que la puso tremendamente agradecida –o cachonda-,
dirían ahora… para generar una entrevista privada en una confitería
bastante alejada de donde estábamos… «Hoy no puedo, pero mañana, te lo juro,
sin falta nos encontramos…» Ese "te lo juro" venía cargado de promesas…
-Usted es rápido para los mandados…
-Es que…, bueno, era la sección de personal, sueldos, esas
cosas. Ella tendría que saber, sin duda, que yo era casado…, así que no hace
falta mucha preparación previa… ¿No le parece?
-Sí, claro. Y la chica era dispuesta… ¿Era como la
profe?
-Más o menos… Pero…, la verdad me daba un poco de vergüenza
salir con ella. ¡Era demasiado despampanante! ¡No pasaba desapercibida en
ninguna parte! ¡Parecería un levante!
-¿Y cual es su problema? ¿No dice que todas le vienen bien?
-¡Qué sé yo! Siempre me pasó lo mismo. No me gusta exhibirme
con mujeres que llaman demasiado la atención. Es una estupidez, lo sé, pero es
así.
-¿Y qué hizo, entonces?
-Nada, ¿qué iba a hacer? Nos encontramos en la confitería. En
el beso en la boca que me dio cuando llegó estaba escrito que el trámite estaba
hecho… Nos tomamos algo, como para justificar el encuentro, y nos fuimos a un
hotel. Al primero que estaba por ahí, sin demasiado lujo, pero limpio y con
comodidad. En el ascensor que nos llevó al tercer piso comenzamos con los besos
de lengua y el manoseo. Menos mal que la puerta del ascensor era automática,
pues teníamos las manos tan ocupadas que nos hubiéramos quedado adentro. Para
entrar a la habitación le solté una teta. ¡No entraba en mi mano! Ya la tenía
fuera del escote y mi pija lucía fuera del pantalón. Se agachó, me lo bajó y
empezó a mamar con desesperación. «¡Esperá mamita, por favor! Dame tiempo a
desnudarte» A cuatro manos tiramos la ropa por cualquier lado. ¡Era
soberbia! ¡Y todo natural! Tendría 110 de tetas y algo así de caderas, con un
culo fenomenal. Yo tenía miedo de acabar antes de meterla. Se me tiró encima,
boca arriba sobre la cama y se la ensartó. Tengo que decir que todo lo hizo ella
porque fue así. Cabalgaba enloquecida, con fenomenales sacudidas de tetas,
moviendo la cabeza para todos lados. «Maggi, preciosa, ¿no querés que me
ponga el forro?» «No hace falta, tengo el DIU.» En ese momento, por la
seguridad con que lo dijo, se me ocurrió pensar que talvez fuera casada, pero
seguí con las sacudidas sin hacer ningún comentario. ¿A qué hubiera venido eso,
no? Maggi se meneaba para todos lados estrujándome el pene en sus
acabadas… pues a mí me parecían que le venían una atrás de otra… Yo trataba de
contenerme para poder hacerla gozar más tiempo. «Por favor, dejá que te monte
yo para poder jugar un rato…» «Acabá sin miedo. ¡Dale!» En algún momento, un
instante en que aflojó, la saqué de encima, la di vuelta y se puso en cuclillas.
¡Ni el televisor, ni la música habíamos prendido! Estábamos dale que dale desde
que entramos. Me apoyé bien sobre su imponente culo, se la enterré tirándome
hacia delante, pues no quería dejar de aferrarme a sus tetas mientras eyaculaba…
y le mandé una fenomenal sacudida. ¡Temblábamos los dos mientras se unían
nuestros orgasmos! Lamentaba no haber tenido tiempo de chupársela un rato. Con
el semen chorreando no me gusta mucho… Pero Maggi no perdió tiempo. «Me lavo
bien la vagina y seguimos.» Pareció adivinar mi pensamiento. Mientras ella
se lavaba en el bidet, oriné y luego me lavé en el lavabo. «¡Bárbaro, quiero
que sólo sientas mi saliva!» Nos acomodamos sin ninguna aclaración previa
para el 69, en principio yo abajo, para ver mejor el espectáculo de sus
gloriosas nalgas, y fuimos cambiando, un poco de cada lado, hasta que quedamos
listos, ella con sus piernas recogidas en el ángulo perfecto, yo con las
rodillas apoyadas a los lados de su cabeza… ¡Y a llenarle la boca! Por mi parte,
no terminaba nunca de sorber todos sus flujos. ¡Parecía dos litros! ¡Quedamos
demolidos!
-¿Y allí terminó todo? No le pregunto si hablaron de algo,
porque evidentemente ni tiempo tuvieron.
-No, no en ese momento, pero luego, durante media hora, más o
menos, conversamos un poco sobre nosotros, como habíamos ido a parar a ese
trabajo, esas cosas… Allí fue cuando me dijo que sabía que era casado. Y que
ella también lo era. No hubo, por suerte, ningún tipo de lamentaciones ni
justificativos. Tanto ella como yo, habíamos ido a coger porque nos gustamos y
teníamos ganas. Maggie era una chica lista, simple pero inteligente.
Salimos algunas veces más, hasta que me trasladaron a otro edificio, bastante
más lejos, y resolvimos no llamarnos por teléfono, pues, al pasar las llamadas
por el conmutador, se podrían rastrear… ¡y curiosos siempre hay! De todas
maneras, ambos sabíamos que éramos amantes circunstanciales y que la cosa no
pasaba de allí. Creo que pasaron dos o tres años en que me encontré con una
mujer de ese tipo…
-La próxima me cuenta.
..................................
-¿Nunca le tocó un travesti?
-Noo…, por suerte…
-¿Qué… tiene prejuicios?
-No, no es eso. Me importa un bledo lo que cada uno haga con
su cuerpo y con su sexo. Lo que no me hubiera gustado es una sorpresa de ese
tipo… Una cosa es engancharse a una mina… y luego descubrir que es un hombre.
¡Ni soñando!
-Nunca se ensartó, entonces…
-No, por suerte no. Hay lugares de Buenos Aires, desde hace
mucho los hay, en que están las prostitutas por la calle, levantando tipos. No
sé bien como es la historia. Ya le dije que nunca me acosté con una. Bueno…, las
mujeres con las que me acosté… por lo menos no me cobraron nada… A mí me parece
que ninguna era puta. Claro, es una impresión. Vaya uno a saber si es
efectivamente así.
-¿Ninguna le dio esa impresión?
-En absoluto. Claro, me puede decir que es mejor creer que
vinieron conmigo por que les gusté. ¡Pero no me cobraron nada! Si alguna lo era
lo disimulaba bien. Además a mi no me causa ninguna desazón pensar que a una
mujer le gusta tener sexo con un tipo que le atrae. Eso quiere decir que es
sana. Con respecto a los travestis, es cierto, no me gustan. No digo los
homosexuales. Creo que es otra cosa. Un tipo puede ser homosexual y no ser puto.
Puede ser homosexual y no ser maricón, o mariquitas, como lo llaman ellos
mismos. El travesti es un buscón, para mí. No me refiero al que trabaja con esa
característica, digo, que aprovecha que vestido de mujer es atractivo… o
atractiva, y puede trabajar de bailarina, modelo, o cosa así. Eso tampoco
quiere decir que sea un puto. Es homosexual y punto. Me refiero a los que andan
haciendo la calle. Pero me imagino que debe ser jodido meterle la mano a
una mujer … y encontrarse con la sorpresa. ¡Ni pienso en el susto!
-Pero es más proclive a aceptar a las lesbianas que a los
varones…
-Sin duda. Ya se lo conté. Incluso con sexo oral preferiría
una mujer, toda la vida, aunque ande con las ganas. Nunca me vi en esa
situación, pero lo veo así.
-¿Y lo del chico?
-Ya sabía que iba a salir con eso. Bueno, creo que se lo
expliqué. Tenía 16 años y andaba como siempre con una calentura bárbara, y
cuando vi a la hermanita, bueno, no era para despreciar. No se me daba seguido.
…
-Nunca lo avanzó un homosexual?
-Sí, varias veces. Cuando viajaba a La Plata casi siempre. Si
iba al baño de Constitución se aparecía alguno. Pero yo le decía que no, que no
me gustaba, que no tenía ganas y listo. Ningún drama, ninguna violencia ni
gritos. Nada de eso. "¡Salí de aquí puto de mierda…!" O algo así, como es
costumbre, por lo menos como me lo contaron o lo he visto en otros hombres.
¿Para qué? Que hagan lo que quieran. A mí que me den mujeres y me dejen de
joder. Bueno eso era antes… Ahora ni eso.
-¿Y con parientes o amigas de su esposa?
-Mire, le parecerá raro. Creo que le conté algunas
depravaciones mías como para andar ocultando algo, ¿no? Bueno, nunca. Ni con
parientas mías o de mi esposa, ni amigas de la familia… Nada. Nunca. Siempre
hubo una autocontención al respecto. O respeto, mejor dicho. Ni con las
novias de amigos, eso que parece ser tan común hoy día. Nunca me gustó eso. Hay
algunos códigos de lealtad que siempre respeté. ¡Y lo digo totalmente seguro y
convencido!
-Nunca me habló de sus fracasos…
-Sííí… ¿cómo qué no? En varias oportunidades le dije las
cosas que salieron mal…
-No me refiero a eso. Hablo de las oportunidades que no se le
presentaron, cuando le dijeron de entrada que no. A eso me refiero.
-Bueno, usted me pidió que hablara de cuales o quienes habían
sido las mujeres con las que tuve relaciones y en qué momento. Cuántas fueron y
como. No de las que no existieron.
-Justamente eso. Las que no existieron. Todas las que
le dijeron que no ¿no existieron? ¿Cómo es eso?
-No, no es así. Sí que existieron. Muchas veces. Lo que
pasó…, bueno, fueron muchas veces, eso no lo registré. Quedaron fuera.
-¿Y como fue?
-Es que, bueno, antes de casarme claro, muchas veces. Lo que
pasa que no sé si fue por cobardía, porque no quería que me dijeran que no…,
cuando encontraba alguien que me gustaba y no me daba bolilla no insistía y chau…
-Bueno ¿cómo?
-Es que… siempre hubo chicas que me gustaban, en alguna parte
las había, en alguna reunión, baile, cumpleaños…, esas cosas…, en la facultad,
en reuniones de todo tipo, siempre había alguna, aunque sea una, que me gustaba.
Quiero decir, ya se lo dije, no solo el físico, a mí me tenía que gustar
completa, digamos. Que realmente pudiera disfrutar de su compañía, no sólo en la
cama… bueno, era casi siempre así. Si encontraba alguna que me gustara,
claro, trataba de acercarme, de entablar algún tipo de relación…, eso. Claro, si
la chica que me gustaba estaba acompañada, ya desistía inmediatamente…,
desistía. No buscaba más. Si no era así, si había oportunidad de entablar algún
acercamiento, claro que lo intentaba, pero era así, si me daba cuenta, en pocos
minutos o más tarde, de que no había buena onda, como dicen ahora, no insistía.
Bueno… si llegaba el momento, si podía avanzar hasta el momento de invitarla a
salir, o encontrarnos nuevamente, esas cosas, y no había consenso, bueno, no
insistía. Era así. Ya le dije, por cobardía o por temor a recibir un no, no
insistía. Si alguna lo hizo como táctica para ponerme más interesado, no lo sé,
por que no insistí. Si era así, nunca lo supe.
-¿Y luego de casado?
-Ya le dije. Nunca, es cierto, nunca intente tener una
aventura luego de casado. Si salía…, bien, pero no lo buscaba. Es cierto que
hubo muchas mujeres que me gustaron, que las deseaba, que bien lo hubiera
hecho, pero no lo intenté. No quise. No sentía la necesidad de nada de eso.
Es así. La verdad. Ya lo sabe. Es lo que le conté y nada más, a menos que me
olvide de algo, como ha sucedido, pero es así.
-¿Tuvo relaciones con alguna compañera de facultad?
-Fue… así. Era común, por la falta de colectivos, que aquel
que tenía auto acercara a los compañeros a la ciudad -estábamos en el páramo de
Nuñez- lo que también hacía yo. Me daba lo mismo un par de recorridos, con
cualquiera volvía a mi casa. Salíamos a eso de las once y media de la noche. En
una oportunidad, una de mis compañeras, no era especialmente destacable entre
tantas otras, me preguntó si podía acercarla hasta Pacífico. Ningún problema.
Cuándo digo que no era especialmente destacable, quiero decir que no
andaba detrás de mí, ni tenía mi atención especial, ¿se entiende? Pero era
linda, con aire de intelectual, anteojos de fina montura metálica, rubia, de
cabellos largos, ojos claros, piel muy blanca, esbelta pero de buenas caderas y
pechos, silenciosa y reflexiva, casi triste a veces. Fuimos hasta el
estacionamiento, en esos momentos un lugar horrible, barroso y oscuro. Como
llegamos al auto del lado del acompañante, le abrí la puerta a Emmi, entró, di
la vuelta y fui a subir yo.
En ese momento, no sé de donde, apareció un tipo a los
gritos. «¡Tené cuidado con esa, es una puta, te va a volver loco!» Una
telenovela. Por la simple razón que no quería andar a los gritos… y quería saber
quien era, di nuevamente vuelta al auto hacia donde estaba este muchacho… y se
alejó corriendo con las mismas recomendaciones a los gritos. Subí al fin.
Emmi estaba demudada, casi llorando. «Perdoname, por favor. Ni me imaginaba
que iba a aparecer este loco. Te dejo, te dejo, me bajo para que no tengas
problemas.» «No, ¿por qué? Dejate de joder. ¿Qué problema hay?» Antes que
insistiera arranqué y salimos. Fuimos en silencio un tiempo. En verdad… estaba
medio preocupado. Al final de cuentas no la conocía más que como compañera de la
materia… y sólo la acercaba hasta el tren. Y chau. De pronto y sin preámbulos
comenzó a explicarme, este muchacho era su novio pero lo dejó hace un par de
semanas porque no se llevaban bien, era muy celoso y posesivo. La había acosado
varias veces y quería sacárselo de encima. «Perdoname, no sabía que me estaba
vigilando, que pasaría esto…» etc., etc. La tranquilicé, que no se haga
problema, no me afectó en nada… Tal vez me usó para sacárselo de encima,
precisamente. Bien. Llegamos a destino, se bajo. Chau. Durante la próxima
clase se acercó inmediatamente a mí para decirme que había hablado con su ex… y…
definitivamente se lo sacó de encima… y que no se metiera conmigo que yo no
tenía nada que ver, que solo la había llevado en el auto al tren, bueno,
todo eso…, aunque no entendía el por qué de tantas explicaciones… En fin,
esperaba no haberme metido en algún nuevo lío. Al final de la clase nos fuimos
cada uno por su lado…, es un decir, porque en general salíamos todos juntos.
Emmi estaba cerca de mí. Iba hacia las paradas de los
colectivos. Se lo dije. «¿Querés que te acerque hasta el Pacífico?» «No,
gracias, tomo el colectivo y listo.» «¿Por qué? A mí no me cuesta nada. No tengo
ningún problema en llevarte y además no me importa un bledo los arranques de
furia de tus… amadores» Le iba a decir amantes… pero inventé un
nuñescismo. Se río. «Menos mal, al fin reís. Siempre te veo triste.»
No le pregunté por qué, porque no quería explicaciones trascendentales.
Vino conmigo. Llegando a Pacífico le pregunté a donde vivía. «En Chile y
Chacabuco.» «Así que tenés que tomar otra cosa.» «El 9 o el 70.» ¿Y por qué
no? «Te llevo hasta Castro Barros y Belgrano. ¿Está bien?» «No, no. No quiero
que té molestés. Te desvías un montón.» «No me importa. Será un placer.»
Trató de seguir protestando. Le apreté el muslo con la mano. «No digas nada
más. Tengo ganas de llevarte.» No dijo más nada. Seguí manejando… con las
dos manos en el volante. Cuando se bajó nos besamos en la mejilla. Nuestros
anteojos chocaron. «Parecen que chocaran las armaduras de los caballeros en
pleno combate.» Se río y se bajó. Cuando sonreía se ponía mucho más
atractiva. Nos volvimos a encontrar la próxima semana. Esta materia se cursaba
dos veces por semana. No había venido la anterior… y la extrañé. Comenzó
a explicarme porque no había venido. Yo no quería explicaciones ni confidencias.
De la forma más amable se lo dije. «Lo que quiero decirte… es que te
extrañé…» me respondió. La casualidad permanente. Salimos como
siempre. Vino conmigo hasta el auto, abrí y entró. Ninguna palabra. Es una
suerte tener al lado una mujer callada. No siempre se da. En el trayecto
conversamos poco. De la facu, la materia, la posibilidad de hacer un buen
trabajo, etc. Nada personal. Se me ocurre que ambos pensábamos lo mismo, ¿sí
o no? Cuando llegamos me saqué los anteojos, los de ella también. Me miró
entre sorprendida y expectante. Me incliné y la besé en la boca. Sus labios
estaban secos… pero los apretó contra los míos. Cuando se entreabrieron nos
besamos hondo y profundo… y se humedecieron. No nos abrazamos. Le devolví
sus anteojos, se bajó y se fue hacia la parada del colectivo.
-Emmi tenía muchas dudas, ¿verdad? ¿O estaba simulando?
-Creo que tenía dudas, no simulaba. Eso creo.
-¿Y Usted?
-Yo no. En ese momento dejé de tener dudas. Quería acostarme
con ella.
-Pero no la retuvo.
-No, por supuesto. Ella decidió bajarse. En ningún momento
pensé en hacer algo en contrario. Si hubiera querido se hubiera quedado. Y
cuando lo quisiera… se quedaría.
-Estaba muy seguro.
-No, no es eso. Como siempre no quería forzar la mano.
Que las cosas se dieran cuando tuvieran que darse. Es así.
-¿Se dieron?
-En la clase siguiente Emmi estuvo más silenciosa que nunca.
Rehusaba mirarme. En algún momento pensé que la cosa había terminado allí. No me
mostré indiferente, pero no la acosé en nada. Quiero decir lo siguiente, me
interesaba y quería que ella lo supiera, pero no quería que se sintiera
presionada. Para nada. Como siempre salimos alrededor de las once y media. Como
siempre fuimos en grupo a la salida… y le dije si quería que la llevara. Me
miró, no me contestó… y vino junto a mí. Fuimos al estacionamiento, entramos al
auto. Estaba muy oscuro, como siempre. Puse el auto en marcha y me di
vuelta hacia ella. Se sacó los anteojos. Yo también… y nos besamos.
Entonces comenzaron los abrazos y las caricias.
Temblaba levemente pero se entregaba. «¿Vamos a mi
estudio?» «Bueno.» Estábamos tremendamente excitados. Acaricié sus muslos y
se relajó. El trayecto hasta Ravignani me pareció eterno. Cuando entramos le
gustó el lugar. Era muy agradable, ciertamente. Mi socio había conseguido una
lampara de pie que parecía un hongo, que se prendía con el pie. Era finlandesa.
Tenía una hermosa y tenue luz rosada. Puse música, porque teníamos grabador y
bandeja para discos. Todo en orden. Entre besos y caricias comenzamos a
desnudarnos. «¿Tenés preservativo, no?» Me lo temía. «Sí, tengo pero…
¿es necesario usarlo?» «Sí, quiero estar segura.» Si no había más remedio…
Así las cosas nos tiramos sobre el sofá. Me arrodillé a su lado, sobre el suelo,
y comencé a besarla desde sus ojos. Me abrazaba, me acariciaba, todo.
Hermosos, soberanos pechos. Un soberano homenaje a Astarté, la
diosa semítica de la fertilidad.
Se lo dije y comenzó a reírse, revolcarse en el sofá, y a
pedirme que me suba sobre ella. «Ya vas a ver, diosa.» Cuando llegué a la
pelvis, no esperó que yo dijera nada o que tratara de acomodarla. Giró hasta
ponerme sus piernas de collar. La besé con toda la energía posible. La reacción
fue como un volcán. Me inundó con una lava hirviente y dulce… y se quedó
temblando con pequeñas contracciones y escalofríos. «Por favor, por favor,
vení, vení, subite. ¿Dónde tenés el preservativo?» Lo saqué de un cajoncito
del escritorio. «Parece que estás siempre preparado…» se río. «El
previsor es mi socio. Yo no pienso en esas cosas.» «¿Cuántas chicas trajiste
acá?» «Ninguna. ¿Vos me vistes alguna vez con otra compañera?» «Pueden ser de
otro lado, del trabajo…» «No, te lo aseguro.» Me acarició y me ayudó a
ponerme el preservativo. «No te gusta ¿verdad?» «No, en absoluto.» «Pero yo
estoy más tranquila, te lo juro.» «Esta bien. No hay problema.» Reanudamos
las caricias y los besos, nos acomodamos y la penetré. Le aseguro que me
molestaba el chirimbolo, como siempre. Tenía que hacer esfuerzos de
concentración para no aflojar. Por suerte llegó rápidamente a un nuevo
orgasmo. «¿Querés darte vuelta? Te monto.» «Pero… ¿tenés vaselina o algo…?»
Yo no había pensado en poseerla por el ano, pero ya que lo dijo aproveché.
«¿No oíste hablar del "Ultimo tango en París"?» «Sí, pero no la vi.» «Yo
tampoco, pero conozco el asunto. En la heladera hay manteca.» Fui a
buscarla. Emmi se puso en cuclillas. «Despacito, ¿eh?» «Si duele me decís y
paro.» Tenía una hermosísima grupa. Un monumento, tanto como las
tetas. La besé toda y comencé a frotarle el pan de manteca por el ano.
«Despacito…» me repetía. «No tengas miedo.» Por supuesto ya me había
sacado el forro y yo también me unté. Comencé a penetrarla lentamente. Emmi
apoyó su cabeza contra el apoya brazos del sofá. La tomé de los hombros e hice
fuerza. «¿Te duele?» «Un poquito…, pero me gusta.» A mí también me dolía,
lo confieso, pero no quería perderme la oportunidad. ¡Era la primera vez desde
que lo hice con Alcira! El placer, sin duda era más mental que físico, por lo
menos para mí. Por la actitud de Emmi, creo que no era en absoluto la primera
vez.
Esto lo pensé luego. En ese momento solo estaba enfrascado en
lograr la completa penetración… y en sentir como era su interior. Luego
me di cuenta, que cuando lo había hecho con el chico había estado más
entretenido en tocarle el culo a la hermana, en tratar de meterle los dedos en
la vagina, en mirar como ella lo masturbaba, que en cogerme al muchacho, y
Alcira lo tenía suficientemente entrenado que casi fue como si se lo
metiera por la concha. En ese momento sentí el pene abrazado por un extraño
calor, algo pastoso y afelpado al mismo tiempo. Me concentré en gozar de ese
momento, que en realidad sentía como si fuera la primera vez, y aunque no podía
ver el ano, pues estaba echado sobre ella, le rodeaba con un brazo el cuello y
con el otro apretaba las tetas, trataba de sentir la sensación de entrar y
salir, lentamente… y volver a introducirme hasta el fondo. Emmi contraía los
músculos y yo sentía como un esfuerzo por expulsarme de su cuerpo. «¡No
salgás, no salgás! ¡Empujá, empujá bien al fondo…, me gusta… mucho!» Parecía
que no pudiera respirar. Hablaba entrecortadamente, entre suspiros.
Cuando descargué el esperma, casi la ahogo de cómo la abracé.
«¡Lo logré!» Grité mientras me sacudía. «¡Bravo! Lo hiciste muy bien.»
Nos quedamos tirados, uno encima del otro, ella boca abajo y yo jadeando encima.
Le cubrí de besos el cuello y las orejas. «Loco, sos interminable.» Nos
quedamos diez, quince minutos así. «Me pesás. Dejame ponerme arriba tuyo.»
Nos acomodamos y nos quedamos abrazados un rato largo. No sé cuanto. «¿Vamos
a bañarnos juntos?» Emmi llevaba la iniciativa ahora. Yo estaba hecho.
Se levantó. «Vamos vago. ¿No te da el cuero?» No me iba a achicar. Estaba
preciosa desnuda, de pie, junto a mí. Nuevamente sentí circular la sangre.
Me levanté, no muy seguro de mis pasos, pero fui. Prendí el calefón, con ella de
la mano. Fuertemente. No queríamos soltarnos. Si nos hubiéramos quedado
soldados, me hubiera entregado feliz. Dejamos correr el agua y comenzamos
nuevamente con las caricias. Había uno de esos espantosos gorros para lluvia que
mi socio, previsor, había traído, o alguna de sus chicas. Le dije si quería
ponérselo. «Voy a quedar ridícula con eso.» «No me fijaré en tu cabeza.»
Se acomodó el cabello y entramos.
Nos enjabonamos, nos acariciamos, lavándonos recíprocamente
cada parte de nuestros cuerpos. «No, no me pongas jabón que me arde…,
acariciame pero no me pongas jabón.» Estaba nuevamente erecto y con un deseo
tremendo. Emmi se reía y burlaba. «Bueno… espero que sea la última… por hoy.»
Se agachó y comenzó a besarme el pene hasta que comenzó a succionar con
maestría. No me gustaba acariciarle el plástico que tenía en la cabeza, por lo
cual solo agarraba sus orejas. Cuando acabé escupió rápidamente en la
bañera. «Todavía tenías reservas, ¿eh?» Nos limpiamos, nos secamos y
salimos. «¿Querés que te haga acabar de nuevo?» «No hace falta. Estoy bien.
Tuve cuatro orgasmos.» «¿Cuatro?» «Claro. Cuando me pasaste la lengua, cuando me
penetraste, cuando me la metiste por atrás… y ahora, cuando te vino a vos. ¿No
te diste cuenta? Como vos no podías… yo me acariciaba con una mano. ¡Me excitó
tremendamente tenerte en mi boca!» «¡Eres formidable!» Era así nomás. ¡Se
excitaba tanto con el coito anal como con el sexo oral! Como verá, hasta
habíamos perdido el pudor del lenguaje.
-Es raro. Usted tiene un lenguaje bastante discreto, teniendo
en cuenta las circunstancias.
-Si me impongo la prohibición del lenguaje no digo nada. O
hablo como pienso o no hablo. De todas maneras, dicen que el lenguaje procaz es
excitante…
-Es cierto. A mí me pasa…
-¿Cómo?
-Ahora terminamos.