CARTA AL JOVEN AMANTE
Querido:
Volando ayer, un mar de nubes debajo del avión y el sol
diluyéndose en el horizonte como una naranja fosforescente, comprendí que estaba
enamorada de ti. El tiempo es ya enemigo: a mi edad, no es posible aprender las
palabras ni inventar las emociones. Tampoco —con tristeza, sin resignación, lo
escribo—, entretener la esperanza engordando la ilusión. Iré, pues, al grano. Te
quiero. Mi vida, desde ahora, no es mía: es tuya. Yo transitaré por ella, pero,
no la viviré.
Dirás: «un poco tarde, ¿no? Después de tantos revolcones y
tantos juramentos...» Después de haber dejado familia y amigos, de mudarme a tu
isla, de entregarte mi cuerpo para lo que tuvieras a bien disponer, de plegar mi
voluntad y coserla con un candado Yale y colgarte el llavín al cuello en el
escapulario de la virgen. Pues bien, sí: después de todo eso. No estaba
enamorada; estaba locamente apasionada por ti: que no es lo mismo.
He conocido (en la acepción bíblica) muchos hombres: casi
todos buenos amantes; muchos, duros; algunos, fieros; casi todos más jóvenes que
yo desde que cumplí los veinticinco. A ellos, como a ti, me entregué con
vehemencia y sin reservas. Fui muy feliz, mientras ardió con llama viva la
pasión: mientras fueron capaces de tensar mis emociones como un gitano las
cuerdas de su guitarra, y de modularlas, valiéndose de las suyas a modo de uñas,
en melodías afinadas —aún algunos sin talento, que plagiaban la inspiración de
otros pero que demostraron ser excelentes ejecutores; y aquellos que, incapaces
de articular sonidos armónicos, resultaron muy expresivos y comunicativos en su
zafia brutalidad.
A ninguno amé, sin embargo. Los deseé. Sufrí con sus desaires
y traiciones. Acepté que dispusieran de mí con la autoridad del propietario
legítimo —y lo eran: pero, sólo hasta que yo decidía modificar la legalidad y
someterme a otro señor—. Fui su amante, su novia, su esposa, su hembra, su
guarrita, su mujer, su nena, su puta, su coñito. Lo que ellos quisieron:
también, dueños de las palabras. Pero, no los amé —«¿Dónde está la diferencia?»,
preguntarás.
En los dos meses que han pasado desde nuestro encuentro, me
has utilizado sexualmente de todas las maneras que tu imaginación ha sido capaz
de concebir —y es riquísima tu imaginación erótica: la más portentosa que he
tenido ocasión de disfrutar—. Has dispuesto de mí para el placer de tus amigos y
para la atención de tus compromisos. Me has humillado: o, al menos, eso creías,
y con ello disfrutabas. Te has ido con otras mujeres y has gastado mi dinero con
ellas: con mi consentimiento y mi apoyo; yo, dichosa, complacida. Y consciente
de que, aún excitándote y en parte satisfaciéndote, no me quieres, me desprecias
como a una zorra vieja, no soy para ti más que un agujero con pelo alrededor y
pasta en el banco. No te amaba, ciertamente. Eras un pedazo de carne, un
precioso muñeco de veintitrés años, provisto de un magnífico instrumento duro e
indestructible, con el que puedes ejecutar ejercicios dignos de un mago, por la
habilidad y la precisión, por la eficacia en el logro de los objetivos y el
aturdimiento que provocas. Y sólo eras eso —que no es poco, por cierto.
Ayer, volando, intuí la diferencia entre pasión y amor.
Cuatro horas después de haberme alejado de ti, ya estaba angustiada por tu
ausencia. Cuatro horas: de las cuáles había consumido una encerrada en un
retrete del aeropuerto con un soldado, la medicina adecuada para contrarrestar
los síntomas de la nostalgia o la depresión. Un muchacho veinteañero, con el
pelo tan corto y la polla tan dura como corresponde a un recluta, que captó, en
cuanto la vio, la mirada de socorro que le envié, y me agarró de un brazo y se
encerró conmigo en un retrete perdido en un recodo, y me folló tres veces, a tu
estilo, con tu fuerza y tu insolencia: yo, apoyada de bruces en la cisterna, con
las rodillas hincadas sobre la tapa del inodoro; él, de pie, detrás, bombeando
con el fanatismo de un héroe, alternando una u otra de mis oquedades, jadeando
con el ritmo de un atleta en la prueba de los mil quinientos.
No surtió efecto la medicina, sin embargo. El síndrome,
pasado el periodo sedante de la aplicación, se reveló inmune al tratamiento. Por
primera vez me sentí invadida por un virus invencible con los remedios
conocidos, más pertinaz, más poderoso que las vacunas disponibles. ¿Por qué? No
lo sé. Los científicos conocen, quizá, las causas de la vida y, en consecuencia,
las de la muerte. Si no las conocen, las inventan: explicar es argumentar: jugar
con las palabras, con los conceptos, para construir bellas y armoniosas
realidades virtuales, como un artista inspirado arma un mosaico valiéndose de
piedrecitas de colores. Yo no soy científica ni artista. No puedo, pues,
inventar ni explicar. Únicamente contar: lo que veo y lo que siento, o lo que
intuyo.
En el avión, arrebatada por la belleza mágica de las nubes
recortadas en el horizonte, por la ingravidez gaseosa de la luz que se apagaba
como una brasa a la que se priva de oxígeno, comprendí que te quería. No fue una
deducción ni una inspiración: sencillamente, lo constaté. No puedo vivir lejos
de ti. Jovencitos calientes y potentes, todavía los puedo conseguir: pagando,
suplicando, con suerte, cor artimañas de bruja, como sea puedo hacerlo. El
apetito sexual, al igual que el biológico, se sacia embutiendo en el organismo
la materia necesaria, y si no hay carne el pescado puede cumplir el mismo
cometido, y sino, una buena dieta vegetariana. Pero, a ti no puedo sustituirte,
no puedo sublimarte en otros cuerpos u otros delirios: lo sé, no necesito
comprobarlo. Eres —lo supe en el avión, no lo creía hasta entonces— mucho más
que una polla inagotable, mucho más que un bello muchacho del que presumir y al
que extraer hasta la última gota de energía: eres mi hombre, mi amor, mi ideal.
Y lo serás siempre, mientras la memoria me obedezca y mis células sean capaces
de estimularse unas a otras mínimamente.
Perdona si te abrumo con esta confesión. Haz con ella lo que
te plazca, al igual que conmigo. Sobre todo, por favor, no te sientas agobiado:
dejaré aire a tu alrededor, te lo prometo. En ningún caso, ni en la situación
más desesperada, intentaré coartar tu libertad o influir en tu voluntad: puedes
estar seguro. Haré lo que tú me ordenes: incluso alejarme de ti, incluso
morirme. Mi compensación la obtendré sabiéndome tuya, tuya, tuya. Con
independencia de lo que tú dispongas para mí. Porque esto que te expongo es un
sentimiento mío, que no espero —ni siquiera estoy segura de que lo desee— que
compartas. Y ya está. Paso página. Ya no oirás de mi boca nada que no desees
escuchar.
Aquí, en Madrid, hace mucho frío. No puedo salir a la calle,
como ahí, casi desnuda. No me importa: saldré poco, lo imprescindible. Iré al
despacho del notario y al del abogado, y dejaré que mi madre cocine para mí
(engordaré, seguro) y me cuide. ¡La pobre ha estado tan sola! Papá vivió el
último año en el hospital, y mi hermano reside en París con su mujer.
Aprovecharé estos días, los necesarios para resolver los trámites
administrativos y conseguir el dinero que esperas, y cumpliré una de tus órdenes
más antiguas: relatar, sólo para tus ojos, lo que recuerde de mi vida hasta que
se cruzó con la tuya. Lo haré, como hago todo lo que me ordenas, porque sí,
porque tú lo quieres, con independencia de lo que yo piense al respecto. Pues no
me apetece, la verdad.
Si lo tuvieras a bien, preferiría hablarte de otros asuntos:
de mis sueños de gloria que ya están caducos pero aún me estimulan e incluso me
entusiasman. De mis terrores íntimos, a la muerte, por ejemplo, a la vejez
decrépita y solitaria, al olvido y la inanidad. Pero sé —no te preocupes, no
abandones la lectura, por favor— que todo eso no te importa nada: ni otras
inquietudes o intereses que pueda albergar, como la política, la literatura, la
historia cruel de este desgraciado país nuestro. Bobadas, sandeces aburridas y
cargantes: propias de viejas como yo, cansadas y secas. Tú quieres saber quién,
cómo, cuándo y de qué modo, con todos los detalles, me folló, me estupró, me
pegó o, al menos, me sedujo. Te lo contaré, todo lo que recuerde, sin añadir ni
suprimir una coma.
Pero, ¿por qué? ¿Para qué? No lo entiendo. ¿Pretendes
aprovisionarte de material combustible para alimentar tu hoguera en las tediosas
tardes de guardia en el hotel? No lo creo: dispones de una imaginación
poderosísima, puedes extraer consecuencias libidinosas hasta de un desgarrón
accidental en una cortina. Además, follas tanto, con tantas mujeres distintas, y
lo haces en situaciones tan sugerentes, tan procaces, que te parecerán bagatelas
infantiles lo que yo te cuente. Eres capaz de armar historias —para tu consumo o
para ser utilizadas como moneda de cambio en tus estrategias de seducción— mucho
más pornográficas que la ingenua colección de mis experiencias.
¿Quieres conocerme más, mejor? ¿Porque sospechas que tras la
pantalla de zorra servicial, se esconde una mujer más compleja? Te defraudaré.
O, lo que es peor, afianzaré lo que ya conoces. Porque lo que he de contarte me
retrata en esa faceta, la de mujer caliente, un ser lineal y escueto, una mujer
con orejeras y obediencia estricta a su instinto, que persigue una polla
apetitosa lo mismo que un burro en una noria persigue a la zanahoria colgada del
palo. ¿O quieres avergonzarme, sentarme frente a la encarnación corporeizada de
mis fantasmas, de las miserias y las indignidades que me han servido de peldaños
para descender y descender hasta alcanzar las suelas de tus zapatos? ¿Ésa es la
intención? ¿Que me corrija? ¿Ayudarme, al modo, tú, de un psicoanalista de
pacotilla? No lo creo: tu adorable (y por mí adorado) egoísmo, no lo
consentiría; correrías el riesgo de perder una fuente de recursos. ¿Qué ganarías
a cambio? Nada. (No temas, no hay peligro: puedo ser masoquista, soy mujer y un
poco ninfómana, pero no soy imbécil. No embestiré ese trapo).
Puestos a rizar el rizo por este camino, se me ocurre una
razón, más compleja y retorcida, que justificaría tu interés. Un razonamiento
del todo coherente con tu idiosincrasia intuitiva, con tu egocentrismo
instintivo. Puede que pienses —no necesariamente formulándolo en estos términos—
que, si conjuro todas mis experiencias anteriores a ti y te las ofrezco
ordenadas y desveladas, de manera que sepas tanto de mí como yo misma; si,
además, me avergüenzo, me asusto, me arrepiento de tanta promiscuidad, habrás
logrado el dominio absoluto sobre mí. La información es poder; la culpa es la
mejor herramienta para socavar la fuerza, para debilitar la voluntad, para
anular la resistencia. Si ésta fuera tu intención, el esfuerzo es en vano,
querido. Ya soy tuya, de manera absoluta e irreversible. Por más que sepas, no
podrías someterme con más eficacia ni mejor disposición por mi parte. Y nunca me
arrepentiré de haber gozado.
Hasta ahora, hasta que te conocí, nunca había podido
prescindir de esta ciudad acogedora como un útero meloso y sedoso: Madrid. Aquí
nací y aquí esperaba, salvo accidente —y ha ocurrido: tú—, morir. Mis padres,
oriundos del norte (ella) y del sur (él), confluyeron en Madrid, arrastrados por
sus familias, muchos años antes de que yo existiera. Estudiaron, se hicieron
adultos, se conocieron, se casaron y residieron en Madrid toda su vida. Aunque
viajaron bastante, sobre todo mi padre, debido a su trabajo, y a veces
disfrutaron vacaciones en alguna playa de moda o, con más frecuencia, en las
casas familiares, allá en las provincias de origen, siempre amaron con devoción
a esta ciudad, la suya, la mía, la de todos —no he renunciado, con respeto te lo
advierto, a convencerte de que abandones tu isla y te vengas, nos vengamos;
estoy segura: tu destino está escrito con letras grandes, con hálito ambicioso,
con trazo firme e imborrable, y en Madrid podrías llegar a ser, casi, casi, el
rey.
Nacida en Madrid, hace cuarenta y dos años —aún faltaban casi
veinte para que te engendraran a ti: no creas que lo olvido ni lo paso por
alto—, me llamaron Gloria, nombre que se reproduce en mi familia generación tras
generación. Mi madre, mi abuela, mi bisabuela, hasta donde alcanza la memoria
colectiva, todas nos llamamos Gloria, lo cuál, más que un rasgo de identidad, a
mí me parece una ordinariez, una lacra hereditaria que, apartándose de lo usual,
en mi familia exhibimos en lugar de entapujarla. Además, consecuencia
previsible, para evitar el eco (a las dichas han de agregarse varias tías en
distinto grado, y una docena larga de primas), ninguna, en realidad, usamos el
nombre tal cual. Mi apodo, Guli, procede, según recoge la tradición en casa, de
la deformación fonética en boca de mi hermano, incapaz de articular «Glori»,
primer y ridículo diminutivo que me asignaron.
Quizá el recuerdo más antiguo que conservo sea los alaridos
de mi madre en la cama con mi padre. Todas, todas las noches, al otro lado de la
pared, detrás del testero de mi camita, brotaba, como una pesadilla recurrente,
la misma secuencia de sonidos. Primero, ecos lejanos de conversación, por lo
general entreverada de risas: aun sabiendo lo que seguiría, yo solía
adormecerme, mecida por el rumor amistoso. Entre las palabras amables,
murmuradas algunas, ininteligibles todas, borboteaban suspiros y grititos agudos
de mamá, subrayados en contrapunto por las toses ásperas de papá, empedernido
fumador. Por fin, poco a poco, la conversación languidecía, hasta fundirse en un
silencio pastoso, corpóreo. Yo —si estaba despierta— abría mucho los ojos en la
oscuridad, contenía la respiración y escuchaba, concentrados en el empeño todos
los sentidos. Porque, enseguida, surgiendo de la pared como el tabaleo de un
tambor, invadían mi cuarto unos golpes sordos, secos, rítmicos: crujidos,
chasquidos.
Restallaban por sorpresa, sin más anuncio que la premonición
del sosiego. Si estaba dormida, despertaba con un respingo de miedo, como los
soldados en una trinchera alertados por el zumbido del primer obús. Me
incorporaba: los pies en la alfombra, las manos apretadas en el regazo. Y unos
lagrimones redondos se deslizaban por mis mejillas: tampoco esa noche se
cumpliría mi esperanza, tampoco esa noche habría paz. Luego, cerraba los ojos,
me acurrucaba abrazando el almohadón y me cubría entera con la frazada, pasiva,
sometida, inane. Los golpes se sucedían con cadencia creciente. Cuanto más
próximos entre sí, más sonoros, más contundentes. Arreciaba el estruendo, ya un
tableteo regular, y se incorporaba a la barahúnda el sonido más tenebroso: un
chirrido metálico, agudo, semejante al producido por dos sables al restregarse
en el fragor de una pelea.
(Había asistido a la proyección de una película de piratas,
especialmente sanguinolenta, que empapó mi infancia de terrores imprecisos pero
muy hondos. Me proporcionó una imaginería vívida y coloreada, capaz de
alegorizar la maldad y el miedo mejor de lo que hubiera podido representarlos mi
imaginación en ciernes. Muchas noches desperté bañada en sudor, temíendome
víctima de la furia salvaje de aquellos hombres barbudos y malencarados que no
respetaban infancia ni sexo. En la nebulosa confusión de mis sensaciones,
chirridos de somier y restriegues de mandobles eran indistinguibles).
Arrebujada entre la ropa, encogida, enroscada, plegado el
cuerpo al modo de los erizos en peligro, esperaba: lo peor aún estaba por
llegar. Lo peor eran los chillidos de mamá.
Los suspiros iniciales, apenas audibles, poco más que la
emisión del aire rasgada por un tenue carraspeo. Los gemidos graves, sincopados,
de animal herido y abandonado, de alguien que sufre una pena muy sentida y
alterna los sollozos con la petición desesperanzada de ayuda. Los aullidos
agudos, extremados, angustiados y angustiosos: de una mujer atada con cuerda de
esparto a la que un sátiro abre las vísceras con una navaja afilada.
Imagina qué miedo sentiría yo, una babosita de cuatro o cinco
años, sola al otro lado de la pared, pergamino vibrante y sensible. En mi
pequeño cerebro, incapaz de entender, de reconocer, lo que ocurría entre mi
padre y mi madre era una tragedia de proporciones cósmicas. Ya no recuerdo las
imágenes que me asaltaban, las máscaras espeluznantes que revestían la
pesadilla. Supongo que se mezclarían retazos de películas (como la de los
piratas), estampas crueles de las que estaba sobrada la vida alrededor —un día
vi agonizar un perro después de que un coche lo reventara delante de mis
narices, y otro día presencié en primera fila cómo una hermana de mi madre se
dejaba un dedo en la máquina de embutir chorizos— y reflejos informes de cuentos
o chismes, seguramente desquiciados en el bullente puchero de mi joven fantasía.
No podía entender, pero, sí podía sentir. Y sentía un amor
compasivo por mamá y un odio vindicativo contra papá. Ella era buena, una
mártir. Él era malo, un demonio, un terrorista. Ella era tan buena, que, cuando
yo le preguntaba qué había pasado, qué le había hecho papá, en lugar de acusarlo
y abrazarme y huir juntas de aquel monstruo, con la cara teñida de rojo me
hablaba de cualquier nimiedad; si yo insistía, una de sus manos se alzaba en el
aire como una nube negra y descargaba en mi cara una hostia que me dejaba
turulata varias horas. Él, papá, además de un hombre malísimo, era un hipócrita
pamplinero: pues, durante el día, no perdía ocasión de tentar a mamá con mimos y
carantoñas que poco se compadecían con los tormentos a que la sometía por las
noches.
Hasta los doce o trece años, por boca de mi hermano, no
averigüé la verdad: que al otro lado de la pared se desplegaban tropas y se
entablaba un combate, sí, pero, muy al contrario que en mis conjeturas, sin
víctimas, sin horror, con mucho gusto y gran colaboración de ambos
contendientes. En el mismo instante en que mi hermano, abrazándome desde atrás,
me lo contó al oído, en mi cama, perdí la inocencia. Ya nunca acepté que las
cosas tuvieran una sola cara, las verdades una interpretación dogmática, los
libros una lectura excluyente, la ambición un límite. Ni que el número uno, una
entelequia abstracta, existiera como realidad objetiva. A otros niños les
produjo el mismo efecto descubrir que los reyes magos eran la abuelita y el tío
barrigudo y con bigote. Los más afortunados bajaron de la higuera cuando
supieron que Dios era el personaje protagonista de una película del oeste. Para
mí, la infancia se extinguió con la comprensión exacta de lo que ocurría detrás
de mi testero.
Aún sabiendo, y entendiendo, no dejaron de atormentarme, sin
embargo, los gritos de mi madre. Y hasta que supe (y entendí), pasaron tantos
años, doce o trece, y era tan tierna mi personalidad entonces, tan frágil, que
el subconsciente se impregnó de lo que el consciente percibía: de manera que uní
dolor y placer en un mismo trazo, único, indisoluble, ya para el resto de mis
días.
Al poco de cumplir yo los diez años, mi padre, ingeniero de
caminos, canales y puertos, hasta entonces gris funcionario en el Ministerio de
Obras Públicas, fue puesto al frente de la construcción de un pantano, en la
provincia de Badajoz. Durante seis años, todos los domingos después de comer
desaparecía hasta el viernes por la noche. Pude dormir tranquila cinco noches a
la semana: aunque, como supondrás, las dos noches restantes el jaleo en el
dormitorio de los viejos era un frenesí. Por esa época comenzaron los juegos
secretos con mi hermano. —Nunca te dije que tenía un hermano. Se llama Javier.
Es tres años mayor que yo. Alegre, extrovertido, buena persona. Lo quiero mucho,
mucho: al final de estas páginas comprenderás cuánto. Es bajito, pero de
constitución recia, anchas espaldas, brazos poderosos, muslos de gimnasta.
Ahora, cuarentón, el pelo le ralea, tiene el rostro surcado por arrugas de
marinero, le ha crecido una barriga de borrachín alemán. De muchacho era una
preciosidad. Todas mis amigas, las niñas del barrio, cualquier chica con la que
se cruzara en la calle, estaban locas por él. Sobre todo si sonreía y las miraba
de frente, con los ojazos negros que eran la envidia de sus amigos.
Fue Javier el primero de mis maestros en la más difícil de
las disciplinas: vivir. El primero, en todos los órdenes. También en el
cronológico, pues nadie antes que él se molestó en desbrozar delante de mí el
follaje, descubriéndome ese aspecto de la realidad que posibilita el acceso al
verdadero conocimiento: la perspectiva. Y no exagero, no creas. Papá y mamá
pasaban de mí completamente. Me cuidaban, sí, me querían, sufrían si enfermaba,
trazaban planes para mi futuro, se preocupaban o se enternecían con mis
estúpidas monerías. Pero, con la misma actitud e idéntica predisposición que si
yo hubiera sido una gatita. Papá, incluso antes de irse a Badajoz, estaba en
casa muy poco tiempo. Trabajaba muchísimo, acumulando dinero: su obsesión. Era
de origen muy humilde, andaluz de un pueblo de Granada. Había estudiado una
carrera tan difícil (y guardada tradicionalmente para personas de abolengo y
riqueza) sin más ayuda que el sudor de su frente: y aplico el tópico con
literalidad: durante sus años de universitario, hasta pocos meses antes de
licenciarse, fue operario de la empresa del gas, cavó zanjas con pico y pala por
todo Madrid. En un despachito que habilitó al fondo del pasillo, consumía las
horas (todas las que distraía de su ocupación principal en casa: enclaustrarse
con mamá en el dormitorio) revolviendo papeles, dibujando, tecleando en una
vieja calculadora de manivela que restallaba en cada operación con el mismo
estrépito que un armario metálico arrastrado sobre el cemento bien fraguado.
Nunca me hablaba. Me rozaba el pelo con la punta de sus dedos amarillos de
nicotina, y me pellizcaba con dulzura en las mejillas. Pero, en silencio.
¿Supondría que yo era de mentira? ¿Una muñequita de caucho, con un mecanismo
sofisticado que me hacía llorar, babear y mear cada pocas horas, precisa,
puntualmente? Sonreía, me acariciaba y, con los ojos perdidos en los recovecos
del cuarto, navegando en sus ensoñaciones o discutiendo cualquier gilipollez con
mamá, me olvidaba. Ni un consejo, ni una reprimenda, ni una conversación,
amigable o borde pero humana, equilibrada, comparable, al menos, a la charla
ociosa con la que se entretiene el viaje en un avión (si el vecino de asiento
habla tu idioma y no es tan guapo como para dejarte sin aliento). Nunca.
Mientras lo odié por sus macabras actividades nocturnas, lo respeté, porque lo
temía. Después, le apliqué el mismo tratamiento descorazonador. Si no me dirigía
la palabra, yo a él tampoco: como a un mueble viejo o a un cuadro anodino. Si me
hablaba, yo a él no: para que aprendiera lo dura que es la vida, sobre todo
cuando alguien se obstina en transitarla sobre raíles.
Mamá era muy distinta, aunque tampoco me hacía maldito caso.
A diferencia de papá, tan comedido y prudente, era una histérica enfática y
burbujeante. Hablaba sin pausa desde el primer bostezo de la mañana hasta que él
la hacía callar en la cama por vía expeditiva. Y no decía nada: palabras,
palabras sin concordancia ni coherencia, tan insulsas como el tableteo de unos
dedos sobre una mesa, o como un silbido. Muy preocupada por las apariencias, no
en vano había sido alumna en los mejores colegios y se había codeado con los
burgueses más relamidos de Santander y de Madrid, corría del peluquero al
gimnasio y del gimnasio a la modista, y era popular en los salones de té que
frecuentaban las señoras del barrio de Salamanca. No se perdía una misa de
difuntos, una boda empingorotada o un sarao de la Cruz Roja. Y no pasaba por
alto una sola de mis acciones o reacciones naturales, es decir, indecentes, es
decir, impropias de una niña bien que algún día sería una señora y no una
ordinaria. Pero, educarme, en la estricta acepción de entrenar mi inteligencia
para la eficaz comprensión del mundo y sus contradicciones, de aprestar mi
sensibilidad para esponjarla o cauterizarla ante los gozos y los padecimientos
que habrían de empaparla, eso, ¿para qué?
Además, estudié con monjas. Con ellas aprendí geografía,
física, matemáticas, algo de gramática. Y me enseñaron todos los trucos (algunos
enrevesados como fórmula de alquimista) para sufrir espléndidamente. Me
inculcaron bien hondo un sentimiento indeleble: la culpa. Como un virus
informático de efecto paralizante, contra el que nadie, todavía, inventó un
antídoto. Como los petardos de una traca abandonada en el barullo de una feria,
que revientan bajo los pies de los incautos, provocando gran susto. Han pasado
casi treinta años: todavía acuso los efectos devastadores de aquel suplicio.
Me estoy poniendo melodramática. La verdad es que exagero un
poco. Fui una niña bastante feliz: algo atormentada por miedos extravagantes,
aunque no más que la mayoría de los niños, supongo; y bastante solitaria, eso es
cierto. Mis padres, de los que sólo anoté los defectos, siempre fueron buenos
conmigo, vivieron en paz uno con el otro y estuvieron muy atentos para que nunca
me faltara nada. Fallaron, como tantos, en la comunicación: no sabían, no
encontraban las palabras. ¿O era yo la causante del problema, por la tendencia a
la introversión, a buscar en mi interior todo el consuelo, a tomar del exterior
lo físico y nada más: lo energético; vocación ascética en la que aún hoy
persevero? Me advirtieron de los riesgos que me aguardarían agazapados en las
hondonadas de los descampados, pero, no hallaron el modo de mostrarme
itinerarios alternativos ni de entrenarme para que yo sola pudiera defenderme
con eficacia. Confiaban en el trabajo de las monjas, expertas, suponían ellos,
en educación, manipuladoras hábiles de las técnicas pedagógicas...
Por suerte, a mi lado estaba Javier.
Mi duodécimo cumpleaños cayó a mediados de semana, no
recuerdo con exactitud el día. Sí recuerdo que aguardamos al viernes para
celebrarlo, esperando el regreso de mi padre. Mamá preparó una cena estupenda, y
la rematamos con una botella de cava, en mi honor. Quizá bebí algo más de lo
conveniente. Quizá me emocioné, por el cariño de todos y por el convencimiento
de que ya era mayor. Lo cierto fue que, aquella noche, cuando percutieron en la
pared los primeros golpes, estaba un poco mareada, creía estar flotando en nubes
de algodón. No me di cuenta, hasta que ya era un hecho consumado: mi hermano
había entrado en la habitación y se había metido en mi cama. Otras veces había
ocurrido, pero, de ello hacía varios años y no habían coincidido su presencia y
el concierto a capella de los viejos. En mi ingenuidad, creía que sólo yo
escuchaba los gritos de mamá, que él, desde su cuarto, al otro extremo de la
casa, no podía oírlos.
Me abrazó desde atrás, se pegó a mí, me susurró al oído:
«chisss... calla y escucha». Yo, lánguida y delicuescente en el estado de
ensoñación en el que me hallaba, nada dije. Me concentré en seguir la evolución
sonora de lo que ocurría tras la pared, como otra noche cualquiera. Me abandoné
a su abrazo, adsorbiendo el agradable calorcito que desprendía, relajada, feliz:
era mi hermano, lo quería mucho, prefería tenerlo allí conmigo, protegiéndome y
acompañándome, que afrontar en soledad el horror que ya se aproximaba. Noté un
objeto duro interpuesto entre él y yo. Le pregunté, en un murmullo:
—¿Qué es esa cosa, Javi?
—¿Qué?
—Eso duro que me aprieta en las nalguitas.
—Ah, eso —se rió muy quedo, pegado a mi oreja—. ¿De verdad no
lo sabes, tontita?
—No.
—Es Lupita —Guardó silencio unos instantes—. ¿Quieres
tocarla?
—¿Qué es? —insistí yo, poco deseosa de sacrificar postura tan
confortable—. No quiero moverme. Dime qué es.
—Calla, calla, cariño. No te preocupes. Es una cosita mía.
Ahora escucha a mamá: ya empieza a gemir.
Quedamos en silencio los dos, atentos al crescendo
interpretado por mamá. Yo, con los ojos muy abiertos, muy tranquila, sin la
angustia que otras veces me infería una punzada dolorosa en la boca del
estómago. ¿Qué sería la cosa a la que mi hermano llamaba Lupita? ¿Un juguete?
¿Un soldadito de plomo de su colección? ¿Un lápiz gordo, rojo por una punta y
azul por la otra, que él apreciaba mucho? Me acostumbré a la presión de lo que
fuera aquello, y lo olvidé. Los dos permanecíamos inmóviles, conteniendo la
respiración para no perder ripio.
Javier, con la mano que había pasado bajo mi cuello, soltó
los lazos en lo alto de mi camisón y me acarició los pechitos con la punta de
los dedos. Con la otra mano, muy despacio, muy poquito a poco, me fue alzando la
prenda hasta arrollármela en torno a la cintura. Luego me separó con mucho
cuidado las piernas, colocando una encima de las suyas, y durante un buen rato
deslizó los dedos entre ellas, provocándome una sensación desconocida, próxima a
las cosquillas aunque menos exasperante y más agradable. Se lo dije:
—Estate quieto. Me haces cosquillas.
—¿No te gusta? —Su voz había enronquecido.
—Sí, pero me distraigo y no puedo oír a mamá.
—Pues chilla bastante fuerte. Deben oírla en todo el
edificio.
Intensificó la caricia. Por no discutir, lo dejé hacer,
temiendo que se enfadara y se fuera. Con los labios muy húmedos, comenzó a
besarme en el cuello y en el lóbulo de la oreja: y eso me gustó más. Ya con el
camisón más arriba de las caderas, sentí el contacto de Lupita apretada entre
mis nalgas. Estaba muy caliente y muy dura, y tenía un tacto suave: no era,
pues, un soldadito de plomo ni el lapicero gordo.
Cuando mamá ya chillaba como si la estuvieran descuartizando,
Javier introdujo a Lupita entre mis piernas, y me las cerró sobre ella. La rocé
con dos dedos en la punta: estaba mojada, pegajosa. Aparté la mano con
repugnancia.
—Sigue, acaríciala, por favor —murmuró él en mi oreja,
lamiéndomela, abrazado a mí como un náufrago a una tabla. No le hice caso. ¿Qué
le pasaba? ¿Por qué hablaba con una voz tan rara? ¿Por qué se movía contra mí,
empujando a Lupita entre mis piernas, imitando a un tonto que intenta cazar una
mosca con una aguja de tejer?
Con el último alarido de mamá, sentí entre las piernas un
líquido pastoso, que enseguida me arrolló por los muslos. ¡Qué asco! ¿Qué sería
aquello?
—¿Qué te ocurre, Javi? —pregunté, alarmada—. ¿Está sangrando
Lupita?
—No, cariño —Su voz era más seria que antes—. No te
preocupes: otro día te lo explicaré. Ahora tengo que largarme. Se enfadarán
mucho si me pillan aquí.
Y salió de mi cama. Antes de irse, se inclinó y me susurró al
oído:
—Limpia muy bien eso que te dejé entre las piernas. ¡Y no le
digas una palabra a mamá! ¡Ni se te ocurra! Dame un beso... Y duerme bien, Guli.
Mañana te contaré lo de la cosa y el líquido.
No sé si fue al día siguiente, o cuándo. Pero me lo contó. Y
yo lo entendí. Y nunca lo olvidé.
A un chico tan precoz como tú, que a los ocho añitos ya
jugaba a los médicos con la maestra —si no has exagerado un poco tu proceridad:
¿para impresionarme? ¿Para afirmar con suficiencia que, pese a que nos separa
una generación, tú ya estás de vuelta, ya has hollado todas las veredas y poco
podré mostrarte que no conozcas ya?—, le resultará inverosímil que alguien pueda
ser tan ingenuo a una edad relativamente tan avanzada como la mía de entonces:
doce años. Yo lo era: tan ingenua, tan boba o tan ignorante: lo que prefieras.
No asocié el sexo, lo sexual, con Lupita, con la constatación de que mi hermano
era dueño de una cosa (y yo, no) llamada Lupita. Ni lo asocié con las posturas
extravagantes en mi cama, con la ronquera repentina de mi hermano, con sus
palpitaciones aceleradas ni con sus jadeos. Hasta que me lo explicó, con detalle
y con ejemplos.
Estudié con las monjas: así que mi información sobre estos
asuntos era más bien escueta. Sabía que la palabra «sexo» y sus derivados y
complementos, designaban acciones y situaciones depravadas, es decir, capaces de
envilecer, de volver malo y perverso cuanto salpicaran. Sabía también, por
supuesto, que estas palabras eran sinónimos hiperbólicos de pecado. Y ya está.
Por conducto oficial no había recibido ninguna noción más, si acaso la vaga
promesa de que averiguaría lo preciso cuando fuese adulta. De mi madre no recibí
noticias más diáfanas. Siempre consideró, aún hoy, que hablar de estos temas es
vulgar y absolutamente innecesario. Ni siquiera me advirtieron, ni las monjas ni
mamá, de que un día u otro, cuando menos lo esperara, algo iba a romperse en mi
organismo y una sustancia asquerosa brotaría entre mis piernas y me daría un
susto de muerte.
Las compañeras del colegio, las amigas, todas de edad pareja
a la mía y envueltas en circunstancias familiares muy semejantes, eran igual de
insipientes, o lo fingían, o yo no me enteraba o ellas me lo ocultaban con
tácticas conspiradoras. Con algunas, las más espabiladas, recuerdo
conversaciones alusivas, elípticas, durante las cuáles todas simulábamos
disponer de bazas ocultas, guardar más de lo que mostrábamos, ser más listas y
más expertas que las otras. Pero, al menos en mi caso, era mentira. Nada supe
hasta que Javier tomó a su cargo mi educación.
Fueron lecciones intensas, dictadas con frecuencia a partir
de un caso práctico, de un ejemplo, de un modelo. Paseábamos por El Retiro y nos
sentábamos en un banco próximo a otro ocupado por una pareja de novios. Javier
glosaba lo que veíamos. Si los novios se besaban, él pormenorizaba qué hacían en
realidad, cómo intercambiaban la saliva de sus bocas, cómo se hurgaban en los
respectivos paladares con las lenguas, transmitiéndose uno al otro calores y
sabores, cómo se mordisqueaban los labios, a veces, incluso, con tanta saña que
la sangre se mezclaba con sus salivas y el sabor de la emulsión resultante era
exquisito. Si deslizaban las manos sobre el cuerpo del otro, acariciaban,
estrujaban, pellizcaban, sobaban con insistencia o las introducían entre los
pliegues de la ropa, bajo la falda o por el hueco de una bragueta entreabierta,
Javier describía la razón de cada gesto, por qué y para qué.
Para mejor hacérmelo entender, además de nombrar y adjetivar,
reproducía las acciones más significativas entre las que emprendían los novios,
y despertaba en mí aquellas mismas sensaciones que reseñaba, de manera que yo
pudiera aclarar las dudas que aún albergara respecto a la índole exacta de lo
que verificábamos. Así, para ilustrarme sobre las zonas erógenas de mi cuerpo,
las activaba una a una, al tiempo que pronunciaba las palabras que las
identificaban en lenguaje culto y en la jerga adolescente. Sobre la tela tenue
de la blusa, me rozaba los pezones, los ponía erectos como lágrimas de cristal,
y yo sentía el temblor cálido que me irrigaba toda en ondas concéntricas. Me
acariciaba el cuello, en la nuca, apenas con la yema de los dedos, hasta que la
piel se me ponía como la de un pollo y me veía obligada a separar los labios
para aspirar suficiente aire. Me llenaba la boca con su saliva, para que pudiera
catar lo distinto del sabor si lo comparaba con el regusto de la mía. Tomaba mi
mano con delicadeza y la depositaba sobre la tumefacción que se modelaba en sus
pantalones, para que mis dedos me comunicaran una emoción nueva que yo me
apresuraba a clasificar y archivar en la memoria... Muy cuidadoso, no dejaba de
observar, en trescientos sesenta grados a la redonda, las sendas por las que
pudieran aproximarse personas conocidas.
Consiguió revistas pornográficas en las que todo, todo estaba
a la vista y requería pocos subtítulos. Y me contó por qué gritaba mamá cuando
papá regresaba de Badajoz... Aprovechábamos, en casa, las frecuentes ausencias
de nuestra madre, tan atareada con sus compromisos sociales. Nos reuníamos en su
habitación o en la mía y practicábamos lo que habíamos observado en El Retiro y
otros ejercicios que él allegaba aquí y allá. Yo prestaba al aprendizaje la
parte mejor de mi inteligencia y de mi atención, guardando para las anodinas
materias que las monjas impartían, los restos, las excrecencias, pues lo que
ellas enseñaban me parecía fastidioso e inútil. Javier también ponía gran empeño
en las lecciones. Aseguraba que para él todo aquello era tan nuevo como para mí,
o casi, y que tanto lo instruía yo a él como él a mí, aunque fuera suya la
iniciativa: y el acopio de materiales, la ilustración del lenguaje, la
definición de los conceptos y la determinación de los objetivos. Pero no le
creía. Estaba segura de que se mostraba condescendiente para no humillarme, para
no hacerme de menos. Él era un chico, tenía quince años, era más listo que el
hambre: así que lo sabía todo.
Algunas lecciones las recuerdo con especial ternura. Por
ejemplo, aquella en que me presentó formalmente a Lupita. Ocurrió varias semanas
después de nuestro encuentro (el mío con Lupita), una mañana muy temprano, en la
habitación de él. Mamá salía de casa antes del alba: iba a un gimnasio, a
practicar aerobic, porque alguien le dijo que a esa hora se adelgazaba
más. El capricho, más bien la voluntad para llevarlo a cabo, le duró poco, un
par de meses a lo sumo. Javier y yo aprovechamos muy bien aquellas horas
muertas. Fueron las mejores, las más productivas en el periodo de mi formación
básica a su dictado. Con los ojos pegados de legañas, calentitos, medio
dormidos, flotando aún en la magia de la noche todavía viva, practicamos los
ejercicios mejor ejecutados, invocamos, y convocamos, a las sensaciones más
frescas y más reconfortantes. En su cama, en la mía, en el baño, los dos juntos
bajo el chorro de la ducha.
La mañana a la que me refiero, recuerdo que desperté con un
sobresalto y salté de la cama acongojada, segura de que era muy tarde y no me
daría tiempo a lavarme y vestirme y llegar a la parada antes de que el autobús
del colegio partiera. Por el contrario, era muy temprano: todavía mamá rondaba
por el pasillo, enfundada en un chándal multicolor, revolviendo en su mochila de
hippy para asegurarse de que las llaves, el tabaco y el dinero estaban en su
sitio. Me besó apresurada y me ordenó que regresara entre las sábanas: aún
faltaban dos horas para la fatídica del autobús. Fui al baño, con la intención
de aliviar la vejiga y correr después a la cama. Pero, volviendo por el pasillo,
oí a mi hermano:
—Guli. Guli, ven —somnolienta, carrasposa, su voz atronaba la
casa vacía.
—No grites —le dije, entrando en su cuarto—. Hasta mamá,
desde el portal, se va a enterar.
La habitación estaba en penumbra. Por la ventana, con la
persiana alzada y los visillos de tul corridos, apuntaban las primeras luces del
amanecer. Me acerqué a la cama y pisé, sobre la alfombra, su pijama: grave
infracción a las normas de la familia: mi madre nos prohibía dormir desnudos. Él
apartó la frazada y yo, aterida, me refugié bajo las sábanas templaditas como
pastel recién horneado. Me abrazó y se apretó contra mí. Su piel ardía. Lupita
estaba allí: la sentí oprimiéndome un muslo, dura como el atizador de la
chimenea.
—Esta mañana estoy muy mal —me susurró Javier.
—¿Qué te pasa? —Giré el cuerpo y lo abracé yo también,
nuestras narices rozándose. Pregunté, acongojada—: ¿estás enfermo? ¿Tienes
fiebre?
—Tengo fiebre pero no estoy enfermo.
—No me asustes, Javi. Mamá se ha ido y no volverá hasta las
nueve, ya lo sabes.
—Ya lo sé.
Sin modificar la postura, extendió la lengua y me lamió los
labios, humedeciéndomelos. Introdujo una mano bajo mi camisón, ascendió con ella
por mis piernas y alcanzó las nalgas. Las acarició muy despacito, en redondo,
demorándose en el hueco entre ambas, remoloneando allí con el dedo meñique. Yo
le apretaba la nuca con una mano y la otra se la deslizaba por la espalda,
rozándolo apenas con la yema de los dedos, como me había enseñado que debía
hacerse.
—Estoy muy mal, Guli —insistió, ronroneando—. Me he
despertado con Lupita muy cabreada.
Yo, que al principio me había alarmado un poco, temiendo que
pudiera ocurrirle algo malo a la persona que más quería, estaba ya segura de que
bromeaba. Ni su voz ni su actitud denotaban enfermedad. Le seguí el juego:
—¿Y por qué está cabreada Lupita?
—No lo sé. Le digo que se duerma, que es muy temprano y no
puedo hacerle carantoñas —se interrumpió porque yo separé los labios y aprovechó
para introducir la lengua entre ellos. Se la chupé un ratito, sin consentirle
que rindiera la muralla de mis dientes: la encontré más áspera que en otras
ocasiones, y también más sabrosa. Me recorrió las encías con la punta, luego los
labios por dentro y por fuera, y, por fin, se retiró para permitirle a su dueño
seguir quejándose de Lupita—: no me hace caso, Guli. Está sublevada.
—¿Has probado a darle una azotaina, como a los niños malos?
—propuse yo, deseando ayudar.
—Sí. Antes de irse mamá, ya le había propinado dos buenas
zurras. Pero, sigue en sus trece.
—Qué pena. Pobrecita. No me gusta que le pegues: lo decía en
broma.
—¿Tú la quieres mucho?
—¿A Lupita? Claro que la quiero. Te quiero mucho a ti y ella
es tuya. Así que también la quiero a ella.
—Pues acaríciala a ver si la calmas.
Se apartó un poco para que yo pudiera introducir la mano
entre nuestros cuerpos. Lupita estaba tan dura como otras veces, pero mucho más
caliente. Y muy pegajosa en la punta. La rodeé con los dedos y la apreté.
¡Palpitaba con tanta fuerza! Temí que estuviera verdaderamente enfadada. Le
hablé muy quedo, para tranquilizarla, mientras Javier me lamía de nuevo los
labios.
—Cálmate, bonita. Tu tía Guli está aquí, contigo. Y Javi,
también. Los dos te queremos mucho y te cuidaremos.
—Qué buena eres, Guli —murmuró Javier—. Verás qué pronto la
apaciguas, si la tratas así de bien.
Deshaciendo el abrazo, se reclinó sobre la espalda. Me atrajo
hacia él y acosté la cabeza en su pecho, dejando que me acariciara el pelo con
las dos manos. ¡Me sentía tan bien, tan confortable! Así podría haberme quedado
horas enteras: Lupita agitándose con pequeñas sacudidas nerviosas en el hueco de
mi mano, el corazón de Javi percutiendo bom, bom debajo de mi oreja, sus manos,
grandes, suaves, enredadas entre mi pelo y ajustándose a mi nuca como un gorro
de nieve. Pocas veces en la vida habría de gozar un instante de ternura tan
impoluta, tan fresca, tan placentera. Embriagada por la perfección del momento,
y por el aroma picante, dulzón, de leche recién ordeñada, que me empapó la nariz
cuando él apartó la frazada para que pudiera asentarme mejor sobre su pecho,
casi me duermo, tal era mi sosiego. Javier, que guardaba silencio, quizá él
también amodorrado (aunque sus manos circulaban inquietas entre mi pelo), poco a
poco, amoldando nuestra postura para mejorarla en busca de mayor comodidad, me
arrastró la cabeza sobre su piel aterciopelada hasta depositarla en su vientre,
mi oreja plegada en la concavidad de su ombligo. Conforme descendía yo, fue
alejando la frazada, de manera que, cuando abrí los ojos acompañando la
exhalación de un suspiro de dicha, encontré a Lupita enfrente de mi nariz:
brillante, bañada en un líquido pastoso que formaba chorretones diminutos como
venitas en la superficie sonrosada de su extremo. Qué bonita era, vista tan
cerca. Sólo ella ocupaba el espacio, colmándolo, pues la habitación, la ventana,
iluminada ahora como la pantalla de un cine cuando se rompe el celuloide y el
proyector la inunda de un blanco evanescente y mutilado, inverosímil, habían
desaparecido tras el contorno magnífico de mi amiga, envuelta aún por mis dedos
temblorosos.
—Guli... —Susurrante, la voz de Javier llegaba desde muy
lejos.
—Qué —respondí, abriendo las aletas de la nariz para no
perderme una sola partícula del aroma enervante.
—Lupita quiere pedirte un favor.
—Qué quieres, Lupita, bonita, querida.
—Nunca la has besado, ¿verdad?
—No.
—A ella le gustaría tanto que lo hicieras...
La besé. Un beso casto, restallante, infantil, tan inocente y
afectuoso como si ella hubiera sido una muñeca entrañable o una fragante rosa
recién cortada. Al retirarme, quedó prendida en mi labio inferior una hebra de
la sustancia viscosa que le revestía la cresta. La desprendí con la punta de la
lengua, cortándola.
—Bésala otra vez, por favor. O, no, mejor lámela. Tal como
ensayaste en mis labios. Hazlo igual, por favor.
Y lamí, lamí con grandes lengüetadas chapoteantes, efusivas,
idénticas a las que un perrito mimoso y contentísimo regala en las manos a su
dueño cuando lo encuentra después de una larga separación.
Murmurando frases inconexas que no entendí, Javier, las dos
manos en mi nuca, me empujó hasta que, sin saber en qué momento había entrado,
me encontré a Lupita entera en la boca. Cerré los ojos y esperé. De sobra sabía
lo que estaba a punto de suceder. No me importaba. Ya no. El asco, la repulsión:
¿cómo hubiera podido asociar palabras tan feas con Lupita? Y sucedió. Lupita se
desbordó. Mi boca se anegó. Por las comisuras de mis labios se derramó lo que no
anduve lista en tragar. ¡Qué rico! Qué rico, por Dios. Qué sustancioso. Se había
adherido en la yemas de mis dedos. Se había deslizado serpenteando por mis
muslos. Pero, por primera vez, lo saboreaba. Amargo. Salado. Suculento.
No lo dudes: aquella mañana aprendí mucho. Di los primeros
pasos —titubeantes todavía, pero en la dirección correcta— para iniciarme en una
técnica mucho más complicada y laboriosa de lo que la gente del común supone.
Con los años, y con mucha práctica, acabaría dominándola en todas sus facetas y
múltiples variantes. Tú has podido constatar mi destreza aplicándola, y me has
cubierto de piropos y de besos de agradecimiento. Pues bien: además de mi
afición por ella, sin duda condición necesaria para traspasar los velos de sus
trucos secretos, y de haberla ejercitado prolijamente hasta lograr que mis
labios y mi lengua se desempeñen con absoluta autonomía, he podido alcanzar un
nivel de magisterio gracias a la pronta iniciación que Javier me ofreció. Como
tocar el piano, hablar con propiedad y sin acento un idioma, jugar al ajedrez o
nadar con pulcritud, esta materia exige a sus neófitos una mente despejada y
pura, y unos músculos flexibles y aún libres de vicios o de amaneramientos.
Las lecciones de Javier, con mayor o menor enjundia,
repasaron para mi provecho los rudimentos de las principales artes —¿o son,
sólo, artesanías?— mediante las cuáles puede el espíritu expresarse, la materia
moldearse y, al fin, plasmarse el objetivo último de la inventiva humana. Es
decir: las artes llamadas amatorias —aunque tengo para mí, y esta reflexión es
fruto del mucho sufrimiento vanamente entregado a la ilusión del amor, que
follar y amar son prácticas, en el mejor de los casos, complementarias, y nunca,
nunca ambas palabras podrán ser consideradas, con justicia, sinónimas—. Con
frecuencia, añadió a las instrucciones operativas conceptos teóricos que me
fueron muy útiles, a modo de aguja de marear, para navegar en el futuro
esquivando los escollos más letales. Así, me enseñó los principios activos de la
coquetería, del disimulo y del lenguaje procaz: habilidades, las tres, del todo
imprescindibles como herramientas al servicio de la seducción —pero, no supo,
por desgracia, dotarme de una coraza que me protegiera de la única coacción que
habría de enturbiar, aún hoy, la aplicación satisfactoria de sus doctrinas: la
culpa.
También he de agradecerle a Javier el regalo del primer
orgasmo, un acontecimiento memorable en mi carrera sexual. Fue un viernes o un
sábado por la noche, de eso estoy segura: porque ocurrió durante una de sus
visitas para escuchar la serenata de mamá. Ya me había ilustrado sobre lo que
pasaba al otro lado de la pared, me había proporcionado las nociones básicas de
la técnica erótica y hacía tiempo que Lupita no guardaba secretos para mí. Sin
embargo, y siendo cierto que yo hallaba placer en los juegos misteriosos que me
proponía, era un gozo un tanto vaporoso, lene, amable pero insulso; semejante al
que experimentaba leyendo la historia de Alicia en el País de las Maravillas o
masticando chicle con sabor a fresas, mi predilecto. Hacía tiempo que, los fines
de semana, lo esperaba desnuda, porque el camisón arrollado en la cintura me
laceraba la piel. Él se despojaba de los calzoncillos antes de penetrar bajo las
sábanas, los olía con delectación y los frotaba con delicadeza bajo mis narices,
para que también yo pudiera beneficiarme del suave tufo picante que los
impregnaba (un hábito, olisquear las prendas íntimas de los hombres, que aún
conservo); luego los ponía en la almohada, entre nuestras cabezas: supongo que
para tenerlos localizados si había de salir huyendo. Tendido a mi espalda, antes
de abrazarme, me introducía a Lupita entre las piernas. Yo, atenta a sus
instrucciones, le untaba saliva, para que pudiera deslizarla sin aspereza
apretada entre mis muslos. Y él frotaba y frotaba, recorriendo con ella, una y
otra vez, el corto trayecto entre mis dos hiatitos. Se demoraba a las puertas
del posterior —más de una vez estuvo a punto de ahondarlo, pero todas desistió—,
acariciándome sin cesar con las dos manos en todo el cuerpo. Hasta que acababa,
vertiéndose, coincidiendo con papá y mamá (a juzgar por los aullidos y los
estertores que aporreaban la pared). Y una de estas veces, un retortijón muy,
muy gozoso me sacudió la parte baja del vientre. Me mojé toda... ¡Cuánto le
agradezco a mi hermano lo generoso que fue conmigo!
Pero, todo lo bueno se acaba. Más o menos cuando yo tenía
quince años y él dieciocho, dejamos de jugar —¿decidió él apartarse de mí, o lo
empujó con mañas arteras aquella novia que entonces se echó y con la que acabó
casándose?: nunca lo sabré con certidumbre—. En alguna ocasión intenté
provocarlo de obra o de palabra, pero, con ternura y con firmeza, me frenó: «Ya
somos demasiado mayores, Guli. Si jugamos, acabaré por metértela, y eso no
estaría bien. Más adelante me lo reprocharías.»
Javier cumplió en mi adolescencia el cometido de un tónico,
en el sentido de que actuó de acicate sobre mi instinto: despertó mi apetito,
activando mis glándulas gustativas y rasgando los precintos de mi aparato
digestivo; me mostró la presencia en derredor de manjares muy apetitosos y me
enseñó algunos procedimientos sencillos para saborearlos. Me tomó de la mano y
me condujo hasta el borde del horizonte; abrió mis ojos con dulzura y me enseñó
a mirar, a distinguir lo bello (lo placentero) de lo insustancial (lo
vegetativo). Gracias a él, averigüé que dentro de mí habitaba un animal llamado
sexo, muy fuerte y completamente autónomo: me desgarraría las entrañas si le
impedía proceder a su aire; sería mi consuelo y mi apoyo más firme si lo
complacía en todos sus caprichos.
Me enseñó, me indujo, me despertó: pero no me colmó, ni
siquiera me atendió cuando empecé a necesitar de verdad sus cuidados y su
dedicación. No se lo reprocho. Fue arrastrado por su propio torbellino: no tenía
yo ningún derecho a succionarlo desde el mío. Por desgracia, no todas las
mujeres han tenido a su lado un ser tan bondadoso, tan generoso como mi hermano
Javier. Entonces, cuando me rechazó, me sentí desamparada, pero hoy se lo
agradezco. Su labor conmigo —su misión, que diría un dogmático— alcanzaba sólo
la iniciación, no la consumación.
Lo cierto es que, con quince añitos recién cumplidos, ahí
estaba yo: compuesta y sin novio, como bien resume el dicho popular. ¿Qué podía
hacer? Porque, ardía por dentro. Pero, no tenía la menor idea en cuanto al modo
de conseguir el extintor que me aliviara. Y, sobre todo, estaba confusa respecto
a los procedimientos, las consecuencias, las convenciones: ¿cómo podría fingir,
mostrarme recatada y remisa? ¿Cómo, tentar sin caer en la tentación? ¿Cómo,
saciar mis apetitos sin ser la comidilla de todo el mundo, sin acabar en las
coplas? ¿Cómo, no pecar pecando? Mis amigas contaban y no paraban que habían ido
al cine con fulanito y le habían dado una torta porque se atrevió a rozarles la
rodilla. Si yo se la pelaba en el cine a fulanito y se sabía (se sabría: todo
acaba por saberse), ¿qué dirían de mí? ¿qué sería de mi alma? —Te parecerán muy
estúpidos estos miedos y prejuicios, cuando lo tenía todo tan claro. Recuerda,
sin embargo, mi edad, que estudiaba en un colegio de monjas muy estricto y
selecto, que mi familia era de lo más remilgada y beatona (no te he hablado, ni
me extenderé al respecto, porque es un asunto que me saca los nervios, de mi
formación religiosa, del olor a incienso que envenenó mi infancia y mi
adolescencia: tardé en librarme de esa peste y, mientras no lo conseguí, sufrí
muchísimo).
Probé suerte: con dos chicos, sucesivamente. El primero era
un rubito rizoso, algo llenito, muy simpático. Era hijo de la mejor amiga de
mamá y se llamaba José Antonio. Nos conocíamos, y habíamos jugado juntos, desde
chiquillos. Valiéndose de su hermana (ya sabes: la edad del pavo) me hizo saber
que sorbía los vientos por mí, que si yo aceptaría que nos viéramos en el
Retiro, tal día a tal hora. Lo pensé toda una semana: durante la cuál, como por
arte de magia, lo encontré en cada recodo, en cada reunión. No me gustaba
demasiado, la verdad: quizá porque estaba un poco gordo o porque era demasiado
dicharachero. Pero, acepté.
Con su hermana como Celestina, concertamos una nueva cita,
pues la primera ya se había quedado vieja. Y allá fui yo, repleta de fantasías
la cabeza. Nos encontramos en la puerta del Florida Park: paseamos un rato
hablando de tonterías, los dos bastante cortados. «Qué curioso —pensé—, tantas
veces hemos charlado amigablemente, hemos compartido incluso confidencias, nos
hemos comportado con la naturalidad que destila un conocimiento antiguo, y
ahora, de pronto, parecemos dos extraños». ¿Por qué no lográbamos trenzar una
conversación fluida? Me di cuenta de que él intentaba parecer mayor, hablando
con tonos graves, abordando temas de persona mayor. Y yo, siguiéndole la
corriente, igual: caminaba muy erguida a su lado, sin mirarlo, muy compuesta,
como mamá con el cura en la fiesta anual del colegio. Una duda me rondaba la
cabeza: ¿me besaría? ¿Deseaba que lo hiciera? No estaba tan mal, después de
todo: tenía buenas piernas, tenía brazos fuertes y manos grandes. Un cosquilleo
muy estimulante me acariciaba el bajo vientre.
Nos sentamos en un banco y, luego de un silencio espeso como
grasa de ballena, tímidamente me cogió una mano. La suya estaba muy caliente y
eso me gustó, pero, también estaba muy sudada, pegajosa, lo cuál me pareció
bastante asqueroso. Esperé. No ocurrió nada. Silencio absoluto. Él, como un
busto de granito, con mi mano apretada en la suya, contemplaba los rosales, allá
a lo lejos. Por el rabillo del ojo, yo lo observaba: no era feo, no, sus labios
eran gordos y muy rojos y el perfil de su rostro, visto a contraluz y desde tan
cerca, se parecía ligera, ligeramente al de Tom Cruisse. Pero, ¿qué le pasaba?
¿Por qué no decía nada, con lo gracioso y charlatán que era? Fijandome bien,
forzando el vuelo de los ojos a riesgo de quedarme bizca, alcancé la
certidumbre: en los últimos minutos su bragueta se había inflado, como una
colchoneta de piscina antes de ser lanzada al agua... ¡y ahí la cagué!
Sin pensarlo dos veces, desaferré la mano de la suya y agarré
con todos los dedos lo que había debajo de la cremallera, encontrando, como
cabía esperar, una polla dura como el mango de una escoba. ¡Bueno! ¡La que se
armó! ¡Tendrías que haberlo visto! Dio un respingo que me asustó, y, de un
salto, se puso en pie, bien lejos de mi alcance. Farfulló: «Lo siento, Guli, es
muy tarde. Tengo que irme. Otro día nos vemos, ¿eh?» Y salió escopetado, sin
volver la vista atrás. Yo me quedé como una tonta, sentada en el banco un buen
rato. ¿Qué había hecho mal? ¿No era eso lo que deseaban los tíos? No, por lo
visto. No, al menos, los niños pijos y católicos. ¡No veas la comezón de
conciencia que me dejó el muy cretino! Pero, he de agradecérselo, se portó bien:
no contó a nadie el incidente. Con su discreción me salvó de un buen disgusto
complementario.
Con el segundo me fue mejor. Se llamaba Nino, tenía
diecisiete años, jugaba al fútbol, estudiaba en un Instituto mixto: no era la
primera vez que salía con una chica. Como decía mi madre: «no pertenecía a
nuestra clase», lo cuál me obligaba a verlo a escondidas, y eso era mucho más
excitante. Lo conocí en la calle. Una tarde, cuando regresaba a casa, me abordó
saliendo del metro, me preguntó una dirección o algo así, no lo recuerdo: el
caso es que se las arregló para darme conversación y acompañarme hasta el
portal. Al día siguiente me esperaba en la esquina de mi calle. Y al otro,
también. El tercer día nos fuimos al parque y me besó.
Era alto, delgado, todo nervio. Tenía unos ojos negros
enormes, aunque no era guapo: nariz aguileña, espinillas en el rostro y en el
cuello, los dientes amarillentos, la frente estrecha, con el pelo casi hasta las
cejas. Era muy atractivo, sin embargo (y no sólo a mí me lo parecía: mis amigas
coincidían en que estaba para mojar pan). Su boca era muy grande, y su sonrisa,
pese a los dientes deteriorados, seductora. Su encanto mayor era su aplomo, su
prestancia felina. Hablaba mirando a los ojos, con voz firme y afirmaciones
tajantes. Solía plantarse frente a su interlocutor, con las piernas separadas,
la espalda recta, las manos en los bolsillos del pantalón, la cabeza erguida. Y
caminaba como un modelo en una pasarela, elegante y flexible, viril pero
delicado. ¡Me gustaba tanto!
Nos citábamos en el Retiro, un par de veces por semana
durante todo un curso. Nos perdíamos en las zonas menos transitadas, cogidos de
la mano. Y, en cuanto las circunstancias lo permitían, me besaba. Besos largos,
largos, muy intensos, mirándonos a los ojos. Era un experto, con una técnica
depuradísima: me mordiscaba los labios, me recorría toda la boca con su lengua
flexible como una culebra, me la llenaba de su saliva que olía a tabaco y sabía
a gloria. Podía besarme durante una hora entera, sin apartar la boca de la mía
ni un sólo instante, sin cansarse, sin cansarme. ¡Imagina qué grado de
excitación alcanzaba yo! Pero, advertida por la experiencia con José Antonio, me
cuidaba mucho de mostrarme demasiado activa. Dejaba que él me guiara.
Con pocas variaciones, sistematizamos dos procedimientos, dos
niveles de actuación, dependiendo de que el árbol tras el que nos ocultáramos
fuera suficientemente grueso o no, y de que en el lugar hubiera muchos paseantes
o se quedara desierto. El procedimiento de emergencia consistía en lo siguiente:
bien abrazados, su boca atornillada a la mía, aislados lo mejor posible de
miradas indiscretas con la ayuda del árbol y de una postura bien estudiada,
tomaba mi mano y la acercaba a su bragueta, luego apretaba la suya contra mi
monte de venus. Yo frotaba arriba y abajo la tela de sus pantalones, como quien
saca brillo a un cubierto de alpaca: estaba tan duro lo que había debajo, que
más parecía el mango de madera de una navaja de Albacete que otra cosa
cualquiera. Él, a su vez, hacía lo propio sobre mi falda de uniforme. Acabábamos
los dos empapaditos y pegajosos como muebles recién encolados.
Si había suerte (y la hubo unas cuantas veces), accedíamos al
nivel dos, semejante al uno pero con esta importante variación: se abría la
cremallera y depositaba en mi mano su curiosísima polla (muy rara: ovoide, más
gruesa en el centro del tronco que en los extremos, con el capullo completamente
oculto por el prepucio), y, deslizando mis bragas hasta la mitad de los muslos,
me manipulaba directamente con los dedos el clítoris vibrante, todo ello con la
lengua dentro de mi boca. Así, con libertad de acción, yo podía aplicar la
técnica aprendida con mi hermano, y él, aunque era un poco brusco en estos
menesteres y tenía las uñas muy largas, mejoraba sustancialmente la eficacia de
su maniobra. Nuestras corridas (digo bien: nunca nos separamos sin haber
repetido, por lo menos una vez) nos dejaban las ropas hechas un san benito,
pero, también nos dejaba relajaditos como querubines.
Mi madre andaba con la mosca detrás de la oreja. No siempre
era yo capaz de explicar de modo convincente por qué llegaba tarde. Y las
manchas en la ropa: me limpiaba con el mayor cuidado, e incluso, a veces,
ocultaba unas braguitas de repuesto en la mochila, me cambiaba antes de entrar
en casa y lavaba a escondidas las maculadas; mi madre, husmeando los olores y
raspando con las uñas los lamparones, como los sabuesos indios revolviendo en
las cenizas de un campamento, acumulaba pistas, alimentaba una sospecha para
ella terrible y para mí peligrosa. Puesto que interrogándome no averiguaba nada,
y vigilarme en Madrid era muy complicado con los medios a su disposición, cortó
por lo sano y me exilió todo el verano a casa de mi abuela.
Me fingí enferma, forcé a varias amigas a cursarme
invitaciones formales para acompañarlas con sus familias a pueblos de la sierra
(a tiro de autobús desde Madrid: Nino prometió ir un día sí y otro también),
aduje motivos de estudio indefendibles, lloré, pataleé, supliqué, intenté la
mediación de mi padre y de mi hermano: pero, no pude convencerla. Como una presa
en estricto cumplimiento de su condena, el día señalado subí al coche de mi
padre con la mano derecha de mi madre estampada en las mejillas nítidamente. Y
ahí se acabó Nino. Nunca más supe una palabra de él.
En el pueblo estuve más de dos meses con la única compañía de
mi abuela y de mis tías solteronas Amparo y Visitación. Mi abuela, la pobre, con
más de ochenta años, no estaba para nada, bastante hacía con respirar y
arrastrarse penosamente de una estancia a otra de la casa. Las dos solteronas
eran unas beatas exhibicionistas, aunque, y eso lo veo claro ahora, falsas,
falsas: una preocupación tan obsesiva por el comportamiento sexual de todo el
mundo sólo podía justificarse si era utilizado como cortina de humo para
resguardar las propias debilidades. Imagínate, las cuatro, ¡qué cuadro!
A primeros de agosto se incorporó al Gulag el resto de la
familia: mis padres y mi hermano, y mis tíos Ramona e Iñaki con sus hijos Aitor
y Alberto. Si la memoria me es fiel, fue la última vez que estuvimos todos
juntos bajo el mismo techo. Porque, antes de las navidades de aquel año, murió
mi abuela, mientras mi padre y yo estábamos en el hospital recuperándonos del
accidente. Y enseguida se inició la batalla campal entre mi madre y sus hermanas
por la herencia no testada.
No creas que mejoró mi estado de ánimo con la llegada de la
familia. Si primero me aburría, después, además de aburrirme, tenía que soportar
un montón de molestias adicionales. Mi tía y su marido, un vasco gordo y más
soso que un florero de escayola, sólo abrían la boca para hablar de comida,
único tema de conversación, al parecer, que para ellos compensaba el esfuerzo de
articular palabras y ponerlas en relación unas con otras. Y papá y mamá, jamás
supe el motivo, iniciaron aquel verano una pelea de largo aliento posterior: se
insultaban cariñosamente de la mañana a la noche, sin molestarse en disfrazar su
rabia bajo el manto de una disculpa razonable.
Aitor y mi hermano, de edad pareja, habían hecho amistad con
otros veraneantes de la vecindad, en vacaciones anteriores. Desaparecían en
cuanto salía el sol, a veces hasta bien entrada la noche. Se supone, así lo
contaban ellos, que circulaban en pandilla por el valle, se bañaban en el río,
iban de excursión a los bosques, pasaban el día en la piscina de alguno de sus
amigos. ¿Habían ligado? Nunca tuve la certeza: Javier cambiaba de conversación
cuando le preguntaba. Supongo que sí. Conociendo a mi hermano, no imagino causa
alguna capaz de arrancarlo de las sábanas todos los días a primera hora, sino es
la esperanza de amortiguar el ardor de su entrepierna. Pero, Aitor era tan
distinto: rubio, delicado, guapo desvaído, de carácter apacible, casi inane. Era
difícil imaginarlo como un conquistador avasallador, al estilo de mi hermano.
¿Qué hacían juntos, pues, tanto tiempo?
Alberto, como yo, rondaba por la casa todo el día. Para mí
era un mueble más, y no de los más bellos o útiles. Era un cretino. Un imbécil
integral. Según mi punto de vista, claro: el de entonces y también el de ahora.
Dormía no menos de doce horas diarias, leía revistas ilustradas escritas para
niños de ocho años, veía televisión: todo, concursos, seriales, películas... y
fútbol. En su mundo interior, aceptando que fuera dueño de un espacio propio
digno de tal nombre, seguro que no había más que un estadio, dos porterías, un
tapiz verde y un saco de balones de cuero reglamentarios. Hablaba poco, y,
cuando lo hacía, más parecían gruñidos que expresiones inteligentes lo que
emitía.
Tenía poco menos de un año más que yo. Era alto, fornido, de
espaldas anchas, manos y pies grandes, movimientos torpes y desmañados. Solía
vestir un chándal, incluso en ocasiones verdaderamente inconvenientes. Le
gustaba tumbarse, en lugar de sentarse o permanecer de pie con aplomo. Además, y
esto ya era el colmo, era raro que dejara pasar cinco minutos sin eructar,
sonarse con estruendo o disparar pedos atronadores como cohetes de feria y de
olor tan putrefacto, que mi hermano y yo lo conocíamos como el saco de mierda
con patas.
Sufría una alopecia galopante: en la frente se le abrían
entradas de profesor universitario cincuentón, y en el resto de la cabeza le
raleaba una pelusilla lacia y arrubiada. Su rostro, de piel lechosa, estaba
salpicado, al azar, como si le hubieran disparado una perdigonada, con dos
docenas de granos purulentos y reventones. Los ojos, apagados e inexpresivos,
pequeños, redondos, de un color oscuro indefinido. La nariz, la boca, las
orejas, todo era pequeño y feo; pero la cara era grande, redondeada, como un pan
—Ya te habrás dado cuenta: a mi primo lo apodaban en el colegio El Príncipe
Azul.
Una tarde, cuando ya sólo restaban dos semanas de condena —y
yo contaba los días y las horas: no había perdido la esperanza de encontrar a
Nino apoyado en una farola junto a la boca de metro de mi barrio, en cuanto
regresara a Madrid— quedamos en la casa, solos, Alberto y yo. Un pariente lejano
se había muerto en un pueblo próximo, y toda la familia adulta, abuela incluida,
fue al entierro. Aitor y mi hermano habían desaparecido a primera hora de la
mañana. Yo me negué a acompañarlos y a nadie se le ocurrió invitar a Alberto.
Provista de un libro y en biquini, subí a la azotea. Me
recosté en una tumbona, protegida la cabeza por una sombrilla, gafas oscuras en
los ojos, y me entregué sin recato al sol despiadado de agosto. A los dieciséis
años —los había cumplido aquel verano— yo era una niña con cara y cuerpo de
mujer. ¿O era lo contrario? Una mujer con cara y cuerpo de niña... Esta mañana,
aquí, en casa de mi madre, he estado hurgando en sus viejos álbumes de
fotografías, buscando las de aquellos días. No logro ponerme de acuerdo conmigo
misma: si no miro a la cámara bien podría tenérseme por una niñita: desgarbada,
con formas acusadas de mujer pero actitud y ademanes infantiles; sin embargo,
cuando los ojos están fijos en el objetivo, me parezco lo contrario: una mujer
fuerte y madura, constreñida en unos volúmenes impropios por leves.
Lo cierto es que —algún día te enseñaré las fotos y lo
comprobarás— los rasgos físicos más acusados, más característicos, apuntaban
entonces lo que son ahora. Naturalmente, en traza más fresca, incipiente. Las
mayores diferencias las encuentro en mi rostro. Los ojos, tan negros como ahora,
parecen en las fotografías mayores: quizá porque la cara, la cabeza, crecieron,
y ellos permanecieron igual. Las pestañas eran enormes, me sobrevolaban como
viseras de cazador. La boca, tan exagerada como siempre —mis amigas la señalan
como el rasgo que más distorsiona mi rostro, pero, los hombres suelen opinar lo
contrario: ¡tú has compuesto groserías tan deliciosas con el tamaño de mi
boca!—, estaba enmarcada por labios aún más gruesos que ahora, rojos, rojos: y
estoy segura de que ése era su color natural: no los pintaba, ni mi madre ni las
monjas lo hubieran consentido. El mentón parece más afilado y las mejillas más
hundidas. Yo creo que he mejorado con los años en casi todos los aspectos, pero,
he de reconocer que era más guapa —o, al menos, más fotogénica— a los dieciséis
años.
Mi piel aparece muy morena: es lógico, en todo el verano
apenas hice otra cosa que tomar baños de sol. Llevaba el pelo, como era común en
la época, suelto en una media melena que llegaba hasta los hombros. Y usaba
gafas, con una montura de pasta que me daba un aire muy intelectual: unos años
después me acostumbré a las lentillas; hice mal, con las gafas parecía más
vulnerable, y los chicos se hubieran aproximado a mí con más confianza. Con mi
aspecto de mujer liberada, con personalidad, incluso algo machorra —la
observación es tuya: recuerda que me la escupiste a la cara alguna vez—, más de
un jovenzuelo, deseable pero sin vocación de domador de fieras, salió huyendo,
cuando en realidad soy una mujer sumisa y femenina como pocas.
Hay una fotografía que me recoge de perfil y a contraluz,
vestida con tejanos y una camiseta blanca. Si no fuera tan torpe para las
manualidades (no se me ocurre escribir «para el dibujo», es una palabra que ni
siquiera figura en mi vocabulario), trazaría al margen de esta carta mi silueta
de entonces —te pondrías cachondo, estoy segura—. Me he molestado, con la ayuda
de una regla y un lápiz, en comprobarlo sobre la fotografía: mis pechos y mi
trasero sobresalían los mismos centímetros de un eje ideal trazado de la cabeza
a los pies.
Los pechos eran perfectamente redondos, con los pezones
afilados, tiesos, recortados bajo el fino tejido de la camiseta como el apéndice
de una boina —¿Es posible? ¿Acaso estaba permanentemente excitada? Me temo que
sí, querido. ¡Permanentemente!—. Han pasado muchos años desde que se tomó la
fotografía, y mis tetas han crecido: son ahora más fofas —aunque todavía
bastante duritas, ¿no?—, más maternales, más acordes con el canon del gusto
masculino convencional. Pero, las de entonces eran, desde un punto de vista
estético, perfectas: créeme. Nunca me han atraído las mujeres, pero, con la
fotografía delante, he de reconocer que estaría dispuesta a mordisquear unas
tetas como aquéllas, a recogerlas en los cuencos de las manos y apretarlas,
pellizcarlas, dejar que me recorriesen la piel unos pezones tan duros, como en
un tratamiento de acupuntura. E imagino (y me aguijonea una punzada de celos
mientras lo escribo) cómo disfrutarías tú apretando tu cosota entre dos tetas
así.
El trasero llama aún más la atención en la fotografía. Es tan
redondo como los pechos: sí, raro, ¿no? Alto, duro (a juzgar por la tensión
extraordinaria que produce en la tela de los tejanos), del tamaño apropiado para
que dos manos grandes como las tuyas, lo abarquen, lo estrujen, las puntas de
los dedos en la ranura intermedia y los pulgares en los costados. Ahí sí, lo
afirmo con lástima, los años han sido inclementes conmigo: mis aparatosas nalgas
actuales no resisten la comparación, por más que algunos aseguréis que así están
muy bien, que más vale que sobre y no que falte, que habiendo carne la noche es
corta. ¡Cuánto daría yo por ofrecerte hoy un culo como aquél! Harías con él
maravillas, estoy segura. Y, sin embargo, mis piernas sí han ganado con la
madurez: en la fotografía parecen palitos colgando de un espléndido culo; ahora
guardan mejor las proporciones.
Recostada en la tumbona, con el libro en las manos, me
dispuse a pasar la tarde tan sola como había pasado las tardes de todo el
verano. No era mi día de suerte, sin embargo: a los pocos minutos hizo su
entrada en la terraza mi primo Alberto, la peor compañía, la más antipática, la
más repulsiva entre las compañías posibles. Sin decir una palabra ni siquiera
mirarme —¿o sí lo hizo y yo no me di cuenta?—, se tumbó de bruces en una toalla
que extendió sobre las baldosas candentes. Tan apática como él, no aparté los
ojos del libro.
Leía Cien años de soledad, el pasaje que relata los
encuentros furtivos de aquel joven Buendía con su tía solterona, fingiéndose
alternativamente dormidos mientras hacían el amor en las tórridas noches
colombianas. ¡La imagen me caló tan hondo! Cerré los ojos y evoqué los
encuentros con Javier, entonces tan próximos aún, tan vivos. Nosotros no
fingíamos dormir, no era necesario: nada teníamos que ocultar; no, desde luego,
a nuestras conciencias; de nada nos avergonzábamos. ¡Cuánto añoraba los juegos
con mi hermano! Más deliciosos entonces, almacenados ya en el recuerdo, de lo
que fueron mientras los practicaba, quizá porque había aprendido a valorar la
ingenuidad y la autenticidad que los guió. Porque ya no me inquietaban ni mi
asustaban, sino, por el contrario, me iluminaban, me inspiraban, me incitaban a
reproducirlos (con quien fuera) y a recorrer un trecho más por el mismo camino,
porque, ¡me quedaba tanto por explorar!
Alberto, en el suelo, no cesaba de rebullir. Debía estar
asándose a fuego vivo, como una gamba en una plancha. Se tumbaba de espaldas, de
costado, de bruces otra vez. Se encogía de pronto, se estiraba, se sentaba un
momento para volver a tenderse de inmediato. Con una maldición, se puso en pie.
Se quemó los pies desnudos sobre las baldosas, y maldijo de nuevo. Yo seguía sus
aspavientos, protegidos los ojos por el velo discreto de los cristales oscuros,
con el libro abierto frente a ellos. Y lo que veía me asombró y me turbó.
¡No conocía a ese tío! ¿Quién era? ¿De dónde había salido,
dónde había estado escondido? Mi primo Alberto no era así. ¿O es que yo estaba
ciega, había estado ciega hasta ese preciso instante, en que mis ojos se habían
abierto como los de los místicos ante la presencia del espíritu santo? No, no,
no: un chándal mugriento, ni aún elegido tres tallas por encima de lo apropiado,
no disculpaba mi descuido, mi estupidez: ni tampoco me escusaban la grosería del
individuo, la suciedad, la zafiedad. Algo mágico había ocurrido, algún fenómeno
extraño de evolución anormal, de consecuencias casuales —Te aseguro que me
sentía tan arrobada como las pastorcillas que se topan de morros con la Virgen
apalancada en lo alto de un olivo. Mi tierna edad, ya sabes; y la falta de
costumbre, porque nunca, nunca antes había yo tenido delante un manjar tan
suculento.
De pie, frente a mí, a menos de dos metros, con los brazos en
jarras, las piernas abiertas, con cara de mala leche y vestido solamente con un
ceñido bañador de poliéster, me miraba un muñecazo impresionante. Su pecho, de
nadador o de gimnasta, tenía los músculos dibujados uno a uno bajo la piel
tersa, blanca como en su rostro pero de consistencia distinta, de apariencia
aterciopelada. Un canalillo de vello muy negro lo dividía desde el cuello hasta
el ombligo, y se extendía como una sombra en torno a las tetillas puntiagudas
(doradas, doradas) y sobre el vientre aplastado y duro. La cintura era estrecha,
casi femenina. Las nalgas eran ostentosas: abombaban el bañador como dos globos
a punto de estallar. Y los muslos... ¡Ay, los muslos! Cubiertos de un vello
negro muy espeso, rizado, eran firmes y sólidos —¿como columnas? Sí, como
columnas esculpidas por el mismísimo Fidias en una noche calenturienta—, con la
elegancia estilizada de un bailarín ruso y con la fuerza enervante de un
futbolista. ¡Era el cuerpo de un hombre, no el de un crío de apenas diecisiete
años!
Temblándome el libro en las manos, me concentré en observar
aquella aparición, mientras fingía seguir leyendo. Giré un poco la cabeza, de
modo que el chasis de las gafas coincidiera con su cuello y me ocultara lo que
había de él hacia arriba. ¡Qué barbaridad! ¡Qué bueno estaba! ¡Qué pedazo de
tío! ¡Y yo, como una cretina, tantos años pasando los ojos sobre él sin verlo!
¡Tantos años confundiéndolo con una piedra molesta en el camino, con un tomate
podrido en la ensalada!
Tú sabes que soy fácil de excitar. «Fácil» quizá no sea el
concepto preciso: «rápida» es más acertado. No he sido una mujer melindrosa, una
de ésas que ocultan bajo siete corpiños sus deseos, incluso ante sí mismas. Yo
soy de reacción instantánea: cuando el estímulo es consistente, respondo como un
muelle. Pues bien: no recuerdo ningún otro momento en mi vida —con la excepción,
quizá, de tu entrada en la habitación, en el hotel, cuando dejaste la maleta en
el suelo, te apoyaste en el quicio de la puerta, colgaste el pulgar de tu mano
derecha del cinturón y seguiste el perfil de tu polla sobre el pantalón con el
meñique— que me estrujara las entrañas con tal apremio, que me calentara tan
repentinamente. Un rubor intensísimo me tiñó la piel, de la cabeza a los pies,
como si alguien hubiera arrojado encima de mí un cubo de pintura rosada. Cien
mil hormigas nacieron por generación espontánea en mi vientre y se extendieron a
paso de carga por mis venas y mis arterias.
De pie, erguido bajo el sol inclemente, Alberto me miraba con
sus ojillos de rata. ¿Qué me hacía? ¿Qué me estaba ocurriendo? Me desnudó: sus
ojos se detuvieron en mis pechos y los corchetes saltaron, el trocito de tela
voló por los aires como una hoja en otoño; ramonearon mis pezones, y los
empalmaron tanto que por primera vez me dolieron de tan duros; siguieron la
curva de mi cintura, giraron alrededor de mi ombligo, y empecé a temblar, tuve
que abrir la boca para aspirar el aire que me faltaba; se detuvieron en mi
braguita, clavándose en ella como una aguja en una vena, y la fundieron, la
desintegraron. Por instinto, sin que mi voluntad interviniera, descrucé las
piernas y las separé un poco. Recordé que el biquini era viejo, la talla
correspondía a mi tamaño de dos o tres años antes: se ajustaba a mi piel como
cilicio a cintura de mojigato. No me importó: pensé que él tenía todo el derecho
a enredar sus ojos en mis pelitos más íntimos.
Me miraba, con un brillo acerado destellando en las pupilas.
Y yo lo miraba a él: a punto de quedarme bizca, orientada la cabeza hacia el
libro y los ojos escapándoseme por el exterior de las gafas. Podía haberme
ahorrado la precaución, sin embargo: él sabía que lo miraba, sabía qué le
miraba. Debajo del bañador de poliéster, envuelta en los colores chillones de la
tela plástica, se abultaba una forma cilíndrica: ascendía en diagonal, hacia la
izquierda, y se interrumpía justo, justo rozando la goma de su cintura.
Separó una mano de la cintura y recorrió el bulto con la yema
del dedo índice: desde abajo hasta la punta; allí se demoró un poco; descendió
por el mismo trayecto; ascendió de nuevo; y se inmovilizó en lo alto,
descansando.
Lacerada por la comezón de las hormigas, con la voz temblona,
le pregunté:
—¿Qué te pasa?
—Hace demasiado calor, ¿no? —respondió él, después de una
pausa.
—Bueno, no es para tanto.
—Hace un calor de la hostia, tía. Ya estoy quemado por todos
los lados. ¿Tú, no?
—Pues protégete con la sombrilla.
—¿No te importa? —Lo preguntó con un retintín tan burlón, que
me ruboricé aún más.
—No... Si me dejas la cabeza a la sombra, claro.
Avanzó hacia mí. Hundí la cabeza entre las páginas del libro,
obligándome a permanecer serena. Porque, en cuanto estuvo a mi lado, elevó los
brazos para manipular el mecanismo de la sombrilla y, con todo el descaro del
mundo, apretó el bulto contra mi brazo desnudo. No dije nada, no aparté el
brazo, procuré aquietar el ritmo apresurado de mi respiración.
—¡Qué duro está esto! ¡Se habrá oxidado durante el invierno!
—dijo él, jugando con las palabras y jugando allá arriba con los resortes de la
sombrilla. Alzándose sobre la punta de los pies y dejándose caer de nuevo,
deslizaba sobre mi brazo el fardo completo de sus atributos, arriba y abajo,
arriba y abajo. Permanecí muda: roja como un tomate y temblando.
Cuando la situación me pareció insostenible (cuando no pude
resistir más la tentación), giré la cabeza. Apenas a unos centímetros de mis
ojos, y a su altura, encontré una mancha de humedad en la tela, debajo de la
cuál algo palpitaba como si estuviera vivo, como si tuviera vida propia. Me
asaltó un ramalazo de lucidez: una señorita no debía bajo ningún concepto
consentir que un chico, y menos aún un chico de la familia, y todavía menos un
chico tan sucio y tan mal educado como aquél, enarbolara su polla tan cerca de
ella y con tanta impudicia. Pero, ¿qué podía hacer yo?, si temblaba de la cabeza
a los pies, febril, deshidratada, con la lengua estropajosa, las hormigas
revueltas con serpientes, ratas y alacranes devorándome por dentro, si no podía
pensar, si me estaba volviendo loca.
Dejé caer el libro al suelo, alcé los ojos hacia los suyos y
le pregunté:
—¿Puedes?
No dijo nada. Sonrió. Mirándome con los brazos en alto, se
frotó en redondo contra mi piel (sentí la mancha de humedad, viscosa y fresca,
rozarme una y otra vez, y la presión agobiante de su polla, tan dura, Díos mío,
tan dura): tranquilo, relajado, como si lo que hacía fuera no sólo lo más
natural del mundo sino también lo más habitual. Yo lo miraba desde abajo y él me
miraba desde lo alto. Sus ojos, fijos en los míos; los míos, viajando nerviosos
desde los suyos hasta la mancha de humedad, arriba, abajo, arriba, abajo.
En silencio, sin dejar de mirarme, me tocó el pelo. Y
enseguida lo atravesó con los dedos y me agarró la nuca, quemándomela, tanto
ardía su mano.
—¿No tienes hambre? —preguntó.
—No.
—¿Estás segura? ¿Ni sed tampoco?
—No.
Me sentía mareada. De la entrepierna de mi primo brotaba un
aroma intenso, penetrante. Olor a macho —«Claro, me dirás, no esperarías que
oliera a hembra». No esperaba nada, querido. No me había fijado en que Javier o
Nino desprendieran una fragancia semejante.
—Seguro que tienes hambre —insistió, sibilino.
—No, Alberto, te lo juro, no tengo hambre.
—No te creo.
Poco a poco, milímetro a milímetro, guiando mi cabeza con la
mano en la nuca, como el piloto al timón, la aproximó a él, hasta que mi nariz
rozó la tela de poliéster. ¡Cómo sudábamos los dos! Me arrollaban desde la
frente gruesos goterones que me inundaron los ojos (que seguían cubiertos con
las gafas de sol), obligándome a cerrarlos. La tela de su bañador estaba
empapada, ciñéndose como una segunda piel a su polla, dibujando con exactitud su
forma, las gruesas venas que la entreveraban. Me atrajo más, y fueron mis labios
los que entraron en contacto con la tela, y, guiados por él, la recorrieron
arriba y abajo, arriba y abajo. ¡Me apretaba tan fuerte, su mano firmemente
aferrada a mi nuca, que los labios (y la lengua, que dejé asomar entre ellos) me
escocían, abrasados después de frotarse un rato contra la piel de plástico!
Cuando menos lo esperaba, aflojó la presión y apartó la mano
de mi nuca. Tenía los ojos cerrados y así permanecí un momento: ida, flotando,
sin variar la postura, como un maniquí. Los abrí justo a tiempo de ver cómo la
polla de mi primo (que la aferraba con las dos manos, el bañador en las
rodillas) disparaba hacia mi cara el primer chorro de lefa: con tan buena
puntería, que me acertó en el interior de la boca, sobre la lengua. ¡Qué sabor!
¡Qué sabor!
—Come, cerdita. ¿Está bueno, eh? Toma más, guarra, guarra.
Supongo que sólo pudieron transcurrir unos pocos segundos:
¡horas me parecieron, sin embargo! Mi primo, de pie, corriéndose en mi cara,
disparando una, otra, otra, otra vez. Gruesos chorretones de semen que se
estrellaban contra mis gafas, mis mejillas, mi nariz, mi frente, mi pelo, mis
labios sellados desde el primero, que conservaba sobre la lengua. E
insultándome, gritando, perdido el poco juicio que tenía. Yo, con los ojos
cerrados, sin retroceder ni apartarme un palmo, reclinada sobre un codo y con la
mano libre frotándome la braguita del bikini, que se había humedecido
escandalosamente.
Así seguí un buen rato: petrificada, el paladar impregnado de
un sabor amargo. Tenía los ojos cerrados, y las lágrimas, que empezaron a
brotarme como de un grifo abierto, se mezclaron en mi cara con la corrida de mi
primo, goteando todo, lágrimas y corrida, sobre mi hombro desnudo, sobre mis
pechos, sobre mi vientre. Reaccioné cuando Alberto, sentado como un indio sobre
la toalla tendida en el pavimento, todo orgullo en la voz, me dijo:
—Te gustó mi polla, ¿verdad, guarri?
Ahogada por los sollozos, balbucí:
—¡No! ¡Eres un cerdo! —y salí disparada, llorando
histéricamente, a encerrarme en mi habitación. Mientras me alejaba, él me gritó:
—¡Cuando quieras más ya sabes dónde hay, guarra!
Muertecita de vergüenza estaba yo a la mañana siguiente,
cuando bajé a desayunar —¿Por qué? No me había avergonzado con Nino; mucho menos
con mi hermano. En realidad, ¿qué había hecho? ¿Algo más oscuro, más sucio? No.
La pregunta era: ¿con quién lo había hecho?—. Había pasado una noche fatal,
despertándome cada rato, consumida por los remordimientos, y en un estado de
excitación casi terminal: por lo menos tres veces, medio adormilada pero muy
consciente, permití que mi mano, los dedos actuando por libre —dedos autónomos,
ajenos, autosuficientes— se perdiera allá abajo y me masturbara hasta la
extenuación. Como una foto fija que se hubiera instalado en mis retinas, los
muslos poderosos y peludos de mi primo, y el instante brujo en que el primer
chorro de semen salió disparado de su polla, en cámara lenta, preciso, corpóreo,
con una estela de cometa.
No había cenado. No había siquiera salido de la habitación,
con la coartada de un dolor de cabeza. Fue mi madre a indagar, entrometida,
curiosona: la despedí con cajas destempladas. Así que, cuando asomé por la
cocina, todos los presentes se interesaron por mi salud. Dije que estaba bien,
que me dejaran en paz, que no me pasaba nada. Alguien hizo un chiste con «ya
sabes, las cosas de la edad...», y pasaron de mí. Por supuesto, Alberto estaba
durmiendo: eran todavía las once de la mañana.
Qué mal me sentía. Qué humillada. Y (algo que me martirizaba
el orgullo como un tormento) ¡qué excitada! Lo ocurrido, aún colmando (en parte)
mis anhelos, no se ajustaba a lo que yo había soñado para mi puesta de largo
sexual, no se parecía a las estampas que había pintado cuando me imaginaba
entregándome, por fin, a un hombre. No, no era eso. Necesitaba más: pero, no más
sexo —qué cándida, ¿verdad, querido? ¿Acaso me parecería suficiente?—;
necesitaba amor, romanticismo, como en las películas: miradas bobinas preñadas
de promesas, manitas furtivas, mensajes en clave, regalitos envueltos en papel
brillante, y besos, besos lánguidos, largos, locos, maravillosos besos de
novios. ¡Lo que habíamos hecho era propio de las bestias!
Bebí un café negro, sin nada para mojar, y salí de la casa.
Caminé toda la mañana por las sendas del bosque cercano. Me senté en un tronco
caído, tiré piedrecitas al río. ¿Qué más hice hasta la hora de comer? No lo sé.
No me acuerdo. Estaba sonámbula, con la mente en blanco: bueno, en blanco, no;
ocupada hasta en el último resquicio, bien a mi pesar, por los volúmenes de mi
primo —Querido: ¿no te parezco encantadora, tan mórbida como un capullito de
clavel, deambulando, melancólica, entre el verdor bucólico? ¡Ay! ¡Qué días idos!
¡Tan lejos, pero, tan próxima a la verdad! ¡Tan candorosa, pero, tan decidida a
poseer el conocimiento! Todavía no lo sabía; aún podía fantasear, revestirme con
los ropajes novelescos de las heroínas populares. Pronto, sería tarde.
A medio día, Alberto estaba sentado a la mesa frente a mí. No
me miró ni una sola vez, el muy cabronazo. Ni me dirigió la palabra. Exactamente
igual que otro día cualquiera.
Yo, de reojo, sí lo mire: tan feo, tan guarro, tan
despreciable me pareció como otro día cualquiera. Sin embargo, casi en los
postres, se levantó a buscar agua. Me dio la espalda y se agachó a recoger algo
del suelo: sus nalgas, como dos lunas, concretas, duras, apretaban entre ellas
la tela del chándal. Antes de sentarse otra vez en la silla de enfrente, rozó
con la punta de un dedo el bultito alargado que nadaba entre los pliegues de su
pantalón. No creo que lo hiciera para provocarme: no sabía que lo miraba, no
había procacidad en los ademanes. Sencillamente, se agachó y luego se rascó
donde le picaba. Yo, sin embargo, embelesada, pasé la tarde evocando las dos
visiones como un aprendiz de hortera las manos ubicuas de Julio Iglesias.
Pasaron tres días, durante los cuáles él se comportó, a todos
los efectos, como si yo fuera un garrapato en el papel pintado del salón. Yo no
lo ignoraba, no, aunque lo aparentara —no sé con cuánto éxito: temo que con
poco—. De la mañana a la noche lo perseguía por la casa, ideando tareas y
escusas para tenerlo al alcance de los ojos. Memoricé de corrido (como los
estudiantes empollones la lista de los reyes godos) cada una de sus curvas, los
contornos exactos de cada protuberancia, los centímetros que separaban los
granos de su cara, las flexuras caprichosas de sus ropas. Aprecié que sus
movimientos, sus gestos, sus posturas, desprendían una vaharada de sensualidad y
de gracia, de virilidad, de fuerza en estado bruto. ¡Aprendí a verlo! Y si no
estaba cerca de él, soñaba con él: dormida y despierta.
Para no chiflar, y como un ejercicio retórico, maquinaba
venganzas extravagantes: si intenta algo, le daré un corte del que se acordará
toda la vida. Diré que intentó violarme. Lo golpearé con una botella en la
cabeza. Agarraré el cuchillo del pan y le rajaré la cara, delante de la familia.
Le contaré a Javier lo que me hizo (aliñándolo un poco) y, juntos, organizaremos
una revancha siciliana. Huiré de casa, me refugiaré en el cuartel de la Guardia
Civil, lo denunciaré y, de paso, también a toda la familia. Huiré de casa e
ingresaré en un convento. Me quedaré: pero, me volveré autista, sellaré mis
labios hasta la muerte.
Al cuarto día, después de comer y de recoger la mesa, todos
se fueron a dormir la siesta. Menos mi abuela, que se quedó frita en su sillón
de orejas preferido. Y Alberto y yo; él, tumbado en el sofá frente al televisor;
yo, con los codos apoyados en la mesa y los ojos deambulando por el comedor como
un mosquito atolondrado. La situación no podía seguir así, estancada,
pudriéndose: aquel cerdo se había corr