Nos despedimos de la Castellana con el gañido quejumbroso de
los neumáticos sobre el asfalto. Un impulso vigoroso del motor y, con un salto
felino, cruzamos rugiendo el semáforo lateral. Un parpadeo más tarde habíamos
superado su ciclópeo ojo escarlata y sorteábamos las motocicletas que volaban
asustadas apartándose a nuestro paso. El automóvil deportivo realizó un par de
giros vertiginosos para encarar vías cada vez más estrechas y nos zambullimos en
la oscuridad. Yo ya no sabía por donde andábamos, cuando, repentinamente, me di
cuenta de que estábamos escalando la pequeña colina próxima a casa. A nuestro
paso, las aceras se apretaban temerosas contra los muros, acobardadas por el
bólido que bramaba sobre el pavimento. Los árboles, cogidos de improviso,
hicieron volar sus copas demasiado pobladas hasta cubrir toda la calle con una
oscuridad aún más impenetrable. Las farolas, atrapadas en el exceso vegetal de
la telaraña de ramas, relucían como enormes luciérnagas prisioneras,
observándonos sin conseguir iluminar nuestro camino. De vez en cuando
destellaban los faros del automóvil que nos perseguía en el retrovisor lateral
cegándome por unos instantes.
De improviso, nuestro auto se detuvo en seco bajo los árboles
de la calle desierta. El ronroneo gutural del motor continuó llegando
amortiguado desde algún lugar bajo nuestros pies. Las luces ambarinas del
salpicadero siguieron emitiendo una acogedora luz cálida que se reflejaba como
un centenar rescoldos en los acabados metálicos del habitáculo. Con un esfuerzo
considerable, Luís Alberto se giró hacia mí haciendo crujir el mullido asiento
de cuero blanco. Recostó un codo sobre mi respaldo en una pose estudiada de
charmeur. Sus ojos, de un acuoso azul cielo, se clavaron con la ternura en
los míos. Las hermosas facciones de su rostro de galán, enmarcadas por su dorada
cabellera engominada, parecían contraídas por una tensión interior.
El automóvil oscuro que nos había estado siguiendo nos
adelantó con lentitud. Durante una fracción de segundo el rostro preocupado de
un hombre me interrogó a través de la penumbra de la ventanilla. Encendí la luz
interior del habitáculo e hice la señal convenida de que no había peligro. Los
guardaespaldas avanzaron otros cincuenta metros, detuvieron su vehículo y
apagaron las luces con discreción.
– Rosalía, sabes lo que siento por ti, no puedes continuar
jugando conmigo –me dijo Luís Alberto en un tono teatral. Siempre me
sorprendía el dulce deje jerezano brotando de aquel corpachón británico.
– Luís Alberto, hijo mío, no seas tan pesado. ¡Ya estamos
otra vez con lo mismo! ¿No ves que estoy destrozada? Anda, arranca el coche o me
bajo aquí mismo –respondí haciéndome la ofendida. Por lo visto, su papel de
chevalier servant había concluido, ahora había vuelto a representar su
rol de conquistador.
La verdad era que disfrutaba jugando con aquel memo. En las
inacabables tardes del despacho, provocarle era como salir al patio a la hora
del recreo. Luís Alberto es uno de los socios del bufete y también un mujeriego
desvergonzado. Un señorito andaluz que cree que todo Madrid y el Universo entero
están aquí únicamente para que él los disfrute. Se jactaba de haberse acostado
con todas mis amigas, cosa que no creo, y con la mayoría de nuestras clientas,
lo que indicaba que sus gustos no eran muy selectivos. Tenía la impresión, no
obstante, de que en sus afirmaciones había mucho de bravuconería y exageración.
Debo reconocer que tiene un buen cuerpo y don de gentes, es rico, apuesto,
elegante, culto, divertido y, además, muy inteligente. Si le hemos de creer, las
sábanas de su cama son un lugar común y conocido para un gran número de mujeres
famosas. Sin embargo, no hace falta recurrir a Marte y a Venus para constatar
que los hombres y las mujeres somos diferentes en nuestra biología y en nuestras
emociones, así que, aunque puedo disculparlo por su condición de hombre, no creo
que nunca consiga entenderlo.
– No, no hace falta que te bajes. Hablamos solo un momento
y te llevo a casa –contestó con timidez.
Aún por encima del perfume de colonia su aliento olía a
champagne, "lo que quiere decir", pensé horrorizada, "que el mío debe apestar
igual". ¿Cómo le iba a explicar a Juan María que únicamente habíamos cenado en
el despacho para poder rematar un caso condenadamente complicado? Luís Alberto
había encargado la cena a un restaurante cercano, pero, como hacía siempre,
ordenó lo que le apetecía y lo que le apetecía era siempre lo mejor. Yo a
aquellas horas de la noche tan solo tenía ganas de llegar de una vez a casa,
quitarme los zapatos y el traje chaqueta y ponerme cómoda. Tenía que cortar
aquella escena lo más pronto posible, así que lancé de corrido el discurso que
llevaba tiempo preparando. No era cuestión de darle tiempo a pensar:
– Me siento segura de mi lugar en la creación de Dios
–, comencé, dejándole boquiabierto con semejante inicio– y así puedo mirar a
los demás sin sospecha ni recelo. ¿Cómo piensas que podría mirar a Johnny si tan
solo me hubiese pasado por la cabeza tener algo contigo? Así que no creo que tú
y yo, en este momento, tengamos nada de que hablar…
Él, anonadado por mi perorata, me miraba fijamente sin decir
una palabra. Su silencio cobarde me dio alas para continuar:
– ¿Qué es lo que no entiendes? Yo estoy casada… Y tú… tú
eres un auténtico mentecato y me divierte ver como babeas y haces el ridículo
para poder acostarte con la única de tus conocidas con la que no lo has hecho
–respondí en un tono ya agrio.
Estaba cansada, había bebido demasiado y, sobre todo, estaba
harta del acoso de aquel mamarracho, solo quería acabar con aquella situación lo
antes posible. Era cierto que le había dado pie con insinuaciones veladas,
excitarle me producía una satisfacción morbosa, pero, fuera de aquel juego al
que solo debíamos jugar en el despacho, las reglas las marcaba siempre yo.
Luís Alberto, parecía sorprendido por el cariz que estaba
tomando la situación. Es cierto que el canijo de Juan María no puede compararse
físicamente a él, ni tampoco es divertido, más bien todo lo contrario; cuando
argumenta oculto tras su fosco bigote de bandolero mejicano creo que hasta las
moscas se duermen en las paredes; pero, no había tenido en cuenta que existe una
cosa llamada principios cristianos y esos eran inamovibles, tan firmes como la
cruz ciclópea del Valle de los Caídos. Yo imaginaba que aquel Don Juan de tres
al cuarto había planeado hacer valer su encanto personal y su savoir faire,
después había preparado un guión meticulosamente y yo se lo había echado a
perder todo. Envalentonada tanto por mi éxito como por el alcohol escalé un
grado más el tono.
– No entiendo cómo puedes ser tan gilipollas, sabes que
antes que serle infiel preferiría la muerte más atroz. ¡Pongo a Dios por testigo
que antes de acostarme con otro hombre, así será! –y apostillé– Y ahora…
¡llévame a casa! –una pulsión punzante en las sienes fue el primer aviso de
que no era una buena idea encolerizarse más.
– Rosalía, modérate, no sabes lo que estás diciendo.
Piénsalo, por favor… Creo que, efectivamente, ahora no es el momento más
indicado –replicó timorato
– ¡Ni Rosalía, ni leches! ¡Arranca ya, o se lo diré a
Johnny y lo haré público entre los demás socios del bufete! –le aullé. La
cabeza me iba a estallar y la tensión hizo que las vértebras de mi cuello me
recordasen con un alfilerazo mortífero que ellas todavía estaban allí. La
espalda y las cervicales siempre han sido mi punto débil, periódicamente sufro
unos dolores insoportables que me dejan inútil durante varios días. La tensión
nerviosa parece ser uno de los desencadenantes y aquella conversación me había
sacado de mis casillas.
Esa noche acabaron las insinuaciones de Luís Alberto. A la
mañana siguiente entró en mi despacho, hizo salir a mis secretarias y se
disculpó por su conducta. A partir de entonces se comportó como un compañero
más. Ninguno de los dos volvió a hablar del tema, así que yo lo di por zanjado.
Un par de meses después se produjo una punta de trabajo: la
quiebra de una de las sociedades a la que dábamos servicio provocó una serie de
acciones judiciales en cascada que tuvimos que resolver trabajando veinticuatro
horas diarias los siete días de la semana. No fue una sorpresa para nadie, era
un negocio insostenible. Mediante maniobras legales habíamos conseguido taponar
las fisuras que el entramado empresarial presentaba, pero la presión aumentaba
día a día. Tarde o temprano, tenía que destaparse el escándalo y, al fin,
estalló de manera violenta. Al principio la tensión fue soportable, pero, a
medida que pasaban los meses, el esfuerzo emocional comenzó a pasarme factura en
forma de los insufribles padecimientos de nuca y espalda que, por muy
acostumbrada que esté, son insufribles.
Cierto día, charlando de manera informal con los colegas del
buró en un momento de distensión, me enteré que había personas que se efectuaban
masajes corporales a domicilio. El paciente no tenía la obligación de
desplazarse hasta el gabinete de masaje, era el masajista quien acudía al
domicilio previa cita. Este sistema me interesaba, era una forma de combatir las
molestias sin tener que perder un tiempo de trabajo precioso. Sin embargo, no me
debió interesar lo suficiente, porque olvidé hacer que una de mis secretarias lo
anotase en mi agenda como algo urgente.
Pero, a medida que transcurrían las semanas, la resistencia
de nuestros clientes se desmoronaba y los problemas con los que nos
enfrentábamos eran cada vez más y más difíciles de resolver. Y, cuanto más
tiempo pasaba, y aunque mis dolores eran cada vez más terribles y más interés
tenía yo en localizar una masajista a domicilio, nunca parecía ser el momento
adecuado para llamar. Siempre había una reunión, una llamada que atender, una
gestión que ordenar, un documento que revisar.
Por fin, un día en que me encontraba en la biblioteca de casa
trabajando, el sufrimiento llegó a ser insoportable, así que decidí que sería
una buena idea llamar a una de mis amigas, Concha, que, recordaba, había sido
quien había hecho el comentario. Ella me proporcionó el teléfono del masajista
al que solía telefonear. Dejé la llamada para el día siguiente, esperando que
los de seguridad se pusiesen en contacto con la casa de Concha para recibir
informes del gabinete de masaje, y continué con mi trabajo, pero el padecimiento
de la espalda no me permitió quitarme la idea del pensamiento.
No sabía realmente si llamar o dejarlo, incluso tratar de
localizar a otra masajista o, por el contrario, perder unas horas e ir a un
centro especializado. Consulté a las fotos de mi marido y mis hijos, que me
miraban sonrientes desde dentro de sus retratos con marco de plata sobre la mesa
con centro de cristal tallado. Al final, ante el silencio cómplice de las
fotografías, me decidí y telefoneé al número que me facilitó Concha. Al otro
lado de la línea una voz femenina me contestó muy amablemente:
– Gabinete de Quiromasaje de Atocha, ¿en qué podemos
servirle? –al comprobar que estaba hablando con una mujer me tranquilice
bastante. Al menos no se trataba de un masajista masculino, me dije.
– Necesitaría que un masajista acudiese a mi domicilio lo
más pronto posible para ver si me puede aliviar un dolor insoportable de
cervicales –respondí
– Señora, esta noche es imposible, le puedo enviar una
persona mañana por la mañana a primera hora –repuso la voz
– Mañana será sábado…
– Eso no es ningún problema. ¿A las nueve le iría bien?
– Mejor a las once, mi marido y yo trabajamos muy duro
toda la semana y el sábado solemos levantarnos más tarde –puntualicé
– Por supuesto, señora, mañana a las once. El servicio de
nuestros profesionales el fin de semana está tarifado en trescientos euros.
– Me parece un poco caro, pero si me soluciona el problema
lo pagaré encantada. Por favor, tome nota de la dirección…
Así que, concertada la cita y fijados los honorarios, volví a
concentrarme en el caso que me tenía absorbida.
La mañana siguiente, sabiendo que iba a tener una sesión de
masaje me levanté algo más temprano de lo habitual, tomé un baño muy relajante y
me perfumé como si fuese domingo y fuésemos a asistir a misa doce. Pero mi
pensamiento estaba centrado únicamente en el padecimiento de mis cervicales y en
la sesión que, esperaba, acabaría con ellos. Una vez terminado el baño y me
envolví en la voluptuosidad del esponjoso albornoz del Club de Polo, ya que sólo
llevaba un sujetador y unas braguitas tipo tanga. Me senté en el sofá de la sala
junto a Juan María, que leía la edición del día del ABC mientras fumaba un puro
con indolencia y cogí una revista para pasar el tiempo.
– Buenos días –saludé aspirando la familiar mixtura de
aromas de colonia y habano. Si hubiese tenido los ojos vendados habría jurado
que mi padre y mi abuelo también estaban en aquel mismo salón hojeando sus
periódicos, disfrutando del solaz familiar de los domingos por la mañana.
– Buenos días, cariño. ¿No te vistes? –respondió
Johnny en tono cariñoso
– No, he quedado con el masajista de Concha… ya te lo dije
anoche
– Es cierto, es cierto… Tu dolor de espalda… Perdona,
estaba distraído… –murmuró por debajo del bigote mientras volvía a la
lectura del noticiero
– ¿A qué hora sale tu avión? –le pregunté
– A ninguna, cariño, vamos en el jet de Albertito. Ayer me
llamó, lo tiene en Barajas. Hemos quedado que me pasaría a buscar a las once e
iríamos juntos.
– ¿Volverás antes de la cena?
– No, cariño, por la tarde, después de la comida con el
Concejal de Urbanismo, con los otros socios habíamos pensado en aprovechar que
estábamos allí e ir a jugar a golf. Si no surge ningún contratiempo volveré
mañana hacia la hora de comer.
– Entonces no nos veremos hasta la noche… Yo mañana tengo
una jornada de trabajo de las Esposas Católicas en Segovia.
Eran las once menos diez cuando campaneó sonoramente el
timbre de la puerta. Juan María se levantó para abrir, pero la doncella de
servicio se le había adelantado ya cuando llegó. Al otro lado del portón
apareció un joven alto, muy fornido, de entre veinte y treinta años, bronceado,
con una corta melena negra, lustrosa y rizada. Desde la distancia a la que me
encontraba me resultó difícil adivinar su raza: la piel tostada y algo en sus
facciones sugerían una cosa, la estructura del cuerpo otra distinta, el rostro,
aún otra, la única calificación que fui capaz de darle fue la de "exótico".
– Buenos días –saludó la doncella, esforzándose en
disimular su acento filipino
– Buenos días –respondió el joven, visiblemente
azorado por haberse encontrado, primero con los vigilantes de seguridad y
después con la muchacha vestida con el austero uniforme negro
– ¿Qué desea, caballero? –inquirió nuestra sirvienta,
tal y como le había aleccionado
–¿Sí?– Dijo Juan María en tono férreo tomando el lugar
de la doncella – ¿Qué se le ofrece, joven? –inquirió de forma
reiterativa, cuando era obvio que el muchacho ya había pasado el control de la
puerta exterior y alguien ya se había encargado de informar al servicio.
–Buenos días señor, soy el masajista. Habíamos quedado que
vendría esta mañana a las once –respondió, incomprensiblemente más relajado
al ver el semblante adusto de mi esposo
– ¡Ah! Sí, pase, es aquí –contestó Juan María,
dulcificando la voz.– No es para mí, es para mi esposa… Pero, pase por favor,
no se quede en la puerta
El joven entró con timidez en el recibidor. Miraba a Johnny a
los ojos, pero con una mirada humilde, carente de cualquier tipo de arrogancia.
Si me había parecido alto cuando estaba fuera, viéndolo junto a mi marido, me di
cuenta de que debía rondar los dos metros de altura. Juan María a duras penas le
llegaba a la barbilla. Los hombros del mocetón, que me habían parecido iguales a
los del habitual "musculitos" de gimnasio, eran descomunales y sus brazos, sin
duda alguna, tan anchos como las piernas de mi marido. No obstante, no solo no
parecía amenazador, sino que, al contrario, su imagen transmitía dos sensaciones
complementarias: la primera de candor seráfico como la que en ocasiones produce
la contemplación de los cuadros de Fra Angelico; mientras que la segunda, era la
de perfección; la perfección de una máquina sin ningún adorno: elegancia, poder,
firmeza y eficacia en estado puro.
– ¡Engracia, abra las contraventanas de la sala de billar,
por favor! –ordenó mi marido a la doncella. La sala de billar no es gran
cosa, pero sí un lugar poco frecuentado de la casa y uno de las pocas estancias
donde no hay instaladas cámaras de vigilancia.
El joven se presentó con educación, Romeo se llamaba, era
brasileño. Seguidamente, siguiendo a la doncella, se dirigió con toda su
parafernalia a la habitación que le había indicado mi marido. Mientras caminaba
me fijé en la elegancia con la que se movía el muchacho portando dos maletas,
una bastante aparatosa y otra algo más pequeña y, sin embargo, cargaba con ambas
con la misma ligereza con que un niño llevaría la merienda del cole. De la
primera desembolsó y comenzó a armar una camilla alta pero muy liviana que tuvo
lista en un santiamén, y de la más pequeña extrajo algunos botes y paños que
colocó muy cerca, para tenerlos a mano. Juan María observó la facilidad con que
el masajista parecía desenvolverse y cuando su curiosidad estuvo satisfecha, se
despidió desde la puerta:
– Hasta mañana, cariño, supongo que no tardarán en venir a
buscarme…
– ¡Hasta mañana! –Respondí.– Saluda a Albertito de
mi parte. ¡A ver si quedamos alguna noche con él y con Pura para ir al teatro!
Hace siglos que no vamos… Aunque lo que realmente me apetecería es hacer una
escapada con ellos para ir de compras a París.
– Se lo diré de tu parte… –confirmó guiñándome un ojo.
Johnny salió cerrando la puerta tras de sí y nos dejó solos
concediéndonos algo más de intimidad. Al verme a solas con el joven, aún no sé
porqué, me entró un súbito ataque de vergüenza. El masajista, dándose cuenta, me
dijo en un tono tranquilizador:
– Por favor, póngase cómoda, señora... –y, sonriendo
de tal forma que la cara se le iluminó con una halo de pura inocencia continuó–
Y, si es tan amable, quítese el albornoz y el sujetador, será más fácil para
mí… Y otra cosa más…–añadió finalmente– para evitar que se le manche el
pelo con el aceite, es conveniente que lo recoja… Ya sabe, un moño o algo así
–trató de explicarme, sin dejar de sonreír, haciendo un gesto simpático con sus
manos por encima de la cabeza. Tenía los dientes más blancos y perfectos que
pudiera recordar, quizá porque contrastaban con el tono pecoso y, pese a ello,
intensamente tostado de su piel.
Iba a quitarme el albornoz cuando recordé que en cualquier
momento podíamos ser interrumpidos por el servicio. Si en la casa se recibía
alguna llamada telefónica poco habitual o aparecía alguna visita inesperada, sin
duda vendrían a buscarme y no tenía ganas de que nadie me viese de aquella
guisa.
– ¡Engracia! –invoqué a la doncella, que apareció a
los pocos segundos
– Por favor, Engracia, encárguese de decir que nadie nos
interrumpa… Al chofer comuníquele que no necesitaré de sus servicios hasta
mañana por la mañana, que tiene la tarde libre, pero que mañana debe estar aquí
a las siete, sin falta… ¡Ah! y a la cocinera recuérdele que hoy comeré y cenaré
sola, el señor no volverá hasta mañana.
– Como usted mande, señora –confirmó ella en tono
servil. A continuación, salió del gimnasio cerrando la puerta con sumo cuidado.
Aún así, no me quedé tranquila, mientras me desnudaba le pedí
al masajista
– Si no te importa, cierra la puerta con llave, no quiero
que nadie del servicio me vea así…
– Por supuesto, por supuesto…
Él hizo lo que le había pedido y, mientras yo me acababa de
desnudar y me anudaba una toalla alrededor de la cabeza, él se giró de espaldas
colocando las cosas para el masaje. Su dorso era tan ancho que comprendí porqué
había tenido que hacer un quiebro para pasar por la puerta con las maletas. La
camiseta que llevaba, de un blanco cegador, estaba tan tirante que parecía a
punto de romperse. Sin llevar ningún perfume, emanaba de él un olor sutil,
familiar y sugerente que tenía sobre mí un efecto sedante. Me volví a sentir una
niña confiada estando junto a aquel hombretón.
Finalmente, me encaramé en la camilla, me tendí boca abajo y
él puso sobre mí una toalla blanca que me cubría desde la mitad de los muslos
hasta las caderas. Romeo se frotó enérgicamente las manos con aceite de
almendras amargas según me informó y comenzó a restregarme las plantas de los
pies, las pantorrillas y la cara interna de las rodillas de una manera flexible
al tiempo que firme. Sus manos, que había esperado ásperas y callosas, aunque
solo fuera por el roce con las pesas del gimnasio, eran, por el contrario,
deliciosamente suaves. Sus dedos, que había anticipado toscos, se revelaron los
dedos de un pianista, bailaban sobre mi cuerpo componiendo una sinfonía táctil
de sensaciones: unas veces pellizcaban traviesos la carne, mientras que otras la
amasaban amorosamente; en ocasiones volaban sensualmente sobre mi piel de una
manera tan sutil como el vuelo de una mariposa, en ocasiones tamborileaban
frenéticamente en alguna parte de mi espalda, mientras que en otras aterrizaban
y arrastraba los nudillos con firmeza.
Me abandoné a su maestría, mi cuerpo se convirtió en un
instrumento que obedecía ciegamente la cadencia de sus dedos, vibraba siguiendo
los acordes que el joven virtuoso interpretaba en él. Las notas que de mi
arrancaba ascendían y descendían en una espiral inacabable en la que mi mente se
sumergió confiada. Toda tensión que mi cuerpo hubiese acumulado o resistencia
que pudiese presentar quedó desmantelada por su melodía. Una secuencia
perfectamente modulada de sensaciones hizo que me sintiera relajada hasta el
punto en que casi me duermo. Aquello era lo más parecido a la gloria del paraíso
que nunca había conocido, un estremecimiento desconocido, un goce refinado, un
placer infinito.
Para mi dicha, así estuvo trabajando Romeo durante un largo
rato, recorriendo con sus manos celestiales cada parte de mi cuerpo, las
caderas, la espalda, los hombros, el cuello, la nuca, la cabeza, las sienes, los
brazos, las manos, los dedos, la frente. Cuando le tocó el turno a mis nalgas,
que por alguna razón las dejó para el final, yo ya no era dueña de la voluntad
de mi cuerpo. Romeo deslizó con dulzura sus manos cuidadosamente lubricadas por
debajo de la toalla con la que me había cubierto y con los dedos pulgares dibujó
un camino sobre mis nalgas que recorrió una y otra vez durante un espacio de
tiempo en extremo placentero. Yo creí que me iba diluir sobre la frágil camilla.
Estaba absolutamente excitada, él amasaba de una forma tan enervante mis glúteos
hambrientos de caricias que me recriminé mentalmente el no haberme quitado el
tanga antes. Romeo de todas formas actuaba como si no hubiera tanga pues de vez
en cuando sus dedos se escapaban por debajo de la braguita, no sé si
intencionadamente, pero a mí me producía unos espasmos que intentaba reprimir
para que no lo advirtiera él.
En un momento dado abandonó el trabajo sobre mis nalgas y se
puso frente a mi cabeza que tenía ladeada, para dedicarse nuevamente a la
espalda, de esta forma pude comprobar, sin lugar a dudas, que el hombre estaba
excitado; no lo podía disimular, habida cuenta que iba vestido con pantalón
blando de algodón de un blanco inmaculado y, como he comentado antes, una
camiseta también blanca. Su miembro dilataba el fino calzón en un saledizo
carnoso del que yo no podía apartar la vista por mucho que lo intentaba. Tumbada
sobre la camilla pasaba una y otra vez delante de mi vista, enhiesto como el
trole de un tranvía, precediendo orgulloso la cintura de su dueño.
Intenté tranquilizarme, pensar en cualquier otra cosa que me
distrajera, pero era imposible. Aquella situación era nueva para mí. Absurdas
fantasías de todas clases se adueñaron de mi imaginación, y todas ellas tenían
como protagonista a mi masajista brasileño. Deseé que me quitara la braguita
tanga, lo deseé con vehemencia, con una pasión que nunca habría creído posible,
sin embargo, como ya esperaba no ocurrió nada. El bueno de Romeo retornó una vez
más a amasar mis nalgas y ahora era yo quién no podía disimular mi estado, tenía
las bragas empapadas. Con las piernas ligeramente abiertas, cualquier pequeña
brisa, incluso la que producía el joven al moverse, me recordaba, una y otra
vez, que tenía las ingles completamente anegadas. Cualquier pequeño roce sobre
mis nalgas se convertía en un estímulo erótico enervante, incluso algo tan
familiar como el tacto del tanga al hundirse entre mis cachetes me excitaba.
Recé, sí, recé literalmente para que él no se apercibiese de mi estado de
excitación. Él apretujaba mis nalgas y notaba como las tibias yemas de sus
pulgares acariciaban la hendidura de mi ano, de mi sexo. Estaba ardiendo e iba a
estallar, no podía más. Percibía claramente como sus dedos se ralentizaban al
pasar sobre las bragas a la altura de mi culo.
Pero, por desgracia, terminó el tiempo, una hora que a mí me
pareció que había volado sin siquiera empezar. Él joven me indicó que había
terminado y yo, aunque lo intenté, no pude levantarme, estaba desfallecida.
Haciendo un esfuerzo, me incorporé tapándome los pechos, Romeo recogió mi
albornoz y me ayudó a ponérmelo. Reparé en la mirada oblicua de sus ojos color
aguamarina clavada en mis pechos. Mis pezones, dolorosamente erectos, le
apuntaban directamente a la cara.
– ¿Cómo se siente ahora, señora? –me preguntó con
cortesía
– Flotando en el paraíso… Esto… quiero decir que ahora
estoy mucho mejor que antes. Hasta me he olvidado por completo de mi dolor de
cuello –respondí, dando, sin pretenderlo, una entonación pícara a mi voz que
podía dar a mis palabras un sentido que ya no tenía claro si era correcto o no.
– Me alegro de que haya quedado satisfecha. Como era la
primera vez que trabajaba con usted he tratado de ser lo más conservador
posible. He notado que hace ejercicio regularmente y está usted en forma. Si
hubiese sabido que su cuerpo iba a responder tan bien hubiese tratado de forzar
un poco más –aseguró él
– ¿Quieres decir que aún podría ser mejor?
– Naturalmente, mucho mejor, ya le he dicho que, como no
la conocía, he limitado el tipo de masaje. Pero en futuras sesiones creo que ya
sé a que atenerme.
– Bueno, es una tentación. ¿Qué te parece si quedamos para
la semana que viene?
– ¿Qué día le iría mejor a usted, señora? –me
preguntó, sacando su agenda de una de las bolsas
Lo pensé unos segundos, repasando mentalmente todas mis citas
y al final le propuse:
– ¿Tú tendrías libre el próximo sábado a la misma hora?
– Sí, sé que lo tendré libre, no suelo trabajar los
sábados, hoy he hecho una excepción. Pero, ya sabe que tiene un sobreprecio, los
días laborables la tarifa es otra –repuso
– Sí, ya lo sé, pero durante la semana es muy difícil que
yo encuentre un hueco en mi agenda.
Era una mentira, con toda probabilidad podría haberlo
arreglado para quedar algún día, pero el jueves Juan María volaba a los Estados
Unidos para dar un ciclo de conferencias, así que, como de todas formas me iba a
quedar sola, un masaje con Romeo era una buena forma de matar el tiempo.
Al día siguiente, muy temprano, el chofer me condujo a
recoger Concha y junto con ella y los sempiternos guardaespaldas viajamos hasta
Segovia. Allí no me enteré de una sola palabra de lo que se dijo en las charlas,
estuve todo el día absorta recordando las manos de Romeo, el brillo de sus ojos,
su sonrisa infantil, la blancura impoluta de su dentadura y, sobre todo, la
cálida tirantez de su pantalón. Me olvidé por completo de las molestias
cervicales. Mientras un religioso nos aleccionaba en las cualidades espartanas
de una buena madre católica, yo deliraba con los ojos abiertos por bajar la goma
de su pantalón poco a poco, comprobar si sus abdominales eran tan firmes como se
adivinaban bajo la camiseta, descubrir su slip, poder acariciar su deliciosa
entrepierna. La imagen fantaseada de su miembro erecto se había convirtió en un
fetiche lascivo con el que no podía dejar de soñar. Sentada con fingido recato
en una silla junto a Concha me humedecí pensando en la sesión del sábado
siguiente. Tan solo era una fantasía, no estaba siendo infiel a Johnny, aquello
no era real, solo una forma de sobrellevar el tedio de unas charlas plomizas.
Juan María, llegó aquella la noche de su viaje relámpago
notoriamente animado. Me relató con pelos y señales las artimañas que habían
utilizado él y sus amigos para forzar al concejal a recalificar los terrenos de
la sociedad. La provincia de Castellón había cambiado la alfombra verde de
algunas hectáreas de naranjos entre la montaña y el mar por una ampliación de un
campo de golf, un hotel de lujo y unas pocas decenas de casas apareadas. Johnny
estaba especialmente contento por esto último porque la inmobiliaria las había
puesto a la venta en Alemania hacía solo unos días y ya estaban todas
adjudicadas. Cuando finalizó de contarme su historia, se interesó por saber cómo
estaba mi cuello y qué tal me había ido con el masajista. Le expliqué que
después de la sesión me sentía mejor, que mi cuello estaba mucho más aliviado.
Aunque, obviamente, me sentí incómoda hablando de ello, teniendo que ocultarle
las sensaciones tan intensas que había vivido en la sala de billar.
Pasé el resto de la semana ansiando que llegara el sábado: el
lunes, en el desayuno conjunto de trabajo que solíamos tener para ajustar la
planificación de la semana me descubrí divagando una y otra vez sobre lo que se
debía sentir al ser poseída por un arcángel como Romeo, al abandonarse bajo el
poderío de aquel cuerpo escultural de macho, al besar sus labios concupiscentes,
al ser penetrada por su miembro, al sentirlo deslizarse abriéndose camino
líquidamente en mi interior, al rodear con mis muslos su cintura escultural. A
pesar de la presión que teníamos encima, me vi incapaz de continuar, finalizada
la reunión de programación me excusé diciendo que iba a casa a revisar los
documentos que tenía a mi cargo con más tranquilidad, pero lo único que hice
fue, después de comer, encerrarme en el dormitorio y pecar contra mi propio
cuerpo masturbándome como una colegiala. Sabía que lo que estaba haciendo no
estaba bien, pero era mi cuerpo, a nadie molestaba ni a nadie hería. No tuve
remordimientos y me alivió lo suficiente para poder volver al caso de la quiebra
fraudulenta.
El martes, en los juzgados, apenas llevaba media hora cuando
descubrí consternada que ni siquiera sabía porqué había ido hasta allí. Mi
teléfono móvil no cesaba de sonar, nuestros clientes intentaban localizarme
desesperadamente utilizando todas sus líneas, pero yo no me sentía con fuerzas
para contestar. Esperé a que amainase la tormenta y fui yo la que llamé al
despacho para rogarles que me sustituyesen argumentando una indisposición
transitoria. En lugar de ir a casa, en vista de que mi espalda estaba como nueva
y no sentía ninguna molestia, fui al Club de Polo y pasé el resto de la mañana
cabalgando una de nuestras yeguas. Ni el aire fresco, ni el ejercicio vigoroso
me distrajeron, en el vapor del baño turco, aprovechando que estaba a solas,
volví nuevamente a disfrutar de los placeres solitarios. Me convencí de que no
era pecado, sino de que solo se trataba de un ejercicio higiénico para poder
volver a concentrarme. Por suerte, aquella tarde, la amena fiesta de
presentación del último libro de uno de nuestros amigos en el Círculo de Bellas
Artes me mantuvo distraída. Tan solo pensé en el gigantesco Romeo en contadas
ocasiones, cuando viajaba entre corrillo y corrillo.
El miércoles, en mi agenda solo figuraba el acompañar a Juan
María a Milán. Una de las sociedades en cuyo consejo de administración él figura
es cliente del bufete. Johnny, al verme ausente de este mundo, se hizo cargo de
todo. Lo único que yo tuve que hacer fue traducir, ya que si bien sus socios
italianos no tienen dificultades en comprendernos, para Johnny cualquier idioma
que no sea el español de Castilla es un arcano, ni siquiera fue capaz de
distinguir que una de las personas que estaban allí era argentina y se dirigía a
él en castellano. Esta tarea de trascripción, que requería por mi parte una
concentración completa, hizo que me olvidase de la sonrisa de Romeo por unas
horas, si bien, a pesar de la delicadeza de Juan María durante el viaje, no pude
sufrir que me tocase, era como si me estuviese reservando.
El jueves en el bufete me encontré con que Luís Alberto y su
equipo habían ocupado ya mi lugar en la batalla legal que se estaba preparando.
Estaba fuera, tres días de distracción y me habían echado a un lado. En otro
momento me hubiese puesto hecha un furia, pero en esta, casi me alegró haber
sido sustituida. El único trabajo que tuve fue repasar con mis ayudantes los
acuerdos a los que se había llegado en Milán y las acciones que nuestro despacho
tenía que realizar. Por la tarde, después de comer con Concha, asistimos a una
reunión de jóvenes católicos que habíamos organizado. Más tarde acompañé a Juan
María al aeropuerto, le recordé que debía pasar a visitar a los niños, y me
despedí de él. Al volver me alegré de tener casi un mes completo para mí sola.
Fui a la ducha y descubrí para mi sorpresa que el mango móvil puede dar mucho
juego si una deja volar la fantasía.
El viernes por la mañana ni siquiera hice el esfuerzo de
excusarme, sencillamente me quedé en casa tumbada en la cama. Me levanté a media
mañana, fui a hacer "jogging", me duché, llamé a una de mis hermanas, quede con
ella más tarde para ir de compras y me fui a depilar. Cualquier otra cosa que me
hubiese planteado hubiese sido demasiado complicada para mí. Durante el
almuerzo, relajada por el agradable ambiente de la terraza al aire libre del
Club, le planteé a Adela, mi hermana, lo que me estaba sucediendo. Podía confiar
en ella, de mis doce hermanos la única que se había apartado de la línea de
comportamiento conservadora que nos marcaron nuestros padres y tenía su propio
criterio era ella.
- Adela, no sé que me está pasando… -comencé
- ¿Es alguien que conozca? –me preguntó con una sonrisa
cómplice, bisbiseando para evitar que el guardaespaldas, que nos miraba con
disimulo desde la mesa de al lado, pudiera oírla.
- Pero, ¿cómo… cómo lo has adivinado…? –respondí
sorprendida, susurrando a mi vez.
- Primero, porque no me has llamado para salir desde que
nació tu hijo mayor. Cuando he recibido tu llamada, he pensado ¿Qué le estará
pasando a Sor Rosalía que necesita hablar conmigo? Segundo, porque tenía que ser
algo muy gordo… bueno, gordo para ti… una trivialidad para cualquiera con dos
dedos de frente… -comentó para sí misma en voz alta- …Esto, ¿qué estaba
diciendo?... Sí, ya… algo muy gordo para que no vayas a trabajar. Y, tercero, y
sobre todo, porque conociendo al muermo de Johnny… Hija mía, no conozco a nadie
con menos "joie de vivre" que él, ¡qué aburrimiento de hombre! Lo que me extraña
es que esto no haya pasado antes. Bueno, tampoco me extraña, porque después de
sobrevivir a nuestros padres, lo difícil es que cualquiera de vosotras pudiera
siquiera mirar a la cara a un hombre… Ya sabes a lo que me refiero, con los
chicos todo era distinto, pero nuestro coñito era solo para nuestro dueño… Las
palabras de mamá no eran estas, pero seguro que la idea la reconoces.
- Pero, ¿cómo… cómo lo has adivinado…? –respondí
sorprendida, susurrando a mi vez. Le conté sin ambages lo que me sucedía, mi
absoluta incapacidad para pensar en otra cosa que no fuera en Romeo. No había en
ello nada de romántico, únicamente una atracción física perentoria.
Por fin llegó el sábado. Me levanté muy temprano, me hice
servir un desayuno ligero y fui a dar un paseo. Las calles estaban desiertas,
entre el estrépito jubiloso de los pájaros ocultos en las copas de los árboles
tan solo alcanzaba a escuchar mis propios pasos y los del guardaespaldas como un
eco imperfecto unos metros más atrás El murmullo grave y constante del tráfico
lejano era apenas un desvaído telón de fondo al que no prestaba atención. Los
riegos automáticos ya habían finalizado y de los jardines ocultos tras los muros
junto con la humedad que comenzaba a evaporarse brotaban todos los perfumes de
la primavera tardía. Era solo una ilusión, no parecía que estuviese paseando por
Madrid y, sin embargo, la calle de Serrano está a solo unos metros. Me
encontraba varada en una isla de serenidad en la tempestad caótica de la
capital. Yo no sabía lo que me estaba sucediendo, no conseguía entender porqué
mi cerebro tan solo era capaz de pensar en estar con Romeo. No había en ello
nada racional, no habíamos cruzado más que unas pocas palabras, no sabía nada de
él y, sin embargo, su voz, su figura, su manera de moverse, de tocarme, de
hablarme, ocupaban el ciento por ciento de mis pensamientos.
El timbrazo en la puerta anunció la llegada de Romeo.
Engracia corrió a la puerta y, sin que tuviera que decirle nada, lo condujo a la
sala de billar.
- Buenos días, señora –saludó cortésmente con una de
sus sonrisas candorosas
- Buenos días, Romeo –respondí con voz aflautada, los
nervios me estaban jugando una mala pasada
- ¿Mejoraron los dolores después de la sesión anterior?
–se interesó, al tiempo que comenzaba a armar la camilla
- Sí, la tuya fue mano de santo. No me han vuelto a
molestar ni el cuello ni la espalda. He pasado una semana sin dolores –le
informé
- Tiene mucho mejor aspecto, parece más… no sé… más
relajada –respondió sin dejar de preparar el instrumental
- Bueno, hoy veremos si es verdad lo que prometiste
- ¿Qué es lo que prometí? Lo siento... No recuerdo –se
excusó
- ¡Qué hoy sería mucho mejor! –le recordé
- Por supuesto, por supuesto… La sesión de hoy, si
colabora tanto como la semana pasada, estoy seguro de que no la olvidará –me
aseguró con un guiño pícaro.
Esta vez estaba preparada, me había recogido el pelo en un
moño y no llevaba ropa interior alguna. Esperé a que él montase la camilla
admirando la precisión de sus movimientos. Cuando hubo terminado, me quité el
albornoz, me encaramé encima y me tumbé como me había pedido la vez anterior. Me
pareció que su mirada había perdido aquel punto de inocencia que yo recordaba y
creí advertir un furtivo brillo de lascivia en sus pupilas.
Él depositó con delicadeza la toalla blanca sobre mis nalgas,
ungió nuevamente sus manos con aceite de almendras amargas, se dirigió a mis
pies y comenzó a friccionarlos suavemente. Fue ascendiendo en un ligero masaje
circular hasta llegar a la pantorrilla y después al muslo. Me pareció que había
en su forma de hacerlo más sensualidad que la vez anterior, era más como si
estuviese apreciando el suave contacto de mi piel depilada que dando un masaje.
El pensamiento de que quizá él se sintiera tan atraído por mí como yo por él me
excitó aún más.
Romeo se entretuvo amasando los muslos durante un rato que me
pareció eterno. En cada ocasión, la presión de sus dedos se expandía como una
onda eléctrica, por una parte descendía hasta llegar a mis pies y por la otra
ascendía hasta alcanzar mi sexo. Cada vez estaba más convencida de que había
algo que era profundamente diferente en sus manipulaciones, aún siendo
aparentemente iguales. Percibía como las yemas de sus dedos acariciaban mis
nalgas y sentía como sus manos exploraban la pared interior de los muslos hasta
casi rozar la frontera líquida de mi sexo. Estaba poniéndome a cien, y eso que
acababa de empezar.
Un roce inadvertido en mi nuca cuando tenía sus dos manos
fielmente localizadas sobre mis piernas me sobresaltó. Instintivamente toda mi
atención se concentró en mi cuello. Sus manos no dejaban de moverse, pero el
calor y la humedad de su aliento precedieron a un nuevo contacto prácticamente
imperceptible: era la sombra de un beso. Un beso robado tan sutil y delicado que
podía pasar haber pasado inadvertido, pero que hizo que todo el vello de mi nuca
se erizase de anticipación. No sabía como reaccionar, no le había dado mi
consentimiento, ni mis acciones o mis palabras podían entenderse como una
invitación. Decidí esperar a su próximo movimiento para ver cómo se
desarrollaban los acontecimientos. Tampoco tenía fuerzas para hablar, ni ganas
de hacerlo, estoy segura de que en aquel momento no hubiese podido pronunciar ni
una palabra.
Él continuó masajeando mis muslos unos minutos. Llegué a
pensar que había imaginado todo, que era fruto de mis propios anhelos. La
impaciencia me devoraba, cuando él se detenía un solo segundo para cambiar de
posición o añadir más aceite, todo mi cuerpo se ponía en tensión esperando que
volviese a propasarse.
- Señora, por relájese, déjese llevar… Sus músculos se
están contrayendo por minutos… ¿Hay algo que la moleste? –preguntó Romeo.
- No, no, Romeo, lo estás haciendo muy bien. Tienes razón,
estoy poniéndome nerviosa sin motivo. Lo intentaré remediar –respondí.
Prolongó el masaje en los muslos unos minuto más, hasta que
mi cuerpo volvió a aflojarse y mente se abandonó a la sabiduría de sus manos. A
continuación hizo descender poco a poco la toalla hacía mis pies. Notaba como la
prenda iba dejando al descubierto mis nalgas desnudas. Por fin, sentí como
resbalaba y caía al suelo.
Mi cuerpo completamente desnudo estaba a su completa
disposición. La idea de no tener que tomar ninguna decisión cada vez era más
atrayente. Todo lo que fuese a pasar, si es que iba a pasar algo, dependería de
él. Yo solo sería su servidora.
Mientras reflexionaba sobre esto, sus manos de acercaron
nuevamente a mis nalgas. Sus pulgares mimaban la superficie esférica,
deslizándose con facilidad sobre la película de aceite de almendras amargas que
había derramado. La sensación que me producían sus movimientos era electrizante.
Separé un poco más mis piernas para aliviar el calor que se acumulaba en mi
entrepierna. Los círculos que él trazaba se fueron ampliando. Patinaron
suavemente por la pendiente interior y uno de ellos flotó durante un par de
segundos sobre mi ano. Un nuevo chorro de aceite y volvió a trazar la espiral
desde el exterior acercándose con extrema lentitud hacia mi culo ávido de
caricias. Tumbada boca abajo, con los ojos cerrados y toda mi conciencia
concentrada en que aquella parte exigua de mi cuerpo, percibía, y sabía que era
una ilusión, que se ofrecía hambriento a su dueño. El pulgar de Romeo se
aproximó con más seguridad, se contuvo unos instantes en la entrada y, lubricado
como estaba por el aceite, me pareció notar que se abría camino sin ningún
esfuerzo. La dulce tormenta de placer se desencadenó inmediatamente. Dejé
escapar un sollozo ahogado sin mover un solo músculo para no interrumpir la
magia del momento, era consciente de que cualquier sonido que saliese de mi
garganta quebraría el frágil "statu-quo" que se había establecido entre
nosotros. No me planteaba lo que estaba haciendo, ni si aquello tenía alguna
implicación moral, carecía de voluntad, era su esclava rendida.
Mi ano, derrotado por voluntad propia, era incapaz de ofrecer
ninguna resistencia. Él empujaba con suavidad el pulgar y lo retiraba al tiempo
que vertía gotas de aceite sobre él. La combinación de lubricante, paciencia,
ausencia de violencia y sabiduría hicieron que en unos maravillosos minutos
avanzase tres o cuatro centímetros en mi interior. A continuación añadió un
movimiento rotatorio pausado que fue amplificando a medida que pasaban los
segundos.
Sacó el dedo y volvió a introducirlo. Esta vez fue mi cuerpo
el que lo succionó con facilidad y rapidez. El lo extrajo y volvió a
introducirlo, una y otra vez. El eco de los suaves envites se multiplicaba por
todo mi cuerpo. Mi sexo rebotaba con dulzura, inquieto y excitado contra la
mullida blandura de la toalla. Toda la parte inferior de mi cuerpo entró en
sintonía con los movimientos de la mano del masajista y, sin que fuese
consciente de ello, un súbito calor se propagó desde mi entrepierna hacia mis
caderas y mi cuerpo. El orgasmo más dulce, silencioso y contenido que se pueda
imaginar me arropó en la camilla, me hizo volar al Paraíso y me devolvió a la
Tierra en unos pocos segundos.
- Señora, creo que hemos acertado con el punto de su
anatomía más conveniente en donde aplicar el masaje. Por favor, no se mueva, no
hemos hecho más que empezar… -suspiró Romeo
La camilla tembló unos segundos y el movimiento de sus dedos,
que aún no había extraído de mi culo, me hicieron comprender que Romeo había
cambiado de posición. Me besó con suavidad en la nuca otra vez, creí que iba a
estallar.
Sus dedos me abandonaron y un objeto abrasador ocupó su
lugar. Me tomó con fuerza del cabello y empujó con fuerza abriéndose paso en mi
interior. Un dolor agudo e intenso sustituyó al placer.
- Para, por Dios, me estás rompiendo -aullé
- Aguante unos segundos señora. Hágame caso –respondió
él sin apartarse, pero cesando en sus movimientos.
- ¡No, coño! Aquí quien manda soy yo –repuse con voz
firme
- No, señora, no se equivoque, aquí, quien manda ahora soy
yo –contestó el con seguridad, tirando con firmeza de mi pelo.
Cuando me quise dar cuenta, y como me había dicho él, mi
esfínter, trabajado por el masaje previo, se acomodó blandamente a su nuevo
inquilino.
- Lo ve, señora, ahora, por favor, déjese llevar, este
baile es un baile que se me da muy bien –susurró nuevamente con su dulzura
característica.
Efectivamente, Romeo conocía aquel baile y otros muchos
también. Su energía parecía no tener límites, al igual que mi capacidad para
tener un orgasmo detrás de otro. Todo un mundo de sensaciones se abrió delante
de mí. Comprendí de improviso todos los años de sexo lamentable y aburrido que
había desperdiciado con mi marido. Tres horas después él me despertó.
- Señora, creo que ya estamos por hoy. Tres horas de
masaje es mucho más de lo que estaba estipulado, pero creo que ha merecido la
pena…
Conseguí sacar fuerzas para incorporarme, nuestros fluidos
empapaban toda la camilla. Me incorporé, él ya se había vestido y recogía sus
cosas con concentración. Tomé mi bolso, donde había preparado sus honorarios de
"masaje". Estiré la mano con los 300 € y una sonrisa, quizá de dominio al saber
que le tenía en mi nómina. Hubiese querido ofrecerle más dinero pero temía
ofenderle. Él, levantando la mirada, y me contestó con tono humilde:
– ¡Ah no, señora!, el importe del servicio ya ha sido
satisfecho. Un abogado, el señor Luís Alberto, me dijo que era amigo suyo, me
contrató. Él me dijo que lo hiciera lo mejor que pudiera, que tenía usted cierto
recelo. Espero haber estado a la altura de las circunstancias.