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La guarra de mi prima me convenció
TODORELATOS » RELATOS » MASAJISTA A DOMICILIO
[ Te casaste, la cagaste. ]
 TODORELATOS.COM Fecha: 06 de Octubre, 2008.
Fecha: 26-Dic-06 « Anterior | Siguiente » en Hetero: General (4259 de 5032)

Masajista a domicilio

Vlad
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Una mujer de mediana edad, sufriendo de estrés, contrata por primera vez un servicio de masaje a domicilio. El masajista le dará mucho más de lo que esperaba. Version para imprimirEnviar este relato a un amigo/a Ver ficha del autor

Nos despedimos de la Castellana con el gañido quejumbroso de los neumáticos sobre el asfalto. Un impulso vigoroso del motor y, con un salto felino, cruzamos rugiendo el semáforo lateral. Un parpadeo más tarde habíamos superado su ciclópeo ojo escarlata y sorteábamos las motocicletas que volaban asustadas apartándose a nuestro paso. El automóvil deportivo realizó un par de giros vertiginosos para encarar vías cada vez más estrechas y nos zambullimos en la oscuridad. Yo ya no sabía por donde andábamos, cuando, repentinamente, me di cuenta de que estábamos escalando la pequeña colina próxima a casa. A nuestro paso, las aceras se apretaban temerosas contra los muros, acobardadas por el bólido que bramaba sobre el pavimento. Los árboles, cogidos de improviso, hicieron volar sus copas demasiado pobladas hasta cubrir toda la calle con una oscuridad aún más impenetrable. Las farolas, atrapadas en el exceso vegetal de la telaraña de ramas, relucían como enormes luciérnagas prisioneras, observándonos sin conseguir iluminar nuestro camino. De vez en cuando destellaban los faros del automóvil que nos perseguía en el retrovisor lateral cegándome por unos instantes.

De improviso, nuestro auto se detuvo en seco bajo los árboles de la calle desierta. El ronroneo gutural del motor continuó llegando amortiguado desde algún lugar bajo nuestros pies. Las luces ambarinas del salpicadero siguieron emitiendo una acogedora luz cálida que se reflejaba como un centenar rescoldos en los acabados metálicos del habitáculo. Con un esfuerzo considerable, Luís Alberto se giró hacia mí haciendo crujir el mullido asiento de cuero blanco. Recostó un codo sobre mi respaldo en una pose estudiada de charmeur. Sus ojos, de un acuoso azul cielo, se clavaron con la ternura en los míos. Las hermosas facciones de su rostro de galán, enmarcadas por su dorada cabellera engominada, parecían contraídas por una tensión interior.

El automóvil oscuro que nos había estado siguiendo nos adelantó con lentitud. Durante una fracción de segundo el rostro preocupado de un hombre me interrogó a través de la penumbra de la ventanilla. Encendí la luz interior del habitáculo e hice la señal convenida de que no había peligro. Los guardaespaldas avanzaron otros cincuenta metros, detuvieron su vehículo y apagaron las luces con discreción.

Rosalía, sabes lo que siento por ti, no puedes continuar jugando conmigo –me dijo Luís Alberto en un tono teatral. Siempre me sorprendía el dulce deje jerezano brotando de aquel corpachón británico.

Luís Alberto, hijo mío, no seas tan pesado. ¡Ya estamos otra vez con lo mismo! ¿No ves que estoy destrozada? Anda, arranca el coche o me bajo aquí mismo –respondí haciéndome la ofendida. Por lo visto, su papel de chevalier servant había concluido, ahora había vuelto a representar su rol de conquistador.

La verdad era que disfrutaba jugando con aquel memo. En las inacabables tardes del despacho, provocarle era como salir al patio a la hora del recreo. Luís Alberto es uno de los socios del bufete y también un mujeriego desvergonzado. Un señorito andaluz que cree que todo Madrid y el Universo entero están aquí únicamente para que él los disfrute. Se jactaba de haberse acostado con todas mis amigas, cosa que no creo, y con la mayoría de nuestras clientas, lo que indicaba que sus gustos no eran muy selectivos. Tenía la impresión, no obstante, de que en sus afirmaciones había mucho de bravuconería y exageración. Debo reconocer que tiene un buen cuerpo y don de gentes, es rico, apuesto, elegante, culto, divertido y, además, muy inteligente. Si le hemos de creer, las sábanas de su cama son un lugar común y conocido para un gran número de mujeres famosas. Sin embargo, no hace falta recurrir a Marte y a Venus para constatar que los hombres y las mujeres somos diferentes en nuestra biología y en nuestras emociones, así que, aunque puedo disculparlo por su condición de hombre, no creo que nunca consiga entenderlo.

No, no hace falta que te bajes. Hablamos solo un momento y te llevo a casa –contestó con timidez.

Aún por encima del perfume de colonia su aliento olía a champagne, "lo que quiere decir", pensé horrorizada, "que el mío debe apestar igual". ¿Cómo le iba a explicar a Juan María que únicamente habíamos cenado en el despacho para poder rematar un caso condenadamente complicado? Luís Alberto había encargado la cena a un restaurante cercano, pero, como hacía siempre, ordenó lo que le apetecía y lo que le apetecía era siempre lo mejor. Yo a aquellas horas de la noche tan solo tenía ganas de llegar de una vez a casa, quitarme los zapatos y el traje chaqueta y ponerme cómoda. Tenía que cortar aquella escena lo más pronto posible, así que lancé de corrido el discurso que llevaba tiempo preparando. No era cuestión de darle tiempo a pensar:

Me siento segura de mi lugar en la creación de Dios –, comencé, dejándole boquiabierto con semejante inicio– y así puedo mirar a los demás sin sospecha ni recelo. ¿Cómo piensas que podría mirar a Johnny si tan solo me hubiese pasado por la cabeza tener algo contigo? Así que no creo que tú y yo, en este momento, tengamos nada de que hablar…

Él, anonadado por mi perorata, me miraba fijamente sin decir una palabra. Su silencio cobarde me dio alas para continuar:

¿Qué es lo que no entiendes? Yo estoy casada… Y tú… tú eres un auténtico mentecato y me divierte ver como babeas y haces el ridículo para poder acostarte con la única de tus conocidas con la que no lo has hecho –respondí en un tono ya agrio.

Estaba cansada, había bebido demasiado y, sobre todo, estaba harta del acoso de aquel mamarracho, solo quería acabar con aquella situación lo antes posible. Era cierto que le había dado pie con insinuaciones veladas, excitarle me producía una satisfacción morbosa, pero, fuera de aquel juego al que solo debíamos jugar en el despacho, las reglas las marcaba siempre yo.

Luís Alberto, parecía sorprendido por el cariz que estaba tomando la situación. Es cierto que el canijo de Juan María no puede compararse físicamente a él, ni tampoco es divertido, más bien todo lo contrario; cuando argumenta oculto tras su fosco bigote de bandolero mejicano creo que hasta las moscas se duermen en las paredes; pero, no había tenido en cuenta que existe una cosa llamada principios cristianos y esos eran inamovibles, tan firmes como la cruz ciclópea del Valle de los Caídos. Yo imaginaba que aquel Don Juan de tres al cuarto había planeado hacer valer su encanto personal y su savoir faire, después había preparado un guión meticulosamente y yo se lo había echado a perder todo. Envalentonada tanto por mi éxito como por el alcohol escalé un grado más el tono.

No entiendo cómo puedes ser tan gilipollas, sabes que antes que serle infiel preferiría la muerte más atroz. ¡Pongo a Dios por testigo que antes de acostarme con otro hombre, así será! –y apostillé– Y ahora… ¡llévame a casa! –una pulsión punzante en las sienes fue el primer aviso de que no era una buena idea encolerizarse más.

Rosalía, modérate, no sabes lo que estás diciendo. Piénsalo, por favor… Creo que, efectivamente, ahora no es el momento más indicado –replicó timorato

¡Ni Rosalía, ni leches! ¡Arranca ya, o se lo diré a Johnny y lo haré público entre los demás socios del bufete! –le aullé. La cabeza me iba a estallar y la tensión hizo que las vértebras de mi cuello me recordasen con un alfilerazo mortífero que ellas todavía estaban allí. La espalda y las cervicales siempre han sido mi punto débil, periódicamente sufro unos dolores insoportables que me dejan inútil durante varios días. La tensión nerviosa parece ser uno de los desencadenantes y aquella conversación me había sacado de mis casillas.

Esa noche acabaron las insinuaciones de Luís Alberto. A la mañana siguiente entró en mi despacho, hizo salir a mis secretarias y se disculpó por su conducta. A partir de entonces se comportó como un compañero más. Ninguno de los dos volvió a hablar del tema, así que yo lo di por zanjado.

Un par de meses después se produjo una punta de trabajo: la quiebra de una de las sociedades a la que dábamos servicio provocó una serie de acciones judiciales en cascada que tuvimos que resolver trabajando veinticuatro horas diarias los siete días de la semana. No fue una sorpresa para nadie, era un negocio insostenible. Mediante maniobras legales habíamos conseguido taponar las fisuras que el entramado empresarial presentaba, pero la presión aumentaba día a día. Tarde o temprano, tenía que destaparse el escándalo y, al fin, estalló de manera violenta. Al principio la tensión fue soportable, pero, a medida que pasaban los meses, el esfuerzo emocional comenzó a pasarme factura en forma de los insufribles padecimientos de nuca y espalda que, por muy acostumbrada que esté, son insufribles.

Cierto día, charlando de manera informal con los colegas del buró en un momento de distensión, me enteré que había personas que se efectuaban masajes corporales a domicilio. El paciente no tenía la obligación de desplazarse hasta el gabinete de masaje, era el masajista quien acudía al domicilio previa cita. Este sistema me interesaba, era una forma de combatir las molestias sin tener que perder un tiempo de trabajo precioso. Sin embargo, no me debió interesar lo suficiente, porque olvidé hacer que una de mis secretarias lo anotase en mi agenda como algo urgente.

Pero, a medida que transcurrían las semanas, la resistencia de nuestros clientes se desmoronaba y los problemas con los que nos enfrentábamos eran cada vez más y más difíciles de resolver. Y, cuanto más tiempo pasaba, y aunque mis dolores eran cada vez más terribles y más interés tenía yo en localizar una masajista a domicilio, nunca parecía ser el momento adecuado para llamar. Siempre había una reunión, una llamada que atender, una gestión que ordenar, un documento que revisar.

Por fin, un día en que me encontraba en la biblioteca de casa trabajando, el sufrimiento llegó a ser insoportable, así que decidí que sería una buena idea llamar a una de mis amigas, Concha, que, recordaba, había sido quien había hecho el comentario. Ella me proporcionó el teléfono del masajista al que solía telefonear. Dejé la llamada para el día siguiente, esperando que los de seguridad se pusiesen en contacto con la casa de Concha para recibir informes del gabinete de masaje, y continué con mi trabajo, pero el padecimiento de la espalda no me permitió quitarme la idea del pensamiento.

No sabía realmente si llamar o dejarlo, incluso tratar de localizar a otra masajista o, por el contrario, perder unas horas e ir a un centro especializado. Consulté a las fotos de mi marido y mis hijos, que me miraban sonrientes desde dentro de sus retratos con marco de plata sobre la mesa con centro de cristal tallado. Al final, ante el silencio cómplice de las fotografías, me decidí y telefoneé al número que me facilitó Concha. Al otro lado de la línea una voz femenina me contestó muy amablemente:

Gabinete de Quiromasaje de Atocha, ¿en qué podemos servirle? –al comprobar que estaba hablando con una mujer me tranquilice bastante. Al menos no se trataba de un masajista masculino, me dije.

Necesitaría que un masajista acudiese a mi domicilio lo más pronto posible para ver si me puede aliviar un dolor insoportable de cervicales –respondí

Señora, esta noche es imposible, le puedo enviar una persona mañana por la mañana a primera hora –repuso la voz

Mañana será sábado…

Eso no es ningún problema. ¿A las nueve le iría bien?

Mejor a las once, mi marido y yo trabajamos muy duro toda la semana y el sábado solemos levantarnos más tarde –puntualicé

Por supuesto, señora, mañana a las once. El servicio de nuestros profesionales el fin de semana está tarifado en trescientos euros.

Me parece un poco caro, pero si me soluciona el problema lo pagaré encantada. Por favor, tome nota de la dirección…

Así que, concertada la cita y fijados los honorarios, volví a concentrarme en el caso que me tenía absorbida.

La mañana siguiente, sabiendo que iba a tener una sesión de masaje me levanté algo más temprano de lo habitual, tomé un baño muy relajante y me perfumé como si fuese domingo y fuésemos a asistir a misa doce. Pero mi pensamiento estaba centrado únicamente en el padecimiento de mis cervicales y en la sesión que, esperaba, acabaría con ellos. Una vez terminado el baño y me envolví en la voluptuosidad del esponjoso albornoz del Club de Polo, ya que sólo llevaba un sujetador y unas braguitas tipo tanga. Me senté en el sofá de la sala junto a Juan María, que leía la edición del día del ABC mientras fumaba un puro con indolencia y cogí una revista para pasar el tiempo.

Buenos días –saludé aspirando la familiar mixtura de aromas de colonia y habano. Si hubiese tenido los ojos vendados habría jurado que mi padre y mi abuelo también estaban en aquel mismo salón hojeando sus periódicos, disfrutando del solaz familiar de los domingos por la mañana.

Buenos días, cariño. ¿No te vistes? –respondió Johnny en tono cariñoso

No, he quedado con el masajista de Concha… ya te lo dije anoche

Es cierto, es cierto… Tu dolor de espalda… Perdona, estaba distraído… –murmuró por debajo del bigote mientras volvía a la lectura del noticiero

¿A qué hora sale tu avión? –le pregunté

A ninguna, cariño, vamos en el jet de Albertito. Ayer me llamó, lo tiene en Barajas. Hemos quedado que me pasaría a buscar a las once e iríamos juntos.

¿Volverás antes de la cena?

No, cariño, por la tarde, después de la comida con el Concejal de Urbanismo, con los otros socios habíamos pensado en aprovechar que estábamos allí e ir a jugar a golf. Si no surge ningún contratiempo volveré mañana hacia la hora de comer.

Entonces no nos veremos hasta la noche… Yo mañana tengo una jornada de trabajo de las Esposas Católicas en Segovia.

Eran las once menos diez cuando campaneó sonoramente el timbre de la puerta. Juan María se levantó para abrir, pero la doncella de servicio se le había adelantado ya cuando llegó. Al otro lado del portón apareció un joven alto, muy fornido, de entre veinte y treinta años, bronceado, con una corta melena negra, lustrosa y rizada. Desde la distancia a la que me encontraba me resultó difícil adivinar su raza: la piel tostada y algo en sus facciones sugerían una cosa, la estructura del cuerpo otra distinta, el rostro, aún otra, la única calificación que fui capaz de darle fue la de "exótico".

Buenos días –saludó la doncella, esforzándose en disimular su acento filipino

Buenos días –respondió el joven, visiblemente azorado por haberse encontrado, primero con los vigilantes de seguridad y después con la muchacha vestida con el austero uniforme negro

¿Qué desea, caballero? –inquirió nuestra sirvienta, tal y como le había aleccionado

¿Sí?– Dijo Juan María en tono férreo tomando el lugar de la doncella – ¿Qué se le ofrece, joven? –inquirió de forma reiterativa, cuando era obvio que el muchacho ya había pasado el control de la puerta exterior y alguien ya se había encargado de informar al servicio.

Buenos días señor, soy el masajista. Habíamos quedado que vendría esta mañana a las once –respondió, incomprensiblemente más relajado al ver el semblante adusto de mi esposo

¡Ah! Sí, pase, es aquí –contestó Juan María, dulcificando la voz.– No es para mí, es para mi esposa… Pero, pase por favor, no se quede en la puerta

El joven entró con timidez en el recibidor. Miraba a Johnny a los ojos, pero con una mirada humilde, carente de cualquier tipo de arrogancia. Si me había parecido alto cuando estaba fuera, viéndolo junto a mi marido, me di cuenta de que debía rondar los dos metros de altura. Juan María a duras penas le llegaba a la barbilla. Los hombros del mocetón, que me habían parecido iguales a los del habitual "musculitos" de gimnasio, eran descomunales y sus brazos, sin duda alguna, tan anchos como las piernas de mi marido. No obstante, no solo no parecía amenazador, sino que, al contrario, su imagen transmitía dos sensaciones complementarias: la primera de candor seráfico como la que en ocasiones produce la contemplación de los cuadros de Fra Angelico; mientras que la segunda, era la de perfección; la perfección de una máquina sin ningún adorno: elegancia, poder, firmeza y eficacia en estado puro.

¡Engracia, abra las contraventanas de la sala de billar, por favor! –ordenó mi marido a la doncella. La sala de billar no es gran cosa, pero sí un lugar poco frecuentado de la casa y uno de las pocas estancias donde no hay instaladas cámaras de vigilancia.

El joven se presentó con educación, Romeo se llamaba, era brasileño. Seguidamente, siguiendo a la doncella, se dirigió con toda su parafernalia a la habitación que le había indicado mi marido. Mientras caminaba me fijé en la elegancia con la que se movía el muchacho portando dos maletas, una bastante aparatosa y otra algo más pequeña y, sin embargo, cargaba con ambas con la misma ligereza con que un niño llevaría la merienda del cole. De la primera desembolsó y comenzó a armar una camilla alta pero muy liviana que tuvo lista en un santiamén, y de la más pequeña extrajo algunos botes y paños que colocó muy cerca, para tenerlos a mano. Juan María observó la facilidad con que el masajista parecía desenvolverse y cuando su curiosidad estuvo satisfecha, se despidió desde la puerta:

Hasta mañana, cariño, supongo que no tardarán en venir a buscarme…

¡Hasta mañana! –Respondí.– Saluda a Albertito de mi parte. ¡A ver si quedamos alguna noche con él y con Pura para ir al teatro! Hace siglos que no vamos… Aunque lo que realmente me apetecería es hacer una escapada con ellos para ir de compras a París.

Se lo diré de tu parte… –confirmó guiñándome un ojo.

Johnny salió cerrando la puerta tras de sí y nos dejó solos concediéndonos algo más de intimidad. Al verme a solas con el joven, aún no sé porqué, me entró un súbito ataque de vergüenza. El masajista, dándose cuenta, me dijo en un tono tranquilizador:

Por favor, póngase cómoda, señora... –y, sonriendo de tal forma que la cara se le iluminó con una halo de pura inocencia continuó– Y, si es tan amable, quítese el albornoz y el sujetador, será más fácil para mí… Y otra cosa más…–añadió finalmente– para evitar que se le manche el pelo con el aceite, es conveniente que lo recoja… Ya sabe, un moño o algo así –trató de explicarme, sin dejar de sonreír, haciendo un gesto simpático con sus manos por encima de la cabeza. Tenía los dientes más blancos y perfectos que pudiera recordar, quizá porque contrastaban con el tono pecoso y, pese a ello, intensamente tostado de su piel.

Iba a quitarme el albornoz cuando recordé que en cualquier momento podíamos ser interrumpidos por el servicio. Si en la casa se recibía alguna llamada telefónica poco habitual o aparecía alguna visita inesperada, sin duda vendrían a buscarme y no tenía ganas de que nadie me viese de aquella guisa.

¡Engracia! –invoqué a la doncella, que apareció a los pocos segundos

Por favor, Engracia, encárguese de decir que nadie nos interrumpa… Al chofer comuníquele que no necesitaré de sus servicios hasta mañana por la mañana, que tiene la tarde libre, pero que mañana debe estar aquí a las siete, sin falta… ¡Ah! y a la cocinera recuérdele que hoy comeré y cenaré sola, el señor no volverá hasta mañana.

Como usted mande, señora –confirmó ella en tono servil. A continuación, salió del gimnasio cerrando la puerta con sumo cuidado.

Aún así, no me quedé tranquila, mientras me desnudaba le pedí al masajista

Si no te importa, cierra la puerta con llave, no quiero que nadie del servicio me vea así…

Por supuesto, por supuesto…

Él hizo lo que le había pedido y, mientras yo me acababa de desnudar y me anudaba una toalla alrededor de la cabeza, él se giró de espaldas colocando las cosas para el masaje. Su dorso era tan ancho que comprendí porqué había tenido que hacer un quiebro para pasar por la puerta con las maletas. La camiseta que llevaba, de un blanco cegador, estaba tan tirante que parecía a punto de romperse. Sin llevar ningún perfume, emanaba de él un olor sutil, familiar y sugerente que tenía sobre mí un efecto sedante. Me volví a sentir una niña confiada estando junto a aquel hombretón.

Finalmente, me encaramé en la camilla, me tendí boca abajo y él puso sobre mí una toalla blanca que me cubría desde la mitad de los muslos hasta las caderas. Romeo se frotó enérgicamente las manos con aceite de almendras amargas según me informó y comenzó a restregarme las plantas de los pies, las pantorrillas y la cara interna de las rodillas de una manera flexible al tiempo que firme. Sus manos, que había esperado ásperas y callosas, aunque solo fuera por el roce con las pesas del gimnasio, eran, por el contrario, deliciosamente suaves. Sus dedos, que había anticipado toscos, se revelaron los dedos de un pianista, bailaban sobre mi cuerpo componiendo una sinfonía táctil de sensaciones: unas veces pellizcaban traviesos la carne, mientras que otras la amasaban amorosamente; en ocasiones volaban sensualmente sobre mi piel de una manera tan sutil como el vuelo de una mariposa, en ocasiones tamborileaban frenéticamente en alguna parte de mi espalda, mientras que en otras aterrizaban y arrastraba los nudillos con firmeza.

Me abandoné a su maestría, mi cuerpo se convirtió en un instrumento que obedecía ciegamente la cadencia de sus dedos, vibraba siguiendo los acordes que el joven virtuoso interpretaba en él. Las notas que de mi arrancaba ascendían y descendían en una espiral inacabable en la que mi mente se sumergió confiada. Toda tensión que mi cuerpo hubiese acumulado o resistencia que pudiese presentar quedó desmantelada por su melodía. Una secuencia perfectamente modulada de sensaciones hizo que me sintiera relajada hasta el punto en que casi me duermo. Aquello era lo más parecido a la gloria del paraíso que nunca había conocido, un estremecimiento desconocido, un goce refinado, un placer infinito.

Para mi dicha, así estuvo trabajando Romeo durante un largo rato, recorriendo con sus manos celestiales cada parte de mi cuerpo, las caderas, la espalda, los hombros, el cuello, la nuca, la cabeza, las sienes, los brazos, las manos, los dedos, la frente. Cuando le tocó el turno a mis nalgas, que por alguna razón las dejó para el final, yo ya no era dueña de la voluntad de mi cuerpo. Romeo deslizó con dulzura sus manos cuidadosamente lubricadas por debajo de la toalla con la que me había cubierto y con los dedos pulgares dibujó un camino sobre mis nalgas que recorrió una y otra vez durante un espacio de tiempo en extremo placentero. Yo creí que me iba diluir sobre la frágil camilla. Estaba absolutamente excitada, él amasaba de una forma tan enervante mis glúteos hambrientos de caricias que me recriminé mentalmente el no haberme quitado el tanga antes. Romeo de todas formas actuaba como si no hubiera tanga pues de vez en cuando sus dedos se escapaban por debajo de la braguita, no sé si intencionadamente, pero a mí me producía unos espasmos que intentaba reprimir para que no lo advirtiera él.

En un momento dado abandonó el trabajo sobre mis nalgas y se puso frente a mi cabeza que tenía ladeada, para dedicarse nuevamente a la espalda, de esta forma pude comprobar, sin lugar a dudas, que el hombre estaba excitado; no lo podía disimular, habida cuenta que iba vestido con pantalón blando de algodón de un blanco inmaculado y, como he comentado antes, una camiseta también blanca. Su miembro dilataba el fino calzón en un saledizo carnoso del que yo no podía apartar la vista por mucho que lo intentaba. Tumbada sobre la camilla pasaba una y otra vez delante de mi vista, enhiesto como el trole de un tranvía, precediendo orgulloso la cintura de su dueño.

Intenté tranquilizarme, pensar en cualquier otra cosa que me distrajera, pero era imposible. Aquella situación era nueva para mí. Absurdas fantasías de todas clases se adueñaron de mi imaginación, y todas ellas tenían como protagonista a mi masajista brasileño. Deseé que me quitara la braguita tanga, lo deseé con vehemencia, con una pasión que nunca habría creído posible, sin embargo, como ya esperaba no ocurrió nada. El bueno de Romeo retornó una vez más a amasar mis nalgas y ahora era yo quién no podía disimular mi estado, tenía las bragas empapadas. Con las piernas ligeramente abiertas, cualquier pequeña brisa, incluso la que producía el joven al moverse, me recordaba, una y otra vez, que tenía las ingles completamente anegadas. Cualquier pequeño roce sobre mis nalgas se convertía en un estímulo erótico enervante, incluso algo tan familiar como el tacto del tanga al hundirse entre mis cachetes me excitaba. Recé, sí, recé literalmente para que él no se apercibiese de mi estado de excitación. Él apretujaba mis nalgas y notaba como las tibias yemas de sus pulgares acariciaban la hendidura de mi ano, de mi sexo. Estaba ardiendo e iba a estallar, no podía más. Percibía claramente como sus dedos se ralentizaban al pasar sobre las bragas a la altura de mi culo.

Pero, por desgracia, terminó el tiempo, una hora que a mí me pareció que había volado sin siquiera empezar. Él joven me indicó que había terminado y yo, aunque lo intenté, no pude levantarme, estaba desfallecida. Haciendo un esfuerzo, me incorporé tapándome los pechos, Romeo recogió mi albornoz y me ayudó a ponérmelo. Reparé en la mirada oblicua de sus ojos color aguamarina clavada en mis pechos. Mis pezones, dolorosamente erectos, le apuntaban directamente a la cara.

¿Cómo se siente ahora, señora? –me preguntó con cortesía

Flotando en el paraíso… Esto… quiero decir que ahora estoy mucho mejor que antes. Hasta me he olvidado por completo de mi dolor de cuello –respondí, dando, sin pretenderlo, una entonación pícara a mi voz que podía dar a mis palabras un sentido que ya no tenía claro si era correcto o no.

Me alegro de que haya quedado satisfecha. Como era la primera vez que trabajaba con usted he tratado de ser lo más conservador posible. He notado que hace ejercicio regularmente y está usted en forma. Si hubiese sabido que su cuerpo iba a responder tan bien hubiese tratado de forzar un poco más –aseguró él

¿Quieres decir que aún podría ser mejor?

Naturalmente, mucho mejor, ya le he dicho que, como no la conocía, he limitado el tipo de masaje. Pero en futuras sesiones creo que ya sé a que atenerme.

Bueno, es una tentación. ¿Qué te parece si quedamos para la semana que viene?

¿Qué día le iría mejor a usted, señora? –me preguntó, sacando su agenda de una de las bolsas

Lo pensé unos segundos, repasando mentalmente todas mis citas y al final le propuse:

¿Tú tendrías libre el próximo sábado a la misma hora?

Sí, sé que lo tendré libre, no suelo trabajar los sábados, hoy he hecho una excepción. Pero, ya sabe que tiene un sobreprecio, los días laborables la tarifa es otra –repuso

Sí, ya lo sé, pero durante la semana es muy difícil que yo encuentre un hueco en mi agenda.

Era una mentira, con toda probabilidad podría haberlo arreglado para quedar algún día, pero el jueves Juan María volaba a los Estados Unidos para dar un ciclo de conferencias, así que, como de todas formas me iba a quedar sola, un masaje con Romeo era una buena forma de matar el tiempo.

Al día siguiente, muy temprano, el chofer me condujo a recoger Concha y junto con ella y los sempiternos guardaespaldas viajamos hasta Segovia. Allí no me enteré de una sola palabra de lo que se dijo en las charlas, estuve todo el día absorta recordando las manos de Romeo, el brillo de sus ojos, su sonrisa infantil, la blancura impoluta de su dentadura y, sobre todo, la cálida tirantez de su pantalón. Me olvidé por completo de las molestias cervicales. Mientras un religioso nos aleccionaba en las cualidades espartanas de una buena madre católica, yo deliraba con los ojos abiertos por bajar la goma de su pantalón poco a poco, comprobar si sus abdominales eran tan firmes como se adivinaban bajo la camiseta, descubrir su slip, poder acariciar su deliciosa entrepierna. La imagen fantaseada de su miembro erecto se había convirtió en un fetiche lascivo con el que no podía dejar de soñar. Sentada con fingido recato en una silla junto a Concha me humedecí pensando en la sesión del sábado siguiente. Tan solo era una fantasía, no estaba siendo infiel a Johnny, aquello no era real, solo una forma de sobrellevar el tedio de unas charlas plomizas.

Juan María, llegó aquella la noche de su viaje relámpago notoriamente animado. Me relató con pelos y señales las artimañas que habían utilizado él y sus amigos para forzar al concejal a recalificar los terrenos de la sociedad. La provincia de Castellón había cambiado la alfombra verde de algunas hectáreas de naranjos entre la montaña y el mar por una ampliación de un campo de golf, un hotel de lujo y unas pocas decenas de casas apareadas. Johnny estaba especialmente contento por esto último porque la inmobiliaria las había puesto a la venta en Alemania hacía solo unos días y ya estaban todas adjudicadas. Cuando finalizó de contarme su historia, se interesó por saber cómo estaba mi cuello y qué tal me había ido con el masajista. Le expliqué que después de la sesión me sentía mejor, que mi cuello estaba mucho más aliviado. Aunque, obviamente, me sentí incómoda hablando de ello, teniendo que ocultarle las sensaciones tan intensas que había vivido en la sala de billar.

Pasé el resto de la semana ansiando que llegara el sábado: el lunes, en el desayuno conjunto de trabajo que solíamos tener para ajustar la planificación de la semana me descubrí divagando una y otra vez sobre lo que se debía sentir al ser poseída por un arcángel como Romeo, al abandonarse bajo el poderío de aquel cuerpo escultural de macho, al besar sus labios concupiscentes, al ser penetrada por su miembro, al sentirlo deslizarse abriéndose camino líquidamente en mi interior, al rodear con mis muslos su cintura escultural. A pesar de la presión que teníamos encima, me vi incapaz de continuar, finalizada la reunión de programación me excusé diciendo que iba a casa a revisar los documentos que tenía a mi cargo con más tranquilidad, pero lo único que hice fue, después de comer, encerrarme en el dormitorio y pecar contra mi propio cuerpo masturbándome como una colegiala. Sabía que lo que estaba haciendo no estaba bien, pero era mi cuerpo, a nadie molestaba ni a nadie hería. No tuve remordimientos y me alivió lo suficiente para poder volver al caso de la quiebra fraudulenta.

El martes, en los juzgados, apenas llevaba media hora cuando descubrí consternada que ni siquiera sabía porqué había ido hasta allí. Mi teléfono móvil no cesaba de sonar, nuestros clientes intentaban localizarme desesperadamente utilizando todas sus líneas, pero yo no me sentía con fuerzas para contestar. Esperé a que amainase la tormenta y fui yo la que llamé al despacho para rogarles que me sustituyesen argumentando una indisposición transitoria. En lugar de ir a casa, en vista de que mi espalda estaba como nueva y no sentía ninguna molestia, fui al Club de Polo y pasé el resto de la mañana cabalgando una de nuestras yeguas. Ni el aire fresco, ni el ejercicio vigoroso me distrajeron, en el vapor del baño turco, aprovechando que estaba a solas, volví nuevamente a disfrutar de los placeres solitarios. Me convencí de que no era pecado, sino de que solo se trataba de un ejercicio higiénico para poder volver a concentrarme. Por suerte, aquella tarde, la amena fiesta de presentación del último libro de uno de nuestros amigos en el Círculo de Bellas Artes me mantuvo distraída. Tan solo pensé en el gigantesco Romeo en contadas ocasiones, cuando viajaba entre corrillo y corrillo.

El miércoles, en mi agenda solo figuraba el acompañar a Juan María a Milán. Una de las sociedades en cuyo consejo de administración él figura es cliente del bufete. Johnny, al verme ausente de este mundo, se hizo cargo de todo. Lo único que yo tuve que hacer fue traducir, ya que si bien sus socios italianos no tienen dificultades en comprendernos, para Johnny cualquier idioma que no sea el español de Castilla es un arcano, ni siquiera fue capaz de distinguir que una de las personas que estaban allí era argentina y se dirigía a él en castellano. Esta tarea de trascripción, que requería por mi parte una concentración completa, hizo que me olvidase de la sonrisa de Romeo por unas horas, si bien, a pesar de la delicadeza de Juan María durante el viaje, no pude sufrir que me tocase, era como si me estuviese reservando.

El jueves en el bufete me encontré con que Luís Alberto y su equipo habían ocupado ya mi lugar en la batalla legal que se estaba preparando. Estaba fuera, tres días de distracción y me habían echado a un lado. En otro momento me hubiese puesto hecha un furia, pero en esta, casi me alegró haber sido sustituida. El único trabajo que tuve fue repasar con mis ayudantes los acuerdos a los que se había llegado en Milán y las acciones que nuestro despacho tenía que realizar. Por la tarde, después de comer con Concha, asistimos a una reunión de jóvenes católicos que habíamos organizado. Más tarde acompañé a Juan María al aeropuerto, le recordé que debía pasar a visitar a los niños, y me despedí de él. Al volver me alegré de tener casi un mes completo para mí sola. Fui a la ducha y descubrí para mi sorpresa que el mango móvil puede dar mucho juego si una deja volar la fantasía.

El viernes por la mañana ni siquiera hice el esfuerzo de excusarme, sencillamente me quedé en casa tumbada en la cama. Me levanté a media mañana, fui a hacer "jogging", me duché, llamé a una de mis hermanas, quede con ella más tarde para ir de compras y me fui a depilar. Cualquier otra cosa que me hubiese planteado hubiese sido demasiado complicada para mí. Durante el almuerzo, relajada por el agradable ambiente de la terraza al aire libre del Club, le planteé a Adela, mi hermana, lo que me estaba sucediendo. Podía confiar en ella, de mis doce hermanos la única que se había apartado de la línea de comportamiento conservadora que nos marcaron nuestros padres y tenía su propio criterio era ella.

- Adela, no sé que me está pasando… -comencé

- ¿Es alguien que conozca? –me preguntó con una sonrisa cómplice, bisbiseando para evitar que el guardaespaldas, que nos miraba con disimulo desde la mesa de al lado, pudiera oírla.

- Pero, ¿cómo… cómo lo has adivinado…? –respondí sorprendida, susurrando a mi vez.

- Primero, porque no me has llamado para salir desde que nació tu hijo mayor. Cuando he recibido tu llamada, he pensado ¿Qué le estará pasando a Sor Rosalía que necesita hablar conmigo? Segundo, porque tenía que ser algo muy gordo… bueno, gordo para ti… una trivialidad para cualquiera con dos dedos de frente… -comentó para sí misma en voz alta- …Esto, ¿qué estaba diciendo?... Sí, ya… algo muy gordo para que no vayas a trabajar. Y, tercero, y sobre todo, porque conociendo al muermo de Johnny… Hija mía, no conozco a nadie con menos "joie de vivre" que él, ¡qué aburrimiento de hombre! Lo que me extraña es que esto no haya pasado antes. Bueno, tampoco me extraña, porque después de sobrevivir a nuestros padres, lo difícil es que cualquiera de vosotras pudiera siquiera mirar a la cara a un hombre… Ya sabes a lo que me refiero, con los chicos todo era distinto, pero nuestro coñito era solo para nuestro dueño… Las palabras de mamá no eran estas, pero seguro que la idea la reconoces.

- Pero, ¿cómo… cómo lo has adivinado…? –respondí sorprendida, susurrando a mi vez. Le conté sin ambages lo que me sucedía, mi absoluta incapacidad para pensar en otra cosa que no fuera en Romeo. No había en ello nada de romántico, únicamente una atracción física perentoria.

Por fin llegó el sábado. Me levanté muy temprano, me hice servir un desayuno ligero y fui a dar un paseo. Las calles estaban desiertas, entre el estrépito jubiloso de los pájaros ocultos en las copas de los árboles tan solo alcanzaba a escuchar mis propios pasos y los del guardaespaldas como un eco imperfecto unos metros más atrás El murmullo grave y constante del tráfico lejano era apenas un desvaído telón de fondo al que no prestaba atención. Los riegos automáticos ya habían finalizado y de los jardines ocultos tras los muros junto con la humedad que comenzaba a evaporarse brotaban todos los perfumes de la primavera tardía. Era solo una ilusión, no parecía que estuviese paseando por Madrid y, sin embargo, la calle de Serrano está a solo unos metros. Me encontraba varada en una isla de serenidad en la tempestad caótica de la capital. Yo no sabía lo que me estaba sucediendo, no conseguía entender porqué mi cerebro tan solo era capaz de pensar en estar con Romeo. No había en ello nada racional, no habíamos cruzado más que unas pocas palabras, no sabía nada de él y, sin embargo, su voz, su figura, su manera de moverse, de tocarme, de hablarme, ocupaban el ciento por ciento de mis pensamientos.

El timbrazo en la puerta anunció la llegada de Romeo. Engracia corrió a la puerta y, sin que tuviera que decirle nada, lo condujo a la sala de billar.

- Buenos días, señora –saludó cortésmente con una de sus sonrisas candorosas

- Buenos días, Romeo –respondí con voz aflautada, los nervios me estaban jugando una mala pasada

- ¿Mejoraron los dolores después de la sesión anterior? –se interesó, al tiempo que comenzaba a armar la camilla

- Sí, la tuya fue mano de santo. No me han vuelto a molestar ni el cuello ni la espalda. He pasado una semana sin dolores –le informé

- Tiene mucho mejor aspecto, parece más… no sé… más relajada –respondió sin dejar de preparar el instrumental

- Bueno, hoy veremos si es verdad lo que prometiste

- ¿Qué es lo que prometí? Lo siento... No recuerdo –se excusó

- ¡Qué hoy sería mucho mejor! –le recordé

- Por supuesto, por supuesto… La sesión de hoy, si colabora tanto como la semana pasada, estoy seguro de que no la olvidará –me aseguró con un guiño pícaro.

Esta vez estaba preparada, me había recogido el pelo en un moño y no llevaba ropa interior alguna. Esperé a que él montase la camilla admirando la precisión de sus movimientos. Cuando hubo terminado, me quité el albornoz, me encaramé encima y me tumbé como me había pedido la vez anterior. Me pareció que su mirada había perdido aquel punto de inocencia que yo recordaba y creí advertir un furtivo brillo de lascivia en sus pupilas.

Él depositó con delicadeza la toalla blanca sobre mis nalgas, ungió nuevamente sus manos con aceite de almendras amargas, se dirigió a mis pies y comenzó a friccionarlos suavemente. Fue ascendiendo en un ligero masaje circular hasta llegar a la pantorrilla y después al muslo. Me pareció que había en su forma de hacerlo más sensualidad que la vez anterior, era más como si estuviese apreciando el suave contacto de mi piel depilada que dando un masaje. El pensamiento de que quizá él se sintiera tan atraído por mí como yo por él me excitó aún más.

Romeo se entretuvo amasando los muslos durante un rato que me pareció eterno. En cada ocasión, la presión de sus dedos se expandía como una onda eléctrica, por una parte descendía hasta llegar a mis pies y por la otra ascendía hasta alcanzar mi sexo. Cada vez estaba más convencida de que había algo que era profundamente diferente en sus manipulaciones, aún siendo aparentemente iguales. Percibía como las yemas de sus dedos acariciaban mis nalgas y sentía como sus manos exploraban la pared interior de los muslos hasta casi rozar la frontera líquida de mi sexo. Estaba poniéndome a cien, y eso que acababa de empezar.

Un roce inadvertido en mi nuca cuando tenía sus dos manos fielmente localizadas sobre mis piernas me sobresaltó. Instintivamente toda mi atención se concentró en mi cuello. Sus manos no dejaban de moverse, pero el calor y la humedad de su aliento precedieron a un nuevo contacto prácticamente imperceptible: era la sombra de un beso. Un beso robado tan sutil y delicado que podía pasar haber pasado inadvertido, pero que hizo que todo el vello de mi nuca se erizase de anticipación. No sabía como reaccionar, no le había dado mi consentimiento, ni mis acciones o mis palabras podían entenderse como una invitación. Decidí esperar a su próximo movimiento para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos. Tampoco tenía fuerzas para hablar, ni ganas de hacerlo, estoy segura de que en aquel momento no hubiese podido pronunciar ni una palabra.

Él continuó masajeando mis muslos unos minutos. Llegué a pensar que había imaginado todo, que era fruto de mis propios anhelos. La impaciencia me devoraba, cuando él se detenía un solo segundo para cambiar de posición o añadir más aceite, todo mi cuerpo se ponía en tensión esperando que volviese a propasarse.

- Señora, por relájese, déjese llevar… Sus músculos se están contrayendo por minutos… ¿Hay algo que la moleste? –preguntó Romeo.

- No, no, Romeo, lo estás haciendo muy bien. Tienes razón, estoy poniéndome nerviosa sin motivo. Lo intentaré remediar –respondí.

Prolongó el masaje en los muslos unos minuto más, hasta que mi cuerpo volvió a aflojarse y mente se abandonó a la sabiduría de sus manos. A continuación hizo descender poco a poco la toalla hacía mis pies. Notaba como la prenda iba dejando al descubierto mis nalgas desnudas. Por fin, sentí como resbalaba y caía al suelo.

Mi cuerpo completamente desnudo estaba a su completa disposición. La idea de no tener que tomar ninguna decisión cada vez era más atrayente. Todo lo que fuese a pasar, si es que iba a pasar algo, dependería de él. Yo solo sería su servidora.

Mientras reflexionaba sobre esto, sus manos de acercaron nuevamente a mis nalgas. Sus pulgares mimaban la superficie esférica, deslizándose con facilidad sobre la película de aceite de almendras amargas que había derramado. La sensación que me producían sus movimientos era electrizante. Separé un poco más mis piernas para aliviar el calor que se acumulaba en mi entrepierna. Los círculos que él trazaba se fueron ampliando. Patinaron suavemente por la pendiente interior y uno de ellos flotó durante un par de segundos sobre mi ano. Un nuevo chorro de aceite y volvió a trazar la espiral desde el exterior acercándose con extrema lentitud hacia mi culo ávido de caricias. Tumbada boca abajo, con los ojos cerrados y toda mi conciencia concentrada en que aquella parte exigua de mi cuerpo, percibía, y sabía que era una ilusión, que se ofrecía hambriento a su dueño. El pulgar de Romeo se aproximó con más seguridad, se contuvo unos instantes en la entrada y, lubricado como estaba por el aceite, me pareció notar que se abría camino sin ningún esfuerzo. La dulce tormenta de placer se desencadenó inmediatamente. Dejé escapar un sollozo ahogado sin mover un solo músculo para no interrumpir la magia del momento, era consciente de que cualquier sonido que saliese de mi garganta quebraría el frágil "statu-quo" que se había establecido entre nosotros. No me planteaba lo que estaba haciendo, ni si aquello tenía alguna implicación moral, carecía de voluntad, era su esclava rendida.

Mi ano, derrotado por voluntad propia, era incapaz de ofrecer ninguna resistencia. Él empujaba con suavidad el pulgar y lo retiraba al tiempo que vertía gotas de aceite sobre él. La combinación de lubricante, paciencia, ausencia de violencia y sabiduría hicieron que en unos maravillosos minutos avanzase tres o cuatro centímetros en mi interior. A continuación añadió un movimiento rotatorio pausado que fue amplificando a medida que pasaban los segundos.

Sacó el dedo y volvió a introducirlo. Esta vez fue mi cuerpo el que lo succionó con facilidad y rapidez. El lo extrajo y volvió a introducirlo, una y otra vez. El eco de los suaves envites se multiplicaba por todo mi cuerpo. Mi sexo rebotaba con dulzura, inquieto y excitado contra la mullida blandura de la toalla. Toda la parte inferior de mi cuerpo entró en sintonía con los movimientos de la mano del masajista y, sin que fuese consciente de ello, un súbito calor se propagó desde mi entrepierna hacia mis caderas y mi cuerpo. El orgasmo más dulce, silencioso y contenido que se pueda imaginar me arropó en la camilla, me hizo volar al Paraíso y me devolvió a la Tierra en unos pocos segundos.

- Señora, creo que hemos acertado con el punto de su anatomía más conveniente en donde aplicar el masaje. Por favor, no se mueva, no hemos hecho más que empezar… -suspiró Romeo

La camilla tembló unos segundos y el movimiento de sus dedos, que aún no había extraído de mi culo, me hicieron comprender que Romeo había cambiado de posición. Me besó con suavidad en la nuca otra vez, creí que iba a estallar.

Sus dedos me abandonaron y un objeto abrasador ocupó su lugar. Me tomó con fuerza del cabello y empujó con fuerza abriéndose paso en mi interior. Un dolor agudo e intenso sustituyó al placer.

- Para, por Dios, me estás rompiendo -aullé

- Aguante unos segundos señora. Hágame caso –respondió él sin apartarse, pero cesando en sus movimientos.

- ¡No, coño! Aquí quien manda soy yo –repuse con voz firme

- No, señora, no se equivoque, aquí, quien manda ahora soy yo –contestó el con seguridad, tirando con firmeza de mi pelo.

Cuando me quise dar cuenta, y como me había dicho él, mi esfínter, trabajado por el masaje previo, se acomodó blandamente a su nuevo inquilino.

- Lo ve, señora, ahora, por favor, déjese llevar, este baile es un baile que se me da muy bien –susurró nuevamente con su dulzura característica.

Efectivamente, Romeo conocía aquel baile y otros muchos también. Su energía parecía no tener límites, al igual que mi capacidad para tener un orgasmo detrás de otro. Todo un mundo de sensaciones se abrió delante de mí. Comprendí de improviso todos los años de sexo lamentable y aburrido que había desperdiciado con mi marido. Tres horas después él me despertó.

- Señora, creo que ya estamos por hoy. Tres horas de masaje es mucho más de lo que estaba estipulado, pero creo que ha merecido la pena…

Conseguí sacar fuerzas para incorporarme, nuestros fluidos empapaban toda la camilla. Me incorporé, él ya se había vestido y recogía sus cosas con concentración. Tomé mi bolso, donde había preparado sus honorarios de "masaje". Estiré la mano con los 300 € y una sonrisa, quizá de dominio al saber que le tenía en mi nómina. Hubiese querido ofrecerle más dinero pero temía ofenderle. Él, levantando la mirada, y me contestó con tono humilde:

¡Ah no, señora!, el importe del servicio ya ha sido satisfecho. Un abogado, el señor Luís Alberto, me dijo que era amigo suyo, me contrató. Él me dijo que lo hiciera lo mejor que pudiera, que tenía usted cierto recelo. Espero haber estado a la altura de las circunstancias.

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