LARA
Lara acababa de llegar interna a aquel colegio. Hacía tan
solo 3 días que había cumplido 16 años, pero no fue un bonito cumpleaños. Más
que una celebración, fue una despedida.
Debido a que sus padres tenían que desplazarse por motivos
laborales, habían decidido que lo mejor para ella era que ingresara en aquel
centro interna. Las clases habían empezado la pasada semana, por lo que se había
perdido ya 5 días de clase que, si bien no eran importantes académicamente, si
son los días fundamentales para la adaptación. Todo era nuevo para ella. Nuevo
centro, nuevo curso, nuevas compañeras. Apenas llevaba allí una semana y estaba
bastante descentrada e intentando adaptarse a aquel lugar que iba a ser su casa
durante los próximos meses.
Sus compañeras tampoco se lo ponían fácil. Todas se conocían
de anteriores años y sólo ella y otra chica eran nuevas en la clase. Todas iban
igual vestidas, todas con su uniforme de falda gris, blusa y calcetines blancos
y jersey azul marino, pero a pesar de ello, Lara no sentía nada en común con las
demás.
Por entonces, Lara estaba saliendo con un chico. Era su
primer chico y aunque hacía poco tiempo que se conocían, al tenerle ahora lejos,
unido a todo lo demás, le hacía estar triste.
Era el tercer día de Lara en aquel colegio. Aquel día estaban
en clase de historia cuando la secretaria del colegio entró sigilosamente en el
aula dejando discretamente sobre la mesa del profesor dos sobres blancos,
saludando y despidiéndose a la vez del maestro con un gesto mudo para no
molestar. El profesor hizo caso omiso de aquello y continuó la clase. Había
pasado ya un buen rato cuando tomó los sobres en la mano y se levantó caminando
por el pasillo central de la clase entre las mesas, mientras continuaba hablando
sobre la materia. Al llegar a la altura del pupitre de Lara, dejó uno de los
sobres sobre su mesa mientras seguía sin interrupción hablando de la lección y
dirigiéndose a la mesa de la otra chica nueva de la clase, repitió la misma
operación con el otro sobre.
Lara sintió como las miradas curiosas de todas sus compañeras
de clase se clavaban en ella, asi que optó por meter el sobre entre las hojas
del libro que tenía sobre la mesa y continuar atenta la explicación del
profesor.
Al terminar la clase de historia llegó la hora del recreo y
todas salieron de clase al exterior, momento que Lara aprovechó para quedarse
rezagada y abrir aquel sobre en el que ponía su nombre escrito a mano. Lo abrió
y sacó de dentro una cuartilla escrita a máquina y que decía:
" Estimada alumna:
En el día de hoy deberá presentarse a las 6,30 de la tarde en
el servicio médico del centro (aula 101 del edificio A), para el reconocimiento
médico anual.
Rogamos puntualidad.".
Apenas había acabado de leerlo cuando una de sus compañeras
de clase se le acercó y le preguntó amigablemente que era aquello. Lara se lo
dijo e iniciaron una breve charla amistosa que Lara agradeció. Aquella chica no
parecía muy integrada con las demás, quizás sus grandes gafas y que estaba un
poco gordita, provocaba en las otras chicas un poco de rechazo. Lara sin embargo
era una muchacha más bien guapa. Era morena, pelo largo rizado, ojos marrones,
casi 1.70 de altura, delgada y buen tipo.
Aquella conversación con su nueva amiga, le sirvió para
enterarse de donde estaba el lugar a donde tenía que acudir aquella tarde y le
comentó que una doctora bastante mayor y antipática les había hecho ya el
reconocimiento médico al resto de chicas la pasada semana, cuando Lara aún no
había llegado al centro.
Mientras charlaban, la otra chica nueva de la clase, Nuria,
se acercó también a ellas y confirmaron que su carta también era para lo mismo,
aunque la cita de Nuria era a las 7,30 de la tarde, una hora después.
No hablaron más sobre ello y aprovecharon el resto del tiempo
libre hasta la siguiente clase para comer algo.
A las 6 y cuarto terminaron las clases y Lara fue
directamente hasta su habitación, donde dejó los libros. Era habitual que nada
más terminar las clases, todas las chicas se quitaran su uniforme y se vistieran
con sus ropas juveniles, pero no tenía mucho tiempo para ello. Debía estar en
pocos minutos en el médico y tampoco sabía si podía ir con otras ropas, asi que
optó por ir tal y como estaba, con el uniforme.
Sintió algo de frío asi que, cogió el jersey azul del
uniforme que unas horas antes se había quitado y llevaba anudado a su cintura, y
se lo puso, saliendo seguidamente de su habitación y dirigiéndose al lugar
indicado.
Con las indicaciones que su compañera de clase le había dado
por la mañana, no le resultó difícil llegar. Enseguida vio una puerta abierta
que ponía "Servicio Médico" y entró. Era una antesala con 6 sillones vacíos y
una puerta cerrada al fondo. La antesala estaba vacía. Esperaba haber encontrado
más chicas esperando por lo que se quedó algo desconcertada. No sabía si
sentarse y esperar o llamar a la puerta. Por prudencia se sentó a esperar, todo
estaba en silencio y habían pasado 5 minutos cuando decidió llamar a aquella
puerta donde no parecía haber nadie. ¿Se habrían olvidado de ella y no habría
nadie en la sala médica? Además ya pasaba de la hora indicada y seguramente no
habría nadie, así que Lara se levantó, se acercó a la puerta y llamó con sus
nudillos suavemente:
-Toc, toc, toc.
Y oyó una voz áspera muy al fondo que decía:
- ¿Si?
Ante ello, Lara optó por girar el picaporte de la puerta y
abrió un poco la misma. Apenas había abierto lo suficiente para meter su cabeza,
vio a una chica de pie al fondo de la sala. Estaba descalza, con los pechos al
descubierto y la única ropa que llevaba puesta eran unas braguitas blancas.
Las miradas de ambas chicas se cruzaron asustadas y Lara no
vio más, porque inmediatamente cerró la puerta mientras esbozaba un tímido
"perdón".
Lara se volvió a sentar en uno de aquello sillones a esperar,
mientras pensaba en la escena que había visto y daba por supuesto que ella
también tendría que quedarse en braguitas con aquella doctora.
Habían pasado unos 10 minutos cuando la puerta se abrió y de
aquella habitación salió la chica que antes había visto, aunque ahora vestía su
uniforme reglamentario y, sin decir palabra, abandonó la sala. Lara continuaba
allí sentada y a los pocos segundos, oyó la misma voz áspera de antes que decía:
Pase ahora, chica.
Lara se levantó y, atravesando la puerta entreabierta, entró
en la habitación, llevándose una inesperada sorpresa. Aquella voz áspera que
había oído antes no era de la doctora antipática y vieja que le habían contado.
Era un hombre, un doctor de unos 55 años, con pelo ya canoso y barriga. Aquella
sorpresa hizo que Lara se pusiera algo nerviosa.
Se quedó de pie, a la entrada, mientras contemplaba aquel
habitáculo bastante grande pero sólo amueblado con una mesa de despacho, un par
de sillas, un armario y una camilla cubierta con una sábana blanca. Al fondo de
la sala, donde antes había visto a su compañera, había un gran báscula de hierro
antigua, como las que Lara había visto hace algunos años en alguna anticuada
farmacia.
Cierre la puerta y siéntese en esta silla.
Lara cerró la puerta y avanzó hasta la mesa del doctor,
sentándose en una de las dos sillas que había delante, mientras el doctor
permanecía sentado en su sillón escribiendo.
El médico continuó escribiendo unos instantes y enseguida se
dirigió a la chica, a la cual la llamaba siempre de usted.
Vamos a ver señorita, ¿Usted es Lara no?. Dijo, mientras
leía el nombre en una ficha de cartón blanca que sostenía en sus manos.
Si, dijo Lara tímidamente.
¿Cuántos años tiene?
15...., ah no.... perdone, 16 acabo de cumplir.
¿ha tenido usted alguna enfermedad grave?
No
¿Está en tratamiento médico por algo?.
No
¿Es usted alérgica a algo?
No
¿Toma normalmente algún medicamento?
No
Bien, voy a explorarla. Señorita, quítese el jersey y la
blusa, por favor.
Lentamente, Lara se levantó de la silla y comenzó a
despojarse de su jersey y luego, con cierta timidez, fue desabrochándose los
botones de la blusa blanca que llevaba, uno a uno, hasta que finalmente se la
abrió, dejando al descubierto su sujetador también blanco.
Entonces el médico se levantó de su sillón y se dirigió a
donde estaba la chica.
- Quítese la blusa del todo, por favor.
Lara se quitó la blusa, dejándola sobre la silla y el doctor
comenzó a oscultarla por su espalda. Después de un momento, dijo:
- Señorita, quítese el sujetador por favor.
La chica ya sabía que eso iba a suceder, porque antes había
visto a su compañera que lo único que vestía eran sus braguitas. No obstante, le
resultó bastante violento y vergonzoso, pero se despojó de su sujetador
dejándolo sobre la silla y tapándose el pecho con sus manos.
A ver señorita, coloque sus manos sobre la cabeza.
Aquella posición, dejaba sus pechos ya bien formados a la
vista del doctor, que enseguida comenzó a palparlos explorándolos lenta y
concienzudamente con sus manos.
Después de unos minutos soportando aquello, la exploración
acabó y la siguiente frase que la chica escucho fue la siguiente:
Bien, voy a pesarla y medirla, por favor quítese los
zapatos y la falda.
Lara no entendía porque tenía que quitarse la falda, pero
recordó a su compañera así subida a la báscula cuando antes abrió la puerta de
la consulta, así que no dijo nada y se limitó a hacer lo que el médico le había
pedido.
Despacio se quitó los zapatos y luego se desabrochó la falda
hasta dejar a la vista sus braguitas también blancas.
Quítese los calcetines también, por favor.
Lara no entendía los motivos pero ya, estando en braguitas,
le daba igual tener los calcetines puesto o no, así que se sentó en la silla y
se los quitó. Cuando terminó, buscó con la mirada al doctor que le dijo:
Bien, póngase en pie y camine despacio hasta el final de
la sala.
Era una sala grande y hasta el final de la misma había unos
20 pasos, que Lara dio despacio como le había sido indicado, mientras sentía a
su espalda la mirada del médico que la observaba como caminaba.
Vale, dese la vuelta y ahora venga hacia aquí caminado
también despacio. Quiero ver si sus movimientos motrices son correctos.
Lara inció el camino de vuelta, andando lentamente y ahora
podía ver al doctor como miraba su cuerpo sin pestañear.
Una vez más, por favor.
De nuevo de espaldas, Lara comenzó a alejarse, mientras
suponía que los ojos de aquel hombre estaban clavados en su trasero. Al llegar
al final, dio la vuelta y volvió hasta el doctor de nuevo caminando despacio.
Bien, por último, comience a dar saltos pequeños botando
en el sitio, con los brazos paralelos al cuerpo.
Lara comenzó a botar y comprobó como los ojos del doctor no
se apartaban de sus pechos que se movían la ritmo de sus saltos. Así estuvo
cuestión de 1 minuto hasta que aquel hombre le mandó parar.
Luego, la pesó en la báscula y midió su altura.
Bien señorita, túmbese en la camilla.
Hasta ahora, Lara había sentido algo de vergüenza por haberse
quedado con su pechos al descubierto y en braguitas, pero ahora sentía temor a
que más podría esperarle.
Se acercó a la camilla y se tumbó en la misma mirando al
techo.
Enseguida se acercó el doctor y empezó a revisar sus piernas
desde los pies, palmo a palmo, llegando a sus rodillas y subiendo hasta palpar
sus muslos, llegando en una ocasión a rozar su entrepierna, lo cual le produjo
un respingo a la muchacha.
-Túmbese ahora boca abajo, señorita.
Lara se giró y el doctor comenzó a explorarle la espalda,
vértebra a vértebra, desde el cuello y bajando hasta llegar al culito, que sin
ningún pudor se lo palpó por encima de sus braguitas.
Por último señorita, incorpórese y colóquese a cuatro
patas sobre la camilla.
Aquello a Lara le pareció muy raro, pero sin decir nada se
colocó en aquella incómoda posición, con su culito prácticamente en pompa.
Enseguida el doctor agarró las braguitas y deslizándolas por
los muslos, se las bajó hasta las rodillas. En esa posición, le abrió las nalgas
y tocó su ano y también su sexo.
Lara se sentía fatal, totalmente avergonzada y humillada.
Túmbese en la camilla señorita.
Lara se dejó caer sobre la camilla y, una vez tumbada, el
doctor aprovechó para agarrar de nuevo sus braguitas y deslizarlas por sus
piernas, quitándoselas del todo.
Dese la vuelta, señorita
Lara lentamente se fue girando, hasta quedar tumbada boca
arriba sobre la camilla, y con sus manos tapó su vello púbico. Estaba totalmente
desnuda delante de aquel hombre y se sentía muy mal.
Coloque las manos sobre su cabeza, por favor señorita.
Entonces, el doctor la separó las piernas y comenzó a
palparle su sexo, introduciéndole un dedo por su vagina y revisándola su
interior.
Después de unos minutos, el doctor sacó su dedo de sus partes
íntimas y dijo:
Ya puede vestirse e irse señorita. Está todo bien.
Lara se vistió lo más rápido que pudo y salió a toda prisa
y llorando de la sala.
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