Fraterna acogida
Mi nombre es Blanca y, en la actualidad, me desempeño como
alta ejecutiva de una empresa multinacional con sede matriz en Madrid. Estoy
asignada a la División de Latinoamérica. En esta división estoy hace
aproximadamente seis meses, luego que el gerente de la división me solicitara
especialmente. Estudié gestión de empresas en el Instituto Tecnológico de
Massachussets. En este prestigioso centro de estudios superiores de Estados
Unidos estudié mi carrera de pregrado, además de dos maestrías. Una en
administración de negocios (MBA) y la otra en economía, con especialización en
economías en vías de desarrollo.
Mi jefe actual fue también el primer jefe que tuve cuando fui
reclutada para trabajar en el Departamento de Estudios de la sede central de
esta multinacional. Desde hace seis meses —fecha de mi traslado a la División
Latinoamérica— trabajo en un proyecto que tiene por fin último hacerme cargo de
la sede de nuestra compañía —inserta en la industria de las telecomunicaciones—
en Chile. Aquello está planificado que ocurra dentro de seis o siete meses más.
Sin embargo, mi traslado a Santiago de Chile será en quince días más, de manera
oficial, y en una semana más, de forma real. Llegaré como enviada por el
Presidente Ejecutivo de la casa central de la empresa para desarrollar un
estudio que explique las razones de nuestras, cada vez menores, utilidades en
Chile. No obstante, la verdad es que ese estudio es sólo una fachada ideada para
poder interiorizarme de la filial chilena, de sus problemas, de la aptitud de su
equipo gerencial, del mercado y de todo lo necesario para asumir como
responsable máxima de esta sucursal.
Por otra parte, les cuento que soy una mujer —en opinión de
los hombres— con cuerpo primoroso, de 1,79 metros de estatura, pelirroja, ojos
de color azul celeste, pechos de tamaño más bien grandes y erguidos, un trasero
hecho a mano y bien parado, y unas curvas bastante peligrosas, capaces de hacer
perder el juicio a cualquier varón (modestamente). Además, requiere de altas
dosis de sexo para funcionar bien. En otras palabras, soy una mujer muy
calenturienta. No he informado nada sobre mi próxima destinación a mi novio ni a
mi amante. Sólo pienso comunicárselos un par de días antes de mi partida, pues
necesito que mi vida sexual experimente las menores variaciones posibles y su
frecuencia más bien se incremente que decrezca. Primero porque me encuentro en
un período de libido alta —quizá sea el viaje, mi cambio de vida, las
responsabilidades y desafíos que me esperan o tal vez sea mi carácter
calenturiento natural, o a lo mejor, una mezcla de todo. Segundo y último,
porque, con toda probabilidad, estaré sin sexo regular por algún período durante
el primer tiempo de estancia en mi siguiente designación. Sea cual sea la razón,
lo único que sé es que quiero coger, coger y coger a tope. Quisiera hacerlo
también en mi trabajo, donde hay muchos chicos muy guapos y bien dotados. Pero
la prudencia me aconseja que mejor escoja fuera de la oficina. Como soy una
chica joven y guapa, candidatos para echarme un buen polvo nunca me han faltado,
desde mi más tierna adolescencia (ya les conté que siempre he sido de una
fogosidad sexual poco común).
Durante la semana previa a la fecha de mi traslado, tuve
sesiones de sexo al despertar por las mañanas, en la tarde —inmediatamente luego
de salir del trabajo— y en las noches. En las tardes, con mi amante y durante
las noches con mi novio. Necesitaba estar bien aperada o provista de sexo, ya
que sabía —o creía saber— que en Chile me iba a tomar algún tiempo encontrar
pareja sexual. No pretendía tirar el poto a la chuña. Esta es una expresión
chilena que me enseñó un hermanastro paterno que vive allí y que quiere decir,
en términos bastante prosaicos, coger con quien se cruce por el camino.
Antonio, mi hermanastro, médico de profesión y propietario de
una clínica, está separado y vive solo en un amplio departamento. Razón por la
que me ofreció que viviera con él en Santiago. No lo veo desde hace unos dos
años, pero en nuestra juventud tuvimos numerosos escarceos amorosos que no
llegaron más allá, pero que me dejaron claro que habíamos heredado el mismo tipo
de genes en lo concerniente al apetito y fogosidad sexual.
En cualquier caso, acepté la oferta de mi hermano de vivir
con él, al menos hasta que localice una casa apropiada para mi sola, o para mí y
mi novio, si es que encuentro uno que me apetezca. Antonio quedó en ir a
recibirme al aeropuerto santiaguino.
Viajé, como estaba previsto y, empleando unos días de
vacaciones que no me había tomado, una semana antes de mi llegada oficial. El
viaje fue largo, pero para mi fortuna, lo hice en un vuelo sin escalas desde
Madrid a Santiago y en primera clase. De todos modos, fueron casi trece horas de
viaje continuo. Cuando llegué al Terminal aéreo de Santiago y salí del túnel
articulado previsto para descender del avión y llegar a los recintos destinados
a hacer los trámites de desembarque, divisé a mi hermano. Estaba mucho más guapo
que la última vez que lo había visto. Aquello de por sí, me animó e imaginé que
sería un presagio de buenos augurios para mi estadía en aquél lejano y austral
país.
Al culminar con los largos trámites de rigor, nos saludamos
con Antonio muy afectuosamente. Él me tenía un ramo de copihues rojos hermosos y
un paquete que resultaron ser unas muy finas, muy lindas y lujosas joyas de
lapislázuli (una piedra preciosa de color azul y muy escasa).
Nos dirigimos de inmediato, en el despampanante Mercedes
deportivo de mi hermano, a su piso. En el camino y en agradecimiento a su bello
recibimiento, me subí bastante la falda y le permití deleitarse con la visión de
mis largas y bien formadas piernas. Antonio no desperdició la oportunidad e,
inclusive, las acarició con poco disimulo y bastante lascivia, mientras
conversábamos. Alrededor de media hora más tarde, estábamos en el departamento
de dos plantas de mi hermano. Era muy acogedor y amplio. Subimos a la planta
superior, donde se hallaban las habitaciones. La que Antonio había dispuesto
para mí era muy espaciosa e iluminada. Como llegué a media mañana, aproveché de
descansar un poco. Me duché, me sequé, me coloqué un camisón corto sin ropa
interior y me acosté en una deliciosa cama tamaño gigante —king size—que tenía
mi dormitorio. Desperté alrededor de las 13:30 hrs., me puse un tanga minúsculo
y un sujetador pequeño, a tono con el color del camisón y una bata corta
semitransparente a juego con todo lo demás. Recogí mis cabellos en una cola de
caballo, me perfumé un poco y salí rumbo al salón del departamento para beber un
aperitivo y, posteriormente, almorzar. Me sorprendió ver a Antonio en el salón,
con un ordenador portátil sobre sus piernas. Lo saludé de beso y le dije
risueña:
—Y tú ¿qué haces por aquí? ¿no fuiste a trabajar a la
clínica?
—No todos los días llega a vivir a mi casa una hermosa
hermanita, por lo que bien vale la pena laborar desde la casa. —respondió con
una mirada y una sonrisa muy coqueta.
— ¡Qué rico! Entonces tú me servirás el aperitivo. —indiqué.
Acto seguido, me senté y crucé mis piernas, con lo que gran parte de ellas
quedaron al descubierto. Aflojé un poco el escote de la bata, pasando mis pechos
a estar bastante a la vista también.
Mi hermanastro no sacaba su visión de encima de mis piernas y
de mis tetas, mientras que preparaba los aperitivos. Por fin me entregó una copa
con un líquido medio blanquecino, con espuma y un sabor un poco ácido.
—mmmmm ¿Qué es? —pregunté.
—Pisco sour. Una mezcla de pisco —un licor chileno—, limón,
azúcar y clara de huevo. —respondió mi hermanito. Lo bebí paladeándolo bien.
—Brindo por ti y por tu llegada a esta casa. —señaló mi
hermanastro y, seguidamente, me besó en los labios. No dije nada porque el beso
estuvo delicioso. —Pasemos al salón del comedor para almorzar. —agregó.
Almorzamos una comida muy sabrosa preparada por la cocinera
de la casa de Antonio. Acompañamos el almuerzo con un vino tinto chileno de la
cepa carmenère, originario de Francia, pero hoy en día sólo se elabora en Chile,
porque en el país galo desapareció la cepa hace años, según me contó mi hermano.
El aperitivo y el vino me dio un poco de sueño. Me dirigí a
mi alcoba, me saqué la bata y me recosté en la cama. Mi hermano me siguió y
preguntó si podía descansar junto a mí. Lo pensé unos instantes y le dije que
bueno. Cerró la puerta y se tumbó junto a mí. Pronto empezó a juguetear con mi
pelo rojizo, largo y brillante mientras escuchábamos música suave. Poco a poco
fue cobrando arrojo y bajando su mano para acariciar mi frente y mi cara sin
ninguna intencionalidad aparente, pero con los colmillos del deseo asomados. Se
sorprendió al notar que mi respiración se aceleraba, por lo que me preguntó si
sus caricias me estaban incomodando. Le indiqué que ni mucho menos, que me
estaba encantando y me di la vuelta, apoyé mi cabeza en su muslo y le dije con
voz susurrante y algo enronquecida:
—Masajea mi espalda hermanito, por favor. Mira que el largo
viaje me la dejó hecha polvo.
Ni corto ni perezoso y aprovechando la chance y las
circunstancias, primero empezó por encima de la ropa, pero le señalé que no
fuera tímido y que levantara el camisón y así lo hizo. Comenzó a pasar sus
suaves manos de médico por mi espalda una y otra vez, cada vez haciendo más
largo el recorrido, bajando hasta el principio de mis glúteos y subiendo por el
lateral de mi espalda, rodeando mis pechos, todavía cubiertos por el minúsculo
sostén. Todo aquello principió a ponerlo calenturiento y empalmado, ya que la
situación no era para menos. Al rato, me di la vuelta y pedí a mi hermano que
continuara por delante, quitándome la camisola en un santiamén. Así quedé con mi
sujetador transparente puesto y con todo a disposición de mi hermanito. Evitó
tanto como pudo su decoro y la premura de su excitación ascendente, pasar cerca
de mis pechos, pero al ver cómo mis pezones se tornaban turgentes, decidió
explorar con sus dedos, debajo de las copas del sostén. Expelí un profundo y
sugerente suspiro al sentir el contacto de sus dedos con mis pezones. Fue una
señal inequívoca que quería guerra, que aquél huevito —o sea yo— quería sal y no
sería mi hermano quien me negara el auxilio. Desabrochó mi sujetador dejando a
la vista mis generosos pechos, bajó la cabeza para empezar a sobarlos dulcemente
con sus manos y labios, a mordisquearlos mientras yo daba gemidos de placer y
decía:
—OOOOOOHHHHHH…UUUMMMMM…AAAASIIII…AAASIIIII
Al mismo tiempo, empecé a acariciar, por encima del pantalón
el deseoso mástil de carne de mi hermanastro, ya desplegado en su máxima
expresión. Entre tanto él besaba mis melifluas y lindas tetas, arrastraba con
suma suavidad y sigilo sus manos hasta mi cintura y las introducía debajo de mi
entrepierna. Al llegar a mi sexo, se percató que el calzón tipo tanga estaba
completamente empapado, lo que avivó nuestra calentura más aún.
Bajé su pantalón y su slip, quedando todo su miembro al
descubierto, le miré con una mezcla de cara pícara y de deseo vicioso y le dije
— ¿Y ahora qué, hermanito?
—cómetela toda bombón —respondió. La acaricié con mis labios,
de abajo a arriba, para posteriormente, tragármela con fruición hasta los
huevos, mientras decía a mi hermano:
—Que deliciosa polla te gastas hermanito. UUUUUMMMMMMMMMMM.
Algo imaginaba que estabas bien dotado, pero nunca creí que tanto.
Le hice una mamada impresionante. Sus 22 cm. de pene
desaparecían en mi boquita una y otra vez, con goce muy vivo por parte de ambos.
Mordisqueaba su frenillo con delicadeza y, luego de algunos minutos, sin poder
aguantar más, se vino y diseminó parte de su semen en mi boca, rostro y pechos.
Golosamente seguí y seguí chupando mientras su miembro iba decreciendo, momento
que aprovechó Antonio para despojarme de las braguitas y empezar a besar mis
piernas de abajo hacia arriba hasta llegar al interior de mis muslos y a mi
sexo. El fino contacto de su lengua en mi clítoris me hizo dar un leve saltito
acompañado de un grito de placer y presioné su cabeza hacia mi entrepierna, en
tanto que le decía:
—AAAASIIIIIII…HERMAANIIIITOOOO…SIIIIIIIGUEEEEEEEE
En breve mi corrida llenó su boca con mis fluidos y, a
continuación, me senté sobre él, dirigí con mi mano su miembro a mi vagina.
Primero lo froté, froté y froté por toda mi vulva, eternizando el momento, y
finalmente, lo introduje poco a poco hasta llegar al final de mi húmeda caverna
de placer. Inicié un impresionante movimiento de caderas mientras que él besaba
y devoraba mis tetas. Le pedí que no se viniera en mí, pues había suspendido la
ingesta de pastillas anticonceptivas ni pretendía tomar medicamentos abortivos
post sexo, pero con el frenesí del movimiento y del momento no pudo evitarlo y
se vino en mi interior, coincidiendo con la eyaculación de mi hermano. Yo
mientras me venía, gritaba ruidosamente:
¡que has hecho, que has hecho, puedo quedar
embarazadaaaaaa!
Sacó su miembro de mi vagina y chorreé su abundante esperma
por toda la parte superior de mis muslos. Era algo maravillosa y, sin darme
tiempo a protestar por su venida en mi interior, empezó a besar mi sexo hasta
producirme un nuevo orgasmo. Nuestras caras de satisfacción y dicha eran
evidentes.
Mas no habían acabado ahí sus planes: me giró y empezó a
lamer mi rosadito ano, completamente cerrado. Le indiqué que no, que lo había
intentado en una ocasión, pero que el dolor que sentí había sido tan intenso que
me hizo desistir. Continuó trabajando con su lengua, haciendo caso omiso de mis
palabras, convencido que mi nivel de fogosidad (tan propio de las colorinas) se
lo permitiría finalmente. Introdujo un dedo, luego otro, y, diciéndome que me
iba a coger otra vez, pero ahora desde atrás, introdujo el bálano de su pene, de
una embestida, en mi cavidad anal.
—Está apretadísimo y se nota que eres virgen por aquí. —dijo
mi hermano. Con gran dificultad fue metiendo el resto del pene, poco a poco, con
ayuda de los jugos de mi vagina como lubricante.
Se quedé quieto unos momentos, una vez que hubo conseguido
meterme la polla hasta los huevos. Después de unos pocos minutos, inició un
movimiento lento, mientras yo no cesaba de maldecirle por sodomizarme sin mi
consentimiento. Luego pasó a un movimiento más intenso, donde mis protestas se
convirtieron en un gimotear de continuo placer. Entre alarido y alarido, decía:
—NOOO PAAAREEES…RICUUURAAAA. DAALEEEE, DAAALEEEE
HERMAAANIIIIIIIIITOOOO…
Pasados unos minutos, se vino en mi interior, llenando todo
mi apretadito culo con su semen. Yo me vine, por lo menos, en tres ocasiones y
de forma muy gritada, Me la sacó y aproveché para dejarla brillosa y limpia de
restos de esperma, usando mi juguetona lengua.
Debí admitir ante mi hermanito que nunca había tenido sexo de
esa forma y que, de ahora en adelante, yo y mi culo eran suyos (él recibió con
todo gozo tal regalito). Descansamos un rato y luego fuimos al baño de mi alcoba
para ducharnos juntos. Nos jabonamos mutuamente lo que nos provocó una gran
excitación. Su pene se había vuelto a erigir desafiante. No lo pensó mucho, se
pidió que le ayudase a ponerse un condón con escamas que tenía en su mano, me
colocó de rodillas en la bañera y me penetró vaginalmente hasta el fondo de una
sola embestida. Se mantuvo sosegado y sin movimiento por unos segundos y,
seguidamente, empezó un brutal bombeo, durante el que sacaba totalmente su pene
de mi vagina y volvía a introducirla de un solo golpe. A esas alturas, yo
chillaba, gritaba y daba alaridos de gusto. En medio de aquellas manifestaciones
de gozo le señalaba:
—AAAAAHHHH…MAAAASSSS…SIIIIGUEEEEE…TOÑITO DE MI COOORAAAZÓN.
A la espera de saber si me había quedado o no embarazada, nos
mantuvimos cogiendo únicamente con preservativo. A la vez, reinicié mi
tratamiento anticonceptivo con píldoras. Una vez que supimos que no había
quedado embarazada, nos dedicamos a follar como buenos de la cabeza; en el
coche, en el salón, en los pasillos del departamento, en los baños y en cuanto
sitio extraño y rebosante de adrenalina se nos ha ocurrido.
Como he recibido tan fraterna acogida por parte de Antonio,
he resuelto quedarme a vivir con él y dejar la casa que me da la empresa para
recepciones ligadas con la empresa, fiestas y menesteres de esa índole.