Hace unas semanas he comenzado a trotar por una senda
recientemente habilitada, ubicada en las afueras de la ciudad. Dado el calor que
es muy fuerte en esta época del año lo hago a la mañana muy temprano poco
después del amanecer.
Me gusta hacerlo a esa hora porque la naturaleza emana sus
aromas de manera más profunda que en otros momentos del día, además, los
pájaros, cantan alborozados la llegada del nuevo día y todo ello me permite
conseguir un estado de plenitud que me resulta altamente gratificante.
En mi camino, puedo ver algunos animales silvestres, aves de
las más variadas especies, algún que otro reptil inofensivo y sentir el tibio
sol de esa hora que, con el correr del día, hace sentir toda su potencia y puede
resultar realmente agresivo. Pero, al amanecer, parece ser que todo está en
armonía, todo deviene con naturalidad y simpleza.
En el disfrute diario de ese contacto íntimo entre entorno
natural y mi propio ser, siento que el cuerpo, me va diciendo, con su particular
lenguaje, cómo se va transformando con cada kilómetro recorrido y con cada nuevo
día de actividad.
Mi mente, en esas horas que vivo con mucha profundidad, está
pendiente de cada músculo, cada tendón, cada articulación, de la transpiración
que poco a poco surge para luego mojar absolutamente toda mi indumentaria
deportiva hasta sentirla tan pegada a mi que parece formar un todo homogéneo
conmigo mismo.
Sinceramente, presto muy poca atención a las personas que
hacen el mismo recorrido que yo, que, debo aclarar que son muy pocas, por lo
alejado del sitio y por el horario en que lo transito.
Todo esto no me permitió ser conciente, en las primeras
semanas, que también utilizan el mismo sendero, muchos trabajadores de la
construcción que están realizando sus tareas en una obra muy importante que se
está construyendo en las cercanías.
Cuando tomé conciencia de su existencia en ese tiempo y en
ese lugar, creo que no era la primera vez que nos cruzábamos, algo en mi
inconciente me dijo que por ahí, en movimiento, estaba siempre, o por lo menos
desde que yo empecé esta nueva rutina, a la misma hora, desde hacía días,
montado en su bicicleta.
Cada día, luego de haberlo incorporado a la conciencia,
notaba algo nuevo en él, primero fue su vestimenta y su altura, luego la
profundidad de su mirada, que en un comienzo fugazmente se cruzaba con la mía y
con el transcurrir de los días se hacía más prolongado, más penetrante, su
agilidad para montar la bicicleta, la armonía de ese soberbio cuerpo en
movimiento, en fin, todos los días algo más.
Su presencia comenzó a hacerse cada vez más importante para
mí, primero acompañó los breves cruces, luego la totalidad de mis caminatas y
trotes, luego se introdujo más profundamente en mi mente y me acompañó en la
ducha posterior a la rutina y con el correr de los días me fue acompañando por
lapsos cada vez más prolongados.
Lentamente, toda mi atención pasó de mi cuerpo al suyo, podía
observar la armonía y la cadencia del movimiento de ese espectacular espécimen
masculino montado en la bicicleta y la ansiedad por tener algo con él comenzó a
hacerse casi intolerable.
Comencé a notar la tela ordinaria y ya descolorida de su
camisa tensa sobre las espaldas que me permitía adivinar los poderosos músculos
que cubrían con cierto disimulo. Sus manos, grandes, hermosas y rudas tomando
firmemente el manubrio, sus enormes pies en los pedales, las rodillas con sus
protuberancias y depresiones debajo de la tela azul de sus pantalones, las venas
de sus antebrazos mostrándose impúdicamente allí donde las mangas arremangadas
de la camisa lo permitían.
Un día me di tomé conciencia que él ocupaba mi pensamiento
constantemente, me distraía en el trabajo, me acompañaba en el aperitivo del
atardecer, durante la cena y más aún a la hora de ir a dormir. Mis sueños
comenzaron a poblarse de su imagen y mi cuerpo acusó el impacto, cada vez que su
figura se apoderaba de mis pensamientos sentía una excitación cada vez mayor y
debía recurrir a la masturbación para aliviar un poco lo que comenzaba a
aparecer casi como una obsesión.
Lo que estaba viviendo no me agradaba en absoluto, siempre
fui un tipo libre e independiente, me acostaba con quien quería y luego lo
olvidaba, tener sexo siempre me resultó muy fácil, por eso, la nueva situación
me descolocaba totalmente.
Una mañana, ambos, nos divisamos a la distancia a medida que
íbamos acercándonos, nuestras miradas se cruzaron y ya ninguno de los dos la
apartó, sentí que mi corazón aceleraba sus latidos con la cercanía, luego de
cruzarnos un presentimiento me asaltó, si volteaba la cabeza ocurriría otro
cruce de miradas, decidí darme vuelta y casi me da un vuelco el corazón cuando
observo que se había bajado de la bicicleta y, apoyado en ella, fumando un
cigarrillo me miraba casi con descaro, como desnudándome.
Detuve la marcha, tuve un momento de dudas, pero rápidamente
decidí volver sobre mis pasos y enfrentarlo, a medida que me acercaba su
magnetismo me envolvía irremediablemente.
-Hola, Raúl- le dije extendiéndole la mano a modo de
presentación, -Leopoldo-, me contestó sonriendo y me la estrechó
fuertemente. No necesitamos explicar nada, los dos habíamos entendido
perfectamente lo que buscábamos. Leopoldo rompió el magnético silencio diciendo:
-vamos-
-Adonde?- respondí , hablando sinceramente ya que
estábamos lejos de la ciudad, no tenía mi automóvil a mano y la bicicleta no
daba para soportarnos a los dos que por el tamaño de nuestros cuerpos solamente
hubiéramos hecho el ridículo.
-Cerca está la planta de tratamientos de aguas en la
cual mi primo es la única persona que la cuida y en este momento no se
encuentra- fue su respuesta, acompañada por un movimiento de cabeza
indicando la dirección en la que se encontraba la misma.
-Diariamente, más tarde, llegan los técnicos a verificar su
funcionamiento, disponemos de dos horas para nosotros- agregó
escuetamente con una voz grave y ronca que lo hacía más seductor si es que eso
era posible.
Volteé la vista y me di cuenta que la construcción a la que
se refería Leopoldo no estabas a más de doscientos metros, decidí seguirle.
Casi no conversamos en ese trayecto, de su presencia emanaba
un magnetismo que nunca había experimentado. Lo veía caminar con ese andar
cadencioso casi felino, de pasos largos que ya había podido adivinar viéndolo
pedalear en la bicicleta y la excitación comenzó a apoderarse de mí.
Ahora conducía la bicicleta con una mano, tomándola
firmemente desde el asiento con la mano derecha, yo del otro lado, rozándolo por
momentos y excitándome cada vez más.
No lo quería mirar descaradamente, pero, por el rabillo del
ojo podía notar como el pantalón se tensaba cubriendo sus firmes glúteos, en la
delantera, un prominente bulto en su entrepierna hacía pensar en noches de
lujuria, su cuerpo se estrechaba en la cintura, su abdomen plano, sus elásticos
pasos que evidenciaban un cuerpo realmente en forma, su humanidad toda,
sostenida por sus enormes pies, protegidos por un par de borceguíes, negros y
gastados que lo hacían todavía más masculino.
Llegamos a la pequeña construcción que servía de oficina de
la planta, Leopoldo abrió la puerta utilizando una llave que traía en el
bolsillo, introdujo primeramente su bicicleta, entró luego y desde dentro me
invitó a pasar.
Ni bien transpuse la puerta me agarró fuertemente de la
cabeza, me empujó con su cuerpo hasta quedar aprisionado entre él y la pared,
acercó su cara a la mía con rudeza, abrió la boca y me estampó un soberano beso
que me obligó (obligó es una manera de decir) a abrir la boca y permitir que su
enorme lengua se introdujera con descaro dentro mío casi como violándome, a la
vez que sentía en el lado derecho de la cadera, la enorme verga, caliente y
durísima con la que elevaría mi temperatura hasta el paroxismo en los próximos
minutos.
Lo abracé con fuerza, lo tomé de la parte posterior del
cuello y ahora fui yo quien introdujo la lengua en su boca, de gruesos labios,
húmeda y caliente, me puse más cachondo aún mientras tomaba conciencia que le
pasaba lo mismo.
Hizo fuerza por introducir una de sus piernas entre las mías,
las abrí un poco para permitirle conseguir lo que quería, pero no tanto, para
que el roce de nuestras extremidades fuera lo más intenso posible. Pude sentir
sus músculos endurecidos por el trabajo y tensos por la excitación ganar espacio
entre mis piernas, su cuerpo hervía, el goce era cada vez más intenso.
Me tomó firmemente de la cintura, me obligó a que pegara mi
abdomen al suyo, me apoyaba su verga sin ningún pudor, atropelladamente
introduje las manos por entre los botones de su camisa con la intención de
abrirla, pero la prisa hizo que saltara más de uno; no hubiera querido que eso
pasara, pero pasó y eso lo excitó aún más, me fregaba atrevidamente sus
veintidós centímetros de palpitante carne en la zona comprendida entre mi sexo y
el ombligo ya que era algo más alto que yo.
Me agaché un poco, mordisqueé sus tetillas que inmediatamente
se endurecieron, Leopoldo emitió un sonido que parecía el de un animal en celo,
decidí calentarlo aún más, inqué los dientes nuevamente en su tetilla derecha,
respondió con un bufido.
Bruscamente me sacó la sudadera que llevaba puesta y con una
de sus enormes manos retorció en venganza una tetilla mía, lancé una exclamación
mezcla de dolor y de placer, me tiró sobre una especie de sillón amplio que allí
había y comenzó a hurgarme el orto por encima de mis cortos pantalones de
gimnasia, el placer era indescriptible, rápidamente comprendí que ésta no sería
un encuentro sexual del tipo de los que yo acostumbraba a tener, que iría mucho
más allá de lo habitual.
Ambos pretendíamos controlar la situación, en esa puja
estábamos cuando con cierta brusquedad me di vuelta hasta quedar encima de él,
le quité los borceguíes y quedaron ante mí esos espléndidos pies enfundados en
los calcetines que alguna vez fueron blancos, hoy ya habían perdido su blancura,
pero se notaban limpios.
Me invadió el deseo de oler y acariciar sus pies, los
calcetines de algodón, se adaptaban a sus pies casi como guantes, marcaban sus
dedos, la perfección del arco y un perfecto empeine, quitarlos me llevaría un
trabajo que pensé podría desmotivarlo un poco, cambié de objetivo.
Leopoldo tenía las piernas abiertas y su verga se adivinaba
totalmente erecta, hacia arriba a la derecha por debajo de los gastados
pantalones, me dirigí a ella, acerqué mis mejillas a semejante herramienta para
sentir su calor, la temperatura seguía elevándose.
Desabroché el botón de sus pantalones y luego bajé el cierre,
su verga pedía a gritos que la liberen de los bóxers, que para mi sorpresa eran
de un blanco intenso y ya acusaban una mancha de precum de considerable tamaño,,
verla, me animó a más y hacia ella dirigí la boca.
Con dificultad e impaciencia le quité los pantalones y
quedaron al descubierto unas largas, soberbias, oscuras y velludas piernas,
comencé a recorrerlas con la lengua, sus vellos se pegaban a la piel por efecto
de la saliva, literalmente me lo quería comer a la vez que quería hacerle gozar
la mejor sesión de sexo de su vida.
Para lograrlo utilicé todas las estratagemas que había
aprendido a realizar con la lengua, ese tan especial y dócil órgano, que yo
usaba con maestría; recorrí con ella sus extensas piernas; Leopoldo, por
momentos se relajaba y me dejaba hacer, por momentos se tensaba como el arco de
un violín y emitía sonidos con la boca que para mí eran música erotizante.
Mi lengua hacía su trabajo con una eficiencia digna de esta
causa, parecía tener vida propia, por momentos se endurecía y solamente con la
punta recorría la parte interna de sus muslos hasta llegar a la zona donde los
vellos eran más profusos, cuando llegaba allí Leopoldo parecía no respirar
esperando que llegara más arriba; cambiaba de dirección, la dejaba lo más blanda
posible y con toda su extensión lamía el hueco que queda en la parte posterior
de sus rodillas y a partir de él recorría sus pantorrillas hasta sus
encallecidos talones, la respuesta de Leopoldo, cuando esto ocurría, era una
respiración agitada y cada vez más ruidosa.
Ahora sí, con un poco de esfuerzo le quité los calcetines no
sin antes acariciar y sentir el peso de tan bellos pies sobre mí, lamí sus dedos
uno por uno, Leopoldo se retorcía de placer mientras la mancha de precum
aumentaba cada vez más su tamaño.
Yo sabía que podía controlar la situación, en realidad
siempre, en el sexo, era yo quien lo hacía, quería dejarlo totalmente cachondo y
sabía como hacerlo. Para ello, contaba con algunas herramientas de primera: una
heroica poronga de buen tamaño y mejor erección, la lengua, de la cual hablé y
que no le hace asco a ninguna parte de una buena anatomía y los movimientos de
mi flexible cuerpo que podían ser bruscos o lentos, casi de ofidios. Siempre
supe manejar muy bien los tiempos, la intuición para lograr saber qué le gusta
al otro fue también una cualidad que me brindó la naturaleza y que había usado
para dejar en las nubes a más de uno y hoy estaba seguro que lo conseguiría
nuevamente porque pondría todo mi empeño en ello.
Lo estiré de sus peludas y fuertes pantorrillas hasta que
conseguí que sus glúteos se alejaran del asiento del sillón y se apoyaran en el
piso, en ese sector estaba cubierto con una raída alfombra, una vez en él, con
maestría, conseguí que su estupenda figura quedara ubicada boca arriba.
Su pecho subía y bajaba rápidamente, su respiración cada vez
se hacía sentir más, con la cabeza en su sexo, aún cubierto por la blanca tela
de algodón elastizada que lo cubría a medias, miré sus pezones, oscuros y
erectos y decidí que fueran mi nueva presa.
Fui subiendo lentamente por ese abdomen espectacularmente
esculpido en el trabajo y cubierto por un ensortijado vello oscuro dejando un
rastro de saliva y diminutos enrojecimientos producidos por sutiles mordiscones.
Me movía como una serpiente con el cuerpo totalmente pegado al suyo, sintiendo
en toda la extensión del mío, toda la extensión del suyo.
A medida que subía sentía su garrote húmedo y endurecido,
rozándome, primero la cara, luego el cuello, el pecho, finalmente el ombligo,
hasta que pude, con la boca, llegar a esos manjares deliciosos que esperaban ser
succionados.
Al primer contacto de una de sus tetillas con mi boca ésta
comenzó a endurecerse, yo mordía una y con los dedos pellizcaba la otra,
Leopoldo emitía sordos sonidos que evidenciaban el placer incontenible que
estaba sintiendo y que cada vez me excitaban más.
Prácticamente lo obligué a levantar los brazos por encima de
su cabeza mientras no me desprendía de tan ricos pezones rodeados de un fino
vello oscuro, al hacerlo, dejó al descubierto sus enormes y oscuras axilas, se
asemejaban a inquietantes cavernas de placer, desde ellas surgían los
portentosos brazos extendidos, decidí que éstas serían mi próxima presa y dirigí
la boca hacia una de ellas.
En un primer momento su gusto resultó un poco áspero,
producto del desodorante que llevaba puesto, pero rápidamente con la lengua se
lo quité y comencé a gozar de su textura.
Con las manos, sostenía sus brazos hacia arriba para poder
comerle a gusto esas espléndidas cavidades, nuestro placer fue en aumento. La
evidencia de que lo que estaba haciendo le producía un enorme placer la tuve en
ese instante porque mientras succionaba, besaba y mordía esas axilas con
deleite, imprevistamente, Leopoldo,elevó una de sus piernas y la dejó caer sobre
mi cuerpo aprisionándome con ella fuertemente, pegando aún más, si es que eso
era posible, mi cuerpo al suyo.
Se retorcía debajo de mí de tal manera que mi excitación
llegó a un punto del cual ya no se puede retroceder, un punto después del cual
todo vale y la conciencia existe solamente para disfrutar del momento con el
ocasional contrincante sexual que tengamos en el momento.
Sentí en mi cuerpo desparramarse el vizcoso precum que
emanaba abundantemente del enorme falo que asomaba por encima de la cintura de
la única prenda que llevaba puesta y que se veía especialmente sensual
contrastando su blancura con el tono cobrizo de su piel.
Decidí desandar el camino que me llevó primeramente a sus
pezones y luego a sus axilas, quería llegar finalmente al lugar que me daría
todo el placer que todavía esperaba.
Lo hice nuevamente con la boca abierta, permitiendo a la
lengua humedecer el camino de regreso y tratando de guardar en la memoria esa
mezcla de sabores que emanaba de esa humanidad ahora transpirante.
Me detuve largos momentos en su ombligo hurgando cada pliegue
del mismo, el placer se acrecentó cuando sentí su glande que, como si fuera un
pincel, iba humedeciéndome el mentón.
Finalmente llegué con la boca a la punta de su verga que a
esta altura de los acontecimientos parecía una fuente por la cantidad de precum
que emanaba, su glande era rosado, grande y brillaba húmedo y caliente, a la vez
que se movía imperceptiblemente con cada latido de su corazón. Asomaba
prepotente como solicitando que los más de veinte centímetros de carne que tenía
por detrás fueran liberados; comencé primero a lamer, luego a succionar mientras
con las manos, por encima de la prenda, acariciaba sus enormes cojones tan
acogedores, por su temperatura y suave consistencia.
Decidí finalmente liberar de su prisión al objeto de mis
deseos, Leopoldo, levantó ligeramente su pelvis para permitirme hacerlo con más
facilidad, su verga y su particular aroma quedaron por fin libres. Levantó
primero una pierna, luego la otra para que pudiera terminar de sacar el único
trozo de tela que nos separaba aún, así lo hice y pude observar por un momento
con deleite ese fantástico cuerpo desnudo, tendido impúdicamente sobre la
alfombra con lo cual mis deseos hedonistas aumentaron todavía más.
Ahora, abrió sus piernas completamente y comencé a besarle
los ásperos vellos que brotaban saludables y abundantes, alrededor de tan
espectacular verga. Mientras lo hacía, frotaba la mía, también de considerables
dimensiones, por sus piernas.
Ladeé mi cabeza hacia la izquierda hasta que me tocó el
hombro, conseguí que su garrote se introdujera en el pequeño hueco que se formó
ente hombro, mentón y cuello y con suaves movimientos comencé a masturbarlo de
esa forma, la cara de sorpresa de Leopoldo me indicó que nunca había tenido sexo
de ese modo, movía la pelvis y cuando el movimiento era hacia delante su glande,
por poco, se introducía en mis oídos, finalmente mi oreja quedó totalmente
mojada de precum.
Estando en estos menesteres, mis bolas quedaron a la altura
de sus pies, dejé que se apoyaran sobre ellos mientras seguía masturbándolo de
esta particular manera, Leopoldo empezó a moverlos muy lentamente acariciándome
la entrepierna, sentí que mi calentura iba en aumento, sus grandes manos se
apoyaron firmemente en mi cabeza para hacer todavía más estrecho el hueco por
donde se deslizaba su verga, acentuó el ritmo.
Yo disfrutaba con todos los sentidos: gusto, olfato, tacto,
oído y vista estaban dirigidos a Leopoldo y su hechizante anatomía.
Sus pies comenzaron a acariciar casi con violencia polla y
cojones, por momentos me los apretaban hasta casi dejarme sin respiración, mis
gemidos se mezclaban con los suyos y ambos producían como una áspera y primitiva
música ejecutada solamente para acrecentar el placer.
Sin dudas estaba disfrutando y haciendo disfrutar a Leopoldo
de una maratónica sesión de sexo entre dos machos que gustan de los machos, pero
mi mente comenzó a jugarme una mala pasada.
Yo estaba pendiente de esa tremenda tranca que acogía con el
cuello y de los gemidos de Leopoldo, pero, cada vez más, mi atención se centraba
en las caricias que Leopoldo hacía a mi verga con los pies.
No lo podía evitar, el roce de mi pene y testículos con sus
pies comenzó a captar prácticamente toda mi atención, estaba por acabar, no
podía más de la excitación, sentía la enorme y contradictoria necesidad, que
todos hemos experimentado a veces, de seguir indefinidamente en este juego pero
a la vez de acabar con él como una extrema necesidad fisiológica.
Me di cuenta que rápidamente estaba perdiendo el control, y
éste sutilmente era tomado por el hermoso Leopoldo, fue en ese momento en que
por primera vez acabamos juntos.
Imprevistamente, con un movimiento muy ágil e inesperado para
mi, cuando aún sentía la tibieza de su semen en la oreja Leopoldo sacó la verga
de su acogedor nido y cual un felino, me dio vuelta y se dio vuelta, no me di
cuenta en el instante en que quitó el cinturón de sus jeans, me ató ambas
muñecas con él y a su vez éstas a la pata del desvencijado sillón donde todo
había comenzado, dejándome acostado con las espaldas sobre la alfombra y tan
azorado que casi se me va la calentura.
Comenzó a mordisqueándome las orejas, con gran habilidad se
situó sobre mí y no pude menos que sentir ese enorme cuerpo totalmente apoyado
encima mío con lo que inmediatamente la excitación volvió si se quiere
aumentada, ahora esta a su merced.
Por primera vez en la vida estaba perdiendo el control, entré
en una vorágine de sensaciones contradictorias pero absolutamente placenteras.
Guacho puto, me susurró al oído con su voz grave y
áspera como su piel, -ahora es mi turno, te haré gritar de placer, soy yo
ahora quien dirige la guerra y a mí te vas a someter-.
La sensación era totalmente nueva para mí, nunca había pasado
por una situación semejante, solo podía dejarme hacer, por primera vez en mis
largas horas de sexo de todo tipo no tenía otra opción, pero debo confesar que
tampoco la quería.
Comenzó a lamerme con su enorme lengua, me daba pequeños
mordiscos, su barba incipiente me raspaba el cuello hasta hacerme subir a las
nubes, metía toda mi oreja en su boca y una vez dentro de ella, con la lengua,
intentaba llegar hasta mis tímpanos, ahora era yo quien dejaba fluir enormes
cantidades de precum.
Su cuerpo encima del mío me producía oleadas de enorme
placer, la vorágine en la que me había metido no tenía fin.
Su verga rozaba mi orto tibia pero firmemente, puse la cola
en pompa para sentír major su roce, mi atención estaba solamente en el culo y la
verga húmeda que iba y venía sobre él.
Me dio vuelta, bajó un poco, mordía y chupaba mis tetillas
hasta hacerme doler, sentía a la vez, su enorme falo restregarse contra una de
mis piernas, quería abrazarlo, pero tenía los brazos aprisionados por el
cinturón, tomó sus bóxer y con ellos enfundó mi cabeza, el olor de emanaba la
prenda, mezcla de macho y transpiración, la humedad del precum depositado en
ella hacía un rato, en el medio de mi rostro, pudieron más que todos mis
esfuerzos por controlarme, estaba enloquecido de placer.
Mi polla seguía terriblemente dura, el semen que habíamos
despedido unía nuestros cuerpos, me di cuenta que la excitación no había cedido
y también por primera vez en la vida, me di cuenta que seguiríamos de largo y
que lo mejor no había llegado aún.
Leopoldo siguió bajando, recorría con su boca de gruesos
labios todo mi abdomen cubierto de semen y sudor, la calentura volvió a subir
mucho y todavía fue mayor cuando mi verga desapareció en su boca.
Levantó mis piernas de a una, me lamía toda la extensión de
las mismas, yo no podía hacer otra cosa que dejarme llevar, no podía ver, porque
sus bóxer me anulaban la visión, no lo podía tocar porque tenía los brazos
atados.
Leopoldo separó totalmente su cuerpo del mío, se hizo
silencio, solamente podía sentir su respiración agitada, por ella me daba cuenta
que estaba muy cerca, comencé a moverme para alcanzar su cuerpo, no lo podía
conseguir, mi calentura llegaba al paroxismo. De pronto siento la punta de la
lengua en el glande, levanto las caderas tratando que mi falo penetre en su
boca, no lo permitió, no podía adivinar cuales eran sus movimientos, por
momentos me mordisqueaba la cintura del lado izquierdo, por momentos me
succionaba la tetilla derecha, sentía su boca en un pié, ahora en una oreja con
su lengua me penetraba hasta lo más profundo, me sentía desfallecer, el tiempo
se hizo eterno, llegué a la conclusión que mi voluntad había dejado de tener
importancia.
Súbitamente me levanta las piernas nuevamente y con la lengua
acaricia mis escrotos, yo estaba a mil, que placer!!!!!!!!!!!!!!!!!
Baja más con su boca y me lame la pequeña porción de piel
entre los cojones y el culo, mis suspiros eran cada vez más potentes, comencé a
sentir una enorme necesidad de que me clavara, necesitaba ser suyo, tenerlo en
mis entrañas.
Comenzó a jugar con la lengua alrededor de mi culo, yo ya no
podía más –clavame papito!!!- le dije con la voz entrecortada
–sos mi puta- fue su respuesta –si!!!!!!!!- fue la mía.
Le pedí que por favor me desatara y me dejara ver, no me hizo
caso, me siguió recorriendo el cuerpo con las manos y la boca, se arrodilló
entre mis piernas y me las hizo abrir más con un golpe de las suyas.
Yo jadeaba y movía las caderas hasta encontrar la punta de su
poronga con el orto, un escalofrío me subía desde él hasta el cuello, la
necesitaba dentro mío y no sabía que hacer para que me clavara de una vez.
Tomándome fuertemente con ambas manos de los tobillos, me
obligó a levantar más las caderas, me di cuenta que me había quedado el orto en
la mejor posición para recibirlo y era la única cosa que deseaba en el momento.
Me escupió el culo y comenzó a introducirme un dedo, grueso y
de tosca piel, curtida por el trabajo, cada vez me movía más, parecía un poseso,
me metió dos, en ese momento creo que hubiera querido la mano entera, aunque
debo reconocer que pocas veces me habían penetrado y con una herramienta como la
de Leopoldo, nadie.
Decidió desatarme, aproveché para quitarme sus lienzos de la
cabeza, lo tomé con ambas manos de los durísimos glúteos, permitiendo que mis
dedos quedaran a pocos centímetros de su peludo agujero, o atraje hacia mí de un
solo movimiento, sentí su verga colocarse junto a la mía y sus cojones apoyarse
a ambos lados de mi culo, pero nada me satisfacía, lo quería adentro, el hijo de
puta había decidido hacerme sufrir.
Se tomó la verga con la mano hasta apoyar el glande babeante
en la puerta de mi culo, lo ayudé con un movimiento y la cabeza comenzó a pujar
para entrar. Sentí como la piel del orto se estiraba hasta lo imposible, el
dolor era terible ya que su polla, además de larga, era extremadamente gruesa
pero yo no podía pensar, ni siquiera en el dolor, necesitaba ser suyo.
Lentamente la cabeza entró y mis intestinos la cobijaron
rodeándola y aprisionándola, moví mis caderas a pesar del intenso dolor para que
entrara otro poco, Leopoldo se quedó quieto como para que me acostumbrara a sus
primeros centímetros.
Yo disfrutaba en tanto acariciando su peludo culo mientras él
me comía los lóbulos de las orejas.
Volví atraerlo hacia mí con un movimiento brusco de mis manos
que ya le taladraban el culo y su enorme cipote encontró su ubicación en un
instante, sentí los huevos apoyado en las nalgas, mi pija había alcanzado
nuevamente su máxima extensión, no se como hizo para doblarse sobre sí mismo y
consiguió meterse mi glande en la boca, me llevó al cielo.
Atraje su cabeza hacia la mía y enrollamos nuestras lenguas
en un soberano beso, su poronga en el culo y mis talones en sus nalgas, comenzó
un frenético mete y saca que me dejaba loco.
Por momentos la sacaba completamente , pero dada su rectitud
y dureza de una sola embestida me la enterraba hasta el fondo, que
placer!!!!!!!!!!
Creo que me taladró con dureza como quince minutos, quería su
lefa y la quería adentro, mis constantes cuidados para no contraer H.I.V. se
habían ido al demonio yo solo quería semen en el culo y lo quería ya!!!!!!!!.
Ya no podía contenerme, comencé a gritar de placer, el sonido
parecía brotar del estómago, Leopoldo comenzó a jadear fuertemente, teníamos
total libertad de hacerlo porque certeramente en los alrededores no había nadie.
Estábamos absolutamente mojados, gotas de sudor que emanaban
de sus velludas axilas corría por la parte interna de sus brazos y algunas se
desprendían y caían directamente a mi pecho donde se mezclaban con el que
emanaba de mi propio cuerpo y se mezclaban además con el semen de la primer
corrida.
Su cuerpo oscuro se veía soberbio, parecía que alguien le
había sacado brillo, se le podían notar hasta las mínimas ondulaciones de sus
marcados músculos y en mi orto, el taladro entrando y saliendo.
Sentía que me correría nuevamente casi sin habérmela tocado,
no podía contenerme más, Leopoldo comenzó a tensarse, su verga creció aún más
dentro mío, la quiso sacar, con un movimiento de cabeza le indiqué que no, se le
dibujó una sonrisa en el rostro y arremetió con una nueva y más potente
estocada, casi me quiebra en dos, sentí su semen inundar mi culo y el mío brotar
con unos trellazos que le alcanzaron la cara.
Se contrajo sobre sí mismo varias veces, con cada una
despedía más semen, luego, cayó pesadamente sobre mí, lo abracé con fuerza,
comenzaba a sentir como su poronga perdía la dureza dentro de mis intestinos,
nos besamos apasionadamente, no queríamos que ese momento acabara, fue hermoso y
sin dudas habíamos quedado con ganas, pero, todo debe terminar.
Leopoldo se separó lentamente de mí, me senté sobre la
alfombra, acerqué la boca a su falo y se lo limpié completamente, él hizo lo
mismo con el mío, sentía el orto abierto despidiendo semen.
En silencio nos vestimos, nos dimos un último beso, salí yo
primero de la construcción, el sol ya esta alto, quemaba, me encandiló por un
instante, me di vuelta y lo vi nuevamente tomar el asiento de la bicicleta
firmemente con una mano, y manejarla desde ese lugar con maestría, como lo había
visto cuando todo comenzó.
Llegamos al circuito, yo tomé la senda para trote y él la de
los ciclistas, apoyó un pie en el pedal, cuando la bicicleta tomó algo de
impulso con una agilidad y prestancia natural se montó sobre ella, en unos
momentos comenzó a alejarse, cuando ya nos separaban unos veinte metros se dio
vuelta, me regaló una hermosa sonrisa y aceleró el ritmo de los pedales y se fue
alejando de mí.
Comencé a trotar muy suavemente, su semen comenzaba a
deslizarse nuevamente desde mis intestinos y se depositaba en el slip, me
causaba una cierta incomodidad, me asaltó un pensamiento, al llegar a mi
departamento trataría de chupar el semen depositado en el slip que ya estaría
mezclado con mis sudores, aceleré el trote.