Pasé la noche de fin de año en una fiesta de cotillón en
compañía de Natalia, una compañera de trabajo, y del matrimonio formado por
Eleazar y Susana. Eleazar siempre ha sido un buen amigo mío; así lo recuerdo
desde que éramos pequeños.
Los cotillones de fin de año son para divertirse, y eso
Eleazar y yo siempre lo hemos procurado: divertirnos, bailar y beber, sobre todo
en compañía de mujeres si se terciaba. Eleazar no conoció a mi compañera Natalia
hasta esa noche cuando yo se la presenté. De espaldas a su esposa se sintió
fascinado por ella y es que Natalia era un bombón; una rubita de ojos azules con
aspecto hollywoodiense, de cuerpo escultural, tetas grandes y duras y mejor
culo. No habría de importarme a mí que aunque Natalia viniese como mi pareja,
Eleazar se sobrepasase un poco con ella aprovechando algún baile, y este asunto
divirtiera a la chica, que al fin y al cabo era una calientapollas. Todo esto
sin que fuese muy consciente de ello Susana, aunque de sobra supiese de los
impulsos de su marido.
Eleazar era un buen amigo, yo no consideraba esto
entrometerse entre Natalia y yo; es más, la cosa me daba morbo, tanto que cuando
Susana se entretuvo conversando con otras personas y yo vi que Eleazar se
llevaba a Natalia hacia unos reservados, yo me fui tras ellos. Se abrazaron en
mi presencia y empezaron a morrearse, mi amigo me miró y a mí se me escapó una
carcajada. Acto seguido abracé a Natalia por detrás y comencé a meterle mano por
todo el cuerpo, mientras mi amigo hacía lo mismo, sólo que la chica advirtió que
la cosa se ponía demasiado caliente y no se quiso quemar.
- ¡O me soltáis o grito! –exclamó Natalia.
- Deja que se marche –me dijo Eleazar-, ella se pierde lo que
hubiera sido un sensacional trío.
La perdimos de vista y regresamos en busca de Susana. Era
hora de irse, nos echaban del local, pero Eleazar me invitó a ir a su casa a
tomar la penúltima copa, como suele decirse. No agradó mucho la idea a Susana,
pero por no discutir con su marido, lo consintió, además ella siempre me tuvo
aprecio porque yo era precisamente quien muchas veces ponía freno a los excesos
de su marido.
- Voy a cambiarme de ropa y a meterme en la cama –dijo la
mujer nada más llegar a casa-, estoy cansada así que disculpadme y sed buenos.
Le deseé cortésmente que tuviera dulces sueños y su marido la
besó. Susana era una auténtica lozana española, al contrario del aspecto
extranjero de Natalia; pero la mujer de Eleazar no tenía nada que envidiar del
cuerpo de la otra. Por española se entiende un bonito cabello y tez oscura, ojos
negros, boca deliciosa y ternura de mujer.
Yo servía unos cubatas y me amigo me detuvo:
- ¡Deja eso y acompáñame!
- ¿Adónde vamos?
- ¿Quieres ver algo maravilloso si o no?
No tuve más remedio que acompañarle hacia los dormitorios. El
muy cabrón no tenía otra intención que la de hacerme mirar a través de la
mirilla de una puerta para contemplar cómo se desnudaba su mujer. No lo rechacé;
Susana está muy buena.
- Ahora pasemos al dormitorio a ver que tal nos recibe mi
esposa –dijo Eleazar.
Me asustó un poco la idea, pero ¡qué coño! Algunas noches
guardan una segunda oportunidad.
