MI HISTORIA CON EL FANTASMA
La idea de este relato me surgió al leer otro aquí publicado
por "sherezade" , de título "El apasionado fantasma de -La Casona-". (
http://www.todorelatos.com/relato/31681/ ), y cuya lectura recomiendo de
verdad.
El pasado verano mi marido fue invitado a participar como
ponente en uno de esos típicos cursos de escasos días que organizan ciertas
universidades para llenar el vacío académico veraniego. La ocasión parecía
propicia para relajarme junto al mar si le acompañaba, así que no pude negarme,
ni mucho menos, cuando David me propuso que yo también fuera con él, ya que
tenía intención de alquilar para esos días una antigua mansión, toda entera para
los dos solos. De hecho era algo que siempre había querido hacer.
Así que hacia allí nos dirigimos en nuestro propio coche un
domingo por la tarde. Tras unas cuatro horas de viaje llegamos a orillas del
Cantábrico y nos instalamos en las afueras de la ciudad en nuestro original
"apartamento" de vacaciones. De entrada nos encantó lo que vimos. Se trataba de
una casona de planta baja y dos alturas a la que se accedía por un pequeño
jardín encerrado tras una verja de hierro que rodeaba la casa. Por dentro, una
hermosa escalera llevaba a las habitaciones de arriba que se distribuían a ambos
lados de sendos pasillos. Toda la decoración era muy clásica y elegante, pero no
dejaba de resultar acogedora y sugerente, ya que estaba bien cuidada y era como
si de repente te sumergieras en un decorado de película antigua.
Los dos nos sentíamos especialmente animosos ante la
perspectiva de pasar unos buenos días en un ambiente original. No sé si por eso,
la primera noche que pasamos en la casona hicimos el amor de forma especialmente
apasionada. Lo cierto es que después de los años de convivencia, la inevitable
rutina había ido apareciendo poco a poco en nuestra vida de pareja haciendo que
los preámbulos, las caricias y las posturas se repitieran de una forma casi
previsible, y, sin querer, la frecuencia del encuentro íntimo se fue resintiendo
también, hasta llegar a convertirse en una cita casi preestablecida para el fin
de semana.
Yo, a menudo echaba de menos la pasión de los primeros años,
pero empezaba a comprender que David, con los cincuenta rondándole, tuviera cada
vez menos necesidades fogosas.
Reconozco también que últimamente, no sé si porque era
consciente de su propio bajón físico, en los tiernos momentos de confidencias en
los que nos acurrucábamos el uno junto al otro después de hacer el amor, me
había confesado alguna vez, medio en broma medio en serio, que su fantasía
preferida era verme en los brazos de otro hombre. A mí ni se me pasaba por la
cabeza hacer algo así, me resultaba del todo imposible por mi educación y pudor
natural, fuera de mis abundantes y calientes fantasías, eso sí, ponerme en manos
de otro hombre, entregar mi sexo a otro pene que no fuera el de mi David del que
seguía realmente enamorada.
Pero con el tiempo, como decía, entendía que era inevitable
que se empezara a notar el peso de la diferencia de edad con la que nos casamos,
ya que yo me encontraba, a mis 36 años, casi tan exultante y vital como aquella
jovencita universitaria que se enamoró perdidamente de su apuesto profesor de
literatura, mientras que él ya no parecía ser del todo el mismo que yo conocí.
Por eso, aquella noche, la viví de forma especial. Quizá por
la novedad del escenario, o como si fueramos estimulados por un efecto
afrodisiaco de origen desconocido que quiza emanaba de la propia casa, la
fogosidad tomó cuerpo en nuestras mentes y en nuestros sexos y acabó por
sorprenderme realmente. Yo, particularmente, me sentía muy caliente por alguna
razón. Mientras David me abrazaba y me penetraba, era como si presintiera que
alguien nos observaba y deseara ser invitado a nuestra cama, como si
estuviéramos exhibiéndonos delante de un desconocido para provocarle la envidia
de lo que se estaba perdiendo. Y todo ello me inducía una extraña sensación de
satisfacción y deseo.
Después, durante toda la noche tuve sueños sugerentes y
apacibles, aunque algo ridículos, que recordaba a medias cuando me desperté por
la mañana. Soñé que corría por campos abiertos donde pastaban caballos excitados
sexualmente, soñé con máquinas trabajando rítmicamente en medio de atmósferas
calientes llenas de vapor. Eran sueños nuevos para mí que me dejaron una
agradable sensación cuando al despertar guardaba también por todo mi cuerpo una
relajante sensación muy placentera. La atmósfera de aquella mansión me empezaba
a sentar muy bien.
Por la mañana, desayunamos juntos antes de que David acudiera
después a su curso de la Universidad de Verano en la capital. Yo apenas me había
vestido con unas braguitas y una camiseta larga que me llegaba por encima de
medio muslo. A él le gustaba verme así, y yo, también, prefería moverme sin
trabas de ropa, al menos en verano. Me encontraba recogiendo el desayuno en la
cocina cuando sentí que David se me acercaba por detrás. Sentí su mano rozándome
levemente los muslos y su aliento en mis hombros. Cerré los ojos y le dejé hacer
sorprendida por su cariñosa despedida. Noté al mismo tiempo cómo acercaba sus
labios hacia mi nuca mientras sus dedos, en un fugaz movimiento, ascendieron
atrevidos por debajo de la camiseta hasta toparse con el borde de la braga y
bajaban nuevamente, casi sin tocar la piel, por la cara interior del muslo.
Entonces, en su cercanía, un olor desconocido, como de colonia de hombre muy
especiada, me empezó a llegar a la nariz y me despertó de mi ensimismamiento. De
repente, me asaltó la duda de que aquella presencia cercana no podía ser la de
David, nunca en la vida se ponía ese tipo de fragancia tan fuerte. Reaccioné,
pero para cuando quise darme la vuelta y despejar mis dudas, ya no había nadie
allí. Llamé a David por su nombre y nadie contestó. Un recelo como si alguien
hubiera entrado en la casa y se había atrevido a tocarme me asaltó. Pero al
verme totalmente sola, llegué a pensar que todo había sido una falsa impresión
de mi imaginación. Olfatendo el aire, sólo aquel aroma que persistía, me impedía
creer del todo en que lo había soñado.
Aún dándole vueltas a aquel extraño incidente, pasé la mañana
tranquila, sin hacer gran cosa, y dedicándome a recorrer las diferentes
estancias si buscar nada en particular, sólo por el placer de salsear. Me
entretuve en la pequeña biblioteca surtida de libros antiguos, la mayoría
bonitamente encuadernados y bien conservados. En medio de un buen surtido de
temas, me sorprendió encontrar una pequeña colección de libros con contenido
claramente erótico o abiertamente pornográfico según se mire. Los había varios
con texto mayoritariamente en francés y bien ilustrados con grabados donde damas
dieciochescas y bellas doncellas salían expuestas obscenamente en todo tipo de
posiciones, y eran tomadas sexualmente por caballeros unas veces; faunos,
demonios y demás seres extraños de toda condición y pelaje otras, pero siempre
poseedores ellos de llamativos órganos sexuales cual si de sementales en celo se
trataran.
Se me pasó el tiempo volando entretenida con aquellas
vistosas orgías y akelarres y acabé por leerme un librito que narraba las
peripecias de un gañán vicioso de ir asaltando inocentes campesinas por los
bosques de no sé qué condado. Estaba claro que quien quiera que hubiera sido el
dueño o la dueña de aquella mansión en el pasado, tenía gustos particularmente
lujuriosos. Me preguntaba también, después de descartar a la adusta dama
retratada encima de la chimeneta, cuál de los tres hombres visibles en los
cuadros que vestían las paredes de la sala-biblioteca podría ser el susodicho
erotómano.
El caso es que después de comer un sandwich, y tras aquella
sesión de calientes proezas sexuales que había contemplado y leído, me sentía
ligeramente excitada, y una creciente y caliente sensación me surgía de entre
los muslos. Yo no soy de las que acostumbra a autoestimularse tocándose para
darse placer, más bien añoraba la presencia de mi David, quería tenerlo cerca
para tentarlo y seducirlo y que así, lograra apagarme el ansia de verga caliente
que mi creciente lascivia demandaba. Deseaba ardiententemente que llegara la
noche esperando que se repitiera el calentón que tuvimos ambos la víspera, pero
temía que él, para variar, no estuviera por la labor de romper la secuencia
habitual del polvo semanal.
De todas formas, el calor de mi entrepierna no menguaba, y,
para mi sorpresa, al poco me vi a mí misma rozándome la vulva por encima de las
bragas mientras desde el mirador contemplaba los árboles del patio trasero de la
casa. De repente, algo estupefacta por lo que estaba haciendo, me preguntaba por
qué hacía aquello allí, algo a la vista del exterior y de forma tan
desprocupada, pero...pensé: ¿qué de malo había, por otra parte, en aliviarme el
cosquilleo de mi cuerpo?. Así que, sonriéndome a mí misma, y dándome un
golpecito como de ánimo, me dije: vamos Silvita, por qué cortarte, date un
premio, bonita! Me senté en el banco corrido y apoyando los talones sonre la
barandilla abrí las piernas para introducirme un par de dedos por dentro del
encaje de la braga. Ufff!, escalofríos recorrían mi cuerpo mientras en mi mente
recordaba la imagen de aquellos enormes penes reproducidos en los grabados
antiguos.
Ciertamente añoraba a mi marido como hacía tiempo no lo
hacía. Aquella casa o lo que fuera , había conseguido incrementar mi líbido
hasta ponerlo al rojo vivo.
Me sentía tan excitada que me fui directamente al dormitorio.
Allí me quité todo lo que llevaba encima, la camiseta y las bragas ya húmedas
que tiré sobre la cama, y comencé a pasearme exhibiendo mi esbelta desnudez. Me
sentía muy caliente, como si me estuviera mostrando ante invisibles extraños. Un
cierto pudor y nerviosismo se me mezclaba con una obscena sensación. Me
contemplé en el espejo. Me vi exhuberante y atractiva. En mis firmes y grandes
pechos destacaban los prominentes pezones oscuros. Bajo mi suave vientre liso
quería dejarse ver mi joya más preciosa, con el ligero abultamiento del monte de
venus, recubierto ligeramente de un cuidado vello, y que insinuaba el comienzo
de la abertura en la vulva. Y por detrás el estupendo culo del que me sentía
especialmente orgullosa, saliente y macizo en su redondez sin estridencias,
objeto de placer de mi marido y siempre goloso y sugestivo para el deseo de los
hombres.
Satisfecha de mi tentadora desnudez, sentía, sin saber por
qué, que atravesar la puerta del dormitorio sería como si anduviera desnuda en
una casa ajena habitada. Me paseé, aún y todo, un poco por toda la casa, con la
inquietante pero a la vez fascinante sensación de percibir como si unos ojos me
espiaran, como si alguien se recreara contemplando la oscilación de mis senos al
andar, queriendo acercarse a la profundidad de mis pliegues, deseando comprobar
la tersura de mis muslos y mis nalgas. Recorriendo los pasillos, subiendo y
bajando sin prisas las escaleras, no podía evitar ir acariciándome ligeramente
los pechos, tocándome suavemente el culo y acercando los dedos a mis ingles. Me
sentía desafiante y hermosa, embrujada y seductora, provocándome a mí misma con
mis gestos.
Volví al dormitorio y me tumbé sobre la cama sin dejar de
pensar en lo que en esos momento más deseaba, necesitaba de mi marido,
necesitaba sexo. Acabé adormeciéndome y echando una larga y tranquila siesta.
Pero nuevamente tuve sensaciones extrañas en medio de la modorra general. Volví
a soñar situaciones sugerentes y agradables: flases y luces intermitentes me
iluminaban, y yo me desnudaba a la orilla de un lago de aguas tibias en las que
luego nadaba despreocupadamente. Pero también en algún momento de cierto
desvelo, me pareció percibir la presencia de alguien o de algo en la habitación,
como una sombra desplazándose por los bordes de la cama. Y mientras en el sueño
nadaba, vivía la sensación de enredarme las piernas entre plantas acuáticas,
chapoteando inútilmente entre aquellos nenúfares que me acariciaban los pechos y
el vientre, y esa sensación soñada se me mezclaba con otra más real que era como
un insinuante roce que me subía por los muslos desnudos junto a un suave
cosquilleo de dedos que me tentaba la dureza de mis pezones, todo allí desnuda
en la cama como estaba.
Cuando por fin desperté del todo, desde luego me encontraba
sola por completo, pero aún así, la sensación de haber sido observada y
acompañada en mi sueño me resultaba muy real. Me observé los pezones
especialmente erectos y una ligera sensación húmeda me impregnaba toda la vulva.
Según me desperezaba, me encogía sobre mí misma apretando los muslos e
intentando retener el hormigueo que sentía en mi sexo, pero, sin embargo, todo
se me mezclaba con un cierto desasosiego mental. Me levanté y recogí mi
camiseta, pero no pude encontrar en ningún lado las braguitas que estaba segura
había dejado allí mismo.
Con cierta inquietud por todo lo sucedido pero sin poder
evitar también un ligero estremecimiento, más de fascinación que de temor,
esperé impaciente que llegara David para confiarle mis dudas sobre lo que
aquella casa ocultaba. Me fui para la ducha, pero esta vez cerré la puerta del
baño por dentro para no sentirme acosada por nada ni nadie.
Aquel día David llegó bastante tarde y cansado, según él,
después de dar sus clases sobre "La tradición oral y el cuento popular en la
narrativa española del XIX" -¡que ya hacen falta ganas para dedicar parte de las
vacaciones a oír esos "cuentos", pensaba yo-. Pero bueno, el caso es que cenamos
bastante ligero, y mientras lo hacíamos, aunque insistí varias veces en ello, no
conté para nada con su ayuda para que me sacara de mis sospechas o me
tranquilizara al menos; más bien al contrario, pasaba ampliamente de mí y de mis
"historias histéricas", como solía decir él.
–
"Cariño,
¿no has notado nada raro en esta casa?" le pregunté.
–
"¿Como
qué?
–
"Pues
mira, igual te ríes, pero a mí me parece que hay alguien rondado por ahí. Hoy
me he sentido observada más de una vez".
–
"Será el
fantasma de la casa, un alma en pena, seguro".
–
"No ves,
ya estamos como siempre, no se te puede decir nada! Porque si te lo tomas a
broma, no tiene gracia. . Mira, sólo te digo que cuando estaba en la siesta,
estoy segura que alguien se ha llevado las bragas que había dejado tiradas en
el dormitorio".
–
"Jo,
Silvita, no te quejarás, encima debe de ser un fantasma cachondo y viciosillo
que se pirra por tus huesos. No, si ya me dijo la chica de la agencia cuando
alquilé la casa, que se decía por los alrededores que aquí habitaba un
fantasma y que tuviera cuidado si venía con mi pareja o alguna hija, porque
por lo visto tiene fama de ser un salido con las mujeres el muy cabrón".
–
"¿No será
verdad, me estás hablando en serio?. ¿Por qué no me lo habías dicho?".
–
"Por
supuesto que es verdad. Mira, mira, ahí lo tienes ahora, detrás tuyo. Si hasta
está cachas y todo, parece el zombi de Brad Pitt. Uuuuuuuuuuhhhh!!!
...Ja,ja,ja,ja!"
–
"Idiota!
Ya sabía que no te lo ibas a tomar en serio".
–
"Mira, es
increible lo ingenua que eres, ahora va en serio: yo no sé si ha entrado
alguien a llevarse tus sugerentes braguitas o ha dejado de entrar, o si las
has perdido porque se te han ido deshilachando poco a poco y no te has dado
cuenta, pero ya te he dicho más de una vez que creo que ves y lees demasiadas
tonterías de parapsicología y sandeces semejantes, y claro, luego vas viendo y
sintiendo cosas raras por todas partes. Al menos ahora me alegro de que sean
por lo visto agradables para tí".
–
"Vale, no
quiero seguir con esto por hoy, ya veo que es imposible razonar contigo. Y
además, a ti quien te ha dicho que me resulte agradable lo que me ha pasado,
eh?".
–
"Uy!
Perdona creía que...Bueno, y en cuanto a lo de razonar que sepas que para
poder razonar hay que empezar por ser razonable, creo."
–
"¡Ale,
sigue atacando aún más!. No me fastidies, anda, no sigas y déjame en paz de
una vez".
Estaba consiguiendo sacarme de mis casillas. Y lo peor es
que, después de aquello, se me habían ido al garete las esperanzas de tener una
noche caliente con él. Pero a pesar del enfado, el hambre de sexo no había para
nada desaparecido de mi cuerpo.
Visto que aquella noche era imposible ya establecer cualquier
tipo de diálogo, nos retiramos muy temprano al dormitorio. Él no tardó en
quedarse dormido mientras yo permanecí leyendo un buen rato. Me llevé a la cama
una especie de cuaderno manuscrito que encontré en la biblioteca entre los
libros subidos de tono que allí había. Éste tampoco desmerecía en cuanto a la
temática respecto a los otros. Estaba escrito a plumilla sobre un papel de
calidad, de los que hoy ya no se usan, en una elegante letra de buena caligrafía
como de un texto victoriano o decimonónico, que reflejaba que su autor
pertenecía seguramete a la educada alta sociedad del mencionado siglo. Era una
especie de diario y contaba con todo tipo de detalles los numerosos encuentros
sexuales, aparentemente reales, que el relator confesaba haber tenido a lo largo
de aproximadamente un año que no pude identificar.
Llamaba la atención como pormenorizaba en las descripciones
de las intimidades físicas de sus amantes, de edades bastante diversas ellas, y
en el relato de sus propias sensaciones mientras las desnudaba, acariciaba e iba
excitando hasta acabar penetrándolas de diferentes formas con su órgano sexual,
que si había que creerle, debía de ser un excelente pene en dimensiones y
prestaciones.
La verdad es que el texto, muy bien escrito, era apasionante
porque el estilo perfecto del que hacía gala conseguía atrapar, y confieso que
excitar también, con todo aquel muestrario de lascivas mujeres bellas, de nalgas
y pechos lujuriosos, coños ardientes y orgasmos envidiables, donde los fluidos
de ellas y el semen de él se liberaban y corrían en una explosión de gozo
compartido tras largas, originales y muy efectivas maniobras de calentamiento.
Se diría que el relato podría ser adaptado perfectamente para ser utilizado como
una especie de manual del buen amante. Y si además, a eso añadimos que, como
otra característica, siempre que optaba por ponderar sus propias cualidades,
gustaba de hacerlo con generosas referencias tanto a las características de su
cuerpo, de su miembro y de sus potentes descargas seminales, pues entonces, la
verdad es que el conjunto resultaba increiblemente provocador, un auténtico
"best-seller" anónimo de la literatura erótica.
Ante la falta de sexo real aquella noche, la estimulante
lectura sirvió al menos para que si no en mi vientre, sí al menos en mi mente,
el calor del sexo deseado se instalara por completo para inducirme sueños
excitantes el resto de la noche.
Estaba ya dormida, cuando más allá de la media noche el
silbido constante del viento sur que se había levantado y que entraba por la
ventana algo abierta me desveló. Había luna y una luz fría iluminaba la
estancia. Me giré un par de veces queriendo recuperar el sueño pero me era
imposible. Miré a David, que me daba la espalda, pero él dormía profundamente.
Decidí levantarme para cerrar la ventana e ir a beber un
trago de agua o algo fresco. Sobre el camisón corto de finos tirantes en raso
negro que llevaba me vestí el batín-kimono, también cortito y del mismo tejido,
haciéndole un nudo rápido al cinturón. Abrí la puerta, y saliendo de la
habitación sentí una fría corriente que llenaba la casa. Un molesto chirrido de
alguna puerta mal cerrada parecía venir del final del largo pasillo. Hacia allí
me dirigí antes de bajar a la cocina. Conforme avanzaba el rechinar de la madera
era cada vez más audible y la escasa luz que se filtraba desde el exterior se
perdía en la creciente oscuridad. Intenté buscar el interruptor de la luz, pero
no lo logré. Casi a ciegas, llegué a la entrada de aquella habitación y vi que
tenía una ventana bailando al compás del viento. Me acerqué a cerrar la
contraventana y al hacerlo quedé en la más absoluta oscuridad. Intentando buscar
de nuevo la salida choqué con lo que parecía una cama. Me asusté un poco al
sentirme perdida y sola en aquella oscuridad que se me hizo muy fría.
Más aún me alteré cuando de nuevo comencé a percibir en el
aire claramente aquel extraño y fuerte aroma de colonia de hombre que ya
conocía. Sin saber que hacer me quedé como paralizada, paralizada por la
sorpresa cuando noté un poco después que se me soltaba el batín y que se
deslizaba poco a poco por los hombros hasta caer al suelo. ¿Cómo podía ser?
¿Quizá no estaba sola? ¿Estaba soñando o era real todo aquello?. El corazón se
me aceleró bruscamente. Quise reaccionar movida por el susto, no sabía si
gritar, si llamar a David, no sabía si podría oirme desde la otra esquina de la
gran casa. Pero la oscuridad y el pavor me aturdían por completo. Adivinaba la
presencia de algo, de alguien detrás mío, su inconfundible olor me envolvía.
Notaba ya su inmediata cercanía, su respiración en mi cabello y en mi nuca y una
gran sensación de cobarde indefensión se apoderó de mí.
Vestida con aquel mínimo camisón de fina tela sobre mi
erizada piel, que me dejaba practicamente la espalda descubierta por detrás y
con un amplio escote triangular que daba considerable libertad a mis firmes y
abultados pechos, y con los brazos y casi todas las piernas al aire, me sentía
casi desnuda y desamparada ante lo que aquel misterioso y fantasmal extraño
quisiera hacerme. Y fue entonces cuando aquel individuo, o lo que fuera aquel
ser que en mi mente ya empezaba a identificarse con aquellos obscenos seres con
atributos de macho que horas antes había contemplado en los grabados antiguos,
actuó como si adivinara mis pensamientos.
Mientras su cálido aliento me recorria por detrás , sentí un
leve contacto en ambos brazos, como si unos dedos caracolearan por mi piel. Me
sobresalté de inmediato, y un escalofrío me estremeció todo el cuerpo. Aquellos
dedos escurridizos tomaron caminos contrarios, unos bajaron por mi brazo
izquierdo y los otros subían lentamente por el derecho.
La sensación era muy real, el tacto en mi piel y el aroma que
captaba mi olfato no podían ser un sueño, aquello estaba pasando realmente,
aunque en la total oscuridad mis ojos no pudieran dar forma corpórea concreta a
ese extraño fantasma. Mi cabeza bullía en preguntas, mil dudas me asaltaban a
medio camino entre el pánico y el encantamiento, entre el deseo de huir y el
hechizo seductor. Decidida a buscar respuestas saqué fuerzas de flaqueza y con
voz temblorosa acerté a decir:
"¿Quién eres? ¿Qué quiere de mí?"
Mezclé sin querer nerviosamente el tuteo con el usted como
muestra evidente de mi total confusión y turbación.
No obtuve contestación alguna en forma audible, pero sus
gestos y actos fueron meridianamente claros sobre sus intenciones. De inmediato
un poderoso brazo pasó a rodearme y sujetarme por la cintura; su mano, de
considerables dimensiones, apoyó toda la superficie de su palma abierta sobre mi
vientre bajo el ombligo. Al tiempo, sus labios recorrían mi pelo bajando
suavemente hacia mi cuello. Mientras, con la otra mano recorrió mi hombro
desnudo y la hizo bajar poco a poco hasta colocarla encima de mi pecho derecho
sobre la tela del camisón. Empezó a jugar sobre la redondez del seno, a veces
llevando su caricia sobre mi piel en los contornos desnudos del montículo, a
veces presionando y palpando la superficie completa de la teta sin descuidar el
bulto del pezón.
Me tenía presa entre sus manos; aunque hubiera querido no
podía escapar. De todas formas, yo no oponía resistencia alguna, ni intentaba
zafarme ni hacía nada por retirar sus manos de mi cuerpo. Y ya no sabría muy
bien decir si era por la paralización que me producía el miedo, o más bien por
la complacencia que aquel contacto procaz me producía. Así se entretuvo bastante
tiempo, teniéndome a su disposición. Sus labios, su lengua húmeda, jugaban por
mi cuello, desde la nuca hasta casi la garganta. La mano en el vientre oscilaba
levemente cubriendo cada vez más terreno en el tímido vaivén de los dedos,
siempre sobre la tela, acercándose descaradamente al pubis y al comienzo de la
vulva. Su otra mano era la más atrevida, ya que para gozar más abiertamente de
su objetivo, me había bajado la tira del camisón por el exterior del brazo,
dejándome el pecho totalmente libre y disponible para manosearme sin obstáculos
la teta entera, para excitarme el pezón entre los dedos, haciéndolo rodar entre
sus yemas, retorciéndolo ligeramente, estirándolo y apretándolo.
Aún en la ciega oscuridad, tenía muy claro, por si alguna
duda podía haber tenido, que aquellas enormes manos, que aquellos labios no eran
los de mi marido. Me estaba desnudando y manoseando un extraño en una casa
misteriosa, y yo estaba empezando a presentir que iba a poder hacer conmigo lo
que quisiera y sin violentarme. No sé si el aprovechado era del reino de los
vivos o si era un espíritu con deseos muy humanos y muy primarios, pero estaba
consiguiendo llevarme donde él seguramente quería, al territorio del deseo y del
placer.
Yo me sentía bastante perdida y seguramente él podía
apreciarlo en lo sobresaltado de mi respiración y en la dureza ostensible del
pezón que me manipulaba. Quizá por eso dio un paso más en su exploración y
excitación de mi líbido y apretó sus dedos sobre mi pubis en el bajo vientre,
llegando justo con el extremo del que supuse dedo medio a incidir a la altura
del capuchón de mi clítoris. Bajo su presión, todo mi vientre retrocedió hasta
toparse por detrás con una enorme y gruesa dureza casi a la altura de mi
cintura. Yo no soy muy alta, pero de ahí deduje que el enigmático y carnal
fantasmón, fácil me sacaría una cabeza, y todo indicaba que era corpulento y
poderoso.
Incitado por el nuevo contacto, adiviné que hizo lo posible
por resituarse y conseguir que su voluminosa verga se acoplara justo en mi culo.
La fue bajando y restregando por mis nalgas de forma que cada vez más, hacía que
la tela del camisón se recogiera y subiera sin querer. Con toda la premeditación
e intención impulsaba el pene periódicamente hacía arriba levántandome la prenda
hasta que finalmente consiguió que se me introdujera por completo bajo el
camisón. Cuando sentí directamente sobre la sensible piel de mi culo el contacto
lascivo de aquella gruesa y tersa polla, creí marearme del gusto y solté un
pequeño chillido de sorpresa. Noté claramente el contacto húmedo de su cabeza
presionante mojándome los bordes de la raja. La sensación de tener aquella
abusadora caricia por todo mi culo desnudo, sentir paseándose un falo rígido
desconocido subiendo y bajando con su glande medio metido en toda mi grieta, y
abriéndomela cada vez más según empujaba hacia adentro; tenerla allí, sobándome
impúdicamente, examinándome directamente con su viscosa punta los pliegues de la
entrada del ano, me trastornó por completo los sentidos. Fue como si la
capacidad de mis cinco sentidos se concentrara por unos momentos en el tacto, en
aquel tacto obsceno en mi trasero.
Quizá también fuera por la oscuridad y la falta de
referencias lo que me magnificó el efecto que todo aquello me estaba
produciendo. Además, al mismo tiempo por delante, sus dedos jugaban también ya
sin restricciones directamente sobre mi pubis desnudo y pugnaban por buscarme el
inicio de la otra rajita oprimiéndome el botón del placer. El caso es que todo
me parecía exagerado, el grosor de sus dedos, el tamaño de su pene, pero por
encima de todo, en aquellos momentos al menos, me pareció fuera de lo normal lo
empapado que sentía su glande resbalando perfectamente allí por donde se movía.
Yo no sé si estaba medio eyaculando o no, pero seguro que alguna secreción se
estaba desprendiendo de la abertura de su pene porque me estaba dejando el culo
impregnado de una especie de baba deliciosa y un olor a sexo, un cargado aroma
volupuoso me estaba embriagando.
Todas aquellas obscenas sensaciones vividas en la más
absoluta oscuridad, sin tener claro quién lo hacía, acabaron por hacerme casi
desfallecer en sus brazos. Aún tuve tiempo de oír sus palabras junto a mi oído
en un tono grave y frío pero susurrante antes de sentir como me cogía en sus
brazos.
"Vas a ser mía pero no esta noche todavía" me dijo.
No recuerdo nada más. A la mañana siguiente me desperté con
una leve sensación de estar desorientada.Al abrir los ojos me costó un tanto
darme cuenta de donde estaba, aunque por otra parte, una agradable sensación me
llenaba el cuerpo. Era como si tuviera la mente aletargada y el cuerpo, en
cambio muy despierto y sensible. Según me desperezaba, entró David en la
habitación recién duchado y al verme remoloneando en la cama se me acercó y
dándome un beso me preguntó:
"Cariño, ¿te encuentras bien?"
"Sí. ¿Por qué lo dices?"
"Me parece que has tenido una noche muy movidita, no?"
Entoces se me vino rápidamente a la cabeza todo lo que me
pasó y me asusté un poco pensando que el sabía algo.
"Mira -me dijo-, me levanté no sé a que hora porque hacía un
viento muy fuerte y me pareció que estabas bastante alterada, te vi destapada y
con el camisón subido y como si estuvieras soñando algo muy fuerte, si te digo
la verdad diría que algo muy erótico y excitante debía de ser porque tenías la
respiración aceleradísima y tú misma no parabas moviendo las manos sobre tu
cuerpo."
"Ah, sí?" me quedé un poco cortada y bastante sorprendida.
"Pues sí. No quise ni despertarte para no estropearte la
fiesta. Parecía que te lo estabas pasando pero que muy bien, ¿con quién soñabas,
eh?, porque seguro que no era conmigo. ¿No sería con tu amiguito el fantasma?"
No supe qué contestar. Aparentemente, si le tenía que hacer
caso a él, tenía que suponer que todo lo vivido por la noche había sido un
simple sueño, y que ni siquiera me había movido de la cama. De hecho el batín
estaba en el sitio donde lo dejé cuando me acosté. La verdad es que me quedé
bastante desconcertada porque lo recordaba todo perfectamente y ,desde luego, el
recuerdo era de algo perfectamente real. Aún así, tengo que reconocer que la
posibilidad de que fuera todo un caliente sueño me aliviaba bastante, porque
todavía nos quedaban un par de días en la casa y así no tenía que estar temiendo
la próxima aparición en cualquier momento de aquel extraño individuo siguiéndome
por la casa. Más aún, recordando como recordaba, porque las tenía bien grabadas,
las únicas palabras que pronunció el salido de él en mi supuesto sueño.
Bueno, me dije algo resignada: todavía quedan un par de
noches, si se me vuelve a aparecer en sueños el fantasmón ese otra vez, seguro
que es muy excitante soñar con él, sobre todo si cumple su palabra . Me temo
que, como mucho, te tendrás que conformar con un buen polvo fantasma, Silvita.
Mientras David preparaba el desayuno, yo me fui a darme una
ducha, y entonces, al quitarme el camisón, horror, todo volvió a dar
inesperadamente la vuelta. En la parte de atrás, un ligero rastro, como de algo
pringoso, manchaba la tela. Inmediatamente, me palpé el culo, y efectivamente,
lo tenía todavía como pegajoso, impregnado de algo que no era normal para mí en
un sitio como ese, lo notaba especialmente por toda la raja de arriba a abajo.
Me quedé paralizada víctima de un gran sofoco y dándole vueltas a todo. Tardé en
reaccionar. Olí aquello en mis dedos y en la tela, y me reavivó el recuerdo de
la noche pasada. Era, desde luego, un olor idéntico al que me llegó mientras
sentía aquel pene retregándose en mi trasero. Sin ser exactamente el olor del
semen, algo de su peculiar aroma llevaba. Me duché y me limpié a conciencia
mientras los pensamientos volaban en mi mente. ¿Era, entonces, todo real? ¿qué
coño pasaba en aquella casa?
Desayuné sin intercambiar ni media palabra con David, no me
atrevía a compartir con él ese tipo de vivencias, y menos si se las iba a tomar
a cachondeo.
Me sentía algo atemorizada y para nada quería pasar sola todo
el día en aquella enorme casa. Estaba casi segura que me iba a sentir acosada
por el fantasma vicioso, o por la calentura de mi imaginación o lo que fuera,
pero seguro que algo iba a pasar si me quedaba allí todo el día, algo que
acabaría por hacerme caer en una trampa de caliente obscenidad. Le pedí a David
que me llevara a la ciudad con él, prefería pasar el día entretenida yendo de
tiendas y descansando un rato en la playa.
Por la tarde quedamos una vez que el había acabado su jornada
en la universidad y le convencí para que retrasáramos la vuelta lo más posible.
Cenamos tranquilamente y fuimos de regreso para la casona. Me prometí a mi misma
que no me iba a separar de él en toda la noche, y que, desde luego, pasara lo
que pasara, que no me iba a levantar de la cama por nada del mundo hasta que no
amaneciera.
Al ir a acostarnos, yo preferí volver a ponerme el mismo
camisón de la noche anterior ya que no llevaba otro y no quería que David notara
nada raro o diferente si me veía desnuda en la cama, cosa que nunca yo solía
hacer, y no tenía ganas de entrar en explicaciones. Quizá por un pequeño
escrúpulo de decorosa higiene, preferí acostarme con las braguitas puestas, pero
ni así pude impedir revivir las sensaciones vividas con aquella prenda que
guardaba a la altura de mis nalgas un cerco seco del que emanaba un olor
concentrado a sexo de hombre. Un ligero estremecimiento me recorrió entera
cuando al ir a ponérmelo capté claramente aquel efluvio que despedía la tela. Ya
en la cama, me volví hacia mi marido buscando su presencia y su abrazo. Pero él
se disculpó de buenas maneras y se ladeó para dormir tras besarme y desearme,
eso sí, con una sonrisa maliciosa, felices sueños.
Yo no podía evitar mostrarme inquieta y algo expectante ante
la larga noche. No tenía nada de sueño y presentía que algo iba a pasar de
nuevo. Cogí de la mesilla el manuscrito que allí tenía de la noche anterior e
intenté distraerme, buscando de paso alguna respuesta a todo lo que en aquella
dichosa casa me estaba sucediendo.
Entre relato y relato llegué al final, y allí en la última
página me encontré un mensaje en la misma letra que el resto, pero con la tinta
más fresca y, para mi sorpresa, directamente dirigido hacia mí. Así decía:
"Querida Silvia, te he seguido por la casa estos días, te he
contemplado desnuda y pienso que tienes un cuepo excitante y lo deseo. Tus
pechos son lujuriosamente incitantes y tus nalgas me encienden de pasión. Ayer
disfruté acariciándotelos y esta noche quiero que seas mía definitivamente.
Quiero hacerte disfrutar haciéndote el amor y que sientas la fuerza de mi
penetrante deseo dentro de ti".
El corazón me dio un vuelco al leer aquello. No sabía qué
pensar, si iba en serio o era algo así como una alucinación mía, me restregué
los ojos y lo volví a leer, Sí, allí estaba escrito con mi nombre. Nuevamente el
temor, pero otra vez mezclado con un principio de nerviosa agitación, de
incipiente calentura se apoderó de mí. Dudé si despertar a David para mostrarle
aquello como prueba definitiva de lo que me pasaba, pero no me atreví por miedo
a su reacción quizá nada comprensiva. Al poco, me arrebujé entre las sábanas
pegándome a las espaldas de mi marido, sin saber muy bien qué hacer pero sin
poder evitar tocarme y acariciarme con mis dedos, tanteándome por el pecho y el
culo y sintiéndo un acaloramiento creciente al saberme deseada, al recordar el
descaro obsceno con que la noche anterior había abusado de mí el autor de esas
descaradas letras con su voluminosa y potente polla, frotándome todo el culo y
empapándome con su mojado glande.
No podía evitar que ese recuerdo me excitara, y esa
excitación se sobreponía a mi inquietud y temor. De hecho, sentía unas
crecientes ganas de que se repitiera algo parecido a lo de la víspera, de que
fuera más allá en su juego sexual. En definitiva, quería ser follada, y notaba
por todo el cuerpo la caliente predisposición que ya me humedecía los genitales.
Si con su escrito buscaba predisponerme y calentarme, lo había conseguido. Toda
aquella anónima declaración con sus intenciones de no contentarse la proxima vez
en un mero contacto superficial, sino que me anunciaba su deseo de metérme su
aparato entre las piernas me estaba encendiendo mis más íntimos deseos. Dándole
vueltas a todo aquello, nerviosa y ansiosa como una cría en la noche de Reyes
esperando sus regalos, conseguí, por fin, adormecerme.
No sé si sería mucho más allá de medianoche cuando en la
oscuridad percibí un perturbador contacto sobre mi cuerpo. Medio atontada, creí
sentir la mano de mi marido posándose sobre mi bajo vientre. Sus labios entraron
en contacto con los míos y su lengua buscaba la mía avanzando mientras
presionaba para abrirse camino dentro de mi boca. Mientras me despabilaba de mi
sopor, instintívamente separé un poco las piernas facilitándole el acercamiento
a sus dedos, al tiempo que le devolvía su beso con igual intensidad. Su mano
recorría todo mi pubis sobre el delgado tejido de la braga, y con la yema de uno
de sus dedos buscaba la marca del empiece de la raja, justo allí donde se
ocultaba mi clítoris. Aquellos toques acabaron por desvelarme del todo. Abrí los
ojos en la oscuridad del dormitorio, y pude apreciar la silueta de su cuerpo
inclinada sobre mí. Su beso era insistente y profundo y mi coño se mostraba
ardiente, sentía mi flujo salirse y empaparme toda la braga en la entrepierna,
seguro que sus dedos se humedecían ya en mis jugos.
En medio de aquella creciente excitación, me sobresaltó
percibir nuevamente el espeso y extraño aroma de aquella fragancia que ya
conocía y que para nada era la de mi marido. Quise hablarle y aclarar mis dudas,
pero no pude, su lengua chocaba con mi propia lengua mientras sus labios se
apretaban sobre los míos. No podía articular palabra, pero todo mi cuerpo
permanecía muy despierto por la excitación que lo cautivaba, el corazón se me
aceleraba y los miembros me flojeaban, era como si toda mi energía se me fuera
concentrando en un eje que me bajaba desde la cabeza, y que pasando por los
pechos, me incidía de lleno en la vulva. Los pezones los tenía muy endurecidos y
reclamaban ser manipulados.
Fue como si detectara mis deseos, porque desplazó su rostro
bajándolo hasta acercarlo a mis pechos. David solía acariciarlos con sus manos
pero no acostumbraba a utilizar su boca en ellos. Para entonces mis ojos,
adaptados a la oscuridad, me ratificaron lo que temía a pesar de mi excitación.
Miré a mi lado, y allí estaba dándome la espalda el bueno de mi marido, ajeno a
lo que su mujercita vivía en su propia cama en manos de aquel extraño visitante.
Entonces lo miré, y el me miró a mí. Sonrió en la oscuridad con suficiencia, y
tras poner su dedo sobre sus labios conminándome a permanecer en silencio, me
desplazó el camisón para desnudarme los pechos, y así tenerlos al alcance de sus
labios. Pude observar su extraño corte de pelo, peinado hacia atrás en un estilo
retro nada habitual en la actualidad. ¿Quién demonios era?
Quise revelarme, intenté reccionar y resistirme como se
supone que hubiera sido normal hacerlo. Quise sentirme asustada, pero me di
cuenta que no lo estaba realmente, aún y cuando aquel hombre desconocido yacía
sobre mí asaltando la intimidad de mi cuerpo. Quise llamar a mi marido, pero
sólo acerté a medio pronunciar un tímido "David" que no obtuvo respuesta.
El extraño pegó entonces su lengua sobre uno de mis erizados
pezones. Actuaba lentamente y su deliberada parsimonia me encendía chispazos
eléctricos que me activaban todos los mecanismos del placer entre el pezón que
él engullía y el clítoris donde sus dedos jugaban ya sin estorbo alguno, porque
me había desplazado la braga bajo el camisón para tener todo el coño al alcance
de su mano.
Mi cuerpo respondía a sus acciones sin que yo pudiera hacer
nada por evitarlo. Es más, era mi cuerpo el que me dominaba sobre la mente;
porque eran cada vez más las sensaciones placenteras que vivía, las que me
hacían entregarle gustosa todo mi cuerpo para que jugara con él, las que me
hacían desearlo recordando lo lascivo que me había resultado la noche anterior
el contacto de su miembro caliente por todo mi culo impregnado en sus propias
secreciones de sexo.
Quizá estuviera sólo soñando, o quizá estuviera sucediendo
realmente, pero necesitaba que aquel anónimo visitante, fantasma de mis sueños o
lo que fuera, hiciera de mí el objeto de su placer, deseaba tener su buena polla
entre mis muslos y dejarla que me tomara para sentirme follada y satisfecha de
una vez por el misterio de aquella casa.
De cualquier forma las sensaciones me resultaban completamete
reales, la cercana presencia de mi marido dándome la espalda, el cálido aliento
del desconocido sobre mis pezones, la deliciosa caricia de sus dedos en mi vulva
ansiosa y el placentero escalofrío que me recorría el cuerpo por entero. Todo
aquello me estaba sucediendo, sin duda, de verdad.
El extraño aventuró sus dedos hacia dentro de mi coño y jugó
a tentarme la entrada con leves penetraciones en mi necesitada vagina. Sentí
retorcerme de gusto mientras aquellos dedos me separaban los labios buscando
meterse hacia dentro para cosquillearme las húmedas paredes que agradecían su
contacto. Cerré los ojos y me concentré en el delicioso placer que me estaba
proporcionando en los pezones y en la raja del coño y le abrí gustosa los muslos
para que me hiciera lo que quisiera. De hecho, era como si se repitieran en mi
cuerpo todas las escenas que había podido leer al detalle en el viejo diario
lleno de calientes y obscenos episodios que había encontrado en la casa; como si
su autor fuera el hombre que me estaba ahora mismo metiendo mano en aquella cama
en presencia de mi marido.
Tan parecidas eran las sensaciones que sentía a las que había
podido leer en aquel texto, que por momentos, aún me quedaban dudas sobre si
todo aquello no era más que una mala pasada de mi imaginación, fruto quizá de mi
ansiada necesidad frustrada de tener sexo. Pero lo que vivía era tan real, la
presencia de aquel individuo en la penumbra me resultaba tan evidente, que no
podía ser todo una simple fantasía mental; no, alguien con unos dedos muy
hábiles me estaba haciendo todo aquello, alguien que, fuera quien fuera,
demostraba saber muy bien cómo lamer los pezones y manipular la vulva de una
mujer para masturbarla por completo hasta llevarla al éxtasis.
Yo estaba ya totalmente mojada con sus dedos casi chapoteando
entre mis flujos, cuando comenzó a penetrarme al unísono con dos dedos por la
vagina y otro más por el culo, apretando y frotando al mismo tiempo su mano
sobre mi clítoris endurecido. Eso me hizo definitivamente romper en un orgasmo
que me contrajo el bajo vientre entre pequeños espasmos periódicos, mientras me
mordía los labios queriendo ahogar mis propios gemidos para no despertar a
David. Cerré las piernas queriendo retener sus dedos dentro de mí sintiendo como
él los giraba para frotarme y presionarme el interior del ano y del chocho que
rezumaba toda mi esencia derramada de placer.
Mientras él conseguía que me corriera, yo no pude reprimir la
tentación de palpar al mismo tiempo el considerable bulto que le adivinaba en su
bajo vientre. El no rehuyó ese contacto, al revés, hizo como si se acercara
dejándome hacer. Aparentemente no llevaba puesto más que un pantalón de fina
tela, algo así como un pijama, a través del que pude apreciar inmediata y bien
claramente todo el contenido de su paquete presionando bajo el tejido. Me
encantó la sensación de firmeza que aquello presentaba. Hurgando con mis dedos
encontré lo que parecía una abertura en el frontal del pantalón, así que no dudé
en meter la mano por aquella abierta bragueta. Y lo que me encontré dentro me
encendió definitivamente el deseo y me mantuvo la sensación de orgasmo que vivía
mientras sus dedos me penetraban el ano y la vagina. Agarrándolo, lo saqué fuera
del pantalón y lo recorrí con gusto en toda su longitud hasta la punta. No tenía
un largo que destacara sobremanera, pero, en cambio, su grosor era llamativo.
Aseguraría que yo no había conocido en mi vida un pene tan grueso como aquel.
Bajo mis dedos se mostraba suave y firme al tacto, aunque algo irregular en su
superficie por los ligeros abultamientos de las hinchadas venas que lo surcaban.
Acariciándolo, noté cómo se endurecía y cómo se erguía progresivamete hacia
arriba. Le retraí la piel sin esfuerzo y su pronunciado glande apareció desnudo
y disponible bajo mi mano.
Se me repitió la sensación que su contacto en mi trasero me
produjo la noche anterior. Era como si un viscoso flujo bañara toda aquella
suave superficie. Estaba todo muy húmedo, y los dedos se me embadurnaron en
aquella especie de pegajoso almíbar que lo recubría. Con las yema del índice le
busqué la punta del capullo, y le tanteé la pequeña grieta, punto de salida de
todos sus efluvios internos. Y efectivamente, allí mismo se le concentraba la
humedad como si pequeñas gotitas de su lubricante natural manaran constantemente
por la boquita del pene.
Yo me sentía en la gloria, con mis dedos manipulando su
poderosa polla mientras él atendía con igual dedicación todo mi sexo y la
entrada del ano. Ya no me importaba en absoluto quien fuera aquel individuo,
fantasma misterioso o aprovechado visitante, sólo quería que me tomara, que me
hiciera suya con su mojado órgano, sentir el delicioso placer de notar como su
palpitante miembro se abriera camino entre mis labios excitados para que me
llenara con su abultado sexo, para que, al penetrarme, yo pudiera estrecharle
dentro de mi vagina y exprimirle todos sus jugos dentro de mí.
El extraño se incorporó de pie al lado de la cama y se
desnudó por completo. En la penumbra podía apreciar la silueta de un cuerpo bien
cuidado y la provocadora presencia de su prominente pene excitado. Con suavidad
y delicadeza me acarició los muslos con sus dos manos y me bajó las bragas hasta
sacármelas por los tobillos. Yo me dejé hacer encantada. Entonces, se medio
arrodilló sobre el borde de la cama, y tomándome de la nuca me hizo incorporarme
ligeramente hasta colocarme su órgano a la altura de mi rostro. Lo hizo bailar
sobre mis labios invitándome a que se lo chupara. Una mezcla de aromas me
emborrachaba. A su persistente perfume que conocía de haberlo tenido cerca en
los encuentros anteriores, sumaba ahora una libidinosa y concentrada fragancia a
sexo de hombre que me venía directamente del contacto de su glande sobre mi
cara.
Tras acariciarme el borde de la boca con todo su capullo lo
hizo incidir presionando con su rigidez y me lo introdujo entre los labios
semiabiertos. No me quedó más remedio que hacerle sitio a su grueso cilindro. La
sensación de obscenidad que me embargó al saborear su sexo, al sentir la boca
llena con su pene, estando allí tumbada semidesnuda al lado de mi marido
aparentemente dormido, y sintiendo mi coño ardiendo de deseo y mojado de
excitación, me hizo sentirme totalmente puta, caliente como nunca, y entregada a
lo que aquel gigoló fantasma quisiera hacerme. No podía creerme lo que me estaba
pasando, ni en mis fantasías más salidas podía verme a mí misma mamando una
polla extraña y siendo masturbada hasta el orgasmo por dedos desconocidos a
escasos centímetros de la presencia pasiva de mi marido.
Pero me sentía en la gloria, con toda aquella mojada polla
resbalándome entre el paladar y la lengua, con su fuerte sabor a sexo llenándome
la boca, una para mí increible sensación de sentirme una viciosa del sexo me
embargaba. Nunca me había sentido tan entregada y caliente, sumida en la
excitación sexual que me ardía en el coño, donde sus dedos seguían jugando y
haciéndome lo que querían.
Tras tenerlo en mi boca durante un largo rato sintiendo cómo
él gozaba al ser lamido, degustando su viscoso fluido preseminal que se le salía
por momentos por la punta, el optó por darle a su pene el premio definitivo de
poseerme. Se acomodó tumbándose a mi lado e hizo volverme de costado contra la
espalda de mi marido. Se pegó a mí abrazándome a su gusto y colocó su miembro
enre mis muslos.Yo le hice sitio queriendo hacerlo mío. El contacto de su verga
rozándome por las ingles, tocándome con su glande los labios vaginales, me
disparó por completo el deseo. Él me colocó la cabeza del pene alojada entre mis
labios internos y se dedicó a frotarme los pezones y lamerme mientras por el
cuello. La caricia húmeda de la punta de su grueso ariete intentando abrirme me
trastornaba de verdad.
Era una deliciosa y suave presión la que me aplicaba en la
entrada vaginal, y su tacto resultaba extraño para mí, aunque increiblemente
excitante. Notaba como si algo de consistencia muy rígida y firme, pero
superficialmente viscoso y suave, casi baboso diría yo, intentara meterse poco a
poco en mi vagina. Allí, pegada a la espalda de David, con ese otro hombre
desconocido queriendo penetrarme desde atrás, estaba viviendo la experiencia más
alucinante de mi vida. Por un momento quise despertar a mi marido y hacerle
partícipe de lo que me estaba pasando, de mi gozo exagerado. Creo que llegué
incluso a llamarle con voz entrecortada para sacarle de su sueño, y que viera a
su mujercita siendo follada por un tercero, su confesada fantasía preferida de
hecho, pero entonces mi desconocido amante, introdujo uno de sus dedos en mi
boca silenciándome, y mientras lo hacía, sentí cómo se abría paso dentro de mí
la gruesa cabeza de su pene, llenándome lentamente y por entero todo el conducto
vaginal. Por fin me sentía penetrada. Todo el hueco de mi necesitado sexo se
sentía completo y complacido por aquel miembro que poco antes había saboreado.
Ahora era mi sexo el que lo sentía cálido y húmedo perfectamente encajado en su
interior.
Me sentí medio mareada de fascinación, allí apretada contra
el cuerpo de mi marido mientras un extraño me tomaba por detrás.
Con su sexo metido, se dedicó a recorrerme todo el torso con
sus manos; me acariciaba y presionaba los pechos, me tomaba de los pezones, me
hurgaba en el ombligo, me palpaba el bajo vientre haciéndome oscilar toda la
pelvis para que sintiera en mis nalgas el cosquilleo de su vello abdominal, para
que yo misma hiciera bailar en mi interior toda su polla rígida y estática. Él
apenas se movía, era como si simplemente quisiera retenerme allí, ensartada en
su sexo y sometida a sus manipulaciones. Sus dedos jugaban introduciéndose en la
comisura superior de mi vulva y buscaban mi clítoris, lo masturbaban rodeándolo
y lo frotaba entre sus yemas. Yo me sentía desmayar de gusto, plenamente
penetrada y dulcemente estimulada por sus manos. Me dejé llevar nuevamente hacia
el éxtasis completo que yo sentía como una lenta y persistente marea de placer
que me iba anegando las entrañas. Se sumaba a mi creciente flujo la persistente
sensación de mojadura que su húmedo órgano me producía.
Todo era como un largo sueño, profundamente erótico, donde el
tiempo apenas corría. Sentía los leves movimientos de su firme y consistente
presencia en mi interior, el ligero desplazamiento adelante y atrás del émbolo
que me llenaba estimulándome todas mis conexiones placenteras de dentro del
coño. Nunca había experimentado una tan prolongada penetración. Era como si él
se recreara sin prisas excitándose su propio pene tan lentamente como podía,
retrasándose su propio orgasmo voluntariamente hasta que le fuera incontenible
el deseo de eyacular.
Me sentía despierta pero hipnotizada por el gozo al mismo
tiempo. Por momentos me seguían quedando dudas sobre si aquello podía ser real.
Sumida en la penumbra de la habitación, pegada a mi marido dormido, y dominada
por mi propio placer, era como si mi mente dormitara en un sueño donde sólo mi
sexo permaneciera despierto y vivo por la acción del pene que lo estimulaba,
como si todo mi cuerpo concentrara su impulso vital en producirme una acentúada
sensación de placer que me surgía desde dentro del coño.
Poco a poco los movimientos del pene de mi anónimo amante se
fueron haciendo más insistentes y presionantes en sus prolongadas idas y
venidas. Era como si quisiera expandirse dentro de mí haciéndose cada vez más
sitio, giraba ligeramente sobre sí mismo con estudiados movimientos de sus
caderas buscando incidir y friccionar tenazmente en sus pasadas. A veces se
retiraba hasta el límite exterior, y tras ligeras oscilaciones por los rebordes
de la entrada la hacía entrar de golpe hasta el final. Llegó a extraerla por
completo, dándose como un ligero reposo, y la restregaba por todas mis ingles
frotándome los labios, el clítoris y el perineo hasta la entrada del ano,
repartiéndome su untuosa viscosidad por todos los alrededores de la vulva. Me
encantaba sentir de nuevo esa pegajosa sensación cuando me tocaba la entrada del
culo con su glande. Luego buscaba de nuevo la entrada de mi sexo y volvía a
penetrarme en una nueva secuencia de caricias internas cada vez más aceleradas.
Yo en mi excitación busqué aferrarme a mi marido. Casi sin
querer lo abracé y al hacerlo me encontré con su pene excitado presionándole la
tela del pijama. Me sorprendió y me resultó enormemente morboso ese contacto no
esperado. Se lo extraje por la bragueta del pantalón y comencé a tocárselo
intentando controlar con suavidad mis movimientos. No me resultaba fácil por mi
gran excitación. Era una sensación nueva para mí, muy extraña pero terriblemente
provocadora y calientemente lujuriosa; alguien absolutamente desconocido me
estaba penetrando mientras yo comenzaba a masturbar a mi marido que
aparentemente se estaba haciendo el dormido. ¿Era él consciente de lo que le
estaban haciendo a su mujercita a escasos centímetros detrás suyo? ¿o era todo
tan increíble que no podía ser más que parte de mi propio sueño?
Sentí como me elevaban la pierna separándome los muslos y de
seguido noté también como las penetraciones se me hacían más intensas, más
frecuentes y potentes. Ahora ya no era una suave caricia interna lo que sentía
dentro de la vagina, sino un impetuoso vaivén abriéndome las entrañas.
En el profundo silencio de la noche era claramente
perceptible el sonido que sus idas y venidas producían al golpear con sus
testículos en mis ingles. Atrapada entre aquellos brazos, me dejé llevar por el
extremo placer de sentir la polla que me penetraba y los dedos que me
masturbaban, mientras tenía entre mis manos la excitación de mi marido que se
dejaba hacer.
Poco a poco, cada vez era más notoria la impetuosidad con que
se movía dentro de mí, y percibía que iba a llegar a eyacular de un momento a
otro. Oía con claridad su pesada respiración en mi nuca acompañando a sus
embestidas entre mis piernas. Parecía no acabar de llegar a su éxtasis, era
increíble la forma y la persistencia de sus penetraciones, y yo, atrapada como
estaba, sin poder apenas moverme entre sus manos sujetándome y su estaca
clavándose en mi coño, hacía esfuerzos por controlar mis movimientos sobre el
pene de David, que parecía no enterarse pese a que su sexo se mostraba bien
despierto.
Tras una interminable serie de profundas penetraciones, por
fin sentí como me la clavaba varia veces de forma desaforada, dejándomela metida
hasta el fondo mientras comenzaba a liberar su carga de leche de forma
espasmódica. Me sentí llena de su semen caliente y me mordí los labios
intentando cortar el deseo de casi gritar de gozo. Sin querer, contagiada de la
sensación líquida que me llenaba la vagina, no pude reprimirme el deseo de hacer
eyacular el pene excitado que tenía entre mis dedos, y lo presioné más
intensamente buscándole su punto de no retorno.
Mientra lo hacía, noté como, tras exprimir sus últimas
descargas, mi anónimo amante extraía su pene de mi interior y relajaba el
estrecho abrazo con el que me sujetaba. Fue entonces cuando mi marido llegó a su
orgasmo provocado por mí y comenzó a mojarme los dedos que le rodeaban el
capullo. Me gustó enormemente la nueva sensación que vivía de sentir dos
eyaculaciones de hombre en un breve intervalo de tiempo, una llenándome por
dentro y la otra embadurnándome las manos. Nunca me había visto tan repleta y
pringada de semen por diferentes partes de mi cuerpo como en esa ocasión.
Yo comenzaba a relajarme cuando David dio muestras de estar
realmente despierto y comenzó a girarse hacia mí. De repente un extraño pudor,
un temor incontenible se apoderó de mí, temiendo que mi marido descubriera la
presencia de mi amante fantasma junto a mí. Pero cuando me giré yo también, como
queriendo ponerle sobre aviso, ya no se encontraba el extraño allí, nuevamente
había desaparecido sin poder explicarme cómo lo había hecho ni dónde se había
metido.
Mirándome en la casi total oscuridad, David entonces me dijo:
"Me ha encantado lo que me has hecho, estos sueños eróticos
tuyos que te calientan tanto como para que me hagas lo que me has hecho en medio
de la noche, son, de verdad, una gozada, deberíamos venir más veces a esta casa
porque creo que tiene duende ".
Él hablaba de sueños y de duendes, pero aquello había sido
algo mucho más real. Mientras me lo decía yo me llevé las manos a la entrepierna
y noté como un reguero de semen viscoso se me salía de la vagina hacia los
muslos, mojando las sábanas de la cama. Estaba empapada.
Al rato me quedé rendida y entré en un profundo sueño. Cuando
por la mañana me desperté, estaba sola en la cama. Tras tomar conciencia de
dónde estaba y de todo lo que había sucedido en aquella cama durante la noche,
fui a levantarme, y al hacerlo, encontré una nota de David en la mesilla. Esta
si era su letra y decía así:
Hola mi amor, espero que hayas descansado después de tu noche
con el "fantasma". Me excitó muchísimo saber que gozaste con él, pero no
esperaba el "regalo" final que me hiciste. Gracias.
Por cierto, él se llama Sandro y creo que es de Brasil. Me
costó encontrarlo pero creo que ha hecho muy bien su trabajo. Espero que sabrás
perdonarme por esto, pero, de verdad, ya no sabía qué hacer para convencerte de
que ambos disfrutaríamos aceptando a un tercero en nuestra cama, y, al final, no
se me ha ocurrido mejor manera que ésta para hacerlo.
Nos vemos luego. Un beso.
Te amo,
David
Casi se me corta la respiración. ¡Qué pedazo cabrón! Pensé.
Pero la verdad es que después de aquello nuestra vida sexual ha entrado en una
nueva fase mucho más excitante para los dos.