Yo era un chico normal, a mis 13 años todos los adultos
decían de mí que era un buen chico, responsable, aplicado, simpático, educado,
limpio.
Yo era un chico… normal, a mis 13 años, todos los chicos
decían de mí que era un tipo muy majo, un buen colega, un chaval animado y
enrollado.
Yo era un chico normal, a mis 13 años, todas las niñas decían
de mí que era un chico muy guapo, un ligoncete, un…
Pero ese no era yo… todo fachada y presencia, en realidad yo
era un chico normal que vivía de forma normal y al que le gustaba hacer lo mismo
que a todos lo chicos del mundo, gamberrear y andar detrás de las niñas.
Mi nombre es Nico y vivo en una pequeña ciudad española,
conservadora, arcaica y gris, llena de bellas piedras y almas sinsombra. La
sombra de la despoblación vaciaba las calles los fines de semana echando la
gente a los pueblos y a la gran ciudad cercana, mientras los que no podíamos
salir nos moríamos sin nada que hacer.
Nuestro mejor pasatiempo, era subirnos a los altos para ver
como correteaban los coches por las carreteras cercanas, con sus luces, con sus
llantos, y de muy vez en cuando, teníamos suerte y alguna pareja aparcaba junto
a nosotros sin más fin que el de la lujuria y poníamos todo nuestro oído en sus
pasiones (aprovechando para la autosatisfacción, necesaria, pero robada).
Lo peor eran las vacaciones y los puentes, cuando todos, y
digo todos, los chicos y chicas salían fuera de la ciudad, y tan sólo nos
quedábamos aquellos a los que los reyes magos no tenían en cuenta, aquellos para
los que Benidorm era una ilusión, una fantasía. Nos quedábamos sólo los de los
remiendos en el pantalón y las camisetas de Carrefour.
Precisamente fue en unas vacaciones, en uno de esos puentes
en los que toda la gente viaja a las estaciones de esquí y visitar a la familia
del angosto pueblo, cuando conocí a Hugo. Él cambió por completo mi forma de
ser, mi vida, e incluso mi color de cara.
Yo, por aquel entonces, tenía una novieta, nada serio, pero
demasiado serio para nuestros trece años. Su nombre era Sandra, guapa, tonta, y
popular (justo lo que yo necesitaba por aquel entonces, ya sabéis, para
reafirmar mi masculinidad y conseguir la popularidad tan codiciada). No solía
pasar mucho tiempo con ella, la verdad es que no me agradaba nada su
conversación, y ya se sabe que a esa edad no se pasa más allá de los besos con
saliva, así que nos respetábamos, nos utilizábamos mutuamente, pero no nos
tocábamos mucho (más bien nada). La sorpresa saltó cuando me habló de que es fin
de semana vendría su primo. Hugo era el primo preferido de Sandra, tal vez por
ser los pequeños de su familia, siempre habían sido muy afines, en gustos, en
aficiones… en todo. Me lo pintó tan igual que ella, que pensé que iba a ser un
auténtico gilipollas, pero…
Pero resultó que me equivocaba. Cuando Sandra me presentó a
Hugo, algo dentro de mí cambió. Como en esas series de TV en las que al prota se
le ve por dentro como se le acelera el corazón…
Allí estaba el, exuberante, ojos como el mar, piel de azúcar
de caña, el otoño reflejado en su cabello brillante, y la sonrisa más bonita que
puedo haber visto en mi vida.
Tengo que parar aquí mi relato para contarles que a mi lo que
me gustan son las sonrisas. Me da igual la belleza, la personalidad, las
caricias, los ojos… si una sonrisa es bella, la persona es bella, porque en la
sonrisa reside la personalidad de cada uno.
Como iba diciendo, Hugo tenía la sonrisa más bonita que puedo
haber visto en mi vida. Pero no sólo eso, sino que resultó ser un chico muy
simpático y con un gran sentido del humor… enseguida nos hicimos amigos, y al
cabo de un par de días me pidió, por favor, que le separara un rato de su prima,
porque, según el, no la soportaba.
Aquel día resulto amanecer un día maravilloso. Radiante,
luminoso y con una brisa de aire templado.
Salí de casa con mi bicicleta y me dirigí a buscar a Hugo,
habíamos quedado para ir a montar un rato y quien sabe, si jugar un partidillo
de fútbol con los chicos del barrio.
Cuando salió de su portal, estaba especialmente bello, con un
brillo en su sonrisa similar al del sol de la mañana, y con los cabellos húmedos
que le daban un aspecto particular. Iba vestido con un pantalón corto deportivo
y una camiseta blanca, ancha, que contrastaba con el color de su piel.
Jugamos a carreras, saltamos las aceras, y sorteamos los
pocos coches que llenaban la ciudad, hasta que se le ocurrió, porqué no, subir
al monte a ver la ciudad. La Adolescencia y la adrenalina nos hizo pedalear
hasta quedar exhaustos, carretera arriba durante los 5 kilómetros, hasta caer,
rendidos y jadeantes, en lo alto de la colina.
Allí estuvimos un rato, tumbados boca arriba, mirando al
cielo, hasta que un rayo de luz se cruzó en nuestras vidas.
Desde el suelo dirigí la cabeza hacia donde estaba Hugo, y me
sorprendí al ver que el también volteó a mirarme a mi, y nuestras miradas se
fundieron durante más de 10 minutos. Poco a poco nuestra mirada fue tornando un
compromiso, y llenos de vergüenza, nos sentamos y disimulamos el momento.
No recuerdo la torpe conversación que mantuvimos, pues no era
realmente importante, los detalles de ésta se borraban por los latidos del
acelerado corazón y por la mirada de complicidad que ninguno de los dos se
atrevía a mantener más de un segundo.
Pasaron meses en un solo momento.
Nos tumbamos de nuevo, y miramos al infinito, nerviosos,
ansiosos, conscientes de que algo estaba pasando y que no podíamos detenerlo.
Ninguno de los dos se atrevía a avanzar, a reconocer, a pensar.
Hasta que nos sorprendimos los dos, y en un alarde común de
valentía, mi mano se movió hacia la suya, y la suya hacia la mía, y con los ojos
cerrados a la vista de las nubes, nuestros dedos se entrecruzaron y no hubo
palabras para definir tanto sentimiento.
Cuando abrí los ojos, podían haber pasado días en tan sólo un
segundo, pero allí lo pude observar, quieto, como dormido, con su mano en la
mía, un ángel en la tierra, con su pelo por el suelo, con sus ojitos cerrados,
con su sonrisa nerviosa, con su piel más suave que el cristal, aunque con la
textura y el calor de las estrellas.
Mi mano derecha decidió tomar la iniciativa, y sin pedir
permiso a la razón y a la vergüenza, se acercó a su mejilla y la acarició con
los dedos, sintiendo la tersura de su piel sonrojada, y acarició su pelo suave
como el viento.
Hugo entonces abrió los ojos, esas fantásticas gotas de agua
de mar, y giró su cabeza para poder verme. En sus ojos reflejaba miedo, deseo,
dudas, curiosidad, calor y vida, sobre todo eso, vida.
Mis dedos pasearon por su cara, por su pelo, por su sonrisa,
por su cuello, por su boca. El posó su mano izquierda sobre nuestras manos
unidas, que permanecerían unidas como el mar y la sal.
Fue entonces cuando el sonido de un coche interrumpió nuestro
proceso, y torpes, abrumados y terriblemente sonrojados, nos pusimos en pié, y
sin darle más cuentas al cielo de nuestros actos, montamos en nuestras
bicicletas y corrimos carretera abajo intentando que nuestras pedaladas
ocultaran nuestro deseo.
Sólo de vez en cuando una fugaz mirada de complicidad hacía
que su sonrisa me diera ánimos y me devolviera a estar tumbado con sus
recuerdos.
De vuelta a la civilización, la vida regresó a ser igual que
antes, aunque yo sabía que dentro de mi algo había cambiado, y estaba seguro que
dentro de aquel chico también se había encendido una luz.
Sandra se pegó a su primo como un perro a su cola durante
todo el día. Puedo aseguraros que no había estado más cerca de ella en todos los
días de nuestra relación. Pero poco a poco se fueron esfumando los momentos y el
deseo se fue haciendo hueco en mi interior.
Creía que estaba todo perdido, cuando por fin llegó el
momento, la oportunidad y la señal. Y llegó de manos de una pequeña riña entre
los primos, creo recordar que fue porque ella quería ir a un parque cercano y
Hugo quería ir a los recreativos. Ya digo que no recuerdo muy bien el contenido,
pero lo que si se bien, es la desproporción que tuvo la riña, que yo no llegaba
a entender. Como Hugo se había puesto tan furioso con su Sandra, y se había
puesto tan cabezón con el hecho de ir a los recreativos.
El caso es que la discusión terminó mal y Sandra se fue
corriendo con su amiga, gritando que no quería saber nada de él, mientras Hugo
permanecía sentado en un banco, sin sonrisa, y yo estaba petrificado a su lado,
sin saber reaccionar.
Cuando Sandra desapareció, Hugo se incorporó y se puso andar
hacia la nada, rezumando malestar. Yo me limité a seguirle silencioso, asustado
e inquieto.
Pero poco a poco, paso a paso, todo empezó a recobrar la
normalidad, Hugo volvió a recuperar su sonrisa, y yo empecé a comprender el
porqué de aquel desafortunado incidente. Nos dirigimos a los recreativos, para
ver como los chicos jugaban, ya que nosotros no teníamos mucho que gastar. De
vez en cuando nos dirigíamos la misma mirada furtiva de esa mañana, la misma
sonrisa pícara de la bicicleta. De vez en cuando, nos agolpábamos detrás de
algún fortuito jugador para aprovechar a rozarnos inocentemente el dorso de la
mano. Su piel suave y cálida sobre mi piel.
Resultó que Sandra tenía razón, y no duramos más de 30
minutos en los recreativos, aburridos por no tener nada que hacer, pero
inquietos por saber que podría pasar después. Paseamos juntos hasta que nuestros
pasos, entre la inconsciencia y el deseo, nos llevaron al parque al que no
queríamos ir, cuando ya estaba oscureciendo. Esa misma inconciencia y ese mismo
deseo, nos llevó a sentarnos en el banco más alejado de la vista de la gente.
Nos sentamos en el banco y charlamos, y charlamos, y nadie
sabe cuanto tiempo estuvimos charlando, pero cuando nos quisimos dar cuenta, ya
era de noche y los nervios nos habían impedido mirarnos a los ojos.
De repente y sin pensarlo, su mano se posó sobre la mía, y me
agarró con fuerza, y no tuve otra opción que mirarle a su rostro y ver que su
sonrisa se desdibujaba entre la vergüenza y el miedo. El también miró fijamente
a mis ojos y con la voz entrecortada me comentó que al día siguiente había de
marchar para su casa, y que probablemente, ya no nos viéramos más. Tras decirme
esto, su mirada calló hacia nuestras manos, ahora amarrándose de forma firme y
pasional.
Lo que sucedió a continuación no es lo importante de la
historia, lo bello es lo que el amor había creado en esos dos intensos días. Aún
así, creo que debo contarles lo que siguió.
Levanté su cara para volver a ver sus ojos bañados en sal, y
no encontré otra forma de volver a sentir su sonrisa que la de posar mis labios
sobre los suyos, y así fundir nuestras almas en un apasionado beso.
Aprovechamos la ceguera del momento para acariciarnos y
besarnos nuestros rostros, y para que mis manos recorrieran su cuello y espalda,
deteniéndome en el tacto de su pelo y en el calor de sus axilas.
Nerviosos mirábamos fugaces al parque para evitar ser
sorprendidos ahora por otro automóvil inoportuno, pero dedicábamos más nuestros
ojos a mirarnos lujuriosamente.
No puedo imaginar el tiempo que estuvimos siendo un solo
cuerpo, sintiendo el roce de nuestros cuerpos, pero los labios llegaron al
cuello, las manos a las piernas, y los ojos al cielo.
Pude sentir el roce de su mano en mi sexo, tan rígido que
dolía. Pude sentir el roce de su sexo en mi mano, tan nervioso…
El siguiente paso fue despojarle de su camiseta, dejando al
descubierto su cuerpo dorado y brillante como el propio oro… Y aproveché el
momento en el que nuestros rostros se separaron, para ver la lujuria en sus ojos
y el amor en su boca, marcada de mi boca.
Volvimos a atacarnos, pero ahora con más pasión, tocando
nuestros cuerpos, acariciándonos tan fuerte que dolía, pero tan bello que lo
amaba, besando cada palmo de su torso, y mordiendo cada centímetro de su piel.
Posé mi mano derecha en su muslo, y poco a poco fui entrando por su pernera
hacia su interior, extremadamente caliente, peligrosamente mío.
Hugo adoptó un rol totalmente pasivo, se dejaba tocar, se
dejaba morder, se limitaba a suspirar y gemir sabiéndose un manjar.
Cuando puse mi mano sobre su slip pude sentir y ser partícipe
de la tremenda erección que tenía Hugo, sólo comparable con la que yo tenía en
ese momento. No es que se sintiera especialmente grande ni especialmente grueso
su pene, pero a mi me pareció el mejor regalo del cielo que en ese momento podía
tener.
Le acaricié sobre el Slip, agarrando y recreándome en el
tacto, mientras con mi lengua celebraba sus axilas.
Le retiré la goma para introducir mi mano en lo más profundo
de su piel, y sentir el calor extremos del deseo de mi amigo, y pude notar la
suavidad de su piel. Le acaricié, le apreté, le toqué y le toqué.
Hugo estaba en el cielo, pero aún así quería bajar el también
al infierno, así que tomó las riendas del momento y me separó de su cuerpo. Sin
mediar palabra, y mirándome a los ojos, levanto mi camiseta y comenzó el también
a devorarme, siendo menos correcto, y dirigiéndose directamente a mi estómago, a
mi ombligo, a mi alma…
Su mano llegó enseguida a mi pene, ya que mi tremenda
erección la hacía fácilmente localizable, además, llevaba un pantalón de esos de
belcros, y la mano de Hugo no encontró obstáculos. Desabrochó mi pantalón y mi
corazón, y mi pene, saltaron como un resorte de una caja sorpresa.
No hubo más preámbulos, los habíamos gastado todos, así que,
mirándome a los ojos, empezó a acariciar mi verga con su lengua.
Si hubiera un dios, yo creo que en ese momento estaría dentro
de mí, porque yo creo que estaba en el cielo, con el niño más bonito del mundo
saboreando mi sexo y mi mano frotando directamente el suyo. Le bajé el pantalón
también para poder liberarle de su trampa, y así pude observar sin reservas ni
pudores, toda su masculinidad, adolescente aún, pero en pie de guerra, húmeda ya
por las caricias y el fuego.
Lentamente fue introduciendo mi pene en su boca, al ritmo de
las olas del mar, rozando sus suaves labios contra mi piel desnuda, chocando sus
blancos dientes contra mi roja carne, acariciando con su tierna lengua los
rincones de mi alma. Yo le acariciaba el cabello, el cuello, la espalda, las
nalgas, la vida.
Pero yo también le deseaba, así que le cogí tiernamente para
que dejara de chupar y se incorporara, y así poder, de nuevo, besarle en los
labios y saborear toda esa sonrisa, ahora puro fuego. Le retiré el pelo de la
cara, una vez más, para así poder observar toda aquella belleza, y continué con
aquella pasión desenfrenada.
Mientras besaba sus palabras, le recosté sobre el banco, y me
arrodillé en el suelo frente a él, para bajar por su pecho y su abdomen y sentir
en mi mejilla el suave tacto y el olor de su corazón. Su piel era húmeda, tersa,
arrogante. Me la pasé de una mejilla a otra, por los labios, por la nariz,
quería sentirla en todas sus dimensiones, en todo su color. La introduje en mi
boca y torpemente succioné, tratando con mi lengua de no dejar palmo de su piel
sin acariciar, y un leve gemido salió de la sonrisa de Hugo. La saqué de nuevo
para no perderme ni un detalle de su anatomía, y con el tacto de una mariposa,
acaricié sus testículos con mi nariz, con mi lengua y con mi vida.
Sus manos en mi cabello comenzaron a marcar un ritmo dulce
mientras yo saboreaba todo su esplendor, sintiendo su aliento en mi cuello. Sus
gemidos eran cada vez más audibles y mi presión cada vez más fuerte, y su tamaño
cada vez mayor, hasta que con un ahogado suspiro, Hugo se vino en mi lengua
dejando en mi boca todo su placer, unas pocas gotas de eterno placer.
Estábamos exhaustos, pero no queríamos abandonar. Me hizo
poner en pie y se quedó sentado justo frente a mí, miró hacia mi pene, y
diciéndole un "te quiero" que le salió del alma, lo introdujo en su boquita
haciéndome perder la razón y la voluntad. Mis manos entre sus cabellos que se
confundían con la noche intentaban marcar mi voluntad, pero su hálito en mi
vientre descolocaba mis sentidos y hacía flojear mis piernas. Tampoco recuerdo
el tiempo que estuvimos en esa faena, sólo puedo recordar que justo antes de
venirme el orgasmo, le pedí que se pusiera en pie y me besara, y así,
transformados en un eterno beso de amor, juntando nuestras bocas como
representantes de toda nuestra piel, me masturbé hasta venirme en el más
placentero éxtasis de mi vida, dejando que mis jugos se unieran con el barro del
parque.
El abrazo duró horas, días, meses, allí juntos, sin
separarnos, en el parque, rodeados de oscuridad y bancos vacíos. No queríamos
separarnos, porque sabíamos que en cuanto lo hiciéramos corríamos el peligro de
no volver a juntarnos.
Escaparnos juntos, dejarlo todo, yo con 13 años y el con 12,
eran las incoherentes ideas que nos pasaban por la mente, porque nos amábamos,
porque nos teníamos y porque nos queríamos.
El frío del otoño ayudó a apagar los rubores, y con un tierno
beso en los labios, decidimos, cogidos de la mano, abandonar nuestro nido de
amor para volver al mundo real. Miré el reloj y pasaban ya de las 10 de la
noche.
Avanzamos por el parque, y le acompañé hasta la casa de
Sandra. Ella estaba en el portal, esperándole. En cuanto nos vio aparecer se
echó a llorar, y abalanzándose a los brazos de Hugo, le pidió perdón y le dijo
que no volvería a enfadarse con él, ojalá fuera verdad, porque era el contacto
para volver a ver de nuevo aquella sonrisa.
Se perdieron en la oscuridad del portal, no sin antes voltear
su cara para clavar en mis ojos sus pupilas llameantes, y con un sordo eco,
pronunció sin sonido las eternas palabras "te quiero"…
Yo me quedé roto, de pie, junto a su puerta, durante un rato,
para arrastrarme después hacia la negrura de la noche y desaparecer.
Desde entonces, desde aquel día, a mis 13 años, no volví
jamás a ser un chico normal.
<Este es mi primer relato, después de leer miles de ellos, me
atreví por fin a escribir uno, les agradecería en el alma que me enviasen sus
comentarios. ASIAS>