Era por los meses de verano tal vez agosto cuando por
circunstancias del trabajo que no vienen al caso me encontré de pronto en un
país completamente desconocido para mí y lejos de cualquier persona o cosa a la
que me vinculase algo. Mis únicas armas eran el gran anhelo que había en mi por
explorar y adentrarme en lo desconocido y un francés mediocre.
Mi hotel era, es, un hotel de media montaña, 800 m sobre el
nivel del mar, situado en las últimas estribaciones del Atlas, un lugar
magnifico con vegetación abundante en monte bajo espeso y bosque de alcornocales
en la cota límite de su hábitat posible.
La habitación que ocupaba en la 4ª planta era austera pero suficiente, con baño
interior, espléndida cama, un pequeño televisor y una mesita con su silla. Dos
puerta acristaladas de madera daban acceso a una pequeña terraza desde donde
podía contemplar el pueblo cercano y parte del magnifico valle, un regalo
para la vista sin duda, era la "Suit" de aquel sobrio hotel que se llenaba con
frecuencia con hordas de deportistas de las más variopintas disciplinas pues
había un buen polideportivo en las proximidades, con frecuencia utilizado
por la selección del país. También grupos de cazadores de distintas
nacionalidades eran clientes habituales. En todos los rincones colgaban cabezas
disecadas de ciervos con sus cornamentas y jabalíes enseñando sus colmillos
amenazantes.
En las noches sofocantes del estío abría el balcón y me
tendía en la cama desnuda dejando que la luna acariciase mi cuerpo, los sonidos
de los interminables casamientos que por la época de verano se multiplicaban
se emulsionandose a veces con la llamada a la oración que con regularidad
metódica el almoacin cantaba en melódicas alabanzas al dios Alá, pero que a mí
me sonaba a lamento de tristeza insondable. Llegaban hasta mi cuarto con
intensidad variable los ecos de los cánticos de los mariages, mujeres que hacían
sonar sus gargantas con el célebre vibrato beréber, prolongándose hasta altas
horas de la madrugada y llenando mi cuarto. Mecida mi mente por la noche del
tórrido y caluroso verano preñando de olores y sonidos que transportados por el
aire que respiraba llegaban hasta mí despertándome los sentidos. Reveladoras e
inquietantes claves de una cultura desconocida y extraña para mí.
Mi pareja estaba muy lejos de aquel lugar, mi cuerpo y mi mente lloraban su
ausencia y a duras penas me consolaba con las interminables conversaciones
telefónicas, donde a falta del contacto físico tratábamos de mantener la
intensidad emotiva con provocadoras palabras y promesas de amor igual que hacen
los adolescentes. Me gradué en la ciencia de la masturbación descubriendo con
cierta sorpresa rincones inesperados de mi cuerpo y de mi mente que me
proporcionaban si no un gran placer, si al menos cierto desahogo en las
sofocantes noches de aquel verano.
Como no podía ser de otra forma ocurrió lo inevitable. Las
conversaciones con mi novio versaban sobre todo lo divino y lo humano tocando en
muchas ocasiones el asunto de la infidelidad yo le decía:
- Si no puedes soportar mi ausencia mas y vas con otra mujer
lo entenderé, fue mi decisión aprovechar esta oportunidad profesional, venir a
trabajar aquí tan lejos de ti y lo tendré merecido. Si es importante para ti me
lo dices y en paz. Tal vez me tengas que agradecer algún día haber conocido al
amor de tu vida. Sabes que no me gustan los triángulos amorosos. Así
podrás calibrar el verdadero valor de tu amor por mí. Si cometes un desliz, un
mal día, un calentón no pasa nada, lo entiendo, pero tienes que ser sincero y te
ayudaré a llevar la pesada carga de tu infidelidad.
En estos términos me expresaba yo mientras él replicaba:
- No por dios mi amor sabes cuanto te quiero y nunca
traicionaré este amor aunque me tenga que matar a pajas y llenar mis
calzoncillos de hielo, nunca te pondré los cuernos.
- Nunca digas nunca
Contestaba yo mortificándole. Luego jugábamos a que el
uno tenía que hacer todo lo que el otro le mandaba y que nunca implicara
directamente a otras personas. Él me hacía, por ejemplo bajar a la cocina y
pedir algún vegetal de aspecto inequívoco, con cualquier estúpido pretexto,
tratando de ocultar al cocinero de turno mis verdaderas intenciones. Sin demora
era complacida y sin preguntas me entregaban el objeto de mi deseo con
expresión que sin duda revelaba el juicio de "mira que son raros estos
occidentales". Me aficioné a las zanahorias con el pretexto de que eran
magnificas para la melanina de mi piel y que me complacían en todos los sentidos
llenado mi vagina y después mi estomago.
Aquellos juegos inocentes no podían durar mucho tiempo y fue
mi chico, el amor de mi vida, el primero en ceder. Un día con lágrimas que no
pude ver pero que sin duda había en sus ojos me contó como una tarde en el
cumpleaños de un amigo no vio venir el peligro que le acechaba: una chica que no
conocía de nada se fijó en él y se lo folló (palabras textuales). Cuando
empezaba a pormenorizar los detalles lo detuve diciéndole:
- Para, para. Una cosa es que comparta tu infidelidad y otra
muy distinta es que vaya a disfrutar con ella.
Me juraba por todo lo imaginable que no volvería a ocurrir
nunca mas, que estaba loco por mí y que si lo dejaba se suicidaría.
Yo lo atormentaba diciéndole:
- Eres patético pareces un adolescente lloriqueando por
haber perdido su juguetito. Yo no soy tu esclava ni quiero que seas tú el mío.
Me entrego a ti porque todo mi ser me lo pide y porque quiero.
- Que vas a hacer ahora que lo sabes. Decía atemorizado.
Me interrogaba angustiado mientras yo demoraba mi respuesta a
sabiendas del dolor que le estaba infringiendo que no era nada comparado con el
aluvión de sentimientos que se agolpaban en mi vientre haciéndome un lacerante
nudo que me postró durante mucho tiempo.
- No digamos nada más ahora, es mejor que las palabras
callen y escuchar paciente el corazón. Y no me llames yo te llamaré a ti cuando
lo crea oportuno.
Dije muy segura de mi intentando mantener la dignidad
alta.
Cuando colgué el teléfono las paredes de la habitación
parecía que me iban a aplastar y con los ojos enrojecidos salí al pasillo y tomé
a la carrera el ascensor, bajando coincidí con un sorprendido camarero, bien
parecido, que servía en la cafetería de clientes de la 1ª planta. Lo miré
de forma que conseguí que se ruborizase y me dieron ganas de tomarle el paquete
y dicirle (- Me ha dicho que los moros la tienen muy grande, por Alá que soy
capaz de metérmela toda en la boca). Iba cavilando esta y otras venganzas sin
dejar de radiografiar al chico, cuando el ascensor se detuvo en la planta baja y
liberó a la criatura de mi mirada desesperada, este escapó del ascensor con
evidentes signos de estupor y a pesar de mi estado pude ver, pues lo seguí con
la mirada un momento intenso, como se colocaba el paquete discretamente con un
movimiento rápido. De pronto me quedé en mitad del hall del hotel sin saber que
hacer ni donde ir, solo quería desprenderme de aquel dolor como fuese pensé en
seducir al primero que se pusiese a tiro y pedirle que me follase sin piedad.
Era tal mi estado que no pasó desapercibido para la chica de la recepción que
sin yo darme cuenta se aproximó asustada al ver mi actitud indecisa
y aturdida tomándome por el codo me dijo:
-¿Est-ce-que je peux vous aidér mademoiselle?
La miré fijamente deteniéndome en el perfil de sus labios en
su pelo negro brillante y fuerte, en sus oscuros ojos como la noche de
tinieblas en la que me encontraba.
-No merci (dije con sequedad)
-Je vous prie mademoiselle.
Dijo soltándome y separándose prudentemente pero no del todo
por si cambiaba de opinión. Salí del hotel casi a la carrera mientras mi mente
se deshacía en reproches de culpabilidad y anhelos de venganza. Tú eres la única
culpable (me reprochaba) primero por haberlo dejado solo tanto tiempo y segundo
por facilitarle las cosas con tus estupideces, por provocar el destino y su
instinto más animal. Si le hubiese exigido fidelidad por encima de todo tal vez
ahora... ¿Ahora que? ( Me decía mi ángel malo), ahora, estarías
jugueteando con otra zanahoria, mientras él tal vez se esté follando a
todo lo que se mueve. Te conozco, sé quién eres y lo que deseas, desearías ser
la mujer de un sultán con turbante, la reina de su harén corriendo solicita a su
llamada y dejándote montar como una hembra en celo.
Pasé horas sin rumbo caminando por las calles, sentándome en algún banco
solitario a enjuagar mis lagrimas y volviendo a levantarme sin saber donde me
llevarían mis pasos. Me detuve a contemplar el paso de una comitiva de
casamiento, coches pic-up con gentes apiñadas como racimos en su interior, en
otro, un grupo de cuatro músicos hacían sonar sus instrumentos. Sus alegres
rostros y sus cánticos contrastaba sin duda con mi expresión aturdida y
mortecina. Fue esa visión que me hizo salir de mi letargo y me encaminé vencida
y resignada al hotel.
Entré sin saludar y cogí el ascensor, busqué en mis vaqueros
la llave de la habitación y abrí la puerta. Me sentía como un animal
apaleado, me deje caer en la cama y no quise ya secarme mas las lágrimas
que corrían por mis mejillas.
Me despertó el sonido estridente del viejo teléfono de la
mesilla. Mecánicamente miré el reloj, las 11:05 de la noche, no sabía el tiempo
que había estado dormida en mis mejillas no había ya lágrimas solos la piel
reseca sobre una y marcas enrojecidas de las arrugas de la sábana
sobre la otra. Tomé el auricular. ¿-Oui? Pregunté y la conversación que sigue se
produjo en francés que traduzco para no ser pesada con esto del idioma:
- Soy la recepcionista, ¿necesita alguna cosa? He visto como
salía del hotel y cuando ha regresado después de cuatro horas me pareció que
tenía usted un aspecto horrible, ¿ha cenado ya?
- No, no he cenado
Iba a decir y no necesito nada, pero me detuve pensando
vagamente en cuanto tenía que haber dejado transmitir de lo que me pasaba
para que alguien se preocupase de aquella manera por mí. Me ruboricé y me dieron
ganas de llorar otra vez.
- Bien mi turno está acabando, subo en un momento.
Colgué de mala gana sin entender muy bien lo que había dicho
o quien era mi interlocutor. Me quedé en la misma posición hasta que golpearon
la puerta.
-¿Quién es? Dije.
- Soy Amel la recepcionista, le traigo la cena.
Como una perezosa trepando por un árbol me levanté y abrí la
puerta. La expresión radiante de sus ojos profundos cambió al verme y en tono de
amable reproche me dijo cerrando la puerta detrás de sí:
- Mírese la pinta que tiene. No sé que le habrá pasado a
usted pero nada en este mundo merece que una chica tan guapa como usted esté en
este estado de postración tan lamentable.
Dijo todo esto sin mirarme a los ojos y con una decisión que
me resultaba sorprendente pero beneficiosa al ver que alguien tenía las cosas
claras con respecto a mí y a lo que debía hacer Dejó una bandeja sobre la
mesa en la que había algo de comida y se fue al baño mientras seguía hablando en
un francés rápido que no logré entender, me senté delante de la bandeja y como
una buena niña comencé a comer mientras oía el borboteo del agua que iba
llenando la bañera. Se colocó detrás de mí y comenzó a darme masajes en los
hombros que rígidos y cargados iban cediendo a la presión de sus manos. Nada
dije solo deje que aquella mujer siguiese con su masaje que tanto bien me hacía.
- Ahora va usted a tomar un baño le daré u masaje que la
hará dormir como una niña.
Nada dije. Me sorprendió con que celeridad había terminado
con la fruta la ensalada y la leche que había en la bandeja y dejé que aquella
mujer, ya las dos juntas en el baño, me quitase toda mi ropa conservando
únicamente mis minúsculas braguitas negras, metió los dedos entre la tirita
negra de la braguita y mis caderas para desprender la única prenda que me cubría
pero se detuvo un momento mirándome a los ojos en señal de interrogación, nada
dije, cerré mis ojos un instante y los volví a abrir en gesto de aprobación.
Lentamente se desprendió la prenda del hueco que cubría deslizándose en
suave caricia en su recorrido por mis muslos desnudos, flexionando sus rodillas
acompaño a la braguita que bajaba inexorable por mis piernas. Sorprendí su
profunda mirada detenida cuando llegó a la altura de mi sexo que desde mi
posición divisaba como un montecito sembrado de suave trigo dorado tumbado
por el viento, elevándose amenazante y majestuoso desde mi vientre liso y terso,
me sentí orgullosa de mi cuerpo y reconciliada al menos con mi lado mas físico,
lucía entonces un vello púbico fino y claro que se confundía con mi piel
también muy clara, prosiguió lentamente hasta alcanzar mis tobillos he hizo un
gesto para ayudarme a levantar un pié y luego el otro y liberarme así
completamente del pequeño trozo de tela. Con delicadeza la dobló mientras se
incorporaba interrogándome me miró con franqueza con sus negros ojos, que ahora
se me antojaron hermosos, con ese tipo de preguntas que no pretenden
respuesta sino que confirman una convicción y dijo:
-¿Sabe usted que es preciosa?
-¿Usted cree? ¿Algo en particular?/dije maliciosamente/.
- Si lo creo, definitivamente. Sus ojos son... /se detuvo/
ocre oliva con la luz
temprana del día, marrones por la tarde y verdes cuando llora. /Quedé
impresionada/. ¿La estoy molestando?
- No me molesta usted le agradezco su compañía, no tengo un
buen día
- Métase en el agua, le relajará.
- Gracias por todo. Dije
- Aún no he terminado con usted. Contestó con seguridad
pasmosa.
Sentada en el borde de la bañera me tomó un pié alcanzó una
esponja y comenzó a jabonarme despacio dándome masajes en la planta de mis pies,
en mis tobillos maltrechos mientras canturreaba algo en árabe, jabonaba bien
todo el cuerpo sin pasar por alto ningún rincón, deteniéndose particularmente en
mi sexo frotándolo suave pero firmemente sin descomponer su figura como la que
lava una prenda con la certidumbre que esta volverá a ensuciarse, esto
hacía sin dejar de canturrear. Se mostraba como una niña feliz cubriendo de
atenciones a su muñeca. Yo por mi parte comencé a pensar que estaba contrayendo
una deuda con aquella mujer por todo el bien que me hacía y pensé rápidamente en
el dinero, idea que deseche al instante por prepotente y ofensiva. Estaba yo
sumida en estos y otros pensamiento con los ojos entreabiertos espiando cada
perfil de aquella mujer, su pelo de vigoroso negro lustroso, sus grandes ojos
negros también sus pequeñas orejas ocultas entre el pelo sus labios jugosos pero
finos, movía graciosa la cabeza buscando en mi cuerpo algún trozo de piel tal
vez olvidado mientras cantaban para mi incomprensibles rimas que intuí versaban
sobre le amor pues alguna palabra si reconocía en las estrofas: habibi,
habibi... De repente paró con cierta brusquedad tiró la esponja al fondo de la
bañera y dijo:
- Terminó el baño. Un día usted y yo iremos a un hamam a
tomar un baño de verdad, creo que usted no conoce bien nuestras costumbres, le
gustará.
Me incorporé y enrollé una toalla en mi cuerpo desnudo para
secarme y para ocultarlo de aquellos ojos, no por vergüenza sino porque cada vez
me sentía mas excitada.
Aquella noche no hacía mucho calor, se acercó a la terraza que estaba abierta de
par en par y después de echar una larga mirada al valle corrió los
visillos que tamizaron la luz de la luna dándole al cuarto un tono íntimo. Con
gesto decidido me ordeno que me tendiese en la cama boca abajo a lo que no puse
objeción pero conserve enrollada la toalla sobre mi cuerpo. Se arrodilló detrás
de mí de manera que no podía verla y apartando el pelo de mi oído acercó sus
labios y con dulce pero firme voz me preguntó si sentía vergüenza de mi
desnudez, dije que no y retiró la toalla despacio. Comenzó a darme masajes por
todo el cuerpo humedeciendo sus dedos de cuando en cuando con una pequeña
cantidad del contenido de un frasquito que sacó de un bolsillito de su
falda, extendiéndo bien el líquido facilitaba y hacía más placentero aún
el masaje. Es aceite oloroso me dijo sin parar de recorrer con sus manos mi
piel, toda la habitación se fue llenando de una oleaginosa fragancia que aspiré
con profusión. Me giró después de darme una palmadita en mis nalgas y
quedé tendida ahora boca arriba con las piernas semi abiertas y las palmas de
mis manos sobre mis muslos. Quedé así expectante y nerviosa con toda mis
desnudez de mujer que ofrecia sin reparos, mientras una oleada que no deseaba
detener crecía dentro de mí erizando el imperceptible vello de mis brazos de mis
piernas de mi cara, sentí como si la luna lanzase un gélido aliento sobre la
hoguera que era mi cuerpo, haciéndome que me estremeciese.
Comencé a sentir placer ya sin duda de ningún tipo y sin
complejos tampoco, ella sin embargo parecía ignorarlo mientras yo la buscaba
ahora deseando tropezar su esquiva mirada. No dándose por aludida continuaba
ignorándome sin querer hacerse cargo de mi desesperación, seguía de forma
autómata con sus masajes en mis brazos en mis caderas en mis pechos
testigos mudos de mi excitación creciente, cuando derramo unas gotas de aceite
oloroso en la cara interna de mis muslos cerca de mí ya jadeante
sexo y comenzó a extenderlo lacerando mi ser, tuve que cerrar los ojos y muy a
pesar mío deje escapar un ahogado gemidito de placer que la hizo detenerse de
golpe, ¡Oh dios mío! Me entró verdadero pánico solo pensar que aquello podía
terminar sin mas y sentí sonrojo imaginando que todo hubiese sido mal
interpretado por mi parte quedando en evidencia ante aquella mujer que luego
debería ver cada día en la recepción.
Al tiempo abrí los ojos atemorizada y con mirada suplicante
la tomé con fuerza por sus muñecas sin saber muy bien lo que estaba haciendo y
las consecuencias que aquello tendría. ¿Que había sucedido para dejarme
arrastrar hasta aquella situación? Aunque reciente la infidelidad de mi
novio quedó ya desdibujada en mi mente, negándome a aceptar que el destino
hubiese jugado conmigo y me lanzase ahora al vacío aburrido de mí. Sentí vértigo
intentando culpar al azar de mis tribulaciones y reconociendo enseguida que el
azar no existe, que únicamente desconocemos los mecanismos que lo rigen.
Quedé inmóvil sin conseguir articular palabra, ella me miró entonces con tanta
intensidad que me llevó a albergar esperanzas pero la espera se hacía
interminable y dolorosa.
Por fin sus labios se movieron y las palabra que a cámara
lenta de ellos salieron me parecieron las más bellas jamás pronunciadas. (
-¿Quieres que sigamos? - Es lo que más deseo en este momento). Dije en tono
suplicante. Hizo un movimiento para liberarse de la presa que yo le había
hecho, cerradas mis manos fuertemente sobre sus muñecas, sin conseguirlo
(- Tienes que soltarme si quieres que te dé mas mi amor). Pronunció aquellas
palabras con su dulce timbre de voz y en un francés deliberadamente impecable
que sonaron a música celestial en mis oídos. Así liberé la presa poco a poco
dudando sin embargo que fuese a cumplir su promesa temiendo que echase a correr
al verse libre. Al fin quedó suelta y con parsimonia comenzó, sin dejar de
mirarme a desabrocharse la blusa que la cubría y que dejo caer indolente sobre
sus hombros, dándole cierta comicidad al gesto en lo que me pareció una parodia
de Strip show. Enlazando unos movimientos con otros se desprendió ahora
del sujetador y dejo al descubierto sus soberbios senos coronados por pezones
grandes, enhiesto en su puntita y de un negro más intenso que el resto de
su piel aceituna, contemplé extasiada el ser de mí mismo genero que tenía frente
a mí sintiendo mi corazón lleno de desconcertante satisfacción, una felicidad
como la que experimenta una niña a la que el destino le acabase de
conceder su mayor deseo, me embargó un hondo sentimiento que iba mas allá de mi
entendimiento.
Embriagada por el espectáculo que fuera y dentro de mi se
desarrollaba comencé a espiar todos los rincones de aquel bello cuerpo, su piel
tomaba tonalidades diversas según cambiaba la luz que tamizada ondulaba
centelleando en su cuerpo, suave oleaje que los visillos movidos por el
suspiro de la luna dibujaban caprichosamente en el plateado mar en que se
convirtió su piel. Se liberó también con dos clips de los corchetes de su falda
conservando solo sus braguitas blancas como la leche resaltando sobre el oscuro
fondo de su piel la arabesca puntillita de su prenda más íntima. Con delicadeza
separó mis muslos dejando franco mi sexo, alargó un dedo y lo pasó de abajo
arriba por mi sedienta rajita que como cortada por un cuchillo liberó
rápidamente el néctar que guardaba en su interior, divertida se llevó el dedo a
sus labios y lo chupo sonriendo, yo ya era un juguete en sus manos atenta a
todos sus ordenes y gestos. ( - Te voy a llevar a un sitio donde se
pierde la memoria y se olvidan todos los sufrimientos) esto dijo antes de hundir
su cabeza entre mis muslos y buscas con avidez mi húmedo y jadeante sexo, retiró
con hábiles dedos los pliegues que franqueaban la entrada de mi rosada cueva,
recorrió con su lengua todo mi interior, ya con sus labios buscaba mi clítoris
reteniéndolo ahora entre sus dientes ya lo acariciaba con su lengua
rítmicamente. Succionaba golosamente la miel que de mi entrepierna manaba como
un sediento en medio del desierto, jadeaba yo en pleno éxtasis elevando mis
caderas para obligarla que hundiese mas su cara en mi sexo, deseaba que me
mordiese que me arrancase todo el fuego que ardía entre mis piernas, mis dedos
crispados estiraba la piel de mi pubis para dejar aún más enhiesto
mi clítoris mientras gemía intentando que mi placer no traspasase el frágil velo
que atenuaba la luz de la luna. Me mordía el labio inferior para tratar de
conjurar mi placer.
Ahora giró mis caderas sobre el lado derecho y
levantándome la pierna contraria busco mi ano con su diabólica lengua
mientras mi cuerpo se tensaba de placer y mi corazón se desbocaba ya sin control
alguno. Busqué entonces con temblorosas manos su rajita intentando recuperarme y
compensar la desventaja que me llevaba, sin tiempo para miramientos y con
precipitación rasgue sin dificultad la suave tela blanca que escondía la oquedad
que guardaba su deseo quedando la prenda hecha jirones. Ella gemía de placer con
una mano en la boca ahogó un jadeo que me sonaba a súplica. ( - Para, para
putita mía que me has destrozados mis mejores braguitas. Si no llevas cuidado y
me desvirgas, nunca me casaré y no podré ir a vivir a París con mi marido, que
me repudiará. Traeré la vergüenza y el deshonor a mi familia, que sé vera
obligada a echarme de casa como a una perrita, ¿tu no quieres que ocurra eso
verdad?) Aturdida por todo lo que acababa de escuchar dije con temblorosa voz: -
(No mi amor eso no pasará te lo prometo). Y pensé lo crueles que eran todos
nuestros dioses. ( - Entonces no seas mala y déjame hacer a mí) dijo esto
mientras yo la abrazaba intensamente y besaba aquella boca con lujuria,
entrelazando su cuerpo azabache con el mío, mi blanca piel mezclada con la suya.
Ella me besaba sonriendo siempre y su risa contrastaba con la
crispación de mi deseo, mordía el lóbulo de mi oreja o metía la punta de
su lengua dentro de él, encajando ahora su rodilla en el cruce de todas mis
pasiones, abierta todas las puertas rotos todos los muros libre mi placer de
ataduras, macerados nuestros cuerpos en los jugos de nuestra pasión tras la
mirada atenta de la luna. Ninguna de las cosas que al oído me decía susurrando
me ofendían, más aún me llenaban de turbación y de placer. (- Mi blanca putita
como te mueres por mis besos, me voy a comer esa rajita que suplica ahí abajo).
Me laceraba también el cuello los hombros los pezones mi sexo, era una delicia
para mis sentidos y quise dar gracias al Altísimo y cantar los 99 nombres de Alá
que por supuesto desconocía. Con su mano abierta acariciaba el interior de mis
muslos y subiendo por ellos entro en la convergencia de mis piernas haciendo
girar su pulgar como un torbellino en mi interior mientras su dedo índice
se detuvo en mi ano buscando el lubricante que brotaba ya escandalosamente de mi
coñito, franqueó el ano sin dificultad, proporcionándome gran placer. No
recuerdo el tiempo que pasamos con distintos juegos y posturas. La luna se
ocultó y los sonidos del valle se detuvieron, se apoderó de todo el silencio
solo rasgado por nuestros gemidos de placer. Rodaban nuestros cuerpos por las
revueltas sábanas en el torbellino de la pasión en que se había convertido aquel
maravilloso encuentro, mis muslos mojados con el néctar de mi placer impregnaba
también su rostro mojado y sediento a la vez. Nuestras bocas entrelazadas,
escalaban con determinación y ansiedad la cima de aquel monte de
voluptuosidad. Así ocurrió y mi putita mora se retorcía ahora con gemidos
entrecortados y acompasados mientras le comía los pezones En el cuenco de mi
mano tomé todo su sexo presionado con fuerza buscando también su ano con la yema
de mis dedos, hasta que explotó en un gemido seco y prolongado arqueando la
columna, rígido el cuerpo cerrados los ojos, abierta la boca abandonado todo su
ser a mi dicha y terminando con movimientos convulsos. Pensé en la similitud
orgasmica que tenía aquello con las eyaculaciones espasmódicas de mi novio y a
su vez el paralelismo que tienen todos los orgasmos con lo que debe sentir una
al morir, cansada de luchar por algo que no puede retener por mas tiempo
abandonada en los brazos de la guadaña mientras te sale la vida del cuerpo.
No sé cuantos orgasmos tuve aquella larga noche de verano, no
fueron tan explosivos como con mi novio pero consiguieron con elevada nota
satisfacerme plenamente y reconciliarme con mi destino. Cuando terminamos
extenuadas y agotadas tomó mi rostro entre sus manos y me besó en la boca
profundamente.
Todo esto me ocurrió en verdad quedando para siempre grabado
en mi memoria su nombre Amel y que en cristiano es Esperanza. Aquella inocente
(o no tan inocente) criatura me enseño cosas que yo ignoraba y que tenia aún mas
valor por el hecho de desarrollarse en un mundo donde las mujeres caminan y
hasta en la intimidad de sus casas rezan, detrás del marido en señal de respeto.
Mi esencia de mujer quedó enriquecida y en mi corazón grabe con el fuego de mi
deseo la lujuria de su piel.