Los siguientes días fueron muy intensos para la familia
Salgado-del Valle. El viernes por la mañana, Mistress Elsa se presentó en la
casa y Susana, que no había ido a clase, se llevó la sorpresa de su vida al
bajar al salón y encontrarse a su mamá arrodillada entre las piernas de la
dominatrix haciendole una espectacular comida de coño.
¿Qué... qué pasa aquí? –acertó a balbucear la joven,
cubriendose rápidamente sus tetas y su pubis con las manos.
Susana llevaba únicamente unas medias blancas con liguero del
mismo color y unas sandalias negras de seis centímetros de tacón.
Deja de taparte y ven aquí, zorrita –pidió Mistress Elsa-
Es hora de que tu también comiences a servirme.
¿Quién... quien es usted? –preguntó la muchacha
Mi nombre es Elsa Klein. Mistress Elsa Klein para ti, perra
–respondió la dominatrix- Tu Amo y yo estamos juntos en esto, así que ven aquí
de una puta vez y deja de cuestionarme.
Susana sabía que debía obedecer. Lentamente dejó que sus
brazos cayesen a los lados y comenzó a andar hacía la atractiva joven, su mente
intentando asimilar ese nuevo giro en los acontecimientos. Los arillos de sus
pezones y los de sus labios vaginales estaban claramente expuestos, al igual que
el tatuaje que le anunciaba como esclava y eso le hacía sentir aún más sumisa.
A gatas –ordenó Mistress Elsa, tan pronto como Susana dio
el primer paso.
La joven obedeció al instante y gateó hacia la dominatrix,
que separó aún más sus piernas para hacer espacio a la chica. Susana se detuvo
allí, de rodillas, contemplando hipnotizada cómo la boca de su mamá devoraba el
jugoso coño de aquella mujer con avidez. La cara de MariJose estaba totalmente
húmeda de flujo y Susana sintió los suyos propios comenzando a lubricar su
almeja.
¡A qué esperas! –la voz de Mistress Elsa le sacó del
trance- Comeme el coño.
Susana se apretó junto a su madre y agachó la cara hacia la
vulva de la dominatrix. MariJose hizo ademán de apartarse, pero Mistress Elsa le
agarró del pelo y siguió manteniendola allí, de manera que las lenguas de ambas
mujeres se juntaron sobre el excitado coño del Ama.
Venga, zorritas, más vigor –animó la joven.
Madre e hija comenzaron a acelerar sus lametones. La lengua
de Susana jugaba con el clítoris de la dominatrix mientras MariJose hundía su
cara en la abierta raja de la hembra.
Ummmmm –gimió Mistress Elsa al borde del orgasmo- así, así,
pedazo de putas comecoños.
La excitación de tener a las dos sumisas dando cuenta de su
encharcada almeja llevó a la joven dómina a un brutal clímax que disfrutó sin
reparos, gritando y gimiendo de placer. Las caras de la mamá y de su hija
quedaron bañadas por su abundante flujo y agarrandolas por los pelos, Mistress
Elsa les obligó a lamerselo mutuamente para después forzarlas a darse un morreo.
Susana intentó resistirse débilmente, pero se vio sorprendida por la activa
participación de su madre, cuyas sesiones de sugestión habían incidido
especialmente en la aceptación del incesto. MariJose atrapó sus labios con
avidez y como una serpiente, su lengua penetró la boca de Susana y comenzó a
morrearla con lujuria. La joven no lograba explicarse cómo su recatada y
puritana madre podía haberse vuelto tan sumisa y tan zorra en tan poco tiempo,
pero extrañamente, lejos de asquearla, aquel comportamiento le ponía
tremendamente cachonda. Así que, cerrando los ojos, dejó que la lengua de su
mamá atrapase la suya y se entregó activamente al morreo. Mistress Elsa, cansada
y satisfecha, contemplaba con una sonrisa como sus dos perras continuaban
besándose excitadas, incluso después de dejar de forzarlas.
Minutos más tarde, MariJose y Susana yacían tendidas de
espalda sobre el suelo, con sus piernas separadas mientras la joven dominatrix
examinaba sus recien estrenados "piercings".
Esto está muy bien –dijo- pero debeis mantener una perfecta
higiene durante los próximos días. Nada de sexo y nada de masturbarse, ¿está
claro?
Sí, Mistress –respondieron madre e hija al unísono.
No era un requerimiento sencillo, ya que últimamente ambas se
encontraban excitadas con creciente frecuencia, y aunque MariJose tenía
restringidos sus orgasmos a uno por día, Susana se hacía al menos cuatro o cinco
pajas diarias, sin contar sus sesiones con Ruth en los servicios de la Uni. La
mamá, además, estaba convencida de que tendría que lidiar con los avances del
cornudo, quién afortunadamente la noche anterior no había insistido en tener
sexo. La pobre no podía ni tan siquiera imaginarse que pocas horas antes su
Jaime había sido brutalmente dominado por la misma mujer a la que ella servía y
que en esos mismos momentos, en la soledad de su despacho, con los pantalones
por las rodillas, su marido acariciaba su endurecido pene a través de la suave
telilla de uno de sus tangas negros.
Jaime se había llevado una gran sorpresa aquella mañana al
abrir furtivamente el cajón en el que su esposa guardaba la ropa interior y
encontrarse con una atrevida colección de tangas. Sabía que aquello no era
normal. MariJose siempre había sido muy conservadora en su forma de vestir.
Instintivamente había abierto otros cajones descubriendo los reveladores
sostenes de copa baja o transparentes, los eróticos ligueros y las sexys medias
de seda o redecilla. La polla de Jaime se había puesto tremendamente tiesa al
imaginarse a su mujer vestida con aquellas cosas. Había mirado a MariJose que
dormía plácidamente en la cama y se había sentido tentado a despertarla y
hacerle el amor, pero las órdenes de la Sta. Klein habían sido claras. Nada de
masturbarse ni de tener sexo con su esposa. El cuerpo de Jaime se había
estremecido al pensar en la joven dómina. No entendía el por qué, pero estaba
deseando volver a estar con ella y servirla a su antojo. Era como si hubiese
deseado encontrar alguien así durante toda su vida. Su mano se posó entonces
sobre uno de los tangas de su esposa, uno negro de los más discretos, y sin
dudarlo se lo puso. La sensación fue tremendamente extraña, el suave tacto de la
diminuta telilla que a duras penas cubría su pequeño y excitado miembro, la
tirilla firmemente encajada en la raja de su culo, dejando sus nalgas al aire...
Se preguntó desde cuando su mujer usaba aquella lencería y por qué se lo habría
ocultado. ¿Tendría un amante? No. Su Maria José nunca le haría algo así. Era una
férrea defensora de la fidelidad conyugal y siempre había criticado con
vehemencia a los maridos que le eran infieles a sus esposas. Sin embrago,
aquella ropa...
Ruth recibió el mensaje en su móvil mientras estaba en clase.
Tenía el sonido desconectado, pero la vibración le había alertado. Era del Amo.
Lo leyó en seguida, mientras el profesor seguía su aburrida cháchara.
"Abandona las clases y estate dentro de diez minutos en la
puerta de la Facultad"
Cuidadosamente, recogió todas sus cosas y con el mayor sigilo
que pudo abandonó el aula. Estaba excitada ante la posibilidad de encontrarse de
nuevo con el Amo. Lástima no haberlo sabido antes para poder elegir mejor su
atuendo. Aún así no iba mal. Llevaba una minifalda vaquera, con medias-panty
negras y zapatos planos y una camisetita gris, ajustada a su torso que marcaba
bien la forma de sus tetas.
Susana no había asistido a clase. Ruth le había llamado la
noche anterior para preguntarle por su visita al ginecólogo y parecía estar
bien. Le había contado que a su madre le habían quitado el DIU y a ella le
habían pautado la píldora. A Ruth le excitaba sobremanera la esclavización de
MariJose. El ver a una mujer adulta y respetable sometiendose al Amo había sido
un estímulo increíblemente erótico para la mente de la joven universitaria, que
rápidamente había empezado a fantasear con su propia madre. Y no había podido
resistir el decirselo al Amo. Aún recordaba la sonrisa de su cara cuando le
había preguntado:
Así que te gustaría ver a tu mamá convertida en mi esclava,
¿eh?
Sí, Amo –había respondido decidida, demasiado excitada para
prever las consecuencias.
No me desagrada la idea –había seguido Darkshadow- tu madre
es una mujer muy atractiva. Pero si quieres que esclavice a tu mamá, tendrás
que pagar un precio.
¿Qué precio, Amo? –había preguntado la joven.
Tu hermana –había respondido el Amo- tu hermana Sara viene
en el lote.
Ruth había pensado en su hermana, la perfecta y responsable
Sara. Su imagen desnuda y arrodillada a los pies de Darkshadow había hecho que
el coñito de la joven destilase un buen reguero de jugos.
Sí, Amo –había aceptado Ruth- Mi madre y mi hermana, las
dos.
Las escaleras de acceso a la Facultad estaban prácticamente
desiertas, a excepción de un par de chicas que fumaban junto a la puerta. Ruth
esperó nerviosa apoyada en una de las barandas. Minutos después, un sobrio y
elegante mercedes negro, con cristales tintados, se detenía ante la puerta. La
joven lo observó expectante. La ventanilla trasera se bajó lentamente y una
hermosa cara de mujer le miró a los ojos.
Ruth –dijo con autoridad- ven aquí..
La muchacha se acercó nerviosa hasta situarse ante la
ventanilla abierta. La joven rubia seguía mirandole fijamente.
Mi nombre es Elsa Klein –dijo- y tu te dirigirás a mi como
"Mistress Elsa" y me guardarás el debido respeto ¿está claro?
Sí, Mistress Elsa –aceptó Ruth, sumisa.
Muy bien –dijo la dominatrix- ahora vas a montarte conmigo
en el coche y vamos a ir a ver a tu Amo. ¿Llevas puestas bragas?.
Sí, Mistress –respondió la joven sonrojandose- un tanguita
de color blanco.
Quitatelo antes de entrar en el coche –ordenó Elsa.
¿Aquí? –preguntó Ruth nerviosa- Llevo medias-panty...
Ese no es mi problema –respondió la dominatrix con
autoridad- ¡obedece!
Pero... hay gente...
¡Obedece, esclava!
Sí, Mistress.
La joven miró de reojo a su espalda. Además de las dos
chicas, ahora también había tres chicos fumando. Nerviosa, metió sus manos bajo
la minifalda, agarró al tiempo el elástico de las medias y del tanga y comenzó a
bajarselo lentamente.
Sin doblar las rodillas y con las piernas ligeramente
abiertas –ordenó Mistress Elsa.
Ruth comenzó a oir silbidos a su espalda cuando las prendas
iban por las rodillas y cuchicheos mientras se acercaban a sus tobillos. La
joven podía sentir el aire primaveral acariciando su pubis y su trasero y se
preguntó hasta dónde alcanzaría a ver su audiencia.
Vaya culito rico –dijo una voz tras ella
Mira –dijo otra- tiene el conejo depilado.
Ruth no podía estar más colorada. Estaban viendole todo...
pero al mismo tiempo podía sentir todo su ser temblando de excitación. ¡Cómo
podía ser tan zorra! Aquella situación tan embarazosa estaba consiguiendo poner
su coño en ebullición. Tuvo que quitarse los zapatos para sacarse las medias y
las bragas, y después volverselos a poner. Durante todo ese tiempo, su coño y
buena parte de su culo estuvieron expuestos ante los ojos de sus compañeros. Uno
de ellos incluso tuvo tiempo de sacar un par de fotos con su móvil.
Mirad que bien ha salido ésta –anunció- se le ve todo el
chumino abierto y rosadito.
Ruth se incorporó avergonzada y excitada y le entregó las
prendas que se había quitado a Elsa. La dominatrix abrió la puerta del coche,
pero antes de dejarla entrar lanzó el tanga a los pies de los chicos que se
apresuraron a cogerlo y exhibirlo como un trofeo. Sin atreverse a mirar, la
joven cerró la puerta y el coche se puso en marcha.
Abre las piernas –ordenó Mistress Elsa.
Ruth obedeció.
Más –insistió la dominatrix
La joven las separó hasta que su minifalda se recogió sobre
la cintura dejando su coño a la vista y su culo apoyado sobre el asiento de
cuero. Sin miramientos, Mistress Elsa llevó la mano a su almeja.
Empapada como una perra en celo –rio- Así que te ha puesto
cachonda tu pequeña exhibición, ¿eh?
Ruth asintió avergonzada y acto seguido recibió un fuerte
bofetón en la mejilla.
Cuando te hago una pregunta me contestas como es debido
–dijo la dominatrix con seriedad.
Sí, Mistress Elsa –afirmó rauda la joven, acariciandose la
zona dolorida.
Sí, ¿qué? –insistió el Ama.
Sí, Mistress –reconoció Ruth- me ha excitado exhibirme ante
mis compañeros.
Ponte tu collar de esclava –ordenó Elsa
Ruth abrió su bolso, sacó el collar que el Amo le había
entregado y se lo colocó cuidadosamente alrededor del cuello.
Estás hecha una buena zorrita –rió la dominatrix con ganas-
Bueno, nos queda un ratito hasta encontrarnos con tu Amo, así que será mejor
que lo aprovechemos. Quitate el resto de la ropa.
La joven obedeció rauda. Se sacó la camiseta gris, el
sujetador, la minifalda y los zapatos, quedandose totalmente en cueros. Mistress
Elsa la atrajo hacia sí y comenzó a morrearla. Ruth respondió con avidez. Estaba
brutalmente cachonda y aquella joven Ama era increiblemente atractiva. Sintió
como sus manos se apoderaban de sus hinchados pezones y los retorcían sin
compasión mientras su lengua le exploraba la garganta. La muchacha gimió
entregada.
Tras unos minutos besándose y magreandose, la dominatrix se
recostó sobre un lateral del coche, se recogió la falda sobre la cintura y se
bajó las pequeñas bragas negras que cubrían su pubis.
Comeme el coño, pedazo de puta –ordenó.
Ruth se arrodilló como pudo y comenzó a lamer y succionar la
encharcada entrepierna de la mujer. Estaba deliciosa.
Vas a pasar el fin de semana con tu Amo y conmigo.
Sirviendonos –anunció la dominatrix- MariJose, la madre de Susana, ha llamado
a tu casa y ya está todo arreglado. Tus padres están convencido de que vas a
pasar estos días con la familia de Susana en la sierra.
Elsa Klein notó cómo la joven intensificaba sus lametones. A
aquella zorrita le encantaba el fin de semana que se le avecinaba. Sin duda iba
a ser una buena esclava y les iba a producir grandes beneficios.
Tardaron aproximadamente una hora en llegar a "La Finca". La
mitad de ese tiempo Ruth se lo pasó amorrada al coño de la dominatrix,
comiendola con dedicación y llevándola un par de veces al orgasmo. Después, Elsa
Klein le había ordenado sentarse, había esposado sus manos a la espalda y le
había cubierto los ojos con un antifaz de cuero. Durante el resto del trayecto,
Tinkerbell se había entretenido estimulando el cuerpo de la joven sumisa hasta
llevarla múltiples veces al borde del orgasmo pero deteniendose antes de
consumarlo. Ruth estaba desesperada por correrse y suplicaba una y otra vez, su
coño chorreando líquido sobre el asiento, pero la cruel dominatrix se reía de
ella y seguía su maquiavélico juego. La pobre muchacha habría dado la mitad de
su vida por un orgasmo, tan chachonda estaba...
Finalmente, el motor del coche se detuvo, y Ruth fue obligada
a salir del vehículo. Seguía completamente desnuda y aunque ya era primavera, el
aire fresco hizo que su piel se contrajera y sus pelos se erizasen. Sintió que
alguien enganchaba una correa a su collar y segundos después notó el leve tirón.
Tiraban de ella como si fuese una perra. La joven, desnuda, con los ojos tapados
y las manos esposadas a la espalda se dejó guiar. Se dio cuenta de que entraban
en una casa, ya que dejó de sentir la brisa, pero inmediatamente sintió un
pinchazo en el brazo y todo se nubló en su cabeza.
Cuando despertó, no podría precisar cuánto después, se
encontraba en un calabozo iluminado con luz tenue. Estaba un poco mareada y
tardó un poco en darse cuenta de la situación. Estaba desnuda y totalmente
inmovilizada sobre una estructura de madera en forma de X o aspa, apoyada
verticalmente sobre uno de los muros. Sus muñecas y tobillos estaban firmemente
sujetos por grilletes metálicos. Su pelo había sido recogido en una coleta y
ésta amarrada con una cuerda que se tensaba sobre una argolla obligándola a
mantener la cabeza alta y erguida. Además estaba amordazada. Podía sentir una
bola de goma en su boca, forzándola a mantener la mandíbula bien abierta. Por
qué le habían hecho aquello? Ella estaba dispuesta a hacer todo lo que el Amo y
aquella atractiva rubia, amiga suya, le ordenasen. No tenían necesidad de
atarla.
Pasó sin embargo mucho tiempo antes de que la joven escuchase
pasos dirigiéndose hacia el calabozo. Para entonces su vejiga estaba al máximo
de su capacidad y la necesidad de orinar era desesperante. Sintió la puerta
abriendose y tres figuras entraron en la habitación. En la primera reconoció la
imponente y altiva silueta del Amo y sin duda la última era Mistress Elsa. La
del medio era más baja de estatura, aunque parecía un hombre, caminaba
torpemente, con grilletes en los tobillos, los brazos esposados a la espalda y
guiado por una correa de perro enganchada a un collar alrededor de su cuello. De
pronto, la habitación se iluminó con más intensidad y Ruth tuvo que cerrar los
ojos varias veces hasta acostumbrarse a la claridad. Cuando por fin pudo
abrirlos, vio que el Amo, Mistress Elsa y el hombre estaban en el centro de la
habitación. Darkshadow le lanzó una mirada breve pero intensa que la hizo
estremecer, pero en seguida tanto él como la dominatrix centraron su atención en
el hombre. Ruth se dio cuenta de que no estaba completamente desnudo sino que
llevaba un tanga femenino de color negro. También notó que su cuerpo había sido
completamente depilado y al parecer, recientemente, ya que mostraba cierto
enrojecimiento. Sus pezones estaban perforados por dos anillas y cuando pudo
verlo de frente no se le escapó el tatuaje que llevaba en el pubis, justo por
encima del elástico de las bragas que apenas ocultaban lo que parecía una
pequeña polla. Lo leyó y sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo:
SLAVE GEMMA
PROPERTY OF MISTRESS ELSA
"COCKSUCKER"
Mi amigo ha hecho un excelente trabajo con los arillos y el
tatuaje, ¿no crees esclava? –preguntó la dominatrix
Sí, Ama –respondió sumiso el hombre, la cabeza humillada
mirando el suelo.
Entonces es sólo justo que se lo agradezcas y hagas honor a
tu nombre.
La cara del hombre se volvió pálida.
Quiere decir que... yo... le... no, por favor, Ama. No soy
gay.
Me importa un bledo lo que creas o no que eres. ¡Arrodillate,
perro!
Jaime Salgado obedeció, mientras Darkshadow desabrochaba sus
pantalones de cuero y extraía su magnífica polla. El esclavo abrió los ojos como
platos ante la visión de un cipote tan espectacular. Ruth contuvo la respiración
mientras observaba cómo el Amo aproximaba su falo a los labios de aquel sumiso.
Hubo un segundo de duda, pero finalmente la boca del hombre se abrió y su lengua
comenzó a lamer el grueso y rosado glande. Darkshadow le agarró por los pelos y
comenzó a dirigir la mamada. En apenas un minuto, los entregados "SLURP, SLURP"
de un entregado Jaime Salgado, succionando con avidez el duro pollón del Amo se
dejaron oir en el calabozo. Ruth se dio cuenta de que aquella escena le estaba
poniendo tremendamente cachonda. Ver un hombre sometido a otro, chupando su
polla estaba inflamando a la jovencita de deseo. Pero la puntilla llegó cuando
Mistress Elsa se acercó a ella y le susurró al oido:
Es Jaime Salgado, el papá de Susana.
Mientras pronunciaba aquellas palabras, dos de sus dedos se
habían posado sobre la expuesta raja de Ruth, y su pulgar sobre su eniesto
clítoris. Eso y la asombrante, pero excitante, revelación fue todo lo que la
joven necesitó para explotar en un intenso orgasmo que la hizo temblar sobre las
aspas de madera. La ola de placer le hizo perder el control de sus esfínteres, y
la acuciante necesidad de vaciar la vejiga hizo que la pobre muchacha se orinase
encima. En medio del impresionante clímax, Ruth ni se dio cuenta de lo que
ocurría. Después, cuando volvió al mundo de los mortales, la vergüenza y la
humillación fueron horribles.
Jaime Salgado seguía mamando la polla del Amo con dedicación.
Ruth podía ver el bultito que la erecta pollita del hombre marcaba en el tanga
negro que llevaba y se dio cuenta de que estaba excitado por lo que se veía
obligado a hacer. La joven volvió a darse cuenta de su cuerpo depilado y recordó
las palabras de su tatuaje "Slave Gemma". Y entonces se dio cuenta. ¡Dios Santo,
lo están feminizando! A pesar de su reciente orgasmo, Ruth volvió a sentir un
pico de excitación y deseo. Toda la familia de su amiga había sido dominada por
los Amos: MariJose, la propia Susana y ahora, Jaime... o Gemma. Toda una familia
de esclavos. Ruth pensó en la suya. Jimena, su madre; Sara, su hermana... ya se
las había imaginado sometidas al Amo. Pero su padre... no, no se lo había
imaginado ni por un segundo. ¿Tendrían los Amos la intención de dominar también
a su padre? ¿Era aquella la razón de que le estuviesen mostrando lo que habían
hecho con Jaime Salgado? ¡Santo Dios! ¿Querrían feminizar a su padre? ¿Obligarle
a comer pollas? Ruth volvía a estar inflamada de deseo. ¡Por Dios, qué alguien
me folle!, suplicó mentalmente, necesito volver a correrme.
Continuará