Antes de leer este capítulo es preciso leer el anterior. Ello
es obvio para cualquier serie y, en mi caso, más porque no acostumbro a
recapitular. Sin embargo hay gente estúpida como yo que entra en un episodio
solamente para ojear si conviene leer los anteriores fundándose en el estilo de
la redacción o el interés del actual. Creo que es un error aunque yo lo cometa
reiteradamente.
También quiero decir que nadie que apruebe la conducta de mis
personajes, sea de este relato u otro, sean dominantes o sumisos, está en su
sano juicio. Recibo gran cantidad de mensajes –que no respondo casi nunca- que
revelan la convicción de que los relatos son ciertos en su totalidad. Supongo
que son menores de edad o gente inmadura. A todos ellos les manifiesto que la
única parte veraz de mis relatos es, desgraciadamente, la oscura, triste,
vergonzante y sarcástica. El resto es aderezo para que algun@s disfruten de una
masturbación y, en algún caso, un potencial violador pierda capacidad para
serlo.
. . . . . . . .
Cuando desperté no había nadie en el inmenso salón que se
encontraba en penumbra, iluminado tan solo por dos pequeñas lámparas de mesilla
en ángulos opuestos y por los pilotos de las luminarias de emergencia. Tenía
unas enormes ganas de mear y me encontraba bastante sucia de semen y sudor tras
el agradable tratamiento que, inesperadamente, me habían proporcionado los tres
caballeros. Me pregunté por La Rubita, pero supuse que estaría cumpliendo con su
deber en algún otro sitio. Busqué las bolas chinas que el tal …. ¿como era? …
Don Nico, me había metido en el culo para reservarme inútilmente y encontré una
salida del gran salón.
El salón tenía salida al jardín por un lucernario
proporcional al tamaño de su espacio, o sea, también enorme. Desde él pude ver
que aún seguía la fiesta alrededor de la piscina. Por no buscar en la casa un
baño y no parecer entrometida me pareció buena idea acercarme a los vestuarios
de la piscina para mear y darme una ducha. De paso buscaría mi gran bolso de
fulana –hay muchas cosas que pueden ser necesarias- y me cambiaría de medias ya
que las que llevaba, aparte de sucias, estaban destrozadas. Y después de dos
años vestida como dios me trajo al mundo salvo medias y zapatos, la ausencia de
alguna de esas dos prendas me hacía sentir totalmente licenciosa. No es que no
lo fuera, pero esas dos cosas hacían que me sintiera algo menos depravada.
Aunque sabía que si mi Charli me hacía vestir solamente con las medias era
porque precisamente me hacía más apetecible. Pero qué quieren que les diga, eran
mis únicas pertenencias inembargables y conformaban una coordenada más o menos
afianzada de mi inestable vida.
Según intentaba acercarme a los vestuarios sin llamar la
atención de los que quedaban en la fiesta, la mayoría borrachos tirando a las
colegas a la piscina y haciendo con ellas cosas que no llegaba a ver, escucho:
- ¡ Eeeehhh, la mamá de culo gordo! ¡Qué passssa! ¿Me
olvidaste?
Me giré y me encontré ni más ni menos que con don Nico,
precisamente el último que hubiera deseado encontrar antes de asearme y estar
otra vez en disposición de servicio.
- ¡Ah, qué susto! Hola, Don Nico. Estaba pensando en buscarle
…. es que me trajeron a la casa grande y … bueno, no he podido cumplir con el
servicio prometido, pero ahora si me deja ir al vestuario para asearme yo …..
bueno, y que sepa que yo no he sido mamá nunca.
- Pues no habrás sido mamá, pero tienes una cara de ello que
alguien debiera preñarte. Por cierto, no veo entre tus esplendidas nalgas la
tarjeta de reserva de culo que te colgué de las bolas chinas.
- Es que, disculpe usted, don Nico, pero cuando me trajeron a
la casa me follaron por el coño y el culo sin atender a mi aviso de que estaba
reservada. Le pido disculpas, pero soy una simple puta y yo creo que Don Guillem
era más importante. Si me hubiera opuesto a sus deseos a lo mejor mi chulo me
pone el culo como una patena.
- No te preocupes, zorra, si es deseo del anfitrión usarte,
yo ni por asomo me opongo. ¿qué llevas en la mano?.
- Eeerr …. su rosario de bolas. Mire, hasta lleva su etiqueta
de reserva. Pensaba limpiarme en el vestuario de la piscina, volverlas a meter
en mi recto y buscarlo a usted para su placer.
- Bueno, ya te daba por perdida y me he solazado con otras
dos colegas tuyas. Lo malo es que una de ellas, la negraza que vino contigo,
tenía ya el recto repleto de semen y no me ha gustado su servicio. Me la hubiera
llevado a limpiar, pero otro tipo estaba dispuesto a usarla tal como estaba y me
la hubiera quitado. La negra esa y tú sois las mejores fulanas de la fiesta para
mi gusto.
- Mil gracias que no se merecen, Don Nico. Si me permite ir a
orinar, que no puedo más, y asearme le agradeceré como se merece su piropo.
Estoy segura de levantarle el mástil aunque ya haya echado dos kikis.
- ¿Te está meando?. Pues mea aquí, vamos a que te vean, que
ya están en ello a falta de huevos llenos.
- ¡Ah, no! Yo no meo en público.
- O vienes o lo sabe el Charli.
- Bueno, qué quiere que haga.
- Pues te vas ahí, en medio de la fiesta alrededor del
estrado, te subes, te abres los labios del coño y meas de pie ante todos como un
hombre.
- Joooder, Don Nico, eso es muy fuerte para mi. Yo soy una
puta discreta y tímida.
- Déjate de rollos y hazlo.
Haciendo de tripas corazón subí al estrado, alrededor del
cual había unas veinte personas bailando, unas en pelotas y otras vestidas, me
acerqué al borde del estrado para mear donde no me salpicase, me abrí de
piernas, sujeté hacia fuera mis labios vaginales y tras cerca de un minuto de
espera porque la vergüenza me quitaba las ganas, al fin salió el chorro.
Nunca había probado a mear como los hombres, pero visto el
éxito de aquel intento, cuyo chorro salió tan derecho y copioso, me prometí en
adelante mear de pie. Hubo gente que me aplaudió, y tan pronto terminé les
dirigí una reverencia de agradecimiento y bajé a reunirme con Don Nico.
- Vamos a los vestuarios zorra, que quiero que te limpies
para jugar después con esos agujeros tan apetitosos que tienes.
En las duchas de los vestuarios, Don Nico, que vestía
solamente una camiseta polo e iba con la verga colgando, se desprendió de ella y
entró conmigo en el plato para enjabonarme y limpiarme concienzudamente todo el
cuerpo, especialmente los agujeros, donde no cesaba de meter los dedos.
Tras ducharnos se empeñó en administrarme otro enema por si
había acumulado algo de caca en mi recto. Comprendí que si el caballero quería
jugar con mis agujeros no desease pringarse de mis cacas, así que le dejé hacer
sin protestar.
Después de cerciorarse de que mi intestino estaba en
condiciones de no dar desagradables sorpresas, me rodeó el talle con el brazo y
regresamos al núcleo de la orgía.
- Túmbate en esa mesa boca arriba, que voy a aprovisionarme
de algunos juguetes y de viagra.
Obedecí diligentemente y le esperé mientras algunos –y
algunas- al pasar me pegaban algún manoseo, pero nadie me pidió echar un kiki
abiertamente. Debía ser que los testículos de los asistentes estaban ya algo
consumidos.
Regresó Don Nico con una gran bolsa y me dijo:
- Veamos esos soberbios agujeros que tienes. Anda sube esos
jamones pa’rriba y te sujetas los tobillos con las manos pero bien espatarrada.
Primero voy a atender ese chuminón tan bien pelado y tan adornadito.
No puedo contar bien qué estuvo haciéndome en la vagina
porque las tetas no me dejaban ver, pero sí estuvo buen rato jugando con mis
anillos, estirando de ellos y metiéndome vibradores y otras cosas. El caso es
que alcancé un bonito orgasmo y solté mi habitual manantial de jugos. A partir
de ahí, con mi entrada sobre lubricada empezó a meterme los dedos hasta que noté
su mano toda entera en mi cavidad y, con el puño cerrado, empezó a follarme con
él lenta pero profundamente. Notaba como el puño alcanzaba lo más profundo de mi
aparato genital y como después lo extraía para casi sacar la mano de entre mis
labios. Antes de salir, volvía a penetrarme hasta llegar otra vez al tope.
Segundo orgasmo que alcancé con él.
El espectáculo debía ser interesante porque bien pronto se
montó un corrillo de caballeros mirones que tenían una o dos colegas mías a su
lado intentando satisfacer su deseo de levantarles la verga fuera con incentivos
orales o manuales. De cuando en cuando se producía el flasazo de una cámara
digital para llevarse un recuerdo de la escena. Por sus comentarios deduje que
antes de meterme el puño había usado un speculum y alguna sonda con iluminación
para examinar el interior de mi intimidad. Cuando me procuró el orgasmo decidió
pasar a jugar con el otro orificio, así que me invitó a ponerme a cuatro patas
con las tetas aplastadas sobre la mesa y las nalgas bien levantadas.
Amablemente me solicitó que cooperase con su trabajo
separando mis glúteos con las manos, cosa que inmediatamente hice anhelando que
su trabajo con mi agujero negro me procurase un orgasmo tan bueno como los dos
anteriores.
Ni qué decir tiene que mis colegas rameras criticaron el
hecho de que yo alcanzase el orgasmo con un cliente y no lo simulase. Envidia
que tenían por no disfrutar de la profesión como yo.
Por los comentarios debió también examinar mi recto con una
sonda con luz y que además ofreció orgulloso a alguno de los espectadores el
visor para que comprobasen la inmaculada limpieza de mis conductos fecales.
También mi ano fue visitado por rosarios de bolas y
consoladores cada vez de mayor calibre, pero Don Nico fue ampliando su diámetro
con tal sabiduría y experiencia que no llegó a producirme molestia. Solamente el
último chisme que me insertó, que debió ser un enorme tapón anal me produjo
cierta tirantez en el esfínter.
Cuando lo sacó se produjo un rumor de asombro y una avalancha
de flases de cámara. Sin duda la abertura de mi ano debía ser algo bastante
impresionante. Cómo sería de ancha que no tuve la menor molestia cuando me alojó
todo el puño en el recto y comenzó a sodomizarme con él de igual manera que me
hizo en el coño.
Al poco rato noté que su otra mano hurgaba entre mis labios
vaginales y poco después comenzaba a invadir totalmente mi coño ya bastante
abierto del ensayo anterior. Así me ví follada con un puño en cada agujero ante
un montón de extraños.
Sea por el morbo del público acumulado alrededor o por la
pericia de Don Nico, el caso es que alcancé mi tercer orgasmo con él. Pero éste
no fue como los otros dos. Este fue el mejor que gocé en toda mi vida hasta
entonces. Posteriormente he gozado de otros mejores aderezados con mi vicio
exhibicionista que desde aquella noche adquirí.
Aquel orgasmo lo celebré con unos rugidos parecidos a los de
una bestia. Y una bestia era, debo reconocerlo. Ni me importaba un bledo lo que
pensase nadie sobre la forma en que Don Nico me había tratado. Para mi era un
ser magnífico. Y el hecho de que mi inmunda lascivia se hubiera mostrado tan
desvariadamente en público solo sirvió para impulsarme a profundizar en mi
degradación.
Porque, qué quieren que les diga, si no tengo explicación.
Ser usada sexualmente como una puerca y sin contemplaciones en público fue una
experiencia que me cautivó y de cuya adicción ya no pude prescindir jamás.
Para terminar ese día con el caballero, él entregó a otra
puta un discreto consolador, me recolocó boca arriba sobre la mesa, se subió a
cuatro patas sobre mi, me metió en la boca su fláccido pene y pidió a mi colega
que le enculase con el dildo. El efecto de éste sobre su próstata y mi esmerada
mamada hicieron efecto y unos diez minutos más tarde depositaba en mi boca su
exiguo pero apreciado semen que, agradecida, me tragué sin dudar.
Don Nico se marchó dejándome un maravilloso beso en mi
abierto chumino y yo, algo cansada ya me puse a deambular entre la gente
buscando algo de beber. Uno de los caballeros que habían sido espectadores del
trabajo de Don Nico me siguió y apoderándose de mi mano me solicitó un anal.
Agotada, me puse a cuatro patas en el suelo dispuesta a
cumplir, pero él me condujo nuevamente al estrado. Por el camino advertí que su
pene no estaba en condiciones de solazarse pero pensé que podría alegrarlo antes
con mi boca. Una vez en el estrado me arrodillé ante él y tomando en mi mano su
derrotado pene hice ademán de mamárselo pero me lo impidió y me hizo colocar en
posición de sodomización. Me encogí de hombros pensando que allá él. Dada la
desmedida abertura de mi ano que Don Nico había dejado con su puño, no le fue
difícil meterme dentro la patética pilila. Cuando pensaba que su intención era
conseguir la erección dentro, noté mis tripas calentadas por un líquido que
inmediatamente deduje era su orina, qué si no. El hijoputa se estaba meando
dentro con grandes risotadas. Se largó sin más mientras otros cabrones le
aplaudían.
Mientras la meada del tipo salía por mi dilatado ano, el
agotamiento me llevó al sopor y quedé dormida en pelotas sobre el estrado de
madera.
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