El tren comenzó a detenerse frente a la estación, con el
chirrido ululante de los frenos contra el metal. El olor ácido de siempre entró
en mi nariz y empecé a palpitar en cuál vagon debía entrar, esta vez.
Ese pequeño lapso de la frenada, que no debe durar más de 15
segundos, es el preludio de un momento clave de mis mañanas: La elección del
vagón que habrá de llevarme hasta Retiro, y que puede depararme un viaje
placentero o la rutina de ir colgado del barral viendo pasar estaciones hasta el
destino final, y de allí a trabajar.
Elegí el segundo, mi predilecto, rogando encontrar una piba
lo suficientemente atractiva como para mi intento de seducción. Y es que mi
placer mañanero -de intentar apoyar alguna señorita- lo llamo "seducción" porque
pienso, sencillamente, que es eso.
No hay presiones, ni obligaciones, ni acosos. Sólo dos roces
iniciales, con cara de "fue sin querer" podrían ser criticados, pero de allí en
más, si la mujer se queda, es porque quiere. ¿O no?. Es más, siempre pensé que
la idea de que apoyar a alguien en un tren es un abuso sexual, es una idea
machista: ¿es sólo el varón el que lo disfruta? No. Si uno es lo suficientemente
decente como para permitir que la chica se corra, se vaya, nadie puede acusar de
situación forzada. El primer toque es sólo decisión del hombre, está bien, pero
un piropo en la calle también lo es, y la primera frase en un bar o un boliche,
también.
Por lo tanto, habiendo puerta de salida y formas de rechazar
la invitación, no es acoso, es seducción. Y a algunas chicas les gusta, y cómo.
Estaba pasando una época de preferencias adolescentes. A mis
30 años he descubierto que tengo días que deseo cuerpos más vividos, y otros que
no. Ese día quería una pendeja. El tren traía chicas a trabajar o estudiar a los
barrios de Saaveedra, Belgrano, Palermo y Retiro, y mi experiencia indicaba que
las del Gran Buenos Aires eran más querendonas, más audaces. Por eso entré en el
segundo vagón intentando descubrir alguna que ya viniese en el tren, no que
subiera conmigo en Drago.
A mitad de vagón, entre dos mujeres mayores, alcancé a
divisar, parada y agarrada de la manija que está en los respaldos de los
asientos, a una morochita bien arreglada, de remerita ajustada y jeans gastados,
con el pelo lacio cayendo sobre su rostro. Me acerqué por el pasillo mientras el
tren arrancaba lentamente. Como siempre, puse mi portafolios -que colgaba de mi
hombro derecho, delante de mi cuerpo. Me resultaba más cómodo que detrás, en
general, y en especial para apoyar, ya que mi táctica es acercarme por la
izquierda de la mujer, tapar la vista desde la derecha con el bolso, e ir
acercando mi pierna derecha entre las de la mina, hasta provocar el primer
contacto casual, siempre con la excusa de un movimiento del tren.
Rocé la parte trasera del muslo izquierdo de la morocha con
mi pierna. Ella ni se movió. Mirando siempre hacia afuera, intenté instalarme
entre ella y su vecina, para ir arrimando de a poco la pierna más y más. No era
fácil disimular ya que el vagón no estaba completamente repleto, y tenía miedo
de desatar un escándalo. Provoqué otro toque en ese muslo firme. Sin reacción
por parte de la morocha que seguía con la vista clavada en la ventanilla que
tenía enfrente. Sentí que la cosa iba bien, "si no se mueve, le gusta, pensé".
El tren se iba deteniendo en la siguiente estación, de repente, la vecina de la
mina se movió en dirección hacia la puerta, iba a bajar. La morocha, entonces,
se corrió un paso a la derecha, saliendo de mi contacto para ubicarse, parada a
mi lado, un tanto más alejada.
Resignado, pensé "no le gustó, perdiste, dedicate a viajar".
Y me consolé de que al menos no había recibido una mirada de censura por mis
contactos. El tren arrancaba y puse mi mano en la manija del respaldo de donde
ella (la morocha) se estaba sosteniendo. Y entonces sucedió: Nuestros dedos se
rozaron y sentí la electricidad de su piel penetrando en mi mano. Su piel estaba
suave y fresca, parecia como frágil, el roce era suave pero notorio. El contacto
de las manos puede ser en principio menos tentados, pero todos sabemos que no es
así, ¿cuantas manos de minas tocamos sin que pase nada?. Pocas. Esta vez sentí
que hubo comunicación, y mantuve allí mis dedos. Ella no movió la mano.
Envalentonado, reinicié el avance, esta vez con mis dedos:
Por debajo de la manija donde estabamos agarrados acaricié los suyos, despacio,
lento, no quería que otra vez se alejara, tal vez ahora gritando o insultándome.
Cuando el contacto se hizo más obvio giró su cara hacia la mía, me miró profundo
y leí en sus ojos "Me estás tocando la mano, me estás acariciando". Le devolví
una mirada calma, serena, quería decirle "tranquila, preciosa, dejá que nuestras
pieles se comuniquen". Ni siquiera sonreí, sólo intente penetrar sus ojos con
los míos.
Se ruborizó y giro la cara otra vez para seguir mirando hacia
afuera. Yo hice lo mismo.
Entre las dos siguientes estaciones le acaricié cada vez más los dedos, metí los
míos entre los suyos, siempre escondidos los movimientos por la manija del tren.
Me excitaba mucho pensar que sólo esa pequeña superficie en contacto nos
conmoviera tanto, sus dedos temblaban, cálidos ante mis caricias, que ella
devolvía con movimientos leves. No nos mirábamos. Mi pantalón empezó a
hincharse, estaba entrando en un estado difícil de controlar. No podía hacer
más, se había corrido de adelante mío y el vagón no estaba tan lleno como para
moverme otra vez, pero entre los dedos intercambiabamos una energía sexual que
hacía que el pecho de ella se agitara y mi sexo creciera poco a poco. Quería
más, aunque sea un poco más.
Llegando a la anteúltima estación con un rápido movimiento
atrapé sus dedos y tiré suavemente como indicandole que me siguiera.
Me miró: "no bajo en esta" -alcanzó a susurrarme,
temblorosa-. "Yo tampoco, pero seguime", dije. "No, voy al colegio". "No
importa, yo voy a trabajar, bajemos en esta". El tren ya se detenía y ella
parecía no acceder. "Regalame 15 minutos de tu vida", le dije. "El próximo tren
pasa en quince minutos. Bajemos y te tomas el siguiente. Dame esos quince
minutos, preciosa"- le dije al oído mientras el tren frenaba con intensidad lo
que me permitió agarrarle completamente la mano y acercarla a mi cuerpo.
Volví a tirar y cedió rápidamente. Bajamos, yo adelante, ella
de la mano, detrás. Salimos de la estación, empezamos a caminar en silencio, la
coloqué a mi lado. A unos 10 metros divisé una entrada de local comecial,
abandonada, un poco hacia adentro de la línea de la vereda.
Nos refugiamos allí, aún no habíamos hablado desde el tren.
Fue la primera ocasión en que nos vimos de frente, a los ojos, sus tetas
palpitaban al compás de una respiración agitada. La tenía de las manos y apreté
mi cuerpo contra el de ella. Era perfecta, firme, ondulante, adolescente,
excitada.
"Es la primera vez que me vuelvo loco por alguien en el tren.
Sos lo más lindo que ví en mucho tiempo", le dije mientras me inclinaba para
besarla. Su boca estaba dulce, jugosa, temblorosa. Saboreé lentamente sus
labios, me costó abrirlos y pensé que no tenía mucha experiencia o estaba
asustada. La penetré con mi lengua hasta encontrar la suya. Respirábamos
aceleradamente, casi ahogados, mi sexo apretado contra el suyo, mis manos
comenzaron a recorrerla: La cola dura, las caderas firmes. Esta mina me volvía
loco, no quería saber ningún dato de ella, sólo comerla, tocarla, calentarla.
Me abrazó y con la mano izquierda me acariciaba la nuca
mientras con la derecha me recorría la espalda. La estimulé a que llegara hasta
mi cola (me encanta que las minas me toquen la cola). Me apreté más y ella
suspiró, comenzó a temblar más fuerte, con sus pechos contra el mío.
"¿Vamos bien?" le pregunté con voz entrecortada. "Si, hijo de
puta", me dijo, "Me calentás mucho, no puedo creer que me esté transando a un
vejete casado". "Tengo algo para vos que no es de vejete sino que te va a
encantar", le dije, mientras trataba que me acaricie el paquete, notando que
había detectado mi alianza pero no le importaba. "No" se resistió sacando la
mano y apoyandola en mi hombro. "No te conozco, no me animo, me dijiste 15
minutos". "Está bien, pero serán los minutos más calientes de tu vida, nena".
Le agarré el culo con las dos manos, apreté y abrí sus
nalgas, metí la mano en la zanja, hasta el fondo, sosteniendo su cuerpo
tembloroso con mi otro brazo. El jean le quedaba apretadísimo y pude notar cada
curva, cada pliegue. Mientras tanto, nuestras bocas se chupaban, se mordían, las
lenguas bailando ardientes.
Estaba a punto de explotar, al palo, en medio de la calle con
aquella minita hermosa. Quería saber qué estaba pasando bajo su jean, así que
moví la mano que tenía en su culo, lentamente, rodeando la cadera. Cuando estaba
por llegar a la parte de adelante se escuchó una bocina. Una, dos, tres veces.
Era el tren siguiente que llegaba a la estación. Un sudor
frío corrió por mi mente al notar que mis quince minutos estaban por
terminar....