El probador de caballeros
(Publiqué esta historia con otro seudónimo hace algunos años,
pero creo que merece la pena que esté en TodoRelatos, la mejor página de relatos
eróticos en español).
Es curioso cómo llega uno a conocer su verdadera identidad
sexual. La mía fue, cuando menos, extravagante. Tengo ahora 19 años, pero hace
un par de ellos me sucedió un hecho que me cambió la vida. Había ido aquel día a
comprarme un bañador a unos grandes almacenes de mi ciudad. Después de ver
varios modelos, me decidí por una especie de tanga; nunca me han gustado esos
bañadores tipo calzonas, y menos aún las bermudas. Después de lo que ocurrió
aquel día comprendí por qué.
Con mi bañador (minúsculo, por cierto: siempre me ha gustado
marcar paquete, y la verdad es que tengo "material" que marcar) en ristre me
dirigí al empleado de la tienda:
--Por favor, ¿el probador de caballeros, dónde está?
--Al fondo a la derecha -me indicó, mientras me señalaba con
el dedo hacia el fondo del establecimiento.
Hacia allí me dirigí. Era una estancia relativamente amplia,
con varios cubículos con sus puertas correspondientes. Delante de mí iban dos
chicos, de más o menos mi edad, sobre 17 ó 18 años, y me fijé en un detalle: uno
de ellos le dio una palmadita en el culo al otro, y me pareció que no fue
precisamente un gesto amistoso... No le di más importancia, de todas formas. Sin
embargo, vi que ambos entraron juntos en la misma cabina del probador. Me
pareció algo más raro, sobre todo porque lo que llevaban para probar eran,
precisamente, bañadores: a mí no se me hubiera ocurrido nunca (al menos
entonces) probarme un bañador con un amigo dentro de la cabina. Así que,
excitado por la curiosidad, entré en el cubículo que estaba al lado del que
habían ocupado los dos chicos. No se oía nada, así que fui a lo mío: me desvestí
para probarme el bañador. Ya sé que uno debe colocárselo encima de la ropa
interior, pero confieso que me gusta vérmelo puesto tal y como quedará
definitivamente, así que eso hice. Estaba mirándome en el espejo, observando
cómo remarcaba mi bulto el tanga, cuando empecé a oír unos ruidos sospechosos en
la cabina de al lado.
Sonaba como si alguien estuviera chupando algo, y también
parecía que alguien jadeaba; era un ruido muy tenue, pero desde mi posición se
escuchaba perfectamente. Empecé a comprender lo que podía ser. La curiosidad me
comía; al mismo tiempo, notaba una picazón en la polla y los huevos, y me di
cuenta de que el paquete del tanga estaba aumentando apreciablemente. Las
cabinas eran del tipo de las que están descubiertas por arriba, así que, sin
poder contenerme, coloqué la banqueta que había dentro del probador junto a la
pared que se escuchaban los jadeos, y me subí en ella. Me asomé con mucho
cuidado: no quería que me descubrieran. Al principio no veía nada: como estaban
pegados a la pared contigua a mi cabina, tuve que subir algo más hasta que vi el
espectáculo. Los dos chicos estaban totalmente desnudos, y uno de ellos, con un
pelo rubio muy bonito, estaba de cuclillas delante del otro, chupándole la polla
como si fuera lo último que fuera a hacer en este mundo. Desde aquella
perspectiva la visión era tremendamente impactante: se veía la cabeza del que
era chupado, y al fondo la del otro chico, el que mamaba, con los ojos cerrados.
En un momento dado el mamador entreabrió los ojos; yo me eché para atrás
instintivamente: no me podía dejar ver. Me bajé de la banqueta con el corazón
que se me salía por la boca. Examiné la situación: la cabina tenía también una
parte inferior descubierta, como suele ocurrir en este tipo de habitáculos, unos
20 centímetros, aproximadamente, sobre el suelo. ¿Y si yo...? Tal y como lo
pensé, sin reflexionar, lo hice: me tumbé en el suelo, boca arriba, y me ayudé
con las manos, poco a poco, para sacar la cabeza por debajo hasta la otra
cabina: rebasé con sumo cuidado la pared de panel que nos separaba y el
espectáculo fue impresionante. Como estaban apoyados sobre la pared, lo que vi
era, en primer lugar, la polla del rubio, que estaba acuclillado frente al otro:
de esta forma, su vergajo, bastante considerable, colgaba delante de mi cara,
escasamente a diez o doce centímetros de mi nariz y mi boca.
De vez en cuando el chico se la automasajeaba, y aquella
minga daba pequeños saltos de excitación, con el glande enrojecido y brillante
por el líquido preseminal. Veía ahora el espectáculo desde la perspectiva
contraria a como la había visto desde lo alto de la cabina: era la barbilla del
rubio la que se tragaba aquel gran pedazo de carne, una vez, y otra, y otra más.
El moreno, en éxtasis, miraba hacia el techo, probablemente con los ojos
cerrados, por lo que no podía verme allí abajo. Entonces ocurrió lo que tenía
que suceder. La polla del rubio se corrió sin remedio. Yo recibí un primer
trallazo que me cruzó la boca y la barbilla: buena parte de aquella leche me
cayó en la lengua. Aunque mi primera reacción fue de asco, me di cuenta
enseguida de que no sabía mal; al contrario, tenía un sabor algo extraño pero en
absoluto desagradable. Tan excitado como estaba, decidí en cuestión de
fracciones de segundo: abrí la boca cuanto pude y el resto de aquel delicioso
licor cayó sobre mi lengua, mis labios, algo sobre la barbilla: la lengua se
encargó de que no se quedara nada fuera de la boca. Pero aquello no había
terminado: el rubio se levantó, besó al moreno en la boca y le dijo algo que no
pude entender. Acto seguido, el rubio se puso a cuatro patas, con su culo puesto
en mi dirección. Yo me había retirado discretamente un poco, para no tener la
cabeza sacada como una tortuga y evitar ser descubierto.
Desde mi posición vi como el moreno, sin perder la espalda
colocada contra la pared contigua a la mía, se agachaba un poco y se la metía al
rubio por el agujero del culo. Volví a sacar la cabeza, porque no había peligro
de que me descubrieran; el rubio estaba demasiado ocupado aguantando las
emboladas y meneando el culo para que le metieran la minga cuanto más adentro
mejor, y el moreno no podía verme porque se lo impedía la posición del cuerpo de
su amigo y amante. Así que pude disfrutar de otro espectáculo extraordinario:
como a quince centímetros de mi cara, la polla del rubio se bamboleaba,
semirrecta, a pesar de haberse corrido unos minutos antes, y algo más arriba
podía ver la polla del moreno entrando y saliendo, entrando y saliendo del
agujero del culo del rubio, con unos adorables huevos que se bamboleaban con la
inercia de cada embolada. Aquello duró aún algunos minutos. Fue una visión
paradisíaca, que difícilmente olvidaré. Pero aún quedaba más. El moreno,
finalmente, llegó al orgasmo. Como, según pude comprobar, no quería correrse
dentro de su amigo, sacó la verga y la dirigió hacia el suelo... mejor dicho,
mirando hacia mi cara, que estaba allí; el nabo empezó a lanzar trallazos y yo,
como si fuera un portero, me lanzaba a por ellos para que no se me escapara
ninguno; pude capturarlos todos, aunque algunos cayeron sobre mis hombros o en
mis mejillas; me los rechupeteé después, con ayuda de los dedos. La carga
seminal del moreno fue muy abundante: debía hacer algún tiempo que no se corría.
Dio igual, porque toda fue a parar a mi boca y después a mi estómago.
Volví hacia mi cabina arrastrándome silenciosamente, justo a
tiempo de escuchar a los dos chicos, en un cuchicheo:
--Hay que limpiar el semen; si no, nos podemos buscar una
buena...
Me puse de pie, con el paquete a reventar; de hecho, un huevo
se me había salido ya por uno de los lados, incapaz de aguantar tanta presión.
Imaginé la escena de completa perplejidad al otro lado: ¿dónde esta la leche?
Dos corridas monumentales, y ni gota, ni gota, como en el anuncio... En mi
cabina, yo me estaba haciendo una paja de campeonato, tras sacarme la polla por
uno de los lados del tanga. Debieron escuchar mis jadeos, porque las cabezas de
ambos aparecieron por debajo del panel de la pared. Me corrí y caí de rodillas
y, ¿a que no lo adivináis? El rubio y el moreno recibieron mi licor, como yo lo
había hecho antes con ellos. Y debo decir que no le hicieron ascos...
Desde entonces tengo dos buenos amigos... y algo más. Desde
entonces, también, conozco secretamente otra acepción, mucho más sensual que la
habitual, de la expresión "probador de caballeros".