Continuación de:
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Niña Lucía se dejó caer sobre la cama. Quería dejar de
pensar en su tío Rodrigo, en su pasado... en su presente. Sólo quería dormir,
olvidarse de todo aunque fuera por un momento y mañana será otro día. Aguzó el
oído para intentar oír a Ángela y su madre.
“Mamá... ¿Puede quedarse Luci a dormir esta noche?”
“Claro... ¿Lo saben sus padres?”
“Sí, les está llamando.”
“Entonces bien. Que se quede. ¿Váis a cenar aquí?”
“No sé... seguramente.”
Niña Lucía cogió su móvil. Empezó a teclear.
“No m spereis a cnar ni a dormir. Stoi cn Ángela”.
Antes de enviar el mensaje a su madre, Niña Lucía lo leyó y lo estudió
detenidamente. Borró la última palabra. No quería que su familia supiera con
quien estaba. Pero, justo cuando iba a cambiar el nombre de Ángela por “Una
amiga”, con brillo travieso en la mirada, quiso que sus padres se preocuparan un
poco más.
“No m spereis a cnar ni a dormir. Stoi cn un amigo.”
Niña Lucía pulsó a enviar y sonrió. Por primera vez desde
que vio a su tío, sonrió.
I. Confesiones
“Bueno, ya está. Mi madre no pone ningún problema”- dijo
Ángela entrando en la habitación.- “¿Y tú? ¿Has llamado a tus padres?”
“Les he enviado un mensaje”
“No tienes tú morro ni nada...”- sonrió la joven.-
“Bueno... ¿Y qué fue de tu tío después de aquello?”
“Morbosilla...”- le increpó burlonamente Niña Lucía.-
“Bueno, tras aquello, creo que mi tío se asustó. Fue tan jodidamente brutal que
tardé más de una hora en dejar de sangrar. Su mujer, la misma puta que se había
quedado viendo la violación con una sonrisa, fue la que, botiquín en mano, hizo
lo posible por curarme. Mi tío se fue, tras correrse dentro de mí, al salón a
meterse un lingotazo de su mejor whisky.
Cuando dejé de sangrar, la mujer de mi tío fue a hablar con
él. A partir de ahí, mi tío hizo caso a su mujer, no volvió a follarme, pero
pensó que bien podía enseñar a su sobrinita a chuparle la polla.”
“Vas de coña... ¿Pero cómo puede ser tan hijo de la
grandísima puta?”- le cortó Ángela.
“No, Ángela, no voy de coña. Me enseñó a chuparle la polla,
me obligó a tragarme su semen durante las dos semanas que estuve allí."
“¡Qué hijo de puta!”- Ángela se sentó al lado de Niña
Lucía. Suspiró, dejó su mirada fija en algún punto imaginario, como pensándose
algo detenidamente, y luego, empezó a contar...- “¿Sabes? Te entiendo muy bien.
Demasiado bien. ¿Me dejas tumbarme a tu lado?”
“Claro, claro...”- Dijo, intrigada, Niña Lucía, haciéndose
a un lado, para que su amiga pudiera compartir la cama con ella.- “Cuenta.”
“Sabes que mis padres están separados desde hace un par de
años.”
“Sí”- contestó Niña Lucía.
“Lo que no sabes es por qué... Fue una noche, el veinte del
mes que viene hará dos años. Mi padre llegó borracho, como tantas otras veces, y
mi madre, harta de su actitud, de recibir palizas, de todo... no dejó que
entrara a su habitación, la cerró con llave e impidió que mi padre entrara a
dormir con ella.”- Ángela suspiró, intentando calmarse.- “Como mi padre no pudo
dormir en la cama de mi madre... adivina dónde vino a acostarse...”
Niña Lucía dio un salto en la cama. Luego, desde encima, la
miró como si observara a un asesino.
“Tranqui, Luci. No es la misma cama. Pero sí. Vino a la
cama de su hija, y borracho como una puta cuba, me tapó la boca y a voces de
“¿No quieres a tu papaíto?” me violó. Jamás olvidaré la peste a alcohol de su
aliento, sus manazas torpes, la forma en la que me desvirgó...”
Niña Lucía se recostó contra su amiga, depositó su cabeza
entre los pechos de Ángela, y la abrazó con suavidad.
“No podía gritar”- sollozó Ángela...- “No podía gritar. Me
tapaba la boca y mi madre no me oía. Estuvo toda la noche durmiendo conmigo. Y
no tenía valor para moverme. Mi madre nos descubrió por la mañana. Le pedí
ayuda, llorando, y mis lloros despertaron a mi padre. Tarde. Mi madre cogió la
maza del mortero y le dio a ese hijoputa la paliza que merecía. Luego, pidió el
divorcio, lo denunció y consiguió que lo encerraran. ¿Te cuento una cosa? El
hermano de Luis tiene un par de amigos en la misma cárcel que mi padre, y en
cuanto hicimos llegar la noticia de que mi padre había violado a su hija,
tardaron dos días en dejarle el culo como un bebedero de patos...”
Ángela rió entre lágrimas. Lucía la abrazó más fuerte.
“Ya está. Ya vale. Ya ha pasado. Ahora estás bien...”-
susurraba Niña Lucía, abrazada a su amiga, compartiendo su dolor. Quizá fue en
ese momento, o quizá después, pero Niña Lucía sintió una conexión con Ángela que
supo, desde entonces, que no se rompería hasta que la muerte las separase.
Ángela, devolviendo el abrazo a su amiga, sintió lo mismo.
“¡Niñas! ¡A cenar!”- les llamó la madre de Ángela. Niña
Lucía se levantó y ayudó a su amiga a incorporarse y a enjugarse las lágrimas.
Las jóvenes cenaron rápidamente, entre bromas y risas. Los
malos recuerdos se habían esfumado de la mente de las dos quinceañeras, ahora
que sabían, aunque no lo habían dicho, aunque nadie lo dejó por escrito ni las
obligó a firmarlo, ahora que sabían que siempre iban a tener a su amiga allí
donde la necesitaran.
Tras dar buena cuenta de la suculenta carne con patatas que
había cocinado la madre de Ángela, se pusieron a ver una película en la tele. A
los veinte minutos, el filme se les había hecho insoportable y decidieron irse a
la cama.
Ángela habilitó un puf que rápidamente transformó en un
acogedor lecho al que Niña Lucía no tardó en subirse.
Niña Lucía se desnudó, dejando la ropa interior. Como, a
causa de su casi inexistente delantera, no usaba sujetador, sólo quedó vestida
con las braguitas. No era la primera vez que la veía en ropa interior, incluso
muchas veces la había visto desnuda, en las duchas, en los vestuarios del
instituto... pero Ángela miró a Niña Lucía con otros ojos. Se fijó en la curva
rotunda que hacían sus braguitas. Ángela sonrió. Siempre viéndose como la más
irresistible de las dos, y ahora resultaba que Niña Lucía tenía mejor culo que
ella.
Ángela, sin decir nada a su amiga, se desnudó también, se
colocó un pijama y se acostó en su lecho, mientras Lucía hacía lo propio en la
cama supletoria. Apagó las luces y la oscuridad las rodeó.
Se hizo silencio en la habitación mientras las dos amigas
intentaban conciliar el sueño. Pasaron los segundos entre susurros de
respiraciones y de la voz amortiguada del televisor. Al tiempo, se apagó la tele
allá lejos, se quedaron ciegas las luces del salón y la puerta de la habitación
de la madre de Ángela se abrió y se volvió a cerrar. El silencio fue más
absoluto entonces.
“Luci... ¿Estás despierta?”
“Sí.”- contestó la joven.
“Tu tampoco puedes dormir...”
Como única respuesta, Niña Lucía saltó de su cama y se
introdujo entre las sábanas de Ángela al tiempo que su compañera le hacía sitio.
“¿Sigues pensando tú también en lo que hemos hablado hoy?”-
preguntó Niña Lucía cuando se hubo puesto justo enfrente de su amiga.
“Sí.”- Una mueca triste hizo aparición en el rostro de
Ángela. A pesar de la oscuridad, Lucía lo pudo ver perfectamente. Sus caras
distaban una de otra no más de veinte centímetros, cada una podía sentir la
respiración de la otra envolviéndole la cara.
“Tranquila”- una de las manos de Niña Lucía acarició el
hombro de Ángela. Casi sin querer, notó como sus piernas se entrelazaban, y las
diestras se deslizaron con inocencia entre los muslos de la amiga, por debajo de
las sábanas.
“¿Sabes Luci? Creo que nos parecemos mucho más de lo que
jamás pensé.”
“No tanto...”- sonrió Niña Lucía, poniendo su mano sobre
los exuberantes pechos de su amiga.
“Coño, Luci... sabes que no me refiero a eso”
“Ya lo sé... Angie... Pero si quieres que te diga la
verdad, como me digas que somos almas gemelas por tener unos familiares cabrones
y no por todos los años que llevamos juntas te muerdo una teta”
Ángela estalló en carcajadas. Niña Lucía también.
“Mira que estás loca...”- decía Ángela entre risas. Con la
sonrisa que Niña Lucía había convocado, no sólo en su boca, si no también en su
vida, Ángela la abrazó, estrechándola todo lo que podía entre sus brazos.
El movimiento hizo que las dos quinceañeras se juntasen
más, que los cuerpos adolescentes se deslizasen levemente sobre la pierna
compañera, y, por qué no decirlo, que sus sexos se frotasen contra el muslo.
II. Una noche con Ángela. PX.
Niña Lucía vio nacer en su cuerpo una sensación extraña.
Notaba los pechos de Ángela pegados a su torso, sentía sus latidos, y llevaban
el mismo tempo que su propio corazón. La boca de Ángela respiraba en su oído,
sus manos cálidas le tapaban la espalda, su muslo le rozaba el sexo. Niña Lucía,
devolviéndole el abrazo a Ángela, suspiró en el oído de su amiga.
Las manos de la joven de pechos escasos se hundieron bajo
el pijama y entraron directamente en contacto con la espalda de Ángela, que se
estremeció al notar sus manos frías por el nerviosismo.
Pero ninguna se separaba, seguían pegadas una a la otra,
como dos polos de distinto signos atraídos por poderosas fuerzas. Sus pechos se
rozaban y, aun a través de la tela del pijama, Ángela notó los pezones erguidos
de Niña Lucía. También los suyos se endurecieron.
Los dos cuerpos se juntaban bajo las sábanas, y ninguna de
las dos se atrevía a llevar a cabo ningún movimiento que significara perder el
calor dulce que desprendía el otro cuerpo. Fue Niña Lucía. Fue Niña Lucía la que
dejó el abrazo y, separándose un poco, logró que las dos se miraran a la cara.
La luz que entraba por la ventana era suficiente para ver a
la compañera de lecho en la oscuridad. Las mejillas arreboladas tenían su
reflejo en el rostro amigo. Los ojos brillaban, los labios se abrían y cerraban,
como si quisieran decir alguna palabra que aún no se hubiera inventado. De
nuevo, fue Niña Lucía. Fue Niña Lucía la que adelantó su rostro y depositó un
beso en la boca de Ángela. Y entonces sí, fue Ángela quien respondió. Se amoldó
a esos labios finos, femeninos, que la besaron con la mayor dulzura que jamás
recibió, y dejó libertad a las lenguas.
Las dos quinceañeras se besaban. Ese beso tenía toda la
suavidad que, durante tantos años, se les había negado, tenía el erotismo del
que carecían los movimientos duros y egoístas de los que se llevaron
violentamente su virginidad.
Sin despegarse del beso, Niña Lucía comenzó a desabotonar
el pijama de su amiga, sentía una imperiosa necesidad de estrellarse contra su
piel desnuda. Ángela, solamente, la dejó. Se dejó desnudar mientras movía su
cuerpo por sobre la pierna de Niña Lucía. Sentía su sexo excitado incendiarse,
con ganas de tocar la piel de su amiga.
Ninguna de los dos quiso pensar en cómo ni en porqué.
Ninguna de las dos se paró a pensar lo que estaban haciendo, ni qué les había
llevado a ello. Sólo se dejaron llevar por los diez dedos amigos que tanto afán
tenían en aprenderse su cuerpo. Niña Lucía desnudó el torso desarrollado de su
amiga, y se colgó de un pezón como si fuera un bebé que buscase alimento.
“Luci... no...”- Ángela calló. ¿Quién decía que eso no
estaba bien? La lengua de su amiga hacía círculos en la aureola, erizándole aún
más el erguido pezón del color del café.
La mano de Lucía se posó en el vientre de Ángela y comenzó
a bajar. Ángela enloquecía, ya no sabía dónde ir, dónde clavar sus ojos. No,
ella no era lesbiana, no lo era, no lo quería, no... no pensó más. Niña Lucía
había metido su mano bajo el pantalón de su pijama. El dedo de su amiga había
encontrado su clítoris y el relámpago de placer que la recorrió le hizo
olvidarse de todo lo que no fuera su amiga erotizándola.
Ángela se quedó bocarriba, sus manos se engarfiaron sobre
las sábanas, y dejó que Niña Lucía siguiera haciéndola suya.
Sus pechos iban al ritmo de la agitada respiración, cerraba
los ojos, y luego los volvía a abrir para no perderse la hermosa carita de Niña
Lucía sobre su cuerpo. La mano de Ángela intentó emular a la de su amiga,
trastabilló por su espalda, buceó bajo las braguitas y acarició la rotunda
curvatura del culazo de Niña Lucía, que despegó sus labios de los pechos de
Ángela para exhalar un suspiro lento, largo y lleno, cuando sintió los delgados
dedos de Ángela internarse entre sus nalgas y seguir bajando, bajando hasta
tratar de meterse entre los muslos.
Ángela, sin sacar su mano de la braguita de su amiga,
bordeó sus caderas para encontrarse con el sexo de Niña Lucía, joven y húmedo,
ansioso por recibirla en sus entrañas.
Las dos se tumbaron boca arriba, con una de sus manos en el
sexo de la compañera. Si Niña Lucía frotaba y pellizcaba, Ángela frotaba y
pellizcaba. Si Ángela penetraba y removía, Niña Lucía penetraba y removía.
Las dos sentían en su amiga una extensión más de su propio
placer. El goce era doble, cada caricia elevaba dos placeres, el suyo, y el de
sentir el de la compañera. Los sexos cada vez se humedecían más, los dedos ya
surgían, brillantes y mojados, del sexo donde se internaban.
La habitación era un arrabal de jadeos. Gemían por lo bajo
la amigas, llevadas por esos dedos que tanto de ellas parecían saber. Dónde
tocar, cuándo hacerlo... Eran dedos femeninos, que conocían a la perfección el
sexo que tocaban. Las amigas se acariciaban, apretadas en la pequeña cama,
protegidas de la noche por la sábana.
“Mmmmmmmm.”- se le escapaban gemidos a Niña Lucía, que se
cortaba para no gritar de placer y despertar a la madre de su amiga.
Los gemidos iban aumentando de intensidad, y, de pronto,
Ángela notó que los dedos que tanto placer le daban se habían parado, se
detuvieron como si alguna bruja, muerta de envidia, los hubiera petrificado.
Abrió los ojos, buscó la mirada de Niña Lucía para
interrogarla, pero lo que vio hizo que acelerase al máximo los movimientos de su
propia mano sobre el sexo de Niña Lucía. Su amiga acababa de tomar un expreso a
otro mundo... la boca abierta, los ojos perdidos en el rostro conmocionado por
el placer, un suspiro atravesado entre sus labios y que se negaba a salir, el
cuerpo arqueado, todas sus entrañas revolucionándose... desde lo más hondo del
cuerpo niño de Niña Lucía se vaticinaba un orgasmo.
La joven de plano torso se mordió un puño para acallar el
grito, total y poderoso, que salía de su interior. El flujo en su sexo desbordó
sus labios vaginales e, impulsado por los dedos de Ángela, se estrelló en la
tela blanca y leve de sus braguitas y acabó salpicando las sábanas mientras la
cadera de Niña Lucía era un enloquecido vaivén que se llevaba con ella la mano
de Ángela.
Niña Lucía se corrió y, al correrse, lloraba de placer. Las
lágrimas humedecieron sus ojos casi tanto como el flujo su sexo adolescente.
Ángela fue espectadora de primera fila del orgasmo de Niña Lucía. Fue testigo de
cómo su amiga explotaba en un éxtasis mayor del que jamás hubo visto. Y se
olvidó de ella misma, para dejar a Niña Lucía descansar, recuperar todo el aire
que perdió apagando los gritos en su puño.
Niña Lucía, cuando el clímax hubo abandonado su cuerpo, le
regaló a su amiga una mirada de agradecimiento y satisfacción completos. Se
inclinó hacia ella, y la besó con dulzura y pasión. Las lenguas, femeninas y
adolescentes, batallaron entre los labios, hasta que Niña Lucía se fue alejando,
lentamente, milímetro a milímetro. Empujó levemente a Ángela hasta que volvió a
quedar tumbada boca arriba y, apartando las sábanas, desnudando a la noche el
torso magnífico de Ángela, Lucía fue haciendo descender su lengua por el cuerpo
de su amiga y amante de esa noche.
“Luci...”- susurró Ángela, pero calló, no por que su
intervención hubiera sido respondida, sino por que Niña Lucía comenzó a quitarle
pantalón y braguitas mientras le besaba los pezones.
Ángela quedó desnuda completamente. Su sexo depilado
concienzudamente emergió a la noche, y Lucía, tras abandonar sus grandes pechos,
colocó su boca sobre él y lo besó como si fuera un tierno bebé. Ángela se
removió de placer con ese beso. Pero la sensación que aquello le trajo no fue
nada comparada con la que sintió cuando Niña Lucía, abriendo con suavidad sus
labios vaginales, introdujo su lengua todo lo que su húmedo órgano le dejaba.
La joven tumbada y desnuda se tapó la boca para no estallar
en gritos de placer. No era la primera vez que le comían el coño, pero sí la
primera vez que lo hacía una mujer, y la diferencia era abisal. Niña Lucía, en
segundos la encendió hasta límites que no había soñado. Su amiga lamía,
succionaba y frotaba justo las zonas que había que lamer, succionar y frotar.
La saliva de Niña Lucía pronto mojó el coño de Ángela,
aunque luego fuera cubierta por el abundante líquido que de él emanaba.
No tardó Ángela en sentir cómo lo que acababa de ver en el
cuerpo de Lucía se reproducía en ella con total fidelidad. El mismo hormigueo
desde lo más hondo de su cuerpo, el mismo suspiro ardiendo y creciendo en sus
labios, el mismo calor envolviéndola, el mismo movimiento de las caderas
acompañando a esa parte del cuerpo de su amiga que tanto placer le
proporcionaba...
Se apoderó de la almohada y la hundió en su cara, como si
quisiera asfixiarse. Y al tiempo, sufrió un poderosísimo orgasmo que la hizo
gritar y gritar y gritar y que la acabó dejando exhausta, tirada en la cama, sin
fuerzas siquiera para mover la almohada que dejó encima de su cara.
Fue Niña Lucía la que la retiró, devolviéndole a Ángela la
visión de la noche de su cuarto, coronada por el bello rostro de su amiga, que
se acercaba cada vez más a ella.
El beso, por pasión y agradecimiento, jamás se hubiera
acabado. Las dos jóvenes, agotadas y satisfechas, se besaron disfrutando de los
labios dulces de una mujer. Niña Lucía, sonriendo, se despegó del beso y volvió
a su cama.
No tardaron en quedarse dormidas.
III. Dulce despertar
Las primeras luces del domingo atravesaron la ventana y se
desparramaron por la habitación. Las dos amigas no despertaron hasta bien
entrada la mañana y casi llegando al mediodía.
“Hola, Luci”- saludó Ángela, desnuda bajo las sábanas de su
cama. Tras pensar por un instante, sacudió la cabeza y se calló lo que
elucubraba.
“Angie...”- Niña Lucía se incorporó, de rodillas, sobre la
cama, dejando que el sol golpeara con sus rayos su cuerpo de torso casi
andrógino.
“Es que...”- Ángela sabía de lo que tenían que hablar, y no
se sentía con fuerzas.
“¡Ey, Angie!”- le sonrió su amiga.- “Tranquila... lo que
pasó anoche no está nada mal”
“¿Estás segura? No sé... tú y Joan... y sabes que a mí me
gusta Nacho y...”
“Tssssssch”- Niña Lucía se adelantó de un salto a la cama
de Ángela y la calló con un dedo en sus labios.- “Angie... esto no significa que
seamos nada... sólo somos dos amigas que buscaban una forma de olvidar las cosas
malas que les han pasado. ¿No crees tú que lo hemos conseguido?”
“Psssssí...”- contestó Ángela, aunque luego, tras una
pequeña reflexión, contestó más decidida...- “¡Coño, sí!”- y, olvidando su
desnudez, o tal vez por que ello no le importaba, dejó caer la sábana que le
cubría los pechos y abrazó con alegría a su amiga.
El torso plano de Niña Lucía y el busto generoso de Ángela,
desnudos, volvieron a tomar contacto entre sí. Las dos pieles calientes
volvieron a juntarse, pero se separaron enseguida.
“Va, vístete... hoy tenemos que pasar un día bueno.”- dijo
Niña Lucía con una sonrisa mientras recuperaba del suelo sus ropas.
“Está bien”.
Las dos quinceañeras se vistieron, desayunaron y salieron a
la calle.
“Vente, tengo que pasar por mi casa.”- dijo Niña Lucía.
“¿Estás segura? ¿No estará tu tío Rodrigo?”
“Me la suda que esté el cabrón ese. Tengo que cambiarme y
coger unas cosas. Vamos para allá”
Continuará
Kalashnikov