Bueeeno bueeeeno, perdón por el retraso. Mea culpa. Escribo
algo cuando se me ocurre, y luego no se me ocurre terminarlo hasta que me vuelvo
a inspirar. Aquí está la continuación de "El contrato"
Mientras dormía, empecé a soñar. En un principio, soñaba con
todo lo ocurrido, como una mezcla entre pesadilla y fantasía, era algo muy
extraño. Después empecé a soñar con mi amo acercándose a mí y dándome órdenes.
Soñé con el maldito consolador, que me tuvo toda una noche sin poder dormir,
hasta que de pronto empecé a notar que llegaba al orgasmo. Me costó un par de
minutos darme cuenta de que ya no estaba soñando...
Fuera del sueño, las cámaras habían recogido cómo me
levantaban del colchón sin despertame y me subían hacia una habitación en el
primer piso. Mayoritariamente, era de colores entre rojo y blanco, con una gran
cama de matrimonio en el centro, con una colcha blanca muy bonita. Alrededor
había varias mesas con distintos aparatos. Me tumbaron boca arriba en la cama, y
me ataron de manos y pies, en forma de cruz. Entonces introdujeron un consolador
(nada exagerado, de un cómodo tamaño, y totalmente liso), y lo pusieron en
marcha.
Cuando llegué al orgasmo, desperté entre gemidos. Abrí los
ojos, y me costó un poco orientarme y darme cuenta donde estaba. Tenía el
aparato conectado, y mientras volvía a crecer la sensación de placer, ví a un
hombre vestido de etiqueta enfrente mío. Parecía mirar la escena con una
perfecta cara de poker. Intenté hablar, pero estaba amordazada. En ese momento
el hombre se levantó y se acercó a la cama.
–
Hola señorita. -Tenía una voz grave y sensual- Su amo te ha alquilado a mí
durante 24 horas. En ese tiempo haré lo que quiera contigo, y tú colaborarás.
¿está claro?
Yo, conociendo ya cómo si me negaba sería peor, asentí. Y el
consolador me estaba acercando otra vez al orgasmo.
–
Tengo entendido que ayer sólo te permitieron correrte una vez. Pero no te
preocupes, esta vez será diferente
Diciendo esto, con su mano derecha cogió uno de mis pechos, y
con la izquierda bajó hasta mi concha, y cogió el aparato. Empezó a meterlo y
sacarlo lentamente, lo que hizo que llegase a un orgasmo increíble.
Sin decir ninguna palabra más, se alejó de la cama y de una
de las mesas, cogió dos pares de pinzas. Unas de ellas eran muy similares a las
que se usan para aguantar folios, las otras eran de cocodrilo. Cada par estaba
unido por una cadenita.
–
Que te permita correrte no significa que hagas lo que quieras. Desde ahora
llevarás estas pinzas (las que no tenían dientes) en los pezones. Si me
hartas, acabaré colocándote las de cocodrilo. Y eso sólo será el primero de
los castigos. ¿Entendido'
Volví a asentir. Me costaba un poco pensar a causa del exceso
de estímulos en mi vagina. Cogió uno de mis pechos, y tras masajearlo levemente,
colocó la primera pinza. Al principio no dolió, pero eso sólo fué al principio,
y no tardé en revolverme para tratar de liberarme. Entonces colocó la otra.
–
Me voy a hacer unos recados. Hasta luego
Se fué, y me dejó así colocada durante mucho rato. Tenía
cámaras a mi alrededor, que iban grabando cada uno de mis orgasmos. Perdí la
cuenta de cuantos tuve, pero eso ya estaba siendo una tortura. Las pinzas cada
vez parecían apretarme más....
Volvió a entrar en la habitación. Mientras me desataba, me
dijo:
–
Bueno, vamos a ir abajo a conocer a unos amigos. -Me liberó las muñecas, e
instintivamente me llevé las manos al pecho para quitarme eso.
–
Quieta! -me gritó mientras me daba un fuerte tirón de la cadena. El dolor que
sentí fué indescriptible, pero lo más raro de todo es que entonces me volví a
correr entre gritos, sofocados por la mordaza.
–
¿Te he dado acaso permiso? Este es el primer aviso. Vamos, las manos a la
espalda.
Me ató las manos a la espalda con unas esposas, y me liberó
los tobillos. Me costó un poco volver a empezar a andar, estaba entumecida y
destrozada por la experiencia. Me invitó a agacharme, y cuando estuve en
posición me sacó el consolador. Agradecí el haber acabado con la experiencia,
pero en seguida me introdujo otro que noté más grande que el anterior (aunque no
doloroso, esa no era la idea de esta escena), y que acababa en una protuberancia
hecha para estimularme el clítoris directamente. Pero cuando empezó a vibrar,
estuve apunto de caerme al suelo. Era muy intenso y placentero.
Entonces empezamos a descender las escaleras, en mi caso,
entre traspiés. Llegamos a la planta baja y entramos en un comedor, donde había
dos hombre más sentados, comiendo. Había otro plato preparado para mi...
¿comprador?, y un platito para perros en el suelo.
–
Señores, esta es mi esclava de alquiler hoy. (se dirige a mí). Ahora te
quitaré la mordaza, y uno a uno nos vas a ir haciendo la madre de todas las
mamadas. (me quita la mordaza)
–
P-pero señor, no creo que pueda h-hacerlo. Estoy demasiado cansada.
–
Ya he pensado en eso señorita, y este consolador tiene un sistema especial
para darte energías.
Dijo eso mientras sacaba un pequeño control del bolsillo,
parecido al mando de un garage. Lo accionó, y una gran descarga eléctricas salió
del consolador, haciéndome caer al suelo. La mantuvo durante largos segundos.
–
Ahora haz tu trabajo-
Me levanté como pude. Todo el cuerpo de dolía mucho, pero en
especial los pezones. Me acerqué por debajo de la mesa a uno de ellos, y empecé
mi trabajo. Se sacó la verga, y sin dudarlo me la tragué. Estuve mucho rato
mamándosela, pero me fallaban las fuerzas.
–
Ey jefe, a esta putita suya le fallan las energías
–
¿necesitará otra dosis?
Antes de que activaran el aparato, ya había recuperado las
energías.
–
Nah, no hará falta jejejeje.
Todos ellos se corrieron en mi boca, los tres. Al terminar,
me echaron los restos de la comida al plato del perro. Me llevaron frente al
plato, y ataron la cadenita de las pinzas a una argolla que salía
estratégicamente del suelo para la función. Ya no podría poderme en pie, o
incorporarme
Obviamente, comí como pude. Casi todo se me cayó al suelo, y
con los tirones de la cadena, caso veía las estrellas. En un momento estuve
cerca de atragantarme a causa de un orgasmo en el momento menos adecuado.
Entonces, me desataron las manos de la espalda para volver a
amarrarlas por encima de mi cabeza, a una cadena de colgaba del techo. A ver si
logro explicarme: estaba de rodillas, con los pezones encadenados al suelo por
las pinzas, y con las manos por encima de mi cabeza, con una cadena que tiraba
de ellas hacia el techo. El resultado es que si no forzaba los hombros para
acercarme al suelo, tiraba contínuamente de la cadena.
–
Bueno, nosotros nos vamos a tomar un café. Quédate aquí y no te muevas. Ah, ya
que has sido buena chica, toma un regalo.
Activó el control remoto, y la vibración del aparato se
intensificó, hasta duplicarse. Salieron de la sala, y quedé sola con cámaras
grabándome. Me corrí muchas veces, hasta que quedé inconsciente.
...........y una descarga en mi clítoris me hizo despertar de
repente. Por la descarga traté de ponerme en pie, lo que hizo que me diese un
grandioso tiró en los pezones. Grité, ya que la descarga duró unos segundos.
–
Gracias por despertar. Bueno, es hora de que recupere lo que he invertido.
Entonces me dí cuenta: estaba rodeada de hombre. Eran muchos,
de todas las edades que podéis imaginar.
Me soltaron la cadena del suelo, y de las manos. Y sin poder
evitarlo, de un movimiento me quité las pinzas de los pezones. Cuando lo hice,
empezaron a dolerme más. Pero al momento me cogieron entre varios, y mi
comprador se me acercó con las pinzas de cocodrilo en la mano.
–
Ya te lo advertí......
–
No no no no!!
Pero me las puso. El dolor que sentí era tan intenso que se
me saltaron las lágrimas. Pero, y como suele suceder en estos casos, el dolor
junto al estímulo del vibrador, acabó haciendo que llegase al orgasmo delante de
toda esa gente.
Me pusieron delante del gentío, de rodillas, y se me
acercaron tres hombres. No hacía falta imaginar mucho: se la chupé al de delante
mientras masturbaba a los de los lados. No tardé en hacer que se fueran
sucediendo las corridas: en mi cara, en el pecho, en la boca, en las manos......
Mientras "trabajaba", los "clientes" iban dando tirones de la cadena o de mis
pezones directamente. Llegué a contar más de 30 hombres diferentes.
Al finalizar mi trabajo, se alejaron todos y se acercó mi
"comprador". Me quitó el aparato del coño, y sentí un alivio fenomenal. Era
increíble dejar de notar la vibración.
Me ataron las manos a la espalda, se alejo.... y los 30
hombres que había en la habitación me cogieron.
¿Para qué dar más detalles? Me follaron durante horas, por
todos los agujeros, y me hicieron correrme muchas veces. No me quitaron las
pinzas ni una sola vez, es más, se dedicaron a darme tirones de ellos.
Horas más tarde, dejaron de follarme. Una cámara captó mi
imágen completamente cubierta de semen, de arriba a abajo, en el suelo, sin
poder moverme prácticamente. Me volvieron a atar de forma parecida a antes: de
rodillas, me amarraron las piernas a unas argollas del suelo, y las manos, por
encima de mi cabeza, a una cadena que quedaba más delante de mi cabeza, de forma
que estaba un poco inclinada. Entonces, uno de ellos se acercó con una pesa de
1kg, y la colgó de la cadena. Era muy desgradable, pero al menos ya no había
nada que me provocase orgasmos: por primera vez en todo el día, mis agujeros
estaban libres.
En esa posición, sufriendo, estuve un buen rato. Entonces
apareció mi comprador, con dos cosas parecidas a botellas en las manos. Las
abrió, y de ellas sacó dos enorme consoladores.... ¡¡¡de hielo!!! Él, al verme
la cara, me dijo:
–
Bien, no te he mentido. Te has corrido suficiente. Sin embargo, ahora toca la
prueba de verdad. Voy a usar estas dos heladas vergas para "enfriarte". Pero
ya que te da miedo su tamaño, hagamos una cosa:
Te colocaré el mismo consolador de antes, a máxima
potencia. Cuando te corras, te colocaré los dos témpanos. Cuando más tardes,
más se derretirán. Aquí hace calor, y como podrás ver, ya están fundiéndose.
Y al terminar de decir esto, me colocó el aparato, al máximo.
Era lo más intenso que había sentido nunca, era maravilloso...... pero yo no
podía correrme. Era frustante, y muy difícil. Mi comprador se puso delante mío,
y empecé a hacerle una mamada monumental. Pasaron los minutos, y él se corrió.
Yo no tardaría, los estímulos eran cada vez más intensos: mi clítoris, los
tirones de los pezones, el semen en mi cara........
Y estallé. Tube el mayor orgasmo de mi vida, que duró casi un
minuto. Fué increíble, y gemí y me revolví contra mis ataduras todo lo que
pude...... porque sabía lo que tocaba. Él sacó el consolador de mi interior.
Miré los dos témpanos, y evidentemente se habían reducido bastante el tamaño,
pero seguían siendo considerables.
Los cogió, me amordazó, y se colocó detrás mío. Cuando el
primero rozó mi sensible vulva, dí un salto por la impresión, que hizo que las
pinzas me dieran un nuevo tirón. Antes de recuperarme, empezó a introducirme
poco poco el témpano. Me helaba, me quemaba, y me estimulaba, todo a la vez. Era
muy desagradable, y a la vez algo placentero.
Entonces empezó a colocar el otro dentro de mi ano. Aquí
costó un poco más, era demasiado grande. En cuanto terminó, yo estaba temblando
entre de frío, dolor, y placer.
Una media hora después, ya se había fundido el hielo. Me lo
quitaron todo, me liberaron, y me dieron una cama para dormir.
Unos días después, recibí en mi casa la primera maqueta de la
película. Era una película de tres horas, donde surgía cada una de las escenas
que protagonicé durante unos minutos. Además, en la "edición especial" había un
DVD con los 72 horas de mi tortura.
Mi contratista me llamó dos meses después.
–
Hola Carla. Espero que no estés enfadada por lo ocurrido. La película ha sido
un éxito, y te van a pagar un plus, no se esperaba tanta recaudación
–
Ah, bien
–
Escucha, tengo un nuevo trabajo. Esta vez no nos andaremos con reparos. Los
tiros van por el mismo sitio que el anterior. ¿te interesa?
NOTA DEL AUTOR:
.....¿queréis que Carla tenga otra trabajo? Pues suplicadme
jejejeje.