Mi nombre es Martín, soy de Sevilla y actualmente estoy
casado. La historia que procedo a contar se remonta hasta hace cuatro años,
cuando empecé a trabajar en una empresa gestora, cuyo nombre me reservaré.
Llevaba dos meses buscando trabajo y cuando me llamaron para hacerme la
entrevista, recordé que había enviado el currículum a aquella oficina casi de
casualidad.
Eran alrededor de las diez de la mañana cuando entré en el
local. A mi derecha quedaba una mesa vacía, con el ordenador apagado y varias
carpetas en el escritorio del mueble. A mi izquierda, me miraba una señora de
cuarenta y tantos años, morena, que me interrogaba con los ojos qué deseaba.
Tras decirle que venía por lo de la entrevista de trabajo, asintió y me invitó a
esperar.
La señora se levantó y pude observar sus formas sin demasiado
ahínco. Vestía un suéter de lana amarilla, tras el cual se podían intuir dos
grandes mamas que me sorprendieron. Usaba también unos vaqueros, que mostraban
un trasero amplio, aunque redondo y bonito, con unas piernas también anchas. Mi
interés por los zapatos y los pies femeninos había crecido en los últimos meses
y la señora usaba un tacón muy atractivo bajo unos zapatos amarillos de punta
fina.
Tras dos minutos, la señora regresó y se presentó como
Miranda. Me señaló que podía entrar a ver a Don Carlos (el jefe) y, antes de
guiñarme un ojo, recalcó que el dueño de la gestoría no tenía ni idea de inglés.
El dueño, que trabajaba en un mínimo despacho lleno de
archivos, me invitó a sentarme. Me preguntó por qué buscaba trabajo allí y
respondí que, primero, porque necesitaba encontrar una cierta estabilidad
laboral y, después, porque aquél me parecía un sitio seguro y que iría acorde
con mis posibilidades. Asintió y, de repente, me señaló que ahora se lo contara
en inglés. Procedí, nervioso por mis limitaciones en esa lengua. Justo al
empezar mi intervención, recordé los labios de la mujer que me atendió.
-"And you are big motherfucker. Yea, and I know that your
cock is little, very little. Why don´t I like you? Because…"
Don Carlos asentía a cada frase mía, revisando sin interés mi
currículum, con un ceño fruncido que no había abandonado desde que comencé mi
exposición en español. No hubo gestos, ni irritación en su rostro y comprendí
que, efectivamente, lo estaba poniendo, en inglés, de vuelta y media y él, tan
contento. En definitiva, aquella reunión finalizó, me dijo que tendría en cuenta
mi interés y me despidió.
Miranda me interrogó con los ojos al salir del despacho de su
jefe, al tiempo que inclinaba su cabeza y alzaba su hombro, a modo de pregunta.
-Bueno, simpática, me voy.
-¿Qué te ha dicho?
-Con palabras, que llamaría si le interesaba. Sin ellas, que
va a tirar mi currículum a la papelera en cuanto salga por la puerta.
-No creas. En apariencia es un poco ogro, pero no es mala
persona. Además, está buscando a alguien porque hace dos semanas que se fue mi
anterior compañero, Miguel, y yo sola no puedo con todo.
-Ya... Bueno, con lo que sea,… ¿te importa hacerme un favor?
Mira, -arranqué una hoja de mi agenda y anoté mi teléfono-. Si te enterases de
algo, bueno o malo, llámame en confianza para saber la verdad. Te lo agradeceré.
Y si no te importa, si te pregunta a quién prefieres de los que hayan aparecido
por aquí, acuérdate de mí.
-No lo dudes-. Sonrió, con misterio.
Podría ser cortesía, pero aquél tono señalaba, no sé por qué,
que sí, que si fuera por ella, yo sería el elegido.
Aquel día pasó sin más. Por la tarde, vi el fútbol que ponían
en la tele, me masturbé dos veces pensando en qué escondía aquella mujer tras el
suéter y, me fui a la cama olvidándome por completo de esa jornada y de sus
personajes.
A los tres días, me despertó el teléfono alrededor de las
9.00.
-¿Martín?
-Mmmmm sí…-, contesté, muerto.
-Soy Miranda, de la gestoría Carlos Ramírez.
-¿Quéééééé?- dije, regresando al mundo.
-La gestoría Peláez, estuviste el otro día por aquí en una
entrevista, soy la mujer que te atendió primero.
-Ehhhh…. ¡Ah! Sí, hija, perdona- respondí, volviendo a mi
mente sus orondos labios olvidados.
-¿Sigues buscando trabajo?
-Bueno… Sí, sí, claro –señalé, dudando por encontrarme en la
cama, en calzonas.
-Pues estate atento al móvil. En una hora o así te volveré a
llamar, ya con Don Carlos delante, para comunicarte oficialmente que vengas a
firmar el contrato.
-¡¡¡Qué???? No, no puede ser!!!!! Si tu jefe me miraba con
ganas de que me fuera!!
-Nuestro jefe, hermoso, nuestro jefe.
Me quedé sin palabras.
-Mira, una vez aquí te va a ofrecer unos 1.000 euros al mes.
-Ostia! –No esperaba encontrar en una gestoría más de 100.000
pelas-... Digooooo, vale, vale, muy bien.
-No seas tontito, que tienes pinta de gustarte la buena vida.
Regatéale al menos hasta los 1.200 euros. Te los dará. Me ha dicho que eres el
que más le gusta y que quiere tenerte aquí. Le conozco.
-….No, no sé qué decir…- no recordaba su nombre, sólo sus
anchas formas.
-Miranda, soy Miranda.
-Miranda, no sé qué decir.
-Pues nada. Sólo termina de despertarte, desayuna y espera al
móvil.
-Vale, vale, okey.
-Bueno, pues hasta lueguito. Adiós.
-Oye, oye…
-¿Sí?
-Que muchas gracias. De verdad.
-Anda, que te arrepentirás después. No te voy a dejar
respirar. Venga, te dejo.
Efectivamente, la llamada se produjo, Don Carlos confirmó su
interés y fui contratado. Por cierto, por 1.200 euros más un plus de
puntualidad.
Aquello fue mejor de lo esperado. Era cierto que había mucha
intensidad de trabajo, pero el trato con el jefe y Miranda era exquisito,
después de lo que había pasado en otros sitios. Me puse al día pronto, gracias a
aquella mujer. Y Don Carlos, siempre a solas, no paraba de felicitarme.
En fin, los días y las semanas pasaron y fui organizando mi
vida de forma normal gracias a aquel trabajo. Me agradaba muchísimo la media
hora de desayuno, que compartía con Miranda en el bar de enfrente. Con el
tiempo, terminé acostumbrándome a su olor y, sin estar gorda, a sus golosas
formas, que tenían 18 años de vida más que yo. Café tras café, fuimos
contándonos cosas. Yo le conté que mi novia me había dejado tras cinco años de
relación, que había estudiado Filología, que después hice un curso de
Contabilidad avanzaba y que llevaba dos años dando tumbos sobreviviendo con
trabajos sin fondo. Por su parte, ella me confesó que era separada hacía 6 años,
sin hijos, sin nada más que un piso y aquel trabajo. Me sorprendió cuando me
dijo que apenas salía, que ni se acordaba de la última vez que tomó una copa en
un bar y de que, de vez en cuando, iba al cine sola.
-¿No tienes amigas?.
-La amistad hay que renovarla, peque –me encantaba que me
llamara así-. Mis amigas se perdieron con los años y nunca tuve tiempo ni
ocasión de encontrar otras nuevas.
-Bueno, pero no puedes vivir para tu trabajo, encerrada, con
lo joven que eres.
-Joven? Ay! ¡Joven eres tú!-, dijo sonriendo, abriendo
aquellos labios gigantes.
Un viernes, en el desayuno, hablábamos de nuestro tema
preferido, la soledad de los fines de semana y de los planes de cada uno el
sábado y el domingo. Los de ambos eran muy tristes.
-Oye, que digo que…, ¿por qué no vamos esta noche a cenar?-,
dije, notando cómo me ponía como un tomate. Me apetecía hablar con aquella mujer
sin una tostada por delante y sobre algo distinto a nóminas.
-¿Qué?- dijo, sorprendida.
-Que eso, ir a cenar. De buen rollo… Comida italiana… O lo
que quieras.
-Bueno… la verdad es que no sé…-dudó, encogiendo los hombros-
Hace tiempo que no salgo a cenar.
-Precisamente…-expuse la evidencia-
-Bueno pues… venga, vale… Me da un poco de cosa, no me lo
esperaba pero… vale, sí.
-¿Has ido al Diábolo alguna vez?
-Ni idea.
-Pues vamos allí.
Al mediodía –los viernes por la tarde no trabajábamos- quedé
en recogerla a las nueve y media junto a una parada de autobús de José Laguillo.
Por la tarde me dediqué a lavar el coche, a arreglar el piso y, mientras me
duchaba, me masturbé recordando a una fulana que anunciaba una aventura con no
sé quién en la tele.
Llegué puntual a la cita. Miranda esperaba buscando en la
avenida el SEAT León negro que le describí. Le hice una señal con las luces
cuando ya se dirigía hacia mí. He de reconocer que aquella mujer me impresionó
mientras se acercaba. Lucía un traje de chaqueta negro. La falda, sin ser
alarmante, era más corta de la que solía usar y se notaba algo ajustada por el
tamaño de sus muslos. Bajo el traje, una blusa blanca que, ya a lo lejos, notaba
igual de apretadísima por la generosidad de sus pechos, que botaban acompañando
a sus pasos.
-Buenas, compañero-, dijo, sentándose, cerrando la puerta
antes de darme por primera vez dos besos.
-Guau, qué guapísima estás!!!- Solía ser muy cumplido y decía
eso siempre que notaba que una mujer se había arreglado, aunque el resultado
fuera horroroso. En aquella ocasión, era sincero.
-Anda, anda- dijo, ruborizada- ¡Venga! llévame a comer que
tengo hambre.
Advertí que aquella mujer se había arreglado el pelo. Pude
ver también que lucía unas medias, mitad negras mitad transparentes,
desesperantemente envolventes sobre el impacto de sus piernas y noté que parecía
que dos botones de su blusa iban a explotar ante la insistencia de sus pechos,
sinceramente anormales. No resistí la tentación de mirar sus zapatos y comprobé
que, lógicamente eran negros, caros, posiblemente nuevos, muy brillantes y de
más de diez centímetros de un tacón fino. Era la misma, pero otra.
Durante la cena –apenas comía, aunque sí degustaba el vino a
la par mía- se sinceró aún más y me reveló que su marido era socio de Don Carlos
hacía unos años, que conoció a una fulana checa y que se marchó con ella. Don
Carlos provocó que la sociedad se disolviera y que Miranda, bajo su aprobación,
se quedara con él trabajando.
-Te acuestas con él ¿verdad?- dije, dando una calada a un
cigarro y dándole fuego a ella, que hizo un espasmo al oír mis palabras.
-¿Con quien?... Con … ¿Carlos? ¿Te refieres a Carlos? -era la
primera vez que no usaba el don.
Asentí con la cabeza.
-¿Por quién me tomas?-indicó, sonriendo- ¡Qué va! Es una
buena persona, exigente aunque agradecido pero… ¡Buag!, no… Me iría a limpiar
escaleras antes.
O a chupar pollas, con esa boca, pensé para mí. Al instante
me arrepentí de aquella idea. Se me iba la olla con el vino.
No permití que, como tramaba, ella invitara a cenar pero como
condición me invitaría a una copa en un pub cercano a su casa. Llegamos, tras
otra conversación banal durante el trayecto. El bar era acorde con la gente de
su… ¿edad? No había gritos, ni canis, ni malas palabras. Era un bar de gente de
dinero. Al tercer cubata me preguntó que qué edad le echaba.
-¿Tú? Pues… 36, como mucho- dije, acortando la evidencia.
-Ja, ja… Qué cumplío eres chiquillo. Venga…
-36, de verdad- mentí.
-Que no. 44.
-De verdad?
-Ajá. Cumplidos el mes pasado. 18 más que tú.
Solté una carcajada. Frunció el ceño.
-¿Te ríes de mí?- Por primera vez ví a aquella mujer con cara
ofuscada.
-No, perdona… Es que, nada, es una gilipollez.
-Qué?
-Nada, es que… Bueno, cuando dos hombres discuten sobre algo
y uno es mayor que el otro, el más viejo suele darse para sí la razón con un:
‘Además, cuando tú no habías nacido ya estaba yo harto de hacerme pajas’. Nunca
había hablado de esa forma ante Miranda. El Ballantines´s…
-Ahhhh Ja ja. Vale. Pues yo también.
-El qué- dije sonriendo por la influencia del alcohol, pero
sin saber a lo que se refería.
-Que yo también. Que antes de que nacieras yo estaba ya harta
de hacer pajas.-sentenció.
Me cogió totalmente fuera de juego.
-Voy al servicio ¿vale?-, dijo, levantándose.
Vi alejarse aquel culo envasado en una falda y, reaccionando
poco a poco, me la imaginé, 20, 25, 28 años atrás, meneándosela a cualquier tío
en un cine, o una esquina escondida, disfrutando de la cara del hombre y
satisfecha de la sensación ardiente que invadía copiosamente su mano cuando su
compañero llegaba al éxtasis. Y me puso hirviendo.
A los pocos minutos de regresar, noté que se había
desabrochado el primer botón de la blusa porque pude advertir una cadenita de
oro y una medalla, que indicaba el camino hacia dos montañas no nevadas. Bebía
inclinada hacia delante y yo, disimuladamente, intentaba descubrir la proporción
de lo que aquel Canal de la Mancha escondía.
-Oye, me está agobiando el humo- dijo.
-Si quieres nos cambiamos de mesa-respondí, confundido.
-No, si está todo igual.
-No hay otro sitio por aquí?
-Sí, pero supongo que todo estará igual de asqueroso. No
recordaba que la gente fumara tanto…
Me quedé callado, sin saber qué hacer.
-Oye, mira, te invito a una copa en mi casa, que está aquí
arriba-, habló, levantando el brazo y señalando algo en diagonal.
-¿Cómo?
-Eso. No te preocupes que tengo Ballantine´s. Creo. Y hielo.
Nuevo silencio por mi parte.
-Martín…
-¿Qué?, respondí, imaginando su cama.
-Chiquillo, estás empanao. ¿Vamos?
-…Ehhh… Venga, venga, vale…-respondí lo mejor que pude.
Mientras subíamos al ascensor, pude mirar a aquella mujer por
detrás. Sólo fue una décima de segundo pero me quedé fijo en sus zapatos, sus
piernas, su trasero por detrás, su pelo…
-Vivo aquí desde hace dos años. Cuando me separé volví con
mis padres, pero duré cinco meses. Me fui de alquiler y después compré el este
piso. Está bien, cerca de la gestoría y es un barrio tranquilo. Y con piscina.
La imaginé en bikini, aquellos pechos fuera de órbita, igual
que los ojos de todo afortunado con derecho a pasearse por la piscina.
Efectivamente, estaba empanao.
Mientras acertaba o no con la llave, sentí el olor de aquella
mujer. Era perfume, y caro, que posiblemente no usaba desde la última vez que
sintió algo más que una parte de ella dentro de sí.
El piso era coqueto y con un diseño sorprendente para su
edad. Había fotos de ella en todas partes y, sorprendentemente, en la actualidad
se había hecho más mujer, más atractiva, que lo era en su juventud.
-Oye, qué guapa estás aquí.
-Es del viaje de novios- afirmó, con una frase en la que
entendí que no preguntara más sobre épocas pasadas.
Mientras iba a la cocina a preparar las copas, pensé en cómo
sería su boda, su noche de bodas, su vestido, su ropa entera. La imaginé siendo
desnudada por el marido adúltero, que observaba con saliva sus tetas
aprisionadas por un sujetador extra, ofreciendo cobijo, su vientre terminando en
un tanga blanco de los que quitan el hipo, totalmente desubicado en las carnes
de su portadora en su parte interior, enterrado en kilos. Imaginé cómo se
quedaba únicamente con su liguero y sus medias, que cercaban de forma peligrosa
sus piernas exigentes. Pensé…
-¿Esto es Ballantine’s?- su pregunta me despertó de mi sueño.
Acudí a la cocina. Allí me encontré a una mujer a la que le
brillaban los ojos como nunca, ofreciéndome, con su cuerpo de entorno, una
botella de licor.
-No- dije, acercándome más de lo recomendable- Es JB pero da
igual.
-De verdad?
-…
-Martín.
-Si?- dije, calculando cuánto mediría aquel canalillo que se
expandía tras su medalla.
-Te da igual de verdad?
Nos sentamos en un cómodo sofá del salón. Miranda había
abierto una bolsa de almendras y había puesto algo de música. El JB sabía mejor
que nunca. Mi compañera cruzaba sus piernas enfundadas.
-Oye… ¿Me permites una pregunta… indiscreta?-inquirí.
-Las que quieras- dijo, ofreciéndome su atención al cien por
cien, apoyando su cara en una mano y echando su cuerpo hacia adelante.
-Es verdad lo de las pajas?
-Ja, ja- sonrío, echándose hacia atrás- ¿Lo dudas?
-No, no… es que…
-Qué?
-Pues…
-Te da morbo?
-Bueno…-sus tacones colmaban mi atención-. Sí, claro, normal.
-A ver, cómo te lo digo… En ese sentido fui muy –movió hacia
arriba y abajo los dedos índice y corazón de sus manos- rápida. La primera vez
tenía trece años.
Noté cómo se me secaba la garganta. Cuando me procedía a
disponer de más detalles, me robó la palabra.
-Me toca- dijo.
-Eh?
-Que me toca
-Ah, sí, sí… Dispara.
-Eh… Bueno, ahí va ¿Te has hecho tú alguna pensando en mí?
De nuevo, en fuera de juego. Noté que me ponía como un
tomate. Pensé rápidamente.
-¿Una negación supone elogio o decepción?
-Responde- se levantó y se sentó a mi lado. La miré a los
ojos.
-Claro, Miranda. ¿Quién no, que te haya visto alguna vez?
Advertí cómo una tremenda sonrisa la invadía por dentro.
-Por qué lo preguntas?
-Bueno, tenía mis dudas.
-Sobre qué?
-Sobre si todavía puedo poner caliente a alguien con menos de
30.
-No lo dudes- Antes de terminar la frase, Miranda había
puesto una mano sobre mi pierna. Entonces sentí cómo mi polla, en trámite
generoso durante aquella conversación, decidía definitivamente venirse arriba.
Noté la llegada de la sangre por impulsos.
-Y... ¿qué te gusta más de mí, después de las tetas?
Me molestó aquel orden de prioridad, pero, desde luego, no
procedí a desmentirla.
-Todo en conjunto. Pero… principalmente, los labios- Miranda
miraba los míos mientras movía la mano sobre mi pierna. Tuve que hacer un
movimiento disimulado para que mi nabo encontrara un acomodo más aireado después
de haberse desbordado.
-Yo creo que los tengo muy grandes.
-Pues yo que los tienes perfectos.
-Ah sí?
Asentí, nervioso. Aquella mujer se había convertido en una
diosa que me tenía atrapado y revuelto a mi falo. La imaginé en un cine,
probando el sabor del sexo masculino.
-Sabes? Llevo tiempo esperando a que los pruebes…
Mi polla dio un nuevo respingo, recibiendo nuevos golpes de
glóbulos rojos. El calor me invadía las orejas. Miranda se mordió el labio
inferior y su mano abandonó mi rodilla para instalarse en mi cuello. Eliminé,
milímetro a milímetro, la escasa distancia que separaba aquella mujer sin
hombre, contable y vacía de vida, y a mí mientras su mano, en mi nuca,
acompañaba el movimiento. Mi boca se comió con ansia aquellos labios que deseaba
desde el primer día y que notaba tan gruesos como eran. La lengua de Miranda,
ansiosa, rapidísima, oronda, penetrante, apareció en escena para pelearse con la
mía. Nuestros dientes chocaron, su lengua invadía mis labios, que repasaba una y
otra vez, algo que yo repetía poco después con los suyos. Su boca era
interminable, de una punta a otra, y mi lengua cubría sus labios
desesperadamente. Nuestras bocas, la comisura de cada uno, se cubrió de la
saliva excitada del otro y nuestros labios se fueron separando poco a poco para
estar unidos únicamente por el movimiento de lenguas. Sacábamos nuestra glándula
al exterior, al máximo de tirantez, para jugar con la glándula del otro mientras
empecé a oler las exigencias de aquella mujer. Miranda subía y bajaba la cabeza,
disfrutando de aquel momento, registrándolo en su memoria como una fotografía,
como si no supiera hasta cuándo iba a volver a disfrutar del ansia de un hombre,
o de si volvería a hacerlo. Pensé en abarcar el contorno de aquellos
impresionantes melones que fueron imaginados por todos los clientes del bar;
aquellas masas de carne que me tenían enfermo, coronados por un pezón que
imaginaba gigante. Miranda fue más rápida que yo y su mano abandonó su nuca y la
sentí a los dos segundos tanteando mi entrepierna. Yo estaba al límite; sentí mi
polla pidiendo a gritos libertad, más aún cuando aquella experta extremidad se
atrevió a saludarla por primera vez. Imaginaba su mano abierta, sus dedos
rodeando todo mi paquete, que sentiría como una piedra, coronada por unas uñas
pintadas de rojo, como el carmín de labios que ya compartíamos. Al tacto de su
mano con mi miembro, noté un gemido que no era mío. Miranda me ladeó la cabeza y
empezó a embestir con su lengua mi oreja. Aquella mujer sabía cómo volver loco a
un hombre, al menos en los preliminares. Su glándula invadía me oído y su
aliento excitado terminó de soliviantarme, obligándome a tomar con mi mano lo
que podía de aquella cárnica pierna izquierda. Sorprendentemente estaba dura, no
más que mi polla, que ya se había presentado con la mano de Miranda. Mis
pellizcos sobre sus piernas eran respondidos por apretones aún más intensos
sobre mi nabo.
-Vamos a mi cuarto- dijo Miranda, terminando su frase con un
vistazo a mi paquete y un lengüetazo al que yo respondí con rapidez con mi misma
arma.
Miranda se levantó, se alisó su falda y se puso el pelo tras
las orejas. Yo andaba perdido, únicamente mirando aquél culo que quién sabe
cuánto tiempo llevaba inhóspito.
-Entra, peque- dijo, cediéndome el paso con una mirada más
allá de lo perverso.
-Siéntate-empujándome hacia la cama. Caí con las piernas
abiertas, y mi polla y mis huevos exponían todo su grosor tras aquellos
pantalones de pinzas que se me habían quedado anchos.
-Cómodo?- me preguntó Miranda, mirándome con la cabeza algo
inclinada sobre su hombro derecho.
-Mucho…-dije, nervioso..-
Aquello sobrepasó todas mis imaginaciones sobre sus
habilidades. Mi compañera había empezado a gustarse y, mientras hacía
movimientos con la cabeza para que su pelo se moviera al viento, me miraba con
ganas de devorarme, sus manos se fueron hacia su cuello. Bajaron poco después,
muy lentamente, sobre su chaqueta, a la altura de las tetas, que botaron alegres
cuando Miranda las sobrepasó, camino de su vientre. Puso sus manos sobre las
caderas y su rostro delataba ansiedad porque me pusiera como un toro. Abría la
boca, enseñaba los dientes, se mordía el labio inferior. Se dio la vuelta. Con
las manos en la cintura, empezó a mover la cadera de lado a lado, con la cabeza
hacia atrás, con movimientos bruscos. Después, comenzó a moverla en círculos.
Advertí que se llevaba las manos hacia delante y vi que se quitaba, muy poco a
poco, de una forma desesperadamente lenta, la chaqueta, jugueteando cuando
tenían las dos mangas a medio sacar. Primero, se sacó una delicadamente. La
otra, de forma muy brusca. Se dio la vuelta. Su cara había cambiado aún más con
respecto a la mujer con la que compartía mis jornadas laborales. Las puntas de
su pelo, revuelto, se metían en su extensa boca, que me sonreía con gesto
malvado y sus ojos estaban enloquecidos. Me tiró la chaqueta.
Pasándose la lengua por los labios, aquellos labios
inimaginables, alzó sus manos hacia el primer botón de su camisa mientras mi
polla gritaba paso libre . Mientras lo desabrochaba, sonreía, malvada,
dirigiendo por momentos a mi paquete, evidentemente preparado. Volvía a sonreír,
satisfecha por aquel efecto sobre mí. Su camisa fue abriéndose y pude ir
observando, muy lentamente, la inmensidad de aquel tetamen, bien sujeto por un
sujetador negro de encaje de una talla desconocida y a buen seguro con
refuerzos.
Volvió a mostrarme su espalda para sacarse las mangas de la
camisa, advirtiendo al fin el broche de su sostén. Se giró de nuevo y mis ojos
se centraron únicamente en aquel par de brevas que se peleaban por encontrar un
sitio en el interior de su prenda interior. Se movían a cada movimiento, dejaban
entre ellas un canal apretadísimo, estrecho por la disputa de carnes. La camisa
cayó al suelo.
-¿Me lo quito?, dijo, sonriendo, refiriéndose a su prenda
interior.
Asentí, suspirando de calor.
Sus brazos fueron hacia atrás, su cuerpo se contorneaba
cuando casi pude oir el ‘clic’ del seguro. Los dos extremos del broche saltaron,
ondeando hacia los lados, agradecidos de la liberación de la carga. Las manos de
Miranda fueron hacia su hombro opuesto, ocultándome lo inevitable, bajándose
sutilmente las tirantas, que ya recorrían su hombro
… Y llegó el momento por el que todo hombre pierde la cabeza.
Mi diosa terminó de deshacerse del sujetador, que pendía de su mano derecha
mientras yo observaba aquellas monstruosas tetas que acababan de ser vistas por
un humano masculino en no sé cuánto tiempo. Puedo prometer que, a simple vista,
una de ellas no cabría en mis dos manos juntas. Tenían una tonalidad blanca
gigante, colgando de su tórax como dos cargas placenteras. ¿Una 120? Quizás. Ni
idea.
Sus aureolas eran inmensas, redondas, típicas de las tetas
grandes, de color marrón aunque fundiéndose con el carne. Aquellas, además,
tenían mayores dimensiones y seguro que, aun con el sujetador cumpliendo su
función, podrían distinguirse claramente por encima de él. Atisbaba unos pezones
grandes, erguidos, acorde con sus portadoras, tiesos desde mi posición y
extraordinariamente apetitosos. Miranda se acercó un par de metros, para que me
deleitara con aquella visión, o aquel manjar. Pero cuando salté a probar el
sabor de aquellos kilos de apetitosa carne, ella retrocedió.
-Siéntate-, dijo con todo de operadora erótica.
Volvió a girarse una vez más y, cuando miraba su espalda
desnuda, mi compañera se llevó la mano al lateral de la falda, donde suponía que
había una cremallera. El acto de bajarlo se me hizo eterno, aunque Miranda lo
realizó muy rápidamente. Se dio la vuelta y simplemente con el movimiento de sus
caderas, con las piernas juntas y con sus tetas bamboleándose, ridículo pero
totalmente calientapollas, provocó que la prenda fuera bajando centímetro a
centímetro. Cuando superó un tramo, la falda negra descubrió un auténtico
paraíso.
Miranda, mi compañera, una contable que se relacionaba con
hombres sin pasión y se pasaba la vida adoctrinándose en el Factura Plus, lucía
un liguero despampanante, de encaje con motivos florales. La prenda continuaba
con sus dos tirantes, acoplados a la perfección a dos medias de liga negras,
aquellas mismas que vi cuando mi diosa entraba en el coche. Miré directamente
hacia su coño y allí esperaba inquietante un ajustadísimo tanga negro que, casi
transparente en su parte frontal, dejaba intuir un Monte de Venus frondoso pero
no desagradable, toda vez que la estrechez de la prenda dejaba ver que los
bordes de sus ingles estaban perfectamente depilados, y como suponía, depilados
de aquella misma tarde, según me comentaría Miranda después.
Cuando me disponía a sugerírselo, Miranda se dio la vuelta y
apareció ante mí un trasero con los que todo adolescente sueña en sus noches más
calurosas. Blanco, orondo, carnoso, atravesado por un finísimo hilo negro que
cerraba su alocado tanga por detrás. Aquel culo que, cubierto de uno vaqueros,
tantas veces me había servido de inspiración en mis tardes y noches de soledad,
quedaba ante mí inocente, dispuesto, desprotegido.
Más aún quedaría Miranda cuando sus manos se posaron en sus
caderas, agarrando las tirantas de su estrechísimo tanga negro. Bajó un poco,
saltando a la luz la etiqueta de la mínima ropa interior y el inicio de la raja
de sus nalgas. Lentamente, desesperadamente, fue inclinando su cuerpo hacia
delante, con las piernas semiabiertas, con las tetas colgando de su pecho y con
su culo en todo lo alto. Sus manos expertas fueron bajando el tanga, hasta que
éste dejó de estar en contacto con su culo y pasó a estarlo primero con sus
piernas, luego con sus pantorillas y luego, en ese acto que a mí me vuelve loco,
cuando una mujer abre sus piernas para quitarse o ponerse unas bragas (por
mínimo que sea el movimiento), con el suelo, abandonado. Miranda se quedó unos
segundos en esa posición, observando yo desde mi atalaya aquel pandero que
parecía capaz de albergar miles de pasiones e intuyéndose, algo más abajo, el
vello púbico, y los dos generosos pliegues que me esperaban impacientes, un
labio apretado contra el otro entre sus dos muslos.
Miranda se giró por enésima vez y el pelo su coño lucía entre
dos copiosas piernas que, al contrario de lo que pudiera pensarse, eran muy, muy
agradables a pesar de sus algunos kilos de más. MI compañera se puso las manos
en la cintura, adelantó la pierna izquierda y ladeó la cabeza, sonriente.
-¿Qué tal?-, dijo, notando cómo a mí me subía la fiebre.
-Espectacular-, alcancé a responder, resoplando.
-¿Sí?... Muchas gracias-, dijo, acercándose y haciendo sonar
los tacones de sus zapatos.
Mientras venía hacia mí, mis ojos se clavaban fijos en sus
tetas, que se balanceaban al ritmo de su caminar.
-¿Te gustan?-, me preguntó, señalándome sus gloriosas tetas
que yo sólo tenía a unos centímetros.
-¡Me vas a hacer reventar!-, grité. Con la paciencia
desbordaba, agarré aquella cintura generosa y atraje a Miranda hacia mí. Mi boca
fue de nuevo hacia la suya y ambas se reencontraron de nuevo tras la experiencia
en el salón. Mis manos furtivas tampoco aguantaban más y fueron directamente
hacia su culo, hacia arriba, pues Miranda se apoyaba con las rodillas en la
cama. No pude frenar mi instinto y desde el principio tomé aquel trasero como si
fuera masa de pan y lo masajeé con todas las fuerzas que podía inculcar a mis
manos. La carne rebosaba de entre mis dedos y a cada pellizco de mis
extremidades Miranda respondía con un leve gemido.
Separé mi lengua de la suya, unidas en la distancia por un
leve hilo de salida. Dirigí mi boca, al fin, después de meses, hacia aquellas
tetas que estaban deseosas de hombre. Comencé a degustar aquel manjar,
recorriendo cuanto abarcaba con mi lengua su aurela, empapándola de líquido,
tarea laboriosa por el tamaño de mi presa. Comencé por su breva izquierda y por
momentos empecé a saborear la teta entera, inmensa, gigante, espectacular, que
se escapaba incluso de mis manos, que ya se habían presentado para auxiliar la
labor. Tomé el pecho con mis dos manos, pero como ha había augurado
anteriomente, me faltaban dedos. Aquella mujer, que ya disfrutaba con los ojos
cerrados, era una exageración. Sus pezones se hicieron aún más erectos, más aún
de lo que yo podía esperar de aquella parte del cuerpo, y tomaron el tamaño
cercano a una almendra. Erecto, disfrutando, esperando el placer que mi lengua
proporcionaba, chupándolo fuerte, muy fuerte, con mis labios, mordisqueando con
mis dientes, escupiendo casi sobre el tetamen extraordinario de aquella mujer.
Cuando procedí a examinar su teta derecha, Miranda tomó mi
mano derecha no sin fuerza, y me la llevó bajo su vientre, hasta poder sentir la
presencia del pelo de su chocho, primero, y una calentura descomunal después. Mi
compañera restregó mi mano sobre sus labios, buscando lo que, en muy pocos
segundos, se desataría. Mientras trataba de comerme la cuarta parte de su melón,
mi dedo índice y corazón ya recorría casi con violencia los dos labios externos
de mi diosa. Aumentaba mi poder por segundos, y notaba que Miranda pedía más,
suspirando. Procedí a meterle a aquella mujer mis dos dedos del tirón. Sólo la
humedad y la alta temperatura me podrían haber dado pistas de lo que estaba
haciendo porque mis dos dedos entraron sin ninguna oposición en su coño. Aquella
cueva era la más mojada que tocaba en mi vida y prueba de ello era la mínima
dificultad que encontré para introducirme en ella. Miranda estaba caliente, muy
caliente, la mujer que más caliente noté en mi vida pues su chichi hervía a
fuego rápido, burbujeante, mientras la penetraba con mis dedos. Así estuvimos
varios minutos hasta que sentí que Miranda me agarró de los pelos, con
violencia, y sus gemidos comenzaron a convertirse en pequeños gritos de
ansiedad. Su cuerpo botaba en busca de una mayor embestida de mis dedos y sus
tetas escapaban ya de mi boca, incapaz de reternerlas. Noté que mi compañera
aumentaba el volumen de sus expresiones; nadie sabía cuánto hacía que nadie la
trataba con tanto cariño. Me atreví a introducir un tercer dedo en la raja de
Miranda, que me agarró aún con más violencia del pelo y cuyos grititos, plenos
de asfixia, se convertían casi en sonidos guturales. El ritmo de Miranda aumentó
al turbo y yo le seguí hasta que que noté, con una finísima queja que comenzaba
a correrse. Cuando lo advertí aumenté el ritmo cuanto pude, mientras le
amorataba el culo, atrayéndola hacia mí. Miranda se despreocupó de todo, recordó
cuántos años habían pasado sin un hombre en su interior, echó la cabeza, masajeó
su pezón izquierdo con su mano no sin violencia, lanzó su pelo hacia atrás y
vivió, durante quince, veinte segundos, su reencuentro con el éxtasis mientras
su chillido se ahogaba cuando noté cómo la humedad reinante en su coño se
convertía en una leve crema blanca que confirmaba que Miranda se encontraba en
el cielo y muy cerca de bajar.
Mi compañera, mientras empezaba a decrementar el ritmo,
flotaba. No sabía con quién, dónde o cómo estaba, sólo que estaba hasta las
trancas de placer. Mientras, yo, observaba con dificultad, por la presencia de
sus tetas, que mi mano derecha estaba totalmente encharcada, desde los nudillos
hasta la muñeca. Jamás había visto a una mujer correrse de esa forma,
sinceramente.
Cuando Miranda volvió en sí, y me miró respirando con
dificultad, moviendo su culo en círculos sobre mi mano, advertí que tenía los
ojos cubiertos en lágrimas saltadas. Su ritmo paró; saqué lentamente mi mano de
su coño, del que tardó en separarse del todo por los hilos de flujo que pendían
de mi mano, que me llevé a mi nariz, comprobando el olor a hembra de una mujer
de 44 vacía hasta hace poco. Mi compañera tomó mi barbilla y me devoró la boca
con su lengua, ansiosa, desesperada, agradecida, mientras pronunciaba algo
inenarrable. Embadurné un pezón con su flujo, que empezaba a secarse, y lo chupé
con gusto mientras ella me tomaba la cabeza y disfrutaba de la situación de ser
devoraba por alguien con 18 años menos que ella.
Aquel beso fue largo y había cierta dosis de sentimiento por
su parte; ¿gratitud? Quizás. Lo cierto es que mi nabo estaba a mil, viendo a
aquella hembra sobre mis rodillas, con unos labios acogedores, unas tetas
monumentales, unos pezones puntiagudos, un coño resbaloso y un culo de escultura
griega, absolutamente vacío.
Miranda, a cámara lenta, se separó se mí. Se puso totalmente
de pie, mirándome, con el gesto serio. Yo me quité la camisa, de forma ansiosa,
y observé en sus ojos la soledad de los años. Se volvió a inclinar hacia delante
y se apoyó en mis muslos, mirándome. En un instante, sus manos expertas pero
desatendidas tantearon a la perfección el material y, sin dejar de mirarme en un
solo instante, buscó mi polla con su mano derecha, abarcándola con grandes
manoseos. Comencé a suspirar, con mis ojos clavados en sus tetas boca abajo,
mientras notaba su mirada fija en la mía. Sus dos manos procedieron a acortar al
máximo el ritual y fueron directos a la hebilla de mi pantalón, que desaprisionó
su carga gracias a la pericia de su manipuladora. Le siguió el botón de mi
prenda, mi cremallera, que mi compañera bajó muy lentamente, aprovechando para
tantear otra vez con sus nudillos mi paquete. Agarró mis costuras del pantalón
y, ante su intención, levanté la cadera para facilitar la maniobra. Mi polla
pedía paso en mis boxers rojos. Me quité, en una milésima de segundo, mis
calcetines y zapatos, y volví a mi posición original, dispuesto a entregarme.
Miranda inclinó aún más su cuerpo y planeó sobre mi paquete con su boca, sin
tocarlo, sólo reconocía el terreno. El gesto me volvió loco, tener su cabeza tan
cerca de mi centro, atrayéndola, sintiéndola… pero duró poco. Cuando quise darme
cuenta, Miranda había metido su mano derecha por una de mis perneras, buscando
con dulzura mis huevos hinchados. El tacto de sus finas manos con mi escroto me
hizo regurgitar aún más. Ella me sonreía mientras tanteaba con suavidad la
generosidad de mi recipiente.
-Así, peque… Me encanta tocar los huevos… Tus huevos nuevos,
tus huevos de hombre joven
-…
-Te gusta…
-Síiiiiiiii… Ohhhhhhhhhhhhh
No volví a escuchar su voz en un buen rato. Mi compañera bajó
la cabeza aún más y sus dientes empezaron a pelearse con mi nabo, aún cubierto
por mi boxer. Luego serían sus labios los que, con grandes muerdos, acogerían mi
trozo de carne y el pedazo de tela que lo cubría. Miranda, rodeó, cambió,
examinó, volvió y trazó excitantes líneas sobre mi miembro, disfrutando de su
presencia sin prisas. Cuando me quise dar cuenta, aquella descomunal hembra
había aprisionado las costuras de mis calzoncillos con sus dientes y los bajaba
con dulzura pero con desesperación. Instantes antes de que mi polla encontrara
al fin la libertad, observé que la mano derecha de Miranda hacía tiempo que
había abandonado mis huevos para instalarse de nuevo en la furia de su coño. Mi
compañera se masturbaba y aquello me llenó de enloquecer. Veía su codo moverse
en círculos, lentamente, acompañando el reencuentro con un pene que la llenara
de vida y sudor.
Mi polla saltó como un resorte y golpeó suavemente su
barbilla. Miranda terminó de recorrer con sus dientes mis piernas y mis pies
hasta que el boxers lució, solitario, en el suelo. Mi nabo apuntaba, erguido,
muy erguido, más hinchado de lo que me lo había visto nunca, hacia mi pecho.
Miranda gimió al ver mi miembro solitario al que rodeó con pericia con su mano
izquierda, coronada por aquellas uñas largas rojas. Mi amante empezó a hacerme
una señora paja mientras me miraba con ahínco. En poco tiempo, su mano salió de
su coño y con ella traía otra buena ración de flujo que restregó con paciencia
sobre mi glande.
-Te la voy a comer, peque… Enterita- decía Miranda con voz
suave, susurrando, sonriendo de forma malvada.
El movimiento de sus brazos llenando de azúcar mi polla
provocaba el vaivén en sus melones, cuyos pezones seguían increíblemente
puntiagudos. Mi compañera se decidió y bajó la cabeza milímetro a milímetro. A
escasa distancia de mi capullo, lanzó bocados al aire. Luego, mordió suavemente
con sus dientes delanteros la punta de mi glande, que se estremecía. Pasó
después la punta de su lengua por el mismo sitio y luego, cada vez, más abajo,
en minilametazos pequeños que me envolvían en una nube. Miranda me agarró bien
el tronco, lo echó hacia mi vientre, y ahí comenzó un auténtico paraíso.
Mi compañera sacó hasta el límite su lengua y, absolutamente
extendida, lamió mi polla de arriba abajo, como apurando un plato, desde la base
hasta la raja de mi capullo. Repitió el movimiento varias veces, sintiendo el
calor y la humedad que desprendía aquella boca. Tras una de aquellas subidas,
Miranda decidió que ya había tanteado suficiente y mi polla, a punto de
explotar, morada casi, exigiendo cariño, desaparecía en el interior de su
caverna oral. No sé cuánto tiempo llevaría aquella mujer sin probar un trabuco,
pero mucho o poco, denotaba primero, brutalidad ante el registro de aquel
elemento en su cuerpo y, después, una habilidad sublime para pedirle lo que
quisiera a un hombre.
Miranda subía lentamente su cabeza empalada en mi nabo, que
era acogido con destreza por aquellos labios. Mi compañera se estaba luciendo;
bajaba la cabeza con la boca bien cerrada, chupando deliberadamente mi polla,
aprisionándola hasta el límite. Cuando su nariz se encontraba a centímetros de
mi bello púbico, Miranda iniciaba con parsimonia su retirada, aflojando en parte
su boca en su compresión sobre mi falo. Mientras, ejercía aquellos movimientos
una y otra vez, una y otra vez,, una y otra vez… Subía y bajaba, subía y bajaba…
-Siiiiiii Miranda así… Lo haces muy bien… Ohhhh Muy bien.
Así..
-Slurppp, slurpppp
Tras mis palabras sublimes sólo acertaba a escuchar sus
sorbos, unos sorbos gigantes, mayúsculos, provocados por el aire entre mi polla,
su fricción y sus labios… y su ansiedad.
-Srpppp, srllppppp….
Con el paso de su exitosa mamada, su lengua comenzó a hacer
círculos sobre mi polla, que acompañaba increíblemente coordinada con sus
movimientos de cabeza. Hacía mucho tiempo que no me la comían así. Más de una
zorrita joven tenía mucho que aprender de aquella mujer, que empezó a tragarse
pollas cuando aún no había democracia en España.
-Dale, dale, así, Cómetela, trágatela, así…
Desperté de aquél bienestar. Tomé suavemente a Miranda de los
pelos.
-Mírame… ¡¡Mírame!! ¡¡¡No dejes de mirarme!!!
Miranda respondió al instante sin sacar mi polla de su boca y
sin dejar de efectuar sus movimientos. Aquellos ojos sobre los míos que bajaban
sin parpadear con su cabeza mientras continuaba comiéndomela polla eran otra de
las cosas con las que una hembra me volvía loco.
-Mmmmmmm… Mmmmmmmmm….. ¿Mmmmmmm?? ¡Mmmmmmm!-acertaba a decir
aquella mujer, endiabladamente solitaria y llena a la vez cada vez que dejaba
que su boca recorría toda su cueva cavernosa.
Joder, aquella puretona me estaba comiendo las entrañas, no
dejaba de mirarme en un solo instante, atendiendo a mi orden, y su boca no
descuidaba en un solo momento la mamada grandiosa que me estaba realizando.
Chupaba y chupaba, bajaba, subía, sin dejar aparecer mi capullo al exterior.
De repente, advertí que la cabeza de Miranda no subía. Mi
compañera, quieta en apariencia, endiablada con su lengua, se había metido todo
mi nabo en su boca y su rostro olía mi pelvis. Su gesto expresaba dificultad
pero concentración y gusto por darme lo que yo quería, por tenerla en la
garganta, por chupar mi tranca como cuando se intenta extraer todo el líquido en
un polo de hielo.
-Slrpppppppp!!!!, Slrppppppppppppppppppp!!!!!!!!!!!!!!!!!!
En pocos segundos, Miranda sufrió una arcada y mi glande
salió a la luz después de mucho tiempo, mientras la saliva, hilos de saliva,
colgaban de la boca y la nariz de aquella mujer.
-Ajá- dijo sonriendo y volviendo a la carga mientras movía el
pelo.
Miranda volvió a tragarse mi polla, una vez, otra vez, otra
vez, y otra vez más, abriendo muchísimo la boca para abarcar todos mis
centímetros mientras se quedaba unos segundos con mi carne en el interior de su
garganta. Mi compañera fue subiendo suave, suave, hasta que sacó mi polla de su
cavidad, de la que salía su lengua, que se despedía temporalmente de mi miembro,
con un lametazo de arriba abajo que provocó la unión, con un jugoso hilo de
saliva, entre mi capullo y su glándula sabrosa. Su mirada olía a hembra y falta
de satisfacción.
Muy lentamente, Miranda fue subiendo su cuerpo, se retiró de
mí unos centímetros y comprobé que se arrodillaba ante mí. Ohhhhh, ver aquella
mujer dispuesta hacia mí, en aquella posición de venerar mi polla, me provocó
aún más, si cabía, atracción hacia ella. Miranda tomó mi polla con la mano
derecha, con la izquierda se recogió el pelo y, de nuevo, sin dejar de mirarme
con aquellos ojos azules, comenzó a mamarme de nuevo mi tranco. Empezó como lo
dejó antes, con suavidad, disfrutando, pero con los segundos, sus ojos me
expresaron su velocidad. Su cabeza empezó a bajar con más asiduidad, con más
fuerza, con más violencia. Su lengua no se dedicaba tanto a mi glande, sino a mi
nabo en general por las revoluciones que tomaba aquella mujer. Su mirada lasciva
no tenía fin y su boca, provocada por la ansiedad y por las ocasiones en las que
mi falo de escapaba de su apresora y chocaba con sus mejillas, comenzó a
llenarse de saliva y de líquido preseminal, cada vez más. Mi compañera paraba
con constancia, segregaba saliva y la vertía sobre mi capullo a veces con un
leve escupitajo y a veces con dulzura con su lengua. Bajaba, también, hasta mis
huevos, que también quedaron impregnados de su saliva mientras su mano no dejaba
nunca de pajearme.
-Siiiii,…, oh……..¿Cuánto haces que no te comes una polla,
chiquilla?.... joder….-, pregunté.
Miranda sacó mi polla de su boca, y relamiéndose, contestó.
-Años, rey…
Aquella mujer tenía una práctica especial. Tenía ganas por
recuperar el tiempo y los carajos perdidos.
-Bien… A ver si me aguantas ahora…, dije
Mi compañera me miró sorprendida mientras me levantaba no sin
molestia por el placer suministrado hasta el momento. Miranda me esperó, me puse
de pie totalmente. Mi polla bamboleaba a milímetros de su cabeza.
-Siempre he deseado follarte la boca, romperte esos
labios…-solté.
Miranda me miró, sorprendida pero preguntándome con sus cejas
y sus ojos "Ah, si?". Tomé mi polla con mi mano derecha y con la izquierda
agarré su cabeza, sintiendo su pelo moreno. Palpé con mi capullo sus labios,
repasándolos una y otra vez, disfrutando como nunca. Pasé a sus mejillas,
totalmente recorridas por la punta de mi nabo, que dejaron su piel humedecida,
plena de líquido. Después, dirigí mi falo hacia su boca y empecé a penetrarla
oralmente suavemente. Ella cerraba la boca, seguía mis movimientos, rotaba la
lengua, pero me dejaba hacer. Solté mi polla, puse mi otra mano también sobre su
nuca, y poco a poco, fui cogiendo rimo. Con los segundos, me estaba follando la
boca de aquella mujer. A Miranda no le daba tiempo de mostrarme su cariño oral.
Mis empujes y la velocidad con la que apretaba su cabeza contra mí eran
demasiado.
-Síiiiiiii ¿Ves? También te puedo enseñar yo a ti… Muy bien,
me estás… Síiiii Me aguantas bien… ¿Quién no te ha querido? Eh? ¿Quién te
despreció? ¿Quién no quiso follarte más? ¿Quién… Ohhhhhh… ¿Quién no quiso más
esos ojos? ¿Ehhhhahhhhhh? ¿Quién dejó de comerse esas tetas?...
¡¡¡¡¡Asiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!!!!!!!! Qué gilipollas fue,
¿verdad preciosa?… Vamos!!!! Vamos!!!!!!!!!!!!!...
-¡¡¡¡Mmmmmmmmmmm!!!!, ¡¡¡¡Mmmmmmmm!!!!, protestaba Miranda.
Paré. Mi compañera tenía las lágrimas saltadas pero, echando
hilos e hilos descomunales de saliva, me sonreía mientras me pajeaba. De pronto,
acercó su cabeza de nuevo y empezó a mamármela. Daba círculos sobre mi pilar,
pero pronto comenzó a retomar sus movimientos de sumisa, esperando de nuevo mis
empujes, que no tardaron, La agarré, esta vez, por encima de las orejas, y me
follé aquella boca de nuevo. Me la follé con tal violencia como cuando uno se
folla a una mujer, cuando estáS a punto de correrse. Mis embestidas provocaron
que Miranda empezara a expulsar saliva y parte de mí por su nariz. Apreté hasta
el límite el agotador ritmo que ya hacía que viera la cara de Miranda como una
foto borrosa, por la velocidad adquirida.
-¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Ahhhhhhhhhhhhh!!!!!!!!!!!!!!!!!!,
¡¡¡¡¡¡¡¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!......
Extenueado, paré… Miranda, mientras, con la cara desencajada
no soltó mi polla y se la seguía comiendo, con fuerza, con ganas.
-Mmmmmmmmmmm… Ahhhhhhhh, mmmmmmmmmm-, decía, repasándome el
falo con su lengua…
Retiré mi polla, agarré a mi compañera del cuello con
firmeza, flexionó sus carnosos muslos y se levantó. Miranda agarró de nuevo mi
polla y, sin dejar de pajearme con exquisita pericia, me besó, desesperada por
un polvo, devorándome la lengua, una y otra vez. Institivamente, escupí
copiosamente en dos de mis dedos, mi mano fue hacia su culo, me abrí paso entre
sus nalgas y busqué la entrada a su ano. Hirviendo cuando lo encontré. Miranda
me besaba con fruición, me pajeaba al mismo tiempo y yo amenazaba con círculos
y, no sin dificultad por el enorme peso de sus carnes, la entrada de su ano. Me
separé de su boca.
-Me muero por follarte-dije, suspirando y mirándola a los
ojos.
-Y yo porque me folles- me pidió, casi suplicando.
-18 años no son nada…-advertí, bajando la cabeza y mirando mi
polla, rodeada por su mano, apuntando hacia su coño.
Miranda se alejó de mí. El sonido de sus tacones, sus orondas
piernas enfundadas en medias de liga, su melena, su trasero, su espalda…
-Los he comprado esta tarde- me dijo Miranda, interrumpiendo
mis pensamientos, dándose la vuelta, sonriendo, con una bolsa en la mano.
Advertí que eran condones.
-¿Eres vidente?- pregunté mientras mi mano recibió la bolsa.
-Bueno… Previsora… Hubieras terminado probándolos… Tarde o
temprano -respondió-. No me fiaba de los últimos. Están en el cajón, tienen al
menos 3 años. A estrenar. Por si acaso -reveló.
Vacié la bolsa. Control, 24 unidades. Abrí la caja. Separé un
preservativo del resto mientras me sorprendí viendo cómo Miranda se había vuelto
a agachar y, con el objeto de que mi nabo no perdiera fueza, rodeaba una y otra
vez (bufffffffff) mi glande con su lengua, mientras me miraba a los ojos. Era
una mujer salida, lasciva, cruel desde la lujuria. Rompí el envase y extraje un
condón.
-Toma-dije.
Miranda dudó, extrañada.
-¿No sabes ponértelo solito?, dijo mi compañera, con mi polla
en la mano derecha y con la izquierda recogiendo la goma.
-Quiero que me lo pongas tú… Con la boca-dije, acariciando su
pelo.
Miranda miró el condón, comprobando dónde estaba la vuelta.
Lo puso en la punta de mi pene, lo aguantó con sus dedos y lo atrapó con sus
labios. Su cabeza fue bajando alrededor de mi falo, extendiendo el preservativo
entero, mientras su mirada se perdía en la mía y sentía su lengua acompañando el
movimiento. Se retiró. El condón estaba perfectamente situado.
Miranda se levantó y fue andando lentamente hacia la cama,
observándome a mí y a mi nabo. Suavemente, se arrodilló, primero, y se tendió
después. Se mordió los labios, mirándome. Abrió sus piernas y allí pude ver un
coño deseoso, húmedo, increíblemente húmedo. Mi compañera llevó hacia allí su
mano derecha, la pasó por encima de su cueva con deleite y comenzó a estimularse
el clítoris de una forma pausada.
-Fóllame, por lo que más quieras- me dijo, casi suplicándome,
abriéndome sus dos labios.
La descomunal fuerza que imprimía mi polla, en vista de
aquella mujer entregada, con sus piernas abiertas y sus tacones al aire, no
impidió que me acercara a ella con suavidad, con lentitud. Me arrodillé en la
cama, le comí la lengua, le dejé en su boca un buen reguero de saliva y dirigí
mi cabeza hacia su coño. Allí mordí tres, cuatro, cinco veces sus pliegues, y
escupí sobre ellos.
Levanté el tronco; con el pulgar de mi mano izquierda aplasté
su clítoris y con la derecha tomé mi polla y la dirigí hacia aquel agujero tan
desolado. Froté mi capullo en la entrada de aquella vagina y el contacto provocó
un gemido y un estremecimiento en el cuerpo de Miranda. Llevaba demasiado tiempo
vacía.
Decidí follarme sin contemplaciones a aquella mujer; dirigí
mi obús a la entrada de su coño y mi nabo penetró con todo tipo de facilidades
en sus carnes. Las entrañas de Miranda acogieron mi polla como si hubiera vivido
allí toda la vida, con extremada calidez, hospitalidad, cariño, humedad. Sentí
que aquella funda estaba endiabladamente apetitosa, alocada, y hirviendo. Desde
el segundo bombeo decidí embestir sin piedad y Miranda no aguantó más de cinco
segundos para empezar a gritar. Mi cuerpo empujaba con ansiedad, con deseo, con
lujuria… Me veía follándome un coño con 18 años más de vida que mi pene y
parecían hechos el uno al otro. Miranda se dejaba llevar y entendí que aquel
ritmo era el perfecto. Apenas veía mi nabo; el bombeo era tal que sólo percibía
algo entrando y saliendo de la raja de aquella hembra.
-Ohhhhhh!!!!!!! Ohhhhhhhhhhhhhhhhhh!!!!!!!!!!!!!!!!!!-
Miranda ya gritaba. Así!!!!!!!!!!! Asiiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!!!!!!!!!!!!!!!!
Mmmmmmmmmmmmmmmm!!!!!!!!!!!!!
Notaba con suma alegría cómo sus tetas botaban en círculos,
una vez, otra vez, hasta que de vez en cuando Miranda intentaba tomarlas con sus
manos. A veces las sujetaba para que no se movieran; otras simplemente se
masturbaba sus gigantes pezones.
Aquellos primeros minutos de follada a esa mujer pasaron a
una velocidad vertiginosa. Miranda levantaba su pelvis, buscando más carne.
Decidí que subiera un escalón más y comencé a masturbar el clítoris de mi
compañera. Era complicado, pues debía mantener un más que exigente ritmo de
penetración y compaginarlo con el movimiento de mi dedo pulgar sobre su enorme
botón. El clítoris de Miranda estaba como una piedra.
-Si!Si!Si!Si!Si!Si!- acertaba a decir únicamente mi
compañera.
Las carnes de Miranda flotaban en la cama, movía su cabeza
hacia todos los lados. A veces cerraba los ojos, otras me miraba fijamente. Con
mi mano izquierda le levanté el culo y penetré hasta el fondo. Me quedé ahí
clavado, con parte de mi cuerpo totalmente en su interior, movilizándole el
clítoris. Escupí y la saliva se repartió entre su botón y su bello púbico.
-Oh, cabrón!!! Sigue, fóllame, fóllame!!!!
Reanudé el ritmo. Sentía el ardor de aquella hembra sobre mi
polla; su interior agarraba bien mi falo para no dejarlo escapar y sus pezones
iban a explotar. Miranda me miró con cara de suplicio.
-Siiiiii!!!! Oh, peque!!!!!!
-Venga cabrona, salida, puretona. Vamos…
-Sigue!!!!!!!!!!!!!!! Sigue!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Sigue!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
-Así mamona, ¿ves que te gusta? Estabas deseándolo desde el
primer día verdad?
-…. Ohhh
-¿¡Verdad??!!
-Siiiiiiiiiiiiiiii!!! !!!!!!!!!!!! Siiiiiiiiiiiiiiiiiiiiii!!
Ogggggg gggggggghhhhh hhhhhh!!!!!!!!!!!!!!!!
Miranda empezó a cerrar fuerte los ojos, frunció el ceño,
mientras mi nabo navegaba en su cueva, que era un encuentro absoluto de líquidos
y mi dedo pulgar me dolía ya considerablemente.
-Ahggggggg ggggggggggggg!!!!!! !!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Ggmmmmmm mmmmm!!!!!!!!!!!!! Gggggmmm mmmmmmmm!!!!!!!!!!!-sus chillidos denotaban
su proximidad a la meta.
Miranda se agarró con brusquedad las tetas, sacaba la lengua,
se metía un dedo en la boca y apretaba con su culo el ritmo. Era una delicia ver
a aquellos 40 años largos corriéndose por segunda vez. Mi compañera empezó a
expulsar de nuevo pequeños hilos de flujo goteantes, aunque en menor cantidad
que la primera vez. Su humedad manchó las sábanas.
-Oh!Oh!Oh!Oh!Oh!Oh! Ohhhhhhhhhhhhh!!!!!!!!!! Aggggggghhhhhhhh!!!!!!!!!!!!-
lo ojos de Miranda estaban en blanco. Su mano derecha me obligó a que el ritmo
de mi dedo en su clítoris disminuyera y su pelvis, moviéndose en círculos, como
queriendo retener los últimos impulsos, fue deteniendo la constancia de mis
embestidas.
Sin embargo, yo no podía. La cena, el vino, la copa, su
escote, sus medias, su striptease, su sujetador, sus tetas, su tanga, sus
medias… y en especial, su mamada, me habían provocado tal excitación que yo
estaba casi en el último peldaño.
-Me gusta correrme fuera-, dije, sin vacilar el ritmo,
sudando, con la cara excitada, roja, mirando a aquella mujer sin aliento y con
las lágrimas saltadas…
Ya no pude más. Decidí, en su honor, que por ser la primera
vez de aquella primera noche, me la terminaría con una cubana. Así que saqué mi
polla de su coño, que mostró su disconformidad intentando, con un hilo de flujo,
que mi glande no se separara de él. Me quité el condón. Yo estaba ya fuera de
mí, totalmente irracional, desnortado y sólo veía carne y polvo. Le tiré la goma
a Miranda a la cara.
-En tus tetas… Con una cubana…- dije.
Me puse de rodillas sobre Miranda, con una pierna a cada lado
de su cuerpo, a la altura de su pecho. Escupí en su canalazo y situé mi nabo en
él. Ella, con sus dos manos, unió sus tetas hasta el límite y mi carajo quedó
allí aprisionado. Inicié el ritmo, vertiginosamente, mientras Miranda sonreía.
Bajé mi cabeza, le comí la boca mientras mi enterrado nabo le follaba aquellas
tetas…
-Me voy a correr… Ahora…- Decidí que no. Que no me correría
en su canalillo, sino en su exterior. Saqué mi polla de sus tetas y le indiqué a
Miranda que siguiera manteniéndola juntas, a modo de ofrecimiento, mientras yo,
en la misma posición pero masturbándome sobre sus melones, sentía llegar el
húmedo carrusel.
-Vamos, aquí estoy…. Vacíate- Me dijo Miranda mirándome a los
ojos…
Aquello fue lo último que escuché antes de mi tremendo grito.
Venía Pascual y la Central Lechera Asturiana entera.
-Ohhhhhhhhhhh hhhhhhhhhhhhhhhhhh hhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhhh-
Me estaba corriendo. Como me suele ocurrir, y después del
latigazo en la espina dorsal, apunté mal, y el primer y más denso chorro fue a
parar al pelo recién peinado hacía pocas horas de Miranda. Reconducí la
situación no sin dificultad, hacia sus tetas. Mientras el placer recorría mi
cuerpo desde una punta a otra, mi polla fue regando con cinco, seis, siete, ocho
nueve, chorros, los primeros los más abundantes de toda mi vida, las tetas que
tantas veces había imaginado. Mi semen contenido durante aquella noche había
pringado las mamas de aquella mujer de arriba abajo, llegando la extensión de
leche –salvando el impacto en el pelo- desde el cuello hasta el vientre, éste
provocado por el caudal que, de forma natural por el tremendo canal que formaban
aquellas tetas, había provocado.
Cerré los ojos unos segundos, solté mi mano de mi polla y
noté que era la mano de Miranda la que reanudaba el fin de aquella mayúscula
eyaculación. Abrí los ojos. Mi cuarentona, empapada en semen, me sonrería,
lasciva, guarra, emprendedora.
Entonces comprendí que aquella sería la primera de muchas
noches, días, viajes, riñas e infidelidades…