"... oyendo el jazz estúpido, diciendo puta por lo bajo hasta
que la palabra perdió todo sentido."
José de la Colina
Otoño. El sol de primavera y la brisa invernal en conjunción
melancólica al tiempo que las hojas de los árboles caen sobre la bendita tierra
Universitaria como certeras bombas alemanas en Londres.
Confronto el sitio una vez más. Vaya que el entorno cambió,
aunque en sí mismo permanezca igual. Tal y como hace ya más de dos años lo
recuerdo vivamente, como una marca con hierro candente a un esclavo para no
borrarse nunca.
Era un tiempo más benigno y esperanzador, único en todo el
tiempo que llevo en este mundo. Lo recuerdo muy bien.
La primavera había llegado para dejar una huella indeleble y
única en mi ser. Una temperatura agradablemente alta hacía de mis pueriles
deseos de calor sin nubes y atardeceres hermosos una realidad ideal. No podía
sentirme más agradecido por haber visto frustrados mis intentos de suicidio años
atrás: ahora tenía una idea clara, tangible y gráfica de lo que siempre creí que
es el amor.
Ella me parecía la chica más hermosa que hubiera podido darme
el privilegio de llamarla "mi primer novia". Así como Freud admitió que su
esposa no era una belleza, yo acepto lo mismo acerca de ella; sin embargo, al
mirar sus ojos miraba cuán hermoso es amar a alguien que se muere por ti.
Aquí, delante de éste lugar, recuerdo con emoción cuando la
besé por vez primera... cuando por primera vez aprendí lo que es un beso, a mis
19 años. Llegan a mi mente los recuerdos de ella, de C..., como en cascada
nórdica en deshielo estival.
Reconozco públicamente que a pesar de no contar con
experiencia "práctica", estaba bien documentado en las cosas del amor: momentos,
caricias, temas, palabras, ideas de lugares, excusas, incluso sexuales (mi tema
favorito desde que lo recuerdo). Reconozco también que jamás estuve preparado
para muchas cosas que le siguieron.
No había tenido la ocasión de probar todas mis teorías
durante muchos años (comparativamente de una persona heterodoxa, mentalmente
liberada y selfconfident) hasta aquel 20 de marzo, cuando conseguí mi
primer novia. El día más caluroso del que tenga memoria.
Un contexto de jugueteos menormente crueles, frases hirientes
e incluso un desenlace inesperado a una pregunta torpemente enunciada me
llevaron a tomar una determinación surgida de una vorágine provocada por el
calor y el thanatos.
Aquél examen me tenía postrado en jaque mate y sólo acudí a
presentarlo porque quería tener el valor de reprobar la asignatura por mí mismo
y no por las circunstancias. Y ahí estaba ella.
Su lindo y maltratado cabello suelto rubio cenizo armonizaba
con aquella blusa color durazno que le resaltaba aquel busto tan hermoso y
prominente recién descubierto hacía dos segundos por mi libido. Sus ojos
castaños, sencillos y tiernos, me miraron para brindarme el cotidiano saludo de
bienvenida postrando sus dulces y embriagantes labios en mi mejilla.
Por un reflejo inconsciente (y desconocido para mí hasta hoy)
decidí esquivar su beso amistoso, dirigiendo mis labios hacia su cuello, que era
mi total perdición, en un movimiento rápido que resultó certero y hábil. La
conversación que le siguió es parecida a esto:
Hola, C... No esperaba verte por aquí hoy día. Me
alegro mucho de verte.
Vine a apoyar a mis amigas en el examen... tú sabes...
me dicen que será difícil... voy a ayudarlas en hacerlo.
Ah, bueno.. . Me parece muy bien. Fíjate que yo me
siento muy inseguro al respecto. Prácticamente vine a presentar el examen
para reprobarlo por mí mismo. No creo aprobarlo, ni la materia tampoco.
Oye, A... ¿Quieres que yo... te apoye en tu examen?.
Tal vez podrías...
No, C... No lo creo. Agradezco tu interés en ayudarme,
y sé que me resultaría muy bien. Pero creo que esto es algo que debo hacer
yo solo, aunque obtenga un resultado negativo seguro. De verdad, te lo
agradezco mucho. Ahora, si me permites, iré a sentarme a mi silla de una
vez.
C... se quedó como de piedra. Sé que utilicé las mejores
palabras que pude para negarme a un acto penado por la legislación Universitaria
al cual me opongo por completo, y sé que usé mi mejor sonrisa para agradecerle
que me haya invitado a formar parte del Arca, pero yo quería ahogarme en el
diluvio. Tiempo después supe que su sorpresa no se debió a mi modo de decir las
cosas, sino al punto medular: aceptar mi destino estoicamente, rechazando una
ayuda amistosa (y no tan desinteresada como yo creí).
El desarrollo de las siguientes dos horas fue tan confuso y
extraño, y con un final inverosímil para el examen. Simplemente no puedo
explicarlo hasta hoy. Es como si aquellos dados míticos con los que dice
Einstein que Dios no juega (ha de ser el Destino o la Naturaleza quien juega con
ellos) hubieran conllevado una serie de tiradas que resultaban a mi favor.
Los diálogos perdidos después de esas dos horas, y lo que
sucedió después, es similar a esto:
A... ¿Cómo sentiste el examen?.
Fue difícil, C... Estoy seguro de lo que te dije antes.
A pesar de eso, me siento bien, Y tú, ¿qué tal? ¿Pudiste ayudar a tus
amigas y a aquellos chicos en el examen?
Sí. Hubieras ido a la fila de atrás conmigo.
Gracias, C... Me habría encantado. Por cierto, ¿qué
planes tienes?
¿A qué te refieres, A…?
Y bueno... No sé... Hace mucho calor. Podría invitarte
un refresco, caminar un rato como la vez pasada y platicarte acerca de
cómo quedó mi horario para el próximo semestre... y que me digas cómo
quedó el tuyo.
Ella vacilaba un poco, y estaban presentes sus amigas (aún
así hice mi propuesta exponiéndome a que ellas la conminaran a rechazarme).
Luego, extrañado por lo que encontré, continuó:
Vamos, C... ¡Anímate! Nosotras nos vamos para que
puedas ir con A...
¡Sí! Ya nos veremos después y nos cuentas.
Oigan, es que...
Bye.
Sí. ¡Bye!
Basado en mi experiencia teórica, estaba viendo un cuadro
irrepetible y salido de la imaginación de algún argumentista de paperback.
Sus amigas me daban carta abierta para irme con ella. No fue la única sorpresa
de aquella tarde.
Caminamos un poco y entramos en el último salón de aquél
pasillo. Sus grandes ventanales en un costado y la vista hacia otro pasillo de
la escuela era lo que me daba una sensación ambivalente de tranquilidad y
nerviosismo. Siguió:
Oye, C... Te diré que mi horario quedó horrible. Es
más, voy a ponerlo aquí en el pizarrón, para que me entiendas mejor.
Cuando hube terminado aquella actividad que me llevó
inicialmente meternos al salón, noté que ella estaba sentada en la paleta de la
silla mirándome a mí y a mi horario. Me acerqué a ella y seguí hilando la
conversación sobre ello, y sobre su propio horario, hasta que agoté el tema y,
entonces, decidí jugar a ganar, como nunca en mi vida. Siguió más o menos así:
C... Quiero decirte que... lamento no haber hecho nada
cuando tú y yo... y dejar morir aquello que yo inicié y terminé... Me
gustas mucho, me siento muy bien cuando estoy a tu lado...
Fue entonces, mientras le hablaba, que me acercaba a ella más
y más, y mis palabras parecían susurros cuando rondaba sus hombros, luego su
cuello, luego sus orejas, luego su frente, luego sus mejillas, para acercarme a
sus labios y quedar en silencio vocal.
Sólo había tocado sus labios con los míos y ella respondió al
beso, acomodando su cabeza respecto de la mía para acoplarnos en aquel beso que
quisiera repetir de nuevo hoy. Entonces usé mis manos.
Acaricié el rostro de C... con ambas manos, para descubrir
que era la suavidad que había soñado tocar. La tomé de la cabeza gentilmente
para dirigir el beso, mientras nuestros labios parecían fundirse en un agitado y
anhelado vals que hubiera esperado toda una vida para ejecutarse en aquel
dichoso día: mi lengua topaba con la de ella tan apasionadamente como las
milenarias olas que se rompen con el vendaval. La abracé con tanta necesidad de
sentir el calor de su cuerpo y deseando ser los únicos en toda la escuela, como
si el mundo entero se estuviera acercando al cero absoluto y todos hubieran
caído muertos de frío.
Nuestros labios y nuestras lenguas se comunicaron a través de
un leguaje sin palabras conocido sólo en teoría, que siempre deseé conocer y que
nunca creí llegar a "hablarlo" con tanta fluidez.
El juego de manos que hice aquél día me sigue dejando
asombrado: hice cada movimiento y di cada caricia como si supiera exactamente
qué hacer y en qué momento.
Después de estar en la silla, pasamos a la pared contraria al
ventanal, y así parecía que era yo quien estaba contra la pared dada mi
inexperiencia. Sólo abría mis ojos lo necesario (para convencerme de que no era
un sueño) y disfruté cada momento de oscuridad voluntaria. Ese beso duró entre
30 y 45 minutos. Ya no lo recuerdo. Cuando terminó, y decidimos salir del salón
para retirarnos de allí, siguió:
Oye, C... Quiero dejar las cosas en claro. Aún estoy
muy sorprendido y feliz de esto. Así que quiero preguntarte: ¿Quieres
andar conmigo?
Sí, A... Claro que sí.
Oh... ¿Sabes? Quiero decirte algo. ¿Puedo?
Sí. Dime.
Eres la primera chica que he besado en mi vida. Fue mi
primer beso.
No te creo, A...
Ah.. . ¿Por qué lo dices?
Pues, porque... eh... bueno... No lo parece.
¿Insinúas que yo.. . sé besar?
No creo que sea tu primer beso.
Créeme. En verdad lo es. Ha sido lo mejor que me ha
pasado en la vida. Gracias, C...
En la soledad del baño de mi casa reflexioné acerca de lo
sucedido y me di cuenta de algo importante. No me había dado cuenta que, desde
que me acerqué a ella cuando estaba sentada en la paleta de la silla hasta que
nos despedimos con la promesa de vernos dos días después, no sentí ninguna clase
de nerviosismo, pena o duda. Era una sensación extraña que no he vuelto a vivir
hasta hoy (es verdad). También de que nunca la toqué de forma incorrecta
y siempre supe qué hacer con las manos (eterno dilema de los que piden consejo
amoroso). Estaba maravillado por todo aquello. No podía creer que yo lo había
hecho todo a la perfección (claro, para ser mi primer beso).
Aprobé la materia honrosamente y nuestro amor duró por un
poco de tiempo más.
Ahora llega a mí el recuerdo más fuerte de ese tiempo. La
experiencia que marcó el rumbo de la relación (para bien y para mal) por el
tiempo que duraría. El motivo que hace que mi mente evoque tantos recuerdos que
ahora me son amargos y dolorosos por la distancia e imposibilidad de las
circunstancias. El porqué de que éste sitio sea tan fuerte para mí.
Un mes después, estabamos recostados en un paraje cercano a
la escuela, sobre una toalla que yo llevaba en esos días para estar más cómodos.
Era una tarde tan calurosa como la primera que estuvimos
juntos. Estar a su lado me hacía sentir como el hombre más afortunado del mundo.
No necesitaba hacer grandes gastos para complacerla: ella era feliz estando a mi
lado. Recuerdo que hablábamos de cualquier cosa, todo nos parecía bien y no
teníamos ningún desacuerdo. Nos alcanzó la noche.
Hacía varios días habíamos cruzado un poco la línea del
respeto, y habíamos dado algunas concesiones sobre los objetivos de las
caricias, consiguiendo resultados dulcemente predecibles para ambos.
Mientras nos besábamos por enésima vez en el día, ya al haber
caído la tarde, y nos hacíamos más atrevidos, ambos decidimos provocarnos
mutuamente; siguió:
Oh, A... Te quiero.
Yo también te quiero, C... ¡Me encantas!
Decidí tocarla más que antes. Del modo en que deseaba
hacerlo en ese momento. Acostados de lado, frente a frente, la abracé con mi
brazo izquierdo acercándola fuertemente hacia mí, la besé y deslicé mi mano
derecha dentro de su blusa para acariciar sus pechos enfundados con un sostén
suave de algodón. Pude encontrar sus pezones al primer roce y sentía una paz tan
grande como nunca había imaginado manipulando sus pechos con ternura y también
desesperación. La besé en el cuello, mordisqueando un poco haciendo que nuestra
temperatura se elevara en aquél momento de la noche. Fue entonces cuando
decidimos tomar un rumbo que, a pesar de las cosas que le siguieron, no me
arrepiento de haberlo seguido. Las palabras fueron parecidas a esto:
C... Quisiera...
Yo también, A...
Pero, el lugar, la hora, la luz...
Si no quieres, podemos...
Espera... Creo que sí se puede... En esa parte no llega
la luz, ni se ve nada en la distancia, además de que ya está muy oscuro...
Usaremos la toalla que traigo.
¿Estás seguro?
Sí... Además, será rápido... Pero...
¿Qué te ocurre?
Es que no traigo... ehm... Y si tú... No podría si...
No te preocupes. Se cómo usar las pastillas.
¿De verdad?
Sí. Ven, vamos.
Nos acomodamos aquí, en éste lugar, en este bendito lugar que
ahora me trae tantos recuerdos. Un rincón cercano a unas veredas y a algunas
canchas de juego, cubierto en aquél entonces por la gran sombra de unos pinos y
mucha maleza que luego fue retirada.
Salimos de la explanada donde antes estábamos acariciándonos
para llegar a éste paraje que de día era impensable ocuparlo para lo que
pensábamos sin la oscuridad requerida. Con movimientos rápidos, acomodé la
toalla lo más cómodamente posible, y las mochilas las coloqué de forma que
pudieran darnos un poco de "protección" por el flanco más débil.
Ella se recostó boca arriba y me pidió que le quitara los
pantalones. Yo le recomendé sólo quitarse una parte de ellos si es que
requeríamos huir del lugar. C... aceptó. Yo estaba muy nervioso, ya que era la
primera vez que tenía relaciones con alguien y nunca creí que se diera en
circunstancias tan riesgosas, imprevistas y, al mismo tiempo, excitantes.
No me quité la camisa y sólo me bajé los pantalones hasta
debajo de las rodillas. Estaba muy preocupado de que fuéramos descubiertos, pero
C... me hablaba con una dulzura acelerada que me hacía confiar en que todo
saldría bien. Yo sólo miraba su rostro mientras me iba aproximando más y más
hacia ella. La abracé y sentí una descarga tan intensa a lo largo de mi
espalda que sentí que de esto debería estar hecha la Gloria. Mi miembro
se introdujo en C... hasta que sentí que ya era todo lo que entraba, la besé con
pasión y deseo y la abrazaba tan fuerte como me era posible, y decidí continuar
de forma tranquila olvidando todo nuestro entorno, sintiendo cómo ella no
mediaba palabra sino que sólo me contestaba con sus besos y con lo fuerte que
ella también me abrazaba. En aquella posición de misionero pude acomodar la
punta de mis botas de manera que pude usar mis rodillas como resorte y pudiera
penetrarla rítmica y delicadamente sin cansarme. Fue una experiencia tan hermosa
que de sólo recordarla quisiera soltar un par de lágrimas.
En aquella noche, según yo recuerdo, logré provocarle a C...
tres orgasmos, que me enseñaron cómo tratar a una mujer en la intimidad y cómo
reconocer si su placer es cierto o finge. Al final, yo cedí a mi propio placer y
exhalé en un orgasmo prodigioso que le hizo sentir mucha felicidad a ella.
Recuerdo que después de su primer orgasmo:
Oh, A... Vente. ¡Quiero que te vengas!
C... Déjame seguir, mi amor... ¡Te quiero! ¡Voy por tí!
Y yo seguí hasta el segundo y el tercero lo compartimos. Fue
mágico, casi como si lo hubiera planeado así. Tiempo después leí y me enteré que
lograr el orgasmo mutuo era una labor ardua (mas no imposible) entre los amantes
comunes. Yo me propuse que cada encuentro que llegáramos a tener así, pondría
todo mi empeño y esmero en repetir aquello tan bello y hermoso.
Cuando terminamos sentí como si el golpe de un martillo me
ubicara de nuevo en la realidad. Nos vestimos deprisa, tomamos nuestras cosas y
nos fuimos de allí rumbo a nuestras casas, mientras hablábamos de cómo había
sido para cada quién. Nunca me había sentido tan agradecido con la vida como en
ese momento.
Lo que siguió después de esos recuerdos fueron días buenos y
días pésimos que en una serie de malentendidos, falta de madurez (50% mía y 50%
de ella), falta de compromiso (de ella), pleitos constantes con su familia (yo
con ellos y ella con ellos), desacuerdos, orgullo (mío y de ella) y necesidad
mutua de ambos por la relación, terminaríamos la relación dos años después de
haberla iniciado, en medio de rencores de ella y llanto mío.
Tampoco descarto todo lo bueno. Jamás lo haré. Fueron los
mejores dos años de mi vida, y jamás olvidaré todo lo que ella significó para
mí, todo lo que aprendí y viví en ese tiempo que sirvió para recordar mi época
de estudiante Universitario como la mejor de mi vida.
Siempre la amaré, porque a pesar de todo lo malo que pasamos
y que me hizo pasar, cierro con algo que aplicó en mi corazón muchas veces que
dudé de terminar la relación, y que fue verdad:
"... no es perfecta, mas se acerca a lo que yo... simplemente
soñé"
Pablo Milanés