ROCÍO ESTRENA SU AGUJERITO DE ATRÁS
Estuve
toda la semana en un hotel cercano a la ciudad de Madrid, mientras acudía a
pernoctar en el hotel, todos los días y a cualquier hora no dejaba de pensar en
la putita de mi sobrina. Soñaba en su terso trasero de 18 años y las
innumerables cosas que pensaba hacer con él. Estaba realmente obsesionado, a la
que dejaba de concentrarme en mi trabajo, mi mente se independizaba de mí y
empezaba a divagar, rememorando su cuerpo. Rocío cada día puntualmente, me
llamaba a las 20:00 horas para hablar conmigo, nos pasábamos todo el rato riendo
y bromeando, aunque nuestras conversaciones tenían un alto contenido sexual.
Para colmo mi mujer, casi no me llamaba, alguna vez esporádicamente entre
semana, para decirme que se encontraba agobiada con tanto trabajo.
El viernes al mediodía me dirigí al aeropuerto de
Madrid-Barajas. En la terminal antes de embarcarme, recibí una llamada al móvil:
“hola Oriol, con que vuelo llegarás a Barcelona”, “puedo ir al aeropuerto
a esperarte, me muero de ganas de verte, necesito sentirte dentro”. Su
petición me sorprendió gratamente y la verdad es que no podía negarme a que se
reuniera conmigo. Tras descender del avión en el aeropuerto de Barcelona-El
Prat, el primer contacto visual que tuve con ella fue brutal e impactante,
llevaba una faldita corta de color negro y un top del mismo color que remarcaba
sus voluminosos senos coronados por dos pezones perfectamente delimitados y
dejaba al descubierto ese ombligo delicioso, como el de una muñeca; esa simple
visión alimentó todavía más el deseo ardiente que me corroía interiormente. El
encuentro físico, fue sumamente efusivo, hasta ser ligeramente incómodo para mí,
ante la perspectiva de que algún conocido u amigo me reconociera y pudiera dar
lugar a un escándalo. Ella me esperaba en la terminal y nada más verme, se me
acercó corriendo y se me echó literalmente abriendo sus brazos y colgándose de
mi cuerpo, y sin que pudiera evitarlo nuestras lenguas se fundieron en un beso
ansioso, ardiente y profundo. Me sorprendió el perfume que su figura exhalaba:
¡estaba utilizando una de las fragancias que habitualmente utiliza mi esposa!.
Por mi mente pasaron una serie de preguntas como una exhalación: ¿habría estado
hurgando en las pertenencias de mi esposa?, ¿y si descubría lo que estaba
sucediendo en su casa con su dulce sobrina?. Inmediatamente intenté recuperar la
cordura y le dije: “Rocío, por favor nos puede reconocer alguien…”.
En el taxi que nos trasladaba a nuestro domicilio, intenté
–dentro de un orden- recuperar el tiempo perdido. La mirada envidiosa y un tanto
lasciva del taxista más preocupado de mis evoluciones que de la carretera, no
perdía detalle de todo lo que acontecía en el asiento posterior, por lo que
intenté moderarme y tranquilizar a mi sobrina. Ésta no sabía, ni quería
controlarse, por lo que le susurré al oído: “Rocío, el taxista nos está
devorando con los ojos, haz el favor de guardar la compostura”. Ella
esbozando una sonrisa, dijo: “me da igual”. Acercó su mano a mi
bragueta, bajó la cremallera, la introdujo en el interior y acercó su cabeza a
mis partes nobles. Intentó ansiosa que aflorase mi pene, pero yo no quería dar
un espectáculo; le apresé el pelo de forma suave y la obligue a erguir
lentamente la cabeza, dejándole claro quien mandaba. Ella al dirigirme una fugaz
mirada, se percató de que no bromeaba. Volví a susurrarle: “de esta te
acuerdas”. Al llegar a casa estaba enojado, nada más cerrar la puerta le
tuve que advertir: “¡eres una putita irresponsable, tanto cuesta
comportarse con un poco de cordura!”. Ella seguía sin hacer el menor
caso, riéndose y tomándose a broma la situación. Así que tuve que pegarle un
cachete en la mejilla, -supongo que fue más sonoro que doloroso, para hacerla
entrar en razón….-. Inmediatamente, los ojos se le anegaron de lágrimas, y
gritando soltó: “eres un maldito cabrón, te odio…”. Con los puños
cerrados intentó golpearme de una forma histérica y atolondrada, aguante unos
minutos esperando a que se le pasase, hasta que me percaté que ella me pedía a
gritos que la pusiese en su sitio. Esta vez, pensaba ser mucho más refinado en
su sometimiento. No dije nada, me duché, me vestí con ropa limpia y cuando vio
que me dirigía hacía a la puerta, se interpuso en la salida, la esquivé, al
cerrarse la puerta le oí gritar con la típica vehemencia expresiva andaluza:
“no te puedes ir, llevó esperándote toda la semana, cabronazo….”
Se la estaba buscando, sabe que me molestan mucho, la
ordinariez en el lenguaje y no soporto las palabras soeces en el ámbito
familiar. Me dirigí a una farmacia alejada de donde vivo y compre un adminículo
en el que llevaba tiempo pensando. Posteriormente, visité un sex-shop y me
proveí de algunos artilugios.
Dos horas después, aparecí por casa, cuando me abrí la
puerta, Rocío estaba en la sala de estar mirando la televisión y con signos
evidentes de haber llorado. Desconsolada, se dirigió a mí: “por favor,
quédate, me portaré bien, haré lo que quieras…”. Me acerque al sofá
donde estaba ella, iba a dejar las bolsas en un extremo del mismo, para ponerme
a ver la programación. Cuando ella inmediatamente, curioseó en el interior de
las bolsas que sostenía, al intentar sacar los objetos del interior de la bolsa
de la farmacia, se lo impedí, sus mejillas enrojecieron, resaltando las
diminutas pecas que las adornaban, y me preguntó, cortándosele algo la
respiración y tragando algo de saliva: “Oriol, para que es esto”
–aunque creo que en su fuero interno lo sabía perfectamente-.
Restándole importancia le contesté: “ya lo sabrás en su momento”.
Cogí una de las bolsas de la farmacia y la puse encima del radiador de la
calefacción para que se fuese calentando el contenido de su interior.
Ella, se mostró
intranquila con la respuesta, a cada instante se mostraba más tensa. Tras unos
minutos, interrogándome con sus ojos y suplicando con la mirada que lo que
había visto no estuviese destinado para ella, se decidió a musitar: “no lo
pensarás dejar en el comedor, ¿dónde lo guardo?”. Casi interrumpiéndole,
contesté: “déjalo aquí por favor, lo vamos a utilizar en breve”.
Su rostro cambió de color como un resorte al acabar de escuchar mi frase; sus
deliciosas pecas resaltaban todavía más, si cabe, sobre sus enrojecidas
mejillas. Saqué el gel lubricante de la bolsa de la farmacia y lo coloqué encima
de la mesa, para decirle en un tono de voz que no ofreciera dudas: “ven,
acércate”. Ella se quedó paralizada, se apreciaba el delicioso rubor de
sus mejillas y un ligero temblor surcaba por todo su cuerpo. Al no moverse, opté
por levantarme del sillón, asirle una de sus manos y aproximarla hasta mí,
estaba excesivamente nerviosa, bajó sus ojos y los fijó tímidamente en el suelo.
Opté por calmarla, mis manos ávidas empezaron a acariciarle el cuerpo hasta que
se colaron por debajo de su minúscula falda y empezaron a juguetear con su
carnoso trasero. Ella me miró, buscó mis labios e inmediatamente nuestras
lenguas golosas se entrelazaron con impetuosa frucción en un deseo visceral y
ardiente. Aproveché para sentarme y que ella hiciese lo mismo. Mientras seguía
explorando su cuerpo, aproveche para arrastrar su cuerpo y colocarla sobre mis
rodillas, ella intentó mostrar una débil resistencia, que enseguida fue vencida.
Le alcé la falda y procedí a bajar unas maravillosas braguitas blancas de
algodón hasta las rodillas: el panorama era delicioso. Con una mano hizo un
amago de subirse la adorable prenda, pero un oportuno azote en sus posaderas, le
disuadió de su intento. Apreté el tubo de gel lubricante, su contenido cayó en
mis dedos, y éstos fueron en búsqueda de su sonrosado agujerito. Rocío al sentir
el contacto, dio un leve respingo: “Oriol, está frío”, y aproveché
la ocasión para agenciarle un par de azotes más a su ansioso trasero…
Era evidente, que ella no había podido comprobar con
detenimiento la totalidad de los objetos que había en el interior de la bolsa.
Cuando estiré mi brazo para retirar de la bolsa de la farmacia otros objetos,
Rocío alzó su cabeza y percibió que sacaba un depósito de irrigación y cánula
para aplicar lavativas. Se revolvió, gritando: “eres un cerdo, nunca
permitiré semejante guarrada, cabronazo”. Su oposición, me obligó a
sujetarla sobre mis rodillas y ponerla en su sitio. Durante unos cinco minutos
estuve nalgueándola de forma contenida, sin lastimarla, pero constante y
rítmica, hasta enrojecer adecuadamente la zona. Al principio, y supongo que por
un falso orgullo, sólo suspiraba ante cada azote, conteniendo su necesidad de
llorar; para al final estalló en un sollozo contenido, dulce y tierno. Me
compadecí de su situación y deslicé un lujurioso dedo hasta su vagina. Al
acercarme, y sin haberlo tocado todavía, percibí la calidez que desprendía; y
una vez tomado contacto con ese santuario, note la zona profundamente lubricada.
No pude por menos que exclamar: “Rocío, menuda putita estás hecha”.
Ella giró su cuello, para mirarme totalmente ruborizada y balbucear:
“no me llames así, me da mucha vergüenza…. no se que me pasa”.
Ya la tenía donde quería, en tono autoritario le dije:
“¿has seguido la dieta de frutas y verduras como te aconsejó el médico?”… “el
frutero de la cocina está igual que cuando me marché, no has comida una sola
pieza de fruta”, y aunque conocía la respuesta acabé preguntando:
¿Qué has comido mientras estaba yo en Madrid, hamburguesas y pizzas?.
Ella asintió ruborizada con la cabeza. Inmediatamente, le ordené:
“levántate y acércame la bolsa que está encima del radiador y ven a mi
habitación”. Apesadumbrada, se puso en pie y se subió las braguitas, en
un gesto encantador. Yo recogí el material necesario, me fui a la habitación de
matrimonio, colgué el irrigador una zona previamente preparada y la esperé. Ella
entró y me entregó la bolsa; quedándose a la expectativa, con sus manos
apretando los bajos de su diminuta falda y con la mirada pérdida en el suelo,
mientras yo vaciaba el contenido de la bolsa en el depósito. Puse mi mano sobre
ella y la dirigí para que se volviese a colocar de bruces sobre mis rodillas.
Dejé que mis dedos se recreasen en su clítoris unos instantes e impregnados de
lubricación, los dirigí a su agujerito posterior; al intentar introducir uno de
ellos, Rocío reaccionó, agitándose y moviendo su trasero de un lado a otro, con
el fin de imposibilitar mi actuación y me soltó de forma entrecortada y de
improviso: “no quiero, … por favor no…”. Le administré nuevamente
un par de azotes en las nalgas, que tuvieron un efecto milagroso: se quedo
quieta y expectante. Esta vez, coloqué gel lubricante en mis dedos y lo extendí
sobre la cánula rectal; separé los dulces cachetitos para poder apreciar en todo
su esplendor su delicioso y sonrosado ano e inicié con suma suavidad la
introducción de uno de mis dedos. Sorprendentemente su culito lo fue engullendo
lenta, lasciva y golosamente, Estuve un ratito recreándome en él, mientras las
secreciones vaginales de Rocío inundaban mis rodillas e impregnaban con su
azucarado aroma el tálamo matrimonial.
Había llegado el momento que tanto ansiaba. Sin que ella se
apercibiera del siguiente movimiento, retiré el dedo, lo que motivo un respingo
de contrariedad por parte de Rocío, quien parecía desear que dicha situación se
prolongase eternamente y descolgué la cánula. Con mis dedos separé sus glúteos y
con delicadeza la insinúe en la entrada en su anito, para inmediatamente y ante
la falta de resistencia de su esfínter, metérsela en su integridad.
Inmediatamente, empezó a sentir en su interior la entrada del líquido. Ella
sorprendida, intento resistirse, haciendo fuerza para sacárselo, por lo que tuve
que volver a azotarla. Bastaron muy pocos azotes, para que se diese por vencida;
y derrotada se puso a gimotear y suplicar: “por favor, esto no ….. es muy
humillante”. Había programado la lavativa para que el líquido entrase
muy lentamente, con el fin de evitar cualquier tipo de molestia física y que mi
sobrina aprendiese un mínimo de disciplina. Volví a acariciar su vulva, que
seguía encharcada por la abundante lubricación, mientras mis dedos jugaban con
sus labios vaginales, le dije: “me consta que no es tu primera lavativa”.
Tras acabar mi frase, sus lloriqueos arreciaron y entrecortadamente
balbuceó: “pero es la primera que me pones tú… y nunca me la habían
puesto de esta manera”. Se hallaba totalmente desconsolada, sus lágrimas
corrían por sus mejillas y no se me ocurrió nada más que decirle: “a las
niñas pequeñas, cuando lloran se les da un chupete, para que se calmen”.
Acto seguido, manteniendo la cánula en su interior, cambie de posición y la
la puse a cuatro patas sobre la cama. Me desnude y sosteniendo su barbilla con
mi mano, le obligue levantar la vista, su carita estaba entre ligeramente
llorosa (quedaban rastros de lagrimitas en su rostro enrojecido y bañado en
sudor) y ansiosa (su cara denotaba la necesidad de dar y recibir placer). Deje
mi pene a la altura de su cara, se le acerqué a escasa distancia de la boca y le
solté: “eres una niña mala, creo que deberé darte también un poco de
chupete de niña mayor” “así estarás más tranquilita”. Ella se mostraba
indecisa e involuntariamente se me escapó una tremenda nalgada, que le dejo
marcados los cinco dedos. Rocío lejos de gimotear, reaccionó como la gata
salvaje que era y se aplicó como un resorte a la nueva tarea, se introdujo mi
pene en su boca, lo ensalivó y chupo, jugueteó con su lengua alrededor del
prepucio y la paseó de arriba abajo, como si un polo se tratase.
Mi grado de excitación era excesivo y necesitaba prolongar
tan deliciosa situación. Le sugerí que podía ampliar las zonas de sus caricias:
“Rocío, cuando me la chupes, no se trata de que únicamente pases la lengua
y te introduzcas el pene en la boca, con tus labios debes acariciar todas las
zonas cercanas”. Sin tener que dar mayores explicaciones, la niña
obediente se sacó el pene y empezó a mordisquearme suavemente el pubis; después
de un rato, dedicó a pasear sus labios por mi entrepierna; posteriormente su
húmeda lengua se insinuaba con ligeros toquecitos, tierna, suave y lentamente
sobre mis bolsas testiculares. Su lengua fue bajando por hasta el perineo, para
insinuarse en el ano. Acto seguido, se retiró ligeramente y en la posición de
perrito, tal y como estaba, con la cabeza gacha buscó mi aprobación. ¡Que
sensación más rara!. Era la primera vez que alguien me acariciaba en ese punto.
¡Para tener 18 años, menuda sobrinilla viciosilla!. Le volví a dar una sonora
nalgada, que hizo temblar sus glúteos, le agarre del cabello y le conminé a
volver a su trabajo. Inmediatamente su pasión se desató, empezó a hurgar en mí,
como si se tratase de la búsqueda del tesoro. Era una situación muy morbosa.
Aproveche para acariciar sus senos, sorprendiéndome el estado de sus puntiagudos
y duros pezones, baje al vientre que estaba muy hinchado, parecía que estuviese
embarazada. En ese momento, ella aprovecho para suplicar: “Oriol, me notó
la barriguita muy llena, déjame ir al lavabo ó me lo haré encima”.
Ya era suficiente, le quite la cánula, y aunque ella quería
marcharse inmediatamente al lavabo, la retuve de un brazo, diciéndole: “no
puedes ir inmediatamente, te quedarás un ratito conmigo, hasta que la medicina
que te he aplicado, te haga efecto”. Volví a colocármela en las rodillas
y le aplique una especie de butt-plug ó tapón anal cortito y más bien delgado,
para que no dilatase excesivamente un ano virgen, aunque lo suficiente para que
pudiese cumplir su función. Mientras con una mano acariciaba el sedoso y
ligeramente húmedo pelo su cabeza, con la otra gozaba lascivamente de los
pelitos de su pubis, al acariciar su vulva y labios vaginales. Rocío cada vez
estaba más inquieta, sus intestinos hacían ruiditos, y ella empezó a rogar,
sumamente avergonzada: “te lo ruego, déjame ir al lavabo, no puedo más…”.
Le retiré el tapón anal, lo que ella acompañó con un suspiro de
angustia. Le permití levantarse y tras darle un par de azotes, le ordené:
“irás al lavabo, a cuatro patas”. Como una niña obediente,
con sus manos y rodillas apoyadas en el suelo, con la cabeza gacha y
apretando sus piernas y culito de una forma deliciosa se dirigió casi
arrastrándose al lavabo…… Rocío sin saberlo me iba a ofrecer algo que ella
ignoraba y debía ser estrenado….
Estaba en la cama ligeramente adormecido, cuando me
despertó de mi situación de penumbra, una agradable sensación: Rocío desnuda,
ligeramente perfumada y arrodillada acariciaba mis bolsas testiculares con una
mano y mi pene que iba ganando turgencia en sus cálidos y húmedos labios;
alargue mi mano hacía su trasero y jugueteé con sus glúteos. Pero esta vez,
necesitaba prepararla, acerqué mi mano a su cabeza, y la obligué a estirarse
boca abajo en la cama, puse mi cuerpo encima de ella, empecé a juguetear con mis
labios sobre el lóbulo de su oreja, mientras ella se reía y movía la cabeza de
un lado a otro; la retuve con los brazos y le susurre: “putita, hoy vas a
saber porque nunca debiste enojar a tu tío, te enseñare a ser una niña
obediente”. Ella entre risas, bromeaba: “tu putita no es
obediente, quiere ser una niña mala…”. Yo seguí jugueteando con su
cuerpo, mis dientes le mordieron ligeramente la nuca; después mis labios
empezaron a humedecer su espalda y siguiendo la columna vertebral fueron bajando
hasta su rabadilla donde mis manos masajeaban y acariciaban la zona, para
conseguir transmitirle una sensación placentera y relajante. Seguía jugando con
la parte más baja de su espalda, cerca de mi oscuro objeto de deseo, pero fue
ella, quien con sus movimientos y gestos, me rogaba que bajase. Empecé un ligero
escarceo con mi lengua, por donde tiene su inicio la raja del trasero,
inmediatamente exhaló un suspiro y noté como su cuerpo exigía mi atención en
dicha zona. Lejos de recrearse en la zona, fue bajando lentamente, cruzó el
perineo y llegó hasta parte de su vagina, humedeciéndolo todo a su paso, para
realizar un nuevo recorrido de vuelta, sin prisas, enervantemente contenido y
reposado. Bastaron muy pocos de estos lujuriosos recorridos para que de su vulva
manase un torrente del ansiado licor vaginal. Ella intentaba con una mano
acercarse a mi pene, supongo que para dirigirlo a su vagina; y gritaba, gemía y
suspiraba: “Oriol puedo más, te necesito dentro….”. Creo que había
tenido varios orgasmos seguidos y tuve que darle un par de azotes
para que se tranquilizase y no estropease la situación. Se quedo quieta y con
una respiración agitada. De su frente se desprendían ligeras perlas de sudor. Su
cara enrojecida, con las deliciosas pecas que la caracterizan, estaba
congestionada por la excitación. Con mis manos separé al máximo sus glúteos, la
punta de mi lengua lasciva y lujuriosa se fijó en los dulces pliegues de su ano
y lo empezó a humedecer. Ella soltó un respingo de placentera sorpresa y se dejo
llevar. Poco a poco, mi lengua fue pugnando por introducirse en su interior. La
espiración entrecortada y los gemidos de ella, expandían por toda la habitación
el caudal de inexperimentadas sensaciones que recorrían el el adolescente cuerpo
de mi sobrina. Retirando mi cara, aproveché la situación para darle un par de
azotes y ordenarle: “te gusta no, pues levanta el culete”. Cuando
ella arqueó su cuerpo, aproveché para colocar un par de cojines bajo su pubis,
con el fin de dejar la zona de mis anhelos más elevada. En este momento, sin que
ella se apercibiese, cambie la lengua por un dedo, que lubriqué con sus jugos y
lo introduje como en muchas otras ocasiones en su ano. Empecé un suave
movimiento de vaivén, desde el inicio del ano, hasta hundir la totalidad del
dedo en él.
Ella no dijo nada, se dejaba llevar por la ola de placer.
Posiblemente, debería haber colocado algún dedo más para ensanchar su estrecho
culito, pero necesitaba sentirlo y rompérselo ya, acerqué mi pene a su
agujerito. De inmediato y como impelida por un resorte, se giró, y de forma
atropellada y suplicante, rogó: “no lo he hecho nunca, soy virgen por
detrás, mejor te la chupó”. Le contesté que no perdiera el tiempo que
tenía que aprender a utilizar todas las partes de su cuerpo para darme gusto.
Estaba atemorizada y tomando mi polla entre sus manos, prosiguió: “la
tienes muy grande, no me va a caber dentro”. Al final dijo: “me va
a doler mucho, una amiga del colegio me explicó que su hermana mayor lo intentó
con su novio y se desmayó del dolor”. Rocío me tenía fuera de sí, le di
una bofetada Ella se revolvía, intentaba realizar algún manotazo,
pero nada podía hacer; al poco rato y tras aplicarle una buena azotaina, que le
dejó el culito bien rojo, la sujete fuertemente de los brazos y la obligué
nuevamente a ponerse boca abajo en la cama. Rocío llorosa, se abandonó a su
suerte, cuando le ordené: “iré despacito y no te dolerá”, “ahora, ábrete
el culete con las manitas y enséñame el agujerito.”, con sollozos
entrecortados, casi imperceptibles y con alguna ligera lagrimita que resbalaba
por su rostro; resignada sus manos se dirigieron a sus carnosos glúteos y me
ofrecieron el anhelado y sonrosadito ano, rodeado de deliciosos pliegues.
Viéndola tan obediente, me apiadé de ella, mientras mi pene era bañado
generosamente con el gel lubricante; uno de mis dedos untado en el mismo
elemento, se dirigió a su ano para suavizar mi entrada. Mi dedo entró en su
interior como si se tratase de un cuchillo en mantequilla derretida. La muy
golfilla después del castigo por su falta de sumisión, estaba buscando una
compensación: su ración de placer. Mi pene se hallaba en una situación de
excitación total, temía que me estallase en las manos y lo dirigí raudo a su
ano, entrando suavemente, sin prisas, pero sin pausas. Al principio, costó
cierto esfuerzo vencer su esfínter anal, mis carnes pugnaban por hacerse un
espacio en una agujerito tan estrecho. Tras introducir mi prepucio y superar el
esfínter anal, éste se vio cálidamente acogido. Aunque, Rocío soltó un aullido:
“aaghhh”, y como si le faltará aire empezó a gritar:
“¡¡¡¡sácamela, me duele mucho!!!!”. Me quede quieto y como me causaba
pena, intenté tranquilizarla: “relájate dentro de un ratito, verás como
deja de dolerte y empieza a gustarte”. Decidí acompasar el ritmo de la
penetración a sus suspiros; cada vez que suspiraba, le introducía una pequeña
porción de mi pene. Ella se revolvía, agitaba y gimoteaba; pero poco a poco,
conseguí no sin cierta dificultad, introducir mi pene. Cuando estuvo dentro en
su totalidad; tanto ella como yo nos quedamos quietos y en sepulcral silencio.
Esperando que la cavidad anal de Rocío se acomodase al intruso. Realmente mi
pene se hallaba acogedoramente envuelto y nunca había sentido mi pene tan
apretado.
Con la totalidad de mi pene dentro de su ano y pubis pegado
a sus glúteos, le ordene: “intenta mover ligeramente tu culo de arriba
abajo y procura que no se salga, si no quieres que te la meta de golpe”.
Ella inmóvil, inmediatamente contestó: “no puedo, me vas a destrozar, me
noto muy llena”. Dirigí uno de mis dedos con gel lubricante a su
clítoris e inicié un movimiento circular al alrededor de la zona sin centrarme
por ahora en la zona básica; para al poco rato, recrearme en su botoncito. Ella
empezó a relajar y distendir su cuerpo, pasando a los pocos minutos a agitar
ligeramente su cuerpo, moviendo sus caderas de arriba abajo. La estimulación de
su clítoris, obtenía los efectos buscados, mis dedos se hallaban encharcados y
mi mano se impregnaba de los perfumados licores que por su abundancia e
intensidad amenazaban la sequedad de la sábana. Sus miedos anteriores se habían
convertido en pasión; era el momento que esperaba, me aferré a sus caderas con
la mano libre y empecé a marcar el ritmo de penetración. Las iniciales
reticencias de mi sobrina cambiaron radicalmente, su culo virginal y acogedor,
acabó recibiendo las embestidas de mi pene que se movía a un ritmo vertiginoso.
Su sonrosado ano engullía golosamente y con avaricia el pene que se le ofrecía.
Su cavidad anal se abría a nuevas y extrañas sensaciones, por sus gemidos y los
temblores que recorrían su cuerpo, detecté mientras seguíamos en tan íntimo
abrazo; no uno, sino varios orgasmos. Pero quería que disfrutase al máximo y
estallase nuevamente conmigo, seguí jugando con su clítoris, mientras nuestros
cuerpos quedaban unidos en una comunión de gemidos, sudor y fluidos. Hasta que
me apercibí, por el grado de tensión y paroxismo de su cuerpo que llegaba al
orgasmo final y que no podría continuar, en ese momento permití que mi pene
descargase mi semen. Tras ese corto y sagrado y instante, me separé de ella,
Rocío se dio la vuelta y nos quedamos ambos mirando al techo, a los pocos
segundos estallamos en una risa casi histérica. Estábamos desechos física y
mentalmente y necesitaríamos unas cuantas horas para recuperarnos.